Después de la extracción

La puerta interior de la nave se abrió y un monstruo aterrador penetró en la cabina principal. Tenía más bocas que garras, y no es que anduviera mal provisto de estas últimas. En la cúspide de una cabeza peluda, dos ojillos malignos buscaron una presa y no tardaron en hallarla: una criatura cuadrúpeda, con tres ojos, de largos dientes y obvio aspecto herbívoro, operaba los controles de la nave ajena al ser que acababa de entrar.

El cazador rugió, abrió los seis brazos y se lanzó sobre su objetivo, al cual estrujó en un abrazo mortal. Pronto, todo hubo terminado. Sacó sus lenguas, todas ellas, y lamio la cara del herbívoro, que sacudió la cabeza mientras piafaba. Gotitas de saliva gris se espurrearon por los mamparos.

—Podrías haberte esperado antes de esta… efusión —dijo el herbívoro. Bueno, “dijo” no es la palabra. La comunicación entre ambos seres era telepática—. Estoy elevando la nave por encima de sus sistemas de detección de acuerdo con el protocolo.

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El héroe de Cascorro

Miles de insurrectos rodeaban el pueblo de Cascorro.

“Aquí termina”, pensaban los soldados. La aritmética no daba. “Ellos son miles, y nosotros cientos”, se susurraban los hombres. Ni siquiera cientos, en plural, porque ni a doscientos llegaban. Incluso contando con que muchos de los cubanos eran ex esclavos y no llevaban armas de fuego, era difícil que la fe, el orden y el entrenamiento de los españoles (“que tampoco son para tirar cohetes”, se decía por las noches entre los camastros cuando los sargentos ya no oían) prevalecieran contra semejante superioridad numérica.

Don Germán, el capellán castrense, que había estudiado en la academia de Salamanca y todo, se paseaba entre ellos. Había conseguido una fusta y cruzaba la cara a cualquier soldado que pareciera no levantar el ánimo adecuadamente.

—¡Venceremos, muchachos! —decía—. Por Dios y por la Virgen del Pilar que venceremos. ¿No lo creen? ¡Vamos! —gritazo enfurecido—. ¿Quién no lo cree?

Y el infortunado recluta que pareciera no creer en las palabras del cura, caía a golpes.

De repente uno de los soldados, un extremeño muy echao p’alante, se atrevió a responder al cura.

—Pero… ¡mi capitán —gritó el extremeño—. ¡Son miles!

—¡Nos protege la fe! —don Germán sostuvo en alto su gigantesca cruz de madera repujada de oro, para que todos la vieran—. ¡Y nos protegen las armas! ¡No temáis!

—¡Capitán… las armas no les hacen nada a menos que les aciertes en la cabeza! ¡Todos lo sabemos!

—¡Sí, y darles en la cabeza es muy difícil! —empezaron a gritar los soldados.

—¡No se puede!

—¡Atacan de noche!

Eloy no se unió al coro. ¿Para qué, para decir lo que ya sabían todos? Sin embargo, tuvo la satisfacción de ver cómo, por un momento, don Germán perdía la expresión de calma cruel que le tranquilizaba. No duró mucho. El cura dio un paso adelante, agarró de la pechera al extremeño y lo tiró al suelo.

—¡Son ustedes soldados del ejército español, no nenazas ni modistillas! ¡Infantería! ¡Herederos de los tercios! Compórtense como tal —bajó tono y medio y siguió hablando—. Es cierto que los zombis dan miedo, pero su magia diabólica no puede nada contra el poder de la fe. ¡Tráiganlo!

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Perpiñán

—Venga, mamá, que vamos a llegar tarde —urgió Raquel.

—Ya voy, hija, ya voy, no me metas prisa. Es que esta liga… —respondió doña Carmen desde el interior del cubículo.

—¿Quieres que entre a ayudarte? —preguntó la hija, con un volumen un poco más alto de lo que habría querido. Miró alrededor, preocupada por si alguna francesa la miraba con superioridad. Nadie le hacía ni caso—. ¡Vamos, que el tren sale en cuarenta minutos y todavía tenemos que pasar el control!

—¡Ya está! —dijo doña Carmen, triunfante, y abrió la puerta del baño.

La apariencia de la madre de Raquel no podría ser más normal, y eso era precisamente lo que la buena señora había estado buscando al meterse en el cubículo de aquel retrete de la estación de trenes de Perpiñán. Al verla, nadie podía imaginar que llevaba prendidas en las ligas tres revistas guarras y dos cajas de preservativos de formas variadas, compradas días antes en un sex-shop de París.

No había sido intención de Raquel, de verdad que no. Cuando planificó el viaje a París con su madre pensaba enseñarle a la buena señora toda la parte cultural de la ciudad, que era mucha. Pero un día, al pasar por delante de una tienda erótica, con sus neones y sus luces brillantes, doña Carmen había exclamado:

—¡Ah, la Pilarica me ha hablado de estas tiendas! —y estaba dentro antes de que Raquel pudiera decir quéhacesmamáporfavornomehagaspasarvergüenza, así, todo junto.

