Punto de inflexión

Elías no llevaba mucho tiempo haciendo el servicio militar obligatorio, pero ya sabía una cosa: siempre hay una puerta trasera. No hay cuartel del que no puedas escaquearte si eres un poco listo. En Jaén había sido muy fácil, puesto que los propios encargados de la guardia nocturna tenían más interés en la partida que se jugaba en la cocina que en mantener vigiladas las puertas. En Barcelona, y pese a que en teoría estaban acuartelados y en alerta máxima, la cosa no era muy distinta. Bendito ejército español.

Las calles de Barcelona estaban oscuras. Nada sorprendente, si se tiene en cuenta que la huelga había alcanzado a todas las eléctricas. El día anterior había sido el peor: habían tenido que iluminarse con viejos quinqués de gas que apenas funcionaban. Luego los ingenieros habían conseguido restablecer parte del fluido: esa noche las luces del cuartel habían contrastado con la oscuridad de las vías adyacentes.

En el cuartel había poco que hacer: ellos estaban solo como refuerzo, por si la huelga se descontrolaba y se producían motines callejeros. Mientras eso no sucediera —y no parecía que fuera a hacerlo—, a nadie le importaba demasiado lo que hicieran en su tiempo libre. Incluso podían recibir llamadas. Gracias a eso se había podido comunicar con Rafael y concertar aquella cita nocturna.

Elías apretó el paso. Al principio de su caminata se había perdido y ahora llegaba un poco tarde. Sabía que a su hermano le importaría poco, pero a él le daba apuro hacer esperar a la gente. Rafael siempre se había reído de aquella característica suya. Claro que, ¿de qué no se reía Rafael? Si algo diferenciaba a los dos hermanos era precisamente aquello: mientras que el mayor consideraba que el mundo era un infinito campo de juegos y despreocupación, el menor se tomaba muy a pecho todo lo que implicara responsabilidad. O, en palabras de Rafael, “qué sieso que eres, jomío”.

Por fin llegó a la esquina donde habían quedado. Los faroles estaban apagados, claro: solo las calles principales tenían fluido, y ninguna de las dos lo era. Pero daba igual: la noche era clara y se veía bastante bien. El invierno había sido suave; aunque todavía estaban en febrero, el frío ya estaba en franca retirada. Elías se había puesto un abrigo encima de su uniforme, y empezaba a sentir que le sobraba. Sin embargo, no se lo quitó: sería mejor que nadie viera que era un recluta, sobre todo en aquel barrio. Por lo que pudiera pasar.

—¿Qué? ¿Esperando el tranvía? —preguntó con guasa una voz conocida, detrás de él. Al mismo tiempo, una manaza se abatió sobre su hombro.

—¡Rafael! —Elías se volvió y abrazó a su hermano—. ¿Qué tal? ¿Cómo te trata la vida? ¡Chico, has adelgazado!

—¡La vida de la ciudad! ¡No paro! Ven, ¿quieres unos chatos?

—Hombre, ¡a eso nunca se le dice que no! Pero a la siguiente invito yo!

Rafael guio a Elias por el interior del barrio. Las casas eran altas y feas, y en alguna de ellas había pancartas pidiendo la jornada de ocho horas. Finalmente se detuvieron en la entrada de un callejón, en una tabernucha cuyo dueño había sacado varias mesas a la calle. Elías intentó ver el nombre del local, pero el rótulo estaba parcialmente tapado por pendones rojos y negros. Además, en aquella calle tampoco había electricidad, por lo que el farol que debería haber iluminado la puerta de la taberna sólo servía para que se apoyara un hombre con un vaso de vino.

Varias de las mesas estaban ocupadas, y era obvio que la clientela conocía a Rafael. Un coro de acentos procedentes de toda Andalucía les recibió. Su hermano se paseó entre los clientes, estrechando manos y palmeando espaldas, mientras Elías le miraba con incomodidad. Aunque el servicio militar estaba acabando con su timidez (a la fuerza ahorcan), no acababa de sentirse cómodo al lado de tantos desconocidos, aunque fueran de su tierra. Por suerte, cuando su hermano acabó la ronda de saludos se lo llevó a una mesa aparte.

Del establecimiento emergió un tipo gordo vestido con un mandil lleno de lamparones. Renqueó hacia su mesa, la ensució aún más con una bayeta llena de roña, y le dijo a su hermano:

—Hombre, Rafael, ¿traes un afiliado nuevo? Dime, ¿qué tomáis? —el gigante tenía un fuerte acento sevillano.

—No es afiliado, al menos no todavía. Es mi hermanito, que está aquí de quinto. Pero es buena gente, ¿eh? Simplemente le ha tocado. ¡Ponnos unos chatillos, anda!

—¡Marchando! —dijo el camarero, y volvió a meterse en la taberna.

—Es buen hombre el Dieguito, ¿eh? Todo el mundo le llama así, aunque podría cascarnos la cabeza a cualquiera. ¿Has visto qué manazas? Trabajó en la construcción hasta que se cayó de un andamio y se jodió una pierna.

—¿Qué es este sitio? —preguntó Elías tras unos segundos de silencio—. Parece que te conoce todo el mundo.

—¡Hombre, para no! Me paso aquí desde que salgo del trabajo hasta que me voy a dormir.

Justo en ese momento llegó Dieguito con los vasos de vino. Elías levantó el suyo y brindó con su hermano.

—¿Tanto tiempo? ¡No me digas que te has vuelto un borracho! —amagó una broma.

Pero Rafael no se rio. Aquello desconcertó a Elías más que todo lo anterior. La caminata nocturna, el bar inusualmente lleno, los pendones y pancartas… y ahora aquello. Que su hermano desaprovechara un pie para hacer una broma era inusitado. El Rafael que él conocía habría usado la frase de su hermano para reírse de los borrachos del pueblo y embarcarse en la solvente imitación de alguno de ellos.

En aquel momento, su hermano se limitó a beberse su vino.

—No, hombre, no, cómo me voy a haber vuelto un borracho. La taberna sólo sirve para perjudicar a la clase trabajadora, para embrutecerla con el alcohol. ¡Yo bebo con moderación! —dijo con acritud.

—¿Y entonces…?

—Hostia, Elisito, que no te enteras de una mierda, ¿eh? ¿No ves que el Dieguito es compañero? ¡Dieguito, hombre, ponte otros dos! Ahí donde le ves, tiene cincuenta años y lleva desde los quince que se vino de Almería hasta los cuarenta que se cayó del andamio organizando huelgas.

—Aquí tenéis, jóvenes —Dieguito sirvió dos chatos nuevos y se llevó los vacíos.

—Dieguito, cuéntale a mi hermanito por qué en la obra te llamaban “el cascanueces”, anda.

—¡Porque con cada una de estas —cerró la manaza derecha— le he cascado la nuez a más de un esquirol!

Su hermano acogió con una risotada esa afirmación. Elías se limitó a sonreír, inseguro. El dueño del bar, al ver que no se requería nada más de él, se marchó a atender otras mesas.

—Este sitio es mi casa, Elisito, mucho más que la habitación donde vivo. Aquí es donde hablo con los compañeros y donde nos organizamos. ¡El sindicato ha crecido mucho, y no tiene locales para atender a tanta gente!

—¿El sindicato?

