Un buen ciudadano

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 16:30.

Emilio Rabadán era buen ciudadano, buen esposo y buen hijo, al menos según su propio criterio. Burgués de buena posición (era comerciante al por mayor de productos agrícolas), cuarentón orondo y madrileño de nacimiento, se había permitido la vanidad de afiliarse al Partido Radical unos años antes de que viniera la república. Por muy poco no había salido diputado, pero aun así seguía la política con gran interés y si le preguntaban sobre cualquier asunto daba una opinión clara y rotunda que coincidía punto por punto con el criterio oficial del partido.

No era extraño, entonces, que en público y en privado Emilio Rabadán se negara a que sus mujeres votaran. “Sus mujeres” en aquel momento eran su esposa y a su madre, ya que Rabadán no tenía hijas y todas sus hermanas estaban casadas. Ante todos sus conocidos afirmaba la autoridad que él tenía sobre ellas. Precisamente así fue como empezó todo.

―¡Que no, hombre, que no! ¿Cómo iba yo a permitir que Isabel, o peor aún, que mi madre votara? Isabel todavía, que gracias a mí tiene algunas ideas progresivas, pero mi madre tiene la cabeza comida por los curas. ¡Nunca le haría eso a la república!

―¿Y no te parece más perjudicial impedirles a tus mujeres que ejerzan un derecho constitucional? ―respondió Rodolfo García. García era un joven zumbón y tocanarices, que estaba abiertamente a favor del sufragio femenino.

―Entiéndeme, ¡yo no estoy en contra de que las mujeres voten! Pero quizás dentro de unos años, cuando se hayan formado más, cuando hayan entendido los beneficios de la república…

―Estás eludiendo mi pregunta ―dijo García, con sorna―. Eso que dices estaba muy bien en el debate de la Constitución, pero ahora la Constitución ya está aprobada y tu mujer y tu madre pueden votar. ¿No es mayor falta de respeto a la república impedírselo? Al fin y al cabo…

―No, no, no, no ―respondió Rabadán―. No confundamos. La autoridad doméstica es la autoridad doméstica. La ley podrá decir misa, pero el derecho del padre es el que es. ¡Y yo sé muy bien cómo mandar en mi casa!

―Siendo como un algodón / nos jura que es como un hueso / y quiere probarnos eso / con que es su cuello almidón… ―dijo una tercera voz desde lo profundo de un sillón de orejas.

Eleuterio Nuño era uno de los miembros más ancianos de aquel grupo de amigos. Había sido poeta en su juventud y aún le quedaban algunas ínfulas de ello: si no podía citar versos propios, como en este caso, los citaba ajenos. Rabadán y García no habían contado con él en la conversación porque estaba haciendo algo que le era muy habitual: dormir. Pero parecía que acababa de despertarse.

Al oír los versos, García soltó una risotada sarcástica y Rabadán enrojeció.

―¡Déjame a Góngora en paz, anda! ¿Qué querías decir con eso?

―Pues que me parece a mí, Emilito, que tú no tienes ninguna autoridad doméstica. No te ofendas, ¿eh? ―dijo el anciano con una sonrisa―, pero creo que el día de las elecciones tu mujer y tu madre van a hacer lo que les salga de las narices. ¡Buenas son ellas!

―¡Pues resulta que no! ¡Aquí mismo os juro que ninguna de mis dos mujeres votará el domingo!

―Querrás decir ninguna de tus tres mujeres ―siguió picando García. Eleuterio sonrió.

―¿Eh?

―Vamos, vamos, Emilio. Aquí todos somos hombres de mundo, ¿no? Y somos tus amigos. No tienes por qué negar la existencia de Paula. ¿Quién no tiene una Paulita por ahí?

―Es cierto, es cierto. ¿Ella va a votar o también se lo vas a impedir? ―dijo Eleuterio.

Rabadán se levantó, rojo de furia y vergüenza.

―¡Dejadme en paz, hombre! Ninguna de las tres votará… ¡como que me llamo Emilio! ―Rabadán apuró su copa, dejó el dinero de la misma en la mesa y salió del café a toda prisa.

Cuando terminaron de reírse, García y Eleuterio se miraron. El joven estaba un poco preocupado.

―Oye, ¿no irá éste a hacer una locura?

―Qué va, hombre. Simplemente se le ha calentado la boca. ¡Qué va a impedir él nada! La Isabel es demasiado para él, siempre lo he dicho.

Y siguieron hablando de otras cosas.

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 17:00.

Rabadán estaba furioso. ¡Cómo se atrevían! ¡Cómo se atrevían! Decirle a él que era blando como un algodón. ¡Que no sabía…! Pero bueno, se iban a enterar. Ya lo creía que se iban a enterar. Ninguna de sus tres mujeres votaría. ¡Vamos! ¡Ya lo creía! ¡Como que se llamaba Emilio! Todavía agitado, se metió en un café, pidió un orujo y se lo bebió de un trago. Sí, joder, ya se sentía mejor.

La cuestión era que tenía que afrontarlo de manera distinta. Su madre era una señora de misa diaria, y seguro que votaría a cualquier antirepublicano que le dijera el cura; con ella tenía que usar el conocimiento y la manipulación. Con Isabel bastaría con su autoridad: siempre hacía lo que él le decía, aunque a veces le costara una bronca. ¡Tenía un genio…! Pero al final él ganaba siempre.

Y luego estaba el tema de Paula, su dulce niña de pueblo. Era criada en casa de los condes de Villafranca, que eran amigos suyos, y él se había enamorado de ella en cuanto la había visto. Le sacaba casi veinte años, pero… qué más daba. Conquistarla había sido sencillo, incluso para alguien tan poco habituado a esas cosas como era él. Ella le amaba con locura. Ahora se veían una o dos veces a la semana, cuando ella libraba o tenía un hueco, y eran los ratos donde más libre se sentía Rabadán. Sí, Paula no ofrecería problema.

