Un buen ciudadano

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 16:30.

Emilio Rabadán era buen ciudadano, buen esposo y buen hijo, al menos según su propio criterio. Burgués de buena posición (era comerciante al por mayor de productos agrícolas), cuarentón orondo y madrileño de nacimiento, se había permitido la vanidad de afiliarse al Partido Radical unos años antes de que viniera la república. Por muy poco no había salido diputado, pero aun así seguía la política con gran interés y si le preguntaban sobre cualquier asunto daba una opinión clara y rotunda que coincidía punto por punto con el criterio oficial del partido.

No era extraño, entonces, que en público y en privado Emilio Rabadán se negara a que sus mujeres votaran. “Sus mujeres” en aquel momento eran su esposa y a su madre, ya que Rabadán no tenía hijas y todas sus hermanas estaban casadas. Ante todos sus conocidos afirmaba la autoridad que él tenía sobre ellas. Precisamente así fue como empezó todo.

―¡Que no, hombre, que no! ¿Cómo iba yo a permitir que Isabel, o peor aún, que mi madre votara? Isabel todavía, que gracias a mí tiene algunas ideas progresivas, pero mi madre tiene la cabeza comida por los curas. ¡Nunca le haría eso a la república!

―¿Y no te parece más perjudicial impedirles a tus mujeres que ejerzan un derecho constitucional? ―respondió Rodolfo García. García era un joven zumbón y tocanarices, que estaba abiertamente a favor del sufragio femenino.

―Entiéndeme, ¡yo no estoy en contra de que las mujeres voten! Pero quizás dentro de unos años, cuando se hayan formado más, cuando hayan entendido los beneficios de la república…

―Estás eludiendo mi pregunta ―dijo García, con sorna―. Eso que dices estaba muy bien en el debate de la Constitución, pero ahora la Constitución ya está aprobada y tu mujer y tu madre pueden votar. ¿No es mayor falta de respeto a la república impedírselo? Al fin y al cabo…

―No, no, no, no ―respondió Rabadán―. No confundamos. La autoridad doméstica es la autoridad doméstica. La ley podrá decir misa, pero el derecho del padre es el que es. ¡Y yo sé muy bien cómo mandar en mi casa!

―Siendo como un algodón / nos jura que es como un hueso / y quiere probarnos eso / con que es su cuello almidón… ―dijo una tercera voz desde lo profundo de un sillón de orejas.

Eleuterio Nuño era uno de los miembros más ancianos de aquel grupo de amigos. Había sido poeta en su juventud y aún le quedaban algunas ínfulas de ello: si no podía citar versos propios, como en este caso, los citaba ajenos. Rabadán y García no habían contado con él en la conversación porque estaba haciendo algo que le era muy habitual: dormir. Pero parecía que acababa de despertarse.

Al oír los versos, García soltó una risotada sarcástica y Rabadán enrojeció.

―¡Déjame a Góngora en paz, anda! ¿Qué querías decir con eso?

―Pues que me parece a mí, Emilito, que tú no tienes ninguna autoridad doméstica. No te ofendas, ¿eh? ―dijo el anciano con una sonrisa―, pero creo que el día de las elecciones tu mujer y tu madre van a hacer lo que les salga de las narices. ¡Buenas son ellas!

―¡Pues resulta que no! ¡Aquí mismo os juro que ninguna de mis dos mujeres votará el domingo!

―Querrás decir ninguna de tus tres mujeres ―siguió picando García. Eleuterio sonrió.

―¿Eh?

―Vamos, vamos, Emilio. Aquí todos somos hombres de mundo, ¿no? Y somos tus amigos. No tienes por qué negar la existencia de Paula. ¿Quién no tiene una Paulita por ahí?

―Es cierto, es cierto. ¿Ella va a votar o también se lo vas a impedir? ―dijo Eleuterio.

Rabadán se levantó, rojo de furia y vergüenza.

―¡Dejadme en paz, hombre! Ninguna de las tres votará… ¡como que me llamo Emilio! ―Rabadán apuró su copa, dejó el dinero de la misma en la mesa y salió del café a toda prisa.

Cuando terminaron de reírse, García y Eleuterio se miraron. El joven estaba un poco preocupado.

―Oye, ¿no irá éste a hacer una locura?

―Qué va, hombre. Simplemente se le ha calentado la boca. ¡Qué va a impedir él nada! La Isabel es demasiado para él, siempre lo he dicho.

Y siguieron hablando de otras cosas.

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