Trol de puente

En aquel cubil infecto no había apenas decoración, así que la Real Cédula destacaba todavía más. Un pergamino enorme, firmado ochenta años antes por el conde de Floridablanca, que concedía a Blas el cargo de trol de puente y le otorgaba aquella bicoca siempre soñada por los españoles naturales y sobrenaturales, fueran de ayer, de hoy o de siempre: un destinito. ¡Y no era mal destinito, por Dios y la Virgen! Sobre el Guadalquivir, entre la Meseta y Córdoba. Blas solo tenía que dejarse ver como guardián para que los reales de los viajeros le cayeran en la bolsa, muchas gracias por vigilar esto, qué haríamos sin ustedes, no se preocupe señor o señora que yo no dejo pasar a ningún bandolero.

Y ahora…

Blas se levantó del catre, que crujió bajo su peso, y cogió la garrota y el anticuado trabuco que usaba para sus rondas. En la mesa aún estaban las tres escudillas de migas que había sacado para desayunar y que al final, en todo el fragor de la bronca doméstica, ni sus hijos ni él se habían terminado. Suspiró. Las cogió con la mano derecha y tuvo que contener el impulso de lanzarlas contra la tina de metal, ya cubierta de platos sucios. Al final las vació de nuevo en la olla y las dejó apiladas en el barreño.

¿Cómo se atrevían? Pero, ¿cómo se atrevían? ¡Él, que tanto había luchado por tener algo que dejarles, que incluso había escrito memoriales al ministro de Fomento para que permitiera que en cada puente hubiera dos trols en vez de uno…! Y nada, que no querían. Entrecerró los ojos para adaptarlos al rugiente sol de la mañana (cada década el sol era más brillante y los días más largos, parecía), dejó los trastos de matar en la garita y comenzó a barrer el puente. Nunca había venido la inspección, pero ¿quién sabía si aquel podía ser el día?

Sigue leyendo

El juicio del mono

—¡El juicio del mono fue una estafa! ¡El juez estaba compinchado con los comunistas!

El griterío agónico del orador resonó por entre las copas del Confederate Park de Memphis. Nadie le hizo demasiado caso. Memphis era una ciudad decente, al fin y al cabo, y aquel hombre no llevaba ni camisa. Subido a un cajón de frutan como si aquello fuera la selva, llevaba pantalones vaqueros, parches de colorines, chaleco raído, camiseta sucia, pelos largos y unas gafas de sol redondas que solo tenían uno de los cristales. Le faltaba la guitarra para que apareciera el sheriff a expulsarlo del parque.

—¡Lo he descubierto! Sí, ¡yo lo sé! Por culpa de ese juicio, ¡ahora América está perdiendo la carrera espacial! Los militares soviéticos llegarán antes que nosotros a la Luna e instalarán bases de misiles que apunten contra Washington. ¡Nos van a destruir a todos!

Viendo que no conseguía el efecto deseado, el hippie se dobló sobre sí mismo y empezó a rebuscar en la mochila. Los viandantes pudieron ver que en la culera de su pantalón vaquero había un parche con la bandera de los Estados Unidos, aunque la mitad de las estrellas habían sido sustituidas por caritas sonrientes. Después de desparramar por la acera casi todo lo que había en la mochila —revistas, prendas de ropa, cajitas con contenido ignoto, una botella de cerveza— sacó, triunfante, una armónica. Recuperó la verticalidad y atacó Barras y estrellas.

Sigue leyendo

Un juego de mesa antiguo

—¡Mirad lo que traigo! —La puerta rebotó contra la pared y se cerró ella sola del golpe. El joven que había entrado por ella no pareció darse cuenta, ocupado como estaba en transportar una caja enorme hasta el centro de la habitación.

—Joder, Pajarito, ¿qué te tenemos dicho? —En el otro extremo de la estancia, una chica bajó con parsimonia los dos pies al suelo y dejó en una mesita el libro que leía—. Cualquier día te vas a cargar la puerta si sigues entrando así.

Pajarito hizo un puchero, pero antes incluso de poder interpretar de forma creíble su arrepentimiento volvió a sonreír y le dio un par de palmaditas a la caja que acababa de plantar en medio de la mesa.

—¡Es que esto es muy fuerte, Minnie! Nunca vas a adivinar lo que traigo.

—Y dale. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no me llamo…? —respondió Minnie. Pero, como casi siempre cuando alguien hablaba con Pajarito, no pudo terminar la frase.

