El tamborilero

¿Hay algo peor que el hecho de que tu país sea invadido por el odiado vecino del norte? Sí: que no te dejen ayudar en su defensa. “Compréndelo, Isidre, con tu talla…” le había dicho Pau, el cabo del somatén que se encargaba de los reclutamientos. Talla y unas narices. No era más que un poco más bajo que el resto, y además, ¿eso cuándo había sido impedimento para nada? El viejo Rius se movía con bastones (no con uno, ¡con dos!) y bien que estaba en el somatén. Al final, se dijo Isidre mientras entraba corriendo en su casa, con las mejillas arreboladas por el rechazo del reclutador, todo se reducía a lo mismo: al tema de la brujería.

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Lo que salió del sótano

El miércoles 12 de mayo de 1886 un espectacular tornado devastó Madrid. El fenómeno, que comenzó en los Carabancheles, pasó por la ciudad en una diagonal que comenzaba en la pradera de San Isidro y terminaba en Ventas. Murieron cuarenta y siete personas solo en el término municipal de la capital. Todos los médicos de la Universidad Central, estudiantes incluidos, fuimos movilizados para atender a los heridos. Fueron treinta y seis horas de locura, en la cuales curé miembros rotos, calmé ataques de pánico y llamé hasta cinco veces a un cura para pedir una extremaunción.

Se comprende entonces que la mañana del viernes 14 me hallara yo derrengado. No había tenido tiempo para ir a casa, y dormitaba en el sillón de mi despacho universitario. Las clases se habían suspendido, así que no tenía obligaciones y contaba con dormir un buen rato. ¡Iluso de mí! Ya mi cuerpo se rendía a los efectos de Morfeo cuando un golpeteo desagradable me devolvió a la realidad. Alguien se atrevía a llamar a mi puerta.

Esperé, pasivo. Quizá así quien se atrevía a molestarme dedujera que yo no estaba en mi despacho y se marchara a buscarme en cualquier otro lado. Pero aquello no sucedió. Un segundo repiqueteo y un “¿se puede?” nervioso me convencieron de que quien estaba al otro lado de la puerta necesitaba mi ayuda. Así que suspiré y me dispuse a pasar otro par de horas sin dormir.

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Barón

“Son como hormigas”, piensa el aviador. “Hormigas que se arrastran por la tierra sin parar. La rompen, la cierran… ¿seré yo el primer en darme cuenta de cuánto se parecen las trincheras y los hormigueros?”

Morro arriba. El aparato sube y el resto de la escuadrilla le sigue. El aviador mira en todas las direcciones, y gruñe de insatisfacción. Nada. Ni una sola presa que derribar. Abajo, el hormiguero que es el frente del Somme parece estar más o menos tranquilo. Las hormigas alzan la vista hacia ellos y (el aviador no lo sabe, pero le gusta imaginárselo) saludan a sus héroes voladores. En especial, claro, a él. Ya se aseguró de pintar su aparato de rojo para que nadie tuviera dudas de quién es el que va a los mandos.

Él fue una hormiga, en tiempos. No era su destino. Desde que era niño supo que estaba hecho para ser un héroe. Su padre trató de quitárselo de la cabeza. “Manfred, hijo, hoy en día la guerra no se parece a las estampas de los libros. Es un matadero científico. Allí ya no hay héroes, solo asesinos”. Pero a él le dio igual. Se entrenó en la equitación y en la caza, y en cuanto fue mayor de edad, se alistó en la caballería. El día en que los aliados le declararon la guerra a Alemania, Manfred gritó de felicidad.

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Un recado urgente

Domingo corre por las calles de Madrid. Sus botas resbalan en ese puré de barro y mierda que, pese a los esfuerzos del monarca, sigue siendo el pavimaento más habitual de la ciudad. Se está poniendo el calzado perdido. Pero a Domingo eso no le importa. ¡Que se ensucien las botas si quieren, pero su misión debe cumplirse a toda costa! Sabe que su maestro recompensa a quien hace las cosas a su gusto, y el recado que le lleva Domingo le va a complacer en extremo.

El primer signo de que algo anda mal se lo da un gigantón que le sale al paso. Domingo tropieza y cae de culo en el barro, mientras tres majos delgados rodean al enorme tipo que le ha interceptado. Si hubiera vivido tres siglos después, a Domingo la escena le habría recordado la pantalla final de cualquier videojuego, con un malo gigante y tres secuaces más pequeños. Pero estamos en el siglo XVIII, y Domingo solo tiene miedo de que le roben.

