Recuerdos de guerra

La casa del abuelo siempre estaba llena de trastos. Jerry recordaba, por ejemplo, la época en que descubrió la comida italiana: todas las noches llamaba a que le trajeran una margarita a domicilio. Llegó un momento en que la torre de cajas de pizza vacías llegaba casi hasta el techo; en una visita había estado a punto de caerse encima de Jerry, que por aquel entonces tenía ocho años. Su madre había gritado, había abroncado al anciano y luego había convocado a varias de sus amigas para, entre todas, volver a poner en planta la casa. Era un ritual que se cumplía cada seis meses con la precisión de las estaciones, ya que invariablemente el abuelo dejaba degradar su entorno sin hacer nada para evitarlo.

Debían estar al final del ciclo, porque el jardín estaba hecho un desastre. Jerry vadeó la hierba que ya le llegaba hasta la pantorrilla, esquivó un cortacésped oxidado y, por fin, llamó a la puerta. Nada. Una segunda llamada tuvo como resultado el sonido de alguien rebullendo en el interior. Y finalmente se abrió la puerta y el abuelo Zachary apareció en el umbral. Miró de arriba abajo a Jerry y gruñó:

—Podrías haber entrado por la puerta de la cocina. Nunca uso la principal.

La casa olía a cerrado y estaba oscura. El abuelo siempre había vivido solo, que Jerry recordara. La abuela había muerto cuando él tenía cuatro años, y él no se acordaba de su cara: ni siquiera había fotos recientes en la casa. Luego había pasado mucho tiempo, pero el abuelo no se había vuelto a casar ni se le conocían novias. Tampoco amistades o aficiones que le sacaran de casa. Cojeaba un poco y se negaba a usar bastón, por lo que caminar para él era un suplicio.

El suelo de la cocina estaba pegajoso. En la vieja cocina de gas hervía un cazo con agua; el anciano rescató dos tazas de la precaria torre de platos y sartenes que había en el fregadero, les dio un agua y empezó a preparar el té. Jerry dudó sobre si debía ayudarle, pero su abuelo le echaba la bronca a cualquiera que osara insinuar que no era perfectamente autónomo. Así que se limitó a sentarse en una de las desvencijadas sillas.

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Punto de inflexión

Elías no llevaba mucho tiempo haciendo el servicio militar obligatorio, pero ya sabía una cosa: siempre hay una puerta trasera. No hay cuartel del que no puedas escaquearte si eres un poco listo. En Jaén había sido muy fácil, puesto que los propios encargados de la guardia nocturna tenían más interés en la partida que se jugaba en la cocina que en mantener vigiladas las puertas. En Barcelona, y pese a que en teoría estaban acuartelados y en alerta máxima, la cosa no era muy distinta. Bendito ejército español.

Las calles de Barcelona estaban oscuras. Nada sorprendente, si se tiene en cuenta que la huelga había alcanzado a todas las eléctricas. El día anterior había sido el peor: habían tenido que iluminarse con viejos quinqués de gas que apenas funcionaban. Luego los ingenieros habían conseguido restablecer parte del fluido: esa noche las luces del cuartel habían contrastado con la oscuridad de las vías adyacentes.

En el cuartel había poco que hacer: ellos estaban solo como refuerzo, por si la huelga se descontrolaba y se producían motines callejeros. Mientras eso no sucediera —y no parecía que fuera a hacerlo—, a nadie le importaba demasiado lo que hicieran en su tiempo libre. Incluso podían recibir llamadas. Gracias a eso se había podido comunicar con Rafael y concertar aquella cita nocturna.

Elías apretó el paso. Al principio de su caminata se había perdido y ahora llegaba un poco tarde. Sabía que a su hermano le importaría poco, pero a él le daba apuro hacer esperar a la gente. Rafael siempre se había reído de aquella característica suya. Claro que, ¿de qué no se reía Rafael? Si algo diferenciaba a los dos hermanos era precisamente aquello: mientras que el mayor consideraba que el mundo era un infinito campo de juegos y despreocupación, el menor se tomaba muy a pecho todo lo que implicara responsabilidad. O, en palabras de Rafael, “qué sieso que eres, jomío”.

