Tres escudos

Al principio no había parecido para tanto. Estaban cercados en una isla entre dos ríos, pero el enemigo tampoco tenía tantas tropas: solo diez barcos, aunque eso sí, erizados de cañones. No iban a rendirse por aquella bagatela, por mucho que los holandeses tuvieran la superioridad táctica. No podían hacerlo. Eran el Tercio Viejo de Zamora: cinco mil hombres que habían causado el terror entre las filas protestantes en un sinfín de ocasiones. ¿Cómo iban a hincar la rodilla delante de diez barcos mugrosos? ¿Cómo volverían entonces a casa con la cabeza alta?

Así lo había dicho don Francisco Arias de Bobadilla, maestre de campo del Tercio. El general enemigo le había propuesto una rendición honrosa, y él se había limitado a mirarle con sus ojos gélidos y a espetarle aquello tan bonito de “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra”. Y luego, para rematar: “Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. Cuando la noticia se había extendido por el campamento, los hombres habían dado vivas a su general y la esperanza había reverdecido.

Y luego los holandeses habían abierto los diques y las aguas del río Mosa se habían llevado por delante el campamento español.

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