Los que se quedaron

       Un hombre baja de un barco. No es un anciano, pero camina como si lo fuera. Encorvado, triste, vencido. Baja al puerto sintiendo que la vida le ha derrotado y que ya nada tiene que esperar de ella. Dentro de dos años estará muerto. Por supuesto, eso él no puede saberlo, pero aunque lo supiera no le importaría. Ha fracasado por completo en todo lo que le encargaron, lo cual quiere decir que todos los sacrificios que ha tenido que hacer no han servido de nada. Se siente como si le hubieran segado la hierba debajo de los pies.

       La multitud que desciende detrás de su capitán está dividida en dos grupos. La tripulación, compuesta íntegramente por japoneses, está feliz. ¡Siete años fuera! Siete años alejados de sus familias y de su patria, navegando por mares extraños y residiendo en tierras de bárbaros. Es demasiado tiempo para cualquiera.

       Los señores, por el contrario, no muestran signos de alegría. Entre ellos hay japoneses y europeos, y todos tienen en común ser católicos. Los europeos son sacerdotes y misioneros; los japoneses, conversos que han tenido que ingresar en la Iglesia para poder tratar con el papa y con el rey castellano. Pero ahora todos han vuelto a suelo japonés, y allí su religión no es bienvenida.

       El hombre deprimido se acerca a las dos únicas personas que esperan su barco en la dársena. Dos samuráis. Les conoce, son hombres del shogun. Son jóvenes; cuando él partió ninguno de los dos era todavía un guerrero ni se habría atrevido a levantarle la voz. Ahora ambos le miran con descaro.

       —Hasekura-san —dice uno de ellos. El hombre abatido asiente.

       —Tiene usted que venir con nosotros —dice el otro—. Por supuesto, siempre que su nueva fe no le obligue a hacer ningún rito que le retenga en el puerto…

       Hasekura cierra los ojos. La primera puya. Habrá más, lo sabe. Pero estaba en un callejón sin salida: o se convertía al catolicismo o los grandes gobernantes a los que le habían mandado visitar ni siquiera le recibirían. Había sacrificado todo lo que era él para conseguir aquel tratado comercial… sólo para enterarse a la mitad del viaje de que el shogun había empezado a perseguir a los cristianos. Después de aquello, el acuerdo con el rey castellano fue imposible.

       Y ahora aquí está él, con su nombre a la española y su bautismo indeleble. Y nadie va a entenderlo. Nadie va a entender el sacrificio que ha hecho. En fin, será mejor terminar cuanto antes.

       —Vamos —dice, y comienza a andar. Los samuráis le escoltan. No hacen algo tan burdo como llevarle prisionero. Tanto él como ellos saben que no se va a escapar.

       Se esperaba algo así. Todos sabían lo que iba a pasar cuando se embarcaron en el viaje de vuelta. Por eso algunos no lo habían hecho. Unos cuantos de los expedicionarios (comerciantes, servidores e incluso algún samurái) se habían quedado en Castilla, en aquel pueblecito llamado Coria del Río donde tanto tiempo habían vivido. Pero él no había podido. Su honor le obligaba a regresar a Japón.

       Ojalá hubiera podido unirse a ellos. Ojalá hubiera podido escapar de la persecución religiosa.

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       El inquisidor llegó a Coria del Río por la tarde. Se instaló en un edificio anejo a la iglesia y salió junto con sus criados y un secretario a reconocer el pueblo. A su paso todo parecía inusualmente tranquilo, como si la hora de la siesta se hubiera prolongado más de lo habitual. Nadie se cruzó con él ni le dirigió una sola palabra de bienvenida. Federico observó extrañado ese comportamiento.

       Federico no se llamaba Federico. Bueno, sí, ése era su nombre desde que se había convertido al catolicismo, cinco años atrás. Pero no era el que le habían puesto al nacer, ni el que ostentaba cuando había iniciado el camino del guerrero al servicio de Date Masamune, ni del que se sentía orgulloso en el momento de embarcar para los territorios castellanos. Ese otro nombre, que se forzaba en olvidar, era el resto de un pasado que cada vez quedaba más lejano. Su presente era su vida como hidalgo, su práctica católica… y Alina.