—¡La CNT, hombre! ¿Es que estás dormido? ¿Es que no has visto las banderas y las pancartas? ¿Para qué te crees que te han traído a Barcelona?

—Hombre, Rafaelito, no me tomes por tonto —cortó Elías—. Ya sé que han desplazado tropas aquí debido a la huelga que ha montado la CNT. Lo que no sabía es que tú formabas parte de la CNT ni que en este bar os reunís los sediciosos.

—¿Sediciosos? ¡Ja! Mira al pollo éste. ¡Cualquiera dirá que eres hijo de jornaleros, Elisito! Qué rápido te has aprendido la jerga de los que mandan. Sediciosos… —se arrellanó en la silla y le hizo un gesto a Dieguito para pedir más vino.

—¡Pues mira, sí, sediciosos y rebeldes! —dijo Elías. La nueva seriedad de su hermano le molestaba, y el vino le soltaba la lengua—. Que mucho discursito sobre los jornaleros, pero bien que te escaqueaste de hacer la mili cuando te tocaba.

 —¿Y a mí qué más me da la mili, esbirro de los cojones? ¡Pues claro que me largué en el año del reclutamiento! Yo le debo lealtad a mi clase, no al Estado éste burgués asqueroso. ¡Gracias, Dieguito, hombre!

—¡Pues que al no estar tú, sortearon a otro! El Matías aún te la tiene jurada, ¿sabes? Tanta clase y tanta clase…

—El Matías lo que es es un traidor. ¡Siempre dispuesto a hacer el trabajo del amo al precio del amo! Si le ha tocado ir a la mili, pues que se joda. No habrá para él un buen barranco del Lobo, no… —y se quedó silencioso, mirando su vaso.

Elías se levantó, enfadado. Se tambaleó entre las mesas para entrar en el local. Dentro, un quinqué de petróleo alumbraba la taberna. Al fondo se distinguía la puerta del baño, y hacia allí se dirigió. Ese Rafael… ¿quién se creía que era? ¡Dos años en Barcelona, escribiendo a casa solo de Pascuas a Ramos, y resultaba que se había convertido en un… sindicalista! Eso no lo decía en las cartas, ¿eh?

Tras una meadita y un lavado de cara (que le costó algo más de lo habitual, pues en las depuradoras también había huelga y el chorro tardó un poco en salir del grifo), Elías se encontró algo más sereno. Se sentó en el retrete y se masajeó las sienes. Le molestaba tanto discursito sobre la clase trabajadora. Pero en fin, Rafael era su hermano y tampoco era cuestión de acabar a insultos con él, y menos por una cosa de política.

Volvió a la mesa. Su hermano seguía trasegando: ya le llevaba dos chatos de ventaja. Durante un rato bebieron en silencio; en un momento dado fue Elías quien empezó a pedir la bebida. La nueva ronda sirvió para romper de nuevo el hielo.

—Oye, Rafael, siento haberte llamado rebelde. Se me ha calentado la boca.

—No pasa nada, hombre, es normal. No sabías que me he vuelto anarquista. A madre le da un pasmo si se entera de que me he metido en la CNT.

—¿Y cómo ha sido eso? En casa siempre te reías del sindicato.

Rafael miraba al infinito, con el vaso a medio terminar en la mano.

—¿Qué cómo ha sido? Pues porque sí, Elías, porque sí. Porque en el campo, quieras que no, te sostienes. Aquí todo es carísimo, todo va muy deprisa, al patrón no le importas una mierda. Entiéndeme: en el pueblo tampoco le importabas nada al amo, pero la cosa era distinta. Más humana, menos… racional —escupió la palabra.

—¿Racional?

—Racional. Tratar a los hombres como piezas y buscar su máximo rendimiento. Eso en el campo no se da. Desde que llegué he trabajado en tres fábricas, y no sé cuál era peor, cuál era más inhumana. He visto a hombres caerse de andamios porque llevaban diez horas haciendo el mismo trabajo repetitivo. Una vez, uno de mis compañeros hizo un movimiento en falso y de repente una de las máquinas le había aplastado la mano. Se quedó manco, le despidieron y a las pocas semanas estaba pidiendo en la puerta de una iglesia.

—Joder…

—Tú ves eso y ¿qué haces? Al principio vas al bar, te lo tomas con humor, te juntas con otros emigrados, pegas cuatro gritos contra el patrón. Pero un día algo se te rompe y empiezas a tomártelo en serio.

—¿Y tú? ¿Qué fue lo que…?

Por primera vez Rafael le miró a los ojos.

—Déjalo. Prefiero no contártelo. La cuestión es que llegas al punto de inflexión y un día te acercas a ese compañero que tiene contactos en el sindicato. Y te lleva a una asamblea, y a lo mejor te da lecturas y empiezas a formarte. Y ves que todo es parte de la misma mierda de maquinaria. ¡Diego, cojones, que por aquí estamos secos!

Nuevo silencio mientras el dueño del bar sustituía los vasos vacíos por otros llenos. La terraza estaba ya casi vacía; solo otra mesa aparte de la suya seguía ocupada. Sin embargo, Diego no hizo amago de echarles.

—Por ejemplo, el ejército. Vienen y hacen los sorteos y reclutan a jóvenes de clase trabajadora. ¿Para qué? Para lavarles el cerebro y para tener un arma con la que defender al capital.

—Hombre, tampoco es eso. Los moros…

—Los moros son gente cuya tierra hemos invadido y que se defiende. Además, ¿a ti te han mandado a luchar contra los marroquíes? No: te han traído a Barcelona para que dispares a obreros. A compañeros de tu misma clase. Por España. ¡Ja! ¿Qué es España, dime? —vació el vaso—. ¡España son ellos, joder, los ricos! Los poderosos. Tú y yo no somos… no somos España. Tú eres una herramienta. Yo, un enemigo.

—Escucha, si vas a volver a… —Elías levantó un dedo temblón.

—¡No, no, tranquilo! No te voy a volver a llamar esbirro —Rafael relajó el tono—. No quiero insultarte, hermanito. No estás en ese servicio porque quieras. Pero tienes que entender que eres una herramienta. El servicio militar es un impuesto que pagamos los pobres: trabajar para el Estado reprimiendo a camaradas.

—En la mili también hay ricos —dijo Elías, cada vez menos convencido—. ¿Recuerdas a Lucas, el hijo menor del duque de…?

—Ya, sí. ¿Sabes desde cuándo hay ricos haciendo la mili? ¡Desde que hace diez años esta misma ciudad se rebeló contra las redenciones en metálico! Hubo que arrancárselo al Estado por la fuerza. Y aun así, si pagan pueden elegir destino y cumplir mucho menos tiempo.

—Tienes razón. Pero dime, ¿qué podía hacer? ¿Qué podía hacer, eh? Me tocó en el sorteo y ya está. ¿O es que tú crees que me gustó dejar a padre, a madre y a las hermanas?

—No, está claro… no puedes hacer nada. Jo, hermanito, te quiero un montón.

Se levantaron. Rafael lloraba. Pronto estaban fundidos en un abrazo.

—El ejército es una mierda, Rafael. ¡Una mierda! —Elías había empezado a llorar también—. La comida es asquerosa, la disciplina es horrible y cualquier gilipollas con galones, o simplemente que lleva allí más tiempo que tú, se aprovecha de ti.