Mientras cavilaba se había pedido una segunda copa. Ésta se la bebió más calmado, de tal forma que al terminársela se permitió una media sonrisa. Menudos cabrones tenía por amigos. pero ya verían, ya.

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 21:30.

―¡No tengo la menor intención de abstenerme, querido! Yo te quiero y te respeto mucho, pero es un límite in-fran-que-a-ble.

Y aquello era todo. Tres horas de discusión para aquel resultado. Rabadán estaba furioso. ¡La época, eso era! Él se consideraba progresista, pero aquello era demasiado. Cuando había conocido a Isabel, le había impresionado su curiosidad y la pasión que le ponía a todo. Incluso le había permitido que estudiara Derecho por correspondencia, previa promesa de que nunca iba a ejercer. Isabel iba a conferencias, tenía amigas en la Residencia de Señoritas y se carteaba con sus amigas. ¡Y él no intentaba evitar nada de eso! Pero cuando intentaba imponer una norma racional, se ponía histérica.

―¡Quiero votar y votaré! ―le había dicho en cuanto él había sacado el tema. Y de ahí no había habido manera de bajarla.

―Pero Isabel, ¡piensa en el daño que me haces! Yo, un republicano radical opuesto al sufragio femenino, permitiendo que mi mujer vote. ¡O mi madre, o… o cualquier otra mujer que pudiera estar sujeta a mi autoridad! Dentro de algunos años, cuando el partido esté a favor del voto de las mujeres, no tendré oportunidad, pero…

―¡Por eso no te preocupes, querido, si voy a votar a alguna opción de las izquierdas! ―le había dicho con una guasa que le recordaba a la de García.

―No es eso, dulce, no es eso. Es que… piensa en mi reputación. Yo tengo mis amigos y claro, ellos esperan que…

Eso había desatado la tormenta, claro.

―¡O sea, que es todo un tema de tus amigotes del café! Habrás hablado más de la cuenta, como siempre, y ahora… ¡me quieres impedir un derecho legal sólo para quedar bien ante esa cuadrilla de vagos! Pues me niego, hombre. ¡Faltaría más!

Y luego otras tres horas de discusión hasta el portazo final. Ella se había metido en su cuarto (hacía seis años que dormían en habitaciones separadas) y cuando hacía eso no había nada que hacer, al menos durante el mismo día. Rabadán lo salía, y aun así se fue al salón y se sirvió un buen vaso del brandy que le mandaba cada año uno de sus clientes. Encendió un puro y trató de calmarse.

Ya sabía lo que iba a hacer. Con calma, se levantó y abrió la puerta de la habitación de su mujer. Ella, que parecía estar escribiendo una carta, le miró sorprendida: era verdaderamente raro que cualquiera de los cónyuges entrara en el cuarto del otro. Rabadán la miró con frialdad.

―Si no quieres hacerme ese pequeño favor, tendré que tomar medidas. Y sabe Dios que me duele, pero no puedo permitir que votes.

―¿Y qué medidas vas a tomar? ―dijo Isabel, glacial.

―Si no hay más remedio, me quedaré aquí contigo para asegurarme de que no sales a votar. Sacrificaré mi propio derecho al voto por ese fin.

Se hizo el silencio.

―Si haces eso, después de las elecciones tendrás en los tribunales una demanda de divorcio.

―¿Ah, sí? ¿Y en qué te vas a basar? ―respondió Rabadán, con chulería.

―Algo se me ocurrirá. Te recuerdo que la que ha estudiado Derecho soy yo. Ahora, por favor, si sales de mi habitación…

Rabadán volvió al salón. Estaba bastante seguro de haber ganado, pero al final su mujer le había echado una mirada extraña. Siempre se las había dado de conocer bien a la gente, pero aquella mirada en concreto no la había sabido interpretar. Le había producido una impresión… extraña.

Se sirvió otro brandy. Al rato había olvidado la mirada de su mujer.

Jueves 16 de noviembre de 1933. 13:15.

Rabadán abordó a su madre a la salida de misa de doce. Se llevó una mirada de reproche de todas las ancianas que formaban el corrillo de su madre (si estaba en la puerta de la iglesia a las 13:15 es porque no había ido a misa, de lo cual tomaron buena nota), pero al final la apartó. Dado que era un buen hijo, siempre trataba a su madre de usted, pero como concesión a la modernidad adoptaba con ella un tono entre condescendiente y jovial.

―¿Qué tal, madre? ¿Cómo ha ido la misa? ―su madre tosió de forma notoria―. Huy, ¿y esa tos? ¿Está usted bien?

―Nada, hijo, los achaques. Ya sabes.

Rabadán frunció el ceño. Amalia Martínez, viuda de Rabadán, no era una mujer a la que uno imaginara teniendo achaques. Siempre fue vigorosa y de armas tomar: no en vano había parido y criado a ocho chiquillos con un sueldo de funcionario. Emilio, que era el menor, era sin duda su hijo favorito, y aun así podía contar una extensa retahíla de castigos y reprimendas que su madre le había impuesto con mano de hierro.

―¿Seguro que está usted bien? Si necesita que llame a un médico… ―su madre le hizo un gesto de negación.

―Quita, quita, ésos hacen más daño que bien. Ya se me pasará. Bueno, te quedarás a comer con tu madre, ¿no?

Rabadán aceptó la invitación. La mayoría de hijos de doña Amalia habían hecho fortuna (había dos comerciantes, tres mujeres bien casadas y un gobernador civil) y mantenían para su madre una bonita casa en el barrio de Salamanca, a cinco minutos andando de la de Emilio. Uno de los sirvientes de su madre, un tipo gigantesco llamado Silvestre, le cogió la levita, y al cabo de pocos minutos madre e hijo daban cuenta de una excelente sopa de cocido.

―Y qué, madre, ¿está el cura muy pesado con lo de las elecciones? ―dijo Rabadán cuando llegaron los garbanzos.

Su madre le censuró con la mirada, pero respondió.

―Pues la verdad es que sí, hijo. Que si la república es un caos, que si hay que votar a las derechas… yo no le hago caso.