Por fin llegó a la esquina donde habían quedado. Los faroles estaban apagados, claro: solo las calles principales tenían fluido, y ninguna de las dos lo era. Pero daba igual: la noche era clara y se veía bastante bien. El invierno había sido suave; aunque todavía estaban en febrero, el frío ya estaba en franca retirada. Elías se había puesto un abrigo encima de su uniforme, y empezaba a sentir que le sobraba. Sin embargo, no se lo quitó: sería mejor que nadie viera que era un recluta, sobre todo en aquel barrio. Por lo que pudiera pasar.

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Tres días en Auschwitz

Primer día

El presente

Los soldados se marcharon entre ruido y furia. Con ellos iban miles de prisioneros, todos aquellos que podían andar y que no habían sido lo bastante inteligentes como para esconderse. Leah lo había comprendido desde que empezó la evacuación y, como siempre habían dicho de ella que era muy astuta, cogió a Alina y se escondió con ella en el baño. Se metieron en un cubículo y dejaron que los últimos SS registraran el pabellón psiquiátrico.

—No debes llorar —le dijo a Alina—. Es muy importante. Tenemos que esperar aquí. Tu padre prometió que volvería a buscarnos.

La niña asintió, llorosa, y Leah sintió que a ella misma se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Había sido un bebé tan bonito! Y ahora, cualquiera que no fuera su madre apartaría la vista con asco. Sus mofletes habían desaparecido, consumidos por la mala alimentación. El pelo rubio, que había hecho en su momento que el oficial de las SS dudara en enviarla al campo, era ahora quebradizo y frágil. La actitud, antes vivaracha y ahora pasiva. Y la suciedad, por todas partes…

Leah y Alina pasaron horas sentadas en aquel retrete, con los pies levantados para que nadie pudiera descubrirlas con una ojeada casual al suelo. Después de las últimas inspecciones nadie se había acercado a los sanitarios, pero toda precaución era poca. Progresivamente los ruidos se fueron apagando. Sin embargo, aún tardaron varias horas en salir, presas del miedo: no sería la primera vez que los psiquiatras del centro preparaban un engaño para ver cómo reaccionaba Leah. Sólo cuando vieron que anochecía, Leah se dio cuenta de que llevaban sin comer desde el desayuno. El campo estaba más silencioso que nunca.

Leah abrió la puerta del cubículo y salió del baño, con su hija de la mano. El pabellón psiquiátrico era una enorme sala con veinte camas puestas en dos filas, en torno a un pasillo central. Estaba, como siempre, casi vacío. Solo había una cama ocupada: la paciente, una vieja húngara a la que todo el mundo llamaba Gritos, estaba dormida. Era normal que no se la hubieran llevado: apenas podía caminar, y cuando estaba despierta no dejaba de dar alaridos, por lo que la mantenían sedada la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, había diferencias con un día de diario. La luz estaba apagada, la portezuela de malla que separaba la zona de las enfermeras estaba abierta y la mesa de guardia estaba vacía. Leah parpadeó. No recordaba haber visto aquella mesa vacía desde que le habían trasladado al pabellón, cinco meses atrás. Su miedo a que todo fuera una trampa empezó a diluirse. Cojeando (se había herido en un pie una semana antes) se dirigió hacia la malla y pasó a la zona de las enfermeras.

No tardó en encontrar la cocina. Para su desesperación, estaba vacía: los armarios abiertos parecían burlarse de ella. ¡No! No podían habérselo llevado todo. Sentó a Alina en una de las sillas de la gran mesa central y se puso a registrar concienzudamente la estancia. Era enorme: ¡seguro que no la habían vaciado por completo! Frenética, abrió todos los cajones que encontró y tanteó el fondo de los armarios. En un momento dado le pareció notar un abultamiento en el linóleo y clavó las uñas buscando el doble fondo. Sólo cuando éstas se le rompieron admitió que era un simple defecto de instalación.

