El juzgalibros: “Historia lógico-natural”, de J.J. Merelo

Me gustan las ucronías. La especulación acerca de qué habría pasado sí me chifla, especialmente cuando está bien hecha y es coherente. Además, uno de mis periodos históricos favoritos es la España del siglo XIX, precisamente porque es una época de posibilidades truncadas. ¿Y si alguna de ellas hubiera salido bien? Es entonces cuando se cruza en mi camino, a raíz de una conversación en Twitter, Historia lógico-natural, de J.J. Merelo.

Como galdosiano, el título me atrajo inmediatamente. En dos de los “Episodios nacionales”, Prim y La de los tristes destinos, aparece un personaje, Juan Santiuste, a quien las aventuras sufridas en novelas previas han hecho perder la razón. Santiuste tiene la tesis de que España sigue una línea histórica equivocada, que lo lógico y lo natural habría sido que los revolucionarios de Riego fusilaran a Fernando VII por traidor y felón, y que desde entonces el país hubiera tenido un buen gobierno. Santiuste, a quien sus amigos llaman Confusio porque es un filósofo pero también tiene la cabeza a pájaros, plasma sus conclusiones en un libro que se llama, precisamente, Historia lógico—natural.

Merelo recoge este testigo para contar, en su ucronía, una España mejor, que a principios del siglo XX ha recuperado su estatus de potencia mundial y acaba de ganar la guerra de Cuba. En la novela aparecen tanto Santiuste como Galdós, como secundarios de lujo, e incluso se habla de que Galdós está escribiendo una “Historia lógico-natural” para probar que el renacimiento tecnológico y científico que vive la España de la novela no es lógico. Estos juegos a mí me privan.

Para rizar el rizo, el punto Jonbar de la novela de Merelo es distinto del que planteaba Galdós. Empieza en 1866, con la sublevación del cuartel de San Gil, que en la vida real fracasó pero que en la novela triunfa. Tras esto, entra a gobernar en España el general Prim, que en el mundo novelesco no sufre el atentado de la calle del Turco y, por ello, se convierte en el mandamás de España durante años. Un gobierno estable permite subvencionar a inventores que en la vida real se comieron los mocos (Peral, Torres Quevedo), y además concede la independencia de Cuba y Filipinas de manera pacífica, un poco a la británica.

Eso quiere decir que cuando en 1906 EE.UU. decide atacar Cuba, invade una nación soberana, que inmediatamente le pide ayuda a la madre patria. El ejército español, armado con la tecnología más moderna de la época, barre al estadounidense. La novela empieza así, y las consecuencias de este hecho se exploran a través de las siguientes páginas. Como vemos, toda la estructura es una especie de juego de espejos similar al que hace Dick en El hombre en el castillo y que da nombre a este blog, así que tenía que reseñar la obra.

Los protagonistas son tres: Ray, un contable yanqui que por una carambola acaba de espía en una España que no entiende; Archie, un carpintero negro negro que ha participado en la fracasada invasión de Cuba y Julián, un soldado español que es entrenado como tripulante de submarinos. Esos tres principales se van entrecruzando con una serie de secundarios, siempre los mismos, lo que le da a la novela un aire muy galdosiano. Casi podríamos definir a este libro como una “ucronía costumbrista”. En ese sentido, las primeras páginas de Ray son las mejores de la novela: es impagable su choque con una España que es a la vez una potencia tecnológica y un país provinciano y medio analfabeto. También acierta cuando trata temas sociales, como el racismo.

Aun así, se nota que es una de las primeras obras del autor, si no la primera. La novela tiene defectos. Para empezar, los tiene de forma: hay momentos, muchos, donde la trama pedía un diálogo y el autor (quizás por miedo a no saber escribir conversaciones creíbles) ha salvado la escena con narración. Estas intervenciones del estilo indirecto me chirriaron durante toda la novela.

