El juzgalibros: “Un encargo fácil”, de Rocío Vega

Kerr no suele tomar buenas decisiones. Bebe demasiado, es impulsiva y se acuesta con miembros de su propia tripulación. También es justo reconocer que está sometida a mucha presión: es una mercenaria eficiente, sí, pero fue su padre el que le transmitió su nave y su equipo. No es lo mismo enfrentarte a las misiones si sabes que si fracasas simplemente vas a perder dinero que hacerlo sabiendo que además tu padre te va a mirar mal.

Hoy reseño Un encargo fácil; el primer número de Horizonte Rojo, una saga de novelettes eróticas de ciencia ficción que está escribiendo Rocío Vega. Sí, he dicho novela erótica de ciencia ficción. Sí, hay alienígenas. No, todavía ninguno tiene tentáculos. Dadle tiempo.

Antes de empezar esta reseña, que ya aviso que va a ser bastante positiva, tengo que mencionar que la autora es amiga mía. Lo digo como buena práctica, para declarar las posibles fuentes de conflictos de interés que existan.

Un encargo fácil es una novelette de introducción, y eso se nota. En ella se presenta a la protagonista de la saga, a los miembros de su tripulación, al imbécil que claramente va a dar problemas unas pocas páginas después y el universo en el que se mueven todos ellos. El argumento es simplemente una excusa para realizar esta presentación. La novelette arranca casi in medias res, con un tiroteo, y lo que sucede a partir de ahí no tiene demasiado interés. Sin embargo, esto no importa mucho: aparte de que el libro termina casi antes de que te des cuenta, lo que te mantiene pegado a él no es su trama.

¿Y qué es entonces? En primer lugar, la protagonista. Rea Kerr es deliciosamente humana, lo cual quiere decir que es un dechado de defectos: corta de miras, impulsiva, alcohólica, cínica (bueno, no sé si eso es un defecto), insegura e irrespetuosa. Ah, y su trabajo es pegarle tiros a la gente por dinero. Siempre apetece leer a personajes bien construidos y creíbles, y es agradable que dichos personajes no sean lo que llamaríamos “buenos”. Al contrario, Kerr y sus mercenarios son gentuza, nada romantizada y con obvios problemas para relacionarse con otros seres humanos. Y eso mola.

En segundo lugar, el mundo. Escribir ciencia ficción en el siglo XXI es difícil, porque puede resultar que lo que tú presentas como un avance tecnológico de la hostia, propio del futuro lejano, se invente tres años después de que publiques tu obra y quede desfasado en otros diez. La autora solventa este problema recurriendo a los tópicos del cyberpunk: implantes corporales, cosas holográficas con las que puedes interactuar, armaduras de combate, spray cauterizador y demás. La mezcla, a la cual se le añaden drones como concesión a la época actual, queda notablemente coherente.

Además, en el universo de Horizonte Rojo hay alienígenas. De momento se puede decir poco de ellos, salvo que me hizo mucha gracia que una de las razas fuera la de los arrianos, pero da para una reflexión interesante sobre las orientaciones sexuales. Evidentemente tener contacto con criaturas alienígenas puede propiciar que aparezca una nueva orientación sexual, que la autora denomina “omnisexualidad”. Y, correlativamente, aparecen las personas que consideran que los omnisexuales son aberrantes y que su sexualidad es asquerosa. Una de ellas es la protagonista. Os dije que era un dechado de defectos, ¿no?

Lo tercero que engancha es el sexo. Tratándose de una obra erótica, tendría un problema si no fuera así. Las escenas sexuales están bastante bien: hay dos (una heterosexual y otra lésbica), están bien contadas y son excitantes. Se agradece que la autora huya de refinamientos y de rodeos a la hora de describir el sexo. También es agradable que los personajes no se conviertan en marionetas que dan y reciben placer durante estos momentos. Mientras folla, Kerr tiene tiempo para pensar en el asco que la da el hecho de que su pareja esté drogada o en lo difícil que le va a ser correrse estando borracha. Estos detalles acercan el relato a la realidad.

En definitiva, Un encargo fácil cumple con su objetivo de abrir la puerta a una serie y dejarte con ganas de más. Confío en que, según la saga crezca, las tramas vayan mejorando. Yo de momento ya me he comprado la segunda parte.

El juzgalibros: “Art 88/46”, de Ulises Lafuente

Un día entras al metaverso. El metaverso no es el aburrido Internet actual, por el cual navegas usando una pantalla, sino una red a la cual te conectas mediante una consola neuronal. El problema, claro, es que no todo puede preverse. Si hay una caída de luz la consola se apagará y tú experimentarás una sensación de caída continua durante lo que vivirás como 74 días. Salvo que la inteligencia artificial que controla la conexión haga algo por evitarlo.

