El profesor

En cuanto abrió la puerta de su casa el profesor se dio cuenta de que algo no iba bien. Ya que, si Edith se había ido a Gloucester con los niños, John tenía clases durante toda la mañana y le habían dado el día libre a los criados, ¿quién estaba haciendo ruido en el salón? Y no es que fuera poco ruido. En los segundos que permaneció en el rellano, el profesor escuchó tintineo de copas, rascadas de cerillas, pasar de páginas, golpeteo de metal contra loza y crujir de sillones. Los intrusos (eran varios, los oía hablar) estaban haciendo uso de todas las comodidades de la casa de un profesor universitario inglés. Que eran muchas.

Por un minuto se planteó salir a la calle y usar el teléfono público para avisar a la Policía, pero ¿y si era John, que había decidido fumarse las clases y había invitado a unos amigos a casa en la creencia de que su padre no regresaría hasta la tarde? Quedaría en ridículo delante de toda la comunidad universitaria. Así que tomó uno de los bastones del mueble bastonero que había junto a la puerta y, sin cerrarla, se deslizó hacia el salón.

No era John. No era nadie a quien conociera. Por no ser, no eran ni humanos.

Tres… ¿sujetos?, ¿individuos?, ¿seres? le ocupaban el salón. Eran bajitos, como hasta la altura de su cintura. Ninguno de los dos hombres llevaba barba; los tres eran gruesos, tenían el pelo ensortijado y vestían de colores vivos. Uno de los hombres fumaba en pipa junto al fuego. Otro se había servido un brandy y leía uno de sus libros casi perdido en su sillón favorito. Y la mujer se afanaba en servirse lo que parecía un guiso de cordero en la vajilla buena, que había sacado de uno de los armarios.

“Son justo como me los había imaginado”, dijo el profesor. Bajó el bastón, que chocó con estrépito contra el suelo.

El hobbit de la pipa levantó la vista y le miró sin excesiva sorpresa.

—Llega usted tarde, profesor Tolkien. Le esperábamos hace quince minutos.

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Cleopatra

Los manifestantes copan la gran puerta del Museo de Alejandría. Son hombres y mujeres de clase alta: observo túnicas hechas con lino de buena calidad y adornos que identifican a sacerdotes de Serapis, a escribas, a eruditos y profesores, a investigadores, a estudiantes. Parece que toda la plana mayor del Museo ha salido a protestar contra la conferencia que va a dar Lucio Silesio Vericola.

No se andan con remilgos. En el rato que llevo mirando han conseguido tender una cadena de un lado al otro de la gran puerta. Una multitud de curiosos se agolpa a ver de qué va el tema (no hay nada que le guste más a un alejandrino que el espectáculo callejero gratis) y, en cuanto se lo comunican, muchos se unen a la manifestación. A Vericola le tienen odio sobre todo entre las clases ilustradas, sí, pero las cosas que dice atacan directamente a la identidad nacional de los egipcios. No es un hombre popular aquí.

Me divierte ver que, aun así, algunos le defienden. O si no a él directamente, sí a su derecho a hablar. “¡El Museo es un lugar de discusión libre!”, grita una mujer con pinta de comerciante. Uno de los profesores le replica que la discusión debe ser entre teorías con base científica, interviene un arpista para defender a la mercader, alguien intenta arrancar una de las pancartas anti-Vericola y pronto se forma un tumulto. Me alejo antes de que la patrulla de seguridad de la ciudad empiece a repartir palos.

Porque además, ¿qué necesidad hay de entrar por la puerta principal del Museo? Cualquiera que haya vivido un tiempo en esta ciudad maravillosa sabe que hay otros ocho accesos oficiales, y que luego el interior es un laberinto de pasillos, patios, callejones y escaleras, donde ya el único problema es encontrar la sala de conferencias que te interesa. Penetro al recinto por el jardín botánico y en menos de media clepsidra estoy sentado en el incómodo taburete de madera tapizada en el que voy a presenciar la conferencia del tipo que dice que fueron los dioses quienes salvaron a Egipto.

