Tres días en Auschwitz

Primer día

El presente

Los soldados se marcharon entre ruido y furia. Con ellos iban miles de prisioneros, todos aquellos que podían andar y que no habían sido lo bastante inteligentes como para esconderse. Leah lo había comprendido desde que empezó la evacuación y, como siempre habían dicho de ella que era muy astuta, cogió a Alina y se escondió con ella en el baño. Se metieron en un cubículo y dejaron que los últimos SS registraran el pabellón psiquiátrico.

—No debes llorar —le dijo a Alina—. Es muy importante. Tenemos que esperar aquí. Tu padre prometió que volvería a buscarnos.

La niña asintió, llorosa, y Leah sintió que a ella misma se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Había sido un bebé tan bonito! Y ahora, cualquiera que no fuera su madre apartaría la vista con asco. Sus mofletes habían desaparecido, consumidos por la mala alimentación. El pelo rubio, que había hecho en su momento que el oficial de las SS dudara en enviarla al campo, era ahora quebradizo y frágil. La actitud, antes vivaracha y ahora pasiva. Y la suciedad, por todas partes…

Leah y Alina pasaron horas sentadas en aquel retrete, con los pies levantados para que nadie pudiera descubrirlas con una ojeada casual al suelo. Después de las últimas inspecciones nadie se había acercado a los sanitarios, pero toda precaución era poca. Progresivamente los ruidos se fueron apagando. Sin embargo, aún tardaron varias horas en salir, presas del miedo: no sería la primera vez que los psiquiatras del centro preparaban un engaño para ver cómo reaccionaba Leah. Sólo cuando vieron que anochecía, Leah se dio cuenta de que llevaban sin comer desde el desayuno. El campo estaba más silencioso que nunca.

Leah abrió la puerta del cubículo y salió del baño, con su hija de la mano. El pabellón psiquiátrico era una enorme sala con veinte camas puestas en dos filas, en torno a un pasillo central. Estaba, como siempre, casi vacío. Solo había una cama ocupada: la paciente, una vieja húngara a la que todo el mundo llamaba Gritos, estaba dormida. Era normal que no se la hubieran llevado: apenas podía caminar, y cuando estaba despierta no dejaba de dar alaridos, por lo que la mantenían sedada la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, había diferencias con un día de diario. La luz estaba apagada, la portezuela de malla que separaba la zona de las enfermeras estaba abierta y la mesa de guardia estaba vacía. Leah parpadeó. No recordaba haber visto aquella mesa vacía desde que le habían trasladado al pabellón, cinco meses atrás. Su miedo a que todo fuera una trampa empezó a diluirse. Cojeando (se había herido en un pie una semana antes) se dirigió hacia la malla y pasó a la zona de las enfermeras.

No tardó en encontrar la cocina. Para su desesperación, estaba vacía: los armarios abiertos parecían burlarse de ella. ¡No! No podían habérselo llevado todo. Sentó a Alina en una de las sillas de la gran mesa central y se puso a registrar concienzudamente la estancia. Era enorme: ¡seguro que no la habían vaciado por completo! Frenética, abrió todos los cajones que encontró y tanteó el fondo de los armarios. En un momento dado le pareció notar un abultamiento en el linóleo y clavó las uñas buscando el doble fondo. Sólo cuando éstas se le rompieron admitió que era un simple defecto de instalación.

Al final lo encontró. En una despensa en forma de L, se habían olvidado de registrar bien la parte que quedaba fuera de la vista. Había media barra de pan duro y cinco latas de conserva sin etiqueta. Leah cogió las latas con avaricia, deshaciendo el pan con la mano y llevándose un currusco a la boca. Estaba demasiado seco y costaba tragarlo, pero le sentó de maravilla. Luego levantó su tesoro, lo puso sobre la mesa y empezó a preparar la cena.

Recordó que en uno de los cajones había visto un abrelatas. También escogió dos platos, porque por muy hambrientas que estuvieran no iban a comer como animales. Cortó tres rodajas de pan y puso dos en el plato de Alina. Abrió también la primera lata, que resultó estar llena de una carne indefinible, y la volcó en el plato de su hija. Finalmente, devoró su pan mojado en los restos de salsa que quedaban en la lata.

