La primera logia

La sala principal de la taberna del Ganso y la Rejilla estaba abarrotada. Rubin, el nuevo camarero del local, había subido ya tres bandejas llenas de jarras de cerveza, y la cosa no parecía que fuera a parar. Los caballeros que ocupaban el comedor parecían estar en alguna clase de reunión política, con todo lo que aquello comportaba: les había oído gritar e interrumpirse, y era normal que en esas circunstancias la bebida corriera algo más de la cuenta.

—¿Políticos? —respondió el viejo Herbert, jefe de camareros, cuando Rubin le comentó el trajín de la segunda planta—. No, hombre, no. Son francmasones.

—Bueno, eso explica los mandiles. Pero… ¿y los gritos y las discusiones? ¿No se reúnen los masones en secreto, y con símbolos místicos, y…?

—Deberías dejar de leer panfletos, chico. Los francmasones no son más que caballeros que vienen aquí a hablar de sus cosas, como todos. Y, como todos, a veces se acaloran. Hoy creo que están discutiendo refundir cuatro de sus asambleas en una sola, y claro, todos quieren que la suya sea la que acabe mandando. Es lo natural. Venga, ve a la cocina a ver cómo está la cena.

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El juzgalibros: “Historia lógico-natural”, de J.J. Merelo

Me gustan las ucronías. La especulación acerca de qué habría pasado sí me chifla, especialmente cuando está bien hecha y es coherente. Además, uno de mis periodos históricos favoritos es la España del siglo XIX, precisamente porque es una época de posibilidades truncadas. ¿Y si alguna de ellas hubiera salido bien? Es entonces cuando se cruza en mi camino, a raíz de una conversación en Twitter, Historia lógico-natural, de J.J. Merelo.

Como galdosiano, el título me atrajo inmediatamente. En dos de los “Episodios nacionales”, Prim y La de los tristes destinos, aparece un personaje, Juan Santiuste, a quien las aventuras sufridas en novelas previas han hecho perder la razón. Santiuste tiene la tesis de que España sigue una línea histórica equivocada, que lo lógico y lo natural habría sido que los revolucionarios de Riego fusilaran a Fernando VII por traidor y felón, y que desde entonces el país hubiera tenido un buen gobierno. Santiuste, a quien sus amigos llaman Confusio porque es un filósofo pero también tiene la cabeza a pájaros, plasma sus conclusiones en un libro que se llama, precisamente, Historia lógico—natural.

Merelo recoge este testigo para contar, en su ucronía, una España mejor, que a principios del siglo XX ha recuperado su estatus de potencia mundial y acaba de ganar la guerra de Cuba. En la novela aparecen tanto Santiuste como Galdós, como secundarios de lujo, e incluso se habla de que Galdós está escribiendo una “Historia lógico-natural” para probar que el renacimiento tecnológico y científico que vive la España de la novela no es lógico. Estos juegos a mí me privan.

Para rizar el rizo, el punto Jonbar de la novela de Merelo es distinto del que planteaba Galdós. Empieza en 1866, con la sublevación del cuartel de San Gil, que en la vida real fracasó pero que en la novela triunfa. Tras esto, entra a gobernar en España el general Prim, que en el mundo novelesco no sufre el atentado de la calle del Turco y, por ello, se convierte en el mandamás de España durante años. Un gobierno estable permite subvencionar a inventores que en la vida real se comieron los mocos (Peral, Torres Quevedo), y además concede la independencia de Cuba y Filipinas de manera pacífica, un poco a la británica.

Eso quiere decir que cuando en 1906 EE.UU. decide atacar Cuba, invade una nación soberana, que inmediatamente le pide ayuda a la madre patria. El ejército español, armado con la tecnología más moderna de la época, barre al estadounidense. La novela empieza así, y las consecuencias de este hecho se exploran a través de las siguientes páginas. Como vemos, toda la estructura es una especie de juego de espejos similar al que hace Dick en El hombre en el castillo y que da nombre a este blog, así que tenía que reseñar la obra.

