El pasado es un puente de barcos

I.

El día de la jubilación de Zach Reilly nadie trabajó en el Instituto de Estudios de Cronomovilidad. Reilly era uno de los agentes más veteranos y queridos del IEC, así que todos los trabajadores acudieron al guateque que había preparado en el salón de actos. La alegría era doble. Por un lado, estaba la propia de la fiesta en conmemoración de un compañero. Y por otro, había que celebrar que Reilly había obtenido una victoria judicial contra el Estado, y una que les beneficiaba a todos.

Diana Katsaros no se había enterado de los detalles. Bastante tenía con el cacao que llevaba en la cabeza. Sin embargo, So Ngema insistió en contárselo mientras se dirigían al auditorio.

—Tiene que ver con el tema de la pensión de jubilación. Siempre os la han calculado teniendo en cuenta el tiempo trabajado ahora, en el siglo XXIII. Así que si a ti me mandan hoy a documentar, digamos, las sesiones del Parlamento británico en el siglo XIX, y te tiras allí tres meses, cuenta como un solo día de trabajo, porque habrás vuelto hoy.

—Y luego te dice la doctora Saadi que este trabajo merece la pena. —Diana puso los ojos en blanco—. Si es que de verdad.

—¡Pero si ya no es así! Es lo que ha conseguido Reilly. Es que en su caso era muy bestia. Había como ocho años de diferencia o una cosa así.

—¿Tantos?

El salón de actos era pequeño y olía a una mezcla entre humedad y moho que Diana nunca habría asociado a un laboratorio de cronomovilidad antes de empezar a trabajar allí. Se sentaron en dos de las sillas menos desvencijadas. Hacía mucho que no había dinero para tareas de mantenimiento.

—Tantos. Creo que se quedó cuatro años enteros en el pasado, varado en la misma misión. Fue antes de que entraras. Seguro que se lo puedes preguntar luego.

Diana se arrellanó en su asiento y se mordió la lengua para no contestarle mal a su amigo. Reilly le parecía simpático, pero no le apetecía hablar con él. No le apetecía hablar con nadie. Había hipotecado su vida estudiando el doble grado en Historia y Física con el único fin de trabajar con cronomóviles, y se encontraba con esto. Como para darle la razón, el asiento se hundió más de lo debido bajo su peso, hasta un punto en el que no estaba claro si iba a poder levantarse sin llamar una grúa.

El Instituto estaba en la ruina. Dos de sus plantas estaban cerradas. El Gobierno, encabezado por ese dictador militar que se autotitulaba presidente federal, les había recortado el presupuesto y se rumoreaba que la doctora Saadi, la directora, estaba a punto de tomar la decisión de organizar viajes turísticos al pasado. Era malvender la dignidad investigadora del Instituto, pero también era la única manera de mantener un nivel adecuado de ingresos.

Aún era joven. Sus madres se lo decían: podía cambiar de rumbo, pasar a la empresa privada, hacer algo con su carrera que no fuera quedarse en aquel callejón sin salida. Reciclarse. Dentro de poco vencía el contrato temporal de dos años que la ataba a aquel lugar. La doctora Saadi ya estaba tramitando una plaza fija para ella, pero ¿de verdad quería quedarse allí?

So parecía feliz, pero es que So era técnico. A él lo que le gustaba era trastear con la maquinaria, y eso lo iba a tener igual en el Instituto que en una empresa privada. “De hecho”, le había dicho una noche de borrachera, “no lo digas por ahí, pero me gusta mucho trabajar en el Instituto, precisamente por la falta de medios. Te afila el coco”. Y se había tocado la cabeza.

Ojalá ella pudiera ser así de feliz en este lugar.

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La paradoja de Halifax

-1-

—Ahora nos vamos a sentar los tres y me vais a volver a explicar, despacito, que yo me entere, cómo es eso de que habéis causado la explosión de Halifax.

Zach Reilly (bajito, pelirrojo, regordete, con un ojo a la funerala) le sostuvo la mirada, como si no acabara de confesarle que había sido el responsable directo de la muerte de casi dos mil habitantes del pasado. Anderton Parker (alto, recto como una flecha, pulcro, la clase de persona a la que uno imagina trabajando de contable) se la rehuyó.

—¿Y bien? —repitió la pregunta la doctora Saadi.

Sus dos subordinados se miraron entre sí.

—No veo cuál es el problema —musitó Parker—. Iba a suceder de todas maneras…

La doctora Saadi le cortó, mirándole con ojos de fuego.

—¿Una paradoja temporal no es un problema? ¿Qué os mandemos a grabar un acontecimiento histórico y lo acabéis causando no es un problema? Joder, Anderton, dame una excusa mejor, anda.

Como si le hablara a la pared. Reilly le seguía sosteniendo la mirada. Parker no era capaz, pero encontraba muy interesante la estantería que había detrás de ella.

