El año del diluvio

Manuel arqueó el cuerpo y pasó por el ventanuco. Enseguida se dio la vuelta y ayudó a Julia a trepar lo que le quedaba de fachada y a entrar ella misma por la claraboya. Pobrecita. Siembre había sido mucho más ágil que él, pero con el embarazo tan avanzado apenas podía moverse. Solo cuando Julia estuvo dentro se preocuparon de Alonso, el padre de ella: ya mayor, había insistido en ir el último.

Estaban a salvo. Aquel desván parecía el único lugar de Sevilla que no se había visto afectado por la riada. Había empezado unos pocos días antes, y lo que en principio había sido una simple lluvia se había convertido muy pronto en un diluvio seguido por un desbordamiento del Guadalquivir. Primero las calles se habían encharcado, luego anegado y por fin sumergido. Y así Manuel, su mujer y su suegro habían huido de su casa en busca de algún lugar todavía no afectado por las aguas.

Julia se sacudió para quitarse el agua. Alonso, siempre solícito con su hija, la abrazó. Manuel se adelantó unos pasos para explorar la buhardilla. Por ello fue el primero en detectar, a la mortecina luz de la tarde, que tenían un problema.

—Oh, oh…

—¿Qué? —preguntó Julia.

—Mirad…

En el polvo, huellas pequeñitas. Muchas. Demasiadas.

—Deberíamos haberlo… —empezó a decir Alonso.

No pudo terminar. Los sonidos comenzaron a oírse desde todos los rincones de la estancia. Manuel valoró sus posibilidades: ni pensar en huir, claro. Julia no podría afrontar otra travesía por el agua, y quizás Alonso tampoco. Habría que luchar. Espalda con espalda, con la embarazada en el medio, los dos varones se acercaron a una pared para al menos cubrir uno de sus flancos.

Enseguida los ratones les rodearon. No eran tantos como había temido Manuel, pero no bajaban de treinta. Podían pelear, sí, ellos eran más grandes… pero los otros les superaban ampliamente en número. No, a Manuel no le convenía una pelea. Y sin embargo, los ratones también parecían remisos a luchar. Al contrario de lo que era su costumbre, aún no se habían lanzado. De hecho, uno de ellos ya se adelantaba. Era un ratón joven, con pinta de valentón.

Manuel y el ratón se miraron, como midiéndose. Por fin, el ratón se acercó un paso más y dijo:

—¿Qué hacéis en nuestro refugio, gatos?

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La expulsión de los moriscos

I

Eran los tiempos de prosperidad. Eran los tiempos de becas y de estudiantes universitarios, de presencia en la prensa, de premios y de comparecencias parlamentarias. Era la época anterior a la crisis y a la dictadura, cuando el cronomóvil era un aparato novedoso, las ocho plantas del Instituto estaban a rebosar de empleados, el tiempo de uso por persona era limitado y la financiación parecía no serlo.

Eran los tiempos de las peticiones absurdas de los políticos.

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Suerte, karma y piedras preciosas

—Señoras y señores, les presento… ¡el diamante Hope!

El director del Museo Nacional de Historia Natural retiró la tela que cubría la vitrina. Se oyeron oehs y aehs entre la muchedumbre que abarrotaba la sala. No era para menos; el diamante era un pedrusco facetado grande como el puño de un niño (pesaba 9,1 gramos, según el folleto que le habían dado a Lucky al entrar), de un soberbio tono azul marino y que además estaba engastado entre otros brillantes e incorporado a un collar. El flash de las cámaras de algunos reporteros le arrancó brillos irisados.

Satisfecho con la reacción del público, el director del Museo siguió hablando.

—La historia del diamante Hope es fabulosa, aunque más que historia tiene leyenda. Se cree que procede de una pieza aún más grande, el French Blue, que le fue vendido a Luis XIV en el siglo XVII —hizo una pequeña pausa para que el público expresara la veneración adecuada—. El French se perdió en la revolución francesa, y unos años después apareció el diamante Hope, del cual se dice que estuvo unos años en posesión del rey Jorge IV de Inglaterra. Así que la pieza que ahora tenemos el honor de presentarles en el Smithsonian ha estado en posesión de dos familias reales. Luego pasó a una serie de dueños particulares… y hasta ahora.

—¿Cuánto de cierto hay en la idea de que está maldito? —preguntó un reportero situado en primera fila.