Dicen que los niños y los borrachos son las únicas personas que dicen la verdad. Elías debía estar muy borracho, porque era la primera vez que admitía aquello. En el momento en que la confesión salía de su boca, sintió como un peso enorme le desaparecía del pecho. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Su hermano le apretó fuerte.

Se sentaron y bebieron. Ya eran los únicos clientes de Diego, que en ese momento ya estaba recogiendo las mesas.

—Escucha, tengo una idea. ¿Por qué no desertas? —dijo Rafael.

—¿Qué? ¡No, eso… eso no puedo hacerlo!

       —¡Te esconderemos! En esta ciudad nadie te conoce, serás un obrero más. Ya buscaremos a un mensajero de confianza que le lleve las noticias a padre y a madre. ¡Lárgate!

       —No… tengo que pensarlo.

       —¿Qué hay que pensar, Elías? ¡Échale cojones! —golpe en la mesa—. Mañana por la noche ven aquí. Tendrás un sitio donde dormir y algo de ropa, y no te va a faltar comida. Te buscarán, no te encontrarán y a las pocas semanas te haremos pasar por el primo de cualquiera de los compañeros y conseguirás trabajo. ¡No es perfecto, pero es mejor que el ejército! Y piensa que la huelga va a triunfar. No vas a tener que trabajar más de ocho horas al día —nuevo trago.

—¿Sabes qué? —gritó Elías—. ¡Que lo voy a hacer! Cojones, lo voy a hacer. Mañana a esta hora, aquí estaré.

—¡Así se habla, hermanito! Mañana a esta hora: aquí te esperaré.


A la mañana siguiente, cuando la trompeta le despertó para hacer la instrucción, Elías era incapaz de recordar nada más allá de aquella promesa. Creía que había habido algo más de vino, que Dieguito les había acabado echando y que habían vuelto al cuartel cantando canciones anarquistas… pero no eran más que imágenes fugaces en su memoria. Ni siquiera sabía cómo había llegado a su cama.

El día fue, evidentemente, un infierno. La cabeza le dolía como si todos los ejércitos españoles hubieran desfilado por ella. Tenía la lengua hinchada, le dolía todo el cuerpo y apenas podía aguantar las nauseas. Poco a poco los síntomas fueron remitiendo. A la hora de la comida ya estaba casi normal, y pudo aprovechar el tiempo posterior para hacer un petate con lo más indispensable.

Las deserciones no eran tan raras como podía imaginarse. En Jaén, que él supiera, tres compañeros se habían ido sin intención de volver. A los tres les habían atrapado, claro: uno de ellos estaba escondido en casa de sus padres, debajo de su cama. Pobre iluso. Pero Barcelona era una ciudad enorme, y Rafael tenía muchos amigos. Además, en plena huelga era poco probable que la policía se atreviera a meterse en casa de cenetistas. Ya estaban las cosas bastante tensas.

Pero mientras avanzaba la tarde, su ímpetu comenzó a debilitarse. ¿Y si le atrapaban? ¿Cuántos años de cárcel le caerían por deserción? No lo sabía, pero no debían ser pocos. Además, padre y madre no tenían más hijos varones aparte de Rafael y de él mismo, y las mujeres cobraban una mierda en las faenas del campo. Sintió que toda su vida se tambaleaba: su plan hasta el momento era cumplir fiel y puntualmente con el servicio militar (un deber asqueroso pero necesario), que le licenciaran y volver a casa a ganarse el jornal.

No le había gustado la descripción de Barcelona que había hecho su hermano. Él parecía estar fascinado por la ciudad, pese a lo horrible que era, pero Elías no. En eso también se diferenciaban: Rafael siempre había querido descolgarse del arado y ver mundo, mientras que su hermano nunca había tenido esa aspiración. Trabajar en el campo, casarse con una chica bonita y tener muchos hijos que le sostuvieran durante su vejez: eso era lo que había querido. Y en Barcelona no había nada de eso.

Salió al patio del cuartel. La cabeza no dejaba de darle vueltas. Porque la gente cambia, ¿no? El Rafael de la noche pasada no era el chico despreocupado que había conocido. Aquella seriedad, aquellos discursos… algo le había pasado. Entre brumas alcohólicas, recordó que no se lo había querido contar. “Punto de inflexión”, lo había llamado. Quizás éste fuera el de Elías.

Al fin y al cabo, trabajar en el campo no era ningún chollo. Rafael había hablado de aquel hombre manco por culpa de una máquina, pero todos conocían a Alejandro, que se había quedado tonto después de una coz mal recibida. Su propio padre tenía la espalda destrozada después de años de doblarla. Y lo de tener muchos hijos era una trampa mortal, porque si bien aseguraba la vejez, también significaba hambre para todos mientras fueran chicos.

Hecho un mar de dudas, Elías acudió a cenar. No participó en las bromas habituales, ni se quejó de la escasa calidad del rancho. Cuando terminaron, se metió directamente en la cama. Se apagaron las luces y pronto todo el cuartel estuvo en silencio. Elías, que dormía en la litera de abajo, se levantó, cogió el macuto y salió al pasillo.

A partir de ahí el camino era simple. Salir del edificio por el ventanuco de uno de los baños, cruzar hasta las cocinas aprovechando la sombra que daba la tapia del cuartel, esperar a que el guardia se quedara roque y salir por la puerta de proveedores. Nada difícil y nada que no hubiera hecho ya. Sin embargo, notó que sus pasos se ralentizaban. En el momento de cruzar hacia las cocinas, un ruido le hizo retroceder. No era más que una patrulla en el otro lado del cuartel, algo a lo que normalmente habría prestado poca atención, pero estuvo a punto de desistir y darse la vuelta.

Cuando finalmente ganó la puerta ya sabía que no iba a cruzarla. La noche barcelonesa se extendía ante él, oscura. Visualizó claramente la captura, el consejo de guerra, la cárcel, las caras de decepción de todos los del pueblo, todos sus planes truncados. Tragó saliva. Pensó por última vez en su hermano y, en silencio, se volvió a la cama.


Elías no apareció en la taberna de Dieguito aquella noche, ni la siguiente, ni ninguna otra de aquella semana. Rafael no se preocupó. En realidad, no pensaba que aquella noche de melopea fuera a mover a Elías a la acción. Su hermano era más miedoso, más conservador de lo que nunca había sido él. Pero daba igual. Todo el mundo se rompía en algún momento, por desgracia. Solo tenía que esperar. Antes o después todos los desposeídos de la Tierra alcanzarían su punto de inflexión.

Y entonces todo ardería.




La huelga de La Canadiense fue un largo paro laboral (duró 44 días) que logró paralizar Barcelona y buena parte del resto de Cataluña. Empezó en una empresa eléctrica y pronto se extendió a los sectores del agua, el gas y el textil. El éxito de los huelguistas fue total e impactó en toda España, porque se logró la jornada de ocho horas.

Me apetecía hacer un relato que no hablara directamente de un acontecimiento histórico, sino que se limitara a tenerlo como telón de fondo. Espero haberlo conseguido y que haya salido una historia interesante.

 

Tres días en Auschwitz

Primer día

El presente

Los soldados se marcharon entre ruido y furia. Con ellos iban miles de prisioneros, todos aquellos que podían andar y que no habían sido lo bastante inteligentes como para esconderse. Leah lo había comprendido desde que empezó la evacuación y, como siempre habían dicho de ella que era muy astuta, cogió a Alina y se escondió con ella en el baño. Se metieron en un cubículo y dejaron que los últimos SS registraran el pabellón psiquiátrico.