—¿No comes? —dijo cuando terminó. El plato de Alina estaba lleno.

—No… no tengo hambre… —Alina se encogió de hombros.

—Vamos, mi niña, tienes que comer —dijo Leah.

Al final, sentó a su hija en sus rodillas y le dio de comer con paciencia. Valoró la posibilidad de abrir una de las cuatro latas restantes, pero la descartó. Era cierto que si los nazis habían abandonado el campo era porque los soviéticos estaban a las puertas, pero no sabía si tardarían uno, cinco o diez días en llegar. No tendría sentido morir de hambre cuando habían llegado hasta allí.

—Tu padre está a punto de venir a por nosotros —le acarició la cabeza a Alina—. Nos lo prometió, y él siempre cumple sus promesas.

Alina sonrió. Se estaba quedando dormida. Sacando fuerzas de donde no las había, Leah la cogió en brazos y la llevó hasta su cama. Allí, como todas las noches, se durmió abrazada a ella.

Leer más “Tres días en Auschwitz”

La mujer del César

Un hombre yace a un lado de la calzada. Su toga aún le cubre, pero está deshecha: no le quedan ganas de sostenerla en posición, y tampoco tiene ya fuerza en los brazos. El viento hace que la pieza de tela se doble en pliegues caprichosos. Hace frío. La sangre empapa la hierba y el empedrado, y la vida se le escapa por media docena de puñaladas. Publio Clodio, el gran agitador de Roma, el hombre que hizo temblar los asientos de los senadores, que expulsó a Cicerón y que exaltó a los plebeyos, se muere y lo sabe.

—Adiós, Clodio —le ha dicho el jefe de los asesinos, antes de hundir su cuchillo por última vez en el cuerpo de su víctima.

“Clodio…”, piensa. “Suena tan vulgar…” Pero es lo que quería, ¿no? Que pareciera vulgar. Él, que pertenecía a una de las mayores familias de la república, había renegado de su legado para hacerse adoptar por un plebeyo. Todo por la política, para conseguir el puesto de tribuno e implantar las reformas que le permitieran vengarse. En aquel momento había parecido una buena idea. Soltó una risa que no era más que un estertor. Toda su vida había sido así. Se había movido a impulsos, y así había acabado, moribundo en plena Vía Apia.

Qué poderoso había sido. Durante un glorioso año había gobernado Roma sin oposición. Apoyado por el poder brutal de la plebe y por su cuadrilla de matones, no había habido quien se le resistiera. Los viejos siempre insistían en que la mayor virtud del político era la prudencia. Se había reído: ¿para qué quería él ser prudente? ¡Tenía el poder, y la capacidad para ejercerlo! Pero el poder siempre genera enemigos, y eso lo sabía ahora mejor que nadie.

Leer más “La mujer del César”

Un buen ciudadano

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 16:30.

Emilio Rabadán era buen ciudadano, buen esposo y buen hijo, al menos según su propio criterio. Burgués de buena posición (era comerciante al por mayor de productos agrícolas), cuarentón orondo y madrileño de nacimiento, se había permitido la vanidad de afiliarse al Partido Radical unos años antes de que viniera la república. Por muy poco no había salido diputado, pero aun así seguía la política con gran interés y si le preguntaban sobre cualquier asunto daba una opinión clara y rotunda que coincidía punto por punto con el criterio oficial del partido.

No era extraño, entonces, que en público y en privado Emilio Rabadán se negara a que sus mujeres votaran. “Sus mujeres” en aquel momento eran su esposa y a su madre, ya que Rabadán no tenía hijas y todas sus hermanas estaban casadas. Ante todos sus conocidos afirmaba la autoridad que él tenía sobre ellas. Precisamente así fue como empezó todo.

―¡Que no, hombre, que no! ¿Cómo iba yo a permitir que Isabel, o peor aún, que mi madre votara? Isabel todavía, que gracias a mí tiene algunas ideas progresivas, pero mi madre tiene la cabeza comida por los curas. ¡Nunca le haría eso a la república!

―¿Y no te parece más perjudicial impedirles a tus mujeres que ejerzan un derecho constitucional? ―respondió Rodolfo García. García era un joven zumbón y tocanarices, que estaba abiertamente a favor del sufragio femenino.

