Trol de puente

En aquel cubil infecto no había apenas decoración, así que la Real Cédula destacaba todavía más. Un pergamino enorme, firmado ochenta años antes por el conde de Floridablanca, que concedía a Blas el cargo de trol de puente y le otorgaba aquella bicoca siempre soñada por los españoles naturales y sobrenaturales, fueran de ayer, de hoy o de siempre: un destinito. ¡Y no era mal destinito, por Dios y la Virgen! Sobre el Guadalquivir, entre la Meseta y Córdoba. Blas solo tenía que dejarse ver como guardián para que los reales de los viajeros le cayeran en la bolsa, muchas gracias por vigilar esto, qué haríamos sin ustedes, no se preocupe señor o señora que yo no dejo pasar a ningún bandolero.

Y ahora…

Blas se levantó del catre, que crujió bajo su peso, y cogió la garrota y el anticuado trabuco que usaba para sus rondas. En la mesa aún estaban las tres escudillas de migas que había sacado para desayunar y que al final, en todo el fragor de la bronca doméstica, ni sus hijos ni él se habían terminado. Suspiró. Las cogió con la mano derecha y tuvo que contener el impulso de lanzarlas contra la tina de metal, ya cubierta de platos sucios. Al final las vació de nuevo en la olla y las dejó apiladas en el barreño.

¿Cómo se atrevían? Pero, ¿cómo se atrevían? ¡Él, que tanto había luchado por tener algo que dejarles, que incluso había escrito memoriales al ministro de Fomento para que permitiera que en cada puente hubiera dos trols en vez de uno…! Y nada, que no querían. Entrecerró los ojos para adaptarlos al rugiente sol de la mañana (cada década el sol era más brillante y los días más largos, parecía), dejó los trastos de matar en la garita y comenzó a barrer el puente. Nunca había venido la inspección, pero ¿quién sabía si aquel podía ser el día?

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La venganza de Tránsito Durdal

La mañana del peor día de la vida de Cayetano Galeote empezó sin resaca.

Eso ya debería haberle dado una pista de hasta qué punto las cosas estaban jodidas. El Señor le había negado muchas virtudes, por desgracia, y la resistencia al alcohol era una de ellas. Cuando bebía se ponía violento, gritaba, daba voces, concebía proyectos locos, golpeaba a muebles y personas y, al fin, caía en la cama solo para despertar a la mañana siguiente con el cuerpo dolorido como si le hubieran manteado.

La noche anterior había bebido.

Pero no tenía resaca.

A tientas, se levantó de la cama. ¿Qué hora sería? No más de las diez, esperaba; bastante le había tocado el bolsillo el perder la misa del Cristo de la Salud como para llegar tarde a la de la Encarnación, que además se pagaba doble por ser Domingo de Ramos. Pero ¿le tocaba dar misa en la Encarnación o no? Ya no se acordaba. Y no solo por el alcohol. “San Cucufato, como no me devuelvas los recuerdos… ya sabes”, pensó mientras trastabillaba hacia la ventana. Aunque su paso era extrañamente ágil.

Y Tránsito, esa zascandila, esa casquivana, ¿por qué no le habría despertado? En la cama no estaba. Una casa de cura con una única cama. ¡Si lo supieran los vecinos! Abrió la contraventana y de inmediato tuvo que entornar los ojos y echarse las manos a los oídos. ¡Joder! La luz del sol le hería y, en cuanto a los ruidos, ¿qué le pasaba hoy a Madrid? ¿Por qué gritaban tanto? ¿Se habían confabulado para pasar por encima de su sordera, o qué?

—¡Tránsito, Tránsito! ¡Mujerzuela, ven acá! —berreó, al tiempo que se dirigía hacia el otro extremo de la estancia. De una patada derribó un balde metálico, y el tañido le hizo apretar los dientes—. ¿Cómo no me despiertas? ¿Has traído el agua? ¡He de afeitarme!

Apoyó las manos en la consola destartalada donde solían poner los útiles de aseo. El ruido de la calle seguía siendo un horror, pero podía controlarlo ahora que estaba un poco más lejos. Abrió los ojos.

 Casi se queda en el sitio.

Desde el espejo no le devolvía la mirada Cayetano Galeote, cura atrabiliario y sin vocación, sino una mujer. Una mujer conocida y bien conocida. Tránsito Durdal.

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Lagartos

—¡Júramelo! —Don Juan de Borbón agarró a su hijo adolescente de la muñeca derecha y le obligó a ponerse de rodillas delante del cadáver del hermano—. ¡Júrame que ha sido un accidente!

Juan Carlos juró. Juró varias veces, hasta que su padre dejó de mirarlo con suspicacia. Luego cubrió el cadáver del hermanito con una bandera de España y movilizó al personal de la casa; había que inventarse una versión oficial para la nota de prensa y llamar al médico de la familia para que certificara la muerte. Toda la escena había terminado antes de que la pistola se enfriara.

