Un buen regalo de Reyes

Lo odiaba, pero era un curro. Ese era un poco el resumen de los últimos diez años. Clara no dejaba de recordárselo cada vez que le venían las ganas de quejarse: no alces la voz, no te metas en política, tú a aguantar lo que te echen. Y tenía razón, que era lo jodido. Sindicalista desde niño, líder obrero durante la república, combatiente en Ciudad Universitaria y en el Jarama, Esteban le debía el estar vivo a que no tenía delitos de sangre sobre su conciencia. Y también a la protección personal de Ricardo Covarrubias, falangista y miembro de Acción Católica.

Más a lo segundo que a lo primero, la verdad.

Por desgracia, la protección de Covarrubias no llegaba hasta el punto de conseguirle trabajo. Había currado como fontanero en toda clase de casas de Madrid (en Vallecas había pocos domicilios con tuberías), pero el boca a oreja siempre había sido su carta de presentación más eficaz. Si no había clientes no había boca a oreja. Y así pasaba los días, entre un curro de mierda y otro. Al menos ese era estable. Siempre que consideraras estable trabajar una sola noche al año.

El lugar de la cita siempre era el mismo: un local abandonado, donde todavía se oxidaba el chasis de un coche viejo. Cuando llegaba (y solía ser el primero), ya estaba allí el representante de la empresa, un señor bajito, con gafas, poquita cosa, que no había cambiado nada en diez años.

—¿Ya por aquí, Esteban? —le decía siempre, con una jovialidad que no podía ser natural.

—Ya lo ve, señor Pereda. Otro año más a repartir ilusión. —Ese pequeño sarcasmo era lo único que se permitía.

Sigue leyendo

Fuego en el museo

—¡¿A qué coño estás jugando, Mariano?! Dime, ¿qué se te pasa por la cabeza? ¡Porque lo que es yo, no lo entiendo!

El rugido del director se elevó por encima del rasgueo de las plumas y el traqueteo de las máquinas de escribir. Incluso la charla de los periodistas se detuvo durante unos segundos, que fue el tiempo que tardó Mariano en atravesar la redacción de El Liberal y plantarse ante su jefe.

—Coño, Arnaiz, que acabo de entrar por la puerta. ¿Puedes esperar un rato antes de gritarme?

Por toda respuesta, el director explanó sobre la mesa la edición del día de su propio periódico. Debajo de la cabecera, un enorme titular a tres columnas anunciaba un desastre: el incendio hasta los cimientos del Museo del Prado.

—«La catástrofe de anoche: España está de luto» —leyó Mariano—. «Incendio en el Museo de Pinturas». Bien, ¿qué pasa con esto?

El director dio un puñetazo en la mesa. Su cara, roja y contraída por la furia, le recordó al periodista una ciruela pasa.

—¿Que qué pasa? ¿QUE QUÉ PASA? ¡Pasa que me ha llamado el propio ministro, y que medio Madrid exige mi cabeza! ¡Eso pasa!

—¿Y qué? No será la primera vez que te enfrentas a quien manda por un quítame allá esa noticia que nadie quiere que publiquemos. ¡Hemos perdido la mayor colección de arte de nuestro patrimonio, carape, y ha sido por la negligencia del gobierno! Normal que no les guste que lo contemos, pero…

Sigue leyendo

Recortes

—¡Doctora, el cronolocalizador no funciona!

Amina Saadi, directora del Instituto de Estudios de Cronomovilidad, miró a la persona que acababa de interrumpirle la reunión. So Ngema, uno de sus técnicos de laboratorio, había entrado de estampida en el despacho. Detrás de él, un agente caracterizado como un obrero fabril de principios del siglo XX manoseaba su gorra con nerviosismo. Saadi se acarició el puente de la nariz.

—Disculpe, no sabía que estaba…

El hombre que ocupaba uno de los sillones para invitados del despacho de la directora se volvió hacia la entrada. Vestía con el uniforme de diario de los oficiales del Ejército de Tierra. Antes del golpe de Estado So había sido incapaz de distinguir un general de división de un cubo de reciclaje, pero en los últimos tiempos los uniformes estaban por todas partes, y aquel tenía una buena cantidad de medallas y entorchados.