—No debes llorar —le dijo a Alina—. Es muy importante. Tenemos que esperar aquí. Tu padre prometió que volvería a buscarnos.

La niña asintió, llorosa, y Leah sintió que a ella misma se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Había sido un bebé tan bonito! Y ahora, cualquiera que no fuera su madre apartaría la vista con asco. Sus mofletes habían desaparecido, consumidos por la mala alimentación. El pelo rubio, que había hecho en su momento que el oficial de las SS dudara en enviarla al campo, era ahora quebradizo y frágil. La actitud, antes vivaracha y ahora pasiva. Y la suciedad, por todas partes…

Leah y Alina pasaron horas sentadas en aquel retrete, con los pies levantados para que nadie pudiera descubrirlas con una ojeada casual al suelo. Después de las últimas inspecciones nadie se había acercado a los sanitarios, pero toda precaución era poca. Progresivamente los ruidos se fueron apagando. Sin embargo, aún tardaron varias horas en salir, presas del miedo: no sería la primera vez que los psiquiatras del centro preparaban un engaño para ver cómo reaccionaba Leah. Sólo cuando vieron que anochecía, Leah se dio cuenta de que llevaban sin comer desde el desayuno. El campo estaba más silencioso que nunca.

Leah abrió la puerta del cubículo y salió del baño, con su hija de la mano. El pabellón psiquiátrico era una enorme sala con veinte camas puestas en dos filas, en torno a un pasillo central. Estaba, como siempre, casi vacío. Solo había una cama ocupada: la paciente, una vieja húngara a la que todo el mundo llamaba Gritos, estaba dormida. Era normal que no se la hubieran llevado: apenas podía caminar, y cuando estaba despierta no dejaba de dar alaridos, por lo que la mantenían sedada la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, había diferencias con un día de diario. La luz estaba apagada, la portezuela de malla que separaba la zona de las enfermeras estaba abierta y la mesa de guardia estaba vacía. Leah parpadeó. No recordaba haber visto aquella mesa vacía desde que le habían trasladado al pabellón, cinco meses atrás. Su miedo a que todo fuera una trampa empezó a diluirse. Cojeando (se había herido en un pie una semana antes) se dirigió hacia la malla y pasó a la zona de las enfermeras.

No tardó en encontrar la cocina. Para su desesperación, estaba vacía: los armarios abiertos parecían burlarse de ella. ¡No! No podían habérselo llevado todo. Sentó a Alina en una de las sillas de la gran mesa central y se puso a registrar concienzudamente la estancia. Era enorme: ¡seguro que no la habían vaciado por completo! Frenética, abrió todos los cajones que encontró y tanteó el fondo de los armarios. En un momento dado le pareció notar un abultamiento en el linóleo y clavó las uñas buscando el doble fondo. Sólo cuando éstas se le rompieron admitió que era un simple defecto de instalación.

Al final lo encontró. En una despensa en forma de L, se habían olvidado de registrar bien la parte que quedaba fuera de la vista. Había media barra de pan duro y cinco latas de conserva sin etiqueta. Leah cogió las latas con avaricia, deshaciendo el pan con la mano y llevándose un currusco a la boca. Estaba demasiado seco y costaba tragarlo, pero le sentó de maravilla. Luego levantó su tesoro, lo puso sobre la mesa y empezó a preparar la cena.

Recordó que en uno de los cajones había visto un abrelatas. También escogió dos platos, porque por muy hambrientas que estuvieran no iban a comer como animales. Cortó tres rodajas de pan y puso dos en el plato de Alina. Abrió también la primera lata, que resultó estar llena de una carne indefinible, y la volcó en el plato de su hija. Finalmente, devoró su pan mojado en los restos de salsa que quedaban en la lata.

—¿No comes? —dijo cuando terminó. El plato de Alina estaba lleno.

—No… no tengo hambre… —Alina se encogió de hombros.

—Vamos, mi niña, tienes que comer —dijo Leah.

Al final, sentó a su hija en sus rodillas y le dio de comer con paciencia. Valoró la posibilidad de abrir una de las cuatro latas restantes, pero la descartó. Era cierto que si los nazis habían abandonado el campo era porque los soviéticos estaban a las puertas, pero no sabía si tardarían uno, cinco o diez días en llegar. No tendría sentido morir de hambre cuando habían llegado hasta allí.

—Tu padre está a punto de venir a por nosotros —le acarició la cabeza a Alina—. Nos lo prometió, y él siempre cumple sus promesas.

Alina sonrió. Se estaba quedando dormida. Sacando fuerzas de donde no las había, Leah la cogió en brazos y la llevó hasta su cama. Allí, como todas las noches, se durmió abrazada a ella.


El pasado

Schmuel siempre cumplía sus promesas. En los buenos tiempos, cuando vivían en la tranquilidad de su casa en Budapest, Leah siempre decía que había dos características que le encantaban de su marido: su fidelidad a la palabra dada y su carácter, alegre y enérgico. “Le brillan los ojos cada vez que se apasiona por algo, y eso le ocurre con frecuencia”, le había escrito Leah a su madre en 1940.

Luego vino la guerra, pero ni aun así se había apagado la energía que movía a Schmuel. Podía venir cansado o harto, pero sus ojos seguían brillando. Y luego, cuando los habían capturado y les habían amontonado en aquel tren, como a ganado, los ojos de su marido habían llameado una última vez.

—Aguantad, Leah. ¡Aguantad lo que haga falta! Os liberaré. Os lo prometo.

Para él aquello era sagrado. Así que ella lo había dado por hecho.

—————-

La promesa le había mantenido viva durante los primeros meses. Les separaron nada más bajar, Leah y Alina por un lado y Schmuel por otro. Los ojos de su marido habían brillado una última vez mientras sus filas se alejaban. Y luego ducha (las niñas y las ancianas en una sala, las mujeres en otra), desinfección y rapado. Cómo había llorado al ver los rizos morenos, de los que tan orgullosa estaba, caer ante ella. Si hubiera sabido lo que venía después, habría ahorrado llantos.

Aquellos primeros meses fueron para Leah un recuerdo borroso. Durante el día, trabajaban en una fundición aneja al campo. Por la noche, volvían a los barracones, de donde no se había movido Alina. La niña se pasaba el día en la cama que compartía con su madre, recibiendo el cariño de las demás internas. La comida era en ollas comunes que traían las guardias: Leah siempre procuraba obtener doble ración, pero incluso así costaba alimentar a la niña. Sí recordaba que a veces Alina cantaba, y eso hacía sonreír al resto de prisioneras.

Y luego, un día de verano, había visto a Schmuel.

Había estado inquieta toda la tarde, no sabía muy bien por qué: sentía que tenía que estar junto a la ventana que tenía su barracón en la parte posterior. No era la zona donde estaba su cama, pero aun así se había sentado allí. Y de repente, un par de toques y la cara de su marido, sonriente, al otro lado del cristal.

—¡Rápido, ayudadme a abrir! —dijo. Las demás internas le miraron con cara extraña.

—¿Qué pasa? —preguntó Helga, una presa política húngara.