       Alina era miembro de la comitiva de nobles sevillanos que había recibido a los emisarios japoneses en el puerto. Viuda, con su padre fallecido y sin hijos, estaba en disposición de administrar por sí misma su dote, su herencia y parte del patrimonio de su difunto marido. Era, por tanto, una mujer rica. Pero no había sido eso lo que había convencido a Federico de cortejarla, sino su forma de ser: su paciencia al enseñarle el castellano y al instruirle en los preceptos de la religión, su sentido práctico, su valentía… Sí, Alina le complementaba. Y le había hecho muy feliz al casarse con él.

       Uno de los principales entretenimientos de Federico era observar. Se sentaba en su balcón o en su puerta y veía a los campesinos y a los habitantes de Coria. Comparaba la vida que siempre había llevado en Japón con aquella cultura diferente, cada vez más familiar pero que aún le deparaba sorpresas. Por ejemplo, los campesinos. Todos le hablaban con respeto, fueran o no feudatarios suyos, pero ese respeto era mucho más cercano y menos formulario que el que le habría tributado en su país natal el más desenvuelto de sus súbditos. Esta clase de diferencias le fascinaban.

       Coria del Río no recuperó la vitalidad hasta que el inquisidor no volvió a cenar a su casa. Durante la cena, Federico le preguntó a su mujer por la razón de aquel comportamiento.

       —El hombre que viste era un procurador del tribunal del Santo Oficio de Sevilla. Su función es investigar los delitos contra la fe. La gente le tiene miedo.

       —¿Por qué?

       —Porque cuando alguien te denuncia al Santo Oficio… hay muy pocas formas de que puedas salir con bien —Alina estaba visiblemente incómoda—. No sabes quién te acusa, ni de qué, y casi nunca se dictan absoluciones. Si te detienen estás perdido.

       Federico se persignó.

       —¿Pero es que condenan a muerte a las personas? Yo pensaba que en nuestra religión era el sacerdote el que absolvía los pecados.

       —No, es raro que condenen a muerte, pero los procesos son muy largos y, sobre todo, conllevan la confiscación de todos los bienes del acusado. Salvo que éste sea absuelto, no se le devuelven. Cuando terminas de cumplir la pena estás en la pobreza.

       —Por suerte a nosotros no nos acusarán. No hemos hecho nada malo…

       Alina le miró con conmiseración. Echó una ojeada para asegurarse de que no había ningún criado en la estancia y bajó la voz.

       —No lo entiendes, ¿verdad? No tienes que haber hecho nada malo para que el Santo Oficio se fije en ti. Las denuncias son anónimas, y se les da credibilidad con facilidad, sobre todo si hay patrimonio que confiscar. He visto a los alguaciles detener a gente sólo con simples rumores. Y suelen ir a por los conversos… y a por sus familias.

       Ahora era miedo lo que se leía en sus ojos. Siguió hablando.

  —Cualquiera podría denunciarnos. A ti o a mí, por simple desconocimiento o por envidia. Incluso para protegerse de que le denuncien a él. Lo he visto otras veces. Hay familias que salen por una puerta de la ciudad cuando el inquisidor entra por otra… —se le quebró la voz.

       —Tranquila, Alina. No nos pasará nada —dijo Federico.

       Pero en realidad no estaba nada seguro.

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       El inquisidor se llamaba Isidoro de Hurtado y era fraile dominico. Era un tipo orondo y de piel pálida. Federico pudo observarlo bien durante la misa: el fraile estaba sentado al lado del púlpito, mirando a la concurrencia con ojillos escrutadores. Y al final, cuando la parroquia había acabado de rezar el credo, se levantó, alzó un crucifijo y se dirigió a la comunidad.

       —¡Voy a leer un edicto con las prácticas más comunes de los herejes! Vecinos, os pido colaboración. ¡Poneos en pie! ¡Levantad la mano derecha! ¿Juráis ayudar al Santo Oficio en su función de reprimir la herejía, y denunciar a cualquiera del que sospechéis que realice estas prácticas?

       —¡Sí, juro! —dijeron todos los miembros de la comunidad, Federico y Alina incluidos. Se miraron. Alina tragó saliva.