Durante una interminable media hora, doña Carmen había recorrido los pasillos del sex-shop comentando de forma ponderativa las “colillas” que tenían los mozos de la publicidad, mientras Raquel la seguía arrastrando los pasos y con cara de querer morirse. A su madre le brillaban los ojos de diversión. Pero lo peor había sido cuando se había puesto a echar objetos en una cesta de mano que te daban al entrar, con la clara intención de adquirirlos.

—¡Pero mamá, no pensarás comprar eso! —le había dicho Raquel, escandalizada.

—Ay, hija, no hagas un alboroto de todo, de verdad. A tu padre le van a encantar —respondió doña Carmen como si de verdad no viera problema en el asunto.

Entonces Raquel se había imaginado a su padre, aquel inspector de Hacienda tan serio y formal, en la cama con su madre y con aquellas revistas… y había tenido que hacer esfuerzos para no salir corriendo del sex-shop. Durante el resto de la visita a París, la bolsa con los artículos sexuales se había empeñado en saltarle a la vista cada vez que abría la maleta para buscar cualquier cosa, como un recordatorio constante de que en realidad no conocía a sus padres.

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Magia constitucional

Eran siete. Publio había insistido mucho en eso: escoger solo a siete hermanos, puesto que el siete es uno de los números más sagrados que hay. “Además”, había razonado, con indudable sentido práctico, “si somos muchos más vamos a llamar la atención”. Cornelio no había podido por menos de darle la razón. Al fin y al cabo, siete podían colarse con cierto sigilo en San Felipe Neri, mientras que con los treinta y tres que había propuesto Numerio aquel plan sería inviable.

Se reunieron en la plaza del Remolar, que a esas horas de la noche estaba vacía y silenciosa. La mole poderosa del Oratorio tapaba la luna creciente y las escasas estrellas, por lo que Cornelio apenas podía ver a sus compañeros hasta que no los tenía encima. Al final, era la lumbre de los cigarros la que permitía que los recién llegados identificaran al grupo desde lejos.

La última en llegar fue Liberio. La idea de admitir a una mujer en la logia había suscitado un debate violentísimo, pues las Constituciones de Anderson lo prohibían de forma tajante. Sin embargo, en una situación como aquella (aislados por un ejército francés, con el rey secuestrado, el país invadido y siendo ellos mismos agentes de cambio de toda clase de leyes y costumbres), ¿no se podía hacer la vista gorda? Al fin y al cabo no se trataba de iniciar a mujeres, sino a una mujer concreta.

Además, aquella mujer traía cartas de recomendación de grandes maestros de Praga y del mismo Londres, y se decía que su saber en materia de conocimiento oculto era grande. Y el Gran Arquitecto sabía que iban a necesitar toda la ayuda posible en esa materia. Por eso, al final habían tomado lo que Valerio denominó “decisión Hatshepsut”: la iniciamos, sí, pero que adopte un nombre simbólico de varón y latino, como todos los demás. Y ahí estaba la buena señora, haciéndose llamar Liberio.

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El año del diluvio

Manuel arqueó el cuerpo y pasó por el ventanuco. Enseguida se dio la vuelta y ayudó a Julia a trepar lo que le quedaba de fachada y a entrar ella misma por la claraboya. Pobrecita. Siembre había sido mucho más ágil que él, pero con el embarazo tan avanzado apenas podía moverse. Solo cuando Julia estuvo dentro se preocuparon de Alonso, el padre de ella: ya mayor, había insistido en ir el último.

Estaban a salvo. Aquel desván parecía el único lugar de Sevilla que no se había visto afectado por la riada. Había empezado unos pocos días antes, y lo que en principio había sido una simple lluvia se había convertido muy pronto en un diluvio seguido por un desbordamiento del Guadalquivir. Primero las calles se habían encharcado, luego anegado y por fin sumergido. Y así Manuel, su mujer y su suegro habían huido de su casa en busca de algún lugar todavía no afectado por las aguas.

Julia se sacudió para quitarse el agua. Alonso, siempre solícito con su hija, la abrazó. Manuel se adelantó unos pasos para explorar la buhardilla. Por ello fue el primero en detectar, a la mortecina luz de la tarde, que tenían un problema.

—Oh, oh…

—¿Qué? —preguntó Julia.

—Mirad…

En el polvo, huellas pequeñitas. Muchas. Demasiadas.

—Deberíamos haberlo… —empezó a decir Alonso.

No pudo terminar. Los sonidos comenzaron a oírse desde todos los rincones de la estancia. Manuel valoró sus posibilidades: ni pensar en huir, claro. Julia no podría afrontar otra travesía por el agua, y quizás Alonso tampoco. Habría que luchar. Espalda con espalda, con la embarazada en el medio, los dos varones se acercaron a una pared para al menos cubrir uno de sus flancos.

Enseguida los ratones les rodearon. No eran tantos como había temido Manuel, pero no bajaban de treinta. Podían pelear, sí, ellos eran más grandes… pero los otros les superaban ampliamente en número. No, a Manuel no le convenía una pelea. Y sin embargo, los ratones también parecían remisos a luchar. Al contrario de lo que era su costumbre, aún no se habían lanzado. De hecho, uno de ellos ya se adelantaba. Era un ratón joven, con pinta de valentón.

