Tragedia de un galdosiano

La mañana en que asesinaron a José Canalejas –prohombre regeneracionista, católico anticlerical, gafotas insigne y, en aquel momento, presidente del Gobierno español– don Luciano Benavides estaba en la librería San Martín. Este dato puede que no parezca demasiado importante. ¿A quién le importa dónde esté un hombre corriente en el momento en el que matan a la gran esperanza del país? Sin embargo, es relevante. Y lo es porque José Canalejas fue asesinado justo delante de aquella misma librería.

En realidad, don Luciano Benavides no vio mucho del homicidio. Estaba, como veremos enseguida, a otras cosas. De hecho, si le hubieran llamado como testigo en el juicio –lo cual no hizo falta porque, al estar muertos tanto el asesino como su víctima, el caso se cerró sin apenas darle gusto a la burocracia–, no habría sabido responder a ninguna de las preguntas de los abogados. Se habría limitado a mirar al frente y a decir “¿eh?” hasta que alguien hubiera pensado que él mismo formaba parte de la conspiración asesina y le hubieran metido cuarenta años en la cárcel.

Pero hablábamos de Canalejas. El prócer, como presidente que era, tenía asignada una escolta policial. Sin embargo, gustaba de darle esquinazo e irse a triscar en libertad por las calles de Madrid. De hecho, hay una anécdota que dice que un arriero castellano metió la rueda de su carro en un socavón de los muchos que por aquel entonces poblaban la Cuesta de la Vega, con tan mala fortuna que una rueda se partió. Pasaba por allí un jinete embozado, con tricornio y capa, que le ayudó a reparar el entuerto. Y cuando el arriero ya estaba agradeciéndole su auxilio al desinteresado jinete, éste se levantó el tricornio y… ¿a que nunca adivinaríais quién era? Esta historia se ha repetido después, protagonizada por otros personajes y sustituyendo todos los elementos según avanzaba la técnica, pero la original es tal y como la cuento.

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Charla nocturna

En el bar más mugriento de Madrid, Pepe Robledo se emborracha con orujo. Es un ritual que repite todas las noches, desde que sale de su trabajo como vigilante en el Parque del Retiro hasta que Santos, el camarero, lo lleva a su casa y le acuesta. La única diferencia en el ritual aparece los días en que Pepe Robledo libra, y consiste en que, en vez de llegar al bar de Santos a las diez de la noche, se planta allí después de comer.

¿Por qué no iba a hacerlo? Desarraigado, decepcionado con el magro agradecimiento de un régimen al que apoyó desde los primeros momentos y morador de una ciudad que no entiende, Pepe Robledo es un hombre acabado. Si sigue vivo es por rutina. Santos, que le conoce bien, sabe que lo que le va a matar no es su afición por el alcohol ni su mala alimentación, sino el fin de la inercia. Cualquier día se le acabará la cuerda y le encontrarán tumbado en un rincón de su mugriento piso.

O eso parecía hasta aquella noche.

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Símbolo de la revolución

En el pueblo nunca había habido tocadiscos. ¿Quién habría podido permitirse algo así? Incluso Perico, el de la taberna, se había resistido a semejante gasto: con la radio le valía, afirmaba siempre. Por eso había sido toda una sorpresa que fuera el cura quien trajera semejante innovación. Lo había instalado en un salón que había junto a la iglesia y que se usaba para reuniones y ferias, y lo ponía todos los sábados.

El nuevo cura, don Armando, era muy diferente al anterior. Era un chico joven, que usaba expresiones de Managua y que hablaba con desconcertante frecuencia sobre la pobreza de los habitantes del pueblo. Era también un hombre muy activo: daba clases para enseñar a leer a los adultos analfabetos, encabezó un movimiento para llevar agua potable a las casas, participaba en la organización de fiestas populares e incluso aconsejaba a algunos jornaleros formas de mejorar su condición laboral.

Las noches de los sábados eran una prueba más de este frenesí culturizador. El curita solo tenía cinco discos, todos ellos de nueva canción, pero los ponía siempre en el mismo orden, en una liturgia que parecía tomarse casi tan en serio como la misa. Al principio aquellas sesiones no tenían mucha concurrencia: los viejos murmuraban acerca de las letras y los jóvenes se quejaban de que con aquella música no se podía bailar. Pero el buen hombre perseveró, y poco a poco la sala de la parroquia se convirtió en un centro de reunión comparable a la taberna.

Eso permitió a todo el pueblo oír aquel sexto disco.

