Suerte, karma y piedras preciosas

—Señoras y señores, les presento… ¡el diamante Hope!

El director del Museo Nacional de Historia Natural retiró la tela que cubría la vitrina. Se oyeron oehs y aehs entre la muchedumbre que abarrotaba la sala. No era para menos; el diamante era un pedrusco facetado grande como el puño de un niño (pesaba 9,1 gramos, según el folleto que le habían dado a Lucky al entrar), de un soberbio tono azul marino y que además estaba engastado entre otros brillantes e incorporado a un collar. El flash de las cámaras de algunos reporteros le arrancó brillos irisados.

Satisfecho con la reacción del público, el director del Museo siguió hablando.

—La historia del diamante Hope es fabulosa, aunque más que historia tiene leyenda. Se cree que procede de una pieza aún más grande, el French Blue, que le fue vendido a Luis XIV en el siglo XVII —hizo una pequeña pausa para que el público expresara la veneración adecuada—. El French se perdió en la revolución francesa, y unos años después apareció el diamante Hope, del cual se dice que estuvo unos años en posesión del rey Jorge IV de Inglaterra. Así que la pieza que ahora tenemos el honor de presentarles en el Smithsonian ha estado en posesión de dos familias reales. Luego pasó a una serie de dueños particulares… y hasta ahora.

—¿Cuánto de cierto hay en la idea de que está maldito? —preguntó un reportero situado en primera fila.

 —Bueno, yo creo que nada en absoluto, pero siempre es buena publicidad, ¿no creen ustedes? —respondió el director. La multitud, obediente, rio el chiste—. Ya hablando en serio, es cierto que los poseedores primero del French Blue y luego del Hope han tendido a encontrar toda clase de muertes horribles, empezando por el propio Luis XVI, pero yo confío en que esta racha cese aquí, en el Smithsonian. ¡El contribuyente americano nunca nos perdonaría que malgastáramos su dinero en maldiciones!

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El perfeccionista

Gary llegó a España en enero de 1937, con la intención de luchar contra el fascismo apoyado por sus compatriotas. Dice mucho de su voluntad política el hecho de que siguiera en filas en julio de 1938, cuando todos sus amigos habían muerto y el batallón Abraham Lincoln se había llenado de españoles. Es cierto que le habían hecho sargento, pero también lo es que a Gary, que siempre había tirado hacia la vida civil, un grado del ejército español no le valía para nada.

Y allí estaba. La noche antes de pasar el Ebro para volver a unificar el territorio controlado por el Gobierno legítimo. El plan era sencillo: avanzar hacia el río, cruzarlo por sorpresa y conquistar los centros de comunicaciones rebeldes. Sin embargo, Gary miraba a sus hombres y no le parecía que encontraran sencillo ni siquiera atarse los cordones. La mayoría eran reclutas muy jóvenes, casi niños, que ni siquiera tenían la mayoría de edad.

No se hacía ilusiones sobre su capacidad de mando. Sabía que le habían nombrado sargento porque era de los pocos veteranos que hablaba español. Pero le habían dicho que les arengara y les iba a arengar.

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