―¿Es que no estás de acuerdo?

―Huy, hijo, yo no sé de eso. Yo no he notado que vengan los bolcheviques a Madrid, ¿eh? ―su risa se vio cortada por un nuevo ataque de tos, más grave que el que le había dado al salir de la iglesia―. No es nada, no es nada. Será un catarro.

―Entonces, ¿va a votar?

―No sé qué hacer. Mis amigas, que ya sabes que son todas militaras, van a votar a Gil-Robles. A mí la verdad es que me da igual.

―Hombre, pues para eso mejor no vote, ¿no? Si no sabe de eso y no vas a ir convencida… ―dijo con voz meliflua.

―Pues también es verdad ―nueva tos―. ¿Y no vas a tratar de convencerme de que vote a los radicales?

―¡Dios me libre de hacer eso! ―Rabadán se persignó, con una sonrisa―. Sé que usted no está de acuerdo con nosotros en muchas cosas. No, si no va a votar en conciencia lo mejor es que no lo haga. ¡El derecho al voto es demasiado importante como para andar vendiéndolo!

―Creo que tienes razón ―respondió doña Amalia―. Lo mejor será que no vote.

Rabadán salió de casa de su madre silbando una tonadilla. Dos de tres, no estaba mal. Su madre no votaría y su esposa no podría hacerlo. A Isabel no la había visto desde la noche anterior, aunque sí había oído el portazo que había dado al salir de la casa mientras él desayunaba. En fin, se le acabaría pasando. Siempre se le pasaba.

Jueves 16 de noviembre de 1933. 17:30.

Para Rabadán los jueves eran en general días buenos. Como todas las tardes, tomaba el café y una copa con sus amigos. Pero luego, en vez de dirigirse a su negocio o a su casa, recogía a Paula en un callejón discreto cerca de la casa de los condes de Villafranca y se iban los dos a un pisito discreto que pertenecía a su empresa. Allí consumaban su amor (como lo llamaba ella), y luego rápidamente se volvían cada uno a sus vidas.

Aquella tarde fue un poco diferente. Después del sexo se quedaron un rato en la cama, hablando.

―Me preocupa algo, pequeña. ¿Vas a ir a votar este domingo?

―No sé… mi día libre es el lunes. ¿Crees que la señora me deje?

―Se dice “¿crees que la señora me dejará?”, cariño ―le encantaba corregir su habla vulgar. A veces se sentía como un orfebre que tallaba un rubí hasta darle la forma perfecta―. Y no sé. ¿Se lo vas a pedir?

―No sé. ¿Crees que deba?

Rabadán dejó pasar este segundo error.

―¿Tú tienes interés en la política? Creo que no, ¿no?

―¡Huy, ninguno! Manden los que manden yo voy a seguir sirviendo a la señora, ¿no? La señora dice que tiene miedo de que ganen los socialistas o como se diga, pero el señor le responde que eso no podrá ser. Y el otro día don Manuel Aturmendi vino de visita y dijo que él va a llevar a todos sus criados a que voten a las derechas, pero el señor le respondió que él no haría eso porque sería peor el remedio que la enfermedad o algo así. Así que supongo que no votaré.

Rabadán sonrió ante aquella inocencia que tan dulce encontraba.

―Creo que tu señor tiene razón. Es mejor que no votes. Sabes que yo me opongo a que voten las mujeres hasta que no estén educadas, y tú no lo estás. ¡Si pudieras ir a la escuela y dejar que tu pensamiento se elevara…! Pero no es posible.

Cada vez que se entregaba a esos arrebatos de lirismo o de oratoria se veía recompensado por una mirada arrobada de Paula. Aquella vez no fue la excepción. Pero luego su amante frunció el ceño.

―Entonces, tu mujer… ¿votará? Ella sí está educada, ¿no?

Isabel no era un tema del cual quisiera hablar con Paula, pero la pregunta había sido directa y no podía eludirla.

―No, no votará. ¡Pues estaría bueno que le dejara! Mira, pequeña, las cosas en los matrimonios no son tan simples como la relación entre tú y yo. No calientes tu cabeza, que de eso no sabes nada…

―Me encantaría saberlo… ―ella le miró como un cachorrito, implorante.

―Mi amor, sabes que es imposible ―la acarició―. Estoy casado con Isabel, no puedo casarme contigo.

―¡Pero desde el año pasado existe el divorcio! ―alegó Paula―. Isabel y tú no os lleváis bien; siempre me hablas de todo lo que discutes con ella. ¿Por qué no le pides el divorcio?

―Escucha, cariño… eso es imposible. ¡Isabel nunca accedería a divorciarse de mí! Y, si no es de mutuo acuerdo, el trámite es mucho más complicado.

Dos lágrimas asomaron a los ojos de su amante.

―Pero… yo te quiero, y me he entregado a ti.

―Ya, pequeña. Yo también te quiero, pero ¿no ves que es imposible? Al menos de momento. Si las circunstancias cambian, sabes que seré el primero en proponerle a Isabel que nos divorciemos, y a los dos días nos estamos casando tú y yo. Lo sabes, ¿verdad? ―le cogió la barbilla y le hizo mirarle a los ojos.

―Eso me dices siempre, pero… pero el tiempo pasa y las circunstancias nunca cambian. ¡Y la señora dice que debería pensar en casarme, que se me pasa el arroz, y…! ―Paula rompió a llorar.

Era necesaria una acción rápida. Rabadán cogió de las manos a Paula y le dijo:

―Escucha… tienes razón. Déjame un mes, sólo un mes para pensarlo y para tantear las cosas. Quizás pueda hablar con uno de mis amigos, que es abogado, y que me cuente. ¿Eso te parecería bien?

 Paula dejó de llorar.

―¿Lo… lo harás? ¿Lo harás por mí?

―Lo haré por nosotros.

Se besaron.

