El perfeccionista

Gary llegó a España en enero de 1937, con la intención de luchar contra el fascismo apoyado por sus compatriotas. Dice mucho de su voluntad política el hecho de que siguiera en filas en julio de 1938, cuando todos sus amigos habían muerto y el batallón Abraham Lincoln se había llenado de españoles. Es cierto que le habían hecho sargento, pero también lo es que a Gary, que siempre había tirado hacia la vida civil, un grado del ejército español no le valía para nada.

Y allí estaba. La noche antes de pasar el Ebro para volver a unificar el territorio controlado por el Gobierno legítimo. El plan era sencillo: avanzar hacia el río, cruzarlo por sorpresa y conquistar los centros de comunicaciones rebeldes. Sin embargo, Gary miraba a sus hombres y no le parecía que encontraran sencillo ni siquiera atarse los cordones. La mayoría eran reclutas muy jóvenes, casi niños, que ni siquiera tenían la mayoría de edad.

No se hacía ilusiones sobre su capacidad de mando. Sabía que le habían nombrado sargento porque era de los pocos veteranos que hablaba español. Pero le habían dicho que les arengara y les iba a arengar.

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La primera logia

La sala principal de la taberna del Ganso y la Rejilla estaba abarrotada. Rubin, el nuevo camarero del local, había subido ya tres bandejas llenas de jarras de cerveza, y la cosa no parecía que fuera a parar. Los caballeros que ocupaban el comedor parecían estar en alguna clase de reunión política, con todo lo que aquello comportaba: les había oído gritar e interrumpirse, y era normal que en esas circunstancias la bebida corriera algo más de la cuenta.

—¿Políticos? —respondió el viejo Herbert, jefe de camareros, cuando Rubin le comentó el trajín de la segunda planta—. No, hombre, no. Son francmasones.

—Bueno, eso explica los mandiles. Pero… ¿y los gritos y las discusiones? ¿No se reúnen los masones en secreto, y con símbolos místicos, y…?

—Deberías dejar de leer panfletos, chico. Los francmasones no son más que caballeros que vienen aquí a hablar de sus cosas, como todos. Y, como todos, a veces se acaloran. Hoy creo que están discutiendo refundir cuatro de sus asambleas en una sola, y claro, todos quieren que la suya sea la que acabe mandando. Es lo natural. Venga, ve a la cocina a ver cómo está la cena.

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El anillo de sangre

27 de abril de 2017

—Y esto —dijo el empresario— es la joya de mi colección.

La periodista se acercó a la vitrina. Estaban en una habitación sin ventanas, situada al fondo de la casa. Las medidas de seguridad del pequeño museo eran ya de por sí grandes, pero las de aquel cuarto resultaban impresionantes: puerta acorazada que tenía a la vez llave y contraseña, tres cámaras que impedían cualquier ángulo muerto, vitrinas con cristal blindado y el logo de una empresa de seguridad bien visible.

Y sin embargo, lo que había dentro no parecía justificar tanta protección. Se trataba de un simple anillo de oro. Bien es cierto que era grande, recargado y con una bonita esmeralda en el centro, pero no dejaba de ser una gema como otra cualquiera. “Demasiado pesada”, pensó la periodista.

La decepción debió traslucirse en su rostro, porque su anfitrión le señaló uno de los cuadros que había en la estancia. Mostraba a un noble de cara redondeada vestido con ropa que, sin llegar a los excesos recargados que posteriormente pondría de moda el barroco, los preconizaba. Llevaba un traje de satén verde, una gorguera, cintas de diversos colores, espada y, sí, el mismo anillo que estaba en la vidriera. Lo llevaba en la mano izquierda, que a su vez tenía recogida sobre la tripa, por lo que la gema era el centro del cuadro.

—¿Es…? —preguntó la periodista.

—Es. El mismo anillo, que ha pasado de generación en generación desde que el bueno de Jacques se lo hizo a medida hasta que yo lo heredé de mi madre. Más de cuatrocientos años. ¡Ah, evidentemente no quiero decir que la línea sea directa! En esos cuatro siglos ha habido de todo: ha llegado a sobrinos y primos lejanos, ha sido robado por familiares descontentos, se ha quedado metido en cajas de caudales durante décadas… pero siempre se le ha podido seguir el rastro.

—¡Qué historia! —dijo la periodista, sorprendida a su pesar.

—Es muy curiosa, sí. Escuche, si ya ha terminado de hacer las fotos que necesita, salgamos de aquí. Vamos al salón y me termina de entrevistar.

