El perfeccionista

Gary llegó a España en enero de 1937, con la intención de luchar contra el fascismo apoyado por sus compatriotas. Dice mucho de su voluntad política el hecho de que siguiera en filas en julio de 1938, cuando todos sus amigos habían muerto y el batallón Abraham Lincoln se había llenado de españoles. Es cierto que le habían hecho sargento, pero también lo es que a Gary, que siempre había tirado hacia la vida civil, un grado del ejército español no le valía para nada.

Y allí estaba. La noche antes de pasar el Ebro para volver a unificar el territorio controlado por el Gobierno legítimo. El plan era sencillo: avanzar hacia el río, cruzarlo por sorpresa y conquistar los centros de comunicaciones rebeldes. Sin embargo, Gary miraba a sus hombres y no le parecía que encontraran sencillo ni siquiera atarse los cordones. La mayoría eran reclutas muy jóvenes, casi niños, que ni siquiera tenían la mayoría de edad.

No se hacía ilusiones sobre su capacidad de mando. Sabía que le habían nombrado sargento porque era de los pocos veteranos que hablaba español. Pero le habían dicho que les arengara y les iba a arengar.

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