Dios en el Sinaí

1.

       Jacinta Aguirre era toda una señora. Si había una mujer en Madrid de la que pudiera decirse algo así, era ella. Mujer dignísima, de pura raza vasca, todo en ella resultaba apropiado. Era devota en su justa medida, sociable sin llegar a la locuacidad ni al chisme y caritativa sin desconocer los principios de economía doméstica. Gobernaba su casa como los grandes líderes dirigían las naciones: con mano de hierro en guante de seda. Sus hijos estaban bien educados, y su hija pronto estaría casada con un joven de buena familia que la cortejaba de forma honesta. Sí, estaba orgullosa. Su marido podía dedicarse a sus actividades políticas con la tranquilidad que da saber que tu casa está bien dirigida.

       El marido de Jacinta, Tomás Gorriti, era carlista. Ella lo era también, pero más por ósmosis que otra cosa. Si aquel día de abril de 1869 hubiéramos abordado a la pareja por la calle y le hubiéramos preguntado a ella qué era eso del carlismo, no habría sabido darnos una respuesta clara. Habríamos escuchado una retahíla sobre Dios, los derechos dinásticos y lo malo que es el progreso, dicha con notable ingenio pero sin profundidad.

       A don Tomás, por supuesto, la incultura política de su mujer le daba lo mismo. Era él quien debía conocer bien el carlismo, para poder defenderlo mejor de sus enemigos. Pertenecía a una generación intermedia. No había podido participar en la primera guerra porque era demasiado pequeño: justo cuando, a los quince años, pensaba en agarrar una escopeta y echarse al monte, se había acabado el conflicto. Años después, cuando heredó los viñedos de la familia, se dedicó a apoyar económicamente a la causa. Era su deber y su trabajo.

       Ahora don Tomás era un cuarentón totalmente ajeno al mundo militar y que vivía en Madrid ocho meses de cada doce. Su puesto no estaba entre las tropas que más pronto que tarde se amotinarían a favor de Carlos VII, sino en la capital ganando voluntades. Su palabra y su dinero tenían que trabajar a favor de la causa. Y eso es lo que explica por qué su mujer y él estaban, aquel día de abril de 1869, dirigiéndose al Congreso.

       El Congreso era la diversión de moda. Si en tiempos de Isabel II las sesiones habían decaído (las decisiones importantes se tomaban en otra parte), ahora remontaban. Una nueva hornada de grandes oradores de todos los signos políticos, desde carlistas hasta republicanos, discutían para tratar de hacer una Constitución a gusto de la mayoría. Iban aprobando ya algunos puntos. Se sabía, por ejemplo, que España iba a ser una monarquía, aunque no bajo qué rey, y eso era lo que daba esperanza a los carlistas. Algunos artículos pasaban sin mayor discusión, mientras que otros sólo se aprobaban después de largas discusiones y componendas.

       El artículo que se debatía aquel día de abril era de esta clase. Trataba sobre la libertad de cultos. Don Tomás llevaba más de un mes hablando, con cualquiera que quisiera escucharle, del profundo error que iban a cometer los constituyentes.

       ―¡Nunca nadie se atrevió a tanto! ―peroraba don Tomás en los pasillos de su casa, en un discurso que era mitad desahogo mitad planificación de sus encuentros futuros con próceres del país―. ¡Ni la infame María Cristina, ni esa niñita mimada de Isabel II, ni siquiera ese maldito Narváez, así se lo lleven los demonios!

       ―Sí, querido ―Jacinta asentía y bordaba, conocedora de sus deberes pero sin entender la furia de su marido.

       ―¿Sabes lo que significa libertad de cultos, Jacinta querida? ¡La impiedad, eso significa! Quiere decir que los mahometanos o los protestantes… protestantes como los ingleses, fíjate bien lo que te digo, como los ingleses ―y elevaba la voz para que su mujer se hiciera cargo de la magnitud de la ofensa―, ¡podrían abrir aquí, en Madrid, sus templos paganos! ¡Aquí! ¡En Madrid!

       ―Eso no estaría bien, Tomás ―Jacinta seguía bordando. Las réplicas le salían ya de forma automática. Aunque hubiera querido decir otra cosa, su marido jamás la habría escuchado.

       ―¡Y dicen que el nuevo régimen no ataca al catolicismo, que no ataca a España, que no ataca a los profundos y sencillos cimientos de la fe de los españoles! ―don Tomás se sentía muy orgulloso de esa frase y la procuraba sacar siempre que hablaba del tema.

       ―Qué barbaridad, Tomás ―Jacinta había llegado a apreciar aquellos momentos. No entendía una palabra de las divagaciones de su marido, pero le gustaba estar con él.

       ―Pero no lo vamos a permitir, ¿me oyes, Jacinta? ¡No lo permitiremos! Pues buenos estaríamos nosotros si dejáramos que la Constitución pusiera por escrito esas cosas tan feas.

       ―Claro que no, querido.

       Por primera vez en toda la conversación, don Tomás miró a Jacinta.

       ―Mira, estos días se está debatiendo en el Congreso ese artículo impío. El encargado de defender nuestra causa es Manterola, un canónigo dignísimo y que habla muy bien. ¿Te gustaría venir conmigo al Congreso y escuchar su discurso?

