Muerte de un obrero

Matías era socialista. ¿Cómo no serlo? Era impresor, y los impresores  siempre han sido gente de ideas avanzadas. También era obrero, con lo que dichas ideas calaban en su mente con más facilidad que si tuviera el pan asegurado. Él tenía que ganarse el jornal día tras día y depender de lo que el jefe de la imprenta tuviera a bien pagarle. Los ideales revolucionarios fructificaban allí que daba gusto.

Le gustaba definirse como un hombre formado. Leía y escribía de corrido, y había tenido acceso a las principales obras del socialismo científico, del anarquismo y de lo que desdeñosamente se conocía como socialismo utópico. Había aprendido de los mejores. Cuando Paul Lafargue (¡el mismísimo yerno de Karl Marx!) había estado en España, Matías le había alojado durante varias noches. Incluso había estado en aquella reunión semiclandestina donde habían acordado fundar un nuevo partido para representar a todo el movimiento obrero.

No todo habían sido triunfos. De hecho, ahora que tenía tiempo para pensar (estaba atado en una silla, sin nada que hacer para evadir el hambre), llegaba a la desalentadora conclusión de que no había habido un solo triunfo. Había viajado a la Comuna de París, había estado en el cantón de Cartagena, había fundado periódicos y escrito artículos bajo pseudónimo, había movilizado huelgas. Y ¿qué había conseguido? La bala de un policía francés alojada de forma permanente en su costado y una serie de estancias en la cárcel que, sumadas, superaban los tres años.

La puntilla había sido lo del perro. El maldito perro Paco.

—¡Es que es inaudito! —decía Matías a partir del tercer vino—. Un perro entra en un café para mendigar la cena, le cae en gracia a un noble y de repente tiene acceso franco a todos los sitios elegantes de Madrid y a la plaza de toros. Le dan gratis de comer y nunca le falta un lugar caliente y cómodo para dormir. ¡Gracias a que un noble le acaricia la cabeza, ese perro tiene más derechos que nueve décimas partes de la población española! ¡Si faltará nada más que le hagan salir diputado!

Matías solía pronunciar sus discursos en la sede de El obrero, el periódico semiclandestino que dirigía. Allí recibía los elogios de una pequeña multitud formada por sus compañeros de trabajo, sus correligionarios y sus amigos. Todos ellos alababan el pico de oro que tenía Matías y lo acertadas que eran sus ideas. Todos salvo uno.

 

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Germán no era socialista. Había nacido en la misma calle que Matías, pero su familia había ascendido en la vida. Gracias a una herencia de un tío de América, su padre había podido poner una tienda de telas que servía a los barrios ricos de Madrid. El negocio era próspero y, aunque no se ganaban millonadas, Germán vivía bien. Era el heredero, así que su trabajo consistía sobre todo en atender a las clientas.

La amistad entre Germán y Matías no era de las más íntimas. Como Germán siempre decía, “puedo prestarle dinero pero nunca sería su padrino en un duelo”. Lo primero lo hacía con frecuencia, cada vez que multaban a El obrero por sus contenidos. Lo segundo era imposible, porque Matías se preciaba de no ser un caballero. Si alguna de las personas ofendidas por sus artículos le retaba formalmente, se limitaría a reírse de él.

Dentro de la redacción de El obrero, Germán era un bicho raro. Entre tanto periodista de baja estofa y tanto trabajador con las manos manchadas de tinta y los brazos llenos de heridas de las máquinas, él aparecía siempre vestido de forma impecable, como si viniera de una fiesta de gala. Sabía que Matías toleraba su presencia allí no tanto por amistad como por la cuenta que le traía estar a bien con él.

Germán, por su parte, tenía dos razones para ir por la redacción con frecuencia: la primera, que le gustaba el contacto con el pueblo. Nada le deleitaba más que salirse del rígido convencionalismo burgués de su familia y palpar la espontaneidad popular. Si había en Madrid un corrillo callejero donde se debatiera cualquier asunto (política, toros, lo caro que estaba todo), Germán estaba en medio. Disfrutaba de aquel español mal hablado y de aquellas opiniones ingenuas pero sinceras. Y en la redacción de El obrero había todo eso y más.

La segunda razón era menos confesable. Germán era miembro del Partido Liberal Fusionista, que en aquella época gobernaba España. Tenía un encargo: pulsar el estado de opinión de los socialistas madrileños y contárselo luego a sus jefes del partido. Gracias a eso podían prevenirse huelgas y atajarse levantamientos. Por eso se hallaba allí el 10 de mayo de 1882, y por eso acabó complicándose en el asunto de la huelga de hambre de Matias.

Empezó, como empezaban todas las cosas en las que estaba envuelvo Matías, con un discurso. Al director de El obrero le gustaba demasiado hablar en público.

—¡Amigos míos! —gritó, subido a una mesa—. ¡Esto no puede consentirse más! El Gobierno liberal dice que estemos tranquilos, que nos traerá las leyes laborales, la jornada de ocho horas y el sufragio universal. ¿Y nosotros seremos tan idiotas de creérnoslo? —murmullos de asentimiento—. ¡Es todo mentira! Simplemente se dedican a administrar el orden para la burguesía. ¡Así lo hace Sagasta, así lo hizo Cánovas y así lo han hecho todos desde el principio de los tiempos!

Germán, en una esquina, miraba con ironía a la pequeña multitud de obreros que aplaudía. Matías tenía una voz rasposa que no parecía la más apropiada para dar discursos pero que de alguna manera funcionaba. El auditorio estaba enardecido.

—¡Tenemos que hacer la revolución! —gritos desaforados—. Pero ello es imposible ahora mismo. No tenemos fuerza. ¡La clase trabajadora está alienada! ¡La nobleza, el clero y los terratenientes impiden cualquier progreso! ¿Sabéis cuál es el problema? ¿Lo sabéis? ¡Que nos controlan como quieren! ¡Los toros, la política parlamentaria, los cotilleos sobre líos de faldas! ¡Y ahora, como guinda, la historia del perro! Repetid conmigo, amigos: ¡el perro Paco es alienación!

La asamblea repitió las palabras del líder. Germán no pudo evitar una sonrisilla de suficiencia ante lo absurdo del lema.

—Qué ridículo. ¡Las clases obreras de todo Madrid siguiendo las andanzas de un perro! Que si come en Fornos, que si duerme en las cocheras de Fuencarral, que si va a los toros… ¡y mientras tanto, miles de madrileños pasando hambre! ¡Aguantado la miseria, el paro, al casero, al patrón, al policía! ¿Es o no es para volverse loco?

Más asentimientos y más murmullos.

—¡Pero eso ya se ha terminado! ¿Me oís? ¡Si no nos levantamos harán con nosotros lo que quieran! Pero ahora no podemos levantarnos porque no estamos organizados. ¡La mayoría ni siquiera saben que están oprimidos! —señaló a la puerta del local, como si quisiera abarcar todo Madrid—. Pero eso va a cambiar. ¡Cuando salga de aquí, iré a mi casa y me declararé en huelga de hambre! No comeré nada, sólo beberé, hasta que la clase trabajadora de Madrid reaccione. ¡Llegaré hasta el final!

Murmullos de asombro. Germán miró a su amigo como si estuviera loco. Pero Matías atacaba ya el final del discurso.

—¡Desfalleceré si hace falta! Que El obrero lo anuncie todos los días. ¡No comeré hasta que no se garantice a todo Madrid las mismas condiciones de vida que tiene el perro Paco: comida, techo y seguridad! La clase obrera tiene que levantarse. Mi huelga sacudirá la falsa conciencia y mostrará a los trabajadores de esta ciudad lo absurdo de su comportamiento. ¡No puede ser que un perro, un animal servil, tenga las mismas condiciones que un ser humano! Bueno, que un rico, porque ¡muchos obreros viven como perros!

Grandes aplausos.

 

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Fue Germán el culpable de que la huelga de hambre de Matías se convirtiera en un entretenimiento burgués. Dos días después de su inicio, volvió a pasar por la redacción de El obrero. Allí Federico, el redactor jefe, acababa de componer la pieza de portada:

 

Sigue la huelga de hambre del director de El obrero

 

Matías Requena, nuestro director y amigo, sigue sin comer. Prometió que no lo haría hasta que la clase obrera no eleve su conciencia. Nos declara: “Quiero que mi ejemplo sea un golpe. ¿Qué sentido tiene que la clase obrera se preocupe por la suerte de un perro mientras la pisotean por todas partes? ¡Para eso bien podríamos dejarnos morir de hambre!” Lo que nuestro amigo intenta con su heroica acción es, precisamente, mostrar esa contradicción.

       Quien quiera pasar a mostrar su apoyo, encontrará a Matías en su casa, en el número 3 de la calle Postas.

 

El periódico no era, en realidad, más que una hoja doblada en dos. Cuando estuvo compuesto, Germán se echó un ejemplar bajo el brazo y se fue al club. Le gustaba mucho menos aquel ambiente burgués y decadente que la espontaneidad del periódico, pero las obligaciones eran las que eran. Allí le dio cuenta a sus amigos del Partido Liberal de todo lo que se cocía en el socialismo madrileño y les entregó el periódico como prueba. Luego, se olvidó del asunto.

Tres días después, cuando encontró un hueco para visitar a Matías, se lo encontró echando chispas, como un león enjaulado.

—¡Todos los señoritos y damas de Madrid se han pasado por aquí para verme! Como si esto fuera la Casa de Fieras, Germán. Vienen aquí, y me preguntan por las razones de mi huelga. Y cuando se las explico, prometen dar caridad. Entonces yo les digo que la caridad perpetúa la miseria… ¡y se ríen! ¡Les hago gracia! ¡Es para volverse loco!

—¿Y obreros?

—Obreros… obreros ninguno, salvo mis amigos —rezongó Matías.

—Creo, amigo mío, que es momento de que lo dejes —Germán se dejó caer en una silla—. Ya ha quedado clara tu postura. No te gusta el perro Paco ni te gusta el capitalismo. Tengo una mala noticia: van a seguir existiendo.

—¡Infiernos, Germán! Ríete si quieres, pero esto es muy grave. ¿Es que no recuerdas cuando éramos niños? Yo sí: veo a mis compañeros de clase fascinados por un perro y me hierve la sangre. ¿Ya te has olvidado de la miseria? ¡No todos hemos recibido una herencia de América!

—¡Bueno, Matías, ya está bien! —dijo Germán—. Vengo aquí como amigo, a darte consejos, y no recibo más que insultos. ¡Si mis padres viven como viven no es por ninguna herencia! Sí, la recibieron, pero no les habría valido de nada si no hubieran trabajado, cada día de su vida desde hace quince años, para mantenerla abierta y en planta.

—¡Oh, sí, mucho han trabajado! Ir a los salones de los nobles, negociar con proveedores… ¡menudo trabajo! Las costureras que tenéis contratadas por cuatro duros, ésas son las que sostienen vuestro negocio. ¡Explotador!

—¡Resentido! Que tú no hayas logrado salir del arroyo no te autoriza a hablarme así. Entérate: ¡la gente hace lo que quiere! Y si quieren reírle las gracias a un perro listo que ha tenido suerte en la vida, que lo hagan. ¿A ti qué más te da?

—¡Largo de mi casa, sicario! ¿Qué vienes, a burlarte de mí? ¡Mantendré esta huelga de hambre hasta que la clase obrera se rebele contra la burguesía!

Germán bajó las escaleras echando chispas.

 

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Las discusiones entre los dos amigos eran frecuentes, y nunca dejaban demasiada huella. Diez días después, Germán volvió a casa de Matías. Federico, en representación de los trabajadores del periódico, se lo había pedido. La huelga era un fracaso y todo el mundo lo veía salvo el implicado, que seguía empeñado en crear una conciencia imposible. “A ver si tú le convences”, le había dicho el redactor jefe.

Subió por las escaleras justo cuando bajaban Jacinto Socobio y su esposa, dos conocidos suyos a los que saludó cortésmente. Parecía que la concurrencia de burgueses curiosos no se había atenuado, pero su amigo estaba menos furioso. No le quedaba mucha energía para estarlo. Sentado en la silla, bebía agua con frecuencia. Nunca había sido gordo, pero estaba enflaqueciendo a ojos vista. Los pómulos se le marcaban y se le veía débil.

—Matías, oye, siento lo del otro día… Termina con esta tontería, por favor. Estamos preocupados —Matías no contestó—. Mira, ¿quieres crear conciencia? ¡Adelante! ¡Hazlo desde la redacción! Tus artículos son necesarios. Esto no. Esto es un sacrificio inútil.

—Ningún sacrificio es inútil… si ayuda a la causa —dijo Matías mientras cerraba los ojos. Parecía como si le costara trabajo mantenerlos abiertos a la vez que hablaba.

—Pero es que no estás ayudando a tu causa. Nadie te hace caso, Matías. Asúmelo. Has fracasado.

—Si muero… crearé conciencia. Todos sabrán que me mató el capital…

Germán contuvo la elección de rabia. ¡Aquel inconsciente le echaba la culpa de sus elecciones a…! Pero aquello no iba a ayudar a su amigo. Respiró hondo y sacó un paquete que llevaba.

—Mira, he pasado por una panadería. Te he traído unos bollos de carne. Toma —Matías no hizo gesto de cogerlos—. Mira, te los voy a dejar aquí en la mesa y me iré. Nadie te dirá nada si te los comes y mañana vas a la redacción a trabajar. De verdad.

Salió del edificio justo a tiempo para ver cómo los bollos describían una parábola y se estrellaban al otro lado de la calle.

 

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Junio entró pisando fuerte, y el calor no ayudó a Matías. Germán ahora le visitaba a diario. Su casa era un horno insoportable, y el socialista lo acusaba. Un día Germán se lo encontró tirado en el suelo y tuvo que salir corriendo a por un médico. El dictamen del galeno fue inapelable:

—Este hombre tiene que comer. Si no lo hace, morirá. ¿Ha visto usted morir a alguien de hambre, don Germán?

—No… no, nunca.

—Es cada vez peor. Empiezan a sentir debilidad y a desmayarse. Les duele todo, les falla la vista e incluso se les caen los dientes o el pelo —le echó a Matías una mirada significativa—. Y cuente con que su amigo, ya de base, no tenía muy buena salud. Un día no se despierta de un desmayo: queda en coma. De ahí ya no despierta, pero tampoco se entera de nada. Y a las pocas horas…

—Intentaré que coma.