Uno de los secuaces se acerca a él y desenvaina un cuchillo que a Domingo le parece más bien un sable de caballería. Ya está a punto de desabrocharse los calzones (como buen chico previsor, lleva el dinero bien escondido) cuando el gigante habla.

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Lupercalia

Querido Marco:

¡Casi mes y medio sin escribirte! Espero que perdonarás a tu querida hermana esta impuntualidad. Como sabes, estoy en los últimos estadios del embarazo, y hacer cualquier actividad me cuesta horrores. Si hoy me decido a tomar la pluma y ponerte unas letras es porque me he dado cuenta de que ya estamos a mediados de marzo y todavía no te he contado cómo me fueron las lupercalia. Imagino que padre ya te habrá contado lo que pasó, pero me apetece explicarte lo que yo vi.

Ya sabes que nunca me han gustado las lupercalia. Hay demasiada gente, y a veces se desata la promiscuidad. Pero este año mi estado aconsejaba que fuera; éste es mi primer embarazo y necesito todas las bendiciones posibles para que el parto vaya bien. Además, quería ver a Cayo. No sabéis lo orgullosa que estoy de vosotros, hermano. Tú, tribuno militar en Hispania; Cayo, designado como luperco y preparándose la campaña para cuestor. Nadie duda de que llegará a cónsul si quiere. ¡Quién me iba a decir a mí, cuando os cuidaba de pequeños, que ibais a llegar tan alto!

El día de las lupercalia amaneció caluroso, sobre todo para tratarse de febrero. Por suerte mi marido es un hombre previsor. Ordenó a los esclavos que erigieran un pequeño entoldado en la Vía Sacra y que nos guardaran el sitio allí. Cuando llegamos, toda la zona estaba llena de una multitud enardecida (ah, ¡cuánto vino corre el día de las lupercalia!), pero nosotros disponíamos de nuestro pequeño rincón al margen de todo. Qué bien me supo el vino fresquito, hermano.

Otras familias patricias o ecuestres habían tenido la misma idea que nosotros, y desde donde yo estaba podía ver hasta una docena de entoldados. Uno de ellos estaba justo a nuestro lado. Cuando nosotros llegamos estaba vacío y siguió así todavía un buen rato; de repente, un par de esclavos desplegaron unas sillas de tijera y llegaron los dueños del toldo. Nunca imaginarías quiénes eran: Marco Junio Bruto y su esposa Porcia.

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El juzgalibros: “No son molinos (una antología de cachava y boina)”, de VV.AA.

La iniciativa de “No son molinos” me ha fascinado desde su concepción. Se trataba de realizar un libro de relatos de fantasía, ci-fi o terror que prescindieran de elementos anglosajones y se ambientaran en lo que solemos llamar España profunda. El libro pretende ser un jalón en un género denominado, con cierta ironía, “cachava y boina”. Pese a ser yo una persona muy poco rural (1), reconozco el potencial que tiene España para ambientar obras de género. Siempre hemos sido un país de campesinos, ganaderos y pescadores, y eso se nota en nuestro folklore y en nuestras historias. Usar ese material es, se mire por donde se mire, una buena idea.

Así pues, compré y leí con fruición “No son molinos”. Consta de veinte relatos. Diez de ellos son de autores que ya tenían obras publicadas con la editorial y a los que se invitó a participar en el proyecto; otros diez salieron de un concurso al que se presentaron más de quinientas personas. En cuanto a la composición de género, hay doce mujeres y ocho hombres; dentro de cada uno de los dos colectivos (invitados y procedentes del concurso) la proporción es idéntica.

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El mayor anhelo

La boda fue un éxito. ¡No todos los días se casa un rey! Y, sobre todo, ¡no todos los días se casa enamorado! ¡Qué historia de amor, qué historia! Desde el más poderoso duque de la Corte hasta la última modistilla de Lavapiés lo comentaban: seis años habían estado prometidos don Alfonso y su prima. Luego, cuando don Alfonso se había convertido en Alfonso XII, la cuestión del matrimonio se había vuelto primordial. Le habían intentado convencer de que dejara a Merceditas y se casara con alguien más conveniente, con alguna princesa europea. Pero él se había mantenido firme y al final… ¡hala! Casorio real.

