La batalla de la calle Cable

David trataba de aguantarse las lágrimas, pero no podía. Las palabras de Eileen le habían herido como látigos. Ella, que normalmente era una persona muy dulce, sabía cómo hacer daño cuando se enfadaba. Y la bronca había sido apoteósica.

—No tienes sangre en las venas. ¿No hay nada que te interese o qué? Los chicos de nuestra edad, tus propios compañeros de clase, tienen aficiones, intereses, una ideología política, ¡algo! Tú no. Te limitas a estar ahí, estudiando para conseguir una plaza en alguna escuela de ingeniería… ¡en la cual seguirás estudiando sin levantar la vista del papel! ¿Es esa la vida que me espera si me caso contigo? Pues me niego, ¿lo entiendes? ¡Me niego! —y luego había rebajado el tono y, con dolor y con cariño, había dicho lo peor de todo—. Te quiero mucho, Dave, y eres un chico genial. Sé que serías un buen marido, pero… contigo me aburro, y no me imagino una vida a tu lado. Lo mejor será que dejemos de vernos. Adiós.

¿Qué se dice contra eso? ¿Qué se argumenta cuando la chica a la que amas te dice que le aburres? Alguien con más ímpetu, se decía David, la habría estrechado entre sus brazos, la habría besado en la boca como en los galanes de las películas y se la habría llevado en su barco a recorrer mundo. Pero él no tenía un barco. Ni siquiera era mayor de edad; sólo un chico tímido que no tenía todavía edad suficiente para enrolarse en el ejército, labrar su fortuna o realizar ninguna heroicidad.

Así que se había quedado ahí plantado, en el parque, mientras ella se le escapaba. Y luego había empezado a caminar por Londres, cada vez más rápido y lleno de furia hacia sí mismo. Si tan sólo pudiera ser tan valiente como lo eran su hermano o alguno de sus amigos… pero a él le asustaban hasta las peleas callejeras. Nunca se había metido en ninguna; siempre huía. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a obrar de otro modo? ¿Qué sentido tenía jugarse así la piel?

Estaba a punto de echar a correr cuando una mano le agarró del brazo y le arrastró hacia el interior de un local. Era un pub de obreros, lleno de humo.

—¡Tú no te me escapas, chaval! —dijo una voz ronca que conocía muy bien. Era John, uno de sus amigos, un chico algo más mayor que él que siempre estaba de taberna en taberna y de mitin en mitin. Normalmente le gustaba su compañía, pero hoy…

—Escucha, John, ahora no me apetece. Mejor nos vemos otro día, ¿eh? —dijo, intentando zafarse. Pero su amigo le arrastraba hacia la barra con mano de hierro. El local estaba lleno, pero John se abría paso con los codos.

—¡Matt, ponme otra, y una más para mi amigo! —el camarero, un ser gigantesco que respondía al estereotipo de escocés borracho, asintió y sirvió dos pintas de cerveza mala. Se las dejó en la barra con un golpe.

—John, escucha, gracias por la cerveza, pero… —ésa era otra. Contra personalidades tan fuertes como la de John, David siempre sentía que se hacía más pequeño. Su amigo era simpático, pero siempre acababa pasándole por encima.

—¡Bebe, bebe, lo vamos a necesitar! Te he visto venir y he decidido cogerte por el brazo. Con nosotros estarás seguro. ¿Verdad, compañeros?

La última frase la dijo gritando, y los clientes del bar rugieron, aunque no podían haber escuchado el resto del diálogo.

—Pero ¿qué sucede? ¿Qué pasa hoy?

John le miró como se miraría a una nueva especie.

—Pero hombre, ¿no lo recuerdas? Si Londres está lleno de carteles, al menos los que no hemos podido arrancar —dijo con una sonrisa salvaje—. ¡Hoy es la marcha de los fascistas! O lo será si no se lo impedimos. ¡No pasarán!

Nuevo rugido.