El oficial lo miró de arriba abajo y de pronto So fue consciente de que llevaba puestos unos vaqueros desgastados y una camisa rosa que lucía una mancha de aguacate que se le había caído durante la comida. Sintió el repaso que le hacía el militar (mirada arriba, mirada abajo, labios fruncidos) y casi suspiró de alivio cuando este se volvió a retrepar en el asiento, como si So no hubiera interrumpido. La indiferencia era mejor que aquel escrutinio.

—Parece que era cierto lo que me comentaba sobre su presupuesto, Amina. No le da ni para contratar una triste secretaria.

Sigue leyendo

La torre infiel

Su mayor tragedia había sido siempre llamarse Faustino. En el colegio, su clase estaba llena de niños cuyos nombres tenían honda raigambre latina o germánica. Nombres de reyes, de emperadores, de duques: dos Ricardos, un Alfonso, un Claudio, tres Felipes, un Fernando… Y él ahí, llamándose Faustino. Un nombre rústico, bajo, servil, vulgar. Nunca le dijeron nada (el pueblo madrileño era, ante todo, acogedor), pero él sabía que le despreciaban por ello.

Por eso el Gran Cabalista se presentaba siempre como Fausto. Todos los años, el séptimo día del séptimo mes, se reunía con sus hermanos: los adeptos, los artesanos de la voluntad, los caminantes de las sendas secretas. Los magos. Aquellas reuniones eran temidas por reyes y presidentes, pues los susurros de los magos podían hacer caer coronas y gobiernos. Ya lo habían hecho alguna vez. Como bien había dicho en la antepenúltima reunión el Poderoso Maestro Maldonado de Salamanca (en realidad Eufrasio Márquez, dueño de una tienda de abarrotes en la calle de la Ballesta): «cuando los poderosos nos reunimos, la plebe tiembla». Todos le habían aplaudido.

Pero era justo reconocer que, en los últimos años, la plebe temblaba más bien poco. España estaba en calma. Las guerras se habían acabado, y hasta los carlistas, la última gran esperanza de Faustino, estaban muy civilizados y con intención de integrarse en el sistema.

Sigue leyendo

Cambio de cara

El teniente Alcaraz corre hacia su propia muerte.

No sabe lo que ha pasado. Hace un rato huían de la escuadra británica. Era de noche, muy cerrada, muy espesa. De repente, una andanada. Luego, otra. Su propio barco, el Real Carlos, responde. Alcaraz da órdenes a los hombres de su batería, rudos marinos que le doblan en años. Pero él es una eficaz correa de transmisión de las órdenes de arriba, y su trabajo es garantizar que el buque inglés que tienen a babor se hunda.

Solo que no es un buque inglés.

Cuando se da cuenta de que llevan minutos cañoneándose con otro de sus propios navíos (¿el San Hermenegildo?) todo son órdenes de detenerse, tanto en su barco como en el otro. Puede oírlo, porque están casi a distancia de abordaje. Da igual. El Real Carlos ya está en llamas, y el San Hermenegildo prende también. Se separan y se forman las cadenas de cubos; la tripulación responde admirablemente, pero se forman tres focos de fuego por cada uno que apagan. La disciplina se rompe y el teniente Alcaraz, sabiendo que el barco va a explotar y que da igual dónde se halle él en el momento en que eso ocurra, corre hacia su propia muerte.

Sigue leyendo

Desescombro

Vallecas cada día estaba más gris. Gonzalo, a sus ochenta y seis años cumplidos, lo notaba en los huesos. Estaba bien de salud y se había acostumbrado a ser muy autónomo en los quince años que habían pasado entre la muerte de su Paqui y la vuelta a casa de su hija, así que seguía saliendo a hacer los recados. Compraba el pan, charlaba con Renato el quiosquero (aunque ya leía el periódico en el Internet, Renato llevaba cuarenta años siendo su amigo), pasaba por el AhorraMás a hacer una compra, iba a la ferretería o se tomaba algo en Manuela. Y lo notaba.

La gente estaba cada vez más decaída, más harta. Más desesperada. La calle Monte Igueldo, que hasta no hace tanto había sido una arteria comercial vibrante, llena de zapaterías, ferreterías y tiendas de todo tipo, era ahora un erial de locales en venta. Si uno tenía tiempo de fijarse en la mirada de los transeúntes (y Gonzalo lo tenía) solo veía ojos muertos, avasallados de preocupación, problemas, deudas y malas noticias. Alguno de sus amigos de Manuela, que eran un poco fachas, le echaban la culpa a los extranjeros que poblaban ahora las calles del barrio, pero Gonzalo no se engañaba: sus ojos tenían el mismo matiz de desesperación que el resto.