       Jacinta no era una ingenua. No entendía una palabra de las doctrinas carlistas, pero sabía a qué se dedicaba su marido. Uno de sus trabajos era llenar la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados con personas afines a su cuerda ideológica, para apoyar a los oradores en puntos complicados. Siempre que lo conseguía volvía a casa ufano y muy orgulloso de sí mismo. Cuando los agentes progresistas se le adelantaban, sin embargo, regresaba echando chispas. Aquella vez lo había logrado. Y no sólo eso, sino que por la importancia del tema a tratar, no estaba invitando a los ganapanes habituales sino a señores de mucho peso y dignidad.

       A Jacinta no le apetecía ir al Congreso. Al contrario que algunas de sus amigas, que eran habituales y comentaban siempre lo último que habían visto, lo bien que hablaba Fulano y lo mal que vestía Mengano, ella sabía que aquél no era sitio para una señora. La política no le interesaba ni poco ni mucho. Eso era cosa de su marido. Pero como esposa su deber era obedecerle. Además, sería un cambio agradable que ella la llevara alguna vez de paseo, aunque fuera como parte de sus obligaciones. Últimamente sentía que el tedio la consumía, que no tenía nada que hacer por las mañanas ni por las tardes, y que sus amistades le resultaban insulsas.

       Por esa última razón, cuando abrió la boca para aceptar la oferta de su marido su sonrisa era sincera.

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El juzgalibros: “Un encargo fácil”, de Rocío Vega

Kerr no suele tomar buenas decisiones. Bebe demasiado, es impulsiva y se acuesta con miembros de su propia tripulación. También es justo reconocer que está sometida a mucha presión: es una mercenaria eficiente, sí, pero fue su padre el que le transmitió su nave y su equipo. No es lo mismo enfrentarte a las misiones si sabes que si fracasas simplemente vas a perder dinero que hacerlo sabiendo que además tu padre te va a mirar mal.

Hoy reseño Un encargo fácil; el primer número de Horizonte Rojo, una saga de novelettes eróticas de ciencia ficción que está escribiendo Rocío Vega. Sí, he dicho novela erótica de ciencia ficción. Sí, hay alienígenas. No, todavía ninguno tiene tentáculos. Dadle tiempo.

Antes de empezar esta reseña, que ya aviso que va a ser bastante positiva, tengo que mencionar que la autora es amiga mía. Lo digo como buena práctica, para declarar las posibles fuentes de conflictos de interés que existan.

Un encargo fácil es una novelette de introducción, y eso se nota. En ella se presenta a la protagonista de la saga, a los miembros de su tripulación, al imbécil que claramente va a dar problemas unas pocas páginas después y el universo en el que se mueven todos ellos. El argumento es simplemente una excusa para realizar esta presentación. La novelette arranca casi in medias res, con un tiroteo, y lo que sucede a partir de ahí no tiene demasiado interés. Sin embargo, esto no importa mucho: aparte de que el libro termina casi antes de que te des cuenta, lo que te mantiene pegado a él no es su trama.

¿Y qué es entonces? En primer lugar, la protagonista. Rea Kerr es deliciosamente humana, lo cual quiere decir que es un dechado de defectos: corta de miras, impulsiva, alcohólica, cínica (bueno, no sé si eso es un defecto), insegura e irrespetuosa. Ah, y su trabajo es pegarle tiros a la gente por dinero. Siempre apetece leer a personajes bien construidos y creíbles, y es agradable que dichos personajes no sean lo que llamaríamos “buenos”. Al contrario, Kerr y sus mercenarios son gentuza, nada romantizada y con obvios problemas para relacionarse con otros seres humanos. Y eso mola.

En segundo lugar, el mundo. Escribir ciencia ficción en el siglo XXI es difícil, porque puede resultar que lo que tú presentas como un avance tecnológico de la hostia, propio del futuro lejano, se invente tres años después de que publiques tu obra y quede desfasado en otros diez. La autora solventa este problema recurriendo a los tópicos del cyberpunk: implantes corporales, cosas holográficas con las que puedes interactuar, armaduras de combate, spray cauterizador y demás. La mezcla, a la cual se le añaden drones como concesión a la época actual, queda notablemente coherente.

Además, en el universo de Horizonte Rojo hay alienígenas. De momento se puede decir poco de ellos, salvo que me hizo mucha gracia que una de las razas fuera la de los arrianos, pero da para una reflexión interesante sobre las orientaciones sexuales. Evidentemente tener contacto con criaturas alienígenas puede propiciar que aparezca una nueva orientación sexual, que la autora denomina “omnisexualidad”. Y, correlativamente, aparecen las personas que consideran que los omnisexuales son aberrantes y que su sexualidad es asquerosa. Una de ellas es la protagonista. Os dije que era un dechado de defectos, ¿no?

Lo tercero que engancha es el sexo. Tratándose de una obra erótica, tendría un problema si no fuera así. Las escenas sexuales están bastante bien: hay dos (una heterosexual y otra lésbica), están bien contadas y son excitantes. Se agradece que la autora huya de refinamientos y de rodeos a la hora de describir el sexo. También es agradable que los personajes no se conviertan en marionetas que dan y reciben placer durante estos momentos. Mientras folla, Kerr tiene tiempo para pensar en el asco que la da el hecho de que su pareja esté drogada o en lo difícil que le va a ser correrse estando borracha. Estos detalles acercan el relato a la realidad.

En definitiva, Un encargo fácil cumple con su objetivo de abrir la puerta a una serie y dejarte con ganas de más. Confío en que, según la saga crezca, las tramas vayan mejorando. Yo de momento ya me he comprado la segunda parte.