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El perfeccionista

Gary llegó a España en enero de 1937, con la intención de luchar contra el fascismo apoyado por sus compatriotas. Dice mucho de su voluntad política el hecho de que siguiera en filas en julio de 1938, cuando todos sus amigos habían muerto y el batallón Abraham Lincoln se había llenado de españoles. Es cierto que le habían hecho sargento, pero también lo es que a Gary, que siempre había tirado hacia la vida civil, un grado del ejército español no le valía para nada.

Y allí estaba. La noche antes de pasar el Ebro para volver a unificar el territorio controlado por el Gobierno legítimo. El plan era sencillo: avanzar hacia el río, cruzarlo por sorpresa y conquistar los centros de comunicaciones rebeldes. Sin embargo, Gary miraba a sus hombres y no le parecía que encontraran sencillo ni siquiera atarse los cordones. La mayoría eran reclutas muy jóvenes, casi niños, que ni siquiera tenían la mayoría de edad.

No se hacía ilusiones sobre su capacidad de mando. Sabía que le habían nombrado sargento porque era de los pocos veteranos que hablaba español. Pero le habían dicho que les arengara y les iba a arengar.

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La primera logia

La sala principal de la taberna del Ganso y la Rejilla estaba abarrotada. Rubin, el nuevo camarero del local, había subido ya tres bandejas llenas de jarras de cerveza, y la cosa no parecía que fuera a parar. Los caballeros que ocupaban el comedor parecían estar en alguna clase de reunión política, con todo lo que aquello comportaba: les había oído gritar e interrumpirse, y era normal que en esas circunstancias la bebida corriera algo más de la cuenta.

—¿Políticos? —respondió el viejo Herbert, jefe de camareros, cuando Rubin le comentó el trajín de la segunda planta—. No, hombre, no. Son francmasones.

—Bueno, eso explica los mandiles. Pero… ¿y los gritos y las discusiones? ¿No se reúnen los masones en secreto, y con símbolos místicos, y…?

—Deberías dejar de leer panfletos, chico. Los francmasones no son más que caballeros que vienen aquí a hablar de sus cosas, como todos. Y, como todos, a veces se acaloran. Hoy creo que están discutiendo refundir cuatro de sus asambleas en una sola, y claro, todos quieren que la suya sea la que acabe mandando. Es lo natural. Venga, ve a la cocina a ver cómo está la cena.

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El anillo de sangre

27 de abril de 2017

—Y esto —dijo el empresario— es la joya de mi colección.

La periodista se acercó a la vitrina. Estaban en una habitación sin ventanas, situada al fondo de la casa. Las medidas de seguridad del pequeño museo eran ya de por sí grandes, pero las de aquel cuarto resultaban impresionantes: puerta acorazada que tenía a la vez llave y contraseña, tres cámaras que impedían cualquier ángulo muerto, vitrinas con cristal blindado y el logo de una empresa de seguridad bien visible.

Y sin embargo, lo que había dentro no parecía justificar tanta protección. Se trataba de un simple anillo de oro. Bien es cierto que era grande, recargado y con una bonita esmeralda en el centro, pero no dejaba de ser una gema como otra cualquiera. “Demasiado pesada”, pensó la periodista.

La decepción debió traslucirse en su rostro, porque su anfitrión le señaló uno de los cuadros que había en la estancia. Mostraba a un noble de cara redondeada vestido con ropa que, sin llegar a los excesos recargados que posteriormente pondría de moda el barroco, los preconizaba. Llevaba un traje de satén verde, una gorguera, cintas de diversos colores, espada y, sí, el mismo anillo que estaba en la vidriera. Lo llevaba en la mano izquierda, que a su vez tenía recogida sobre la tripa, por lo que la gema era el centro del cuadro.

—¿Es…? —preguntó la periodista.

—Es. El mismo anillo, que ha pasado de generación en generación desde que el bueno de Jacques se lo hizo a medida hasta que yo lo heredé de mi madre. Más de cuatrocientos años. ¡Ah, evidentemente no quiero decir que la línea sea directa! En esos cuatro siglos ha habido de todo: ha llegado a sobrinos y primos lejanos, ha sido robado por familiares descontentos, se ha quedado metido en cajas de caudales durante décadas… pero siempre se le ha podido seguir el rastro.

—¡Qué historia! —dijo la periodista, sorprendida a su pesar.

—Es muy curiosa, sí. Escuche, si ya ha terminado de hacer las fotos que necesita, salgamos de aquí. Vamos al salón y me termina de entrevistar.

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