—Por su bien, consígalo.

 

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La posición de enfermero improvisado molestaba a Germán. Matías y él nunca habían sido tan amigos, realmente. Pero era el único que tenía tiempo para ello: el socialista no estaba casado ni tenía en su vida a ninguna mujer, y sus compañeros estaban muy ocupados ganándose el sustento. Así que Germán, impelido por la presión social, trataba de alimentar a su amigo con caldos que le hacía una de sus criadas.

Fracasó miserablemente. Un día, llegó a la casa de la calle Postas y se encontró con que Matías se había atado a una silla. Deliraba. Murmuraba “fracasos, todo fracasos. Derrotado por un perro… ¡un perro!” Germán quiso aprovechar ese momento y le ordenó a su criada que le diera el puré frío que traían, pero no hubo manera. Cuando la cuchara se acercó a su boca, su amigo movió de repente la única mano que tenía libre y la sopera de plata acabó por el suelo. Matías les miraba con los ojos vidriosos.

—¡Dejadme en paz! ¡Dejadme ir hasta el final!

—Pero oye, Matías…

—¡Largaos! ¡Fuera!

Salieron. No pudo decir que lo lamentara. Fuera hacía un sol maravilloso y le apetecía agregarse a algún corrillo para disfrutar de las habladurías del pueblo sin tener que implicarse en sus vidas.

 

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Matías empeoraba a ojos vista. Como había predicho el médico, un día se despertó medio ciego. Cuando Germán entraba en su casa, podía oír su patética voz preguntando “¿Germán? ¿Eres tú?” No se había desatado de la silla desde el día del puré, por lo que todo aquel rincón de la casa apestaba a heces y a bilis. Germán no se acercaba. No quería oler aquello, y sabía que no iba a lograr darle de comer. Sus visitas eran cada vez más cortas y más incómodas. El socialista se limitaba a delirar y a repetir conceptos de Marx.

Una tarde, Germán entró y su amigo no estaba en su silla. Por un momento se alarmó, pero le oyó gemir en la otra habitación. Se había desatado y de alguna forma había logrado llegar a su cama. Estaba semidesnudo. El ambiente olía a cerrado pero era soportable. Germán se acercó. Su amigo le miraba con los ojos vidriosos.

—Esto ya está, Germán. Me muero…

—Anda, Matías, no digas esas cosas que me da aprensión.

—Cállate de una vez y escucha. Escuché el otro día al médico y sé que estoy a punto de perder la conciencia. No sobreviviré mucho. Esta huelga ha fracasado. Lo he comprendido. Toda mi vida ha sido un fracaso. Pero hay una oportunidad…

—Matías…

—Que te calles. Mi muerte puede servir para lo que no sirvió mi vida. Cuando pierda la conciencia no te preocupes por mí. No hagas la tontería de buscar a un médico, ni mucho menos un cura. No quiero a esas… a esas cucarachas cerca de mí. Vete corriendo a la redacción y que echen el resto. Que saquen un número especial. Que lo vendan por todo Madrid.

—Pero ¿qué quieres conseguir con eso?

—¡Todo Madrid debe enterarse! Esos burgueses sabrán… sabrán de lo que es capaz un animalito de la Casa de Fieras como yo. Y mis compañeros… mis compañeros alienados… entenderán la grandeza de una idea. Una idea debe ser muy grande si ampara estos comportamientos… ¿no es cierto? ¿No es verdad, Germán, que el heroísmo sólo tiene sentido si sirve a una idea verdadera?

—Sí… sí, claro que sí, Matías.

—Mi muerte encenderá una antorcha. “Mirad su sacrificio”, dirán. Apartarán la vista de su vida cotidiana, del perro Paco… y verán… verán… la grandeza. La masa obrera. La revolución. La… revolución…

Parecía haber agotado sus fuerzas. Su mano, que durante los últimos minutos había aferrado como una garra el brazo de Germán, se soltó y cayó, exangüe, al lado de su cuerpo. Cerró los ojos. Con miedo, Germán escuchó. Matías respiraba. Seguía vivo, pero…

—Matías. Oye, Matías… —y le dio un par de suaves bofetadas.

Pero su amigo ya no despertaría. Lo comprendió de fondo. Miró su cuerpo flaco, sus mejillas hundidas, las calvas que habían aparecido en su cabeza durante las últimas semanas. Tenía aspecto de cadáver. Sólo le faltaba dejar de respirar.

Mareado, Germán se levantó. Bajó las escaleras hasta la calle. Aire, quería aire. El aroma de la calle no era muy limpio, pero después del olor a cerrado y desechos del piso de Matías, le pareció brisa de montaña. Dio una bocanada y trató de serenarse. ¿Hacer caso a su amigo o no? Desde luego, lo de ir a buscar un médico parecía absurdo. Ya no había nada que hacer. Y lo de traer a un sacerdote no era mejor idea. Lo había dicho el doctor la vez anterior: en el coma ya no se entera de nada. La extremaunción no tenía sentido.

Echó a caminar hacia la sede del periódico. Sí, tenía que hacer caso a la última voluntad de su amigo. Aunque última voluntad… más bien era último desvarío. ¿Pensar que su muerte desataría la revolución socialista? Por favor, qué tontería. Locuras de un enajenado. El pobre, en los últimos minutos, debió incluso ver visiones.

—¡Don Germán! ¡Oiga, don Germán! —en la esquina con la Puerta del Sol se había formado un corrillo. El que le hablaba era Gerineldo, un obrero al que conocía desde hacía años.

—¿Sí? Dime…

—Venga a oír lo que dice la Eulogia. ¡Viene ahora mismo de la plaza de toros!

—Lo siento, amigo, ahora no puedo. Tengo un encargo importante…

—Pero ¿no se ha enterado? ¡Han matado al perro Paco!

—¿Cómo? —Germán, a su pesar, se acercó al corrillo. La tal Eulogia estaba contando algo que parecía haber presenciado con sus ojos.

—¡Había que verlo, amigos! Una corrida más mala… ¡y cuando el toro murió, el perrillo se echó a la plaza! ¡Cómo ladraba! Y daba cabriolas, como para indicar que el novillero no sabía nada. Como para burlarse. Total, que el hombre levantó la espada y… ¡zas! Atravesó el cuerpo del Paquito.

—¡No! —gritaron los del corrillo, Germán entre ellos.

—¡Sí! —dijo la mujer—. Y entonces la multitud saltó a la plaza y empezó a vapulear al torero. ¡Si no hubiera sido por Ducalzal, le matan ahí mismo!

—¿Y qué sucedió entonces, seña Eulogia? —preguntó un chiquillo. La mujer siguió hablando. Sin darse cuenta, Germán se incorporó a la conversación.

 

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Germán se quedó ahí toda la tarde. Durante un momento recordó la promesa hecha a su amigo y vaciló. Tenía que ir a la sede del periódico. Pero pronto desistió. Ya iría la semana siguiente, cuando no estuviera tan enfrascado. Los cotilleos eran jugosísimos, y la petición de Matías era una tontería. En vida (porque a aquellas alturas debía haber muerto) no fueron tan amigos. Recordó lo que siempre decía: le prestaba dinero, sí, pero nunca habría sido su padrino en un duelo… ni se dedicaría a ejecutar sus locuras. ¡Bastante había hecho atendiéndole durante su huelga!

Además, ¿qué ganaría la causa socialista con aquella tarde la muerte del director de El obrero? Nadie le iba a hacer ni caso. El pueblo de Madrid estaría semanas agitado con la muerte del can en la plaza de toros. Y total, obreros mueren todos los días. Sin embargo, perros tan famosos como Paco sólo hay uno.

 

 

Por sorprendente que parezca, lo histórico de este relato es la vida, andanzas y muerte del perro Paco. Se trata de una figura histórica: un perrazo negro que un día entró a un café buscando algo de comer y le cayó en gracia a un noble. Pronto, el animal estuvo de moda. Madrid vivió una verdadera “perropaquitis”: el animal podía pasar donde quisiera, e iba con frecuencia a los toros. Su muerte, a manos de un torero frustrado, también es real.

       No sé cuánta verosimilitud tiene el tema de las huelgas de hambre. Tengo la sensación de que es un método más propio del siglo XX que del XIX, y que cualquier obrero fabril al que hubieras propuesto semejante sistema de protesta te habría mirado como si estuvieras loco. Sin embargo, necesitaba el anacronismo para crear el relato, y creo que funciona.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

Deseo de volar

       El primer recuerdo de Anne Gallagher eran los aviones. Sus padres le habían llevado a verlos, cuando ella apenas levantaba medio palmo del suelo. Se trataba de un desfile para celebrar la victoria de las tropas británicas contra los ejércitos del Kaiser en el centro de Europa. A veces, cuando cerraba los ojos, Anne podía sentir aún las impresiones de aquel día: los aviones volando por encima de ella, los colores de la bandera, el sonido discordante del God save the King mezclado con el bramar de la multitud y con el traqueteo de los motores…

       Cada vez que ella sacaba el tema, Sean le decía que no podía acordarse de aquello, que ni siquiera tenía tres años en el momento del desfile, que él apenas lo recordaba y eso que por aquel entonces había tenido diez. Pero Sean siempre estaba diciendo esta clase de cosas, para chincharla, así que no había que darle importancia. En algunas ocasiones pensaba que podía haberse inventado el recuerdo a partir de todas las veces que su madre le había hablado del día de los aviones… pero luego cerraba los ojos y volvía a escuchar los motores.

       Luego había venido la guerra. Leo Gallagher, el padre de Anne, era irlandés hasta la médula y católico como el que más, pero se había quedado en el lado británico. Aunque tenía pastizales de ganado vacuno a ambos lados de la frontera, su casa siempre había sido el Ulster. Además, era un hombre inteligente, y previó lo que se avecinaba después de la paz. Por desgracia, acertó. Anne recordaba –y éste sí que podía jurar sobre la Biblia que era un recuerdo real– a Neil entrar en el comedor con la cara demudada y anunciar que en Irlanda acababa de estallar la guerra civil.

       Mientras duró la guerra civil, los Gallagher adoptaron un ritual. Cada noche, toda la familia se reunía alrededor de la radio a escuchar los noticieros cinematográficos. Después, el padre leía todas las noticias referentes a Irlanda que hubiera en los periódicos del día. Cada poco tiempo Neil bajaba a Derry para enterarse en las tabernas de lo que no salía en la prensa. Fue así como supieron de la muerte de Arthur, el hermano de Leo, que pertenecía a la facción gubernamental.

       La guerra no fue buena época para los Gallagher. Aparte de la muerte de Arthur, Leo perdió un rebaño de vacas, requisado por los rebeldes y que nunca se recuperó. Tuvieron que apretarse el cinturón. Sin embargo, Anne recordaba aquel periodo con cariño. Una escuadra de aviones se asentó en Derry, dispuesta a intervenir en Irlanda si la cosa se ponía fea. Todas las tardes hacía maniobras, y Anne podía verlas. Se tumbaba en una loma y veía a los gigantescos aparatos ascender, evolucionar en el cielo y descender. Podía quedarse ahí horas, observando con la boca abierta aquella maravilla. Fue entonces cuando decidió que quería ser piloto.

       Un día Sean la llevó a Derry. Su hermano mayor se había hecho amigo de algunos de los pilotos y, después de que ella insistiera durante una semana, accedió a acercarse con ella al aeródromo. Se pasó la visita con la boca abierta. Le dejaron acercarse a los aviones. De cerca eran enormes. Pero lo que más le impresionó fueron los pilotos. Sus cazadoras, sus gafas, sus cuidados bigotes, su gallardía. Se paseaban entre los aparatos como si fueran los dueños de todo aquello. ¿Cómo no iban a pensarlo? Les habían visto a todos desde el cielo, como si fueran hormiguitas.

       Casi se le paró el corazón cuando Sean se paró a hablar con dos pilotos que estaban en la puerta de un hangar. Ni siquiera se enteró de lo que hablaban. Pero de repente uno de ellos se arrodilló a su lado y preguntó:

       —¿Y esta pequeña quién es?

       —Es mi hermana, Anne —intervino Sean antes de que ella pudiera abrir la boca.

       —Qué bonita es. Dime, pequeña Anne, ¿Con quién te quieres casar cuando seas mayor? ¿Será con un granjero como tu papá o con un piloto de guerra como yo?

       —¡Yo no quiero casarme! —dijo Anne, con toda la seguridad de sus nueve años—. ¡Yo quiero pilotar aviones!

       Las risotadas de los tres hombres le acompañaron todo el trayecto hasta su casa. Ni siquiera el dolor de cabeza que le entró después de varias horas llorando logró que se fueran.

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       Sean lo contó en casa. Alguna explicación había que dar al hecho de que Anne hubiera regresado llorando y roja de furia. Esa noche el cinturón de Leo Gallagher cantó. Si algo se podía decir del patriarca de la familia es que sabía cómo mantener el orden en su casa.

       —¡Y que no vuelva a oírte esa tontería de ser piloto! —le dijo su padre como última advertencia.

       Anne quedó llorando en su cama. Su madre entró silenciosamente y le cogió de la mano. Ella se abrazó, temblando. La madre le acarició la cabeza. Por fin a ella se le acabaron las lágrimas.

       —Yo… yo sólo quería…

       —Chsss, no hables ahora —Marie Gallagher seguía acariciando la cabeza de su hija—. Tranquilízate. Duerme; ya es tarde. Mañana lo verás todo de otra manera.

       —Pero mamá, si yo no he dicho nada malo. Sólo quiero volar, ser piloto… ¿qué hay de malo?

       —Hija, a tu padre ya le parecen bastante mal los aviones como para permitir que una hija suya los pilote. Tu misión en la vida no es ésa, cariño. Eres la hija menor de tu padre, y él te quiere mucho, así que se asegurará de que te cases bien.

       —Pero no quiero casarme bien. Quiero volar, tiene que ser magnífico… lo he querido siempre. ¿Por qué es tan malo?