Los protagonistas son tres: Ray, un contable yanqui que por una carambola acaba de espía en una España que no entiende; Archie, un carpintero negro negro que ha participado en la fracasada invasión de Cuba y Julián, un soldado español que es entrenado como tripulante de submarinos. Esos tres principales se van entrecruzando con una serie de secundarios, siempre los mismos, lo que le da a la novela un aire muy galdosiano. Casi podríamos definir a este libro como una “ucronía costumbrista”. En ese sentido, las primeras páginas de Ray son las mejores de la novela: es impagable su choque con una España que es a la vez una potencia tecnológica y un país provinciano y medio analfabeto. También acierta cuando trata temas sociales, como el racismo.

Aun así, se nota que es una de las primeras obras del autor, si no la primera. La novela tiene defectos. Para empezar, los tiene de forma: hay momentos, muchos, donde la trama pedía un diálogo y el autor (quizás por miedo a no saber escribir conversaciones creíbles) ha salvado la escena con narración. Estas intervenciones del estilo indirecto me chirriaron durante toda la novela.

Por otra parte, los protagonistas no están demasiado definidos, lo que es un problema cuando hay tantos y todo se basa en ellos. No tienen una personalidad clara, y de la mayoría no sabes muy bien lo que quieren. Sus movimientos no son orgánicos; muchas veces se ve el hilo del autor tirando de ellos hacia donde tienen que estar. Esto es disculpable en el caso de Julián, sometido a disciplina militar durante casi toda la trama, pero con Ray y sobre todo con Archie el asunto queda muy, muy forzado.

Pero el problema principal es otro. La novela avanza muy bien pese a sus fallos hasta aproximadamente dos tercios de la misma, momento en el cual pierde el hilo por completo. Cuando ya las tramas parecen estar cerrándose, se abren otra vez y el autor te cuenta una historia extraña, sin relación con nada de lo demás, que rompe por completo con la suspensión de la incredulidad que había conseguido una ucronía tan bien fundada. Esta última trama, que además no es común a todos los personajes, parece una idea de última hora. Tiene pinta de que decidió acabar con un colofón, y no le ha salido bien. Ese pegote hace que, al final del libro, no sepas muy bien qué historia te están intentando contar.

En conclusión, una buena idea que podría haberse mejorado definiendo más a los personajes y, sobre todo, suprimiendo el pegote del final. Aun así, lo tenéis a 0,99 en Amazon y su autor ha seguido ampliando el mundo en otras obras. Si te gusta la premisa, échale un tiento.

 

 

 

 

 

El anillo de sangre

27 de abril de 2017

—Y esto —dijo el empresario— es la joya de mi colección.

La periodista se acercó a la vitrina. Estaban en una habitación sin ventanas, situada al fondo de la casa. Las medidas de seguridad del pequeño museo eran ya de por sí grandes, pero las de aquel cuarto resultaban impresionantes: puerta acorazada que tenía a la vez llave y contraseña, tres cámaras que impedían cualquier ángulo muerto, vitrinas con cristal blindado y el logo de una empresa de seguridad bien visible.

Y sin embargo, lo que había dentro no parecía justificar tanta protección. Se trataba de un simple anillo de oro. Bien es cierto que era grande, recargado y con una bonita esmeralda en el centro, pero no dejaba de ser una gema como otra cualquiera. “Demasiado pesada”, pensó la periodista.

La decepción debió traslucirse en su rostro, porque su anfitrión le señaló uno de los cuadros que había en la estancia. Mostraba a un noble de cara redondeada vestido con ropa que, sin llegar a los excesos recargados que posteriormente pondría de moda el barroco, los preconizaba. Llevaba un traje de satén verde, una gorguera, cintas de diversos colores, espada y, sí, el mismo anillo que estaba en la vidriera. Lo llevaba en la mano izquierda, que a su vez tenía recogida sobre la tripa, por lo que la gema era el centro del cuadro.

—¿Es…? —preguntó la periodista.

—Es. El mismo anillo, que ha pasado de generación en generación desde que el bueno de Jacques se lo hizo a medida hasta que yo lo heredé de mi madre. Más de cuatrocientos años. ¡Ah, evidentemente no quiero decir que la línea sea directa! En esos cuatro siglos ha habido de todo: ha llegado a sobrinos y primos lejanos, ha sido robado por familiares descontentos, se ha quedado metido en cajas de caudales durante décadas… pero siempre se le ha podido seguir el rastro.

—¡Qué historia! —dijo la periodista, sorprendida a su pesar.

—Es muy curiosa, sí. Escuche, si ya ha terminado de hacer las fotos que necesita, salgamos de aquí. Vamos al salón y me termina de entrevistar.

