Barón

“Son como hormigas”, piensa el aviador. “Hormigas que se arrastran por la tierra sin parar. La rompen, la cierran… ¿seré yo el primer en darme cuenta de cuánto se parecen las trincheras y los hormigueros?”

Morro arriba. El aparato sube y el resto de la escuadrilla le sigue. El aviador mira en todas las direcciones, y gruñe de insatisfacción. Nada. Ni una sola presa que derribar. Abajo, el hormiguero que es el frente del Somme parece estar más o menos tranquilo. Las hormigas alzan la vista hacia ellos y (el aviador no lo sabe, pero le gusta imaginárselo) saludan a sus héroes voladores. En especial, claro, a él. Ya se aseguró de pintar su aparato de rojo para que nadie tuviera dudas de quién es el que va a los mandos.

Él fue una hormiga, en tiempos. No era su destino. Desde que era niño supo que estaba hecho para ser un héroe. Su padre trató de quitárselo de la cabeza. “Manfred, hijo, hoy en día la guerra no se parece a las estampas de los libros. Es un matadero científico. Allí ya no hay héroes, solo asesinos”. Pero a él le dio igual. Se entrenó en la equitación y en la caza, y en cuanto fue mayor de edad, se alistó en la caballería. El día en que los aliados le declararon la guerra a Alemania, Manfred gritó de felicidad.

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