      Y luego, fray Isidoro empezó a leer una larga lista de comportamientos. Al principio, a Federico no le dieron miedo. ¿Cómo le iban a acusar a él de ser judaizante, o de pertenecer a las sectas de Mahoma o Lutero? ¡Si nunca había tenido nada que ver con ellos! Pero luego pensó: ¿podía él afirmar que no había comido carne ningún viernes, que nunca se le había ocurrido que el culto a los santos era un tanto absurdo, que jamás había blasfemado? No estaba tan seguro. Era fiel a la religión que había adoptado, pero aquellos supuestos delitos eran conductas tan nimias, tan comunes…

       Salieron de la iglesia nerviosos. No eran los únicos. Había un clima de intranquilidad. Los vecinos se miraban de reojo; Federico leyó la sospecha y el miedo en varias caras. Al contrario de lo que era habitual, no hubo tertulia después de la misa. Los fieles se dispersaron con rapidez, y cada cual se fue a su casa. Alina le miró y le susurró:

       —¿Ves? Ya empieza.

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       Aquella tarde, Federico se reunió con los japoneses que se habían quedado en Coria del Río. Eran nueve, entre samuráis y comerciantes, aunque por supuesto se habían quedado con ellos algunos de sus criados. A veces se reunían para hablar en japonés y evocar los buenos recuerdos que tenían de Japón, cosa que no podían hacer en sus casas. Casi todos estaban casados con mujeres españolas, y todos habían adoptado el catolicismo como religión. La mayoría eran buenos cristianos, pero había uno que no lo era en absoluto: Esteban.

       Esteban era un borracho. Lo había sido en Japón y lo era en España. Federico sabía que él mismo no era el perfecto samurái (nunca había sido particularmente valeroso, por ejemplo), pero Esteban era la negación del camino del guerrero. Aprovechado, mentiroso, carente de todo honor, débil… ni siquiera iba a la iglesia con regularidad debida.

       —He convocado esta reunión —dijo Federico— para hablar del peligro en el que estamos.

       —¿Qué peligros? —preguntó un comerciante que había adoptado el cristiano nombre de Mateo—. ¿Te refieres al hombre del Santo Oficio?

       —Sí. Es un hombre peligroso.

      —¡Pero hombre, no es para tanto! —intervino Esteban con voz rasposa—. No creo que venga por nosotros, ¿no? En este pueblo hay judíos conversos. Seguro que son ellos en los que se fija.

       —No es eso lo que me ha dicho mi suegro —dijo otro samurái al que Federico no conocía bien, un tal Gerardo, que también había hecho un buen matrimonio—. Los cristianos que antes eran judíos son muy fieles, y se esfuerzan especialmente en demostrarlo… por la cuenta que les trae.

     —En realidad no podemos saberlo —dijo Mateo—. Los procedimientos del Santo Oficio son secretos.

      —El tío de uno de mis socios es jurista en Sevilla, y conoce bien a la Inquisición —intervino de nuevo Esteban—. La Inquisición se creó para perseguir a grupos concretos: conversos judíos, moriscos, luteranos… ¡no para seguidores de Buda!

       —Pero ya no somos seguidores de Buda, amigo mío —dijo Federico con voz suave—. ¿No escuchas nuestros nombres? ¿No has ido a la iglesia hoy? Ahora somos cristianos.

     —Quería decir… quería decir antiguos seguidores de Buda, por supuesto —Esteban estaba confundido.

       —Tiene razón Esteban —habló Mateo—. No tenemos nada que temer.

       —¿Seguro, Sasaki-san… digo Mateo? —preguntó Gerardo, y luego sonrió—. Ya ves, pese a que llevamos años aquí, me he confundido y te he llamado según la costumbre de nuestra tierra de nacimiento. ¿Tú crees que si un inquisidor quiere acusarnos de judaizantes alguien se va a tomar la molestia de creer que jamás hemos tenido nada que ver con los judíos? Toda nuestra vida hemos practicado otra religión, y eso se nota en todo lo que hacemos.

       Federico volvió a tomar la palabra. Aquél era un argumento que no se le había ocurrido, pero pensaba utilizarlo.

      —¡Por eso precisamente he pedido que nos reunamos! No todos tenemos la conciencia limpia. La lista de delitos contra la fe que ha leído fray Isidoro es amplísima. ¿Podemos asegurar que no hemos cometido ninguno? —se forzó a sí mismo a no mirar a Esteban—. Todos hemos cometido errores. No sé de nadie de aquí que no haya mantenido algunas de las costumbres de nuestros antepasados. ¡Ahora mismo estamos hablando en japonés! Y no creo que haya nada malo en ello, pero ¿estamos seguros de que ningún inquisidor las tomaría jamás por hábitos de judíos o de moros?

