La noche del fin del mundo

Las tropas de su católica majestad arrasaban Roma. La ciudad eterna ardía y la sangre se derramaba por las escaleras del Vaticano. El papa había huido, los cardenales pagaban para evitar el saqueo y ni siquiera las iglesias estaban a salvo de los invasores.

Era el fin del mundo.

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Los que se quedaron

Un hombre baja de un barco. No es un anciano, pero camina como si lo fuera. Encorvado, triste, vencido. Baja al puerto sintiendo que la vida le ha derrotado y que ya nada tiene que esperar de ella. Dentro de dos años estará muerto. Por supuesto, eso él no puede saberlo, pero aunque lo supiera no le importaría. Ha fracasado por completo en todo lo que le encargaron, lo cual quiere decir que todos los sacrificios que ha tenido que hacer no han servido de nada. Se siente como si le hubieran segado la hierba debajo de los pies.

La multitud que desciende detrás de su capitán está dividida en dos grupos. La tripulación, compuesta íntegramente por japoneses, está feliz. ¡Siete años fuera! Siete años alejados de sus familias y de su patria, navegando por mares extraños y residiendo en tierras de bárbaros. Es demasiado tiempo para cualquiera.

Los señores, por el contrario, no muestran signos de alegría. Entre ellos hay japoneses y europeos, y todos tienen en común ser católicos. Los europeos son sacerdotes y misioneros; los japoneses, conversos que han tenido que ingresar en la Iglesia para poder tratar con el papa y con el rey castellano. Pero ahora todos han vuelto a suelo japonés, y allí su religión no es bienvenida.

El hombre deprimido se acerca a las dos únicas personas que esperan su barco en la dársena. Dos samuráis. Les conoce, son hombres del shogun. Son jóvenes; cuando él partió ninguno de los dos era todavía un guerrero ni se habría atrevido a levantarle la voz. Ahora ambos le miran con descaro.

—Hasekura-san —dice uno de ellos. El hombre abatido asiente.

—Tiene usted que venir con nosotros —dice el otro—. Por supuesto, siempre que su nueva fe no le obligue a hacer ningún rito que le retenga en el puerto…

Hasekura cierra los ojos. La primera puya. Habrá más, lo sabe. Pero estaba en un callejón sin salida: o se convertía al catolicismo o los grandes gobernantes a los que le habían mandado visitar ni siquiera le recibirían. Había sacrificado todo lo que era él para conseguir aquel tratado comercial… sólo para enterarse a la mitad del viaje de que el shogun había empezado a perseguir a los cristianos. Después de aquello, el acuerdo con el rey castellano fue imposible.

Y ahora aquí está él, con su nombre a la española y su bautismo indeleble. Y nadie va a entenderlo. Nadie va a entender el sacrificio que ha hecho. En fin, será mejor terminar cuanto antes.

—Vamos —dice, y comienza a andar. Los samuráis le escoltan. No hacen algo tan burdo como llevarle prisionero. Tanto él como ellos saben que no se va a escapar.

Se esperaba algo así. Todos sabían lo que iba a pasar cuando se embarcaron en el viaje de vuelta. Por eso algunos no lo habían hecho. Unos cuantos de los expedicionarios (comerciantes, servidores e incluso algún samurái) se habían quedado en Castilla, en aquel pueblecito llamado Coria del Río donde tanto tiempo habían vivido. Pero él no había podido. Su honor le obligaba a regresar a Japón.

Ojalá hubiera podido unirse a ellos. Ojalá hubiera podido escapar de la persecución religiosa.

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La última resistencia de María Pacheco

Hasta seis meses prolonga / Toledo su rebeldía / y al cabo de los seis meses / se rinde doña María. 

Hasta seis meses prolonga / Toledo su rebeldía / mas si Toledo se rinde / Toledo no está vencida.

(Luis López Álvarez, 1972)

La noticia de la elección del nuevo papa llegó a Toledo el 3 de febrero de 1522 y dejó un saldo de 37 muertos.

Durante unas pocas horas las gentes de las Comunidades volvieron a controlar la ciudad y los pendones castellanos ondearon en las murallas. De nuevo se escucharon gritos de esperanza. Pero pronto, muy pronto, los imperiales se reorganizaron y la sangre corrió de nuevo por las calles. A la mañana siguiente doña María Pacheco, la última líder comunera que seguía viva y libre, había desaparecido. Castilla no volvería a verla. Toledo, purgada ya de elementos indeseables, volvía a ser una súbdita fiel. La guerra de las Comunidades había terminado.

Ésta es la historia de esas horas. Ésta es mi historia durante esas horas.

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