Media hora después, un agotado Emilio Rabadán se separaba de su amante en la callejuela donde solía recogerla y emprendía el regreso a su casa. Pobre Paula, tan ingenua. Por eso la quería, pero a veces le daba pena. No tenía la más mínima intención de pedirle o concederle el divorcio a Isabel. ¡Dejar a su esposa y casarse con una chiquilla, que además trabajaba de criada! No, hombre, no, ¿qué escándalo sería ése? Todos los cotillas de Madrid hablarían de él a sus espaldas, las esposas de sus clientes les advertirían en su contra, perdería la opción de ser diputado… nada, nada de divorcio.

Eso le enfrentaba a otra cuestión: no tardaría mucho en tener que terminar con ella. Pasado el mes, hasta Paula se daría cuenta de que no pensaba divorciarse. Por supuesto, a él le daba pena, pero… era el ciclo natural de los idilios. Nacimiento, pasión, final. Y al menos esta vez no había un hijo de por medio, como le había pasado a más de uno de sus amigos. Sí, antes de marzo tendría que haber cortado con Paula. Le daría algo de dinero para que no se fuera de la lengua y se olvidaría de ella.

“Incluso le he hecho un favor”, pensaba. La chica era tan inocente que cualquiera podría haberse aprovechado de ella. Sin embargo, él la había tratado bien. Si a costa de esa pequeña decepción la chica crecía, asumía cómo eran las cosas y no caía en manos de un mal marido, hasta tendría que agradecérselo. Y el hecho de que ella se hubiera “entregado” a él, como lo llamaba, era irrelevante. ¡No estábamos en la época de Narváez, por favor! Ningún chico aspiraba ya a que su esposa fuera virgen al casarse, y menos entre las clases bajas.

Rabadán volvió a su casa feliz. Durante el café se había ufanado ante sus amigos de lo que había hecho con su mujer y con su madre, y el tema de Paula acababa de quedar atado. Por desgracia él mismo iba a quedarse sin votar, salvo que pudiera escabullirse a la hora de la siesta, pero bueno. Habría otras elecciones.

Domingo, 19 de noviembre de 1933. 12:00.

Rabadán despertó el día de las elecciones con un considerable dolor de cabeza. Después de un viernes tranquilo y un sábado que se había pasado en el café con sus amigos, la noche con Isabel había sido una discusión constante. Ella había vuelto a la carga con lo de votar y él con lo de impedírselo. Habían acabado gritándose y al final se habían separado, después de estar a punto de llegar a las manos, a las tres de la madrugada. No había podido dormir bien, pero aun así un criado le había despertado a las siete. Había sido orden suya. Dado que Isabel no atendía a razones, no le quedaba otra opción que hacer guardia todo el día, y mejor sería que empezara temprano.

Puso un sillón en la puerta principal y se hizo servir allí el desayuno. Cuando Isabel despertó, se lo encontró en aquel rincón tan malo, tratando de leer el periódico a la escasa luz que entraba desde la escalera. Dio una risotada cruel al verle, pero la cuestión era que con él allí no podía salir. La puerta de servicio estaba bloqueada (Rabadán ya se había asegurado de requisar todas las llaves antes de poner el sillón en la principal) y estaban en un quinto.

―¿Te vas a pasar ahí todo el día? ―preguntó ella con desprecio cuando hubo desayunado. Él se limitó a asentir―. Eres despreciable.

La última frase se la dijo con una voz tan cargada de veneno que Rabadán se sobresaltó. ¿Él, despreciable? ¡Si ella atendiera a razones…! Estuvo a punto de levantarse para seguir discutiendo, pero respiró profundamente tres veces y lo dejó por imposible. ¿Quería odiarle? Que le odiara. Pero ella no votaría.

Iba a ser un día duro. Por debajo de la puerta se colaba el frío de fuera y empezaba a estar aterido. Mandó que los criados le sirvieran café y coñac, y que le trajeran una manta. Una vez le obedecieron, se retrepó en el asiento y trató de leer el periódico de la mañana. No iba a poder hacer otra cosa en todo el día, así que más le valía repasárselo de cabo a rabo.

La escalera era de madera, así que oyó los pasos que subían precipitadamente, pero el sonido del timbre en su oreja le sobresaltó de todas formas. Soltó el periódico, apartó el sillón y abrió la puerta. Al otro lado estaba Silvestre, el criado de su madre. Le daba vueltas en las manos a su gorra y parecía demasiado agitado como para sorprenderse de que le abriera la puerta el señor de la casa.

―¡Don Emilio, qué suerte que le encuentro! Pensé que estaría usted…

―Pasa, hombre, pasa ―Rabadán le franqueó la puerta―. ¿Qué es lo que sucede?

―¡Es su madre, señor!

―¿Mi madre? ¿Qué le ocurre? ¡Y baja la voz! ―al otro lado del pasillito que arrancaba desde la puerta ya había empezado a aparecer gente. Vio a su mujer y al criado que le había despertado.

―¡Está muy enferma, no puede moverse de la cama! La tos se agravó estos días y…

―Dime, ¿se ha mandado llamar a un médico?

―Sí, sí, cuando me he ido ya estaba allí el doctor, pero… ¡por favor, señor, su madre quiere que esté usted con ella! Me lo ha pedido… señor, me lo ha pedido llorando ―terminó con un susurro.

Nunca, que Rabadán recordara, había visto llorar a su madre. En un segundo calibró sus posibilidades. Miró a su mujer y supo que sería completamente imposible convencerla de deponer las armas y de que la acompañara a ver a su madre. Es más, fue consciente de que en cuanto él saliera por la puerta ella se iba a ir a votar. Pero ¡maldición! No podía dejar sola a su madre. ¿Y si se moría y…?

Tomó una decisión.

―Escucha, Silvestre. Voy a ir ahora mismo a ver a mi madre. Mientras tanto, te tengo que pedir un favor. ¿Ves este sillón? Cuando yo me vaya, siéntate en él y no te levantes hasta que yo me mueva. Mi mujer tiene… tiene una pequeña afección nerviosa ―le susurró al oído al criado― y a veces le da por salir a la calle. Nos da miedo lo que podría pasar, y necesitamos que alguien fuerte le cierre el paso. ¿Sabrás oponerte si ella quiere salir? ―el criado asintió―. Muy bien. Te dejo esa responsabilidad. Volveré en cuanto pueda.