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La chica del tranvía

El teléfono sonó. Marcos torció el gesto. Desde que había llenado Murcia de carteles con su número, no dejaba de recibir llamadas de graciosos o de gente que le insultaba. Y eso que él solo había pretendido ser romántico. No era tan raro, ¿no? ¡En las películas funciona! Chico se sube al tranvía, chico ve a una chica preciosa y triste, chico no se atreve a abordarla, chico hace un gran gesto de amor absurdo… ¡y ya está! Y sin embargo, la chica no había llamado y se estaba hartando de bloquear en WhatsApp a todos los imbéciles que le abrían conversación.

Por un momento pensó en pasar. “Han pasado varios días, seguro que ya no me llama”. Pero al final descolgó.

—¿Sí?

Silencio. Al otro lado de la línea se oía una respiración entrecortada.

—¿Sí? —insistió Marcos.

—Hola —dijo simplemente la otra persona.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquella voz, tan suave… la había escuchado por última vez en el tranvía, cuando la chica triste se despedía de sus amigas.

—¿Eres… eres tú? La chica del tranvía, ¿no?

—Me llamo Cristina.

Cristina… hasta el nombre era bonito. Marcos lo paladeó lentamente.

—Yo… ahora no sé qué decir —dijo Marcos, con un amago de risa—. Había planeado esta conversación, pero ahora no se me ocurre nada. ¿Te gustaron los carteles?

—No pasa nada. Sí, me gustaron mucho —Marcos intuyó que ella había sonreído—. ¿Cómo te llamas tú?

—Yo Marcos —y luego, con el corazón desbocándosele de la emoción—: oye, ¿te gustaría que nos viéramos?

—Claro que me gustaría. Por eso te he llamado, Marcos. ¿Sabes? Me gusta tu nombre… y me parece muy romántico lo que has hecho.

Ahora le tocó a él sonreír.


Cuando Marcos llegó, la chica ya estaba en la terraza. Estaba despampanante, con un vestido corto de verano que le sentaba de miedo y unas gafas de sol. Leía un libro con aspecto concentrado, lo cual acentuaba aún más su aire triste. A su lado, una cerveza a medio tomar sufría los efectos del calor murciano.

—Hola —dijo Marcos, con voz insegura.

Cristina levantó la cabeza como si hubiera oído un disparo, pero su cuerpo se destensó cuando vio que era él. Se quitó las gafas de sol, cerró el libro y lo metió en una mochila que tenía en el suelo, trabada con la pata de la silla para evitar ladrones. Luego se levantó y le dio dos besos. Olía bien, a recién duchada y a alguna colonia suave. Se había maquillado un poco, pero no lo suficiente como para ocultar del todo unas importantes ojeras.

—¿Llevas mucho esperando?

—No, acabo de llegar.

—Ah, ¿qué leías?

Las doce horas de la noche, de Ashbless. Poesía. ¿Lo conoces? —preguntó ella.

—No, no tengo ni idea. ¿Es bueno?

—A mí me gusta mucho.

El camarero se acercó y Marcos le pidió una cerveza. De repente se dio cuenta de que el hombre había venido en el peor momento: cuando la conversación sobre el libro se había agotado sola, justo a tiempo para cortar una transición natural a otro tema. El silencio se apoderó de la mesa. Por suerte, Cristina rompió el impasse.

—¿Sabes? Aluciné cuando vi los carteles. Fíjate que no suelo mirar estas cosas, pero no sé por qué, el tuyo me llamó la atención. ¡Qué forma más curiosa de intentar encontrar a una chica de la que te enamoraste en el tranvía! Y de repente me encuentro con que soy yo…

—Puse todos los datos que recordaba de ti y de tus amigas. Qué suerte que los vieras —sonrió Marcos.

—Ah… no eran mis amigas —dijo ella—. Simplemente son unas chicas con las que coincidí de fiesta. Salí sola, me puse a hablar con una de ellas en un baño y al final me acoplé con ellas.

—¿Saliste sola?

—Sí —la sonrisa triste se acentuó—. Necesitaba desconectar.

—Pues por tu cara en el tranvía, no parece que lo consiguieras.

Ella suspiró. Por un momento pareció mirar al infinito.

—No. Me temo que no lo conseguí.