Por otra parte, los protagonistas no están demasiado definidos, lo que es un problema cuando hay tantos y todo se basa en ellos. No tienen una personalidad clara, y de la mayoría no sabes muy bien lo que quieren. Sus movimientos no son orgánicos; muchas veces se ve el hilo del autor tirando de ellos hacia donde tienen que estar. Esto es disculpable en el caso de Julián, sometido a disciplina militar durante casi toda la trama, pero con Ray y sobre todo con Archie el asunto queda muy, muy forzado.

Pero el problema principal es otro. La novela avanza muy bien pese a sus fallos hasta aproximadamente dos tercios de la misma, momento en el cual pierde el hilo por completo. Cuando ya las tramas parecen estar cerrándose, se abren otra vez y el autor te cuenta una historia extraña, sin relación con nada de lo demás, que rompe por completo con la suspensión de la incredulidad que había conseguido una ucronía tan bien fundada. Esta última trama, que además no es común a todos los personajes, parece una idea de última hora. Tiene pinta de que decidió acabar con un colofón, y no le ha salido bien. Ese pegote hace que, al final del libro, no sepas muy bien qué historia te están intentando contar.

En conclusión, una buena idea que podría haberse mejorado definiendo más a los personajes y, sobre todo, suprimiendo el pegote del final. Aun así, lo tenéis a 0,99 en Amazon y su autor ha seguido ampliando el mundo en otras obras. Si te gusta la premisa, échale un tiento.

 

 

 

 

 

El juzgalibros: “La brigada de Anne Capestan”, de Sophie Henaff

Durante mi adolescencia, uno de los libros que más disfruté (hasta el punto de leerlo varias veces) fue Los hijos del Trueno, de Fernando Lalana y José María Almárcegui. Esta novela arranca cuando se produce en España la reforma educativa definitiva, según la cual en las aulas debe haber en todo momento veintidós alumnos, ni uno más ni uno menos. Claro, esto genera un cierto número de alumnos sobrantes. Así que se crean los “institutos remanentes”, donde van a parar los inadaptados con la finalidad de entrenarse para ser la escoria del mañana. Por suerte, los alumnos de uno de estos institutos no están dispuestos a aceptar su papel. Pese a este planteamiento, la novela es cómica y tiene algunos momentos realmente desternillantes.

Posteriormente, me aficioné mucho a Caso abierto, hasta el punto de que es, junto con Malcolm in the Middle, la única serie de televisión que he visto entera. Para quien no lo sepa, Caso abierto trata de una unidad de policías que se dedica a desenterrar casos de homicidio que no llegaron a resolverse y tratarlos a la luz de nuevas pistas, nuevos métodos o nuevos enfoques. La serie me agradaba porque huía de los tropos habituales (psicópatas y demás) y porque tenía un cierto componente de denuncia social.

Así que, cuando en las primeras páginas de La brigada de Anne Capestan quedó claro que aquello era una especie de mezcla de Los hijos del Trueno con Caso abierto, la novela me tuvo ganado desde el principio.

Anne Capestan es una comisaria que ha disparado una bala de más. Por los pelos no ha sido expulsada, pero su castigo es otro: va a dirigir una especie de “brigada aparcadero”, con lo peor de cada casa, a la que van a endosar todos los casos no resueltos que tiene la Policía de París con el fin de mejorar las estadísticas del resto de unidades. Entre sus compañeros hay un gafe, la guionista de una serie de televisión que todo el cuerpo odia, un borracho, una jugadora empedernida, un soplón, un homosexual que se atrevió a quejarse de discriminación dentro del cuerpo, etc. Gente a la que todo el mundo se quiere quitar de encima. Y en cuanto a los casos, solo hay dos que merezcan la pena: un marino asesinado en 1993 y una viejecita a la que un ladrón mató en 2005.

A partir de ese planteamiento, la novela avanza imparable. Su primera virtud es que es divertida: la autora es humorista profesional y se nota. Eso sí, es más de sonrisa que de carcajada: va planteando un mundo con cierto tono surrealista, donde curtidos policías huyen de un presunto gafe, un escenario del crimen permanece sin tocar durante ocho años, un seguimiento se disfraza de huelga y todo el equipo de una comisaría vota por el papel pintado que se va a poner en las paredes. Ya digo: tiene pocos momentos de risotada, pero se lee sin perder la sonrisa.