Sí, todo Madrid estaba contento. Y el que más, el padre de la novia.

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Tres escudos

Al principio no había parecido para tanto. Estaban cercados en una isla entre dos ríos, pero el enemigo tampoco tenía tantas tropas: solo diez barcos, aunque eso sí, erizados de cañones. No iban a rendirse por aquella bagatela, por mucho que los holandeses tuvieran la superioridad táctica. No podían hacerlo. Eran el Tercio Viejo de Zamora: cinco mil hombres que habían causado el terror entre las filas protestantes en un sinfín de ocasiones. ¿Cómo iban a hincar la rodilla delante de diez barcos mugrosos? ¿Cómo volverían entonces a casa con la cabeza alta?

Así lo había dicho don Francisco Arias de Bobadilla, maestre de campo del Tercio. El general enemigo le había propuesto una rendición honrosa, y él se había limitado a mirarle con sus ojos gélidos y a espetarle aquello tan bonito de “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra”. Y luego, para rematar: “Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. Cuando la noticia se había extendido por el campamento, los hombres habían dado vivas a su general y la esperanza había reverdecido.

Y luego los holandeses habían abierto los diques y las aguas del río Mosa se habían llevado por delante el campamento español.

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Tragedia de un galdosiano

La mañana en que asesinaron a José Canalejas –prohombre regeneracionista, católico anticlerical, gafotas insigne y, en aquel momento, presidente del Gobierno español– don Luciano Benavides estaba en la librería San Martín. Este dato puede que no parezca demasiado importante. ¿A quién le importa dónde esté un hombre corriente en el momento en el que matan a la gran esperanza del país? Sin embargo, es relevante. Y lo es porque José Canalejas fue asesinado justo delante de aquella misma librería.

En realidad, don Luciano Benavides no vio mucho del homicidio. Estaba, como veremos enseguida, a otras cosas. De hecho, si le hubieran llamado como testigo en el juicio –lo cual no hizo falta porque, al estar muertos tanto el asesino como su víctima, el caso se cerró sin apenas darle gusto a la burocracia–, no habría sabido responder a ninguna de las preguntas de los abogados. Se habría limitado a mirar al frente y a decir “¿eh?” hasta que alguien hubiera pensado que él mismo formaba parte de la conspiración asesina y le hubieran metido cuarenta años en la cárcel.

Pero hablábamos de Canalejas. El prócer, como presidente que era, tenía asignada una escolta policial. Sin embargo, gustaba de darle esquinazo e irse a triscar en libertad por las calles de Madrid. De hecho, hay una anécdota que dice que un arriero castellano metió la rueda de su carro en un socavón de los muchos que por aquel entonces poblaban la Cuesta de la Vega, con tan mala fortuna que una rueda se partió. Pasaba por allí un jinete embozado, con tricornio y capa, que le ayudó a reparar el entuerto. Y cuando el arriero ya estaba agradeciéndole su auxilio al desinteresado jinete, éste se levantó el tricornio y… ¿a que nunca adivinaríais quién era? Esta historia se ha repetido después, protagonizada por otros personajes y sustituyendo todos los elementos según avanzaba la técnica, pero la original es tal y como la cuento.

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Charla nocturna

En el bar más mugriento de Madrid, Pepe Robledo se emborracha con orujo. Es un ritual que repite todas las noches, desde que sale de su trabajo como vigilante en el Parque del Retiro hasta que Santos, el camarero, lo lleva a su casa y le acuesta. La única diferencia en el ritual aparece los días en que Pepe Robledo libra, y consiste en que, en vez de llegar al bar de Santos a las diez de la noche, se planta allí después de comer.

¿Por qué no iba a hacerlo? Desarraigado, decepcionado con el magro agradecimiento de un régimen al que apoyó desde los primeros momentos y morador de una ciudad que no entiende, Pepe Robledo es un hombre acabado. Si sigue vivo es por rutina. Santos, que le conoce bien, sabe que lo que le va a matar no es su afición por el alcohol ni su mala alimentación, sino el fin de la inercia. Cualquier día se le acabará la cuerda y le encontrarán tumbado en un rincón de su mugriento piso.

O eso parecía hasta aquella noche.

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