—¿Qué te pasaba? —se lanzó Marcos—. Escucha, sé que nos acabamos de conocer y todo eso, pero puedes confiar en mí. Cuéntame: ¿por qué estabas tan triste?

Marcos siempre había sido buen observador. Los ojos de ella se perlaron. Antes de que se echara a llorar, le cogió la mano. Ella le miró, sorprendida.

—Eh… confía en mí, chica triste —puso su mejor sonrisa—. Se nota que llevas días sin dormir bien. Cuéntamelo y te sentirás mejor.

Ella pareció derrumbarse. Se encogió en la silla y empezó a hablar mientras jugueteaba con uno de sus mechones.

—Acabo de cortar con un chico. Yo… llevaba saliendo con él más de dos años. He estado muy enamorada de él, Marcos, tienes que entenderlo —ahora ella le devolvió el apretón de manos y le miró a los ojos—. Por eso he hecho todas las tonterías que he hecho. Los últimos seis meses han sido un infierno. Me gritaba y me hacía sentir mal hasta que no podía más. Entonces yo cortaba, pero luego él me llamaba y volvíamos, y vuelta a empezar. Yo… siento que no puedo enfrentare a él, Marcos.

—¿Y por qué tienes que enfrentarte a él? —preguntó el joven, mientras le cogía fuerte la mano—. ¡Has salido ya! Borra su número, bloquéale de las redes sociales… y sigue adelante.

Ella resopló de forma irónica.

—No es tan fácil. Ojalá lo fuese, pero no es tan fácil. El otro día, cuando me viste en el tranvía, estaba preocupado porque tengo que volver a verle al menos una vez… ¡y estoy acojonada, Marcos, acojonada!

Ahora ella ya lloraba de forma abierta. Marcos movió su silla para estar a su lado y la abrazó. Cristina se dejó acoger en el abrazo, y tampoco protestó cuando él empezó a darle suaves besos en la cabeza. Al final, ella se calmó.

—¿Cómo es que tienes que verle? ¿Es que trabajas con él, sois vecinos o algo así?

—No, no, no es eso. Es que sigo teniendo cosas de él en mi casa. Tonterías, nada más: un libro, un par de juegos de la Play, cosas así. Esta mochila también es de él, así que lo he metido todo aquí y he quedado luego con él, para darle todo. Y no quiero ir.

—¿No tienes a nadie que pueda acompañarte, o que pueda ir por ti? —Marcos siempre se había considerado un chico práctico, y aquella solución acudió rauda a su mente.

Cristina meneó la cabeza.

—No. Mis antiguas amigas ya no me hablan y todos los amigos que hice mientras estaba con este chico eran de su círculo, así que no les puedo pedir el favor. Y bueno, a mi familia no le quiero contar nada de eso. Por lo que ellos saben, corté con él hace dos meses.

—¿Y si te acompaño yo?

El terror se pintó en la cara de la chica.

—¡No, no! ¡Eso sería lo peor! Mi ex es muy celoso. Si me ve con otro chico podría volverse loco. Y no te ofendas, Marcos, pero él es bastante más fuerte que tú. No quiero que te pase nada —y le acarició levemente la cara con aquella mano suave.

Quedaron un momento en silencio, pensando. Y al fin él dijo:

—¿Y si voy yo?

—¿Qué?

—¡Puedo ir yo solo! Puedo decirle cualquier cosa, incluso que me has pagado veinte euros por ir en tu lugar. Le doy la mochila y listo, te libras del problema.

—¡No, ni pensarlo! Nos acabamos de conocer, Marcos. Nunca te pediría algo así.

—¿Por qué no? ¡No hay ningún peligro! Puede volverse loco de celos, o sospechar, o lo que sea, pero no tiene ningún motivo para hacerme daño. Además… si se pone violento prefiero recibir yo las hostias a que te pase algo malo a ti —dijo con su mejor mirada.

—No lo sé, no lo sé. ¿Te importa que demos una vuelta mientras lo pienso?

—Claro que no.

Pagaron y se fueron. Empezó así un paseo de media hora en el que apenas hablaron. La chica triste miraba al infinito y Marcos la miraba a ella. Cuando ya atardecía, entraron en un parque que había al lado de la estación de autobuses y se sentaron en un banco. Y al final ella habló.

—¿De verdad no te importa?