       —Las cosas son así, Anne. Siempre lo han sido y ya está. No hay que darle más vueltas, y mejor que lo descubras ahora que no de más mayor —Anne se abrazó más fuerte a su madre—. No estés así, cariño. Tu padre sólo quiere lo mejor para ti.

       —¿Y tú, mamá? ¿Tú qué quieres? —preguntó Anne, desesperada.

       —Yo no tengo opinión, hijita. Sobre estas cosas decide tu padre, bien lo sabes.

       Y entonces pareció abrirse un segundo depósito de lágrimas.

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       El que sí se fue a pilotar aviones, apenas unos meses después de aquello, fue Sean. A Anne le pareció tan injusto que estuvo sin hablarle una semana. Rompió su silencio el día en que él ya se iba, y sólo porque su madre se lo pidió. Bajó por las escaleras de la granja para ver a Sean, en toda la plenitud de sus casi veinte años, despedirse de su familia.

       —Mira quién ha aparecido —dijo él, con esa sonrisa insolente que siempre ponía. Anne estuvo a punto de irse corriendo escaleras arriba, pero apretó los puños y se acercó a su hermano. Unas semanas antes había cumplido los diez años. Ya no era una niña. Tenía que ser fuerte.

       Anne abrazó a Sean.

       —Te vamos a echar de menos —dijo su madre—. Prométenos que nos escribirás todas las semanas.

       —¡Claro, madre! —respondió Sean, mientras le revolvía el pelo a la pequeña—. Cada domingo tendréis carta mía. Os contaré cómo es mi vida en el aeródromo, cómo es la gran ciudad, quiénes son mis amigos…

       —¿Podrías… podrías contarme una cosa? —dijo Anne, ya despegada de su hermano.

       —Por supuesto, pequeña. ¿Qué quieres que te cuente?

       —¡Quiero saber qué se siente al volar! —su padre suspiró y su madre se revolvió, incómoda, pero ella siguió—. Cómo es el viento en la cara, qué sensación hay cuando se sube y cuando se baja, cómo se ve todo desde arriba… ¡necesito saberlo! Por favor, di que sí.

       —¡Bueno, me parece una cosa muy aburrida para contar en una carta, pero si tanto te importa, claro que lo haré!

       —¿Aburrida?

       —A ver, hermanita —su hermano se arrodilló delante de ella, con esa sonrisa permanente reluciendo en su cara—. Yo me voy a hacer piloto porque es una carrera con futuro y que tiene mucho prestigio. A mí volar me da igual. Eres tú la que estás obsesionada con el tema —y se rio.

       Anne tuvo que recurrir a toda la fuerza de voluntad de sus diez años para no escupir a su hermano.

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       Pasó el tiempo. Sean cumplió su promesa, y cada domingo llegaba puntualmente una carta de él. Anne no tenía tiempo de pensar en aviones; el colegio era cada vez más difícil y además, con un par menos de brazos en la granja, a cada hermano le tocaba más trabajo. No se olvidó de su sueño, pero la fuerza de la realidad le obligó a mantenerlo en un segundo plano. Se resignó.

       Hasta que un día, cuando ella ya tenía doce años, Sean volvió de visita. Iba a quedarse durante dos meses que le habían dado de licencia. Estaba guapísimo: la vida militar le había hecho perder la incipiente tripa que tenía cuando se fue, y llevaba el bigote recortado al estilo de los pilotos. Trajo regalos para todos los miembros de la familia. Pero lo más maravilloso era lo que llevaba en la maleta. Se lo dio un día, cuando ambos estaban a solas.

       —Toma. Guárdalo bien, que padre no se entere.

       Anne lo desenvolvió y se quedó maravillada. Era un libro. Un libro sobre aviones. Pasó las páginas, con la boca abierta. Estaba lleno de fotografías de aparatos de todo tipo, y al lado de cada imagen había una ficha técnica y un texto introductorio. Cerró el libro y corrió a abrazar a su hermano.

       —Gracias, de verdad, Sean…

       —Veo que sigues teniendo esa obsesión con los aviones —dijo su hermano—. Ahora te entiendo, hermanita, de verdad. La primera vez que volé fue… —le brillaron los ojos.

       Se pasaron el día hablando de aviones y mirando el libro. Finalmente, Anne hizo la pregunta fundamental, la que le llevaba horas rondando por la cabeza.

       —Sean… ¿hay mujeres piloto? ¿Alguna lo ha hecho antes?

       —Pues creo que alguna hay —la sonrisa que puso Anne al oír esto fue desapareciendo mientras su hermana hablaba—, pero están todas en Estados Unidos. Me suena que hace muchos años hubo una en Francia. Ninguna en el Reino Unido, que yo conozca. Lo siento.

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       La presencia de Sean en la casa fue beneficiosa en muchos aspectos. Había estado en la ciudad, y se notaba. La granja estaba revolucionada por las costumbres que traía el hijo mayor. Por ejemplo, insistió en que Anne y su hermana mayor, Darcy, siguieran escolarizadas.

       —Venga, padre, entiéndalo. Ya no estamos en el siglo XIX, después de todo. En Londres hay mujeres trabajando en muchas cosas: en oficinas, en hospitales, en colegios… Darcy y Anne se merecen eso, ¿no cree?

       —No lo necesitan —gruñó su padre—. Ya saben leer, escribir y hacer cuentas, y de su educación moral nos ocupamos tu madre y yo. ¿Para que necesitan más? Ellas no van a trabajar. ¡Se casarán con hombres buenos y no hay más que hablar!

       Normalmente cuando Leo Gallagher decía que “no hay más que hablar” la discusión terminaba. Pero Sean era tan cabezota como su padre, ganaba su propio dinero y llevaba años siendo independiente. Así que siguió sacando el tema, y ganándose para la causa a sus hermanos y a su madre. Al final, cuando faltaba menos de una semana para que terminara su permiso, el padre accedió. En el siguiente curso, Darcy y Anne seguirían estudiando.

       Pasar a secundaria fue para Anne toda una revolución. No sólo porque el nuevo colegio donde estudiaba estaba en Derry, sino porque al lado había una maravillosa biblioteca pública. Durante aquellos años, y con la excusa de quedarse estudiando para los exámenes, Anne devoró todos los libros que pudo. Primero los de aeronáutica, claro, pero cuando éstos se le acabaron (sólo había dos en la biblioteca) leyó todo lo que le pareció interesante, desde novelas hasta tratados sobre física.

       Sin embargo, su libro favorito siempre fue el que le había regalado su hermano. Pasaba las páginas lentamente, como quien maneja una reliquia sagrada, y miraba una a una las fotos de los aviones. Veía a los aviadores posar junto con sus aparatos, riendo, y todo lo que deseaba era ser una de ellos. Además, se dio cuenta de que cada vez entendía mejor las fichas y explicaciones técnicas.

       Un día, cuando tenía dieciséis años, y después de que Sean le confirmara por carta que seguía sin haber mujeres piloto en el Reino Unido, Anne se atrevió. Era una tarde en la que estaba sola con su padre. Era invierno, y ambos disfrutaban del fuego de la chimenea. Cogió fuerzas de donde no creía tenerlas, se levantó y se acercó a él.

       —Padre, ya sé a lo que quiero dedicarme. Con todo respeto: no sé con quién querré casarme, pero sí sé qué quiero hacer. Voy a ser piloto.

       La cara de su padre se puso de todos los colores antes de contestar. Sin embargo, cuando pudo articular palabra, su voz sonaba extrañamente calmada.

       —Mientras yo sea tu padre, Anne, eso no sucederá. Se te permitió seguir estudiando, pero cuando termines de hacerlo empezarás a buscar un marido adecuado como hacen todas las chicas de tu edad.

       —¡Pero padre! Sean es piloto. ¿Por qué yo no puedo? Mi trabajo sería menos peligroso que el suyo, porque él es militar y le pueden matar en cualquier guerra y yo no lo sería.

       —Te voy a hablar con franqueza, hija. Sean es piloto y bastante poco me gusta, pero es mi primogénito y tenía 20 años cuando tomó la decisión. Los aviones son el signo de los tiempos y tragué con ellos. Tú eres mi hija pequeña y estás sujeta a mi autoridad. Además, la mera idea de una aviadora es ridícula. Una Gallagher no tiene derecho a hacer el ridículo pretendiendo entrar en un campo que tiene vetado.

       —¿Me vas a volver a dar con el cinturón? —la mirada de Anne refulgió.

       —No —su padre seguía tranquilo, y eso de algún modo era peor—. Me basta con prohibírtelo. Eres una buena hija y no me desobedecerás.

       —¡Pues para que lo sepas, hay muchas mujeres piloto! —Anne estalló—. ¡Y yo podría hacerlo igual de bien que ellas!

       Subió por las escaleras hacia su habitación, y volvió a bajar con el libro de los aviones. Se lo dio a su padre.

       —¿Qué es esto? —por primera vez desde que habían empezado la conversación su padre pareció confundido.

       —Un libro sobre aviones. ¡Pregúntame lo que quieras de lo que se dice dentro! ¡Lo que te apetezca! Y luego verás si puedo o no ser piloto.

       —¿Es tuyo? —le preguntó, entornando los ojos.

       —¡Pues claro que es mío! —inmediatamente después de decirlo, supo que había sido un error.

       Su padre se levantó del sillón y se acercó a la chimenea. Anne, con un grito, corrió detrás de él, pero la apartó de un manotazo. Antes de que pudiera reaccionar, su padre echó el libro al fuego. Anne cogió un atizador. Quizás podría salvar parte antes de que ardiera, a lo mejor era capaz de…

       No pudo hacer nada. Su padre le quitó el atizador de la mano y le cruzó la cara de un bofetón. Estaba furioso.

       —¡Desobedecerme así, en mi propia casa! ¡Te dije que no quería volver a oír nada sobre ese tema!

       —¡Pero padre…! —el libro ya ardía por los cuatro costados.

       —Se acabó la tontería de los aviones. ¡Ni una palabra más! Mi hija no ensuciará mi apellido poniéndose a conducir esos trastos. ¡Pues estaría bueno!

       —Pero las otras mujeres piloto… —Anne lloraba como no recordaba haberlo hecho desde aquella noche, siete años atrás, en que el cinturón había hablado.

       —¡Creeré que existan cuando tenga a una en mi salón tomando el té!

++++++++++

       De nuevo fue su madre la que consoló a Anne. Pero esta vez la joven no se calmó, sino que empezó a darle vueltas a la idea de escaparse de casa. Le escribió una carta a Sean, que le mandó todo su apoyo y algo de esperanza. Su hermano no se atrevía a rebelarse contra su padre, pero entendía sus deseos. En la carta le hablaba de una aviadora que se estaba haciendo muy famosa, una tal Amelia Earhart, y se mostraba de acuerdo en que Anne podría emular sus proezas. Le mandó incluso un recorte de un periódico donde aparecía una foto de la señora Earhart. Anne lo guardó en su joyero.

       El proyecto de irse de casa fue cobrando forma. Cuando Sean volvió a casa para celebrar la Navidad de 1931 y su ascenso dentro de la RAF, le dio bajo mano un sobre con unas cuantas libras. “Para tu independencia”, le dijo con una sonrisa. Su padre parecía que no sospechaba nada. Después de quemarle el libro se había limitado a ignorarla, y eso favorecía sus planes. Anne se prometió que, antes de un año, estaría a los mandos de un avión de entrenamiento.

++++++++++

       Terminó el invierno, llegó la primavera, y un sábado de mayo Anne salió al campo con su padre. La granja era cada vez más próspera, pero pese a ello el padre seguía trabajando él mismo en la explotación y obligando a sus hijos a hacer lo mismo. Aquella era la primera vez que se quedaba a solas con Anne desde la quema del libro, y el momento era tremendamente incómodo. Iban los dos por la carretera, en el coche que su padre había comprado cuatro años antes, sin hablarse.

       De repente, cuando ya estaban en las tierras de su propiedad, Anne oyó algo. Era un segundo motor, que lentamente se imponía al ruido del automóvil. Volvió la cabeza a derecha y a izquierda, pero no había nada. Y entonces miró hacia arriba.

       Un punto en el cielo, cada vez más grande, se acercaba a ellos. Por un momento pensó que sería su hermano, pero en cuanto pudo distinguir el contorno del avión vio que era imposible. Aquello no era un sobrio avión militar, sino una aeronave civil de color rojo. Un Lockheed Vega, podía jurarlo. Y estaba haciendo una maniobra de aterrizaje.

       —¡Allí, papá, va a aterrizar en los campos! —dijo Anne, emocionada.

       —¡Sí! —respondió su padre—. En mis campos. ¡Espero que no espante a las vacas! —y con un volantazo enfiló hacia el punto donde iba a aterrizar el aparato.

       Cuando llegaron, el Lockheed Vega ya había tomado tierra. El que parecía su único tripulante, envuelto en capas y capas de ropa y con un casco que le tapaba toda la cabeza, había salido y les miraba confundidos. Cuando su padre paró el coche, el aviador preguntó:

       —¿Dónde estoy? —su voz era ronca pero poco masculina. Anne se emocionó. ¿Y si…?

       —En el pastizal de Gallagher —respondió su padre—. ¿Vienes de muy lejos?

       —¡De Estados Unidos! —dijo el aviador, riendo.

       Se quitó el casco. Su padre abrió la boca como si estuviera ante una aparición mariana. El pelo corto de la aviadora, liberado de su prisión, se colocó en su lugar. La mujer inspiró el agradable aire irlandés y miró a derecha y a izquierda. Luego sonrió, con un gesto que Anne conocía muy bien: veía esa sonrisa cada vez que abría su joyero.

       La aviadora les miró, confundida. ¡De Estados Unidos! ¿Acababa de atravesar el Atlántico? Probablemente un grupo de políticos, una multitud de espectadores y una banda de música la esperaban en algún lugar cercano, quizás en Derry. Pero aquello podía esperar. Para Anne, no había nada más importante que la pregunta que iba a plantear. Se bajó del coche, se acercó al Lockheed Vega y dijo:

       —¿Quiere usted venir a nuestra casa, señora Earhart? Seguro que podemos prepararle una taza de té.