Pero era mentira, claro. Por supuesto que Juan Carlos de Borbón había disparado la pistola de forma voluntaria y deliberada. Y en defensa propia. Cuando había visto lo que era en realidad su hermano Alfonso (esos ojos de pupila vertical, esa lengua roja y bífida) había sabido que sus días estaban contados. El lagarto que se ocultaba bajo la piel de su hermano incluso le había amenazado con gestos durante la misa de Jueves Santo.

Su padre sería rey cuando muriera Franco, y después de su padre lo sería él. Alfonso nunca pasaría de infante. Si el lagarto se atrevía a amenazarlo es porque estaba muy avanzado su plan de quitarlo del medio, ya que ¿para qué querían los invasores del espacio ocupar a un segundón en la línea de sucesión al trono español? De no haber actuado en defensa propia, estaba seguro de que la pistola la habría disparado Alfonso.

Media hora después, cuando el médico de la familia ya salía de Villa Giralda, Juan Carlos lo abordó en un pasillo y le preguntó por su hermano. El doctor Abreu le miró con conmiseración.

—Lo siento, excelencia, no pude hacer nada. La bala entró por el orificio de la nariz.

“Pero ¿no le habéis practicado autopsia? ¿No sabéis lo que había dentro de él?”, quiso preguntar. Se contuvo. Sabía lo que le haría parecer aquello, y el médico no podía haber abierto a su hermano en los limitados medios de la mansión. Su padre tampoco lo habría permitido.

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El cebo

Había sido una trampa o, si se quería, un cebo; Francisco lo tuvo claro en cuanto desembarcaron. Pero en el primer momento pareció muy buena idea. Llevaban un mes entero de travesía y los niños, que habían empezado dando muestras de un comportamiento ejemplar, estaban insoportables. Pobrecitos, claro, tenían que aburrirse como ostras. Así que, cuando apareció aquella isla no cartografiada, bastó con una sugerencia del marinero Rigoberto para que Francisco accediera a fondear en ella y a pasar allí un par de noches.

A Francisco nunca le había caído bien aquel hombre contrahecho, con aquel bocio escamoso que le ocupaba todo el cuello y con aquellos ojos glaucos que parecían mirar sin ver. Además, no pertenecía a la tripulación original de la expedición, sino que se había enrolado en Santa Cruz de Tenerife, cuando el último día habían descubierto la deserción de uno de los marineros. La deserción o algo peor, claro. Pero hacía bien su trabajo, y su voz cuando había mencionado la posibilidad de bajar a la isla había parecido cargada de razonabilidad y sensatez.

“Si es que tendría que haberlo sabido”, se reprochó Francisco. ¿Cómo que una isla no cartografiada en medio de la ruta entre las Canarias y Puerto Rico? Pero chico, uno oye tantas cosas… y, a pesar de los instrumentos, el mar es insondable, y siempre puede uno haberse desviado más de la cuenta. Además, el lugar no parecía importante, apenas un peñón cubierto de musgo. Lo suficiente para estirar las piernas, que los niños brincaran un poco y después seguir viaje. Je.

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Después de la extracción

La puerta interior de la nave se abrió y un monstruo aterrador penetró en la cabina principal. Tenía más bocas que garras, y no es que anduviera mal provisto de estas últimas. En la cúspide de una cabeza peluda, dos ojillos malignos buscaron una presa y no tardaron en hallarla: una criatura cuadrúpeda, con tres ojos, de largos dientes y obvio aspecto herbívoro, operaba los controles de la nave ajena al ser que acababa de entrar.

El cazador rugió, abrió los seis brazos y se lanzó sobre su objetivo, al cual estrujó en un abrazo mortal. Pronto, todo hubo terminado. Sacó sus lenguas, todas ellas, y lamio la cara del herbívoro, que sacudió la cabeza mientras piafaba. Gotitas de saliva gris se espurrearon por los mamparos.

—Podrías haberte esperado antes de esta… efusión —dijo el herbívoro. Bueno, “dijo” no es la palabra. La comunicación entre ambos seres era telepática—. Estoy elevando la nave por encima de sus sistemas de detección de acuerdo con el protocolo.

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El héroe de Cascorro

Miles de insurrectos rodeaban el pueblo de Cascorro.

“Aquí termina”, pensaban los soldados. La aritmética no daba. “Ellos son miles, y nosotros cientos”, se susurraban los hombres. Ni siquiera cientos, en plural, porque ni a doscientos llegaban. Incluso contando con que muchos de los cubanos eran ex esclavos y no llevaban armas de fuego, era difícil que la fe, el orden y el entrenamiento de los españoles (“que tampoco son para tirar cohetes”, se decía por las noches entre los camastros cuando los sargentos ya no oían) prevalecieran contra semejante superioridad numérica.