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Deseo de volar

El primer recuerdo de Anne Gallagher eran los aviones. Sus padres le habían llevado a verlos, cuando ella apenas levantaba medio palmo del suelo. Se trataba de un desfile para celebrar la victoria de las tropas británicas contra los ejércitos del Kaiser en el centro de Europa. A veces, cuando cerraba los ojos, Anne podía sentir aún las impresiones de aquel día: los aviones volando por encima de ella, los colores de la bandera, el sonido discordante del God save the King mezclado con el bramar de la multitud y con el traqueteo de los motores…

Cada vez que ella sacaba el tema, Sean le decía que no podía acordarse de aquello, que ni siquiera tenía tres años en el momento del desfile, que él apenas lo recordaba y eso que por aquel entonces había tenido diez. Pero Sean siempre estaba diciendo esta clase de cosas, para chincharla, así que no había que darle importancia. En algunas ocasiones pensaba que podía haberse inventado el recuerdo a partir de todas las veces que su madre le había hablado del día de los aviones… pero luego cerraba los ojos y volvía a escuchar los motores.

Luego había venido la guerra. Leo Gallagher, el padre de Anne, era irlandés hasta la médula y católico como el que más, pero se había quedado en el lado británico. Aunque tenía pastizales de ganado vacuno a ambos lados de la frontera, su casa siempre había sido el Ulster. Además, era un hombre inteligente, y previó lo que se avecinaba después de la paz. Por desgracia, acertó. Anne recordaba –y éste sí que podía jurar sobre la Biblia que era un recuerdo real– a Neil entrar en el comedor con la cara demudada y anunciar que en Irlanda acababa de estallar la guerra civil.

Mientras duró la guerra civil, los Gallagher adoptaron un ritual. Cada noche, toda la familia se reunía alrededor de la radio a escuchar los noticieros cinematográficos. Después, el padre leía todas las noticias referentes a Irlanda que hubiera en los periódicos del día. Cada poco tiempo Neil bajaba a Derry para enterarse en las tabernas de lo que no salía en la prensa. Fue así como supieron de la muerte de Arthur, el hermano de Leo, que pertenecía a la facción gubernamental.

La guerra no fue buena época para los Gallagher. Aparte de la muerte de Arthur, Leo perdió un rebaño de vacas, requisado por los rebeldes y que nunca se recuperó. Tuvieron que apretarse el cinturón. Sin embargo, Anne recordaba aquel periodo con cariño. Una escuadra de aviones se asentó en Derry, dispuesta a intervenir en Irlanda si la cosa se ponía fea. Todas las tardes hacía maniobras, y Anne podía verlas. Se tumbaba en una loma y veía a los gigantescos aparatos ascender, evolucionar en el cielo y descender. Podía quedarse ahí horas, observando con la boca abierta aquella maravilla. Fue entonces cuando decidió que quería ser piloto.

Un día Sean la llevó a Derry. Su hermano mayor se había hecho amigo de algunos de los pilotos y, después de que ella insistiera durante una semana, accedió a acercarse con ella al aeródromo. Se pasó la visita con la boca abierta. Le dejaron acercarse a los aviones. De cerca eran enormes. Pero lo que más le impresionó fueron los pilotos. Sus cazadoras, sus gafas, sus cuidados bigotes, su gallardía. Se paseaban entre los aparatos como si fueran los dueños de todo aquello. ¿Cómo no iban a pensarlo? Les habían visto a todos desde el cielo, como si fueran hormiguitas.

Casi se le paró el corazón cuando Sean se paró a hablar con dos pilotos que estaban en la puerta de un hangar. Ni siquiera se enteró de lo que hablaban. Pero de repente uno de ellos se arrodilló a su lado y preguntó:

—¿Y esta pequeña quién es?

—Es mi hermana, Anne —intervino Sean antes de que ella pudiera abrir la boca.

—Qué bonita es. Dime, pequeña Anne, ¿Con quién te quieres casar cuando seas mayor? ¿Será con un granjero como tu papá o con un piloto de guerra como yo?

—¡Yo no quiero casarme! —dijo Anne, con toda la seguridad de sus nueve años—. ¡Yo quiero pilotar aviones!

Las risotadas de los tres hombres le acompañaron todo el trayecto hasta su casa. Ni siquiera el dolor de cabeza que le entró después de varias horas llorando logró que se fueran.

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