—¿Sabes dónde están estas?

—Ana acaba de volver de entrenar y Nuss se ha despertado tarde, le ha dado la patada a su ligue de anoche y por lo que sé ha comido en su hab…

—¡O sea, que ahora están aburridas! —interrumpió Pajarito, como si acabara de descubrir la pólvora. Minnie ni siquiera tuvo opción de contestar. El joven se lanzó de inmediato a las zonas comunes mientras voceaba el nombre de las otras dos compañeras—. ¡Nussie! ¡Ana! ¡Salid, rápido! ¡Venid a ver esto!

Sigue leyendo

El pasado es un puente de barcos

I.

El día de la jubilación de Zach Reilly nadie trabajó en el Instituto de Estudios de Cronomovilidad. Reilly era uno de los agentes más veteranos y queridos del IEC, así que todos los trabajadores acudieron al guateque que había preparado en el salón de actos. La alegría era doble. Por un lado, estaba la propia de la fiesta en conmemoración de un compañero. Y por otro, había que celebrar que Reilly había obtenido una victoria judicial contra el Estado, y una que les beneficiaba a todos.

Diana Katsaros no se había enterado de los detalles. Bastante tenía con el cacao que llevaba en la cabeza. Sin embargo, So Ngema insistió en contárselo mientras se dirigían al auditorio.

—Tiene que ver con el tema de la pensión de jubilación. Siempre os la han calculado teniendo en cuenta el tiempo trabajado ahora, en el siglo XXIII. Así que si a ti me mandan hoy a documentar, digamos, las sesiones del Parlamento británico en el siglo XIX, y te tiras allí tres meses, cuenta como un solo día de trabajo, porque habrás vuelto hoy.

—Y luego te dice la doctora Saadi que este trabajo merece la pena. —Diana puso los ojos en blanco—. Si es que de verdad.

—¡Pero si ya no es así! Es lo que ha conseguido Reilly. Es que en su caso era muy bestia. Había como ocho años de diferencia o una cosa así.

—¿Tantos?

El salón de actos era pequeño y olía a una mezcla entre humedad y moho que Diana nunca habría asociado a un laboratorio de cronomovilidad antes de empezar a trabajar allí. Se sentaron en dos de las sillas menos desvencijadas. Hacía mucho que no había dinero para tareas de mantenimiento.

—Tantos. Creo que se quedó cuatro años enteros en el pasado, varado en la misma misión. Fue antes de que entraras. Seguro que se lo puedes preguntar luego.

Diana se arrellanó en su asiento y se mordió la lengua para no contestarle mal a su amigo. Reilly le parecía simpático, pero no le apetecía hablar con él. No le apetecía hablar con nadie. Había hipotecado su vida estudiando el doble grado en Historia y Física con el único fin de trabajar con cronomóviles, y se encontraba con esto. Como para darle la razón, el asiento se hundió más de lo debido bajo su peso, hasta un punto en el que no estaba claro si iba a poder levantarse sin llamar una grúa.

El Instituto estaba en la ruina. Dos de sus plantas estaban cerradas. El Gobierno, encabezado por ese dictador militar que se autotitulaba presidente federal, les había recortado el presupuesto y se rumoreaba que la doctora Saadi, la directora, estaba a punto de tomar la decisión de organizar viajes turísticos al pasado. Era malvender la dignidad investigadora del Instituto, pero también era la única manera de mantener un nivel adecuado de ingresos.

Aún era joven. Sus madres se lo decían: podía cambiar de rumbo, pasar a la empresa privada, hacer algo con su carrera que no fuera quedarse en aquel callejón sin salida. Reciclarse. Dentro de poco vencía el contrato temporal de dos años que la ataba a aquel lugar. La doctora Saadi ya estaba tramitando una plaza fija para ella, pero ¿de verdad quería quedarse allí?

So parecía feliz, pero es que So era técnico. A él lo que le gustaba era trastear con la maquinaria, y eso lo iba a tener igual en el Instituto que en una empresa privada. “De hecho”, le había dicho una noche de borrachera, “no lo digas por ahí, pero me gusta mucho trabajar en el Instituto, precisamente por la falta de medios. Te afila el coco”. Y se había tocado la cabeza.

Ojalá ella pudiera ser así de feliz en este lugar.

Sigue leyendo

La venganza de Tránsito Durdal

La mañana del peor día de la vida de Cayetano Galeote empezó sin resaca.