—¡Claro que no! —dijo él, excitado—. No me va a pasar nada. Me dices dónde has quedado con él, me das la mochila y arreando. Si quieres te mando un WhatsApp cuando termine, para que sepas que todo ha ido bien. Y mañana nos vemos.

De repente, ella le besó. No fue un beso apasionado, sino tierno. Él correspondió, despacito y suave. Era evidente que ella no quería ir más allá por el momento.

—Gracias, Marcos —le dijo con voz entrecortada—. Gracias por este favor. Lo de los carteles fue precioso, y esto… en fin, no me lo esperaba. Creo que ahora mismo necesito algo así. Algo tranquilo y sencillo, con un chico bueno.

Y por primera vez en toda la tarde, su sonrisa no era triste.

Apuntó en el móvil el lugar y la hora de la cita mientras ella rebuscaba en la mochila para sacar su libro de poemas. Luego, ella le tendió la bolsa y le dio otro beso.

—Creo que tenemos que separarnos ya. Vas a llegar tarde. Muchas gracias, de verdad —dijo Cristina.

—No es nada, en serio —repitió Marcos—. Alegra esa cara, chica triste. Lo voy a arreglar todo. Mañana ya no tendrás razones para estar así.

Un nuevo beso, algo más profundo que los dos anteriores. Y luego Marcos se dio la vuelta y, con un último “nos vemos”, empezó a caminar. Cuando se giró, ella todavía no se había ido, sino que le miraba con agradecimiento. En realidad tenía que reconocerse que algo asustado sí que estaba, pero lo más probable era que Cristina estuviera exagerando. Se encontraría con el ex, le daría la mochila, le pondría cualquier excusa chorra y se volvería a su casa a mandarse mensajitos con la chica de su vida.

Al final lo de los carteles había salido bien.


En cuanto Marcos se perdió de vista, la chica se dio la vuelta y empezó a caminar rápido. La estación de autobuses no estaba muy llena, pero sí había el suficiente número de personas como para que ella pasara desapercibida. Miró el teleindicador: diez minutos para el autobús de Madrid. Iba con tiempo de sobra.

Sacó de su bolsillo una llave y se dirigió a consigna. Era la taquilla número 18; la abrió y sacó una mochila exactamente igual que la que le había dado a Marcos. Con ella colgada de un hombro, se dirigió a la dársena. A los pocos minutos, estaba montada en un autobús medio vacío que devoraba kilómetros en dirección a Madrid. Dejó pasar todavía un rato, leyendo el libro de poesía que llevaba, y cuando estaba seguro de que todo el mundo a su alrededor se había dormido, sacó el teléfono e hizo una llamada.

—Ya está hecho —susurró cuando se lo cogieron—. Sí, llevo yo la mochila original, lo he comprobado. ¿La falsa? Eso ha sido lo mejor de todo. Se lo he endosado a un imbécil con complejo de caballero salvador. Va a ser él quien la lleve por mí al punto de encuentro.

Su interlocutor dijo algo.

—Hombre, no sé, no creo que le pase mucho más aparte de que le den una paliza. El ruso será muchas cosas, pero no es un asesino, y es tan obvio que el gilipollas al que he mandado con la mochila falsa no tiene ni idea de nada… espera un momento, estamos parando.

Estaban en un área de servicio. La voz ronca del conductor avisó por megafonía de que se iba a hacer una parada de diez minutos. La chica bajó del autobús, todavía hablando por teléfono.

—¿Lo del caballerito salvador? Ah, ha sido muy divertido. Salí de fiesta el otro día y cuando volvía al hotel se me debió notar que estaba acojonada por la entrega de hoy, así que este chico se montó una película estúpida sobre la chica triste del tranvía y empapeló Murcia con carteles con mi descripción. Cuando lo vi, flipé. Hemos quedado hoy, le he contado lo que quería oír y ahí que se ha ido al punto de encuentro.

Torció el gesto. Era evidente que al otro lado del teléfono le estaban echando la bronca.

—En serio, tú te debes pensar que yo soy idiota, ¿no? Le di un nombre falso. El imbécil recuerda a una chica más joven, con más tetas y con muchas más ojeras que las que yo suelo tener. En cuanto llegue a Madrid me destiño el pelo y listo… Aparte, solo puede contactar conmigo por medio de este móvil, y lo pagué en efectivo hace meses en una tienda de Sevilla.