    —No… no podemos estar seguros —dijo Mateo—. Tienes razón, Federico. Pero ¿qué podemos hacer?

       —¡Cuidarnos! —dijo Federico—. Tenemos que prometer que ninguno de nosotros cederá al miedo. No hemos hecho nada malo, y si lo hemos hecho ha sido por desconocimiento. Hay que tenerlo claro y no dejarse apabullar. No nos denunciaremos entre nosotros; ninguno testificará contra los que están en esta habitación ni contra sus familias o criados. ¿Lo prometéis?

       Todos lo prometieron.

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       Dos días después se produjo la primera detención. Los alguaciles de la Inquisición rompieron la puerta de una casa de judíos conversos y sacaron al hombre por la fuerza. Le metieron en un carruaje y se fueron en dirección Sevilla. Fray Isidoro observó toda la maniobra desde la calle, con cara de satisfacción piadosa. Mientras, un secretario levantaba acta: todo debía hacerse de acuerdo con la ley.

       Pasó una semana. Varias familias se marcharon del pueblo. Alina le dijo que todas eran conversas o tenían antepasados judíos: fuera como fuera, huían de la noche a la mañana. Se extendió el rumor de que estaban investigando a todos los que no fueran cristianos viejos. Un día, Federico vio salir del pueblo a Mateo, montado a caballo. Detrás de él, dos servidores (un japonés y un castellano) llevaban una carreta cerrada.

       —¿Dónde vas?

       —A Toledo… tengo negocios allí —en su cara se leía el miedo.

       —¿Cuándo volverás?

       —En unos cuantos meses. He dejado la casa cerrada. Creo que mis negocios me retendrán allí por lo menos hasta final de año.

       —¿Tanto? Es agosto…

       —Lo sé. Escucha, ahora tengo que irme, ¿vale?

       —Vale, amigo. Ten buen viaje.

       Y el comerciante se alejó de Coria del Río.

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       Federico caminaba por la calle. Venía de hablar con uno de los agricultores que trabajaban las fincas de su propiedad. Federico había comprado aquellas tierras por consejo de su mujer, y era ella la que le había instruido acerca de la forma en que los nobles castellanos trataban a sus campesinos. Se suponía que había que ser firme pero cercano: la campechanía era más efectiva que la distancia señorial.

       Pero lo que nadie le había explicado es lo que había que hacer frente a las faltas de respeto. El campesino, un tal Manuel Atienza, presumía de cristiano viejo y de devoción religiosa. Ante Federico, Atienza siempre se había mostrado servil hasta la náusea, lo que no le había impedido retrasarse en los pagos con frecuencia. La entrevista que acababa de tener con él había tratado sobre ese tema.

       Sin embargo, algo había cambiado. Aquella vez Atienza no había estado servil, sino descarado. Con medias palabras le había dado a entender que no pensaba pagarle. Y la despedida había sido el remache: “nos vemos en la iglesia… señor”. Había escupido la última palabra, soltando con veneno todo el desprecio que debía llevar acumulando años. Era preocupante. No era el primer campesino que empezaba a tratarle así. Era como si la presencia del inquisidor estimulara a todo el mundo a sacar la hostilidad que tenía retenida.

       El hilo de sus pensamientos se cortó. Estaba en una esquina y vio un movimiento extraño a su derecha. Se giró a mirar y vio algo sorprendente: fray Isidoro, seguido de uno de sus criados, salía de casa de Esteban. Su compatriota, rojo como un tomate, le hacía una reverencia. Federico frunció el ceño. En cuanto el inquisidor desapareció de su vista, se dirigió a la casa de Esteban. Tocó la puerta con fuerza.

       —¡Voy! —dijeron desde dentro. Esteban abrió la puerta con una evidente expresión de pánico, que se transformó en cuanto reconoció a su visitante—. Ah, eres tú.

       —¿Puedo pasar?

       —Claro, adelante —y se retiró hacia dentro, dejando la puerta libre. Se tambaleó un poco.