Don Germán, el capellán castrense, que había estudiado en la academia de Salamanca y todo, se paseaba entre ellos. Había conseguido una fusta y cruzaba la cara a cualquier soldado que pareciera no levantar el ánimo adecuadamente.

—¡Venceremos, muchachos! —decía—. Por Dios y por la Virgen del Pilar que venceremos. ¿No lo creen? ¡Vamos! —gritazo enfurecido—. ¿Quién no lo cree?

Y el infortunado recluta que pareciera no creer en las palabras del cura, caía a golpes.

De repente uno de los soldados, un extremeño muy echao p’alante, se atrevió a responder al cura.

—Pero… ¡mi capitán —gritó el extremeño—. ¡Son miles!

—¡Nos protege la fe! —don Germán sostuvo en alto su gigantesca cruz de madera repujada de oro, para que todos la vieran—. ¡Y nos protegen las armas! ¡No temáis!

—¡Capitán… las armas no les hacen nada a menos que les aciertes en la cabeza! ¡Todos lo sabemos!

—¡Sí, y darles en la cabeza es muy difícil! —empezaron a gritar los soldados.

—¡No se puede!

—¡Atacan de noche!

Eloy no se unió al coro. ¿Para qué, para decir lo que ya sabían todos? Sin embargo, tuvo la satisfacción de ver cómo, por un momento, don Germán perdía la expresión de calma cruel que le tranquilizaba. No duró mucho. El cura dio un paso adelante, agarró de la pechera al extremeño y lo tiró al suelo.

—¡Son ustedes soldados del ejército español, no nenazas ni modistillas! ¡Infantería! ¡Herederos de los tercios! Compórtense como tal —bajó tono y medio y siguió hablando—. Es cierto que los zombis dan miedo, pero su magia diabólica no puede nada contra el poder de la fe. ¡Tráiganlo!

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Perpiñán

—Venga, mamá, que vamos a llegar tarde —urgió Raquel.

—Ya voy, hija, ya voy, no me metas prisa. Es que esta liga… —respondió doña Carmen desde el interior del cubículo.

—¿Quieres que entre a ayudarte? —preguntó la hija, con un volumen un poco más alto de lo que habría querido. Miró alrededor, preocupada por si alguna francesa la miraba con superioridad. Nadie le hacía ni caso—. ¡Vamos, que el tren sale en cuarenta minutos y todavía tenemos que pasar el control!

—¡Ya está! —dijo doña Carmen, triunfante, y abrió la puerta del baño.

La apariencia de la madre de Raquel no podría ser más normal, y eso era precisamente lo que la buena señora había estado buscando al meterse en el cubículo de aquel retrete de la estación de trenes de Perpiñán. Al verla, nadie podía imaginar que llevaba prendidas en las ligas tres revistas guarras y dos cajas de preservativos de formas variadas, compradas días antes en un sex-shop de París.

No había sido intención de Raquel, de verdad que no. Cuando planificó el viaje a París con su madre pensaba enseñarle a la buena señora toda la parte cultural de la ciudad, que era mucha. Pero un día, al pasar por delante de una tienda erótica, con sus neones y sus luces brillantes, doña Carmen había exclamado:

—¡Ah, la Pilarica me ha hablado de estas tiendas! —y estaba dentro antes de que Raquel pudiera decir quéhacesmamáporfavornomehagaspasarvergüenza, así, todo junto.

Durante una interminable media hora, doña Carmen había recorrido los pasillos del sex-shop comentando de forma ponderativa las “colillas” que tenían los mozos de la publicidad, mientras Raquel la seguía arrastrando los pasos y con cara de querer morirse. A su madre le brillaban los ojos de diversión. Pero lo peor había sido cuando se había puesto a echar objetos en una cesta de mano que te daban al entrar, con la clara intención de adquirirlos.

—¡Pero mamá, no pensarás comprar eso! —le había dicho Raquel, escandalizada.

—Ay, hija, no hagas un alboroto de todo, de verdad. A tu padre le van a encantar —respondió doña Carmen como si de verdad no viera problema en el asunto.

Entonces Raquel se había imaginado a su padre, aquel inspector de Hacienda tan serio y formal, en la cama con su madre y con aquellas revistas… y había tenido que hacer esfuerzos para no salir corriendo del sex-shop. Durante el resto de la visita a París, la bolsa con los artículos sexuales se había empeñado en saltarle a la vista cada vez que abría la maleta para buscar cualquier cosa, como un recordatorio constante de que en realidad no conocía a sus padres.