++++++++++

       El 20 de mayo de 1932 la aviadora Amelia Earhart se convirtió en la primera mujer en sobrevolar el Atlántico en solitario. Incluso mejoró la marca de Charles Lindbergh, la única persona que había logrado antes de ella semejante viaje. El aterrizaje se produjo, efectivamente, fuera del punto previsto. El diálogo con el personaje que aquí es padre de Anne, incluyendo la mención al apellido Gallagher, es, hasta donde yo sé, un hecho histórico.

       Earhart fue una de las primeras mujeres piloto, y sin duda la más famosa, pero no la primera. El honor corresponde a la francesa Raymonde de la Roche, a la que Sean menciona de pasada durante el relato. En cuanto a Earhart, no es ésta su única hazaña. En 1934 voló de Hawái a California y de Los Ángeles a Ciudad de México. De hecho, Earhart desapareció durante otro de sus intentos de batir marcas: quería dar la vuelta al mundo en avión siguiendo la línea del ecuador. Si hubiera tenido éxito se habría convertido no sólo en la primera mujer en dar la vuelta al mundo sino en la persona que habría recorrido más distancia en un viaje de este tipo.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

Dios en el Sinaí

1.

       Jacinta Aguirre era toda una señora. Si había una mujer en Madrid de la que pudiera decirse algo así, era ella. Mujer dignísima, de pura raza vasca, todo en ella resultaba apropiado. Era devota en su justa medida, sociable sin llegar a la locuacidad ni al chisme y caritativa sin desconocer los principios de economía doméstica. Gobernaba su casa como los grandes líderes dirigían las naciones: con mano de hierro en guante de seda. Sus hijos estaban bien educados, y su hija pronto estaría casada con un joven de buena familia que la cortejaba de forma honesta. Sí, estaba orgullosa. Su marido podía dedicarse a sus actividades políticas con la tranquilidad que da saber que tu casa está bien dirigida.

       El marido de Jacinta, Tomás Gorriti, era carlista. Ella lo era también, pero más por ósmosis que otra cosa. Si aquel día de abril de 1869 hubiéramos abordado a la pareja por la calle y le hubiéramos preguntado a ella qué era eso del carlismo, no habría sabido darnos una respuesta clara. Habríamos escuchado una retahíla sobre Dios, los derechos dinásticos y lo malo que es el progreso, dicha con notable ingenio pero sin profundidad.

       A don Tomás, por supuesto, la incultura política de su mujer le daba lo mismo. Era él quien debía conocer bien el carlismo, para poder defenderlo mejor de sus enemigos. Pertenecía a una generación intermedia. No había podido participar en la primera guerra porque era demasiado pequeño: justo cuando, a los quince años, pensaba en agarrar una escopeta y echarse al monte, se había acabado el conflicto. Años después, cuando heredó los viñedos de la familia, se dedicó a apoyar económicamente a la causa. Era su deber y su trabajo.

       Ahora don Tomás era un cuarentón totalmente ajeno al mundo militar y que vivía en Madrid ocho meses de cada doce. Su puesto no estaba entre las tropas que más pronto que tarde se amotinarían a favor de Carlos VII, sino en la capital ganando voluntades. Su palabra y su dinero tenían que trabajar a favor de la causa. Y eso es lo que explica por qué su mujer y él estaban, aquel día de abril de 1869, dirigiéndose al Congreso.

       El Congreso era la diversión de moda. Si en tiempos de Isabel II las sesiones habían decaído (las decisiones importantes se tomaban en otra parte), ahora remontaban. Una nueva hornada de grandes oradores de todos los signos políticos, desde carlistas hasta republicanos, discutían para tratar de hacer una Constitución a gusto de la mayoría. Iban aprobando ya algunos puntos. Se sabía, por ejemplo, que España iba a ser una monarquía, aunque no bajo qué rey, y eso era lo que daba esperanza a los carlistas. Algunos artículos pasaban sin mayor discusión, mientras que otros sólo se aprobaban después de largas discusiones y componendas.

       El artículo que se debatía aquel día de abril era de esta clase. Trataba sobre la libertad de cultos. Don Tomás llevaba más de un mes hablando, con cualquiera que quisiera escucharle, del profundo error que iban a cometer los constituyentes.

       ―¡Nunca nadie se atrevió a tanto! ―peroraba don Tomás en los pasillos de su casa, en un discurso que era mitad desahogo mitad planificación de sus encuentros futuros con próceres del país―. ¡Ni la infame María Cristina, ni esa niñita mimada de Isabel II, ni siquiera ese maldito Narváez, así se lo lleven los demonios!

       ―Sí, querido ―Jacinta asentía y bordaba, conocedora de sus deberes pero sin entender la furia de su marido.

       ―¿Sabes lo que significa libertad de cultos, Jacinta querida? ¡La impiedad, eso significa! Quiere decir que los mahometanos o los protestantes… protestantes como los ingleses, fíjate bien lo que te digo, como los ingleses ―y elevaba la voz para que su mujer se hiciera cargo de la magnitud de la ofensa―, ¡podrían abrir aquí, en Madrid, sus templos paganos! ¡Aquí! ¡En Madrid!

       ―Eso no estaría bien, Tomás ―Jacinta seguía bordando. Las réplicas le salían ya de forma automática. Aunque hubiera querido decir otra cosa, su marido jamás la habría escuchado.

       ―¡Y dicen que el nuevo régimen no ataca al catolicismo, que no ataca a España, que no ataca a los profundos y sencillos cimientos de la fe de los españoles! ―don Tomás se sentía muy orgulloso de esa frase y la procuraba sacar siempre que hablaba del tema.

       ―Qué barbaridad, Tomás ―Jacinta había llegado a apreciar aquellos momentos. No entendía una palabra de las divagaciones de su marido, pero le gustaba estar con él.

       ―Pero no lo vamos a permitir, ¿me oyes, Jacinta? ¡No lo permitiremos! Pues buenos estaríamos nosotros si dejáramos que la Constitución pusiera por escrito esas cosas tan feas.

       ―Claro que no, querido.

       Por primera vez en toda la conversación, don Tomás miró a Jacinta.

       ―Mira, estos días se está debatiendo en el Congreso ese artículo impío. El encargado de defender nuestra causa es Manterola, un canónigo dignísimo y que habla muy bien. ¿Te gustaría venir conmigo al Congreso y escuchar su discurso?

       Jacinta no era una ingenua. No entendía una palabra de las doctrinas carlistas, pero sabía a qué se dedicaba su marido. Uno de sus trabajos era llenar la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados con personas afines a su cuerda ideológica, para apoyar a los oradores en puntos complicados. Siempre que lo conseguía volvía a casa ufano y muy orgulloso de sí mismo. Cuando los agentes progresistas se le adelantaban, sin embargo, regresaba echando chispas. Aquella vez lo había logrado. Y no sólo eso, sino que por la importancia del tema a tratar, no estaba invitando a los ganapanes habituales sino a señores de mucho peso y dignidad.

       A Jacinta no le apetecía ir al Congreso. Al contrario que algunas de sus amigas, que eran habituales y comentaban siempre lo último que habían visto, lo bien que hablaba Fulano y lo mal que vestía Mengano, ella sabía que aquél no era sitio para una señora. La política no le interesaba ni poco ni mucho. Eso era cosa de su marido. Pero como esposa su deber era obedecerle. Además, sería un cambio agradable que ella la llevara alguna vez de paseo, aunque fuera como parte de sus obligaciones. Últimamente sentía que el tedio la consumía, que no tenía nada que hacer por las mañanas ni por las tardes, y que sus amistades le resultaban insulsas.

       Por esa última razón, cuando abrió la boca para aceptar la oferta de su marido su sonrisa era sincera.

2. 

       El palco de invitados del Congreso estaba a rebosar. Hombres elegantes, sacerdotes, señoras de la buena sociedad, militares… todo el carlismo de Madrid había venido a ver el discurso de Manterola. Jacinta y su marido se sentaron en primera fila. Debajo, en el hemiciclo, la sesión aún no había empezado. Algunos diputados estaban ya en sus asientos; otros entraban y salían de la sala o se incorporaban a uno de los múltiples corrillos. La tribuna del presidente seguía vacía, y hasta que no se llenara no podría hacerse nada.

       Don Tomás señalaba a los diferentes personajes:

       ―Mira, Jacinta, ése que se encuentra ya en su asiento, solo, es Cánovas. Defiende como rey al hijo de la niñita malcriada, pero nadie le apoya. Y aquel que acaba de entrar, rodeado de un corrillo de aduladores, es Prim. Me habrás oído hablar de Prim, ¡maldito sea!

       ―Maldito sea, pero ojalá tuviéramos un Prim en nuestro bando ―intervino un sacerdote que estaba sentado al lado de don Tomás.

       ―No diga eso, don Wilfredo. Creo que los méritos de Prim están muy sobreestimados. Le contaré… ―y don Tomás se enfrascó en conversación con el amigo.

       Jacinta observó a los diputados. Aquello era un circo, o quizás un patio de colegio. El tal Prim le parecía un pavo real, y sus admiradores tenían la falsedad en sus caras. Los corrillos de diputados parecían hechos más para divertir a los espectadores que para lograr ponerse de acuerdo en algo. Si aquello era el tan cacareado Parlamento, le merecía una opinión muy negativa.

       ―Ya viene Rivero, ya viene… ―el rumor se extendió por el palco de invitados. Don Tomás y su amigo dejaron de hablar y miraron al frente. El rumor también había llegado al hemiciclo; los diputados se dirigían ya a sus asientos.

       El presidente de las Cortes, Nicolás Rivero, entró sosteniendo unos papeles y se dirigió a su asiento. Poco a poco los diputados se fueron callando. Rivero comprobó una última cosa en el papel que tenía entre manos y se dirigió a la Cámara.

       ―Se abre la sesión del 12 de abril de 1869. Tiene la palabra el señor Manterola, en contra del proyecto de Constitución.

       Manterola era un hombre bajito, que no hablaba mal. A Jacinta le gustó cómo empezaba su discurso. Habló del caos en el que se precipitaría España si el proyecto de Constitución salía adelante, y luego rebatió a un tal señor Castelar, que al parecer había acusado el día anterior a la Iglesia católica de no sé qué impiedades relativas a la matanza de judíos y al freno de las ciencias. Cada vez que el orador subía el tono de voz para señalar algún punto importante, los carlistas que rodeaban a Jacinta proferían murmullos de asentimiento. Cuando dijo que Castelar “había ido a Roma pero no había estado en Roma”, don Wilfredo dejó escapar una risita.

       ―¿Quién es Castelar? ―le susurró a su marido. Don Tomás le miró con una leve expresión de sorpresa, pero le contestó.

       ―No sabía que estabas siguiendo el discurso… las señoras no suelen hacerlo. Castelar es un impío, que quiere que en España no haya ni rey, ni religión ni nada.

       Manterola seguía hablando. Había pasado ya a criticar el proyecto de Constitución. Le parecía mal la soberanía nacional, la libertad de imprenta e incluso, por lo que Jacinta pudo entender, que el Estado se obligara a mantener al clero católico.

       ―Ahora viene el plato fuerte ―dijo don Wilfredo con ironía.

       En su escaño, Manterola atacaba ya la libertad religiosa. El cuadro de horrores que pintaba el orador sobrecogió a Jacinta en un principio. Pero luego, cuando siguió adelante, el efecto se perdió. Las pinturas trágicas eran excesivas, impostadas. Jacinta torció el gesto.

       ―Y bien, señores diputados: viene aquí el mahometano y toma muchas mujeres a la vez, y abandona a su esposa y a sus hijos del anterior matrimonio. “Debería demandársele a los tribunales”, diréis; pero ¿dónde están los tribunales si el nuevo creyente, en virtud de su nueva fe, ha roto ya el vínculo matrimonial? Y si se levantan nuevos templos a mentidas deidades y nuevas pagodas a los dioses, ¿en virtud de qué derecho podréis vosotros oponeros a que tanta aberración se lleve a cabo en España? En virtud de estos principios, ¿no se ha llamado admisible la teoría del ateísmo?

       El orador subió el volumen. El discurso estaba en su punto culminante. Dijo que la libertad de cultos era un mal, que España era católica, que los patriotas españoles siempre lo han sido. Habló de la pujanza del catolicismo en el mundo, de su fuerza en España y de las locuras del liberalismo. Y, en un último párrafo que retumbó en la Cámara, terminó:

       ―Señores diputados, yo creo que si la España, que si nuestra desventurada patria tiene la desgracia inmensa de dejarse fascinar por el brillo de unos bienes temporales que no vendrán; que si tiene la desgracia de lanzarse en los descarnados brazos del libre-cultismo ese día la España de los recuerdos, la España de las antiguas glorias ha muerto, ese día el Ángel exterminador habrá congregado sus frías cenizas, las habrá amontonado en la tumba inmunda del olvido, y sobre la tierra de aquel sepulcro desconocido escribirá con caracteres de fuego: Aquí yace un pueblo apóstata, que renegó de sus bienes eternos por alcanzar los temporales y se quedó sin éstos después de haber perdido aquellos.

       Aplausos moderados en el hemiciclo y fuertes en el palco de invitados. Jacinta se unió a su marido y a los amigos de éste. Sin embargo, el discurso no le había gustado. Al principio le había gustado, sí, con todas esas referencias históricas. Pero luego la sensación de hallarse en un teatro se había incrementado. Manterola era buen actor, pero aquello no dejaba de ser un papel. La patria desgarrada, los mahometanos repudiando a sus esposas, los sacrificios humanos que el orador había llegado a insinuar y finalmente la destrucción de España. Aquello no cuadraba con lo que ella veía todos los días.

       Manterola se sentó y otro señor se levantó para responderle.

       ―Mira, Jacinta, ése es Castelar.

       ―¿Tenemos que quedarnos a verlo, Tomás? Estoy algo fatigada…

       ―La cortesía es la cortesía, Jacinta ―le reprendió su marido―. Hay que quedarse, aunque sea para oír tonterías e impiedades.

       Jacinta se revolvió en su asiento y trató de ponerse cómoda. Se preparó para el acto segundo de aquella representación que tanto le fastidiaba. Pero entonces Castelar tomó la palabra y todo cambió.