—¡Es mi marido! ¿No lo ves? ¡Está ahí, al otro lado!

Otra presa se acercó, pero Helga la detuvo levantando la mano.

—¿Tu… marido? —preguntó.

—¡Ayudadme! ¡Dejaos de bromas y ayudadme! —gritó Leah.

La ventana era de madera, y estaba medio atrancada. Finalmente, y sin ayuda de nadie, Leah la abrió. Sentía los ojos de las internas clavados en la nuca.

—Leah… —dijo Schmuel. Estaba más delgado, pero todavía le brillaban los ojos.

—Cariño… —Leah empezó a llorar. Sacó una mano por el ventanuco para acariciar la mejilla de su marido. La barba le raspó.

—Escucha, he podido escaparme durante unos minutos, pero pronto tendré que irme. ¿Estás… bien? Al menos todo lo bien que se puede estar aquí. ¿Y Alina?

—Alina duerme ahora, y no quiero despertarla. Come muy poco, Schmuel, pero yo la fuerzo. Está muy desanimada.

—Es normal —su marido también lloraba—. ¿Y tú, amor?

—Aguanto —Leah sonrió—. Ahora mismo estoy mejor. Ya ves, tenía el presentimiento de que vendrías y así ha sido.

Schmuel miró hacia atrás.

—Tengo que irme. Sólo he venido para daros fuerza. El plan va viento en popa —susurró—. Pronto volveré a por vosotras. Lo prometo.

Leah se había quedado en la ventana, viéndole marchar. Luego, otra de las presas le había apartado de la ventana con violencia y la había cerrado. Lentamente, había cruzado el barracón. Tenía la sensación de que Helga y alguna de sus amigas le miraban con lástima, pero le daba igual. ¡Ninguna de ellas había recibido la visita de su marido! Estaban celosas, eso era.

Desde aquel día, Schmuel iba a verla una vez cada diez días. Una vez incluso había llevado a Alina a la ventana, y había disfrutado de ver cómo su hija jugaba con su padre a uno de esos tontos juegos infantiles que consisten en juntar las manitas. Después de aquello, las miradas de envidia de Helga se incrementaron. Una tarde, Leah vio a la presa política hablando con una de las guardias de las SS.

Y a la mañana siguiente se la llevaron, a ella y a Alina, al pabellón psiquiátrico.

Segundo día

El presente

Le despertaron los lloriqueos de Alina. Inmediatamente se puso en pie: era una reacción instintiva. Cuando Alina lloraba, aparecía una enfermera de las SS chapurreando en húngaro órdenes para que se callara. Una vez había cogido a su niña del brazo mientras blandía una jeringuilla. Leah había prometido que la haría callar, mientras suplicaba que no se la llevaran. Al final, le había dado un golpe a la enfermera y la jeringuilla se la habían pinchado a ella. Al despertar, por suerte, Alina seguía a su lado.

Pero aquello era entonces y esto era ahora. Ya no había ninguna enfermera que le clavara jeringuillas. Todas se habían ido. Podía dedicarse a acunar a su pequeña hasta que se calmara. Y madre mía si lo necesitaba. La pobrecita berreaba y se había vuelto a hacer pis encima. Era impropio de una criatura de su edad, pero ¿qué esperaban? Si las enfermeras le daban miedo y no podía ir al baño sin permiso de una de ellas…

Por lo menos Gritos seguía dormida. Leah se acercó a ella; por un instante se le pasó con la cabeza la posibilidad de que estuviera muerta, pero no: el pecho de la pobre mujer subía y bajaba con regularidad. ¿Cuánto tiempo llevaría sin comer? Estaba en los huesos. Leah se estremeció: si aquella mujer moría, ella tendría que buscar otro alojamiento. No iba a quedarse a dormir con un cadáver. “En fin”, se consoló, “camas no son lo que falta por aquí”.

Después de desayunar (media lata y otras tres rebanadas de pan entre las dos), salieron a dar una vuelta. Leah se estremeció, y agarró la mano de Alina: el frío invernal pegaba fuerte. De repente se dio cuenta de que ni su hija ni ella llevaban zapatos: cogió a la pobre niña (qué poco pesaba) y caminó sin rumbo fijo. Necesitaba por lo menos dar un breve paseo, comprobar que de verdad el campo estaba desierto.

Lo estaba. Las garitas de vigilancia estaban vacías; los barracones también. No había alemanes ni prisioneros. No se veía ni un alma. No, definitivamente aquello no podía ser una trampa.

—¡Somos libres! —gritó—. ¿Lo oyes, Alina? ¡Somos libres! ¡Hemos salido de ésta! Ahora sólo falta que tu padre venga a buscarnos y volveremos a casa, a Bucarest… ¡libres!

Por primera vez en los casi nueve meses que llevaban allí, Alina gorjeó como antes.

Entraron en uno de los alojamientos de las SS, y se vieron recompensados por un par de mantas mucho más gruesas que las que había en el pabellón psiquiátrico y por otras tres latas, una de las cuales consumieron en el momento. Resultó estar llena de piña en almíbar, y la niña se manchó todas las comisuras con el dulce jugo.

Luego, abrigadas con las mantas, siguieron paseando. Y en un momento dado llegaron a una explanada en la que obviamente había habido edificios. Aún quedaban varias paredes en pie, y de hecho un trozo de cañería parecía mirar hacia Leah. La mujer se acercó lentamente. ¿Y esas ruinas? Llevaban allí unos meses, era evidente. ¿Bombardeos enemigos? No, los aliados nunca habían bombardeado Auschwitz. ¿Entonces?

De repente lo recordó. Había sido uno o dos meses atrás. Había oído varias explosiones. Alina había llorado y Gritos se había puesto, cómo no, a aullar. Pero las enfermeras habían actuado con plena profesionalidad, como si ya se lo esperaran. Probablemente así era: se trataría de una voladura ordenada por los oficiales del campo, a saber por qué razón. No como la explosión de octubre. Ahí sí que habían gritado todas: internas y enfermeras. Menos Leah, que había sonreído. Y más lo había hecho cuando trajeron a Helga.


El pasado

Le costó reconocer a Helga. El ser desnutrido que ataron a la cama de al lado se parecía más bien poco a la mujer mandona que ella había conocido durante su estancia en el barracón comunal. Ella también había necesitado un par de intentos para reconocer a Leah, y sólo lo había conseguido cuando Alina se había metido entre las dos camas.

Por aquel entonces, Leah llevaba ya dos meses largos en el pabellón psiquiátrico. Las evaluaciones de los doctores eran muy duras, con pruebas que no entendía y un montón de preguntas sobre sus presuntas alucinaciones, pero era más descansado que cargar trozos de metal en la fundición y le permitían llevarse a Alina. Por esa razón, se sentía inclinada a perdonar a Helga. Sí, es cierto que allí no podía entrar Schmuel, pero ¿qué más daba? Recordaba sus ojos y su sonrisa, apretaba la mano de Alina y seguía adelante.

—¿Cómo has acabado aquí, Helga? —le preguntó Alina.

Por toda respuesta, la mujer abrió la boca. Leah sintió que la escasa comida que había tomado una hora antes le volvía a la garganta. A Helga le habían arrancado todos los dientes. Por el aspecto de alguna de las heridas, el último había caído esa misma mañana.

—¡Helga! Pero ¿qué te han hecho? —dijo Leah, tapando los ojos de Alina.