Sin embargo, el hilo no se pierde en describir momentos surrealistas: la novela tiene un argumento muy bien marcado y lo sigue sin darte tregua. No funciona a golpe de cliffhanger, lo que es de agradecer, sino que más bien no se detiene nunca: cada párrafo desemboca en el siguiente, cada página aporta algo nuevo. Quizás el final es un poco abrupto (sentí que, ya que la autora usa el recurso del flashback, podría haber dado más información en ellos), pero no resulta nada forzado.

La intriga, justo es decirlo, no es nada del otro jueves. Tira de tópicos del género y se nota. [SPOILER] Se ve venir, por ejemplo, que va a resultar que ambos casos están relacionados, que van a matar a una testigo clave antes de que pueda hablar o que el asesino es alguien que ya ha aparecido en la novela.[/SPOILER] También abusa un poco del recurso de “el detective ve a tal persona haciendo algo inocente y eso hace clic en su cabeza y llega a una deducción importante”. Por otra parte, si los tópicos han llegado a ser tópicos es porque funcionan, así que el defecto no es tan grande como parece.

Porque además, si algo sustenta la novela son sus personajes. Muchos están construidos con un par de pinceladas, pero funcionan y resultan ser más profundos de lo que aparentan. Como el gafe a quien todo el mundo rechaza, que sin embargo es el único que tiene una vida familiar feliz. O el tipo frío y lejano, que en realidad es extremadamente cuidadoso incluso con las vidas de los insectos. O el borracho inútil y pagado de sí mismo pero que está atento a todos los cotilleos del mundo policial y resulta un señuelo excelente. O la pija insoportable que en un momento dado tira de billetera para equipar de forma altruista la sede de la brigada.

Todos ellos forman un equipo extraño, de gente que en principio no se lleva bien o incluso se desprecia mutuamente, pero que al final acaba limando diferencias. A la fuerza ahorcan: son desechos, les han metido ahí porque no pueden echarles del cuerpo y tienen que elegir entre aceptarlo o rebelarse. Y es ahí donde el orgullo humano tira para delante y empieza a trabajar con lo que tiene. La brigada de Anne Capestan tendrá que decidir si se cohesiona y trata de superar las trabas que le ponen desde arriba… o si acepta su fama de refugio de perdedores y se limita a vegetar.

En fin: que si buscáis una novela entretenida, ligera, con personajes interesantes y una intriga que no os haga romperos demasiado la cabeza, éste es vuestro libro. Yo, por mi parte, cuando lo terminé le rendí el mejor homenaje que creo que se le puede hacer a una novela: mirar si hay una segunda parte. Por suerte para mí, la respuesta es positiva. Anne Capestan y sus absurdos compañeros protagonizan ya otra novela… y que sean muchas más.

El juzgalibros: “Un encargo fácil”, de Rocío Vega

Kerr no suele tomar buenas decisiones. Bebe demasiado, es impulsiva y se acuesta con miembros de su propia tripulación. También es justo reconocer que está sometida a mucha presión: es una mercenaria eficiente, sí, pero fue su padre el que le transmitió su nave y su equipo. No es lo mismo enfrentarte a las misiones si sabes que si fracasas simplemente vas a perder dinero que hacerlo sabiendo que además tu padre te va a mirar mal.

Hoy reseño Un encargo fácil; el primer número de Horizonte Rojo, una saga de novelettes eróticas de ciencia ficción que está escribiendo Rocío Vega. Sí, he dicho novela erótica de ciencia ficción. Sí, hay alienígenas. No, todavía ninguno tiene tentáculos. Dadle tiempo.

Antes de empezar esta reseña, que ya aviso que va a ser bastante positiva, tengo que mencionar que la autora es amiga mía. Lo digo como buena práctica, para declarar las posibles fuentes de conflictos de interés que existan.