 —Bueno, yo creo que nada en absoluto, pero siempre es buena publicidad, ¿no creen ustedes? —respondió el director. La multitud, obediente, rio el chiste—. Ya hablando en serio, es cierto que los poseedores primero del French Blue y luego del Hope han tendido a encontrar toda clase de muertes horribles, empezando por el propio Luis XVI, pero yo confío en que esta racha cese aquí, en el Smithsonian. ¡El contribuyente americano nunca nos perdonaría que malgastáramos su dinero en maldiciones!

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Persecución en caliente

Amina Saadi había sido cosplayer en su juventud. Sabía valorar un buen disfraz; por ello, asintió con aprobación cuando entró en su despacho y vio a aquellos dos policías. Uno de ellos era blanco, alto y con cara de amargado; el otro negro, bajito y regordete. Ambos vestían camisa blancuzca, corbata mal abrochada, pantalones de traje viejos y calvicie prematura. Amina miró de reojo al perchero y comprobó con regocijo que había dos gabardinas ajadas e incluso un sombrero Fedora. Al parecer era cierto que entre los policías volvía a pegar fuerte la moda “madero-de-telefilme-del-siglo-XX”.

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Viaje accidentado

Durante todo el día, los sevillanos pudieron ver la nave que había dado la vuelta al mundo. La Victoria no hacía honor a su nombre. Escorada, con las velas remendadas y el aparejo hecho trizas, todos se preguntaban cómo aquel cascajo había podido navegar por toda América, Asia y África. Pero lo había hecho, y la Corona iba a enriquecerse mucho con las especias que había traído. ¡Loor y gloria a los navegantes!

A la mañana siguiente, los tripulantes de la Victoria salieron de la nave en procesión a la capilla de la Virgen de la Antigua, para agradecerle su intercesión en el viaje. Los mirones se extrañaron de que fueran tan pocos. ¿Y los demás? ¿Acaso estaban enfermos? ¿O es que solo habían sobrevivido dieciocho hombres? Los más perspicaces se fijaron en las caras de los procesionarios, y algunos se estremecieron. Sí, aquellos marinos habían pasado por un infierno.

Y luego, la ceremonia religiosa se terminó y los dieciocho hombres se desperdigaron por Sevilla. La mayoría iban casi como sonámbulos: después de más de tres años embarcados, con la misión de conducir el barco hasta las Islas de las Especias y luego volver a España, no estaban acostumbrados a la falta total de propósito. Ni siquiera su capitán (que solo se distinguía de ellos por haber ido el primero en la procesión) sabía muy bien qué hacer.

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Turistas del tiempo

I

Cuando me metí en el tema de los viajes en el tiempo mi mentora, la doctora Saadi, me dio un consejo muy valioso: “usa verbos en presente o acabarás empantanada en un maremagno de ‘hice-en-el-futuro’ y ‘haré-en-el-pasado’ del que no podrías salir”. Yo en aquel momento acababa de terminar mi doble grado en Física e Historia –la formación necesaria para trabajar con el cronomóvil– y me bebí sus palabras como si fueran la proverbial agua en el desierto. Ahora sé que nadie lee los informes, así que me permito digresiones como ésta, pero el uso del presente se ha quedado.

Así pues, informe de la agente de campo Diana Katsaros en la misión 245/G/2219. Me parece alucinante seguir usando el protocolo de cuando esto era un trabajo de investigación serio, pero allá vamos. Día diez. Fecha local: día séptimo antes de los idus de agosto, año del consulado de T. Aurelio y M. Asinio. Fecha en calendario gregoriano: 7 de agosto del año 89. Lugar: Hispalis. Hoy es el último día de aclimatación y los clientes están más tocapelotas que nunca. Como me dijo una vez mi compañero So Ngema: “tocapelotas como solo puede serlo un grupo de ricos blancos que ha pagado una millonada por estar aquí”.

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El tamborilero

¿Hay algo peor que el hecho de que tu país sea invadido por el odiado vecino del norte? Sí: que no te dejen ayudar en su defensa. “Compréndelo, Isidre, con tu talla…” le había dicho Pau, el cabo del somatén que se encargaba de los reclutamientos. Talla y unas narices. No era más que un poco más bajo que el resto, y además, ¿eso cuándo había sido impedimento para nada? El viejo Rius se movía con bastones (no con uno, ¡con dos!) y bien que estaba en el somatén. Al final, se dijo Isidre mientras entraba corriendo en su casa, con las mejillas arreboladas por el rechazo del reclutador, todo se reducía a lo mismo: al tema de la brujería.