       Esteban no se había casado. Vivía solo con una vieja criada, y se sostenía de las exiguas rentas de un par de terrenos que le habían regalado algunos nobles sevillanos de los que se había hecho amigo. Federico no había estado nunca en su casa: olía a vino barato.

       —¿Estás solo? —preguntó Federico. Habían llegado a un saloncito, en una de cuyas sillas se derrumbó Esteban.

       —¡Completamente! —su compatriota se sirvió vino de una jarra de latón y echó un trago. Federico vio que había un segundo vaso en la estancia, a medio llenar.

       —Bien, entonces te puedo preguntar: ¿qué hacía ese hombre aquí, Esteban? El inquisidor.

       —¿El inquisidor? —dijo el otro, trabucándose con las palabras—. Aquí no ha estado.

       —Ah, ¿no? ¿Y este vaso? —dijo Federico. Esteban abrió la boca con una expresión estúpida—. ¡Venga, hombre, que le he visto salir de aquí! Pues claro que has estado con él. ¿Qué quería?

       Para su sorpresa, Esteban se echó a llorar.

       —¡Por favor, Kishaba-san, ayúdame! —Federico frunció el ceño ante el empleo de su apellido—. Me ha interrogado, ha dicho que me han visto blasfemar, y decir cosas de la Virgen María, y no guardar los días santos, y descansar en sábado… ¡y una y mil cosas que jamás he hecho!

       —¿Te van a detener? —preguntó Federico, con la voz una octava más alta de lo que le habría gustado.

       —Sí… no… ¡no sé! Dijo que no me pasaría nada si ayudaba a la Inquisición… ¡que todo podía perdonarse! —se sirvió otro vaso de vino y fue a beber un trago. Federico le apartó el vaso de un manotazo.

       —¡No bebas más, mierda! Dime, ¿qué le has respondido?

       —Que… que no. He recordado nuestra promesa. Pero me ha insistido y… ¡tiene un modo de interrogar, de hacer preguntas capciosas, de…! Al final le he prometido que me lo pensaría.

       —¡Escucha! Te ayudaremos. Nadie de los nuestros te va a delatar, y eso lo sabes. Pero necesitamos reciprocidad. Tienes que mantenerte fuerte, amigo mío. No hables. Si quieres, escribiré una carta a Mateo, para que te acoja en tu casa de Toledo. Saldrás de aquí y ese fraile no te volverá a molestar. Pero tienes que aguantar, ¿de acuerdo?

       Esteban le miró con esperanza.

       —De acuerdo. Aguantaré. Gracias, de verdad. Muchas gracias.

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       Pero Esteban no aguantó. A los pocos días se encontraron en el puerto y su compatriota le hurtó la mirada. Cuando Federico se acercó a decirle que ya había mandado la carta a Mateo, el otro se escabulló entre un grupo de gente y fue imposible hallarle. Federico miró a Alina. Era obvio lo que había pasado. Casi corriendo, volvieron a casa.

       Por la tarde se presentó el inquisidor. Venía solo, sin alguaciles ni criados.

       —Buenas tardes, don Federico, doña Alina. Gracias por recibirme en su casa. En estos tiempos de caos ya no se encuentran buenos cristianos —se lamentó el fraile con voz engolada.

       —Buena tarde a usted, fray Isidoro —dijo Alina—. ¿Qué le trae por nuestra humilde morada?

       —Ay, doña Alina, una triste obligación —el inquisidor puso cara compungida—. Es obvio que ésta es una casa verdaderamente cristiana, pero han llegado a mis oídos algunas noticias que no me gustan. Probablemente no sean más que tonterías, habladurías fruto de la envidia. Sn embargo, ¡ay!, mi obligación como procurador del Santo Oficio es investigarlas.

       —Comprendo. ¿Qué acusaciones son esas, fray Isidoro? —preguntó Federico.

       —Oh, no puedo hablar de eso, don Federico. ¡No sin que se haga una acusación formal!

       —¿Quiere eso decir que venís a detenerme? —Federico se envaró en la silla.

       —Ah, amigo mío, ¿por qué presuponéis que la acusación es contra vos? —los ojillos del inquisidor, perdidos en su cara fofa, observaron atentamente las reacciones de Federico. El samurái se forzó a mantenerse impasible.

