Símbolo de la revolución

En el pueblo nunca había habido tocadiscos. ¿Quién habría podido permitirse algo así? Incluso Perico, el de la taberna, se había resistido a semejante gasto: con la radio le valía, afirmaba siempre. Por eso había sido toda una sorpresa que fuera el cura quien trajera semejante innovación. Lo había instalado en un salón que había junto a la iglesia y que se usaba para reuniones y ferias, y lo ponía todos los sábados.

El nuevo cura, don Armando, era muy diferente al anterior. Era un chico joven, que usaba expresiones de Managua y que hablaba con desconcertante frecuencia sobre la pobreza de los habitantes del pueblo. Era también un hombre muy activo: daba clases para enseñar a leer a los adultos analfabetos, encabezó un movimiento para llevar agua potable a las casas, participaba en la organización de fiestas populares e incluso aconsejaba a algunos jornaleros formas de mejorar su condición laboral.

Las noches de los sábados eran una prueba más de este frenesí culturizador. El curita solo tenía cinco discos, todos ellos de nueva canción, pero los ponía siempre en el mismo orden, en una liturgia que parecía tomarse casi tan en serio como la misa. Al principio aquellas sesiones no tenían mucha concurrencia: los viejos murmuraban acerca de las letras y los jóvenes se quejaban de que con aquella música no se podía bailar. Pero el buen hombre perseveró, y poco a poco la sala de la parroquia se convirtió en un centro de reunión comparable a la taberna.

Eso permitió a todo el pueblo oír aquel sexto disco.

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