Al final lo encontró. En una despensa en forma de L, se habían olvidado de registrar bien la parte que quedaba fuera de la vista. Había media barra de pan duro y cinco latas de conserva sin etiqueta. Leah cogió las latas con avaricia, deshaciendo el pan con la mano y llevándose un currusco a la boca. Estaba demasiado seco y costaba tragarlo, pero le sentó de maravilla. Luego levantó su tesoro, lo puso sobre la mesa y empezó a preparar la cena.

Recordó que en uno de los cajones había visto un abrelatas. También escogió dos platos, porque por muy hambrientas que estuvieran no iban a comer como animales. Cortó tres rodajas de pan y puso dos en el plato de Alina. Abrió también la primera lata, que resultó estar llena de una carne indefinible, y la volcó en el plato de su hija. Finalmente, devoró su pan mojado en los restos de salsa que quedaban en la lata.

—¿No comes? —dijo cuando terminó. El plato de Alina estaba lleno.

—No… no tengo hambre… —Alina se encogió de hombros.

—Vamos, mi niña, tienes que comer —dijo Leah.

Al final, sentó a su hija en sus rodillas y le dio de comer con paciencia. Valoró la posibilidad de abrir una de las cuatro latas restantes, pero la descartó. Era cierto que si los nazis habían abandonado el campo era porque los soviéticos estaban a las puertas, pero no sabía si tardarían uno, cinco o diez días en llegar. No tendría sentido morir de hambre cuando habían llegado hasta allí.

—Tu padre está a punto de venir a por nosotros —le acarició la cabeza a Alina—. Nos lo prometió, y él siempre cumple sus promesas.

Alina sonrió. Se estaba quedando dormida. Sacando fuerzas de donde no las había, Leah la cogió en brazos y la llevó hasta su cama. Allí, como todas las noches, se durmió abrazada a ella.

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La mujer del César

Un hombre yace a un lado de la calzada. Su toga aún le cubre, pero está deshecha: no le quedan ganas de sostenerla en posición, y tampoco tiene ya fuerza en los brazos. El viento hace que la pieza de tela se doble en pliegues caprichosos. Hace frío. La sangre empapa la hierba y el empedrado, y la vida se le escapa por media docena de puñaladas. Publio Clodio, el gran agitador de Roma, el hombre que hizo temblar los asientos de los senadores, que expulsó a Cicerón y que exaltó a los plebeyos, se muere y lo sabe.

—Adiós, Clodio —le ha dicho el jefe de los asesinos, antes de hundir su cuchillo por última vez en el cuerpo de su víctima.

“Clodio…”, piensa. “Suena tan vulgar…” Pero es lo que quería, ¿no? Que pareciera vulgar. Él, que pertenecía a una de las mayores familias de la república, había renegado de su legado para hacerse adoptar por un plebeyo. Todo por la política, para conseguir el puesto de tribuno e implantar las reformas que le permitieran vengarse. En aquel momento había parecido una buena idea. Soltó una risa que no era más que un estertor. Toda su vida había sido así. Se había movido a impulsos, y así había acabado, moribundo en plena Vía Apia.

Qué poderoso había sido. Durante un glorioso año había gobernado Roma sin oposición. Apoyado por el poder brutal de la plebe y por su cuadrilla de matones, no había habido quien se le resistiera. Los viejos siempre insistían en que la mayor virtud del político era la prudencia. Se había reído: ¿para qué quería él ser prudente? ¡Tenía el poder, y la capacidad para ejercerlo! Pero el poder siempre genera enemigos, y eso lo sabía ahora mejor que nadie.

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Un buen ciudadano

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 16:30.