Manuel y el ratón se miraron, como midiéndose. Por fin, el ratón se acercó un paso más y dijo:

—¿Qué hacéis en nuestro refugio, gatos?

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La expulsión de los moriscos

I

Eran los tiempos de prosperidad. Eran los tiempos de becas y de estudiantes universitarios, de presencia en la prensa, de premios y de comparecencias parlamentarias. Era la época anterior a la crisis y a la dictadura, cuando el cronomóvil era un aparato novedoso, las ocho plantas del Instituto estaban a rebosar de empleados, el tiempo de uso por persona era limitado y la financiación parecía no serlo.

Eran los tiempos de las peticiones absurdas de los políticos.

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Persecución en caliente

Amina Saadi había sido cosplayer en su juventud. Sabía valorar un buen disfraz; por ello, asintió con aprobación cuando entró en su despacho y vio a aquellos dos policías. Uno de ellos era blanco, alto y con cara de amargado; el otro negro, bajito y regordete. Ambos vestían camisa blancuzca, corbata mal abrochada, pantalones de traje viejos y calvicie prematura. Amina miró de reojo al perchero y comprobó con regocijo que había dos gabardinas ajadas e incluso un sombrero Fedora. Al parecer era cierto que entre los policías volvía a pegar fuerte la moda “madero-de-telefilme-del-siglo-XX”.

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Viaje accidentado

Durante todo el día, los sevillanos pudieron ver la nave que había dado la vuelta al mundo. La Victoria no hacía honor a su nombre. Escorada, con las velas remendadas y el aparejo hecho trizas, todos se preguntaban cómo aquel cascajo había podido navegar por toda América, Asia y África. Pero lo había hecho, y la Corona iba a enriquecerse mucho con las especias que había traído. ¡Loor y gloria a los navegantes!

A la mañana siguiente, los tripulantes de la Victoria salieron de la nave en procesión a la capilla de la Virgen de la Antigua, para agradecerle su intercesión en el viaje. Los mirones se extrañaron de que fueran tan pocos. ¿Y los demás? ¿Acaso estaban enfermos? ¿O es que solo habían sobrevivido dieciocho hombres? Los más perspicaces se fijaron en las caras de los procesionarios, y algunos se estremecieron. Sí, aquellos marinos habían pasado por un infierno.

Y luego, la ceremonia religiosa se terminó y los dieciocho hombres se desperdigaron por Sevilla. La mayoría iban casi como sonámbulos: después de más de tres años embarcados, con la misión de conducir el barco hasta las Islas de las Especias y luego volver a España, no estaban acostumbrados a la falta total de propósito. Ni siquiera su capitán (que solo se distinguía de ellos por haber ido el primero en la procesión) sabía muy bien qué hacer.

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El tamborilero

¿Hay algo peor que el hecho de que tu país sea invadido por el odiado vecino del norte? Sí: que no te dejen ayudar en su defensa. “Compréndelo, Isidre, con tu talla…” le había dicho Pau, el cabo del somatén que se encargaba de los reclutamientos. Talla y unas narices. No era más que un poco más bajo que el resto, y además, ¿eso cuándo había sido impedimento para nada? El viejo Rius se movía con bastones (no con uno, ¡con dos!) y bien que estaba en el somatén. Al final, se dijo Isidre mientras entraba corriendo en su casa, con las mejillas arreboladas por el rechazo del reclutador, todo se reducía a lo mismo: al tema de la brujería.

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Lo que salió del sótano

El miércoles 12 de mayo de 1886 un espectacular tornado devastó Madrid. El fenómeno, que comenzó en los Carabancheles, pasó por la ciudad en una diagonal que comenzaba en la pradera de San Isidro y terminaba en Ventas. Murieron cuarenta y siete personas solo en el término municipal de la capital. Todos los médicos de la Universidad Central, estudiantes incluidos, fuimos movilizados para atender a los heridos. Fueron treinta y seis horas de locura, en la cuales curé miembros rotos, calmé ataques de pánico y llamé hasta cinco veces a un cura para pedir una extremaunción.

Se comprende entonces que la mañana del viernes 14 me hallara yo derrengado. No había tenido tiempo para ir a casa, y dormitaba en el sillón de mi despacho universitario. Las clases se habían suspendido, así que no tenía obligaciones y contaba con dormir un buen rato. ¡Iluso de mí! Ya mi cuerpo se rendía a los efectos de Morfeo cuando un golpeteo desagradable me devolvió a la realidad. Alguien se atrevía a llamar a mi puerta.

Esperé, pasivo. Quizá así quien se atrevía a molestarme dedujera que yo no estaba en mi despacho y se marchara a buscarme en cualquier otro lado. Pero aquello no sucedió. Un segundo repiqueteo y un “¿se puede?” nervioso me convencieron de que quien estaba al otro lado de la puerta necesitaba mi ayuda. Así que suspiré y me dispuse a pasar otro par de horas sin dormir.

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