―Entiéndeme, ¡yo no estoy en contra de que las mujeres voten! Pero quizás dentro de unos años, cuando se hayan formado más, cuando hayan entendido los beneficios de la república…

―Estás eludiendo mi pregunta ―dijo García, con sorna―. Eso que dices estaba muy bien en el debate de la Constitución, pero ahora la Constitución ya está aprobada y tu mujer y tu madre pueden votar. ¿No es mayor falta de respeto a la república impedírselo? Al fin y al cabo…

―No, no, no, no ―respondió Rabadán―. No confundamos. La autoridad doméstica es la autoridad doméstica. La ley podrá decir misa, pero el derecho del padre es el que es. ¡Y yo sé muy bien cómo mandar en mi casa!

―Siendo como un algodón / nos jura que es como un hueso / y quiere probarnos eso / con que es su cuello almidón… ―dijo una tercera voz desde lo profundo de un sillón de orejas.

Eleuterio Nuño era uno de los miembros más ancianos de aquel grupo de amigos. Había sido poeta en su juventud y aún le quedaban algunas ínfulas de ello: si no podía citar versos propios, como en este caso, los citaba ajenos. Rabadán y García no habían contado con él en la conversación porque estaba haciendo algo que le era muy habitual: dormir. Pero parecía que acababa de despertarse.

Al oír los versos, García soltó una risotada sarcástica y Rabadán enrojeció.

―¡Déjame a Góngora en paz, anda! ¿Qué querías decir con eso?

―Pues que me parece a mí, Emilito, que tú no tienes ninguna autoridad doméstica. No te ofendas, ¿eh? ―dijo el anciano con una sonrisa―, pero creo que el día de las elecciones tu mujer y tu madre van a hacer lo que les salga de las narices. ¡Buenas son ellas!

―¡Pues resulta que no! ¡Aquí mismo os juro que ninguna de mis dos mujeres votará el domingo!

―Querrás decir ninguna de tus tres mujeres ―siguió picando García. Eleuterio sonrió.

―¿Eh?

―Vamos, vamos, Emilio. Aquí todos somos hombres de mundo, ¿no? Y somos tus amigos. No tienes por qué negar la existencia de Paula. ¿Quién no tiene una Paulita por ahí?

―Es cierto, es cierto. ¿Ella va a votar o también se lo vas a impedir? ―dijo Eleuterio.

Rabadán se levantó, rojo de furia y vergüenza.

―¡Dejadme en paz, hombre! Ninguna de las tres votará… ¡como que me llamo Emilio! ―Rabadán apuró su copa, dejó el dinero de la misma en la mesa y salió del café a toda prisa.

Cuando terminaron de reírse, García y Eleuterio se miraron. El joven estaba un poco preocupado.

―Oye, ¿no irá éste a hacer una locura?

―Qué va, hombre. Simplemente se le ha calentado la boca. ¡Qué va a impedir él nada! La Isabel es demasiado para él, siempre lo he dicho.

Y siguieron hablando de otras cosas.

Leer más “Un buen ciudadano”

La batalla de la calle Cable

David trataba de aguantarse las lágrimas, pero no podía. Las palabras de Eileen le habían herido como látigos. Ella, que normalmente era una persona muy dulce, sabía cómo hacer daño cuando se enfadaba. Y la bronca había sido apoteósica.

—No tienes sangre en las venas. ¿No hay nada que te interese o qué? Los chicos de nuestra edad, tus propios compañeros de clase, tienen aficiones, intereses, una ideología política, ¡algo! Tú no. Te limitas a estar ahí, estudiando para conseguir una plaza en alguna escuela de ingeniería… ¡en la cual seguirás estudiando sin levantar la vista del papel! ¿Es esa la vida que me espera si me caso contigo? Pues me niego, ¿lo entiendes? ¡Me niego! —y luego había rebajado el tono y, con dolor y con cariño, había dicho lo peor de todo—. Te quiero mucho, Dave, y eres un chico genial. Sé que serías un buen marido, pero… contigo me aburro, y no me imagino una vida a tu lado. Lo mejor será que dejemos de vernos. Adiós.