Un encargo fácil es una novelette de introducción, y eso se nota. En ella se presenta a la protagonista de la saga, a los miembros de su tripulación, al imbécil que claramente va a dar problemas unas pocas páginas después y el universo en el que se mueven todos ellos. El argumento es simplemente una excusa para realizar esta presentación. La novelette arranca casi in medias res, con un tiroteo, y lo que sucede a partir de ahí no tiene demasiado interés. Sin embargo, esto no importa mucho: aparte de que el libro termina casi antes de que te des cuenta, lo que te mantiene pegado a él no es su trama.

¿Y qué es entonces? En primer lugar, la protagonista. Rea Kerr es deliciosamente humana, lo cual quiere decir que es un dechado de defectos: corta de miras, impulsiva, alcohólica, cínica (bueno, no sé si eso es un defecto), insegura e irrespetuosa. Ah, y su trabajo es pegarle tiros a la gente por dinero. Siempre apetece leer a personajes bien construidos y creíbles, y es agradable que dichos personajes no sean lo que llamaríamos “buenos”. Al contrario, Kerr y sus mercenarios son gentuza, nada romantizada y con obvios problemas para relacionarse con otros seres humanos. Y eso mola.

En segundo lugar, el mundo. Escribir ciencia ficción en el siglo XXI es difícil, porque puede resultar que lo que tú presentas como un avance tecnológico de la hostia, propio del futuro lejano, se invente tres años después de que publiques tu obra y quede desfasado en otros diez. La autora solventa este problema recurriendo a los tópicos del cyberpunk: implantes corporales, cosas holográficas con las que puedes interactuar, armaduras de combate, spray cauterizador y demás. La mezcla, a la cual se le añaden drones como concesión a la época actual, queda notablemente coherente.

Además, en el universo de Horizonte Rojo hay alienígenas. De momento se puede decir poco de ellos, salvo que me hizo mucha gracia que una de las razas fuera la de los arrianos, pero da para una reflexión interesante sobre las orientaciones sexuales. Evidentemente tener contacto con criaturas alienígenas puede propiciar que aparezca una nueva orientación sexual, que la autora denomina “omnisexualidad”. Y, correlativamente, aparecen las personas que consideran que los omnisexuales son aberrantes y que su sexualidad es asquerosa. Una de ellas es la protagonista. Os dije que era un dechado de defectos, ¿no?

Lo tercero que engancha es el sexo. Tratándose de una obra erótica, tendría un problema si no fuera así. Las escenas sexuales están bastante bien: hay dos (una heterosexual y otra lésbica), están bien contadas y son excitantes. Se agradece que la autora huya de refinamientos y de rodeos a la hora de describir el sexo. También es agradable que los personajes no se conviertan en marionetas que dan y reciben placer durante estos momentos. Mientras folla, Kerr tiene tiempo para pensar en el asco que la da el hecho de que su pareja esté drogada o en lo difícil que le va a ser correrse estando borracha. Estos detalles acercan el relato a la realidad.

En definitiva, Un encargo fácil cumple con su objetivo de abrir la puerta a una serie y dejarte con ganas de más. Confío en que, según la saga crezca, las tramas vayan mejorando. Yo de momento ya me he comprado la segunda parte.

El juzgalibros: “Art 88/46”, de Ulises Lafuente

Un día entras al metaverso. El metaverso no es el aburrido Internet actual, por el cual navegas usando una pantalla, sino una red a la cual te conectas mediante una consola neuronal. El problema, claro, es que no todo puede preverse. Si hay una caída de luz la consola se apagará y tú experimentarás una sensación de caída continua durante lo que vivirás como 74 días. Salvo que la inteligencia artificial que controla la conexión haga algo por evitarlo.

Eso es precisamente lo que le ha sucedido a Tony. Por suerte, la inteligencia artificial ha creado un universo fractal usando su consciencia como semilla. Tendrá que vivir lo que subjetivamente serán 74 días en un mundo con naves espaciales, monstruos aracnoides, psicobrujas y armas superpoderosas. Él es el demiurgo, y todos dentro del universo fractal le adoran como un dios, pero también son conscientes de que no son más que simulaciones de un ordenador… y anhelan tener una existencia real.

