Charla nocturna

En el bar más mugriento de Madrid, Pepe Robledo se emborracha con orujo. Es un ritual que repite todas las noches, desde que sale de su trabajo como vigilante en el Parque del Retiro hasta que Santos, el camarero, lo lleva a su casa y le acuesta. La única diferencia en el ritual aparece los días en que Pepe Robledo libra, y consiste en que, en vez de llegar al bar de Santos a las diez de la noche, se planta allí después de comer.

¿Por qué no iba a hacerlo? Desarraigado, decepcionado con el magro agradecimiento de un régimen al que apoyó desde los primeros momentos y morador de una ciudad que no entiende, Pepe Robledo es un hombre acabado. Si sigue vivo es por rutina. Santos, que le conoce bien, sabe que lo que le va a matar no es su afición por el alcohol ni su mala alimentación, sino el fin de la inercia. Cualquier día se le acabará la cuerda y le encontrarán tumbado en un rincón de su mugriento piso.

O eso parecía hasta aquella noche.

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