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Después de la extracción

La puerta interior de la nave se abrió y un monstruo aterrador penetró en la cabina principal. Tenía más bocas que garras, y no es que anduviera mal provisto de estas últimas. En la cúspide de una cabeza peluda, dos ojillos malignos buscaron una presa y no tardaron en hallarla: una criatura cuadrúpeda, con tres ojos, de largos dientes y obvio aspecto herbívoro, operaba los controles de la nave ajena al ser que acababa de entrar.

El cazador rugió, abrió los seis brazos y se lanzó sobre su objetivo, al cual estrujó en un abrazo mortal. Pronto, todo hubo terminado. Sacó sus lenguas, todas ellas, y lamio la cara del herbívoro, que sacudió la cabeza mientras piafaba. Gotitas de saliva gris se espurrearon por los mamparos.

—Podrías haberte esperado antes de esta… efusión —dijo el herbívoro. Bueno, “dijo” no es la palabra. La comunicación entre ambos seres era telepática—. Estoy elevando la nave por encima de sus sistemas de detección de acuerdo con el protocolo.

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El héroe de Cascorro

Miles de insurrectos rodeaban el pueblo de Cascorro.

“Aquí termina”, pensaban los soldados. La aritmética no daba. “Ellos son miles, y nosotros cientos”, se susurraban los hombres. Ni siquiera cientos, en plural, porque ni a doscientos llegaban. Incluso contando con que muchos de los cubanos eran ex esclavos y no llevaban armas de fuego, era difícil que la fe, el orden y el entrenamiento de los españoles (“que tampoco son para tirar cohetes”, se decía por las noches entre los camastros cuando los sargentos ya no oían) prevalecieran contra semejante superioridad numérica.

Don Germán, el capellán castrense, que había estudiado en la academia de Salamanca y todo, se paseaba entre ellos. Había conseguido una fusta y cruzaba la cara a cualquier soldado que pareciera no levantar el ánimo adecuadamente.

—¡Venceremos, muchachos! —decía—. Por Dios y por la Virgen del Pilar que venceremos. ¿No lo creen? ¡Vamos! —gritazo enfurecido—. ¿Quién no lo cree?

Y el infortunado recluta que pareciera no creer en las palabras del cura, caía a golpes.

De repente uno de los soldados, un extremeño muy echao p’alante, se atrevió a responder al cura.

—Pero… ¡mi capitán —gritó el extremeño—. ¡Son miles!

—¡Nos protege la fe! —don Germán sostuvo en alto su gigantesca cruz de madera repujada de oro, para que todos la vieran—. ¡Y nos protegen las armas! ¡No temáis!

—¡Capitán… las armas no les hacen nada a menos que les aciertes en la cabeza! ¡Todos lo sabemos!

—¡Sí, y darles en la cabeza es muy difícil! —empezaron a gritar los soldados.

—¡No se puede!

—¡Atacan de noche!

Eloy no se unió al coro. ¿Para qué, para decir lo que ya sabían todos? Sin embargo, tuvo la satisfacción de ver cómo, por un momento, don Germán perdía la expresión de calma cruel que le tranquilizaba. No duró mucho. El cura dio un paso adelante, agarró de la pechera al extremeño y lo tiró al suelo.

—¡Son ustedes soldados del ejército español, no nenazas ni modistillas! ¡Infantería! ¡Herederos de los tercios! Compórtense como tal —bajó tono y medio y siguió hablando—. Es cierto que los zombis dan miedo, pero su magia diabólica no puede nada contra el poder de la fe. ¡Tráiganlo!

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El problema del genio

El genio se estaba muriendo.

Se había pasado toda una noche escribiendo anotaciones a sus últimos descubrimientos matemáticos. Cuando levantó la vista, ya era de madrugada. Casi llorando –solo tenía veinte años– cogió su juego de pistolas y fue a que un contrincante más diestro y experimentado que él le metiera una bala en la tripa.

El resultado del duelo fue el esperable. El capitán de dragones que era su rival disparó primero, y no hizo falta más. El genio cayó. Al principio pensaron que estaba muerto; luego, resultó que respiraba. Dio tiempo a llevarle a un hospital y todo, pero el médico se limitó a mirarle y a negar con la cabeza. Aquel joven no viviría mucho más de veinticuatro horas. Y así se había llegado al momento presente, en que el matemático Evariste Galois aguardaba la muerte entre dolores.