Emilio Rabadán era buen ciudadano, buen esposo y buen hijo, al menos según su propio criterio. Burgués de buena posición (era comerciante al por mayor de productos agrícolas), cuarentón orondo y madrileño de nacimiento, se había permitido la vanidad de afiliarse al Partido Radical unos años antes de que viniera la república. Por muy poco no había salido diputado, pero aun así seguía la política con gran interés y si le preguntaban sobre cualquier asunto daba una opinión clara y rotunda que coincidía punto por punto con el criterio oficial del partido.

No era extraño, entonces, que en público y en privado Emilio Rabadán se negara a que sus mujeres votaran. “Sus mujeres” en aquel momento eran su esposa y a su madre, ya que Rabadán no tenía hijas y todas sus hermanas estaban casadas. Ante todos sus conocidos afirmaba la autoridad que él tenía sobre ellas. Precisamente así fue como empezó todo.

―¡Que no, hombre, que no! ¿Cómo iba yo a permitir que Isabel, o peor aún, que mi madre votara? Isabel todavía, que gracias a mí tiene algunas ideas progresivas, pero mi madre tiene la cabeza comida por los curas. ¡Nunca le haría eso a la república!

―¿Y no te parece más perjudicial impedirles a tus mujeres que ejerzan un derecho constitucional? ―respondió Rodolfo García. García era un joven zumbón y tocanarices, que estaba abiertamente a favor del sufragio femenino.

―Entiéndeme, ¡yo no estoy en contra de que las mujeres voten! Pero quizás dentro de unos años, cuando se hayan formado más, cuando hayan entendido los beneficios de la república…

―Estás eludiendo mi pregunta ―dijo García, con sorna―. Eso que dices estaba muy bien en el debate de la Constitución, pero ahora la Constitución ya está aprobada y tu mujer y tu madre pueden votar. ¿No es mayor falta de respeto a la república impedírselo? Al fin y al cabo…

―No, no, no, no ―respondió Rabadán―. No confundamos. La autoridad doméstica es la autoridad doméstica. La ley podrá decir misa, pero el derecho del padre es el que es. ¡Y yo sé muy bien cómo mandar en mi casa!

―Siendo como un algodón / nos jura que es como un hueso / y quiere probarnos eso / con que es su cuello almidón… ―dijo una tercera voz desde lo profundo de un sillón de orejas.

Eleuterio Nuño era uno de los miembros más ancianos de aquel grupo de amigos. Había sido poeta en su juventud y aún le quedaban algunas ínfulas de ello: si no podía citar versos propios, como en este caso, los citaba ajenos. Rabadán y García no habían contado con él en la conversación porque estaba haciendo algo que le era muy habitual: dormir. Pero parecía que acababa de despertarse.

Al oír los versos, García soltó una risotada sarcástica y Rabadán enrojeció.

―¡Déjame a Góngora en paz, anda! ¿Qué querías decir con eso?

―Pues que me parece a mí, Emilito, que tú no tienes ninguna autoridad doméstica. No te ofendas, ¿eh? ―dijo el anciano con una sonrisa―, pero creo que el día de las elecciones tu mujer y tu madre van a hacer lo que les salga de las narices. ¡Buenas son ellas!

―¡Pues resulta que no! ¡Aquí mismo os juro que ninguna de mis dos mujeres votará el domingo!

―Querrás decir ninguna de tus tres mujeres ―siguió picando García. Eleuterio sonrió.

―¿Eh?

―Vamos, vamos, Emilio. Aquí todos somos hombres de mundo, ¿no? Y somos tus amigos. No tienes por qué negar la existencia de Paula. ¿Quién no tiene una Paulita por ahí?

―Es cierto, es cierto. ¿Ella va a votar o también se lo vas a impedir? ―dijo Eleuterio.

Rabadán se levantó, rojo de furia y vergüenza.

―¡Dejadme en paz, hombre! Ninguna de las tres votará… ¡como que me llamo Emilio! ―Rabadán apuró su copa, dejó el dinero de la misma en la mesa y salió del café a toda prisa.

Cuando terminaron de reírse, García y Eleuterio se miraron. El joven estaba un poco preocupado.

―Oye, ¿no irá éste a hacer una locura?