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La chica del tranvía

El teléfono sonó. Marcos torció el gesto. Desde que había llenado Murcia de carteles con su número, no dejaba de recibir llamadas de graciosos o de gente que le insultaba. Y eso que él solo había pretendido ser romántico. No era tan raro, ¿no? ¡En las películas funciona! Chico se sube al tranvía, chico ve a una chica preciosa y triste, chico no se atreve a abordarla, chico hace un gran gesto de amor absurdo… ¡y ya está! Y sin embargo, la chica no había llamado y se estaba hartando de bloquear en WhatsApp a todos los imbéciles que le abrían conversación.

Por un momento pensó en pasar. “Han pasado varios días, seguro que ya no me llama”. Pero al final descolgó.

—¿Sí?

Silencio. Al otro lado de la línea se oía una respiración entrecortada.

—¿Sí? —insistió Marcos.

—Hola —dijo simplemente la otra persona.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquella voz, tan suave… la había escuchado por última vez en el tranvía, cuando la chica triste se despedía de sus amigas.

—¿Eres… eres tú? La chica del tranvía, ¿no?

—Me llamo Cristina.

Cristina… hasta el nombre era bonito. Marcos lo paladeó lentamente.

—Yo… ahora no sé qué decir —dijo Marcos, con un amago de risa—. Había planeado esta conversación, pero ahora no se me ocurre nada. ¿Te gustaron los carteles?

—No pasa nada. Sí, me gustaron mucho —Marcos intuyó que ella había sonreído—. ¿Cómo te llamas tú?

—Yo Marcos —y luego, con el corazón desbocándosele de la emoción—: oye, ¿te gustaría que nos viéramos?

—Claro que me gustaría. Por eso te he llamado, Marcos. ¿Sabes? Me gusta tu nombre… y me parece muy romántico lo que has hecho.

Ahora le tocó a él sonreír.


Cuando Marcos llegó, la chica ya estaba en la terraza. Estaba despampanante, con un vestido corto de verano que le sentaba de miedo y unas gafas de sol. Leía un libro con aspecto concentrado, lo cual acentuaba aún más su aire triste. A su lado, una cerveza a medio tomar sufría los efectos del calor murciano.

—Hola —dijo Marcos, con voz insegura.

Cristina levantó la cabeza como si hubiera oído un disparo, pero su cuerpo se destensó cuando vio que era él. Se quitó las gafas de sol, cerró el libro y lo metió en una mochila que tenía en el suelo, trabada con la pata de la silla para evitar ladrones. Luego se levantó y le dio dos besos. Olía bien, a recién duchada y a alguna colonia suave. Se había maquillado un poco, pero no lo suficiente como para ocultar del todo unas importantes ojeras.

—¿Llevas mucho esperando?

—No, acabo de llegar.

—Ah, ¿qué leías?

Las doce horas de la noche, de Ashbless. Poesía. ¿Lo conoces? —preguntó ella.

—No, no tengo ni idea. ¿Es bueno?

—A mí me gusta mucho.

El camarero se acercó y Marcos le pidió una cerveza. De repente se dio cuenta de que el hombre había venido en el peor momento: cuando la conversación sobre el libro se había agotado sola, justo a tiempo para cortar una transición natural a otro tema. El silencio se apoderó de la mesa. Por suerte, Cristina rompió el impasse.

—¿Sabes? Aluciné cuando vi los carteles. Fíjate que no suelo mirar estas cosas, pero no sé por qué, el tuyo me llamó la atención. ¡Qué forma más curiosa de intentar encontrar a una chica de la que te enamoraste en el tranvía! Y de repente me encuentro con que soy yo…

—Puse todos los datos que recordaba de ti y de tus amigas. Qué suerte que los vieras —sonrió Marcos.

—Ah… no eran mis amigas —dijo ella—. Simplemente son unas chicas con las que coincidí de fiesta. Salí sola, me puse a hablar con una de ellas en un baño y al final me acoplé con ellas.

—¿Saliste sola?

—Sí —la sonrisa triste se acentuó—. Necesitaba desconectar.

—Pues por tu cara en el tranvía, no parece que lo consiguieras.

Ella suspiró. Por un momento pareció mirar al infinito.

—No. Me temo que no lo conseguí.

—¿Qué te pasaba? —se lanzó Marcos—. Escucha, sé que nos acabamos de conocer y todo eso, pero puedes confiar en mí. Cuéntame: ¿por qué estabas tan triste?

Marcos siempre había sido buen observador. Los ojos de ella se perlaron. Antes de que se echara a llorar, le cogió la mano. Ella le miró, sorprendida.