Y estaba la niebla. Gonzalo siempre había leído mucho, y una vez había llegado a sus manos una novela infantil sobre unos hombres grises que le robaban el tiempo y la alegría a la gente. Metáfora del capitalismo, claro. En los últimos tiempos, parecía que los hombres grises habían abierto una oficina en la Avenida de la Albufera. Y no era cosa de la pandemia, no; esa tristeza ya estaba de antes. Era cruzar el Puente de Vallecas, esa mastodóntica autopista urbana, esa herida abierta en el corazón de Madrid, y venírsele a uno el mundo encima.

Sigue leyendo

El último recurso

Nada era tan grato como la música que hacían los huesos al astillarse. El Rey Duende se relamió. Abajo, en la arena, uno de los contendientes acababa de reventar a mazazos la espalda de su mejor amigo. Miró hacia arriba, con gesto suplicante. No le habían dado de comer desde que había llegado (nada de comida de la inmortalidad para el humano) y en una prueba anterior había tenido que meter la cabeza en una hoguera, por lo que su cara no era más que dos ojos anhelantes que brillaban en medio de masa cicatrizal. Aun así, todos los espectadores entendieron lo que pedía.

Cuando aquel grupo de viajeros cayó en sus manos, los heraldos les habían informado de las reglas del torneo. El gladiador que sobreviviera a las tres pruebas regresaría al mundo de los humanos con oro, poder y carisma. Convertido en un príncipe. En la arena, el hombre que acababa de matar a su mejor amigo pedía su recompensa con los ojos. «Las condiciones estaban claras», parecía decir.

El Rey Duende se relamió de nuevo. Hizo un gesto con la mano. Una puerta se abrió en un lado del anfiteatro y dos quimeras gigantes saltaron al ruedo. El gladiador tiró la maza e intentó huir, pero los animales le dieron alcance antes. Estaba muerto antes de que terminaran de repartírselo.

Las condiciones estaban claras, sí. Y la más importante de ellas siempre había sido «No confíes en la promesa de un hada». Los humanos deberían haberlo sabido.

Sigue leyendo

Jamones al vapor

Esta es una historia real. Por favor, leed hasta el final. Es necesario que sepáis lo que me ha pasado. Y si alguien puede darme ayuda, que me escriba en comentarios, porque estoy desesperado.

Hace unos días volví a ver por Twitter esa escena tan famosa de Los Simpson, que ha dado tantos memes: la de los jamones al vapor. Seymour Skinner recibe para cenar al inspector Chalmers, pero se le quema la comida que está haciendo, un asado. Ante Chalmers, finge que el humo es vapor de unos supuestos gambones al vapor (almejas en la versión de Hispanoamérica). Como no puede presentar un asado quemado, va al Krustyburger de enfrente y sirve unas hamburguesas a las que denomina jamones al vapor (hamburguejas en América Latina), fingiendo que antes Chalmers le ha oído mal. Las excusas se van volviendo cada vez más inverosímiles y, además, el horno sigue ardiendo, por lo que la casa acaba en llamas.

Esta escena es de las más graciosas de la serie, y quise volver a verla. Pertenece al capítulo 149 (el 21 de la 7ª temporada, código 3F18). Es decir, es de las épocas buenas de Los Simpson, de los capítulos que se convirtieron en formación en valores y en trasfondo cultural de toda una generación: los millennials. Años después dejó de ser así, pero en la temporada 7 todos los capítulos son memorables. Y «22 Shorts Films About Springfield», de los que más.

Pero hay un problema. Desde hace unos meses, Los Simpson están en la plataforma Disney+, a la cual no quiero darle dinero porque no creo en las corporaciones. ¡Abrirme una cuenta en esa app solo para ver un capítulo! Demasiado. Por suerte, existe el bueno y viejo pirateo. En mi casa, BitTorrent nunca dejó de funcionar. Así que abrí Internet y busqué “Los Simpson 7×21 torrent”.

Sigue leyendo

Un golpe de timón a la Historia

—Y luego, claro está, queda la cuestión del príncipe de Asturias.