―Qué va, hombre. Simplemente se le ha calentado la boca. ¡Qué va a impedir él nada! La Isabel es demasiado para él, siempre lo he dicho.

Y siguieron hablando de otras cosas.

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La batalla de la calle Cable

David trataba de aguantarse las lágrimas, pero no podía. Las palabras de Eileen le habían herido como látigos. Ella, que normalmente era una persona muy dulce, sabía cómo hacer daño cuando se enfadaba. Y la bronca había sido apoteósica.

—No tienes sangre en las venas. ¿No hay nada que te interese o qué? Los chicos de nuestra edad, tus propios compañeros de clase, tienen aficiones, intereses, una ideología política, ¡algo! Tú no. Te limitas a estar ahí, estudiando para conseguir una plaza en alguna escuela de ingeniería… ¡en la cual seguirás estudiando sin levantar la vista del papel! ¿Es esa la vida que me espera si me caso contigo? Pues me niego, ¿lo entiendes? ¡Me niego! —y luego había rebajado el tono y, con dolor y con cariño, había dicho lo peor de todo—. Te quiero mucho, Dave, y eres un chico genial. Sé que serías un buen marido, pero… contigo me aburro, y no me imagino una vida a tu lado. Lo mejor será que dejemos de vernos. Adiós.

¿Qué se dice contra eso? ¿Qué se argumenta cuando la chica a la que amas te dice que le aburres? Alguien con más ímpetu, se decía David, la habría estrechado entre sus brazos, la habría besado en la boca como en los galanes de las películas y se la habría llevado en su barco a recorrer mundo. Pero él no tenía un barco. Ni siquiera era mayor de edad; sólo un chico tímido que no tenía todavía edad suficiente para enrolarse en el ejército, labrar su fortuna o realizar ninguna heroicidad.

Así que se había quedado ahí plantado, en el parque, mientras ella se le escapaba. Y luego había empezado a caminar por Londres, cada vez más rápido y lleno de furia hacia sí mismo. Si tan sólo pudiera ser tan valiente como lo eran su hermano o alguno de sus amigos… pero a él le asustaban hasta las peleas callejeras. Nunca se había metido en ninguna; siempre huía. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a obrar de otro modo? ¿Qué sentido tenía jugarse así la piel?

Estaba a punto de echar a correr cuando una mano le agarró del brazo y le arrastró hacia el interior de un local. Era un pub de obreros, lleno de humo.

—¡Tú no te me escapas, chaval! —dijo una voz ronca que conocía muy bien. Era John, uno de sus amigos, un chico algo más mayor que él que siempre estaba de taberna en taberna y de mitin en mitin. Normalmente le gustaba su compañía, pero hoy…

—Escucha, John, ahora no me apetece. Mejor nos vemos otro día, ¿eh? —dijo, intentando zafarse. Pero su amigo le arrastraba hacia la barra con mano de hierro. El local estaba lleno, pero John se abría paso con los codos.

—¡Matt, ponme otra, y una más para mi amigo! —el camarero, un ser gigantesco que respondía al estereotipo de escocés borracho, asintió y sirvió dos pintas de cerveza mala. Se las dejó en la barra con un golpe.

—John, escucha, gracias por la cerveza, pero… —ésa era otra. Contra personalidades tan fuertes como la de John, David siempre sentía que se hacía más pequeño. Su amigo era simpático, pero siempre acababa pasándole por encima.

—¡Bebe, bebe, lo vamos a necesitar! Te he visto venir y he decidido cogerte por el brazo. Con nosotros estarás seguro. ¿Verdad, compañeros?

La última frase la dijo gritando, y los clientes del bar rugieron, aunque no podían haber escuchado el resto del diálogo.

—Pero ¿qué sucede? ¿Qué pasa hoy?

John le miró como se miraría a una nueva especie.

—Pero hombre, ¿no lo recuerdas? Si Londres está lleno de carteles, al menos los que no hemos podido arrancar —dijo con una sonrisa salvaje—. ¡Hoy es la marcha de los fascistas! O lo será si no se lo impedimos. ¡No pasarán!