Nueva parrafada del interlocutor.

—Está bien, sí. Nos vemos cuando llegue a Madrid. Oye, te dejo, que el autobús se va. Venga, sí, adiós.

La chica colgó el teléfono. Se acercó al borde de la zona iluminada por las luces del área de servicio, un lugar que estaba fuera de la vista de cualquiera que estuviera en el aparcamiento. Allí empezaba un barranco escarpado que acababa, cien metros más abajo, en una arboleda poco profunda. Le sacó la batería al móvil, echó la mano para atrás y lanzó al teléfono con todas sus fuerzas barranco abajo.

El autobús le esperaba. La chica se subió a él por la parte de atrás y se arrellanó en su asiento. Tenía un largo camino hasta Madrid y quería dormir un poco.

 

 

 

 

 

El juzgalibros: “La brigada de Anne Capestan”, de Sophie Henaff

Durante mi adolescencia, uno de los libros que más disfruté (hasta el punto de leerlo varias veces) fue Los hijos del Trueno, de Fernando Lalana y José María Almárcegui. Esta novela arranca cuando se produce en España la reforma educativa definitiva, según la cual en las aulas debe haber en todo momento veintidós alumnos, ni uno más ni uno menos. Claro, esto genera un cierto número de alumnos sobrantes. Así que se crean los “institutos remanentes”, donde van a parar los inadaptados con la finalidad de entrenarse para ser la escoria del mañana. Por suerte, los alumnos de uno de estos institutos no están dispuestos a aceptar su papel. Pese a este planteamiento, la novela es cómica y tiene algunos momentos realmente desternillantes.

Posteriormente, me aficioné mucho a Caso abierto, hasta el punto de que es, junto con Malcolm in the Middle, la única serie de televisión que he visto entera. Para quien no lo sepa, Caso abierto trata de una unidad de policías que se dedica a desenterrar casos de homicidio que no llegaron a resolverse y tratarlos a la luz de nuevas pistas, nuevos métodos o nuevos enfoques. La serie me agradaba porque huía de los tropos habituales (psicópatas y demás) y porque tenía un cierto componente de denuncia social.

Así que, cuando en las primeras páginas de La brigada de Anne Capestan quedó claro que aquello era una especie de mezcla de Los hijos del Trueno con Caso abierto, la novela me tuvo ganado desde el principio.

Anne Capestan es una comisaria que ha disparado una bala de más. Por los pelos no ha sido expulsada, pero su castigo es otro: va a dirigir una especie de “brigada aparcadero”, con lo peor de cada casa, a la que van a endosar todos los casos no resueltos que tiene la Policía de París con el fin de mejorar las estadísticas del resto de unidades. Entre sus compañeros hay un gafe, la guionista de una serie de televisión que todo el cuerpo odia, un borracho, una jugadora empedernida, un soplón, un homosexual que se atrevió a quejarse de discriminación dentro del cuerpo, etc. Gente a la que todo el mundo se quiere quitar de encima. Y en cuanto a los casos, solo hay dos que merezcan la pena: un marino asesinado en 1993 y una viejecita a la que un ladrón mató en 2005.

A partir de ese planteamiento, la novela avanza imparable. Su primera virtud es que es divertida: la autora es humorista profesional y se nota. Eso sí, es más de sonrisa que de carcajada: va planteando un mundo con cierto tono surrealista, donde curtidos policías huyen de un presunto gafe, un escenario del crimen permanece sin tocar durante ocho años, un seguimiento se disfraza de huelga y todo el equipo de una comisaría vota por el papel pintado que se va a poner en las paredes. Ya digo: tiene pocos momentos de risotada, pero se lee sin perder la sonrisa.

Sin embargo, el hilo no se pierde en describir momentos surrealistas: la novela tiene un argumento muy bien marcado y lo sigue sin darte tregua. No funciona a golpe de cliffhanger, lo que es de agradecer, sino que más bien no se detiene nunca: cada párrafo desemboca en el siguiente, cada página aporta algo nuevo. Quizás el final es un poco abrupto (sentí que, ya que la autora usa el recurso del flashback, podría haber dado más información en ellos), pero no resulta nada forzado.