Pero a la mujer le dolía demasiado como para contestar.

—Me cogieron después de la rebelión de la semana pasada —dijo, días después, cuando por fin pudo articular palabra—. ¿Lo oíste?

Pues claro que lo había oído. Recordaba los gritos, los tableteos de las ametralladoras, y ver el fuego por la ventana. Parecía que el incendio iba a consumir el campo entero. Y claro, la explosión. Oyó a una de las enfermeras hablar de presos evadidos, y eso le había hecho sonreír. Schmuel se había liberado y pronto vendría a por ella. ¡Serían libres!

—Lo oí, pero no supe qué pasaba.

—Eran prisioneros. Los llaman “comandos especiales”, y nadie sabe a qué se dedican. En octubre se rebelaron. Le prendieron fuego a uno de los… de los edificios, y se enfrentaron a las SS. Murieron todos.

—¿Y tú qué tienes que ver con eso? —preguntó Leah, pero sonreía. Helga, qué tonta… Schmuel no había muerto.

—Como soy política, pensaron que yo tenía algo que ver. Me llevaron y me… ¿quieres dejar de sonreír? ¿Qué pasa, te hace gracia esto? —y señaló sus encías.

—No, Helga, pero es que no lo entiendes. ¡Schmuel estaba entre ellos, lo sé! Seguro que lo organizó todo. Ahora estará libre y buscando la forma de entrar a por nosotras.

—Por los… ¡Leah, vuelve a la realidad! —dijo Helga—. ¡Schmuel no va a volver a por ti! ¡No había nadie detrás de esa ventana en el barracón, y no hay nadie rescatándote ahí fuera! Si Schmuel no estaba en los comandos especiales, está tan prisionero como nosotros o le habrán matado ya. Y si, por un azar, estuviera en los comandos… Leah, ¡murieron todos! No escapó ninguno.

Leah negó con la cabeza. Aquella mujer… qué tonta podía ser.

—Eso no puede ser, Helga —le explicó con voz suave—. ¿Es que no lo entiendes? ¡Prometió venir a por nosotras, y él siempre cumple con sus promesas! Siempre.

Helga hundió la cabeza en la almohada., resoplando. Poco después se la llevaron y Leah no la volvió a ver.

Tercer día

El presente

Habían dormido en los alojamientos de las SS, después de compartir de nuevo un par de latas. El día amaneció algo más cálido que el anterior, y salieron a dar un paseo. En un momento dado oyeron pasos; Leah volvió a coger a Alina y corrieron a ocultarse en un barracón vacío. Pero su miedo desapareció enseguida: no era más que otro preso, que caminaba hacia las puertas del campo. El hombre las vio, les gritó algo en polaco y siguió su camino.

Pronto se hizo evidente que no eran las únicas que se habían quedado en el campo. Siguieron al polaco hasta una enfermería donde había seis o siete personas en condiciones similares a las de Gritos: demasiado débiles para moverse. Vieron también a hombres y mujeres más o menos sanos, que evidentemente se habían ocultado. Leah no se mezcló con ellos. Secretamente, se alegró de haber escondido la comida que les quedaba: aquellas personas parecían hambrientas, y seguro que no respetarían a su hijita.

Y de repente, un rugido. Uno de los hombres, un soviético, gritó algo.

—¡Ya vienen! —gritó una mujer en húngaro.

Ciertamente, venían. Fueran quienes fueran, venían: al primer rugido se sumó otro, y luego un tercero, hasta formar un coro de motores que convergían en la entrada del campo. Leah, con Alina siempre en brazos, se dirigió hacia el portón.

Los soviéticos entraron en el campo entre vítores. Primero los blindados y los coches; luego cientos de soldados, que ocuparon los edificios importantes. Los presos lloraban y se abrazaban a sus libertadores. Finalmente, llegaron camiones del ejército que empezaron a repartir comida, medicinas y ropa digna. Durante un momento, Auschwitz fue una fiesta.

Pero Leah no participó. Apartó de un manotazo al soldado que intentó conducirla al grupo de liberados; se quedó allí, apenas apartada, mirando la puerta.

—Schmuel, Schmuel, ¿dónde estás? —lloró—. ¡Schmuel! ¡Lo prometiste!

La riada de soldados ya se reducía. El último camión entró en el campo, y dos hombres saltaron de él para asegurar el portón. ¿Cómo era que no estaba allí? ¿Cómo no se había sentado en la cabina de un camión para recoger a su esposa? De repente, la realidad inundó a Leah. Schmuel estaba muerto, o en una de las marchas de prisioneros que se habían ido con los nazis. Schmuel no vendría.

—Lo… lo prometiste, Schmuel —cayó de rodillas.

—¿Leah? —dijo una voz. Una voz que conocía bien.

Alzó la mirada. Allí estaba, vestido de soldado soviético. Schmuel. Leah gritó, y corrió a abrazar a su marido. Le estrechó entre sus brazos y él correspondió, pero algo iba mal. Algo iba muy mal. No había calidez allí. Titubeante, se separó de su marido y le miró a la cara. Sus ojos no brillaban. Estaban apagados, como si hubiera visto demasiado horror.

La vista de su hija le alegraría. Sí, cuando se abrazaran los tres todo iría bien. Levantó en brazos a Alina y se la ofreció a su padre.

—¡Mira! ¡Estamos juntos, por fin! ¿No abrazas a Alina?

Y no comprendió, de verdad que no comprendió, la mueca de terror que se pintó en el rostro de su marido mientras abrazaba a aquel pingajo, aquel atado de mantas y cuerdas sucio de comida y tierra que Leah creía que era su hija.


El pasado

El brillo en los ojos de Schmuel se apagó un día concreto: el dieciséis de mayo de 1944, aquel martes fatídico en que había llegado al campo junto con miles de deportados, entre judíos, gitanos y presos políticos. No se apagó cuando le hizo aquella promesa absurda a Leah, ni cuando la vio desaparecer con Alina en dirección a los barracones de las mujeres, ni siquiera cuando aquel alemán gordo y con galones les soltó un discurso del que entendió menos de la mitad. Fue después.

El alemán les dijo que todos estaban allí por sus errores políticos o por sus deficiencias genéticas, pero que se les iba a permitir enmendarse, trabajando a mayor gloria del Reich. Y luego añadió que había dos clases de trabajo: la dura tarea física y una labor mucho más ligera, en los llamados “comandos especiales”. Quien quisiera formar parte de estos comandos sólo tenía que levantar la mano.

Schmuel se enteró de esto gracias a Gyula, un joven gitano que estaba a su lado y que hablaba el alemán perfectamente. Tanto Gyula como él levantaron la mano rápidamente. Cerca de un tercio de los hombres hizo lo mismo; el resto, quizás por no entender o por desconfianza, no hicieron nada. El alemán volvió a hablar y los nuevos miembros de los comandos especiales pasaron a una sala aparte. Les explicaron que estarían aislados, que trabajarían en “los crematorios”, fuera lo que fuera aquello. Y que su primer día de trabajo empezaría en aquel momento.

Parecían duchas. Eso es lo que siempre recordaría Schmuel: que parecían duchas. Pero no lo eran, porque en su suelo había decenas de personas, desnudas y muertas. Uno de los flamantes comandos especiales comenzó a vomitar. El alemán ladró unas instrucciones incomprensibles.