       Castelar no era un actor. Castelar hablaba con fuerza, con convicción y desde el corazón. Las imágenes que proyectaba no eran abstractos horrores futuros, sino vivencias suyas o datos del pasado. En su discurso, más corto y mucho mejor estructurado, se rebatían todos y cada uno de los puntos que había tocado Manterola. Razonó que la religión no podía imponerse por el poder del Estado, lo que provocó intensos murmullos en el palco. Dijo además que aquello era más conveniente, porque se respeta más la religión donde no es una obligación legal. Citó la Biblia y preguntó con ironía que si el Estado español tenía religión, en qué punto del valle de Josafat estaría su alma el día del Juicio Final. Jacinta se descubrió asintiendo con la cabeza.

       El orador alzó la voz. ¿Era ya el final del discurso? Lo era. El Congreso se estremeció mientras Castelar lanzaba su arenga final:

       ―Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan. Pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres.

       Jacinta nunca había visto una ovación tal. Los correligionarios de Castelar le aplaudían, pero no sólo ellos. Algunos diputados del otro lado de la cámara cruzaban el hemiciclo para estrecharle la mano. El propio Manterola, aunque tenía el ceño fruncido, aplaudía con moderación. El único sitio donde el discurso no había impactado era en el palco de invitados. Los carlistas se levantaban para irse con expresiones ofendidas.

       Cuando Jacinta salió del Congreso no era la misma mujer que había entrado. Algo se había trastocado en su interior. Las ideas de Castelar bullían en su cabeza y se conectaban unas con otras. Volvió a su casa distraída, sin enterarse del paseo. Y cuando su marido la dejó sola hizo algo que jamás había hecho: entró en la habitación de su hijo mayor y se dirigió al armario donde guardaba sus libros. Tomasito estudiaba Derecho, y era un lector voraz de cuantos libros sobre política se publicaban. Había muchos en francés y unos pocos en inglés, idiomas que Jacinta no entendía, pero la mayoría estaban en español.

       Dudó. Tocar los libros de su hijo le parecía mal, como una falta de respeto. Además, nunca había leído un libro, ni siquiera una de las novelas románticas que tanto gustaban a sus amigas. Temía no enterarse de nada. Y sin embargo… sentía como si las cosas que había dicho Castelar fueran semillas. Si se plantaban en la tierra adecuada podían crecer hasta lo alto. Pero su mente no era la tierra adecuada. Jacinta se sabía inculta, y nunca le había importado. ¿Para qué quería ella cultivar unas facultades que no iba a usar? ¡Mejor aprender a llevar una casa! Y sin embargo, ahora…

       Con resolución, tomó un libro que se titulaba Principios del derecho político, se dirigió al salón y empezó a leer.

3.

       Los siguientes meses fueron para Jacinta un riesgo y una revelación. Un riesgo, porque no quería que sus familiares la sorprendieran leyendo. Sólo lo hacía cuando estaba sola en casa. Por suerte, tanto su marido como sus hijos pasaban las mañanas fuera y muchas de las tardes también. Su hija estaba fuera de Madrid, con los abuelos, y por tanto tampoco era un peligro. Las criadas la vieron leyendo, claro, pero ellas no tenían el más mínimo contacto con la parte masculina de la casa.

       Y una revelación, porque descubrió que era más fácil de lo que creía. Se había enfrentado al primer capítulo de los Principios con miedo de no entender nada y lo había terminado en tres horas. Leía despacio pero con seguridad, parándose en los conceptos que no comprendía. Por dos veces volvió a la habitación de su hijo, una para buscar el diccionario y otra para coger una Enciclopedia de la política que su vástago siempre afirmaba que era utilísima. Lo era, y gracias a ambos libros de apoyo, cuando terminó el capítulo tenía en la cabeza un sistema donde encajar las nuevas ideas.

       Pronto la lectura sustituyó al tedio, y no fue consciente de hasta qué punto la agotaba éste hasta que no pudo compararlo con la vitalidad que le daba aquélla. Ahora se levantaba todas las mañanas feliz, sabiendo que tenía algo que hacer, algo útil e interesante. Su velocidad de lectura aumentó. Después de los Principios cogió un Manual para estudiar las ciencias humanas y puso en práctica sus consejos. Descubrió que aprendía mejor si tomaba notas y posteriormente las repasaba, y si repetía en alto los conceptos importantes. Pero había algo que le faltaba: la conversación.

       El manual recomendaba hablar con otros compañeros de estudio y discutir con ellos los temas para que se fijaran mejor y para pulir la propia opinión. Jacinta, obviamente, no tenía compañeros de estudio. Lo intentó con las criadas:

       ―Manuela, ¿qué opinas del imperio de los franceses? ¿Crees de verdad que van a tener una guerra con Prusia? Y tú, Anita, ¿qué piensas de la Constitución portuguesa? ¿Qué rey crees que nos pondrán?

       Las criadas, primero la miraron sorprendidas, luego empezaron a contestar “yo no sé de eso, señora” y finalmente aprendieron a rehuirla. Cuando la veían con un libro en las manos recordaban de pronto que tenían cosas muy importantes que hacer al otro lado de la casa. Lo mismo sucedió con sus amigas, que si al principio estaban divertidas y levemente escandalizadas por la nueva afición de Jacinta, pronto le hicieron saber que sus pretensiones intelectuales les cansaban.

       ¿Dónde podría encontrar a gente con la que debatir? ¿Dónde había personas que comprendieran sus argumentos, que le indicaran sus errores y que le recomendaran lecturas? ¿Era posible algo así? No tenía costumbre de ir a las tertulias, pero por lo que sabía éstas eran territorio casi por completo masculino. No creía que su marido le impidiera ir a alguna de las que celebraban sus amigos carlistas, pero ¿no se reirían de ella? ¿Tendrían razón sus amigas? ¿Resultaría ridícula y cansina una mujer intelectual?

       Jacinta consumió varias semanas en esas tribulaciones. Pero una tarde todo cambió. Estaba en el salón, componiendo unas piezas de ropa junto con las criadas, cuando se acercó Tomasito, vestido de etiqueta.

       ―Madre, ¿podrías escucharme? Esta noche doy un discurso en el club liberal del marqués de Zugaldía y, aunque no entiendas nada, quisiera que lo escucharas para que me digas qué tal aspecto tengo. Debo causar la mejor impresión si quiero que me admitan.

       Si el padre era un ferviente carlista, el hijo había salido liberal con tintes de progresista y algunos cacillos de demócrata. Aquello propiciaba muchas discusiones en el hogar familiar, que a veces terminaban con don Tomás llamando a su hijo “desagradecido” y con éste poniéndole de carcunda para arriba. En secreto, Jacinta estaba cada vez más de acuerdo con los argumentos de su hijo, por lo que rápidamente asintió. Quería ver a Tomasito defender aquellos ideales.

       ―Gracias, madre. El discurso lo traigo escrito en estas cuartillas. Verás, empieza así, dice: “¡Ya los antiguos fenicios…!”

       Jacinta notó cómo le costaba cada vez más mantener la cara de aprobación. Dos meses atrás no habría estado en posición de juzgarlo, pero ahora sí… y era muy malo. No sólo lo pronunciaba a trompicones, buscando nerviosamente la aprobación de su auditorio, sino que el texto en sí era horrible. Sin estructura ni buenos argumentos, parecía más una arenga callejera que una pieza oratoria propia de la buena sociedad. Si Tomasito lo llevaba a los salones de Zugaldía iba a hacer el ridículo más espantoso.

       El discurso terminó. Jacinta y las criadas aplaudieron cortésmente. Tomás estaba pletórico.

       ―¿Os ha gustado? ¿Qué tal parezco, madre? ¿Lo haré bien?

       ¿Qué hacer? ¿Corregir el discurso y desvelar así sus lecturas… o dejar que su hijo hiciera el ridículo? En un segundo se decidió. Una madre era una madre, al fin y al cabo.

       ―Me ha gustado mucho, Tomasito. Lo único… estarías mejor si te pusieras más recto y pronunciaras las palabras de forma más clara.

       ―¡Muchas gracias, madre! Así lo haré.

       ―Y, una cosa, sobre el contenido… ¿por qué no citas a Argüelles?

       ―¿Eh? ―la inesperada referencia hizo que la sonrisa se congelara en la cara de su hijo. Era el último momento para fingir ignorancia. Pero había llegado la hora: Jacinta, sin mirar a su hijo a los ojos, siguió hablando.

       ―Argüelles, en el discurso en el que defendió la Constitución de 1812, defendió la soberanía nacional diciendo que no había que preocuparse, que el pueblo seguiría eligiendo como diputados a los mejores, que en aquel momento eran los nobles. Si quieres defender el sufragio universal, ¿por qué no usas ese argumento? ―las criadas contuvieron el aliento―. Ah, y otra cosa… deberías lanzarle alguna pulla al duque de Montpensier, para que tu auditorio se ría… de él… y te aplauda.

       Su hijo la miraba de hito en hito, como si estuviera oyendo hablar a una piedra o algo igual de absurdo. Jacinta escuchó como Anita, temiéndose una discusión, se levantaba de la silla y huía hacia la cocina.

       ―Pero madre… ¿cómo sabes tú todo eso?

       Y Jacinta confesó. Dijo que llevaba meses leyendo los libros y papeles de su hijo y formándose en una amplia variedad de temas. Dio pruebas de que conocía la actualidad política al dedillo. Y pidió a su hijo que le escuchara. En un momento dado se echó a llorar. Tomasito no podía creerlo. Jacinta podía ver que se debatía entre el respeto que le debía a su madre y su deseo de gritarle que de eso ella no entendía, que dejara en paz sus papeles. No pudo resolver el conflicto. Casi corriendo, huyó del salón en dirección a su cuarto, cogió la chistera y salió por la puerta de la casa.

       ―Increíble… inaudito… ―le oyó murmurar Jacinta antes de que desapareciera.

4.

       Aquella noche Jacinta se acostó pronto. Su marido no vendría a dormir; últimamente se pasaba las tardes y las noches con sus correligionarios, buscando desesperadamente conseguir apoyos que permitieran a Carlos VII ser nombrado rey de España. Jacinta lloró hasta quedarse dormida, pero poco después sintió que la puerta se abría y oyó los pasos de su hijo por el pasillo. Se dio la vuelta en la cama, creyendo que Tomasito se limitaría a meterse en su cuarto, por lo que los golpes en su puerta la sorprendieron. Su hijo llamaba quedamente.

       ―Madre… ¿duermes?

       ―No… espera que salgo ―se levantó de la cama, se vistió de manera decente y abrió la puerta.

       Su hijo había ido al salón y la esperaba sentado en uno de los sillones. Jacinta se sentó en otro.

       ―¿Qué tal ha ido el discurso…?

       ―Te hice caso ―dijo su hijo mirando al infinito, como si no acabara de creerse que estuviera pronunciando aquellas palabras―. Hablé de Argüelles y me reí de Montpensier. Fueron las dos cosas que más gustaron. Cuando acabé de hablar se me acercó Zugaldía, me dijo que lo de Argüelles había sido sagacísimo y me invitó a volver cuando quisiera. Gracias.

       ―Me alegro mucho, hijo ―la calidez le invadía.

       ―¿Llevas mucho tiempo leyendo mi biblioteca?

       ―Desde abril. ¿Te ha molestado?

       ―Sí… sé que ha habido mujeres letradas, como la famosa madame de Staël, pero mi propia madre…

       ―Ya ves lo que son las cosas, hijo. Me entró el gusanillo y descubrí que me gusta. Aprendo mucho.

       ―Pero ¿entiendes lo que lees? ―por primera vez en la conversación su hijo la miró directamente.

       ―¡Sí! Bueno… en su mayor parte. Hay cosas que se me escapan, claro ―terminó con modestia. La verdad era que cuanto más leía más fácil le era progresar.

     Quedaron unos minutos en silencio. El hijo fumaba lentamente. Finalmente dijo:

       ―Padre no lo sabe, ¿no?

       ―No, claro que no.

       ―Tiene que saberlo ―la voz de su hijo era la de quien acababa de tomar una decisión―. Puedes usar mi biblioteca, pero con esa condición. Un hombre tiene que enterarse de lo que pasa en su casa. ¿No crees?

       Jacinta agachó la cabeza. Le parecía justo. Su hijo siguió hablando.

       ―Si quieres se lo puedo decir yo.

       ―No, Tomasito, no hace falta. Yo misma lo haré.

       Y era cierto. A la mañana siguiente, en cuanto don Tomás entrara en su casa, Jacinta se lo diría. Al fin y al cabo no había estado haciendo nada malo, ¿no?

5.

       Don Tomás no fue de la misma opinión. A la mañana siguiente entró por la puerta, contento después de una noche en la que al parecer había adelantado mucho trabajo. Cuando Jacinta le confesó su falta (sin especificarle lo absurda que le parecía ahora la causa carlista) empezó a gritar como un descosido. Que cómo se le ocurría, que qué vergüenza que pretendiera ir de intelectual. Ella aguantó la bronca hasta el momento en que su marido lo comparó con tener un amante.

       ―¡En mi propia casa! ¡Y a mis espaldas, sin que yo me enterara! ¡Esto es una traición, un ataque a la honra de la familia! ―aquello fue demasiado. Entendía el derecho de su marido a enfadarse, pero esa reacción era excesiva. Su sangre vasca bullía cuando decidió contestarle.

       ―¡Bueno, Tomás, ya está bien! ―su marido le miró, con una cara de incomprensión muy similar a la que había puesto su hijo la noche antes―. ¡Sí, tendría que habértelo dicho, he hecho mal en callármelo y te sientes traicionado! Lo acepto y te lo concedo. Pero ya está bien. Seguiré leyendo, puesto que Tomasito me deja, y no hay más que hablar.

       ―¿Es que no voy a conseguir respeto ni en mi casa? ¿Qué tontería es ésta? Mi propia esposa, educándose y leyendo libros de política ―se rio con desprecio―. ¡Aquí mando yo, y si decido que los libros de Tomasito salen de casa, los libros de Tomasito salen de casa! ¿Está entendido?

       ―¡Bueno, el señorito! ―dijo Jacinta, con desprecio. Inmediatamente bajó el tono ―. Mira, Tomás, nunca te he pedido nada. Ahora te pido que me dejes leer. Es un pasatiempo que a mí me entretiene más que el paseo con las amigas o que ir al teatro. Y no hago daño a nadie: ¿has notado que la casa esté peor, más desarreglada?