—Eh… confía en mí, chica triste —puso su mejor sonrisa—. Se nota que llevas días sin dormir bien. Cuéntamelo y te sentirás mejor.

Ella pareció derrumbarse. Se encogió en la silla y empezó a hablar mientras jugueteaba con uno de sus mechones.

—Acabo de cortar con un chico. Yo… llevaba saliendo con él más de dos años. He estado muy enamorada de él, Marcos, tienes que entenderlo —ahora ella le devolvió el apretón de manos y le miró a los ojos—. Por eso he hecho todas las tonterías que he hecho. Los últimos seis meses han sido un infierno. Me gritaba y me hacía sentir mal hasta que no podía más. Entonces yo cortaba, pero luego él me llamaba y volvíamos, y vuelta a empezar. Yo… siento que no puedo enfrentare a él, Marcos.

—¿Y por qué tienes que enfrentarte a él? —preguntó el joven, mientras le cogía fuerte la mano—. ¡Has salido ya! Borra su número, bloquéale de las redes sociales… y sigue adelante.

Ella resopló de forma irónica.

—No es tan fácil. Ojalá lo fuese, pero no es tan fácil. El otro día, cuando me viste en el tranvía, estaba preocupado porque tengo que volver a verle al menos una vez… ¡y estoy acojonada, Marcos, acojonada!

Ahora ella ya lloraba de forma abierta. Marcos movió su silla para estar a su lado y la abrazó. Cristina se dejó acoger en el abrazo, y tampoco protestó cuando él empezó a darle suaves besos en la cabeza. Al final, ella se calmó.

—¿Cómo es que tienes que verle? ¿Es que trabajas con él, sois vecinos o algo así?

—No, no, no es eso. Es que sigo teniendo cosas de él en mi casa. Tonterías, nada más: un libro, un par de juegos de la Play, cosas así. Esta mochila también es de él, así que lo he metido todo aquí y he quedado luego con él, para darle todo. Y no quiero ir.

—¿No tienes a nadie que pueda acompañarte, o que pueda ir por ti? —Marcos siempre se había considerado un chico práctico, y aquella solución acudió rauda a su mente.

Cristina meneó la cabeza.

—No. Mis antiguas amigas ya no me hablan y todos los amigos que hice mientras estaba con este chico eran de su círculo, así que no les puedo pedir el favor. Y bueno, a mi familia no le quiero contar nada de eso. Por lo que ellos saben, corté con él hace dos meses.

—¿Y si te acompaño yo?

El terror se pintó en la cara de la chica.

—¡No, no! ¡Eso sería lo peor! Mi ex es muy celoso. Si me ve con otro chico podría volverse loco. Y no te ofendas, Marcos, pero él es bastante más fuerte que tú. No quiero que te pase nada —y le acarició levemente la cara con aquella mano suave.

Quedaron un momento en silencio, pensando. Y al fin él dijo:

—¿Y si voy yo?

—¿Qué?

—¡Puedo ir yo solo! Puedo decirle cualquier cosa, incluso que me has pagado veinte euros por ir en tu lugar. Le doy la mochila y listo, te libras del problema.

—¡No, ni pensarlo! Nos acabamos de conocer, Marcos. Nunca te pediría algo así.

—¿Por qué no? ¡No hay ningún peligro! Puede volverse loco de celos, o sospechar, o lo que sea, pero no tiene ningún motivo para hacerme daño. Además… si se pone violento prefiero recibir yo las hostias a que te pase algo malo a ti —dijo con su mejor mirada.

—No lo sé, no lo sé. ¿Te importa que demos una vuelta mientras lo pienso?

—Claro que no.

Pagaron y se fueron. Empezó así un paseo de media hora en el que apenas hablaron. La chica triste miraba al infinito y Marcos la miraba a ella. Cuando ya atardecía, entraron en un parque que había al lado de la estación de autobuses y se sentaron en un banco. Y al final ella habló.

—¿De verdad no te importa?

—¡Claro que no! —dijo él, excitado—. No me va a pasar nada. Me dices dónde has quedado con él, me das la mochila y arreando. Si quieres te mando un WhatsApp cuando termine, para que sepas que todo ha ido bien. Y mañana nos vemos.

De repente, ella le besó. No fue un beso apasionado, sino tierno. Él correspondió, despacito y suave. Era evidente que ella no quería ir más allá por el momento.

—Gracias, Marcos —le dijo con voz entrecortada—. Gracias por este favor. Lo de los carteles fue precioso, y esto… en fin, no me lo esperaba. Creo que ahora mismo necesito algo así. Algo tranquilo y sencillo, con un chico bueno.