Eso ya debería haberle dado una pista de hasta qué punto las cosas estaban jodidas. El Señor le había negado muchas virtudes, por desgracia, y la resistencia al alcohol era una de ellas. Cuando bebía se ponía violento, gritaba, daba voces, concebía proyectos locos, golpeaba a muebles y personas y, al fin, caía en la cama solo para despertar a la mañana siguiente con el cuerpo dolorido como si le hubieran manteado.

La noche anterior había bebido.

Pero no tenía resaca.

A tientas, se levantó de la cama. ¿Qué hora sería? No más de las diez, esperaba; bastante le había tocado el bolsillo el perder la misa del Cristo de la Salud como para llegar tarde a la de la Encarnación, que además se pagaba doble por ser Domingo de Ramos. Pero ¿le tocaba dar misa en la Encarnación o no? Ya no se acordaba. Y no solo por el alcohol. “San Cucufato, como no me devuelvas los recuerdos… ya sabes”, pensó mientras trastabillaba hacia la ventana. Aunque su paso era extrañamente ágil.

Y Tránsito, esa zascandila, esa casquivana, ¿por qué no le habría despertado? En la cama no estaba. Una casa de cura con una única cama. ¡Si lo supieran los vecinos! Abrió la contraventana y de inmediato tuvo que entornar los ojos y echarse las manos a los oídos. ¡Joder! La luz del sol le hería y, en cuanto a los ruidos, ¿qué le pasaba hoy a Madrid? ¿Por qué gritaban tanto? ¿Se habían confabulado para pasar por encima de su sordera, o qué?

—¡Tránsito, Tránsito! ¡Mujerzuela, ven acá! —berreó, al tiempo que se dirigía hacia el otro extremo de la estancia. De una patada derribó un balde metálico, y el tañido le hizo apretar los dientes—. ¿Cómo no me despiertas? ¿Has traído el agua? ¡He de afeitarme!

Apoyó las manos en la consola destartalada donde solían poner los útiles de aseo. El ruido de la calle seguía siendo un horror, pero podía controlarlo ahora que estaba un poco más lejos. Abrió los ojos.

 Casi se queda en el sitio.

Desde el espejo no le devolvía la mirada Cayetano Galeote, cura atrabiliario y sin vocación, sino una mujer. Una mujer conocida y bien conocida. Tránsito Durdal.

Sigue leyendo

Lagartos

—¡Júramelo! —Don Juan de Borbón agarró a su hijo adolescente de la muñeca derecha y le obligó a ponerse de rodillas delante del cadáver del hermano—. ¡Júrame que ha sido un accidente!

Juan Carlos juró. Juró varias veces, hasta que su padre dejó de mirarlo con suspicacia. Luego cubrió el cadáver del hermanito con una bandera de España y movilizó al personal de la casa; había que inventarse una versión oficial para la nota de prensa y llamar al médico de la familia para que certificara la muerte. Toda la escena había terminado antes de que la pistola se enfriara.

Pero era mentira, claro. Por supuesto que Juan Carlos de Borbón había disparado la pistola de forma voluntaria y deliberada. Y en defensa propia. Cuando había visto lo que era en realidad su hermano Alfonso (esos ojos de pupila vertical, esa lengua roja y bífida) había sabido que sus días estaban contados. El lagarto que se ocultaba bajo la piel de su hermano incluso le había amenazado con gestos durante la misa de Jueves Santo.

Su padre sería rey cuando muriera Franco, y después de su padre lo sería él. Alfonso nunca pasaría de infante. Si el lagarto se atrevía a amenazarlo es porque estaba muy avanzado su plan de quitarlo del medio, ya que ¿para qué querían los invasores del espacio ocupar a un segundón en la línea de sucesión al trono español? De no haber actuado en defensa propia, estaba seguro de que la pistola la habría disparado Alfonso.

Media hora después, cuando el médico de la familia ya salía de Villa Giralda, Juan Carlos lo abordó en un pasillo y le preguntó por su hermano. El doctor Abreu le miró con conmiseración.

—Lo siento, excelencia, no pude hacer nada. La bala entró por el orificio de la nariz.

“Pero ¿no le habéis practicado autopsia? ¿No sabéis lo que había dentro de él?”, quiso preguntar. Se contuvo. Sabía lo que le haría parecer aquello, y el médico no podía haber abierto a su hermano en los limitados medios de la mansión. Su padre tampoco lo habría permitido.

