Lagartos

—¡Júramelo! —Don Juan de Borbón agarró a su hijo adolescente de la muñeca derecha y le obligó a ponerse de rodillas delante del cadáver del hermano—. ¡Júrame que ha sido un accidente!

Juan Carlos juró. Juró varias veces, hasta que su padre dejó de mirarlo con suspicacia. Luego cubrió el cadáver del hermanito con una bandera de España y movilizó al personal de la casa; había que inventarse una versión oficial para la nota de prensa y llamar al médico de la familia para que certificara la muerte. Toda la escena había terminado antes de que la pistola se enfriara.

Pero era mentira, claro. Por supuesto que Juan Carlos de Borbón había disparado la pistola de forma voluntaria y deliberada. Y en defensa propia. Cuando había visto lo que era en realidad su hermano Alfonso (esos ojos de pupila vertical, esa lengua roja y bífida) había sabido que sus días estaban contados. El lagarto que se ocultaba bajo la piel de su hermano incluso le había amenazado con gestos durante la misa de Jueves Santo.

Su padre sería rey cuando muriera Franco, y después de su padre lo sería él. Alfonso nunca pasaría de infante. Si el lagarto se atrevía a amenazarlo es porque estaba muy avanzado su plan de quitarlo del medio, ya que ¿para qué querían los invasores del espacio ocupar a un segundón en la línea de sucesión al trono español? De no haber actuado en defensa propia, estaba seguro de que la pistola la habría disparado Alfonso.

Media hora después, cuando el médico de la familia ya salía de Villa Giralda, Juan Carlos lo abordó en un pasillo y le preguntó por su hermano. El doctor Abreu le miró con conmiseración.

—Lo siento, excelencia, no pude hacer nada. La bala entró por el orificio de la nariz.

“Pero ¿no le habéis practicado autopsia? ¿No sabéis lo que había dentro de él?”, quiso preguntar. Se contuvo. Sabía lo que le haría parecer aquello, y el médico no podía haber abierto a su hermano en los limitados medios de la mansión. Su padre tampoco lo habría permitido.

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Perpiñán

—Venga, mamá, que vamos a llegar tarde —urgió Raquel.

—Ya voy, hija, ya voy, no me metas prisa. Es que esta liga… —respondió doña Carmen desde el interior del cubículo.

—¿Quieres que entre a ayudarte? —preguntó la hija, con un volumen un poco más alto de lo que habría querido. Miró alrededor, preocupada por si alguna francesa la miraba con superioridad. Nadie le hacía ni caso—. ¡Vamos, que el tren sale en cuarenta minutos y todavía tenemos que pasar el control!

—¡Ya está! —dijo doña Carmen, triunfante, y abrió la puerta del baño.

La apariencia de la madre de Raquel no podría ser más normal, y eso era precisamente lo que la buena señora había estado buscando al meterse en el cubículo de aquel retrete de la estación de trenes de Perpiñán. Al verla, nadie podía imaginar que llevaba prendidas en las ligas tres revistas guarras y dos cajas de preservativos de formas variadas, compradas días antes en un sex-shop de París.

No había sido intención de Raquel, de verdad que no. Cuando planificó el viaje a París con su madre pensaba enseñarle a la buena señora toda la parte cultural de la ciudad, que era mucha. Pero un día, al pasar por delante de una tienda erótica, con sus neones y sus luces brillantes, doña Carmen había exclamado:

—¡Ah, la Pilarica me ha hablado de estas tiendas! —y estaba dentro antes de que Raquel pudiera decir quéhacesmamáporfavornomehagaspasarvergüenza, así, todo junto.

Durante una interminable media hora, doña Carmen había recorrido los pasillos del sex-shop comentando de forma ponderativa las “colillas” que tenían los mozos de la publicidad, mientras Raquel la seguía arrastrando los pasos y con cara de querer morirse. A su madre le brillaban los ojos de diversión. Pero lo peor había sido cuando se había puesto a echar objetos en una cesta de mano que te daban al entrar, con la clara intención de adquirirlos.

—¡Pero mamá, no pensarás comprar eso! —le había dicho Raquel, escandalizada.

—Ay, hija, no hagas un alboroto de todo, de verdad. A tu padre le van a encantar —respondió doña Carmen como si de verdad no viera problema en el asunto.

Entonces Raquel se había imaginado a su padre, aquel inspector de Hacienda tan serio y formal, en la cama con su madre y con aquellas revistas… y había tenido que hacer esfuerzos para no salir corriendo del sex-shop. Durante el resto de la visita a París, la bolsa con los artículos sexuales se había empeñado en saltarle a la vista cada vez que abría la maleta para buscar cualquier cosa, como un recordatorio constante de que en realidad no conocía a sus padres.

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