Y por primera vez en toda la tarde, su sonrisa no era triste.

Apuntó en el móvil el lugar y la hora de la cita mientras ella rebuscaba en la mochila para sacar su libro de poemas. Luego, ella le tendió la bolsa y le dio otro beso.

—Creo que tenemos que separarnos ya. Vas a llegar tarde. Muchas gracias, de verdad —dijo Cristina.

—No es nada, en serio —repitió Marcos—. Alegra esa cara, chica triste. Lo voy a arreglar todo. Mañana ya no tendrás razones para estar así.

Un nuevo beso, algo más profundo que los dos anteriores. Y luego Marcos se dio la vuelta y, con un último “nos vemos”, empezó a caminar. Cuando se giró, ella todavía no se había ido, sino que le miraba con agradecimiento. En realidad tenía que reconocerse que algo asustado sí que estaba, pero lo más probable era que Cristina estuviera exagerando. Se encontraría con el ex, le daría la mochila, le pondría cualquier excusa chorra y se volvería a su casa a mandarse mensajitos con la chica de su vida.

Al final lo de los carteles había salido bien.


En cuanto Marcos se perdió de vista, la chica se dio la vuelta y empezó a caminar rápido. La estación de autobuses no estaba muy llena, pero sí había el suficiente número de personas como para que ella pasara desapercibida. Miró el teleindicador: diez minutos para el autobús de Madrid. Iba con tiempo de sobra.

Sacó de su bolsillo una llave y se dirigió a consigna. Era la taquilla número 18; la abrió y sacó una mochila exactamente igual que la que le había dado a Marcos. Con ella colgada de un hombro, se dirigió a la dársena. A los pocos minutos, estaba montada en un autobús medio vacío que devoraba kilómetros en dirección a Madrid. Dejó pasar todavía un rato, leyendo el libro de poesía que llevaba, y cuando estaba seguro de que todo el mundo a su alrededor se había dormido, sacó el teléfono e hizo una llamada.

—Ya está hecho —susurró cuando se lo cogieron—. Sí, llevo yo la mochila original, lo he comprobado. ¿La falsa? Eso ha sido lo mejor de todo. Se lo he endosado a un imbécil con complejo de caballero salvador. Va a ser él quien la lleve por mí al punto de encuentro.

Su interlocutor dijo algo.

—Hombre, no sé, no creo que le pase mucho más aparte de que le den una paliza. El ruso será muchas cosas, pero no es un asesino, y es tan obvio que el gilipollas al que he mandado con la mochila falsa no tiene ni idea de nada… espera un momento, estamos parando.

Estaban en un área de servicio. La voz ronca del conductor avisó por megafonía de que se iba a hacer una parada de diez minutos. La chica bajó del autobús, todavía hablando por teléfono.

—¿Lo del caballerito salvador? Ah, ha sido muy divertido. Salí de fiesta el otro día y cuando volvía al hotel se me debió notar que estaba acojonada por la entrega de hoy, así que este chico se montó una película estúpida sobre la chica triste del tranvía y empapeló Murcia con carteles con mi descripción. Cuando lo vi, flipé. Hemos quedado hoy, le he contado lo que quería oír y ahí que se ha ido al punto de encuentro.

Torció el gesto. Era evidente que al otro lado del teléfono le estaban echando la bronca.

—En serio, tú te debes pensar que yo soy idiota, ¿no? Le di un nombre falso. El imbécil recuerda a una chica más joven, con más tetas y con muchas más ojeras que las que yo suelo tener. En cuanto llegue a Madrid me destiño el pelo y listo… Aparte, solo puede contactar conmigo por medio de este móvil, y lo pagué en efectivo hace meses en una tienda de Sevilla.

Nueva parrafada del interlocutor.

—Está bien, sí. Nos vemos cuando llegue a Madrid. Oye, te dejo, que el autobús se va. Venga, sí, adiós.

La chica colgó el teléfono. Se acercó al borde de la zona iluminada por las luces del área de servicio, un lugar que estaba fuera de la vista de cualquiera que estuviera en el aparcamiento. Allí empezaba un barranco escarpado que acababa, cien metros más abajo, en una arboleda poco profunda. Le sacó la batería al móvil, echó la mano para atrás y lanzó al teléfono con todas sus fuerzas barranco abajo.

El autobús le esperaba. La chica se subió a él por la parte de atrás y se arrellanó en su asiento. Tenía un largo camino hasta Madrid y quería dormir un poco.