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Perpiñán

—Venga, mamá, que vamos a llegar tarde —urgió Raquel.

—Ya voy, hija, ya voy, no me metas prisa. Es que esta liga… —respondió doña Carmen desde el interior del cubículo.

—¿Quieres que entre a ayudarte? —preguntó la hija, con un volumen un poco más alto de lo que habría querido. Miró alrededor, preocupada por si alguna francesa la miraba con superioridad. Nadie le hacía ni caso—. ¡Vamos, que el tren sale en cuarenta minutos y todavía tenemos que pasar el control!

—¡Ya está! —dijo doña Carmen, triunfante, y abrió la puerta del baño.

La apariencia de la madre de Raquel no podría ser más normal, y eso era precisamente lo que la buena señora había estado buscando al meterse en el cubículo de aquel retrete de la estación de trenes de Perpiñán. Al verla, nadie podía imaginar que llevaba prendidas en las ligas tres revistas guarras y dos cajas de preservativos de formas variadas, compradas días antes en un sex-shop de París.

No había sido intención de Raquel, de verdad que no. Cuando planificó el viaje a París con su madre pensaba enseñarle a la buena señora toda la parte cultural de la ciudad, que era mucha. Pero un día, al pasar por delante de una tienda erótica, con sus neones y sus luces brillantes, doña Carmen había exclamado:

—¡Ah, la Pilarica me ha hablado de estas tiendas! —y estaba dentro antes de que Raquel pudiera decir quéhacesmamáporfavornomehagaspasarvergüenza, así, todo junto.

Durante una interminable media hora, doña Carmen había recorrido los pasillos del sex-shop comentando de forma ponderativa las “colillas” que tenían los mozos de la publicidad, mientras Raquel la seguía arrastrando los pasos y con cara de querer morirse. A su madre le brillaban los ojos de diversión. Pero lo peor había sido cuando se había puesto a echar objetos en una cesta de mano que te daban al entrar, con la clara intención de adquirirlos.

—¡Pero mamá, no pensarás comprar eso! —le había dicho Raquel, escandalizada.

—Ay, hija, no hagas un alboroto de todo, de verdad. A tu padre le van a encantar —respondió doña Carmen como si de verdad no viera problema en el asunto.

Entonces Raquel se había imaginado a su padre, aquel inspector de Hacienda tan serio y formal, en la cama con su madre y con aquellas revistas… y había tenido que hacer esfuerzos para no salir corriendo del sex-shop. Durante el resto de la visita a París, la bolsa con los artículos sexuales se había empeñado en saltarle a la vista cada vez que abría la maleta para buscar cualquier cosa, como un recordatorio constante de que en realidad no conocía a sus padres.

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Magia constitucional

Eran siete. Publio había insistido mucho en eso: escoger solo a siete hermanos, puesto que el siete es uno de los números más sagrados que hay. “Además”, había razonado, con indudable sentido práctico, “si somos muchos más vamos a llamar la atención”. Cornelio no había podido por menos de darle la razón. Al fin y al cabo, siete podían colarse con cierto sigilo en San Felipe Neri, mientras que con los treinta y tres que había propuesto Numerio aquel plan sería inviable.

Se reunieron en la plaza del Remolar, que a esas horas de la noche estaba vacía y silenciosa. La mole poderosa del Oratorio tapaba la luna creciente y las escasas estrellas, por lo que Cornelio apenas podía ver a sus compañeros hasta que no los tenía encima. Al final, era la lumbre de los cigarros la que permitía que los recién llegados identificaran al grupo desde lejos.

La última en llegar fue Liberio. La idea de admitir a una mujer en la logia había suscitado un debate violentísimo, pues las Constituciones de Anderson lo prohibían de forma tajante. Sin embargo, en una situación como aquella (aislados por un ejército francés, con el rey secuestrado, el país invadido y siendo ellos mismos agentes de cambio de toda clase de leyes y costumbres), ¿no se podía hacer la vista gorda? Al fin y al cabo no se trataba de iniciar a mujeres, sino a una mujer concreta.