       ―Eso… eso hay que reconocerlo ―murmuró don Tomás―. No, la casa está como siempre.

       ―Entonces, ¿qué más te da? Cumplo con mis deberes de esposa y madre. ¿Querrás perdonarme esta pequeña excentricidad?

       Jacinta conocía a su esposo. Había saltado con agresividad ante la tontería aquella del ataque a la honra, pero conseguiría mucho más fácilmente el permiso con ruegos y humildad. A ello se aplicó. Además, no mentía: no había quitado un solo minuto de sus tareas del hogar para dedicarlo a sus lecturas. Su marido parecía indeciso.

     ―¿Me concederás el capricho? Nadie tiene por qué enterarse. Ni siquiera tú tienes que saber lo que leo. Comentaré mis lecturas con Tomasito y con nadie más. Con eso quedarán saciadas mis ansias de conversación. Nunca te daré la lata con este asunto.

     ―¿Seguro?

     ―¡Seguro! ¿Qué libro podría perturbarme tanto como para pretender lo contrario? Sé cuál es mi papel, Tomás, y además te conozco desde hace años. No pretendo enfrentarme a ti ni cuestionar tu autoridad doméstica. Quédate tranquilo ―Jacinta era sincera. Además, su esposo no era muy leído. ¿Qué provecho sacaría de comentar con él ninguna lectura?

       ―Está bien, accedo. Puedes leer lo que quieras y comentarlo con Tomasito… con una condición ―aquella coletilla cortó la sonrisa que ya empezaba a formarse en la boca de Jacinta.

       ―La que quieras, Tomás. ¿Qué condición?

       ―Nada de tratados de política, ni de economía, ni de derecho ni de otras materias difíciles. A partir de ahora sólo leerás libros escritos por mujeres.

       Jacinta fue a replicar. ¡Aquello era intolerable! Todos los libros que leía estaban escritos por hombres. ¿Qué mujer escribía libros que no fueran novelitas baratas? Pero los ojos de su esposo no le dejaban derecho a réplica. Bajó la mirada, humilde.

       ―Está bien, Tomás. Sólo libros escritos por mujeres ―quizás cuando pasara el tiempo podría obtener su licencia para ampliar el catálogo, pero de momento tendría que conformarse.

6.

       Estaba sola en casa. Su hijo apenas tenía libros escritos por mujeres, pero le había hecho el favor de buscarle algunos, a ser posible que no fueran novelas. Había vuelto de la librería con un corto panfleto que firmaba una tal Concepción Arenal. Se llamaba La mujer del porvenir y Tomasito no sabía de qué iba. Sola en casa, empezó a leer:

       El error, tarde o temprano, acaba por limitarse a sí mismo, y la primera forma de su impotencia es la contradicción: si quisiera ser lógico, se haría imposible. La humanidad, que puede ser bastante ciega para dejarle sentar sus premisas, no es nunca bastante perversa o insensata para permitirle que saque todas sus consecuencias: le opone su razón, sus afectos o sus instintos, y él transige; podemos estar seguros de que donde hay contradicción hay error o impotencia.

       Aplicando esta regla al papel que la mujer representa en la sociedad, por la falta de lógica del hombre, vendremos a convencernos de su falta de razón primero, y de justicia después.

       Aquella introducción le intrigaba. ¿El papel que la mujer representa en la sociedad? ¿A qué se referiría? ¿Qué era todo aquello de la contradicción y el error? La verdad es que Arenal había logrado despertar su curiosidad.

       Y lentamente Jacinta Aguirre fue pasando páginas y sintiendo, una vez más, cómo todo en lo que siempre había creído se derrumbaba como un edificio viejo.

————————————–

       En el presente relato se tratan dos hechos históricos. El primero, que efectivamente pertenece al mes de abril, es el debate entre Manterola y Castelar acerca de la libertad religiosa. Castelar es uno de los oradores más reconocidos de la historia política española. Republicano conservador, estaba férreamente en contra de la dinastía de los Borbones y a favor de los derechos individuales. El discurso que en este relato impacta tanto a Jacinta fue todo un éxito en su época.

       Podéis encontrar aquí el discurso de Manterola y aquí el de Castelar.

       El otro hecho histórico, también perteneciente al año de 1869 (pero no sé a qué mes) es la publicación de La mujer del porvenir, uno de los primeros textos de feminismo escritos en español. La autora, Concepción Arenal, es todo un personaje: logró sacarse una licenciatura en Derecho yendo a clase vestida de hombre, fue visitadora de Cárceles de Mujeres, escribió ensayos sobre diversos temas y polemizó con los penitenciaristas más destacados de la época.

       El feminismo de La mujer del porvenir es extraño. Por un lado es tremendamente adelantado: identifica el tedio como problema específico de las mujeres (peor incluso que el dolor) un siglo antes de que Betty Friedan hable del “malestar sin nombre”. Por otro, considera a la mujer moralmente superior al hombre, en un rasgo de sexismo benevolente que hoy no tiene mucho sentido: en consecuencia, está en contra de permitirle ejercer autoridad, participar en la política o incluso votar. Evidentemente, y como en casi todas las obras de raíz ilustrada, cifra todas sus esperanzas en la educación.

       Aun así, la obra (que le surgió a Arenal cuando acudió a cubrir para la prensa unas conferencias sobre la situación de la mujer que se celebraron en Madrid) merece la pena y recomiendo su lectura.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

El juzgalibros: “Un encargo fácil”, de Rocío Vega

Kerr no suele tomar buenas decisiones. Bebe demasiado, es impulsiva y se acuesta con miembros de su propia tripulación. También es justo reconocer que está sometida a mucha presión: es una mercenaria eficiente, sí, pero fue su padre el que le transmitió su nave y su equipo. No es lo mismo enfrentarte a las misiones si sabes que si fracasas simplemente vas a perder dinero que hacerlo sabiendo que además tu padre te va a mirar mal.

Hoy reseño Un encargo fácil; el primer número de Horizonte Rojo, una saga de novelettes eróticas de ciencia ficción que está escribiendo Rocío Vega. Sí, he dicho novela erótica de ciencia ficción. Sí, hay alienígenas. No, todavía ninguno tiene tentáculos. Dadle tiempo.

Antes de empezar esta reseña, que ya aviso que va a ser bastante positiva, tengo que mencionar que la autora es amiga mía. Lo digo como buena práctica, para declarar las posibles fuentes de conflictos de interés que existan.

Un encargo fácil es una novelette de introducción, y eso se nota. En ella se presenta a la protagonista de la saga, a los miembros de su tripulación, al imbécil que claramente va a dar problemas unas pocas páginas después y el universo en el que se mueven todos ellos. El argumento es simplemente una excusa para realizar esta presentación. La novelette arranca casi in medias res, con un tiroteo, y lo que sucede a partir de ahí no tiene demasiado interés. Sin embargo, esto no importa mucho: aparte de que el libro termina casi antes de que te des cuenta, lo que te mantiene pegado a él no es su trama.

¿Y qué es entonces? En primer lugar, la protagonista. Rea Kerr es deliciosamente humana, lo cual quiere decir que es un dechado de defectos: corta de miras, impulsiva, alcohólica, cínica (bueno, no sé si eso es un defecto), insegura e irrespetuosa. Ah, y su trabajo es pegarle tiros a la gente por dinero. Siempre apetece leer a personajes bien construidos y creíbles, y es agradable que dichos personajes no sean lo que llamaríamos “buenos”. Al contrario, Kerr y sus mercenarios son gentuza, nada romantizada y con obvios problemas para relacionarse con otros seres humanos. Y eso mola.

En segundo lugar, el mundo. Escribir ciencia ficción en el siglo XXI es difícil, porque puede resultar que lo que tú presentas como un avance tecnológico de la hostia, propio del futuro lejano, se invente tres años después de que publiques tu obra y quede desfasado en otros diez. La autora solventa este problema recurriendo a los tópicos del cyberpunk: implantes corporales, cosas holográficas con las que puedes interactuar, armaduras de combate, spray cauterizador y demás. La mezcla, a la cual se le añaden drones como concesión a la época actual, queda notablemente coherente.

Además, en el universo de Horizonte Rojo hay alienígenas. De momento se puede decir poco de ellos, salvo que me hizo mucha gracia que una de las razas fuera la de los arrianos, pero da para una reflexión interesante sobre las orientaciones sexuales. Evidentemente tener contacto con criaturas alienígenas puede propiciar que aparezca una nueva orientación sexual, que la autora denomina “omnisexualidad”. Y, correlativamente, aparecen las personas que consideran que los omnisexuales son aberrantes y que su sexualidad es asquerosa. Una de ellas es la protagonista. Os dije que era un dechado de defectos, ¿no?

Lo tercero que engancha es el sexo. Tratándose de una obra erótica, tendría un problema si no fuera así. Las escenas sexuales están bastante bien: hay dos (una heterosexual y otra lésbica), están bien contadas y son excitantes. Se agradece que la autora huya de refinamientos y de rodeos a la hora de describir el sexo. También es agradable que los personajes no se conviertan en marionetas que dan y reciben placer durante estos momentos. Mientras folla, Kerr tiene tiempo para pensar en el asco que la da el hecho de que su pareja esté drogada o en lo difícil que le va a ser correrse estando borracha. Estos detalles acercan el relato a la realidad.

En definitiva, Un encargo fácil cumple con su objetivo de abrir la puerta a una serie y dejarte con ganas de más. Confío en que, según la saga crezca, las tramas vayan mejorando. Yo de momento ya me he comprado la segunda parte.

El trato (y II)

Publico hoy las partes 2, 3 y 4 de mi relato de marzo. La primera parte se puede leer aquí.

2.

       Salí de allí con la sensación de haber hecho un trato con el diablo. Por supuesto no había hecho trato alguno, pero la oferta estaba ahí, aguardándome. Y lo cierto es que la tentación era demasiado fuerte. Mis contactos en el partido progresista lo habían hecho depender todo de que lograra ese encargo. Si lo conseguía, el nombramiento estaría en mi mesa a la semana siguiente. Si no, probablemente nunca lo tendría.

       Pero Rocío y yo habíamos hecho planes. La amaba, o eso creía. Nunca había sentido por nadie algo como lo que sentía por ella. Casarnos, vivir juntos, tener hijos, ser felices… ésa era toda mi aspiración. Yo, un hombre rutinario, enemigo de aventuras, sólo quería una casa en Madrid y una esposa amante. Rocío podía darme todo esto.

       Y sin embargo, algo en mí me impulsaba a aceptar el trato. Me senté en un ventorro y pedí un vino para ayudarme a reflexionar. Mi placita en un Ministerio era todo mi futuro. Había llegado a Madrid procedente de Valencia con el objetivo de medrar en la política. No tenía tierras, no tenía oficio, no tenía empresas. Sólo las promesas de Prim: un destino bien remunerado a cambio de convencer a mi amigo. Ése era el trato, sin vuelta de hoja. Si no lo cumplía, podía olvidarme de los progresistas. Por un momento pensé en arrimarme a la Unión Liberal, a los alfonsinos, a los republicanos o incluso a los carlistas, pero mi alma se sublevaba contra aquella idea. ¡Yo era progresista! Además, y rebajándome a un nivel más práctico, ni aquellas causas tenían demasiadas oportunidades de triunfar ni aceptarían fácilmente a un advenedizo como yo.

       Pedí y pagué otro vaso de vino, y luego un tercero. Los pensamientos se hilvanaban ya con más claridad. Demos un paso adelante: suponiendo que hago lo que debo hacer, que mando a Esteban a freír monas y me quedo sin destino, ¿querrá Rocío casarse conmigo? Creía que ella sí, pero ¿y sus padres? Imposible. Y aunque lograra vencer la resistencia de don Pedro y doña Onésima, ¿qué vida le podría dar a mi amada? Pobreza, miseria, amargura, infelicidad… y al final odio. De entre los vapores del vino surgió una imagen: Rocío, con diez años más, gritándome que debería haberse casado con Esteban, llamándome inútil, abandonándome. ¿Podía acaso culparla?

       No había elección. ¡No la había, maldita sea! O aceptaba la propuesta de Esteban y conseguía mi carguito, o la rechazaba y me quedaba sin nada.

       Terminé mi cuarto vino, lo pagué y, sintiéndome después de todo como escoria, me dirigí a casa de Rocío.

       Ahorro describir la patética escena que vino después. Su cara, primero alegre y sorprendida por verme a una hora tan desusada, mutó hacia la extrañeza al verme borracho y hacia la incredulidad más absoluta cuando le rompí el corazón. “Que no quiera volver a hablarte”, me había dicho Esteban, y yo, desgarrándome por dentro, cumplí. Le dije que todo era un juego, que me había divertido mucho con ella pero que teníamos que romper. Insinué que seducirla no había sido más que una apuesta. Afirmé que jamás la había querido. Y, finalmente, ante sus lágrimas, rematé con estas palabras:

       —¡Rompo, sí, claro que rompo! ¡Nunca me verás más! Mis padres me han arreglado un matrimonio con nada menos que una condesa. ¿Para qué te quiero ya? ¡Ella sí que me hará feliz!

       Sus ojos se aceraron de repente. Se secó las lágrimas y me espetó:

       —¡Así que eso era! Por un momento creí que era verdad que nunca me habías amado. ¡Puedes ahorrarte todas esas tonterías sobre apuestas y diversiones! ¡No me las creo! Tú me amaste, Manuel; yo lo sé, tú lo sabes y cualquiera que te conozca lo sabe. ¡Pero te amas mucho más a ti mismo, amas mucho más tu posición, amas mucho más a eso que los novelistas llaman “la sociedad”!

       “¡Vete a casarte con tu condesa! ¡Venga, asegúrate un puesto en el mundo! Sólo sabes hablar de eso: de destinos, de colocaciones, de alternar con los grandes… ¡y ahora lo vas a conseguir con un matrimonio! Qué estúpida he sido al pensar que yo, que el amor que te tengo o que el amor que tú me tuviste iban a interponerse entre tú y tu ascenso. ¿Eres capaz de pensar en otra cosa? ¿Eres capaz de concebir que las mujeres no somos cartas que jugar en tu carrera hacia ser ministro?