¿Qué se dice contra eso? ¿Qué se argumenta cuando la chica a la que amas te dice que le aburres? Alguien con más ímpetu, se decía David, la habría estrechado entre sus brazos, la habría besado en la boca como en los galanes de las películas y se la habría llevado en su barco a recorrer mundo. Pero él no tenía un barco. Ni siquiera era mayor de edad; sólo un chico tímido que no tenía todavía edad suficiente para enrolarse en el ejército, labrar su fortuna o realizar ninguna heroicidad.

Así que se había quedado ahí plantado, en el parque, mientras ella se le escapaba. Y luego había empezado a caminar por Londres, cada vez más rápido y lleno de furia hacia sí mismo. Si tan sólo pudiera ser tan valiente como lo eran su hermano o alguno de sus amigos… pero a él le asustaban hasta las peleas callejeras. Nunca se había metido en ninguna; siempre huía. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a obrar de otro modo? ¿Qué sentido tenía jugarse así la piel?

Estaba a punto de echar a correr cuando una mano le agarró del brazo y le arrastró hacia el interior de un local. Era un pub de obreros, lleno de humo.

—¡Tú no te me escapas, chaval! —dijo una voz ronca que conocía muy bien. Era John, uno de sus amigos, un chico algo más mayor que él que siempre estaba de taberna en taberna y de mitin en mitin. Normalmente le gustaba su compañía, pero hoy…

—Escucha, John, ahora no me apetece. Mejor nos vemos otro día, ¿eh? —dijo, intentando zafarse. Pero su amigo le arrastraba hacia la barra con mano de hierro. El local estaba lleno, pero John se abría paso con los codos.

—¡Matt, ponme otra, y una más para mi amigo! —el camarero, un ser gigantesco que respondía al estereotipo de escocés borracho, asintió y sirvió dos pintas de cerveza mala. Se las dejó en la barra con un golpe.

—John, escucha, gracias por la cerveza, pero… —ésa era otra. Contra personalidades tan fuertes como la de John, David siempre sentía que se hacía más pequeño. Su amigo era simpático, pero siempre acababa pasándole por encima.

—¡Bebe, bebe, lo vamos a necesitar! Te he visto venir y he decidido cogerte por el brazo. Con nosotros estarás seguro. ¿Verdad, compañeros?

La última frase la dijo gritando, y los clientes del bar rugieron, aunque no podían haber escuchado el resto del diálogo.

—Pero ¿qué sucede? ¿Qué pasa hoy?

John le miró como se miraría a una nueva especie.

—Pero hombre, ¿no lo recuerdas? Si Londres está lleno de carteles, al menos los que no hemos podido arrancar —dijo con una sonrisa salvaje—. ¡Hoy es la marcha de los fascistas! O lo será si no se lo impedimos. ¡No pasarán!

Nuevo rugido.

Leer más “La batalla de la calle Cable”

Marie

       El coche llegó a la granja de los Fontaine cuando ya hacía varias horas que había anochecido. Lo escucharon acercarse, con el sonido del motor cada vez más fuerte. Regine cerró los ojos y sus labios se movieron en una rápida oración, que se cortó cuando el ruido paró abruptamente en el patio delantero. Luego oyeron cómo se abrían y cerraban las portezuelas del automóvil y, finalmente, varios golpes en la puerta. Pierre tragó saliva y se dirigió a la entrada. Una nueva lluvia de golpes, ésta más rápida. Pierre abrió la puerta.

     Los alemanes entraron en la habitación. Eran tres: un oficial, un soldado y un tipo vestido de civil que llevaba una carpeta. Mirándolo mejor, este último no parecía alemán sino francés. El oficial miró por encima a los miembros de la familia y le preguntó al funcionario:

       —¿Están todos? —hablaba en un francés correcto pero con un fuerte acento.

     —Familia Fontaine, cuatro miembros —dijo el civil mientras rebuscaba entre sus papeles. Claramente era francés, y de la región—. Pierre, cuarenta y siete años; Regina, cuarenta y dos; Claire, veinte; Emile, quince.

     —¿Son ustedes? —gruñó el oficial. Pierre asintió—. ¿No hay más familiares? ¿Nadie más en la casa?