       —¿Es que alguien está mintiendo sobre mí, fray Isidoro? —intervino Alina con voz cortante—. ¿Debo hacer una lista con todos los testigos que podrían querer difamarme?

       —¡Pero por favor, amigos míos, no sean ustedes tan susceptibles! Entiendan que yo tengo mis obligaciones y mi cargo me impone deberes y límites. Sé que es molesto escuchar esto, pero piensen que la herejía se extiende, y hay que erradicarla de raíz. Mi labor…

       —Se acabó —Federico se levantó de la silla—. Fray Isidoro, habéis venido a mi casa a hacer acusaciones muy graves hacia mí y hacia mi mujer, con el objetivo de que delate herejías inexistentes cometidas por mis amigos.

       —Pero…

    —No. Me vais a dejar hablar. En este pueblo todos somos buenos cristianos. No hay herejes, falsos conversos o brujas. ¡Nadie del pueblo ha oído hablar jamás de la mitad de delitos que leísteis en la iglesia! No soy el cristiano perfecto, pero no soy un hereje ni un cismático, y tampoco lo es mi mujer o lo son mis amigos. Y vos lo sabéis.

       —¡Escuchadme…!

       —He cruzado medio mundo, me he convertido a vuestra religión porque estoy convencido de que es la única y verdadera, he renegado de toda mi educación y me he asentado en vuestro país. No lo he hecho para que se me venga con insinuaciones. No os echaré por la fuerza, pero ya no sois bienvenido en mi casa. Salid de aquí.

       Federico se había levantado. De repente, fray Isidoro se dio cuenta de que aquel hombre que lo miraba ceñudo era un guerrero que se había batido a espadazos en una docena de batallas. Se levantó y reculó, visiblemente nervioso. Murmuró una disculpa y en menos de un minuto había salido de la casa. Federico se dio la vuelta, triunfante…

       …sólo para encontrarse con Alina mirándole con ojos de furia.

      —¡De todas las estupideces que podías hacer ésta ha sido la mayor! Tratar así a un inquisidor… ¿pero cómo se te ocurre?

       —Estaba insultando mi honor —dijo Federico con frialdad—. Di mi palabra de que sería fiel a la religión cristiana, y la palabra de un guerrero es sagrada. Yo no tenía por qué sufrir esos insultos, y menos en mi propia casa. No echarle hubiera sido deshonroso para mí.

       Alina soltó una carcajada carente de humor.

      —¿Honor? ¿Honor dices? Mi primer marido también hablaba mucho de honor, ¿sabes? “¡Un castellano no tolera agravios!”, decía. Un día, en una conversación que subió de tono, uno de sus amigos insultó su honor y él le retó a un duelo. A primera sangre, nada peligroso. Y lo siguiente que supe es que era viuda —su voz se había teñido de amargura—. Parece que su honor no incluía el mantenerse vivo ni el no dejarme sola.

       —No… no lo sabía. No se me ocurrió…

       —No, no se te ocurrió. A Francisco tampoco se le ocurrió. Nunca se os ocurre.

       Durante la discusión habían caminado hacia el dormitorio conyugal. Federico se sentó en la cama, con la cabeza entre las manos, sintiendo cómo las palabras de su mujer se le clavaban como dardos. De repente, tomó una resolución. Se dirigió a un viejo cofre que había en un rincón, lo abrió y sacó dos armas enfundadas en sus respectivas vainas. Alina las conocía, puesto que eran las que llevaba cuando le conoció: sabía que en japonés se llamaban katana y tantō. La primera era una espada larga y la segunda apenas una daga.

       —¿Qué vas a hacer con eso? —le espetó a su marido—. ¿Enfrentarte a los alguaciles cuando vengan a detenerte? Porque después de lo que acabas de hacer sabes que no puedes librarte de ser detenido y condenado por todo lo que puedan echarte encima. Tratar así a un inquisidor…

       —Si es necesario, lo haré —desenvainó unas pocas pulgadas de la katana y probó el filo. Estaba afiladísimo.

       —¡No! —gritó Alina—. No lo harás, ¿me oyes? Si asesinas a un alguacil, sí, he dicho asesinas —recalcó ante la protesta que había iniciado Federico— pasarás a la jurisdicción ordinaria y el verdugo te cortará la cabeza.