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Magia constitucional

Eran siete. Publio había insistido mucho en eso: escoger solo a siete hermanos, puesto que el siete es uno de los números más sagrados que hay. “Además”, había razonado, con indudable sentido práctico, “si somos muchos más vamos a llamar la atención”. Cornelio no había podido por menos de darle la razón. Al fin y al cabo, siete podían colarse con cierto sigilo en San Felipe Neri, mientras que con los treinta y tres que había propuesto Numerio aquel plan sería inviable.

Se reunieron en la plaza del Remolar, que a esas horas de la noche estaba vacía y silenciosa. La mole poderosa del Oratorio tapaba la luna creciente y las escasas estrellas, por lo que Cornelio apenas podía ver a sus compañeros hasta que no los tenía encima. Al final, era la lumbre de los cigarros la que permitía que los recién llegados identificaran al grupo desde lejos.

La última en llegar fue Liberio. La idea de admitir a una mujer en la logia había suscitado un debate violentísimo, pues las Constituciones de Anderson lo prohibían de forma tajante. Sin embargo, en una situación como aquella (aislados por un ejército francés, con el rey secuestrado, el país invadido y siendo ellos mismos agentes de cambio de toda clase de leyes y costumbres), ¿no se podía hacer la vista gorda? Al fin y al cabo no se trataba de iniciar a mujeres, sino a una mujer concreta.

Además, aquella mujer traía cartas de recomendación de grandes maestros de Praga y del mismo Londres, y se decía que su saber en materia de conocimiento oculto era grande. Y el Gran Arquitecto sabía que iban a necesitar toda la ayuda posible en esa materia. Por eso, al final habían tomado lo que Valerio denominó “decisión Hatshepsut”: la iniciamos, sí, pero que adopte un nombre simbólico de varón y latino, como todos los demás. Y ahí estaba la buena señora, haciéndose llamar Liberio.

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El año del diluvio

Manuel arqueó el cuerpo y pasó por el ventanuco. Enseguida se dio la vuelta y ayudó a Julia a trepar lo que le quedaba de fachada y a entrar ella misma por la claraboya. Pobrecita. Siembre había sido mucho más ágil que él, pero con el embarazo tan avanzado apenas podía moverse. Solo cuando Julia estuvo dentro se preocuparon de Alonso, el padre de ella: ya mayor, había insistido en ir el último.

Estaban a salvo. Aquel desván parecía el único lugar de Sevilla que no se había visto afectado por la riada. Había empezado unos pocos días antes, y lo que en principio había sido una simple lluvia se había convertido muy pronto en un diluvio seguido por un desbordamiento del Guadalquivir. Primero las calles se habían encharcado, luego anegado y por fin sumergido. Y así Manuel, su mujer y su suegro habían huido de su casa en busca de algún lugar todavía no afectado por las aguas.

Julia se sacudió para quitarse el agua. Alonso, siempre solícito con su hija, la abrazó. Manuel se adelantó unos pasos para explorar la buhardilla. Por ello fue el primero en detectar, a la mortecina luz de la tarde, que tenían un problema.

—Oh, oh…

—¿Qué? —preguntó Julia.

—Mirad…

En el polvo, huellas pequeñitas. Muchas. Demasiadas.

—Deberíamos haberlo… —empezó a decir Alonso.

No pudo terminar. Los sonidos comenzaron a oírse desde todos los rincones de la estancia. Manuel valoró sus posibilidades: ni pensar en huir, claro. Julia no podría afrontar otra travesía por el agua, y quizás Alonso tampoco. Habría que luchar. Espalda con espalda, con la embarazada en el medio, los dos varones se acercaron a una pared para al menos cubrir uno de sus flancos.

Enseguida los ratones les rodearon. No eran tantos como había temido Manuel, pero no bajaban de treinta. Podían pelear, sí, ellos eran más grandes… pero los otros les superaban ampliamente en número. No, a Manuel no le convenía una pelea. Y sin embargo, los ratones también parecían remisos a luchar. Al contrario de lo que era su costumbre, aún no se habían lanzado. De hecho, uno de ellos ya se adelantaba. Era un ratón joven, con pinta de valentón.

Manuel y el ratón se miraron, como midiéndose. Por fin, el ratón se acercó un paso más y dijo:

—¿Qué hacéis en nuestro refugio, gatos?

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La expulsión de los moriscos

I

Eran los tiempos de prosperidad. Eran los tiempos de becas y de estudiantes universitarios, de presencia en la prensa, de premios y de comparecencias parlamentarias. Era la época anterior a la crisis y a la dictadura, cuando el cronomóvil era un aparato novedoso, las ocho plantas del Instituto estaban a rebosar de empleados, el tiempo de uso por persona era limitado y la financiación parecía no serlo.

Eran los tiempos de las peticiones absurdas de los políticos.

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