       —Había una anciana, la madre de Regina, que murió el año pasado. Además tienen dos hijos mayores, que ahora mismo están enrolados en el ejército —el civil acercó la hoja a la lamparita que proporcionaba luz a la estancia—. Para suplir su falta, trabaja con ellos un mozo, un tal Michel, pero no vive aquí sino en el pueblo, en casa de su madre.

      —Bien. Escúchenme atentamente: hace unas horas, cuando estaba oscureciendo, se ha oído por esta zona el ruido de un avión. Como saben, algunos traidores han estado operando escondidos por aquí, tratando de detener al ejército del Reich. Creemos que el avión les lanzaba suministros o apoyo de algún tipo. ¿Han visto ustedes algo?

       —No… no, en absoluto. Hemos estado toda la tarde en la casa —dijo Pierre.

       —Yo creo que oí el avión, herr oficial —dijo Regina, solícita—. Fue hacia las nueve de la noche, ¿verdad? Pero pasó muy rápido y no oí nada más.

       El oficial les escrutó a todos con cara inquisitiva, pero no parecía con ganas de realizar un interrogatorio formal. Estaba claro que quería estar en cualquier lugar salvo allí, haciendo una investigación entre paletos franceses. Volvió a hablar:

       —Muy bien. Si durante los próximos días ven u oyen algo sospechoso, informen de ello a la mayor brevedad. Les comunico que la pena por ayudar a los traidores es la muerte. Buenas noches.

       Y, tan rápido como había venido, el coche se alejó rumbo a la siguiente granja. Los Fontaine volvieron a sentarse, en silencio. Tres de ellos estaban muy preocupados: aquello no podía traer más que problemas. Pierre y Regina se miraban con miedo. De sus cinco hijos, el mayor había muerto a principios de la guerra, en el desastre del río Mosa. Pobre Pierre, con lo gallardo que estaba con su uniforme de artillero. No querían perder a los demás. Claire, por su parte, había escuchado demasiadas cosas acerca de lo que habían hecho los nazis en tal o cual pueblo lejano.

       Emile, por el contrario, estaba exultante. Porque pocas horas atrás, cuando había ido a echarle una ojeada a las vacas porque los cencerros habían repicado con una fuerza extraña (un incidente tan banal que nadie de su familia lo había recordado durante el interrogatorio) se había encontrado con un ángel. El ángel se llamaba Marie, había venido en el avión y le había encomendado una misión divina: que nadie supiera que estaba en aquel lugar.

       Y de momento la estaba cumpliendo con toda fidelidad.

Leer más “Marie”

Los que se quedaron

       Un hombre baja de un barco. No es un anciano, pero camina como si lo fuera. Encorvado, triste, vencido. Baja al puerto sintiendo que la vida le ha derrotado y que ya nada tiene que esperar de ella. Dentro de dos años estará muerto. Por supuesto, eso él no puede saberlo, pero aunque lo supiera no le importaría. Ha fracasado por completo en todo lo que le encargaron, lo cual quiere decir que todos los sacrificios que ha tenido que hacer no han servido de nada. Se siente como si le hubieran segado la hierba debajo de los pies.

       La multitud que desciende detrás de su capitán está dividida en dos grupos. La tripulación, compuesta íntegramente por japoneses, está feliz. ¡Siete años fuera! Siete años alejados de sus familias y de su patria, navegando por mares extraños y residiendo en tierras de bárbaros. Es demasiado tiempo para cualquiera.

       Los señores, por el contrario, no muestran signos de alegría. Entre ellos hay japoneses y europeos, y todos tienen en común ser católicos. Los europeos son sacerdotes y misioneros; los japoneses, conversos que han tenido que ingresar en la Iglesia para poder tratar con el papa y con el rey castellano. Pero ahora todos han vuelto a suelo japonés, y allí su religión no es bienvenida.

       El hombre deprimido se acerca a las dos únicas personas que esperan su barco en la dársena. Dos samuráis. Les conoce, son hombres del shogun. Son jóvenes; cuando él partió ninguno de los dos era todavía un guerrero ni se habría atrevido a levantarle la voz. Ahora ambos le miran con descaro.