Y se lanzó hacia el interior de la casa exigiendo su ropa. A los pocos minutos, caminaba con rapidez hacia la casa de su madre. Había tomado la mejor decisión. No creía que ninguno de los criados de la casa obedeciera su orden: él era su señor pero Isabel era su señora, y tenían mucho más trato con ella que con él. Pero escoger a alguien externo, y además a un criado de su madre… era una buena decisión. Su mujer no se arriesgaría al escándalo que supondría una pelea, aunque fuera entre criados.

La casa de su madre estaba revuelta. Las vecinas espiaban en el descansillo, y en la propia habitación de su madre estaban tres de sus amigas. Pero cuando él entró en el dormitorio les pidió que se fueran. Rabadán se sentó al lado del cabecero y cogió la mano de su madre, que se la apretó con fuerza.

―Me muero, hijo. Me… muero.

―Ande, madre, no sea usted melodramática ―dijo Rabadán, con alegría fingida―. ¡Si nos enterrará a todos!

―No… no… ―un ataque de tos le hizo medio incorporarse en la cama. Cuando remitió, volvió a tumbarse, jadeando.

―¿Qué le ha dicho el médico?

―Yo qué sé… se me va la cabeza y nunca he entendido nada de su jerga… que me tome estas píldoras ―y señaló con una mano temblona un frasquito que había en la mesilla de noche.

―¿Le apetece que llame a los hermanos? ―Rabadán tragó saliva. No quería pasar por aquello él solo.

―No… tú has sido siempre mi preferido, hijo. En quien puse mayores esperanzas. Quiero despedirme de ti. Por favor, no te vayas. No…

―No me iré, madre. Pero no diga esas cosas. No se va usted a morir…

Estuvieron unos minutos en silencio. De repente, la mano de su madre redujo la presión sobre la suya. Rabadán tragó saliva: ¿y si era verdad que se moría? Pero de repente escuchó un suave ronquido. La anciana, en la semipenumbra del cuarto, simplemente se había quedado dormida. Su respiración se regularizó. Rabadán se fue tranquilizando.

Durante unos minutos que le parecieron horas, Rabadán sostuvo la mano de su madre. Pero de repente un coche dio un frenazo en la calle y doña Amalia abrió los ojos.

―¿Eh? ¿Qué sucede? ¡Hijo…!

―Tranquila, madre. Estoy aquí.

―Creo… creo que he montado un escándalo para nada. No sé qué tengo, pero el médico ha dicho que no es grave y que no me preocupe. Pero me ha empezado a entrar la aprensión, y… ―le salió un sollozo, apenas audible en la oscuridad del cuarto.

―No llore, madre, ande. Sí, me ha dado un susto, pero ya pasó todo…

Parecía que doña Amalia iba a decir algo más, pero de repente sonó el timbre de la puerta del servicio. A Rabadán le importaba muy poco los timbres que sonaran, pero a su madre no. Oyó pasos y pronto la figura de una criada de mediana edad se recortó en la puerta.

―Señora, disculpe las molestias, pero es una criada del conde de Villafranca.

―¿Del conde de…? Creo que nunca he tenido relación con ese señor ―dijo doña Amalia.

―Pide hablar con el señor Emilio ―dijo, con el tono justo de censura en su voz―. Dice que ha estado en su casa y que le han remitido aquí, ¿sabe? Al parecer es urgente. Al menos la cría tiene mucha prisa.

Su madre le concedió la venia con un gesto y Rabadán siguió a la criada hacia una salita donde esperaba Paula, visiblemente nerviosa. Él la miró con incomprensión. Ella le guiñó un ojo de una forma tan evidente que la criada había tenido que verlo. Rabadán tragó saliva.

―Soy Emilio Rabadán. ¿Me… me buscabas? ―logró recomponerse.

―Sí, señor Rabadán. Me manda mi señor con un recado. Un recado que tengo que darle en privado ―y señaló con un gesto de la cabeza a la criada, que hasta entonces no había hecho ademán de salir de la habitación.

―Salga, por favor ―le pidió Rabadán. La mujer, tras mirar una última vez con desprecio a la criadita, salió de la habitación―. ¿Qué pretendes? ¿Buscarme una ruina? ¿Cómo vienes a buscarme así, y encima diciendo que vienes de parte de tu señor? ¡Como se entere…!

―Disculpa ―susurró su amante, de repente avergonzada―. Pero tenías que saberlo. Yo… verás, estaba limpiando los cristales de mi casa cuando de repente he visto pasar a tu mujer.

―¿A mi mujer?

―¡Sí! Iba muy rápido, en dirección al colegio electoral, o como se diga. He ido a tu casa, pero…

¡El colegio electoral! ¡Allí estaban García y Eleuterio, como interventores designados por el Partido Radical! Como vieran a su mujer votando, adiós a su reputación. ¡Eleuterio le iba a encasquetar los versos de Góngora hasta que le salieran canas en el bigote!

Volvió al cuarto de su madre, ante la cual balbuceó una excusa, y salió de la casa. Bajó a toda prisa las escaleras y cuando llegó a la calle empezó a correr. El colegio electoral estaba en la otra dirección: tenía que pasar por la puerta de su casa, cruzar un parquecito y ya estaría. Durante los primeros minutos corrió a toda la velocidad que pudo, pero muy pronto el sudor, la falta de hábito y la sensación de estar haciendo el ridículo le hicieron parar. Cuando pasó por delante de la puerta de su casa ya estaba jadeando, y al llegar al parquecillo tuvo que pararse.