       —Entonces, ¿tengo que dejarme caer en sus manos? ¿Debo soportar esa humillación y esa condena injusta? —preguntó él con toda la seriedad de la que fue capaz.

       —¡Debiste pensar en eso antes de haberle hablado así a fray Isidoro! ¿No entiendes que era esto lo que estaba buscando?

       —Hay otra salida —desenvainó el tantō y lo apuntó hacia su propio esternón. Alina se lo arrebató y lo lanzó al suelo.

       —Ni se te ocurra, ¿me oyes? ¡Ni se te ocurra! No sólo me dejarías sola, sino que tendría que sufrir la vergüenza de que me prohibieran enterrarte en suelo consagrado. ¿Tampoco contempla eso tu honor?

       —Pero entonces, ¿qué puedo hacer? —se levantó, dejando la katana en la cama—. Dime, Alina: ¿qué opción honorable me queda?

       —¿Honorable? —su esposa volvió a reír—. Honorable ninguna. Sólo te queda suplicar, adular y sobornar… y rezar a la Virgen porque eso funcione.

       —No puedo… no puedo hacerlo —bajó la mirada.

       —Claro que no puedes —le miró ella, con más pena que desprecio—. Tu honor te lo impide, ¿no? Por suerte yo no tengo.

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       Alina salió de casa hecha una furia. ¡Cómo podía! ¡Cómo se atrevía! El honor, el honor, siempre con el honor en la boca. Y luego, una vez el honor había sido salvado, ¿qué quedaba? Quedaba ella tratando de arreglar los platos rotos, como siempre. Tenía que darse prisa. Con un poco de suerte el inquisidor aún no se habría decidido a enviar a los alguaciles a por Federico.

       Conocía a fray Isidoro. No personalmente, pero había tratado con suficientes inquisidores como para saber cómo pensaban. Pese a lo que se creía, no eran particularmente fanáticos o cerriles. Simplemente hacían lo que se les mandaba. Sí, ella había conocido a unos cuantos miembros del Santo Oficio y sabía que eran hombres como los demás: venales, corruptibles y susceptibles al halago. Su última oportunidad era que fray Isidoro fuera como todos ellos.

       Ella sabía que no era tan difícil comprar a un inquisidor, y menos a uno de rango medio como era aquél. Era cierto que, cuando detenían a un sospechoso, confiscaban todas sus propiedades. Pero eso quería decir que aquellos bienes iban a parar a la institución: era el Consejo de la Suprema, en Madrid, quien los administraba. El inquisidor que había realizado la detención no se llevaba nada. Sin embargo, si se negaba a investigar una denuncia a cambio de un regalo o de la entrega de unas tierras, su patrimonio se acrecentaba.

      Llegaba ya a la plaza de la ciudad. Se detuvo y se forzó a tranquilizarse. Fray Isidoro le daría con la puerta en las narices si llegaba así de enfadada: respiró varias veces y trató de componer una expresión de desconsuelo. Tampoco le costó mucho. Federico se enfrentaba a un riesgo real. No quería perderle. A él también no.

       Caminó hasta la casa del inquisidor y pidió a los criados que le dejaran pasar. El dominico le recibió con una mirada ceñuda, pero entonces ella se derrumbó.

       —¡Por favor, padre, perdone a mi marido! Es un hombre muy temperamental, que enseguida se enfada. Yo le prometo que no quería causarle ningún mal, pero no siempre sabe controlarse. Viene de una tierra de bárbaros y… —empezó a llorar.

       El fraile ablandó el gesto y le abrió la puerta de su despacho.

     —Vamos, vamos, mi buena señora. Entre usted y seguro que podremos arreglar algo…

       El secretario que había venido con el inquisidor entró en la habitación tras ellos. Alina se enjugó una lágrima. La negociación empezaba.

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       El inquisidor se fue de Coria del Río dos días después. En sus cofres llevaba un informe donde dejaba claro que las denuncias que el tribunal había recibido eran infundadas, así como varios títulos de propiedad de tierras que antes habían pertenecido a Federico Kishaba y trescientos ducados de plata.

       Aquellos no eran los únicos objetos que habían cambiado de manos. Cuando Alina volvió a casa, anunciando que había conseguido un acuerdo con el inquisidor, Federico se arrodilló ante ella y le tendió su espada y su daga.

