El anillo de sangre

27 de abril de 2017

—Y esto —dijo el empresario— es la joya de mi colección.

La periodista se acercó a la vitrina. Estaban en una habitación sin ventanas, situada al fondo de la casa. Las medidas de seguridad del pequeño museo eran ya de por sí grandes, pero las de aquel cuarto resultaban impresionantes: puerta acorazada que tenía a la vez llave y contraseña, tres cámaras que impedían cualquier ángulo muerto, vitrinas con cristal blindado y el logo de una empresa de seguridad bien visible.

Y sin embargo, lo que había dentro no parecía justificar tanta protección. Se trataba de un simple anillo de oro. Bien es cierto que era grande, recargado y con una bonita esmeralda en el centro, pero no dejaba de ser una gema como otra cualquiera. “Demasiado pesada”, pensó la periodista.

La decepción debió traslucirse en su rostro, porque su anfitrión le señaló uno de los cuadros que había en la estancia. Mostraba a un noble de cara redondeada vestido con ropa que, sin llegar a los excesos recargados que posteriormente pondría de moda el barroco, los preconizaba. Llevaba un traje de satén verde, una gorguera, cintas de diversos colores, espada y, sí, el mismo anillo que estaba en la vidriera. Lo llevaba en la mano izquierda, que a su vez tenía recogida sobre la tripa, por lo que la gema era el centro del cuadro.

—¿Es…? —preguntó la periodista.

—Es. El mismo anillo, que ha pasado de generación en generación desde que el bueno de Jacques se lo hizo a medida hasta que yo lo heredé de mi madre. Más de cuatrocientos años. ¡Ah, evidentemente no quiero decir que la línea sea directa! En esos cuatro siglos ha habido de todo: ha llegado a sobrinos y primos lejanos, ha sido robado por familiares descontentos, se ha quedado metido en cajas de caudales durante décadas… pero siempre se le ha podido seguir el rastro.

—¡Qué historia! —dijo la periodista, sorprendida a su pesar.

—Es muy curiosa, sí. Escuche, si ya ha terminado de hacer las fotos que necesita, salgamos de aquí. Vamos al salón y me termina de entrevistar.

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Recuerdos de guerra

La casa del abuelo siempre estaba llena de trastos. Jerry recordaba, por ejemplo, la época en que descubrió la comida italiana: todas las noches llamaba a que le trajeran una margarita a domicilio. Llegó un momento en que la torre de cajas de pizza vacías llegaba casi hasta el techo; en una visita había estado a punto de caerse encima de Jerry, que por aquel entonces tenía ocho años. Su madre había gritado, había abroncado al anciano y luego había convocado a varias de sus amigas para, entre todas, volver a poner en planta la casa. Era un ritual que se cumplía cada seis meses con la precisión de las estaciones, ya que invariablemente el abuelo dejaba degradar su entorno sin hacer nada para evitarlo.

Debían estar al final del ciclo, porque el jardín estaba hecho un desastre. Jerry vadeó la hierba que ya le llegaba hasta la pantorrilla, esquivó un cortacésped oxidado y, por fin, llamó a la puerta. Nada. Una segunda llamada tuvo como resultado el sonido de alguien rebullendo en el interior. Y finalmente se abrió la puerta y el abuelo Zachary apareció en el umbral. Miró de arriba abajo a Jerry y gruñó:

—Podrías haber entrado por la puerta de la cocina. Nunca uso la principal.

La casa olía a cerrado y estaba oscura. El abuelo siempre había vivido solo, que Jerry recordara. La abuela había muerto cuando él tenía cuatro años, y él no se acordaba de su cara: ni siquiera había fotos recientes en la casa. Luego había pasado mucho tiempo, pero el abuelo no se había vuelto a casar ni se le conocían novias. Tampoco amistades o aficiones que le sacaran de casa. Cojeaba un poco y se negaba a usar bastón, por lo que caminar para él era un suplicio.