Se sentó en un banco y consultó su reloj. ¿Cuánto tiempo había tardado Paula en encontrar una excusa para escaquearse de sus labores, en ir a su casa, en ir luego a la de su madre…? ¿No le había dado tiempo de sobra a Isabel para llegar al colegio electoral y emitir su voto? Con horror, se dio cuenta de que sí. Daba igual lo mucho que corriera: probablemente su mujer ya había votado o estaba a punto de hacerlo. Y lo que no podía hacer era presentarse como un energúmeno ante la mesa y sacarla de allí a rastras.

Había fracasado. Había fracasado y todo el mundo lo iba a saber. La conciencia de ese hecho tan simple le golpeó. Hundió la cabeza entre las manos. Cielo santo, cielo santo… se iban a estar burlando de él durante años.

Oyó pasos detrás de él y, sin mirar, supo que se trataba de Paula. Su amante se sentó en el banco, a su lado, y le tendió la mano. Rabadán se la apretó sin pensar demasiado. El tacto de la joven piel le reconfortó. Y muy pronto se encontró estrechándola en sus brazos, dándole un beso desesperado. Se abrazaron con fuerza, con pasión, con desesperación, mientras se comían mutuamente.

El grito ahogado de su mujer le devolvió a la realidad.

Giró la cabeza. Allí estaba Isabel, mirándole con una expresión que, de nuevo, no supo reconocer. Y, lo que era peor, iba flanqueada de García y de Eleuterio. Sus amigos le miraban, el mayor con sorpresa y el segundo con ironía. Otros transeúntes se paraban también a mirar. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que Isabel se acercó a él y le dijo, con un tono de voz audible para todo el mundo:

―Adulterio en público y ante testigos. Cuando dije que ya se me ocurriría algo para que me dejaran divorciarme de ti no pensaba que me lo fueras a poner tan fácil. ¡Enhorabuena! ―se dirigía ahora a Paula―. Te quedas con un ejemplar excelente. Disfruta de él mientras te dure.

Y se marchó, flanqueada de nuevo por sus amigos. La incipiente multitud que se había formado previendo una bronca se disgregó rápidamente. Y muy pronto en el parque sólo quedaron Emilio Rabadán, con su vida y su reputación completamente destruidas, y su amante Paula, cuya sonrisa de felicidad le quemaba como si estuviera hecha de fuego.

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Miércoles 15 de noviembre de 1933. 22:15.

―Algo se me ocurrirá. Te recuerdo que la que ha estudiado Derecho soy yo. Ahora, por favor, si sales de mi habitación…

Su marido había salido del cuarto, dubitativo, e Isabel por fin se había quedado sola. Cómo odiaba aquellas broncas. Y, sin embargo, eran cada vez más frecuentes. Cada semana tenían una fuerte, que se desbrozaba en otra pequeña cantidad de desacuerdos menores, los cuales constituían a su vez la materia prima de la que se nutría el siguiente chaparrón. Era un ciclo del que no sabían salir… e Isabel no estaba muy segura de que él quisiera hacerlo. Al fin y al cabo, después de cada pelea, ella acababa obedeciendo. Sin doblegarse, pero obedeciendo.

Sin embargo, lo del voto había sido demasiado. Ella se había casado enamorada, con un hombre moderadamente progresista, que se suponía que apoyaba sus ansias de libertad intelectual… y en esto había quedado. En apostarse con sus amigos del café si le iba a dejar votar o no. Porque estaba segura de que había sido algo así: “¡pues mi mujer no vota!”, y ahora se empeñaba en que no votara. Qué lástima de hombre, qué degradación. Con lo que él había sido.

En fin. Tal y como ella lo veía, tenía dos problemas: a corto plazo, conseguir votar; a largo plazo, lograr el divorcio. Se dio cuenta, con cierta sorpresa, de que acababa de tomar esa decisión. La idea de disolver el matrimonio con Emilio llevaba ya cierto tiempo rondándole por la cabeza, pero no acababa de decidirse. Pero en algún momento durante las últimas tres horas algo había hecho “clic” dentro de ella. Toda la miseria moral de su marido había quedado al descubierto. Ya no quería seguir casada con él.

Se tumbó en la cama y empezó a pensar. Al rato, con un plan ya esbozado en su cabeza, se quedó dormida.

Jueves 16 de noviembre de 1933. 10:00.

Isabel se despertó pronto. Durante la noche su plan había madurado en su cabeza y estaba más que decidido a llevarlo a cabo. Desayunó rápido y salió de casa cuando su esposo estaba todavía en la mesa. Con paso rápido se dirigió a casa de doña Amalia Martínez.

Al contrario de lo que mandaban las coplas, Isabel y doña Amalia siempre se habían llevado bien. En su suegra Isabel había encontrado una sorprendente aliada para hablar de la frustración de su matrimonio. Doña Amalia recordaba demasiado bien su propia vida con el funcionario Rabadán, que había sido tan insoportable como su hijo menor, como para no compadecer a su nuera.

Doña Amalia siempre le decía a Emilio que él, al ser su hijo pequeño, era su preferido y en quien había puesto las mayores esperanzas. Pero sólo con Isabel hablaba de la segunda parte de la frase: de cómo había defraudado todas aquellas expectativas para convertirse en un tiranuelo doméstico, enfatuado y corto de miras.

Así que cuando Isabel fue a su casa aquella mañana, sabía que iba a encontrar apoyo. Doña Amalia recibió la noticia del inminente divorcio con indiferencia.

―Sabes que no te culpo, hija mía. Si en mis tiempos hubiera habido divorcio, de otra forma me habrían ido las cosas. Pero, tengo que preguntarte ―la mujer tosió―, ¿qué es lo que te ha hecho tomar la decisión?

E Isabel se lo contó todo: la pelea de la noche anterior, la apuesta o promesa que ella creía que su marido había hecho, su decisión de votar…

―Y no le sorprenda, doña Amalia, que entre hoy y mañana venga aquí a tratar de convencerla de que no vote. Ayer se le escapó algo referente a su madre.

Su suegra suspiró.

―La verdad es que no iba a votar, pero ahora…

―Hágalo, señora. Hágalo.