Además, aquella mujer traía cartas de recomendación de grandes maestros de Praga y del mismo Londres, y se decía que su saber en materia de conocimiento oculto era grande. Y el Gran Arquitecto sabía que iban a necesitar toda la ayuda posible en esa materia. Por eso, al final habían tomado lo que Valerio denominó “decisión Hatshepsut”: la iniciamos, sí, pero que adopte un nombre simbólico de varón y latino, como todos los demás. Y ahí estaba la buena señora, haciéndose llamar Liberio.

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Robo de arte

Al final, la operación policial la realizaron tres cuerpos distintos. El mando operativo recayó en el Kripos noruego de 1994, que era el interesado directo en el robo del cuadro. Se concedió también presencia a la Politi de ese mismo país de 1892. Por último, el Ministerio de Seguridad de la Federación Terralunar recibió la función de prestar apoyo tecnológico. Al fin y al cabo, las fuerzas policiales de los siglos XIX y XX podían ser muy buenas en lo suyo, pero no sabían mucho sobre viajes en el tiempo.

Perdón, sobre dispositivos de cronomovilidad.

Los dos enlaces con el Instituto de Estudios de Cronomovilidad –que era quien proporcionaba la tecnología– habían sido muy puntillosos con ese tema. Parece ser que dentro del IEC era un anatema hablar de “viaje en el tiempo” y que su directora, la doctora Saadi, caía con furia visigoda encima de cualquiera que osara emplear una expresión tan anticientífica.

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El año del diluvio

Manuel arqueó el cuerpo y pasó por el ventanuco. Enseguida se dio la vuelta y ayudó a Julia a trepar lo que le quedaba de fachada y a entrar ella misma por la claraboya. Pobrecita. Siembre había sido mucho más ágil que él, pero con el embarazo tan avanzado apenas podía moverse. Solo cuando Julia estuvo dentro se preocuparon de Alonso, el padre de ella: ya mayor, había insistido en ir el último.

Estaban a salvo. Aquel desván parecía el único lugar de Sevilla que no se había visto afectado por la riada. Había empezado unos pocos días antes, y lo que en principio había sido una simple lluvia se había convertido muy pronto en un diluvio seguido por un desbordamiento del Guadalquivir. Primero las calles se habían encharcado, luego anegado y por fin sumergido. Y así Manuel, su mujer y su suegro habían huido de su casa en busca de algún lugar todavía no afectado por las aguas.

Julia se sacudió para quitarse el agua. Alonso, siempre solícito con su hija, la abrazó. Manuel se adelantó unos pasos para explorar la buhardilla. Por ello fue el primero en detectar, a la mortecina luz de la tarde, que tenían un problema.

—Oh, oh…

—¿Qué? —preguntó Julia.

—Mirad…

En el polvo, huellas pequeñitas. Muchas. Demasiadas.

—Deberíamos haberlo… —empezó a decir Alonso.

No pudo terminar. Los sonidos comenzaron a oírse desde todos los rincones de la estancia. Manuel valoró sus posibilidades: ni pensar en huir, claro. Julia no podría afrontar otra travesía por el agua, y quizás Alonso tampoco. Habría que luchar. Espalda con espalda, con la embarazada en el medio, los dos varones se acercaron a una pared para al menos cubrir uno de sus flancos.

Enseguida los ratones les rodearon. No eran tantos como había temido Manuel, pero no bajaban de treinta. Podían pelear, sí, ellos eran más grandes… pero los otros les superaban ampliamente en número. No, a Manuel no le convenía una pelea. Y sin embargo, los ratones también parecían remisos a luchar. Al contrario de lo que era su costumbre, aún no se habían lanzado. De hecho, uno de ellos ya se adelantaba. Era un ratón joven, con pinta de valentón.

Manuel y el ratón se miraron, como midiéndose. Por fin, el ratón se acercó un paso más y dijo:

—¿Qué hacéis en nuestro refugio, gatos?

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La expulsión de los moriscos

I

Eran los tiempos de prosperidad. Eran los tiempos de becas y de estudiantes universitarios, de presencia en la prensa, de premios y de comparecencias parlamentarias. Era la época anterior a la crisis y a la dictadura, cuando el cronomóvil era un aparato novedoso, las ocho plantas del Instituto estaban a rebosar de empleados, el tiempo de uso por persona era limitado y la financiación parecía no serlo.

Eran los tiempos de las peticiones absurdas de los políticos.

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