La primera logia

La sala principal de la taberna del Ganso y la Rejilla estaba abarrotada. Rubin, el nuevo camarero del local, había subido ya tres bandejas llenas de jarras de cerveza, y la cosa no parecía que fuera a parar. Los caballeros que ocupaban el comedor parecían estar en alguna clase de reunión política, con todo lo que aquello comportaba: les había oído gritar e interrumpirse, y era normal que en esas circunstancias la bebida corriera algo más de la cuenta.

—¿Políticos? —respondió el viejo Herbert, jefe de camareros, cuando Rubin le comentó el trajín de la segunda planta—. No, hombre, no. Son francmasones.

—Bueno, eso explica los mandiles. Pero… ¿y los gritos y las discusiones? ¿No se reúnen los masones en secreto, y con símbolos místicos, y…?

—Deberías dejar de leer panfletos, chico. Los francmasones no son más que caballeros que vienen aquí a hablar de sus cosas, como todos. Y, como todos, a veces se acaloran. Hoy creo que están discutiendo refundir cuatro de sus asambleas en una sola, y claro, todos quieren que la suya sea la que acabe mandando. Es lo natural. Venga, ve a la cocina a ver cómo está la cena.

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