—Muy bien. Visto que no queréis hablar juntos, os interrogaré por separado. Y sí, he dicho interrogar —recalcó—. Vosotros dos escondéis algo y ni siquiera entiendo por qué os estáis callando. ¡Hemos lidiado con paradojas antes! Así que venga —señaló la puerta—. Anderton, ve a Materiales a dejar el disfraz y a que te quiten el condicionamiento.

Parker, obediente, salió por la puerta. La doctora Saadi se volvió hacia Reilly y comprobó con satisfacción que ya no le sostenía la mirada.

—Vale, Zach. Y ahora ¿qué tal si me cuentas lo ha pasado?

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El problema del genio

El genio se estaba muriendo.

Se había pasado toda una noche escribiendo anotaciones a sus últimos descubrimientos matemáticos. Cuando levantó la vista, ya era de madrugada. Casi llorando –solo tenía veinte años– cogió su juego de pistolas y fue a que un contrincante más diestro y experimentado que él le metiera una bala en la tripa.

El resultado del duelo fue el esperable. El capitán de dragones que era su rival disparó primero, y no hizo falta más. El genio cayó. Al principio pensaron que estaba muerto; luego, resultó que respiraba. Dio tiempo a llevarle a un hospital y todo, pero el médico se limitó a mirarle y a negar con la cabeza. Aquel joven no viviría mucho más de veinticuatro horas. Y así se había llegado al momento presente, en que el matemático Evariste Galois aguardaba la muerte entre dolores.

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Robo de arte

Al final, la operación policial la realizaron tres cuerpos distintos. El mando operativo recayó en el Kripos noruego de 1994, que era el interesado directo en el robo del cuadro. Se concedió también presencia a la Politi de ese mismo país de 1892. Por último, el Ministerio de Seguridad de la Federación Terralunar recibió la función de prestar apoyo tecnológico. Al fin y al cabo, las fuerzas policiales de los siglos XIX y XX podían ser muy buenas en lo suyo, pero no sabían mucho sobre viajes en el tiempo.

Perdón, sobre dispositivos de cronomovilidad.

Los dos enlaces con el Instituto de Estudios de Cronomovilidad –que era quien proporcionaba la tecnología– habían sido muy puntillosos con ese tema. Parece ser que dentro del IEC era un anatema hablar de “viaje en el tiempo” y que su directora, la doctora Saadi, caía con furia visigoda encima de cualquiera que osara emplear una expresión tan anticientífica.

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La expulsión de los moriscos

I

Eran los tiempos de prosperidad. Eran los tiempos de becas y de estudiantes universitarios, de presencia en la prensa, de premios y de comparecencias parlamentarias. Era la época anterior a la crisis y a la dictadura, cuando el cronomóvil era un aparato novedoso, las ocho plantas del Instituto estaban a rebosar de empleados, el tiempo de uso por persona era limitado y la financiación parecía no serlo.

Eran los tiempos de las peticiones absurdas de los políticos.

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Persecución en caliente

Amina Saadi había sido cosplayer en su juventud. Sabía valorar un buen disfraz; por ello, asintió con aprobación cuando entró en su despacho y vio a aquellos dos policías. Uno de ellos era blanco, alto y con cara de amargado; el otro negro, bajito y regordete. Ambos vestían camisa blancuzca, corbata mal abrochada, pantalones de traje viejos y calvicie prematura. Amina miró de reojo al perchero y comprobó con regocijo que había dos gabardinas ajadas e incluso un sombrero Fedora. Al parecer era cierto que entre los policías volvía a pegar fuerte la moda “madero-de-telefilme-del-siglo-XX”.

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Turistas del tiempo

I

Cuando me metí en el tema de los viajes en el tiempo mi mentora, la doctora Saadi, me dio un consejo muy valioso: “usa verbos en presente o acabarás empantanada en un maremagno de ‘hice-en-el-futuro’ y ‘haré-en-el-pasado’ del que no podrías salir”. Yo en aquel momento acababa de terminar mi doble grado en Física e Historia –la formación necesaria para trabajar con el cronomóvil– y me bebí sus palabras como si fueran la proverbial agua en el desierto. Ahora sé que nadie lee los informes, así que me permito digresiones como ésta, pero el uso del presente se ha quedado.

Así pues, informe de la agente de campo Diana Katsaros en la misión 245/G/2219. Me parece alucinante seguir usando el protocolo de cuando esto era un trabajo de investigación serio, pero allá vamos. Día diez. Fecha local: día séptimo antes de los idus de agosto, año del consulado de T. Aurelio y M. Asinio. Fecha en calendario gregoriano: 7 de agosto del año 89. Lugar: Hispalis. Hoy es el último día de aclimatación y los clientes están más tocapelotas que nunca. Como me dijo una vez mi compañero So Ngema: “tocapelotas como solo puede serlo un grupo de ricos blancos que ha pagado una millonada por estar aquí”.

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