―Sí, ahora me parece que aplicaré la técnica que usé siempre con mi marido: decirle a todo que sí y luego hacer lo que me cuadre. El domingo a primera hora iré al colegio electoral ―nuevo acceso de tos―. Aunque no sé a quién, si son todos iguales.

―Su hijo se acabará enterando…

―Ya lo sé ―la anciana le miró, imperturbable―. Pero no has venido aquí sólo para eso, ¿verdad?

―No, la verdad es que no. Doña Amalia ―se apasionó Isabel―, yo quiero votar. ¡Lo he deseado durante años y ésta va a ser mi primera oportunidad! No me gustaría perderla. Necesitaría que entre usted y yo pensáramos en algún medio para sacar a Emilio de casa y que yo pudiera salir un momento…

La anciana pensó un segundo. Volvió a carraspear.

―Qué tos más molesta. Pierde cuidado, hija mía. Me parece a mí que, tal y como está el tiempo, el domingo se me habrá agravado y no podré salir de la cama. Haré llamar al médico y mandaré a que Silvestre avise a mi hijo. No creo que mi hijo sea tan tonto como para encerraros bajo llave mientras viene a verme, y ninguno de los criados de tu casa se atreverá a impedirte la salida en nombre de tu marido, ¿verdad?

―No, claro que no.

―Muy bien. Aun así, mandaré a Silvestre que te obedezca en todo. ¿Estamos arregladas con eso?

―Lo estamos. Gracias, doña Amalia.

Las dos mujeres se miraron con complicidad.

Viernes 17 de noviembre de 1933. 18:00.

Una de las distracciones que tenía Isabel, aparte de las cartas y las conferencias, eran las visitas. Así que no resultó raro que el viernes por la tarde se pasara a tomar un refrigerio con la condesa de Villafranca, que era amiga suya desde hacía años. Sonrió ligeramente cuando la criadita joven abrió la puerta y se sobresaltó al verla.

Paula, así se llamaba. No podía decir que su marido le hubiera roto el corazón acostándose con ella. De alguna manera le hacía gracia, y le parecía hasta tierno que él intentara ocultárselo. ¡Como si no supiera perfectamente que la mayoría de los lunes y una buena parte de los jueves por la tarde no aparecía por su despacho! ¡Como si no fuera evidente que esos días volvía a casa mucho más contento! Una vez confirmada la traición, averiguar la persona había sido trivial.

Lo cierto es que la chica era guapa. Una mujer más vengativa habría hablado con la condesa para que la dejara en la calle, pero de alguna manera Isabel compadecía a la amante de su marido. Parecía lo suficientemente inocente como para haberse enamorado del miserable de Emilio… y bastante mal lo pasaría cuando él la desechara como para además quedarse sin trabajo. El idilio duraba ya varios meses y, en su fuero interno, Isabel no le daba más de unas pocas semanas de duración.

La visita fue agradable, como siempre. Con la condesa siempre tenía temas de conversación, aunque era un poco limitada intelectualmente. Charlaron de labores, de política y de cotilleos, que era un tema inagotable. Y, finalmente, cuando hubieron agotado el té, las pastas y las noticias sobre escándalos, Isabel se levantó para irse. Y, al momento, volvió a sentarse, como si le hubieran fallado las piernas.

―¿Estás bien? ―le preguntó su amiga, alarmada.

―Sí, sí. Es sólo que he tenido un pequeño mareo.

―Quédate un rato más hasta que se te pase, anda ―le ofreció la condesa.

―No es necesario, Virginia ―le respondió Isabel―. He de ir a mi casa; se supone que debería haber estado allí a las nueve y son ya y cuarto. Lo único, tengo miedo de que esto se repita. ¿Podrías pedirle a una de tus criadas que me acompañe? Esa chiquita joven, ¿Paula se llama?, sería ideal.

―¡Claro! ―dijo su amiga con una sonrisa radiante―. ¡Paula, ven aquí! ¡La señora Domínguez te necesita!

A los pocos minutos, Isabel y la criada llegaban a la casa de los Rabadán. El camino había transcurrido en silencio; Isabel se debatía entre el regocijo culpable por la evidente incomodidad de la otra y las dudas a la hora de abordar el tema que quería tratar con Paula. Ya tenía asegurada la posibilidad de votar: ¿no sería muy cruel lo otro? Pero luego frunció el ceño. ¡No, no lo era! Tenía que divorciarse y no había otra manera.

Así que, cuando la criada ya se estaba despidiendo, Isabel le preguntó a bocajarro:

―Dime, ¿mi marido te ha prometido casarse contigo?

La cara de Paula pasó de la sorpresa al miedo, para luego componer una expresión de negación nada convincente.

―No… no sé de lo que me habla, señora.

―Vamos, no te hagas la tonta conmigo. Lo sé todo, y si te digo la verdad, no me importa.

―¿No le importa? ―la chica parecía aliviada.

―No. No sé qué te habrá contado, pero aborrezco a mi marido. ¿Tú le amas? ―ella asintió―. En fin. Responde: ¿te ha prometido que se casará contigo en cuanto se libre de mí? Es común en esa clase de hombres.

―Sí… lo ha hecho. La última vez fue ayer. Me dijo que usted no quería ―terminó con un murmullo.

―Comprendo. Has de saber que te ha mentido. Yo ardo en deseos de librarme de él, y fui yo la que el otro día le planteé un divorcio. Pero no quiere concedérmelo, te diga lo que te diga.

La chica había empezado a llorar.

―¿Y no hay ninguna manera… de que se pueda divorciar usted de él sin que él tenga que aceptarlo?

―Se me ha ocurrido una, y precisamente por eso quiero hablar contigo. Imagínate que yo le sorprendiera, en público, besándose contigo. En ese caso podría alegar adulterio y tendría testigos a mi favor. El juez me lo concedería. ¿Estarías dispuesta a jugar ese papel?

―¿Y así se casaría conmigo?

