Viaje accidentado

Durante todo el día, los sevillanos pudieron ver la nave que había dado la vuelta al mundo. La Victoria no hacía honor a su nombre. Escorada, con las velas remendadas y el aparejo hecho trizas, todos se preguntaban cómo aquel cascajo había podido navegar por toda América, Asia y África. Pero lo había hecho, y la Corona iba a enriquecerse mucho con las especias que había traído. ¡Loor y gloria a los navegantes!

A la mañana siguiente, los tripulantes de la Victoria salieron de la nave en procesión a la capilla de la Virgen de la Antigua, para agradecerle su intercesión en el viaje. Los mirones se extrañaron de que fueran tan pocos. ¿Y los demás? ¿Acaso estaban enfermos? ¿O es que solo habían sobrevivido dieciocho hombres? Los más perspicaces se fijaron en las caras de los procesionarios, y algunos se estremecieron. Sí, aquellos marinos habían pasado por un infierno.

Y luego, la ceremonia religiosa se terminó y los dieciocho hombres se desperdigaron por Sevilla. La mayoría iban casi como sonámbulos: después de más de tres años embarcados, con la misión de conducir el barco hasta las Islas de las Especias y luego volver a España, no estaban acostumbrados a la falta total de propósito. Ni siquiera su capitán (que solo se distinguía de ellos por haber ido el primero en la procesión) sabía muy bien qué hacer.

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