Sigue leyendo

El cebo

Había sido una trampa o, si se quería, un cebo; Francisco lo tuvo claro en cuanto desembarcaron. Pero en el primer momento pareció muy buena idea. Llevaban un mes entero de travesía y los niños, que habían empezado dando muestras de un comportamiento ejemplar, estaban insoportables. Pobrecitos, claro, tenían que aburrirse como ostras. Así que, cuando apareció aquella isla no cartografiada, bastó con una sugerencia del marinero Rigoberto para que Francisco accediera a fondear en ella y a pasar allí un par de noches.

A Francisco nunca le había caído bien aquel hombre contrahecho, con aquel bocio escamoso que le ocupaba todo el cuello y con aquellos ojos glaucos que parecían mirar sin ver. Además, no pertenecía a la tripulación original de la expedición, sino que se había enrolado en Santa Cruz de Tenerife, cuando el último día habían descubierto la deserción de uno de los marineros. La deserción o algo peor, claro. Pero hacía bien su trabajo, y su voz cuando había mencionado la posibilidad de bajar a la isla había parecido cargada de razonabilidad y sensatez.

“Si es que tendría que haberlo sabido”, se reprochó Francisco. ¿Cómo que una isla no cartografiada en medio de la ruta entre las Canarias y Puerto Rico? Pero chico, uno oye tantas cosas… y, a pesar de los instrumentos, el mar es insondable, y siempre puede uno haberse desviado más de la cuenta. Además, el lugar no parecía importante, apenas un peñón cubierto de musgo. Lo suficiente para estirar las piernas, que los niños brincaran un poco y después seguir viaje. Je.

Sigue leyendo

La paradoja de Halifax

-1-

—Ahora nos vamos a sentar los tres y me vais a volver a explicar, despacito, que yo me entere, cómo es eso de que habéis causado la explosión de Halifax.

Zach Reilly (bajito, pelirrojo, regordete, con un ojo a la funerala) le sostuvo la mirada, como si no acabara de confesarle que había sido el responsable directo de la muerte de casi dos mil habitantes del pasado. Anderton Parker (alto, recto como una flecha, pulcro, la clase de persona a la que uno imagina trabajando de contable) se la rehuyó.

—¿Y bien? —repitió la pregunta la doctora Saadi.

Sus dos subordinados se miraron entre sí.

—No veo cuál es el problema —musitó Parker—. Iba a suceder de todas maneras…

La doctora Saadi le cortó, mirándole con ojos de fuego.

—¿Una paradoja temporal no es un problema? ¿Qué os mandemos a grabar un acontecimiento histórico y lo acabéis causando no es un problema? Joder, Anderton, dame una excusa mejor, anda.

Como si le hablara a la pared. Reilly le seguía sosteniendo la mirada. Parker no era capaz, pero encontraba muy interesante la estantería que había detrás de ella.

—Muy bien. Visto que no queréis hablar juntos, os interrogaré por separado. Y sí, he dicho interrogar —recalcó—. Vosotros dos escondéis algo y ni siquiera entiendo por qué os estáis callando. ¡Hemos lidiado con paradojas antes! Así que venga —señaló la puerta—. Anderton, ve a Materiales a dejar el disfraz y a que te quiten el condicionamiento.

Parker, obediente, salió por la puerta. La doctora Saadi se volvió hacia Reilly y comprobó con satisfacción que ya no le sostenía la mirada.

—Vale, Zach. Y ahora ¿qué tal si me cuentas lo ha pasado?

Sigue leyendo

De las casitas a las alamedas

—Yo digo que lo matan.

—Que no, ente, que no. Qué lo van a matar. Si va siempre con escolta.

 

       Las casitas del barrio alto

       con rejas y antejardín.

       Una preciosa entrada de auto

       esperando un Peugeot.

 

—Pues claro que lo matan, ente. ¿No están poniendo bombas, los fachos de mierda? ¿No se han inventado un grupo de extrema izquierda al que echarle la culpa? ¿No anda la CIA detrás? ¡Este no llega a la semana que viene!

—Menos conspirar y más jugar, Klaa. Tiras tú.

—Dices eso porque tienes miedo de asumirme otra apuesta, Qurz. ¿Cuántas unidades me debes ya?

 

       Y las gentes de las casitas

       se sonríen y se visitan;

       van juntitos al supermarket

       y todos tienen un televisor.

 

—¿Qué más te da? Estamos varados en este planeta de porquería.