El suelo de la cocina estaba pegajoso. En la vieja cocina de gas hervía un cazo con agua; el anciano rescató dos tazas de la precaria torre de platos y sartenes que había en el fregadero, les dio un agua y empezó a preparar el té. Jerry dudó sobre si debía ayudarle, pero su abuelo le echaba la bronca a cualquiera que osara insinuar que no era perfectamente autónomo. Así que se limitó a sentarse en una de las desvencijadas sillas.

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Marie

El coche llegó a la granja de los Fontaine cuando ya hacía varias horas que había anochecido. Lo escucharon acercarse, con el sonido del motor cada vez más fuerte. Regine cerró los ojos y sus labios se movieron en una rápida oración, que se cortó cuando el ruido paró abruptamente en el patio delantero. Luego oyeron cómo se abrían y cerraban las portezuelas del automóvil y, finalmente, varios golpes en la puerta. Pierre tragó saliva y se dirigió a la entrada. Una nueva lluvia de golpes, ésta más rápida. Pierre abrió la puerta.

Los alemanes entraron en la habitación. Eran tres: un oficial, un soldado y un tipo vestido de civil que llevaba una carpeta. Mirándolo mejor, este último no parecía alemán sino francés. El oficial miró por encima a los miembros de la familia y le preguntó al funcionario:

—¿Están todos? —hablaba en un francés correcto pero con un fuerte acento.

—Familia Fontaine, cuatro miembros —dijo el civil mientras rebuscaba entre sus papeles. Claramente era francés, y de la región—. Pierre, cuarenta y siete años; Regina, cuarenta y dos; Claire, veinte; Emile, quince.

—¿Son ustedes? —gruñó el oficial. Pierre asintió—. ¿No hay más familiares? ¿Nadie más en la casa?

 —Había una anciana, la madre de Regina, que murió el año pasado. Además tienen dos hijos mayores, que ahora mismo están enrolados en el ejército —el civil acercó la hoja a la lamparita que proporcionaba luz a la estancia—. Para suplir su falta, trabaja con ellos un mozo, un tal Michel, pero no vive aquí sino en el pueblo, en casa de su madre.

 —Bien. Escúchenme atentamente: hace unas horas, cuando estaba oscureciendo, se ha oído por esta zona el ruido de un avión. Como saben, algunos traidores han estado operando escondidos por aquí, tratando de detener al ejército del Reich. Creemos que el avión les lanzaba suministros o apoyo de algún tipo. ¿Han visto ustedes algo?

—No… no, en absoluto. Hemos estado toda la tarde en la casa —dijo Pierre.

—Yo creo que oí el avión, herr oficial —dijo Regina, solícita—. Fue hacia las nueve de la noche, ¿verdad? Pero pasó muy rápido y no oí nada más.

 El oficial les escrutó a todos con cara inquisitiva, pero no parecía con ganas de realizar un interrogatorio formal. Estaba claro que quería estar en cualquier lugar salvo allí, haciendo una investigación entre paletos franceses. Volvió a hablar:

—Muy bien. Si durante los próximos días ven u oyen algo sospechoso, informen de ello a la mayor brevedad. Les comunico que la pena por ayudar a los traidores es la muerte. Buenas noches.

Y, tan rápido como había venido, el coche se alejó rumbo a la siguiente granja. Los Fontaine volvieron a sentarse, en silencio. Tres de ellos estaban muy preocupados: aquello no podía traer más que problemas. Pierre y Regina se miraban con miedo. De sus cinco hijos, el mayor había muerto a principios de la guerra, en el desastre del río Mosa. Pobre Pierre, con lo gallardo que estaba con su uniforme de artillero. No querían perder a los demás. Claire, por su parte, había escuchado demasiadas cosas acerca de lo que habían hecho los nazis en tal o cual pueblo lejano.

Emile, por el contrario, estaba exultante. Porque pocas horas atrás, cuando había ido a echarle una ojeada a las vacas porque los cencerros habían repicado con una fuerza extraña (un incidente tan banal que nadie de su familia lo había recordado durante el interrogatorio) se había encontrado con un ángel. El ángel se llamaba Marie, había venido en el avión y le había encomendado una misión divina: que nadie supiera que estaba en aquel lugar.

Y de momento la estaba cumpliendo con toda fidelidad.

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