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Lo que salió del sótano

El miércoles 12 de mayo de 1886 un espectacular tornado devastó Madrid. El fenómeno, que comenzó en los Carabancheles, pasó por la ciudad en una diagonal que comenzaba en la pradera de San Isidro y terminaba en Ventas. Murieron cuarenta y siete personas solo en el término municipal de la capital. Todos los médicos de la Universidad Central, estudiantes incluidos, fuimos movilizados para atender a los heridos. Fueron treinta y seis horas de locura, en la cuales curé miembros rotos, calmé ataques de pánico y llamé hasta cinco veces a un cura para pedir una extremaunción.

Se comprende entonces que la mañana del viernes 14 me hallara yo derrengado. No había tenido tiempo para ir a casa, y dormitaba en el sillón de mi despacho universitario. Las clases se habían suspendido, así que no tenía obligaciones y contaba con dormir un buen rato. ¡Iluso de mí! Ya mi cuerpo se rendía a los efectos de Morfeo cuando un golpeteo desagradable me devolvió a la realidad. Alguien se atrevía a llamar a mi puerta.

Esperé, pasivo. Quizá así quien se atrevía a molestarme dedujera que yo no estaba en mi despacho y se marchara a buscarme en cualquier otro lado. Pero aquello no sucedió. Un segundo repiqueteo y un “¿se puede?” nervioso me convencieron de que quien estaba al otro lado de la puerta necesitaba mi ayuda. Así que suspiré y me dispuse a pasar otro par de horas sin dormir.

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Barón

“Son como hormigas”, piensa el aviador. “Hormigas que se arrastran por la tierra sin parar. La rompen, la cierran… ¿seré yo el primer en darme cuenta de cuánto se parecen las trincheras y los hormigueros?”

Morro arriba. El aparato sube y el resto de la escuadrilla le sigue. El aviador mira en todas las direcciones, y gruñe de insatisfacción. Nada. Ni una sola presa que derribar. Abajo, el hormiguero que es el frente del Somme parece estar más o menos tranquilo. Las hormigas alzan la vista hacia ellos y (el aviador no lo sabe, pero le gusta imaginárselo) saludan a sus héroes voladores. En especial, claro, a él. Ya se aseguró de pintar su aparato de rojo para que nadie tuviera dudas de quién es el que va a los mandos.

Él fue una hormiga, en tiempos. No era su destino. Desde que era niño supo que estaba hecho para ser un héroe. Su padre trató de quitárselo de la cabeza. “Manfred, hijo, hoy en día la guerra no se parece a las estampas de los libros. Es un matadero científico. Allí ya no hay héroes, solo asesinos”. Pero a él le dio igual. Se entrenó en la equitación y en la caza, y en cuanto fue mayor de edad, se alistó en la caballería. El día en que los aliados le declararon la guerra a Alemania, Manfred gritó de felicidad.

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Un recado urgente

Domingo corre por las calles de Madrid. Sus botas resbalan en ese puré de barro y mierda que, pese a los esfuerzos del monarca, sigue siendo el pavimaento más habitual de la ciudad. Se está poniendo el calzado perdido. Pero a Domingo eso no le importa. ¡Que se ensucien las botas si quieren, pero su misión debe cumplirse a toda costa! Sabe que su maestro recompensa a quien hace las cosas a su gusto, y el recado que le lleva Domingo le va a complacer en extremo.

El primer signo de que algo anda mal se lo da un gigantón que le sale al paso. Domingo tropieza y cae de culo en el barro, mientras tres majos delgados rodean al enorme tipo que le ha interceptado. Si hubiera vivido tres siglos después, a Domingo la escena le habría recordado la pantalla final de cualquier videojuego, con un malo gigante y tres secuaces más pequeños. Pero estamos en el siglo XVIII, y Domingo solo tiene miedo de que le roben.

Uno de los secuaces se acerca a él y desenvaina un cuchillo que a Domingo le parece más bien un sable de caballería. Ya está a punto de desabrocharse los calzones (como buen chico previsor, lleva el dinero bien escondido) cuando el gigante habla.

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