Sus majestades se miraron entre sí y luego me devolvieron la mirada. Carlos, con esos ojitos bovinos, tan borbónicos, tan faltos de resolución, a los que yo tanto detestaba. Y María Luisa con su cara expresiva y su media sonrisa que en alguna época yo había encontrado insinuante. Los dos gestos significaban lo mismo: «¿qué hacemos, Manuel?»

Yo sabía lo que había que hacer. Ellos también. Pero eran incapaces.

Nada se perdía por intentarlo, sin embargo.

—Majestad, el príncipe de Asturias es un conspirador, un intrigante y un ambicioso. Intrigó contra vos hace seis meses, le perdonasteis y salió favorecido. Y esta semana lo mismo. Si hubiera conseguido movilizar a esa chusma que reunió en Aranjuez, ¿quién sabe lo que habría pasado? Hablaban de saquear mi casa y de forzaros a abdicar, majestad.

Noté cómo una gota de sudor me corría por el cogote, y no supe si era por el calor que hacía en Cádiz o por el miedo a la muchedumbre. Había ido de un pelo.

—Es mi hijo…

—Si no hubiéramos estado prestos a detener el motín, hoy no estaríamos a punto de ponernos a salvo en América, sino que seguiríamos atrapados en la meseta. Vos no seríais ya rey, majestad, sino que lo sería Fernando, con el patrocinio de Napoleón. ¿Es eso lo que queréis?

Su majestad no varió la expresión. «¡Venga, hijo de la endogamia, haced algo!», me desgañité en pensamientos. «¡Tomad una decisión por una vez en vuestra vida!» Pero el rey nunca había sido rápido de palabra y de acción, y no iba a empezar a sus sesenta años. Estuvimos unos segundos en silencio.

—No puedo ejecutar a mi hijo. No, no puedo.

Sigue leyendo

Sustituciones

—Repasemos la misión.

—Estoy hasta las narices de repasar la misión. ¿No podemos darla por repasada?

—Negativo.

—Deja de hablar como si fueras militar. Me pones de los nervios —Pérez se masajeó las sienes.

—Venga, pues abreviando. Ahora mismo yo te mando al año 1500, al retrete en el que Juana «la Loca» acaba de parir a Carlos V. Y te llevas al «muñeco». Nacer en un retrete. Vaya destino para un emperador, ¿no?

En una cuna, un bebé de unas pocas horas de vida, cubierto de sangre falsa, se despertaba poco a poco de la criogenia. Pérez torció el gesto. Le molestaba que Bedford se refiriera al clon como «muñeco», pero esos malos modales eran un peaje leve a pagar por el privilegio que le habían concedido. ¡Arreglar la historia, nada menos! Cuando escribieran la historia de la ciencia en el siglo XXV, su nombre y el de Bedford estarían en letras doradas.

Tomó al bebé.

—Me llevo al «muñeco». Cuando llegue al siglo XVI, dejo inconsciente a Juana con esto. —Levantó un lanzador de agujas—. Le quito al bebé, le pongo al «muñeco» y vuelvo.

—¡Exacto! Y lo habremos arreglado todo. El «muñeco» morirá después de que estalle la guerra de las comunidades. —Bedford levantó las manos y señaló al cielo con sus manos huesudas—. ¡Ante su ausencia, y sin una sucesión clara, los comuneros ganarán! ¡El oro de América se gestionará con criterios racionales, no en guerras de religión! España no quedará rezagada en el siglo XIX y liderará los cambios sociales. ¡Gracias a eso, se evitarán desastres! ¡No habrá franquismo! ¡Solo habrá tres guerras mundiales! ¡Las pandemias del siglo XXI se curarán antes! Evitaremos millones de muertos. Tú y yo, Pérez. Tú y yo.

Le molestaba el mesianismo que imbuía a Bedford cada vez que decía esas cosas. Pero la cosa es que tenía razón. El visor de líneas temporales (invención también de Bedford) lo dejaba claro: la muerte de Carlos V -o, más bien, Carlos I, ya que nunca llegaría a ser coronado emperador- sería objetivamente beneficiosa para el futuro. Frente a eso, el sacrificio de un solo niño era casi moralmente exigible.

O eso le había dicho Bedford.

Sigue leyendo