       “Yo habría sido feliz contigo aunque no hubiéramos tenido más que pan para comer. Nunca me han gustado los lujos. Además, mi padre siempre te habría amparado. ¡Dicen en las novelas que el amor todo lo puede, que redime, que salva! Yo no lo creo; he visto demasiadas veces cómo fracasa esa doctrina. Pero nunca habría pensado que me iba a pasar a mí. He sido una tonta. ¡Pretendí curarte de tu ambición, de esa ambición que se ve a la legua, mediante el cariño y el amor! ¡Ilusa de mí!

       “Y ahora vete, ambicioso. ¡Vete, cobarde, que has necesitado vino para venir a cortar conmigo! ¡Márchate de mi casa, ve con tu condesita, ve a tus fiestas en palacio y a tus entrevistas con los ministros! No quieres otra cosa, ¿no? Ya se ve, no te importa dejar a tu paso un reguero de cadáveres, de muchachas tontas muertas de amor por ti. ¡Pues que te aproveche!

       Sus palabras me hacían enrojecer de vergüenza como si fueran bofetones. Quise hablar, decirle que tenía razón, que todo había sido una sarta de mentiras, que no había condesa. Contarle la verdad. Echarme a sus pies y suplicarle, renunciar a todos mis sueños, implorarle perdón por haber jugado con ella, incluso pedirle que se casara conmigo. Pero la boca no me respondía, las piernas me temblaban y sus ojos rebosaban odio. ¿Perdón? ¿Cómo iba a perdonarme? Lo había hecho bien, lo había hecho maravillosamente bien. Rocío me despreciaba con toda su alma.

       Salí de aquella casa escoltado por uno de los criados, un hombre gigantesco que siempre me había tratado con respeto pero que aquella vez estuvo a punto de empujarme escaleras abajo. Cuando estuve al aire libre mis ideas se aclararon. Ya estaba: la traición se había consumado. Era el momento de acudir a El ciudadano a recoger mi pago.

       Caminé por Madrid centrado en mis pensamientos, en mi dolor y en mi futuro. Quizás por ello no noté que los corrillos que se reunían para comentar las últimas noticias eran más grandes de lo habitual.

3.

       Mi plan era llegar a la sede de El ciudadano y esperar, sentado en el despacho del director, a que mi amigo volviera de seducir a la tal Virginia. Pero no hizo falta. Un tumulto de periodistas, vendedores, policías de paisano y cotillas de todo pelaje se amontonaban en la planta baja. En el piso de arriba, Esteban daba órdenes con voz de capitán general. Apenas me vio, bajó la escalera con un trotecillo y me llevó a su despacho.

       —¡Chico, qué mala cara traes, ven conmigo! Te has enterado, ¿no? ¡Todo Madrid está conmocionado! Ven, bebamos algo… —yo era incapaz de entender su parloteo.

       —Está hecho…

       —¿Qué?

       —¡Está hecho, Esteban, está hecho! —grité con una furia que sólo sentía hacia mí mismo—. He cortado con Rocío. He tomado la peor decisión de mi vida, pero he cumplido: ella me odia. Ya puedes sacar un número especial apartándote de Montpensier.

       —Ah, eso… —su cara, que al principio había mostrado desconcierto, tenía ahora una mueca de preocupación—. Eso iba a hacerlo de todas maneras. No tendrías que haber ido… —dejó la frase sin terminar.

       —¡¿Cómo?! —vociferé, mientras le agarraba de las solapas de la levita—. ¿Cómo que ibas a hacerlo de todas maneras? ¡Explícame eso o te juro por Dios que…!

       —No te has enterado, ¿verdad? —se soltó y empezó a dar vueltas por la habitación—. No, claro que no, si sales ahora mismo de casa de… Dios mío, Dios mío. ¡Tendrías que haberte esperado a que se resolviera el duelo!

       —¡Habla claro, Esteban, habla claro! ¿Qué tiene que ver el duelo de Montpensier con este asunto?

       —Dios santo, me parece inverosímil que…

       —¡¿Qué?!

       —Ya ha sido el duelo. Las primeras noticias llegaron hace media hora. Era a primera sangre, y con pistolas de alma lisa. Apenas tienen precisión. Primero disparó Montpensier y no pasó nada. Luego el duque, y tampoco. Pero al tercer tiro, cuando le tocó a Montpensier de nuevo… amigo mío, Montpensier ha matado al duque de Sevilla. Están trayendo ahora el cadáver a Madrid.

       En ese momento mi mente y mi cuerpo desconectaron. La borrachera y todas las emociones que había vivido en las últimas tres horas hicieron que las piernas me fallaran definitivamente. Caí en el sofá. Empecé a llorar como un niño. Apenas oía ya las palabras de mi amigo explicando que con ese disparo Montpensier había derramado sangre borbónica, que nadie en su sano juicio le apoyaría ya, que había dinamitado todas sus posibilidades de reinar. La cabeza me latía. Quería decirle que se callara pero las palabras no me salían. El griterío de la planta baja retumbaba en mi cabeza. Finalmente, no aguanté más. Me desmayé.

4.

       Esa misma tarde salió una edición especial de El ciudadano. Tal y como me había prometido mi amigo, el titular era “¿Es éste el rey que queremos?” En primera plana, a cuatro columnas, se informaba del duelo y de su fatal desenlace. En la siguiente página, mi amigo firmaba un artículo disculpándose con sus lectores por haber apoyado a un candidato que ahora se revelaba tan inadecuado. Aquel día El ciudadano era indistinguible de los demás periódicos de Madrid: todos, incluso los más fervientes montpensieristas, criticaban al candidato.

       Al día siguiente fui a hablar con mis amigos del partido progresista. Obviamente no me creyeron cuando les conté la historia. Incluso cuando se supo que efectivamente había cortado con Rocío, la opinión general era que lo había hecho inducido por mi borrachera. Había quienes invertían el orden de los acontecimientos y murmuraban que, cuando supe que la muerte del duque de Sevilla anulaba en la práctica el acuerdo que tenía con los progresistas, fui a beber vino a la taberna hasta que ya no fui consciente de mis actos. De esto me enteré después y por comentarios de terceros. A la cara, todos mis amigos me felicitaron por conseguir que Esteban cambiara de opinión. Sin embargo, cada vez que yo trataba de hablar de mi destino me daban largas o cambiaban de tema.

       Han pasado los años. Al final conseguí una placita modesta, de chupatintas de último nivel, en un despacho del Ministerio de Gobernación. Nunca he ascendido de ahí. Soy tan insignificante que ni siquiera se molestan en echarme cuando cambia el gobierno y todos mis compañeros quedan cesantes. Supongo que no puedo quejarme: pese a que duplico en edad a mis jefes y compañeros, el salario es fijo y me da para vivir.

       A veces he pensado qué habría sucedido si aquella mañana no hubiera ido a casa de Rocío. He revivido muchas veces su discurso. Creo que era mentira, que las ayudas de su padre no habrían llegado jamás y que ella al final se habría cansado de la miseria. Con mi sueldo de chupatintas no habría podido mantener a una familia. Sí, cada vez que pienso en esto llego a la conclusión de que tomé la decisión correcta.

       Pero Madrid, al final, es un lugar pequeño. A veces me cruzo con Rocío y con Esteban, que van del brazo a alguna parte. Ella me gira la cara; él me mira con conmiseración y se las arregla siempre para prestarme algo de dinero, pese a que tampoco nada en la abundancia. No sé cuál de los dos me hace sentir peor. En esos momentos toda mi capacidad de autoengaño se desmorona, vuelvo a sentir la misma vergüenza que aquella mañana de marzo y entiendo que, sin lugar a dudas, aquel trato con mi amigo Esteban fue mi perdición.

       La historia del duelo de los Carabancheles me gusta porque es un buen ejemplo de cómo la vida privada puede llegar a cambiar la vida pública de un país. Dos hombres, cuñados ambos de la reina destronada, que se enfrentan por unos insultos personales en un lance que acaba con uno de ellos muerto y el otro perdiendo todas sus posibilidades de reinar.

       Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, estuvo tres veces a punto de ser rey de España o de que su descendencia lo fuera. La primera se dio cuando fue uno de los candidatos a casarse con Isabel II: aquello no prosperó y él se terminó casado con la hermana de la reina. La segunda, cuando trató de hacerse elegir rey por las Cortes de la revolución, que es el intento cuyo final se narra en el relato. Y la tercera cuando, una vez restaurada la dinastía borbónica, logró hacer casar a su hija con Alfonso XII. La joven reina María de las Mercedes (17 años en el momento de la boda) murió de tifus cinco meses después.

       En cuanto a Enrique de Borbón, duque de Sevilla, es otro personaje peculiar: también fue candidato a casarse con Isabel II (al final fue su hermano el que lo hizo), contrajo matrimonio contra la voluntad de ésta, solicitó afiliarse a la Primera Internacional y le despojaron varias veces de sus títulos por sus opiniones políticas. Las causas que le impulsaron a escribir aquel artículo injuriante no están claras: se especula con su izquierdismo, con un encargo personal de la destronada Isabel II (que aborrecía a Montpensier) o incluso con su rivalidad personal con su adversario, al cual conocía desde su juventud.

       El duelo en sí, fue tal y como se ha narrado: a primera sangre (algo poco habitual en la época) y con pistolas poco precisas. La muerte del duque de Sevilla demolió completamente la causa de Montpensier, que recibió sólo 27 votos de las Cortes cuando éstas decidieron quién sería rey de España, ocho meses después del duelo. Como sabemos, fue elegido rey Amadeo de Saboya, duque de Aosta, con 191 votos a favor. Evidentemente no tenemos ni idea de si Montpensier habría sido elegido rey si no se hubiera producido el duelo, pero lo cierto es que en aquel momento era el único con una candidatura sólida: Prim, el hombre fuerte de la revolución de 1868, era incapaz de encontrar un monarca de su gusto ideológico.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

El trato (I)

Publico la primera parte de las cuatro que tiene este relato. Las otras tres son más cortas y se publicarán en la siguiente entrada, que se subirá mañana.

 

1.

       El 12 de marzo de 1870 amaneció encapotado. Las nubes tapaban el cielo y no parecía que fueran a clarear en todo el día. Un viento desapacible azotaba las calles de Madrid. Si yo hubiera sido un hombre más inteligente me habría vuelto a la cama después de tomar el chocolate y no habría salido hasta la hora del almuerzo. Pero no procedí así. Al contrario, según terminé de desayunar me puse el gabán y me eché a la calle, lleno de vitalidad y empeño. Incluso me atreví a silbar al ritmo que marcaban mis zapatos en el empedrado de la calle. Sin duda mi ánimo no cuadraba con el tiempo. Pero ¿por qué no iba a estar alegre? Era joven, tenía salud, tenía amor y tenía una misión con la cual iba a labrarme un futuro.

       Mi amor se llamaba Rocío; yo era uno de sus amigos, y con mucho el favorito. Sus padres veían con buenos ojos nuestra amistad y me permitían acceso libre a las tertulias de su casa. En un rincón de su sala de estar, apartados de la conversación general, ella y yo hablábamos de la vida que nos esperaba en cuanto yo consiguiera mi placita en un Ministerio. Sobre ese mismo tema había hablado con su padre la semana anterior. Sí, la cosa iba adelante: aún no podía llamarla mi novia, pero no faltaba mucho para ello.

       Precisamente con eso estaba relacionada mi misión. No era peligrosa, o al menos no demasiado: siempre hay cierta dosis de riesgo cuando intentas sacar a un periodista de la cama antes de mediodía. Suelen gruñir e intentar agredirte. Pero mi amigo Esteban Maestre, director de El ciudadano, era un alfeñique. No creía que hiciera nada más que rezongar mientras me pedía algo de tiempo para vestirse. El problema iba a estar en convencerle.

       Yo había conocido a Esteban en las tertulias del padre de Rocío, a donde acudía, como otros muchos jóvenes, a disfrutar de la conversación, a medrar políticamente y a intentar conseguir aunque fuera una mirada de la hija de los anfitriones. Aquel hombre delgaducho, unos pocos años mayor que yo, me había caído bien desde el primer momento. Esteban era un tipo bastante decente. Sólo tenía una mácula en su personalidad: sus ideas políticas. Esteban Maestre era un ferviente partidario de Montpensier.

       ¡Montpensier! En aquellos convulsos momentos de España sin rey, ningún nombre me resultaba más ingrato que el del pretendiente francés. ¡Montpensier! Gordo narigudo, reaccionario de la vieja escuela, Borbón con pelaje de Orleáns. ¡Montpensier! Su nombre parecía haberse hecho para ser pronunciado con desprecio. ¡Y ese pelafustán, ese don nadie de tripa oronda, ese… ese francés pretendía alzarse con el trono de España! ¡No si yo podía evitarlo, maldita sea! Y, si al cumplir mi parte en el trabajo de drenar su popularidad me ganaba un destinito bien remunerado, pues perfecto.

       Para mi sorpresa, Esteban estaba despertándose cuando llegué a su pensión. Su hospedera, una viuda llamada doña Consolación, me pidió que aguardara mientras le daba el recado y volvió con la noticia de que mi amigo se disponía a bajar. La anciana sirvió el desayuno en una anticuada bandeja de plata y finalmente Esteban entró en el comedor. Sin remilgos, nos sentamos en la mesa y empezó a tomar el chocolate.

       —Me pillas de milagro, chico —dijo entre mordisco y mordisco—. Hoy me he propuesto levantarme pronto. Virginia va a misa en las Descalzas Reales y ahí estaré yo también. Sus padres le ponen guardia, un cancerbero que responde al nombre de Domiciana, pero unas monedas en la mano correcta y el perro se aleja moviendo la colita. ¡Malo será que no pueda hoy oír misa junto a Virginia, y malo será que entre rezos no le pueda susurrar todo lo que mi corazón anhela!

       Ambos reímos. ¿He mencionado que Esteban era un verdadero donjuán? Nadie lo diría al verle parapetado detrás de sus gafas de intelectual y vestido con aquella levita vieja, pero cuando se ponía a hablarle a las damas su voz rezumaba miel y almíbar. Se decía que no había soltera o casada en Madrid que mi amigo no pudiera conseguir si así le venía en gana. Sólo Rocío, mi adorada Rocío, había resistido a sus intentos. ¡Y por Dios que el ataque de él había sido brioso! Pero Rocío me amaba a mí y, aunque reconocía que mi amigo era un seductor, su cabeza no pensaba en otro que no fuera yo.

