El paganismo restaurado en Italia
- El nuevo Gobierno revolucionario prohíbe cualquier forma de cristianismo.
- Nuestro enviado especial habla con Giuseppe Mazzini, primer triunviro de la República.
ROMA, 23 de febrero de 1849
Nota del director: recibimos esta noticia ayer en el rápido de las 15:17. La hemos decidido publicar, antes de hacer mayores comprobaciones, por la confianza que nos merece Fernando Ruigómez, enviado especial destacado en Roma para cubrir las perturbaciones que están sucediendo en aquella ciudad. Sin embargo, ante la inverosimilitud de lo relatado, esta Dirección le envió un telegrama a nuestro reportero, pidiéndole que confirmara la crónica. La respuesta llegó minutos antes de ir a imprenta, y solo decía «Confirmo en todos los extremos».
Roma ya no es una ciudad cristiana. La que fuera durante casi dos mil años capital del catolicismo mundial y sede del Sumo Pontífice de la Iglesia es ahora, oficialmente, una ciudad pagana. Así lo ha establecido una declaración oficial del triunvirato que gobierna los Estados Pontificios desde que el papa desapareciera a principios de este mes.
Los corresponsales extranjeros, que estamos alojados en el Albergo del Sole por disposición de gobierno provisional, conocimos la noticia hace solo dos días. La proclama, que adjunto a las cuartillas donde va escrita esta crónica, declara de nuevo oficial la «gran religión romana» y anuncia la construcción de un enorme templo consagrado a Júpiter. Y, lo más relevante, declara que el cristianismo, en todas sus versiones, es un delito capital para los ciudadanos de la república.
Las reacciones fueron variadas. El periodista de Le Figaro, Monsieur Crochet, se arrancó la cruz del cuello en un movimiento espasmódico, y luego, como si lo reconsiderara, la guardó primorosamente en la cartera. Mister Thanksgiving, que es el corresponsal del Times, se lanzó a una vigorosa arenga sobre los derechos del hombre, de la cual me temo que apenas entendí nada porque Herr Schmidt se dirigió a recepción exigiendo, a gritos, que le prepararan la cuenta.
Yo no esperé más. Me debo a mis exigentes lectores y a mi no menos exigente director, así que me lancé a la calle. ¿Cómo se había vivido la declaración en las calles de la capital mundial del cristianismo? ¿Qué se opinaba en mercados y tabernuchas? ¿Cómo se lo había tomado el pueblo romano, que pasa por ser el más devoto de todo el Orbe (y que mis compatriotas me perdonen)?
A tenor de lo que vi en aquellas horas locas, el pueblo romano se lo había tomado muy bien. En general, la Ciudad Eterna siempre está llena de gente de iglesia: por sus calles se pueden ver siempre sacerdotes, monjas, obispos, abades, patriarcas orientales y chicos escuchimizados con gafitas y pinta de teólogos laicos. Toda esa clerecía había desaparecido. Por la cuenta que les traía, me parece. Nada más salir del hotel, una muchedumbre del devoto y piadosísimo pueblo romano saqueaba una iglesia.
Sigue leyendo →