 

 

 

 

 

Recuerdos de guerra

La casa del abuelo siempre estaba llena de trastos. Jerry recordaba, por ejemplo, la época en que descubrió la comida italiana: todas las noches llamaba a que le trajeran una margarita a domicilio. Llegó un momento en que la torre de cajas de pizza vacías llegaba casi hasta el techo; en una visita había estado a punto de caerse encima de Jerry, que por aquel entonces tenía ocho años. Su madre había gritado, había abroncado al anciano y luego había convocado a varias de sus amigas para, entre todas, volver a poner en planta la casa. Era un ritual que se cumplía cada seis meses con la precisión de las estaciones, ya que invariablemente el abuelo dejaba degradar su entorno sin hacer nada para evitarlo.

Debían estar al final del ciclo, porque el jardín estaba hecho un desastre. Jerry vadeó la hierba que ya le llegaba hasta la pantorrilla, esquivó un cortacésped oxidado y, por fin, llamó a la puerta. Nada. Una segunda llamada tuvo como resultado el sonido de alguien rebullendo en el interior. Y finalmente se abrió la puerta y el abuelo Zachary apareció en el umbral. Miró de arriba abajo a Jerry y gruñó:

—Podrías haber entrado por la puerta de la cocina. Nunca uso la principal.

La casa olía a cerrado y estaba oscura. El abuelo siempre había vivido solo, que Jerry recordara. La abuela había muerto cuando él tenía cuatro años, y él no se acordaba de su cara: ni siquiera había fotos recientes en la casa. Luego había pasado mucho tiempo, pero el abuelo no se había vuelto a casar ni se le conocían novias. Tampoco amistades o aficiones que le sacaran de casa. Cojeaba un poco y se negaba a usar bastón, por lo que caminar para él era un suplicio.

El suelo de la cocina estaba pegajoso. En la vieja cocina de gas hervía un cazo con agua; el anciano rescató dos tazas de la precaria torre de platos y sartenes que había en el fregadero, les dio un agua y empezó a preparar el té. Jerry dudó sobre si debía ayudarle, pero su abuelo le echaba la bronca a cualquiera que osara insinuar que no era perfectamente autónomo. Así que se limitó a sentarse en una de las desvencijadas sillas.

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Punto de inflexión

Elías no llevaba mucho tiempo haciendo el servicio militar obligatorio, pero ya sabía una cosa: siempre hay una puerta trasera. No hay cuartel del que no puedas escaquearte si eres un poco listo. En Jaén había sido muy fácil, puesto que los propios encargados de la guardia nocturna tenían más interés en la partida que se jugaba en la cocina que en mantener vigiladas las puertas. En Barcelona, y pese a que en teoría estaban acuartelados y en alerta máxima, la cosa no era muy distinta. Bendito ejército español.

Las calles de Barcelona estaban oscuras. Nada sorprendente, si se tiene en cuenta que la huelga había alcanzado a todas las eléctricas. El día anterior había sido el peor: habían tenido que iluminarse con viejos quinqués de gas que apenas funcionaban. Luego los ingenieros habían conseguido restablecer parte del fluido: esa noche las luces del cuartel habían contrastado con la oscuridad de las vías adyacentes.

En el cuartel había poco que hacer: ellos estaban solo como refuerzo, por si la huelga se descontrolaba y se producían motines callejeros. Mientras eso no sucediera —y no parecía que fuera a hacerlo—, a nadie le importaba demasiado lo que hicieran en su tiempo libre. Incluso podían recibir llamadas. Gracias a eso se había podido comunicar con Rafael y concertar aquella cita nocturna.

Elías apretó el paso. Al principio de su caminata se había perdido y ahora llegaba un poco tarde. Sabía que a su hermano le importaría poco, pero a él le daba apuro hacer esperar a la gente. Rafael siempre se había reído de aquella característica suya. Claro que, ¿de qué no se reía Rafael? Si algo diferenciaba a los dos hermanos era precisamente aquello: mientras que el mayor consideraba que el mundo era un infinito campo de juegos y despreocupación, el menor se tomaba muy a pecho todo lo que implicara responsabilidad. O, en palabras de Rafael, “qué sieso que eres, jomío”.

Por fin llegó a la esquina donde habían quedado. Los faroles estaban apagados, claro: solo las calles principales tenían fluido, y ninguna de las dos lo era. Pero daba igual: la noche era clara y se veía bastante bien. El invierno había sido suave; aunque todavía estaban en febrero, el frío ya estaba en franca retirada. Elías se había puesto un abrigo encima de su uniforme, y empezaba a sentir que le sobraba. Sin embargo, no se lo quitó: sería mejor que nadie viera que era un recluta, sobre todo en aquel barrio. Por lo que pudiera pasar.

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