La intriga, justo es decirlo, no es nada del otro jueves. Tira de tópicos del género y se nota. [SPOILER] Se ve venir, por ejemplo, que va a resultar que ambos casos están relacionados, que van a matar a una testigo clave antes de que pueda hablar o que el asesino es alguien que ya ha aparecido en la novela.[/SPOILER] También abusa un poco del recurso de “el detective ve a tal persona haciendo algo inocente y eso hace clic en su cabeza y llega a una deducción importante”. Por otra parte, si los tópicos han llegado a ser tópicos es porque funcionan, así que el defecto no es tan grande como parece.

Porque además, si algo sustenta la novela son sus personajes. Muchos están construidos con un par de pinceladas, pero funcionan y resultan ser más profundos de lo que aparentan. Como el gafe a quien todo el mundo rechaza, que sin embargo es el único que tiene una vida familiar feliz. O el tipo frío y lejano, que en realidad es extremadamente cuidadoso incluso con las vidas de los insectos. O el borracho inútil y pagado de sí mismo pero que está atento a todos los cotilleos del mundo policial y resulta un señuelo excelente. O la pija insoportable que en un momento dado tira de billetera para equipar de forma altruista la sede de la brigada.

Todos ellos forman un equipo extraño, de gente que en principio no se lleva bien o incluso se desprecia mutuamente, pero que al final acaba limando diferencias. A la fuerza ahorcan: son desechos, les han metido ahí porque no pueden echarles del cuerpo y tienen que elegir entre aceptarlo o rebelarse. Y es ahí donde el orgullo humano tira para delante y empieza a trabajar con lo que tiene. La brigada de Anne Capestan tendrá que decidir si se cohesiona y trata de superar las trabas que le ponen desde arriba… o si acepta su fama de refugio de perdedores y se limita a vegetar.

En fin: que si buscáis una novela entretenida, ligera, con personajes interesantes y una intriga que no os haga romperos demasiado la cabeza, éste es vuestro libro. Yo, por mi parte, cuando lo terminé le rendí el mejor homenaje que creo que se le puede hacer a una novela: mirar si hay una segunda parte. Por suerte para mí, la respuesta es positiva. Anne Capestan y sus absurdos compañeros protagonizan ya otra novela… y que sean muchas más.

Recuerdos de guerra

La casa del abuelo siempre estaba llena de trastos. Jerry recordaba, por ejemplo, la época en que descubrió la comida italiana: todas las noches llamaba a que le trajeran una margarita a domicilio. Llegó un momento en que la torre de cajas de pizza vacías llegaba casi hasta el techo; en una visita había estado a punto de caerse encima de Jerry, que por aquel entonces tenía ocho años. Su madre había gritado, había abroncado al anciano y luego había convocado a varias de sus amigas para, entre todas, volver a poner en planta la casa. Era un ritual que se cumplía cada seis meses con la precisión de las estaciones, ya que invariablemente el abuelo dejaba degradar su entorno sin hacer nada para evitarlo.

Debían estar al final del ciclo, porque el jardín estaba hecho un desastre. Jerry vadeó la hierba que ya le llegaba hasta la pantorrilla, esquivó un cortacésped oxidado y, por fin, llamó a la puerta. Nada. Una segunda llamada tuvo como resultado el sonido de alguien rebullendo en el interior. Y finalmente se abrió la puerta y el abuelo Zachary apareció en el umbral. Miró de arriba abajo a Jerry y gruñó:

—Podrías haber entrado por la puerta de la cocina. Nunca uso la principal.

La casa olía a cerrado y estaba oscura. El abuelo siempre había vivido solo, que Jerry recordara. La abuela había muerto cuando él tenía cuatro años, y él no se acordaba de su cara: ni siquiera había fotos recientes en la casa. Luego había pasado mucho tiempo, pero el abuelo no se había vuelto a casar ni se le conocían novias. Tampoco amistades o aficiones que le sacaran de casa. Cojeaba un poco y se negaba a usar bastón, por lo que caminar para él era un suplicio.

El suelo de la cocina estaba pegajoso. En la vieja cocina de gas hervía un cazo con agua; el anciano rescató dos tazas de la precaria torre de platos y sartenes que había en el fregadero, les dio un agua y empezó a preparar el té. Jerry dudó sobre si debía ayudarle, pero su abuelo le echaba la bronca a cualquiera que osara insinuar que no era perfectamente autónomo. Así que se limitó a sentarse en una de las desvencijadas sillas.

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