Eso es precisamente lo que le ha sucedido a Tony. Por suerte, la inteligencia artificial ha creado un universo fractal usando su consciencia como semilla. Tendrá que vivir lo que subjetivamente serán 74 días en un mundo con naves espaciales, monstruos aracnoides, psicobrujas y armas superpoderosas. Él es el demiurgo, y todos dentro del universo fractal le adoran como un dios, pero también son conscientes de que no son más que simulaciones de un ordenador… y anhelan tener una existencia real.

Me temo que no soy imparcial al valorar Art 88/46. Es un cómic que me enamoró desde que leí sus primeras páginas. He participado en dos de los crowdfundings que ha habido para editarlo en papel; de hecho, el último de ellos sigue abierto y estoy haciendo campaña para que se llegue a la meta porque quiero tener ese tomo. Así que no, no soy imparcial. Pero, qué diablos, ¿quién dijo que un reseñador tuviera que serlo? Este tebeo me encanta y quiero que lo leáis.

El dibujo, en un impecable blanco y negro, cumple de sobra con lo que se espera de él. Los personajes transmiten emociones; incluso, y eso es algo que hay que destacar, los robots sin cara. Otra cosa que me encanta son los paisajes, especialmente los urbanos, dibujados con gran minuciosidad y realismo… pese a estar llenos de seres y criaturas extrañas. Y los fondos. Ves estatuas, ves cuadros, ves arquitecturas imposibles, y todo ello te muestra una pluralidad de sensibilidades artísticas que dan una enorme profundidad al mundo inventado por el autor.

El guion es otro de los puntos fuertes. Me fascina la idea de crear un mundo increíblemente detallado, trufado de personajes realistas, de culturas distintas, de instituciones con historia… y decidir que no es más que una simulación creada deprisa y corriendo para evitar los efectos psicológicos de una caída de 74 días. Pero es que además, en Art 88/46, el guion no es más que un punto de partida. La trama entretiene y engancha, desde luego, pero además sirve para que el autor se recree en una serie de especulaciones filosóficas y éticas muy jugosas.

Por ejemplo: las personas dentro del universo fractal son conscientes de que están dentro de una simulación computarizada. El autor del descubrimiento es el doctor Chandra, un físico cuyas teorías postulan sin lugar a dudas que el universo será creado en el futuro, lo cual permite al planeta Océano enviar una nave al punto exacto donde, en el momento de la creación, aparece el Demiurgo. Como invitado de honor de la nave, Tony cena con el capitán. ¿Qué dirías si tuvieras a Dios sentado a tu mesa y si la ciencia te proporcionara la prueba de que, pese a todos tus recuerdos, acabas de empezar a existir?

O el tema de las leyes de la robótica. En un momento determinado uno de los personajes del universo fractal sale al mundo real en el cuerpo de un robot. Allí descubre que los robots no son más que esclavos atrapados por el corsé de las Tres Leyes asimovianas, que permiten a cualquier humano aprovecharse de ellos sin consecuencia alguna. Pero este personaje no está atado por dichas leyes. ¿Qué pasará cuando los robots de la Tierra descubran que hay uno de ellos que puede defenderse de las agresiones e incluso responder?

Y, finalmente, la cuestión del demonio. ¿Qué sucede si un hacker con ganas de juerga entra en el universo fractal y empieza a destruirlo todo con la despreocupación del que juega a un videojuego? Al fin y al cabo, los habitantes del universo fractal, por mucho que sean personajes profundos, con historia y carisma, no dejan de ser PNJs de una simulación muy detallada. No son reales. ¿O sí?

Estos son los temas que plantea Art 88/46, insertos en una trama absorbente y contados con un estilo muy interesante. Ésa es quizás la gran virtud que tiene el cómic: cualquiera puede tratar temas profundos, pero no todo el mundo puede hacerlo desde una perspectiva original y, desde luego, poca gente consigue que el resultado no sea un plomo infumable. Ulises Lafuente lo ha conseguido: Art 88/46 merece mucho la pena.

Así pues, mi consejo es que vayáis ahora mismo a la página de Subcultura donde el cómic se publica de manera gratuita desde el principio y que luego, si queréis, participéis en el crowdfunding para tener los tomos en formato físico. No os vais a arrepentir de ninguna de las dos cosas.