Nuevo rugido.

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Marie

       El coche llegó a la granja de los Fontaine cuando ya hacía varias horas que había anochecido. Lo escucharon acercarse, con el sonido del motor cada vez más fuerte. Regine cerró los ojos y sus labios se movieron en una rápida oración, que se cortó cuando el ruido paró abruptamente en el patio delantero. Luego oyeron cómo se abrían y cerraban las portezuelas del automóvil y, finalmente, varios golpes en la puerta. Pierre tragó saliva y se dirigió a la entrada. Una nueva lluvia de golpes, ésta más rápida. Pierre abrió la puerta.

     Los alemanes entraron en la habitación. Eran tres: un oficial, un soldado y un tipo vestido de civil que llevaba una carpeta. Mirándolo mejor, este último no parecía alemán sino francés. El oficial miró por encima a los miembros de la familia y le preguntó al funcionario:

       —¿Están todos? —hablaba en un francés correcto pero con un fuerte acento.

     —Familia Fontaine, cuatro miembros —dijo el civil mientras rebuscaba entre sus papeles. Claramente era francés, y de la región—. Pierre, cuarenta y siete años; Regina, cuarenta y dos; Claire, veinte; Emile, quince.

     —¿Son ustedes? —gruñó el oficial. Pierre asintió—. ¿No hay más familiares? ¿Nadie más en la casa?

       —Había una anciana, la madre de Regina, que murió el año pasado. Además tienen dos hijos mayores, que ahora mismo están enrolados en el ejército —el civil acercó la hoja a la lamparita que proporcionaba luz a la estancia—. Para suplir su falta, trabaja con ellos un mozo, un tal Michel, pero no vive aquí sino en el pueblo, en casa de su madre.

      —Bien. Escúchenme atentamente: hace unas horas, cuando estaba oscureciendo, se ha oído por esta zona el ruido de un avión. Como saben, algunos traidores han estado operando escondidos por aquí, tratando de detener al ejército del Reich. Creemos que el avión les lanzaba suministros o apoyo de algún tipo. ¿Han visto ustedes algo?

       —No… no, en absoluto. Hemos estado toda la tarde en la casa —dijo Pierre.

       —Yo creo que oí el avión, herr oficial —dijo Regina, solícita—. Fue hacia las nueve de la noche, ¿verdad? Pero pasó muy rápido y no oí nada más.

       El oficial les escrutó a todos con cara inquisitiva, pero no parecía con ganas de realizar un interrogatorio formal. Estaba claro que quería estar en cualquier lugar salvo allí, haciendo una investigación entre paletos franceses. Volvió a hablar:

       —Muy bien. Si durante los próximos días ven u oyen algo sospechoso, informen de ello a la mayor brevedad. Les comunico que la pena por ayudar a los traidores es la muerte. Buenas noches.

       Y, tan rápido como había venido, el coche se alejó rumbo a la siguiente granja. Los Fontaine volvieron a sentarse, en silencio. Tres de ellos estaban muy preocupados: aquello no podía traer más que problemas. Pierre y Regina se miraban con miedo. De sus cinco hijos, el mayor había muerto a principios de la guerra, en el desastre del río Mosa. Pobre Pierre, con lo gallardo que estaba con su uniforme de artillero. No querían perder a los demás. Claire, por su parte, había escuchado demasiadas cosas acerca de lo que habían hecho los nazis en tal o cual pueblo lejano.

       Emile, por el contrario, estaba exultante. Porque pocas horas atrás, cuando había ido a echarle una ojeada a las vacas porque los cencerros habían repicado con una fuerza extraña (un incidente tan banal que nadie de su familia lo había recordado durante el interrogatorio) se había encontrado con un ángel. El ángel se llamaba Marie, había venido en el avión y le había encomendado una misión divina: que nadie supiera que estaba en aquel lugar.

       Y de momento la estaba cumpliendo con toda fidelidad.

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