La chiquilla le miró con esperanza. Isabel tragó saliva. La conversación iba bien, justo como ella había planeado. Era el momento en el que tenía que contar la mentira suprema. Pero descubrió que no podía hacerlo. Puso cara de circunstancias.

―Mira, tengo que desengañarte. Mi marido nunca se casará contigo. Si se divorcia de mí, permanecerá soltero o se casará con otra mujer de su clase social…

―…pero nunca con una criada ―terminó Paula―. Comprendo. Y sin embargo…

―Tienes esperanza, ¿no? De que puedas atraparle si se divorcia. La verdad es que no entiendo qué le ves, pero esa esperanza no tiene fundamento. Lo siento.

Se dio la vuelta, dispuesta a subir por la escalera, pero de repente Paula le llamó.

―Señora, por favor. Me gustaría intentarlo.

―¿Perdona? ―se volvió Isabel.

―Aunque sepa que probablemente no se case conmigo, quiero intentarlo. Pero es imposible. Nunca me besa en público…

―Si todo sale como he planeado, lo hará. Pero no tiene que saber nunca que yo estoy detrás de ello, ¿comprendido?

―Comprendido.

Y aún se quedaron media hora más, ultimando los detalles del plan. Isabel se lo contó todo, desde la prohibición de votar hasta el momento presente. Sólo al final le preguntó Paula:

―Entonces, señora, ¿todo esto lo está haciendo porque Emilio no le deja votar?

―Bueno, ha sido el desencadenante, pero sí. ¿Por?

―Creo… que él tampoco quiere que vote. Me habló de ello el otro día y me convenció de que no lo hiciera.

Isabel sintió crecer la indignación. ¡O sea, que en la apuesta también había metido a aquella pobre niña!

―Y tú, ¿qué quieres hacer?

―Ahora no lo sé… pero en realidad creo que podría sacar un hueco. ¡Quizás, si voto a los radicales, Emilio me quiera más! ―y sonrió con ingenuidad.

Isabel ahogó un suspiro. Bueno, por algún sitio se empezaba.

Domingo, 19 de noviembre de 1933. 15:00.

Isabel volvió a casa sola: los amigos de su marido le habían servido de testigos, pero se libró de ellos en cuanto le fue posible. Los había reclutado cuando se dejó invitar a comer, pero en cuanto hubieron visto lo que tenían que ver, se fue a su casa con la excusa de que necesitaba reflexionar. Ninguno de los dos le caía particularmente bien.

Todo había salido según lo previsto, pero su victoria era agridulce. Había votado y pronto se libraría de su marido, pero no podía evitar la sensación de que se había aprovechado de la inocencia de Paula y que, en menor medida, había engañado a doña Amalia. Al fin y al cabo, ella no sabía nada de los amoríos de su hijo, que ahora eran la comidilla de todo Madrid. Por Emilio, por el contrario, no sufría. Había aguantado ya demasiado por él.

En fin, era el momento de pensar en las cosas buenas. El viernes, antes de hacer la visita a la casa de la condesa, se había entrevistado con el señor Zarrapamundi. Se trataba de un abogado bilbaíno, progresista a machamartillo y republicano a ultranza, con el cual ya había mantenido algún debate sobre temas jurídicos. Pero la entrevista del viernes había sido de un tenor muy distinto: le había pedido trabajo. Al fin y al cabo, si iba a divorciarse, de algo tendría que vivir.

Zarrapamundi había aceptado. Más aún, se había entusiasmado con la idea. De momento sería pasante, pero quedaba abierta la posibilidad de ascender a abogada en un futuro no demasiado lejano. Le hacía mucha ilusión. Pero bueno, recrearse en el futuro quedaba para luego. Ahora tenía que trabajar en el primer encargo que le había mandado su futuro jefe.

Isabel desplegó ante sí papel, recado de escribir y un texto legal que ya tenía anotado y subrayado. Con una sonrisa calmada, comenzó a redactar el borrador de su propia demanda de divorcio.

El 19 de noviembre de 1933 se celebraron las primeras elecciones generales de la naciente república española. Eran las primeras en las que podían votar las mujeres, y volvieron a salir a la palestra los mismos argumentos que se habían cruzado durante el debate constitucional: que la mayoría de las féminas no estaban educadas y votarían según el criterio del cura y del marido, por lo que el voto sería mayormente antirepublicano.

 La victoria de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), con 115 escaños de 473, y el desplome de las opciones de izquierda (el PSOE perdió 56 diputados, el PRRS 60 y AR 21) pareció dar un apoyo parcial a ese argumento. Eso no explica, claro, por qué tres años después la izquierda arrasó en las elecciones. La realidad es que el sistema electoral republicano era muy peculiar, porque magnificaba los cambios en el electorado: cambios muy pequeños en la distribución del voto llevaban a cambios enormes en la composición de las Cortes. Se fomentaban las grandes coaliciones, pero a la vez había mucha atomización. En fin, el hecho es que  la derecha ganaba cuando se presentaba unida y la izquierda no (como en 1936) y perdía si se daba la situación inversa (como en 1936).

El Partido Republicano Radical, al que pertenece en la ficción Emilio Rabadán, es un ejemplo curioso de cómo el nombre permanece aunque cambie la cosa. En época de la república, no era más que un partido de centro moderado. Tras las elecciones de 1933, fue el segundo con más escaños. Su líder, Alejandro Lerroux asumió el gobierno con el apoyo de la CEDA, de entre cuyas filas reclutó ministros al año siguiente. En 1936 el partido se hundió (pasó de 102 a 5 escaños) y Lerroux se quedó fuera del Parlamento. Tras el estallido de la Guerra Civil, Lerroux acabaría apoyando a Franco.

Curiosamente, y pese a que el PRR votó en contra del sufragio femenino en 1931, su principal defensora, Clara Campoamor, militaba en sus filas.

Por cierto, los versos de Góngora citados (“Siendo como un algodón / nos jura que es como un hueso”) le causan tanta vergüenza a Rabadán porque parece que se refieren a un tipo con impotencia sexual que, para esconderla, se almidona hasta el bigote.