       —¿Tú desayunando a las diez? ¡Sí que debe valer la pena la tal Virginia!

       —No te imaginas cuánto, Manuel. ¡Bebo los vientos por ella! Ah, ¡me dan hasta ganas de casarme! —volvimos a reír.

       —¿Casarte tú, calavera? ¡Deja! Eso es para las personas decentes como yo. Los cabezas locas tenéis otros intereses. ¡Sólo os mueve la emoción de la conquista! Casados os aburriríais.

       —Oye, no permito que me insultes —había un matiz de enfado en su tono de guasa—. ¡Mira aquí el aprendiz de señorito, qué aires se da! ¿Has conseguido ya tu empleo o tienes que besar aún un poco más los pies de Prim?

       —Bueno, bueno, haya paz —mostré las palmas en señal de inocencia—. Aquí todos somos besapiés, Esteban mío. Si yo me humillo delante de las botas militares del gran Prim, tú haces lo mismo con el advenedizo. ¿Qué tal va tu periódico? ¿Vas a publicar otra caricatura del presidente del Consejo de Ministros subastando el trono? ¡Es un tema que aún no se ha explotado lo suficiente! ¿Y qué me dices de un articulito demostrando que el bigote de Montpensier es el más cuidado de todo Madrid?

       —Debí imaginar que vendrías otra vez para lo mismo —esta vez ya no había burla en su voz. Tomó el último sorbo de chocolate, se limpió la boca con precisión y dejó la servilleta en la mesa. Salimos a la calle—. Mira, te dejo que me acompañes, que antes de misa tengo que pasar por el periódico. Pero no quiero oír una sola palabra sobre el tema. ¡Apoyo a Montpensier porque quiero, hombre! Y eso no va a cambiar por mucho que me ruegues.

       —¡Venga ya! Te conozco de sobra. Tú peleaste en la revolución y gritaste conmigo “¡abajo la reina!”. ¡Estabas en el Congreso el día en que Prim dijo lo de “un Borbón en España ¡jamás, jamás, jamás!” y casi se te caen las manos de aplaudirlo! Por el amor del cielo, el lema de tu periódico es “Viva España con honra”. ¿Cómo puede ser que tú, precisamente tú, apoyes a Montpensier? ¡Si es volver a lo mismo!

       —¡Que no insistas, chico! —dijo con rabia—. Luché en la revolución para destronar a Isabel II, y ahora que Isabel II está destronada yo apoyo a quien me da la gana. ¡Y deja ya de hablar de Prim! Prim esto, Prim lo otro, Prim lo de más allá. Dime, ¿qué candidato ha conseguido Prim? ¿Qué rey va a traernos, si ninguna monarquía europea le hace ni caso? Pero bueno, ya sé que los que le apoyáis en realidad no queréis rey. ¡La dictadura, chico, esto es lo que vendrá si Prim sigue en el poder! Y, qué quieres que te diga, Montpensier tendrá sus defectos, entre ellos ser cuñado de Isabel II, pero no es un Borbón y es un candidato viable. Yo no pido más.

       La sede de El ciudadano, el periódico que dirigía mi amigo, se encontraba en una destartalada casa de dos plantas junto a la Plaza Mayor. Esteban y yo subimos al piso superior, donde estaba su despacho. Se dejó caer con furia en su silla y empezó a revolver un enorme montón de papeles, distribuyéndolos en bandejas según cuál fuera su destino. Cacé uno de ellos al vuelo. Era un poema.

       —¿Otra letrilla satírica sobre que Prim tiene varios sueldos? —Esteban me fulminó con la mirada, pero mi misión era convencerle y no iba a parar. Probé una línea de ataque distinta—. Creo que debéis ser el único periódico de Madrid que sigue con eso. ¡Ni a los republicanos les importa ya! ¿Por qué no publicáis una burla hacia ese personajillo ridículo que queréis tener por rey, que se ha puesto a conceder toisones de oro y condecoraciones? ¡Eso sí que sería una novedad!

       —Oye, no te permito… —levantó un dedo, pero le corté.

       —¿No me permites qué? ¿Que me burle de Montpensier? ¡Pero hombre, si todo el mundo lo hace! Nadie le quiere, y en un país que recibió entre ovaciones a Fernando VII eso dice bastante sobre su personalidad. No tiene apoyos en ninguna parte, salvo los que puede comprar. Por el amor de Dios, ni su propia familia le traga. ¿Qué me dices de su primo?

       —¡No me hables de ese traidor, de ese… descastado! —rugió Esteban. Se levantó, me arrebató el poema y lo dejó en la bandeja de “Publicar”—. ¿Cómo se atreve a escribir lo que escribió, a insultar así a un miembro de la familia real española?

       —¡Refrena un poco esa lengua! —reí mientras me sentaba en un destartalado sofá—. España no tiene familia real. No tenemos rey, ¿recuerdas? ¡Por mucho que Montpensier haga, aún no le han votado! Y, si por el duque de Sevilla fuera, no lo harán nunca.

       Don Enrique de Borbón, duque de Sevilla, era uno de los adversarios más inesperados de Montpensier. ¡Un miembro de la familia real que se definía como revolucionario, nada menos! Y que no se le caían los anillos por publicar un artículo lleno de ácido donde ponía a su primo de hoja de perejil. Que si “truhan político”, que si “jesuita”, que si “hinchado pastelero francés”… ¡anda que no me había reído yo cuando el papelito, que corría por todo Madrid, cayó en mis manos!

       —Ya recibirá su merecido ese traidor, ya —se sentó de nuevo—. ¿Sabes que tienen hoy un duelo?

       —¿Un duelo? ¡Ésa sí que es buena! ¿Se han cruzado cartas, han designado padrinos y todo el ritual?

       —¡No puedes no haberte enterado! —por un momento la confrontación política había desaparecido y volvíamos a ser dos amigos chafardeando sobre la actualidad—. ¡Si Madrid no habla de otra cosa! El ritual entero, sin saltarse una coma. Montpensier incluso ha estado practicando con la pistola.

       —¿Pues para qué? Si es todo una pantomima. Dispara uno, dispara el otro, honor salvado y para casa.

       —Calla, que creo que lo van a hacer a primera sangre. ¡Me parece a mí que vuestro infante antimonárquico va a tener que pasar por la enfermería, amigo Manuel!

       —¿Cuándo será?

       —Dentro de un rato, en la dehesa de los Carabancheles. Tengo que acordarme de mandar a un corresponsal.

       Estuvimos en silencio un rato, mientras la pila de papeles a resolver se reducía de forma notable. Uno de los periodistas, un viejo que llevaba chupando de la teta del partido moderado desde los primeros tiempos de Narváez, entró a dejar varios documentos más, que Esteban despachó rápidamente. Cuando le vi salir tuve una idea.

       —Creo que ya sé lo que te pasa.

       —¿Perdón?

       —Creo que ya sé por qué no quieres bajarte del burro.

       —¿Sigues con eso? Eres tú el que no te apeas, ¿eh?

       —Es el respeto —continué. Esteban me miró con curiosidad—. No quieres dejar de ser uno de los órganos oficiales de Montpensier porque tienes miedo de que todos estos vejestorios que te rodean hablen mal de ti. ¡Y no sólo ellos! Todos tus amigos de las altas esferas dejarían de dirigirte el saludo como cambiaras de opinión. ¡Quizás incluso se destaparía alguno de tus escándalos de faldas! ¿Tanto te gusta la opinión pública que te has vendido a ella?

       —No sabes de lo que hablas —se turbó.

       —¡Lo sé muy bien! Tú y yo somos iguales. Esto es una apuesta a largo plazo. ¿Qué promesas te han hecho si Montpensier es coronado rey? ¿Sacarte diputado? ¿Un destinito para algún familiar? ¿Más dinero para tu periódico? ¡Si cambias de bando, lo pierdes todo para caer en un terreno incierto!

       —Estás muy equivocado. Yo apoyo a Montpensier porque creo…

       —Sí, sí, sí. Apoyas a Montpensier porque crees que será un buen rey. Ahórratelo: ya me conozco esa canción, y no la cantas con verdaderas ganas. Sabes que no lo será, pero te has empeñado en su apoyo.

       —Vete al cuerno —me dijo, frunciendo los labios. Supe que su coraza estaba rota.

       —¡Al contrario, Esteban, me quedo! ¿Te da miedo que hablen? ¿Te da miedo perder a tus amigos? Pues yo te digo: ¡que hablen, que te retiren la palabra! ¿Qué más te da? Eres amigo mío, y yo, valga la redundancia, también tengo amigos. ¡Cómo íbamos a dejar que te pudrieras en la indigencia! ¿Quieres ser diputado? ¡Pues lo hablamos, hombre! Dice el refrán: “ande yo caliente, ríase la gente”.

       Sonrió con firmeza.

       —No lo entiendes, chico. Me has calado, me temo, pero te va a dar lo mismo. ¿”Ande yo caliente”? ¡Ya ando caliente, ya tengo el riñón cubierto por las generosas ayudas de los agentes de Montpensier! Las promesas que me hayan hecho quedan entre ellos y yo, pero son firmes y me van a beneficiar. ¿Por qué iba a arriesgar todo eso para enrolarme en un proyecto que sólo lleva a la dictadura o a la anarquía? ¿Qué gano yo a cambio del sobrenombre de veleta? ¡Nada!

       —Ganas el salirte a tiempo de unas aspiraciones que se van a hundir. Montpensier nunca será rey, y tus amigos no van a poder cumplir sus promesas —pero mi voz titubeaba, y él lo notó.

       —¡Ahora eres tú el que cantas una canción que no te crees! Sabes que es el único candidato. No hay nada que tus amigos puedan ofrecerme que no tenga ya. Lo siento.

       Era su última palabra. Me había derrotado. Me levanté y me dirigí a la puerta. Antes de cruzarla, su voz me detuvo.

       —Sin embargo, hay algo que no puede ofrecerme nadie más que tú. Es un favor que, si me lo concedes, hará que me pase a tu partido y apoye furibundamente a Prim, a su candidato o a su dictadura, caiga quien caiga. ¿Estarías dispuesto a hacérmelo?

       Me giré.

       —Por supuesto. ¿Qué es?

       —Muy simple. Termina con Rocío —por un momento no lo entendí. Luego, su plan se presentó claro en mi cabeza.

       —Estás loco —dije con desprecio.

       —Es mi condición. Corta con ella, arregla las cosas de manera que no quiera volver a hablarte y ven a verme. Si lo haces hoy, mañana mismo El ciudadano abrirá con una caricatura de Montpensier junto al titular “¿Es éste el rey que queremos?” Seré el apoyo más fiel del partido progresista si me concedes ese favor.

       —No puedo hacer lo que me pides —tragué saliva.

       —Lo comprendo, amigo mío —dijo, rezumando sarcasmo—. Qué se le va a hacer, el amor es así. Te deseo que seas muy feliz con ella. Espero que tus amigos te den un destinito, pese a que no hayas podido convencerme.

       Sus palabras me golpearon como una flecha envenenada. ¡Tenía que haber algo que yo pudiera hacer, una forma de negociar, de no tener que cumplir esa condición! Dije lo primero que se me ocurrió.

       —¿Por qué tiene que despreciarme?

       —¿Perdón?

      —Has dicho que cuando corte con Rocío lo tengo que hacer de tal modo que no quiera volver a hablar conmigo. Es decir, que me tengo que ganar su desprecio o su odio. ¿Por qué? Si lo que quieres es tener una aventura con ella, sin duda…

       —No sigas por ese camino, que no quiero ver adónde lleva —levantó la mano—. ¿Por qué? Por dos razones. La primera: ella te quiere por encima de todo. Si cortáis de manera tímida o parcial, si le permites albergar deseos de una reconciliación, jamás podré conquistarla. Tu recuerdo me lo impedirá.

       —Pero sin duda alguien como tú…

     —No he terminado —mi amigo nunca me había parecido tan firme. Tragué saliva de nuevo—. He dicho dos razones. La segunda es que lo que te he dicho antes es cierto. Quiero casarme. Por supuesto, no con Virginia, sino con Rocío. Tiene que olvidarse de ti. Una vez lo haya hecho, para mí será fácil lograr ese matrimonio. ¿Lo has comprendido?

       Lo había comprendido. Todo mi cuerpo se rebelaba contra un trato tan deleznable, pero sin embargo…

       —¿Puedo pensarlo? —corté el hilo de mis propios pensamientos.

     —¡Por supuesto! —la voz de Esteban había vuelto a ser alegre—. El tiempo que necesites, al menos hasta que se proponga formalmente la candidatura de Montpensier sin ningún adversario, ¿eh? ¡Lo que nunca voy a hacer es apoyar al perdedor!

       —¿Tengo… tengo tu palabra de que cumplirás el trato?

       —Por supuesto, chico. Soy un caballero. Y además somos amigos, ¿no?

Ya tienes disponible la conclusión de este relato.

El abogado

Este texto participó en la edición de febrero del VIII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados. Las bases son sencillas: un microrrelato al mes, de 150 palabras y con los cinco términos que cada mes decidan los convocantes. Las palabras de febrero eran las siguientes: fuerza, fiador, bisiesto, administración, cuadrado.

¡Espero que os guste!

       El recinto cuadrado donde se reunía el tribunal estaba a reventar de gente. Aunque la administración judicial había intentado que no se llenara (incluso empleando la fuerza pública), toda la ciudad quería ver el juicio. Hablaba el abogado de Caín:

       ―…así pues, queda claro que esta parte fue víctima de una situación antijurídica. Se le aplicó una norma penal, la prohibición de matar, antes de que fuera promulgada mediante su entrega al señor Moisés. Por tanto, pido que se condene al señor Jehová a una pena de prisión de cien años bisiestos.

       ―Muy bien ―dijo el juez―. Oídas las dos partes, en nombre del Estado y el pueblo de Sodoma, se condena al señor Jehová a la pena solicitada por la acusación salvo que presente fiador por valor de diez millones de taleros.

       ―¡Esto es injusto! ―dijo Jehová―. ¡Apelaré!

      Y esa es la historia de por qué fue destruida Sodoma.