       —Hasekura-san —dice uno de ellos. El hombre abatido asiente.

       —Tiene usted que venir con nosotros —dice el otro—. Por supuesto, siempre que su nueva fe no le obligue a hacer ningún rito que le retenga en el puerto…

       Hasekura cierra los ojos. La primera puya. Habrá más, lo sabe. Pero estaba en un callejón sin salida: o se convertía al catolicismo o los grandes gobernantes a los que le habían mandado visitar ni siquiera le recibirían. Había sacrificado todo lo que era él para conseguir aquel tratado comercial… sólo para enterarse a la mitad del viaje de que el shogun había empezado a perseguir a los cristianos. Después de aquello, el acuerdo con el rey castellano fue imposible.

       Y ahora aquí está él, con su nombre a la española y su bautismo indeleble. Y nadie va a entenderlo. Nadie va a entender el sacrificio que ha hecho. En fin, será mejor terminar cuanto antes.

       —Vamos —dice, y comienza a andar. Los samuráis le escoltan. No hacen algo tan burdo como llevarle prisionero. Tanto él como ellos saben que no se va a escapar.

       Se esperaba algo así. Todos sabían lo que iba a pasar cuando se embarcaron en el viaje de vuelta. Por eso algunos no lo habían hecho. Unos cuantos de los expedicionarios (comerciantes, servidores e incluso algún samurái) se habían quedado en Castilla, en aquel pueblecito llamado Coria del Río donde tanto tiempo habían vivido. Pero él no había podido. Su honor le obligaba a regresar a Japón.

       Ojalá hubiera podido unirse a ellos. Ojalá hubiera podido escapar de la persecución religiosa.

Leer más “Los que se quedaron”

Muerte de un obrero

Matías era socialista. ¿Cómo no serlo? Era impresor, y los impresores  siempre han sido gente de ideas avanzadas. También era obrero, con lo que dichas ideas calaban en su mente con más facilidad que si tuviera el pan asegurado. Él tenía que ganarse el jornal día tras día y depender de lo que el jefe de la imprenta tuviera a bien pagarle. Los ideales revolucionarios fructificaban allí que daba gusto.

Le gustaba definirse como un hombre formado. Leía y escribía de corrido, y había tenido acceso a las principales obras del socialismo científico, del anarquismo y de lo que desdeñosamente se conocía como socialismo utópico. Había aprendido de los mejores. Cuando Paul Lafargue (¡el mismísimo yerno de Karl Marx!) había estado en España, Matías le había alojado durante varias noches. Incluso había estado en aquella reunión semiclandestina donde habían acordado fundar un nuevo partido para representar a todo el movimiento obrero.

No todo habían sido triunfos. De hecho, ahora que tenía tiempo para pensar (estaba atado en una silla, sin nada que hacer para evadir el hambre), llegaba a la desalentadora conclusión de que no había habido un solo triunfo. Había viajado a la Comuna de París, había estado en el cantón de Cartagena, había fundado periódicos y escrito artículos bajo pseudónimo, había movilizado huelgas. Y ¿qué había conseguido? La bala de un policía francés alojada de forma permanente en su costado y una serie de estancias en la cárcel que, sumadas, superaban los tres años.

La puntilla había sido lo del perro. El maldito perro Paco.

—¡Es que es inaudito! —decía Matías a partir del tercer vino—. Un perro entra en un café para mendigar la cena, le cae en gracia a un noble y de repente tiene acceso franco a todos los sitios elegantes de Madrid y a la plaza de toros. Le dan gratis de comer y nunca le falta un lugar caliente y cómodo para dormir. ¡Gracias a que un noble le acaricia la cabeza, ese perro tiene más derechos que nueve décimas partes de la población española! ¡Si faltará nada más que le hagan salir diputado!

Matías solía pronunciar sus discursos en la sede de El obrero, el periódico semiclandestino que dirigía. Allí recibía los elogios de una pequeña multitud formada por sus compañeros de trabajo, sus correligionarios y sus amigos. Todos ellos alababan el pico de oro que tenía Matías y lo acertadas que eran sus ideas. Todos salvo uno.

Leer más “Muerte de un obrero”