—¿Qué ha dicho, Gyula? —preguntó Schmuel.

—Dice que… —el gitano tragó saliva—, dice que debemos registrar todos los cadáveres. Que hay que quitarles los anillos, los pendientes, los collares… cualquier cosa de valor que lleven. Que tenemos que abrirles la boca para sacarles los dientes de oro, si los tienen. Y que tenemos que… que registrarles las cavidades corporales por si han escondido joyas.

—Pero cómo vamos a hacer esa barbaridad… —Schmuel empalideció.

—Nos hemos prestado voluntarios… —seguía traduciendo el gitano—. Y como no hagamos lo que se nos dice, iremos nosotros mismos a parar a los hornos crematorios.

Y entonces, y esto es otra cosa que Schmuel recordaría toda su vida, se había establecido una especie de cadena de funciones: algunos hacían la primera inspección, otros registraban los orificios corporales y un tercer grupo llevaba a los cadáveres a los hornos. Schmuel, que quedó en el segundo grupo, había tratado de aislarse de la barbarie que le rodeaba. Pensó en sus tiempos en el matadero de su familia y trató de imaginar que los cuerpos femeninos que manipulaba pues estaban en una cámara de gas de mujeres– no eran más que reses sacrificadas según los ritos kosher.

Así, cuando le llegó el turno de manipular el cuerpo de Alina, no se volvió loco de dolor. Hizo su trabajo como se lo exigían y cargó el cadáver en la carretilla del porteador como si se tratara de una oveja muerta. Gyula no se enteró de que aquel cuerpo era distinto. Schmuel no dejó ni siquiera escapar una maldita lágrima.

Ese fue el momento en que sus ojos dejaron de brillar.

—————-

El trabajo en los comandos especiales no era duro físicamente, y pronto Schmuel perfeccionó su coraza hasta el punto de que dejó de afectarle lo que hacía. Con indiferencia recibía a los convoyes de prisioneros, presenciaba las selecciones, acompañaba a los descartados (ancianos, niños, a veces remesas enteras de judíos o gitanos de todas las edades) a las falsas duchas, les instaba a desnudarse y se retiraba después. Con no menos frialdad ejecutaba el trabajo posterior. Qué más daba.

En los barracones de los comandos especiales la vida era, se decía, algo mejor que en el resto del campo. La comida era relativamente buena, y a veces se permitía que los hombres bebieran alcohol o visitaran el campo burdel, como formas de descargar tensión. Schmuel no participaba de ninguna de esas diversiones: se quedaba en su cama, mirando al infinito, sin pensar en nada de particular.

Ni siquiera pensó nunca en acabar con su vida. Habría sido fácil: una carrera hacia la alambrada, una decena de balas de ametralladora en su espalda y ya estaba. Algunos lo hacían, como forma de suicidio o como tentativa seria de liberación, pero no Schmuel. Aquello habría significado hacer un esfuerzo y ¿para qué? El camino de menor resistencia era seguir vivo, y por ése optó.

Hasta que un día se le acercó Gyula.

—Escucha, algunos chicos y yo hemos descubierto algo —le dijo el gitano, que a estas alturas era el único que aún hablaba con él.

—¿El qué? —dijo Schmuel con voz ronca. ¿Hacía cuánto que no hablaba?

—Mira, ven.

A desgana, Schmuel siguió a Gyula hasta su zona del barracón. El gitano le mostró una inscripción que alguien había hecho en uno de los listones de su cama. Había dos fechas: 9/1/1944 y 9/5/1944. Entre ellas, una inscripción que no entendió.

—Es polaco. “Cuatro meses y sigo vivo. Espero salir pronto de aquí”: eso es lo que pone. Y cinco días más tarde estábamos nosotros ocupando este barracón. Nosotros. ¿Lo entiendes? —le miró fijamente—. Matan a los comandos especiales cada pocos meses. Los renuevan por completo. Y últimamente cada vez traen a menos deportados. No nos queda mucho, amigo mío.

—¿Y qué quieres que yo le haga? —de repente, la perspectiva de morir así, sin más, ejecutado, le parecía hasta agradable.

—¡Sobrevivir! No puedo decirte nada más, pero hay un plan en marcha. En una semana huiremos de aquí. ¿Te apuntas?

Schmuel miró a los ojos a su amigo.

—Me da igual. De verdad.

—¿Es que no tienes sangre en las venas? ¿Qué te pasa? ¿No tienes a nadie por quien luchar?

Fugazmente, Schmuel pensó en Leah. Leah, que nunca había sido demasiado fuerte. Sabía que en el campo las mujeres trabajaban igual de duro que los hombres. Algo rajó su coraza de apatía durante un momento, pero no duró demasiado. Leah estaba muerta, como lo estaba Alina y como lo estarían ellos, triunfara o no el plan.

—No —respondió—. A nadie.

—————-

Apenas se acordaba del día de la bomba. Vio fuego y humo, y escuchó cómo los organizadores del atentado les gritaban para que corrieran. Tenía la impresión fugaz de varios oficiales de las SS cayendo bajo la masa. Luego, los tiros. Vio a Gyula muerto, abatido por una ametralladora alemana. Tampoco le importó. Se limitó a cambiar de dirección. Y de repente estaba libre. Un grupillo de diez personas corría hacia no sabia dónde. Los nazis venían detrás. Varios cayeron, otros se dispersaron y por fin se quedó solo.

Parte de su apatía se quedó en el campo. Cuando se vio en soledad, la necesidad le espoleó. Caminó hacia el este, robando lo que necesitaba de granjas semiabandonadas. Aquella zona estaba a punto de hundirse como frente de guerra, y se notaba. Y por fin, un día, una columna soviética de blindados le acogió en su seno. Le vistieron como uno de ellos, e incluso le dieron un rifle. Y le llevaron de nuevo hasta Auschwitz.

El presente

Schmuel abrazó con horror aquella cosa, aquel sustituto de hija que se había fabricado Leah. Estaba frío y olía mal. Pero su mujer le miraba con amor, y Schmuel aumentó la fuerza de su abrazo. Ante la evidencia de la muerte de su hija, ambos habían tomado caminos separados: ella, la completa fantasía; él, el más sucio pesimismo.

—Sabía que vendrías. Lo prometiste…

Aquella estúpida promesa, ahora la recordaba. La culpa le inundó. Ella había mantenido la esperanza, basándose en una imagen de él que ya no existía, y él la había dado por muerta… Tragó saliva. Sintió cómo la coraza empezaba a agrietarse, y cómo las emociones que llevaba meses conteniendo pugnaban por salir. Era casi un dolor físico, que le hizo sentarse.

De repente, sintió que quería recuperarse. Quería volver a ser el que era. La conciencia de este hecho atravesó las capas de cinismo y apatía en que se había envuelto. Pero no podía hacerlo solo. Necesitaba a Leah… y Leah le necesitaba a él. En algún momento la burbuja de ella estallaría, y entonces él tendría que estar allí para acompañarla en su dolor. Por fin, puso en palabras el pensamiento que llevaba meses esquivando: si querían recuperar un asomo de normalidad, si no querían perderlo todo, tendrían que aceptar que habían perdido una hija.