       —¿Estás seguro de esto? —le había preguntado, ablandado por su triunfo y por el repentino gesto de él—. Tú me dijiste que esas dos armas habían estado en tu familia desde hace siglos.

       —Las armas sólo son dignas de quien las gana. En Japón yo era un seguidor fiel del camino del guerrero, y me merecía tenerlas. Aquí ese camino no tiene sentido. Lucháis de otra manera, que yo no comprendo. Lo que en mi tierra era honorable, aquí es deshonroso. Lo que allí hubiéramos condenado, aquí es normal. Tú me has salvado, Alina. Mereces las armas más que yo.

       Ella había aceptado, claro. Era evidente que él lo quería así, y le había complacido. Porque ¿qué iba a hacer ella con dos espadas? Sin embargo, en su fuero interno le gustaba recibir aquel reconocimiento. Sí, había logrado una victoria, y esperaba que permanente.

       Los dos juntos observaron la salida del inquisidor. Siguieron su carruaje con la mirada, hasta que la última nube de polvo se perdió en el horizonte. Luego se dieron la vuelta y, sin ninguna prisa, caminaron hacia su casa. Estaban vivos, libres y juntos, y ahora eso era todo lo que importaba.

       A su alrededor, Coria del Río despertaba de la pesadilla.

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       La historia de la embajada de Hasekura Tsunenaga me fascina desde que me la contaron. Como se narra en el relato, Hasekura fue un samurái enviado a Europa en 1613 para firmar un acuerdo comercial con la Monarquía Hispánica y un tratado acerca del envío de misioneros con el Papado. No le enviaba el shogun de Japón, sino el señor feudal de la ciudad de Sendai, de quien se dice que era cristiano en secreto. Por lo que parece, lo que quería era abrir rutas comerciales y acrecentar su poder.

       Hasekura llegó a España en 1614, seguido de cerca por las noticias de que el shogun de Japón había empezado a perseguir a los cristianos. Eso dificultó el primer contacto con el rey Felipe III, que no firmó el tratado. Después, Hasekura viajó a Roma, donde sí consiguió un acuerdo con el papa para el envío de misioneros. De vuelta a Madrid, trató otra vez de lograr un acuerdo con el rey hispánico, pero la expulsión de los misioneros cristianos y la persecución de la fe católica en su país de origen era ya un hecho.

       Así que Hasekura volvió a Japón, completamente derrotado, en un lento viaje que duró cuatro años (por comparar, la ida había tardado algo más de uno). La tardanza se explica porque, para facilitar las negociaciones, se había convertido al catolicismo. Supongo que no esperaría ser bien recibido en Japón y efectivamente no lo fue. Desembarcó en Nagasaki en agosto de 1620. No se sabe demasiado de sus últimos años: murió en 1622 y sus hijos fueron perseguidos por su fe.

       Pero no todos los miembros de la embajada volvieron a Japón. Algunos (se habla de al menos cinco) se quedaron en Coria del Río, pueblo andaluz que en aquella época funcionaba como antepuerto: los barcos paraban allí antes de dirigirse al Puerto de Indias, que era Sevilla. Se habían convertido al cristianismo y progresivamente perdieron sus costumbres japonesas, pero dejaron huella: el apellido Japón es muy frecuente en Coria.

       En cuanto a la Inquisición, he intentado retratarla de manera realista. Era quizás una institución más política que religiosa: el único instrumento que tenía el rey hispánico que abarcaba a todos sus dominios. En la realidad, sus cárceles eran más cómodas que las ordinarias, se torturaba mucho menos de lo que se piensa (los inquisidores eran juristas, que sabían que una confesión hecha bajo tormento carece de valor) y las condenas a muerte eran escasas.

       El problema de la Inquisición era otro: el procedimiento. Se basaba en la presunción de culpabilidad y en el secretismo: un acusado tenía muy difícil saber de qué se le acusaba exactamente, porque se quería proteger la identidad de los delatores. Como el Santo Oficio no podía equivocarse en una detención, las absoluciones eran raras: el acusado podía dar una lista de personas que quisieran perjudicarle y confiar en que su denunciante estuviera en ella, presentar testimonios a favor de su moralidad o pedir la benevolencia del tribunal alegando circunstancias como juventud o embriaguez. Unos medios de defensa más bien escasos, como se ve.

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