—¡Pero no le des así al tablero, que no es culpa suya! Ya vendrán a rescatarnos. Y mientras tanto aquí no se está tan mal. La comida es deliciosa, y la gente tiene un cuerpo de lo más entretenido. ¿No opinas tú lo mismo?

—Qué asco me das.

 

       Juegan bridge, toman Martiny Dry.

       Y los niños son rubiecitos.

       Y con otros rubiecitos

       van juntitos al colegio high.

 

—Pues si quieres que me calle, acéptame la apuesta.

—No te cansas, ¿eh? Venga, ¿cuáles son los términos?

—Quinientas unidades a que tiene éxito el atentado contra el general René Schneider que va a tener lugar la semana que viene.

—Hecho.

 

       Y el hijito de su papi

       luego va a la universidad;

       comenzando su problemática

       y la intríngulis social.

 

        Fuma pitillos en Austin mini,

       juega con bombas y con política,

       asesina a generales…

 

Sbill detuvo la recepción de aquella canción que alguien compondría y cantaría unos meses después. ¿Asesina a generales? Le parecía que ya sabía quién había ganado la apuesta.

Miró con benevolencia a sus dos colegas. Klaa, con todo su corpachón recostado en la silla, sostenía las cartas con las pinzas ventrales mientras que se masajeaba las antenas con las superiores. Le encantaba jugar y le encantaba apostar, qué se le iba a hacer. Qurz era un ente mucho más moderado en ese aspecto, y además su percepción de las probabilidades macrocuánticas futuras estaba tocada desde el aterrizaje forzoso. Sin embargo, por puro aburrimiento, acababa cayendo siempre.

—¿Nos apuntas, Sbill? —preguntó Klaa—. Quinientas a que apiolan a Schneider.

—¡Apuntado! —hizo una anotación mental y siguió fregando vasos. Al otro lado de la estancia, sus colegas siguieron jugando y lanzándose puyas.

Por consenso, Sbill nunca participaba en las apuestas. Como sintiente de la nave que se había estrellado, su percepción de las probabilidades macrocuánticas estaba mucho más afinada que la de los demás entes. Si el resto de ikmariis veían hechos futuros cuando sintonizaban, Sbill era capaz de captar cadenas causales enteras. Y contra eso no había nada que hacer: ni era legal que participara en acuestas ni, lo más importante, habría tenido gracia alguna.

Alguna vez se equivocaba, claro está, pero generalmente si Sbill decía que iba a ser negro, era negro.

Sigue leyendo

El profesor

En cuanto abrió la puerta de su casa el profesor se dio cuenta de que algo no iba bien. Ya que, si Edith se había ido a Gloucester con los niños, John tenía clases durante toda la mañana y le habían dado el día libre a los criados, ¿quién estaba haciendo ruido en el salón? Y no es que fuera poco ruido. En los segundos que permaneció en el rellano, el profesor escuchó tintineo de copas, rascadas de cerillas, pasar de páginas, golpeteo de metal contra loza y crujir de sillones. Los intrusos (eran varios, los oía hablar) estaban haciendo uso de todas las comodidades de la casa de un profesor universitario inglés. Que eran muchas.

Por un minuto se planteó salir a la calle y usar el teléfono público para avisar a la Policía, pero ¿y si era John, que había decidido fumarse las clases y había invitado a unos amigos a casa en la creencia de que su padre no regresaría hasta la tarde? Quedaría en ridículo delante de toda la comunidad universitaria. Así que tomó uno de los bastones del mueble bastonero que había junto a la puerta y, sin cerrarla, se deslizó hacia el salón.

No era John. No era nadie a quien conociera. Por no ser, no eran ni humanos.

Tres… ¿sujetos?, ¿individuos?, ¿seres? le ocupaban el salón. Eran bajitos, como hasta la altura de su cintura. Ninguno de los dos hombres llevaba barba; los tres eran gruesos, tenían el pelo ensortijado y vestían de colores vivos. Uno de los hombres fumaba en pipa junto al fuego. Otro se había servido un brandy y leía uno de sus libros casi perdido en su sillón favorito. Y la mujer se afanaba en servirse lo que parecía un guiso de cordero en la vajilla buena, que había sacado de uno de los armarios.

“Son justo como me los había imaginado”, dijo el profesor. Bajó el bastón, que chocó con estrépito contra el suelo.

El hobbit de la pipa levantó la vista y le miró sin excesiva sorpresa.

—Llega usted tarde, profesor Tolkien. Le esperábamos hace quince minutos.

Sigue leyendo