Me temo que no soy imparcial al valorar Art 88/46. Es un cómic que me enamoró desde que leí sus primeras páginas. He participado en dos de los crowdfundings que ha habido para editarlo en papel; de hecho, el último de ellos sigue abierto y estoy haciendo campaña para que se llegue a la meta porque quiero tener ese tomo. Así que no, no soy imparcial. Pero, qué diablos, ¿quién dijo que un reseñador tuviera que serlo? Este tebeo me encanta y quiero que lo leáis.

El dibujo, en un impecable blanco y negro, cumple de sobra con lo que se espera de él. Los personajes transmiten emociones; incluso, y eso es algo que hay que destacar, los robots sin cara. Otra cosa que me encanta son los paisajes, especialmente los urbanos, dibujados con gran minuciosidad y realismo… pese a estar llenos de seres y criaturas extrañas. Y los fondos. Ves estatuas, ves cuadros, ves arquitecturas imposibles, y todo ello te muestra una pluralidad de sensibilidades artísticas que dan una enorme profundidad al mundo inventado por el autor.

El guion es otro de los puntos fuertes. Me fascina la idea de crear un mundo increíblemente detallado, trufado de personajes realistas, de culturas distintas, de instituciones con historia… y decidir que no es más que una simulación creada deprisa y corriendo para evitar los efectos psicológicos de una caída de 74 días. Pero es que además, en Art 88/46, el guion no es más que un punto de partida. La trama entretiene y engancha, desde luego, pero además sirve para que el autor se recree en una serie de especulaciones filosóficas y éticas muy jugosas.

Por ejemplo: las personas dentro del universo fractal son conscientes de que están dentro de una simulación computarizada. El autor del descubrimiento es el doctor Chandra, un físico cuyas teorías postulan sin lugar a dudas que el universo será creado en el futuro, lo cual permite al planeta Océano enviar una nave al punto exacto donde, en el momento de la creación, aparece el Demiurgo. Como invitado de honor de la nave, Tony cena con el capitán. ¿Qué dirías si tuvieras a Dios sentado a tu mesa y si la ciencia te proporcionara la prueba de que, pese a todos tus recuerdos, acabas de empezar a existir?

O el tema de las leyes de la robótica. En un momento determinado uno de los personajes del universo fractal sale al mundo real en el cuerpo de un robot. Allí descubre que los robots no son más que esclavos atrapados por el corsé de las Tres Leyes asimovianas, que permiten a cualquier humano aprovecharse de ellos sin consecuencia alguna. Pero este personaje no está atado por dichas leyes. ¿Qué pasará cuando los robots de la Tierra descubran que hay uno de ellos que puede defenderse de las agresiones e incluso responder?

Y, finalmente, la cuestión del demonio. ¿Qué sucede si un hacker con ganas de juerga entra en el universo fractal y empieza a destruirlo todo con la despreocupación del que juega a un videojuego? Al fin y al cabo, los habitantes del universo fractal, por mucho que sean personajes profundos, con historia y carisma, no dejan de ser PNJs de una simulación muy detallada. No son reales. ¿O sí?

Estos son los temas que plantea Art 88/46, insertos en una trama absorbente y contados con un estilo muy interesante. Ésa es quizás la gran virtud que tiene el cómic: cualquiera puede tratar temas profundos, pero no todo el mundo puede hacerlo desde una perspectiva original y, desde luego, poca gente consigue que el resultado no sea un plomo infumable. Ulises Lafuente lo ha conseguido: Art 88/46 merece mucho la pena.

Así pues, mi consejo es que vayáis ahora mismo a la página de Subcultura donde el cómic se publica de manera gratuita desde el principio y que luego, si queréis, participéis en el crowdfunding para tener los tomos en formato físico. No os vais a arrepentir de ninguna de las dos cosas.