Marie

       El coche llegó a la granja de los Fontaine cuando ya hacía varias horas que había anochecido. Lo escucharon acercarse, con el sonido del motor cada vez más fuerte. Regine cerró los ojos y sus labios se movieron en una rápida oración, que se cortó cuando el ruido paró abruptamente en el patio delantero. Luego oyeron cómo se abrían y cerraban las portezuelas del automóvil y, finalmente, varios golpes en la puerta. Pierre tragó saliva y se dirigió a la entrada. Una nueva lluvia de golpes, ésta más rápida. Pierre abrió la puerta.

     Los alemanes entraron en la habitación. Eran tres: un oficial, un soldado y un tipo vestido de civil que llevaba una carpeta. Mirándolo mejor, este último no parecía alemán sino francés. El oficial miró por encima a los miembros de la familia y le preguntó al funcionario:

       —¿Están todos? —hablaba en un francés correcto pero con un fuerte acento.

     —Familia Fontaine, cuatro miembros —dijo el civil mientras rebuscaba entre sus papeles. Claramente era francés, y de la región—. Pierre, cuarenta y siete años; Regina, cuarenta y dos; Claire, veinte; Emile, quince.

     —¿Son ustedes? —gruñó el oficial. Pierre asintió—. ¿No hay más familiares? ¿Nadie más en la casa?

       —Había una anciana, la madre de Regina, que murió el año pasado. Además tienen dos hijos mayores, que ahora mismo están enrolados en el ejército —el civil acercó la hoja a la lamparita que proporcionaba luz a la estancia—. Para suplir su falta, trabaja con ellos un mozo, un tal Michel, pero no vive aquí sino en el pueblo, en casa de su madre.

      —Bien. Escúchenme atentamente: hace unas horas, cuando estaba oscureciendo, se ha oído por esta zona el ruido de un avión. Como saben, algunos traidores han estado operando escondidos por aquí, tratando de detener al ejército del Reich. Creemos que el avión les lanzaba suministros o apoyo de algún tipo. ¿Han visto ustedes algo?

       —No… no, en absoluto. Hemos estado toda la tarde en la casa —dijo Pierre.

       —Yo creo que oí el avión, herr oficial —dijo Regina, solícita—. Fue hacia las nueve de la noche, ¿verdad? Pero pasó muy rápido y no oí nada más.

       El oficial les escrutó a todos con cara inquisitiva, pero no parecía con ganas de realizar un interrogatorio formal. Estaba claro que quería estar en cualquier lugar salvo allí, haciendo una investigación entre paletos franceses. Volvió a hablar:

       —Muy bien. Si durante los próximos días ven u oyen algo sospechoso, informen de ello a la mayor brevedad. Les comunico que la pena por ayudar a los traidores es la muerte. Buenas noches.

       Y, tan rápido como había venido, el coche se alejó rumbo a la siguiente granja. Los Fontaine volvieron a sentarse, en silencio. Tres de ellos estaban muy preocupados: aquello no podía traer más que problemas. Pierre y Regina se miraban con miedo. De sus cinco hijos, el mayor había muerto a principios de la guerra, en el desastre del río Mosa. Pobre Pierre, con lo gallardo que estaba con su uniforme de artillero. No querían perder a los demás. Claire, por su parte, había escuchado demasiadas cosas acerca de lo que habían hecho los nazis en tal o cual pueblo lejano.

       Emile, por el contrario, estaba exultante. Porque pocas horas atrás, cuando había ido a echarle una ojeada a las vacas porque los cencerros habían repicado con una fuerza extraña (un incidente tan banal que nadie de su familia lo había recordado durante el interrogatorio) se había encontrado con un ángel. El ángel se llamaba Marie, había venido en el avión y le había encomendado una misión divina: que nadie supiera que estaba en aquel lugar.

       Y de momento la estaba cumpliendo con toda fidelidad.

Leer más “Marie”

Anuncios