Se sentó en un banco y abrazó con una fuerza inesperada a su esposa. A su lado, el muñeco cayó al suelo. Si la burbuja tenía que estallar, que estallara. Sí, no era buen momento, pero ¿cuándo lo sería? ¿Cómo se allana el camino para convencer a tu esposa de que ha estado nueve meses viviendo en una fantasía? No existe manera posible.

—Escucha, Leah, he de contarte algo. No va a ser bonito, pero quiero que sepas que pase lo que pase voy a estar a tu lado siempre. No me voy a separar de ti, y voy a ayudarte a asimilarlo, ¿entiendes?

Ella asintió, pero la voz le temblaba cuando respondió:

—¿Me lo prometes?

Y él respondió:

—Te lo prometo.

Y por Dios que ésta la iba a cumplir.


El 27 de enero de 1945 era liberado Auschwitz, el campo de concentración más famoso de todos los creados por el régimen nazi. Dividido en tres campos (dos de trabajo y uno de exterminio), se calcula que albergó a 1,3 millones de internos, de los cuales murieron 1,1 millones. El grupo étnico más numeroso fue el de los judíos húngaros, al que pertenecen los protagonistas. Miles de húngaros fueron deportados a Auschwitz en 1944, cuando Alemania invadió su país: en principio Hungría era miembro del Eje, pero estaba en conversaciones de paz con la URSS.

Aunque cuando se habla de los asesinatos masivos de los nazis solemos pensar en los judíos, no me he querido olvidar de los gitanos y de los presos políticos, con quien también se practicó el exterminio. De ahí vienen los personajes de Gyula y Helga, respectivamente.

Los comandos especiales existieron realmente, y también es cierto que un grupo de ellos intentó rebelarse en octubre de 1944, con escaso éxito. Un mes después, las propias SS destruyeron las cámaras de gas: era evidente que la guerra estaba perdida, y quisieron borrar las huellas más evidentes del exterminio masivo.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

La mujer del César

Un hombre yace a un lado de la calzada. Su toga aún le cubre, pero está deshecha: no le quedan ganas de sostenerla en posición, y tampoco tiene ya fuerza en los brazos. El viento hace que la pieza de tela se doble en pliegues caprichosos. Hace frío. La sangre empapa la hierba y el empedrado, y la vida se le escapa por media docena de puñaladas. Publio Clodio, el gran agitador de Roma, el hombre que hizo temblar los asientos de los senadores, que expulsó a Cicerón y que exaltó a los plebeyos, se muere y lo sabe.

—Adiós, Clodio —le ha dicho el jefe de los asesinos, antes de hundir su cuchillo por última vez en el cuerpo de su víctima.

“Clodio…”, piensa. “Suena tan vulgar…” Pero es lo que quería, ¿no? Que pareciera vulgar. Él, que pertenecía a una de las mayores familias de la república, había renegado de su legado para hacerse adoptar por un plebeyo. Todo por la política, para conseguir el puesto de tribuno e implantar las reformas que le permitieran vengarse. En aquel momento había parecido una buena idea. Soltó una risa que no era más que un estertor. Toda su vida había sido así. Se había movido a impulsos, y así había acabado, moribundo en plena Vía Apia.

Qué poderoso había sido. Durante un glorioso año había gobernado Roma sin oposición. Apoyado por el poder brutal de la plebe y por su cuadrilla de matones, no había habido quien se le resistiera. Los viejos siempre insistían en que la mayor virtud del político era la prudencia. Se había reído: ¿para qué quería él ser prudente? ¡Tenía el poder, y la capacidad para ejercerlo! Pero el poder siempre genera enemigos, y eso lo sabía ahora mejor que nadie.

       ¿Cuándo había empezado la pendiente resbaladiza que le había llevado hasta ese punto? ¿Cuál había sido el punto de inflexión? Los años pasados se amontonaban en la cabeza de Clodio, confundiendo causas y efectos. Sí… el enemigo que le había matado provenía de su última etapa. Milón, ese servil y rastrero amigo de nobles. Cómo lo había odiado. Pero durante un tiempo se había impuesto a él vez por vez, oh, sí. La última, hacía pocos meses, cuando había conseguido paralizar las elecciones. ¡Muerte en las calles, que los patricios y senadores conocieran la ira del pueblo!

La boca de Clodio se curvó en una sonrisa. Aún recordaba la cara de Milón cuando le había denunciado por violencia pública, cuatro años atrás. La broma era deliciosa, porque Milón sólo estaba protegiendo su propia casa de los amigos de Clodio, que al final consiguieron quemarla. De la boca de Clodio escapó un estertor de risa. Aún recordaba la arenga que había echado a sus partidarios, donde había llamado sacrílego a Milón. ¡Y lo era! ¿No había mandado acaso destruir el Templo de la Libertad? ¡Que ese templo estuviera construido en la parcela donde antes se alzaba la casa de Cicerón era secundario, claro!

Visto en perspectiva, la destrucción del Templo de la Libertad, la vuelta de Cicerón de su destierro y la reedificación de su casa habían sido señales suficientes como para detenerse. Pero Clodio no las había sabido interpretar. ¡Se había enfrentado al Senado y a los cónsules, y casi había tenido éxito! El “casi” era amargo. Al final Pompeyo le había hecho parar y la casa de Cicerón se había vuelto a alzar orgullosa. Su primer gran fracaso.

Todos sus amigos le habían aconsejado dejarlo ahí, dejar la violencia, volver a acatar las leyes. Pero él había seguido adelante, siempre adelante, impulsado por su necesidad de venganza. ¿Era acaso ése el punto de inflexión? ¿El punto donde todo se había torcido? No. Ahí había empezado el declive, pero en aquel momento no lo había parecido. ¡Ni se le había pasado por la cabeza parar! ¿Cómo podía hacerlo? Sólo dos años antes era casi el gobernante supremo de Roma.

La cabeza se le iba, pero recordó el año en que fue tribuno de la plebe. Su gran año. La expulsión de Cicerón, el reparto de trigo, el restablecimiento de los colegios de artesanos… a cada medida que hacía aprobar, la chusma rugía en su honor. Y los triunviros le protegían, porque querían contrarrestar el poder de los conservadores. Veía las caras de horror de los viejos, de los ricos y de los senadores cuando paseaba por Roma con su corte de gladiadores y mercenarios. Él antes había sido uno de ellos, un patricio como tantos otros, destinado a ser un segundón, a hacer quizás la carrera política sin pena ni gloria. ¡Y ahora…! ¡Su nombre se escribiría en la historia de la Urbe! ¡Desterrar a Cicerón, ni más ni menos!

Los rostros de sus adversarios se desvanecían en su memoria. ¿Por qué le tenía tanto odio a Cicerón? No lo entendía, salvo que… ¡ahí estaba! El punto de inflexión. Aún era Publio Claudio, aún tenía el nombre patricio de su padre. Había sido aquella ramera de Pompeya Sila. Era la esposa de César, pero a él le ponía ojitos. Luego diría que no, que ella nunca le había incitado, pero él sabía… sabía que sí.

Era la ocasión perfecta. Las fiestas de la Bona Dea. Un montón de mujeres solas, celebrando aquel rito misterioso. Ni padres, ni hermanos, ni maridos. Sólo tenía que vestirse con las ropas de su hermana y entrar en casa de César. Unas pocas palabras bonitas susurradas cerca de su bello rostro y ella sería suya. Luego concertar otras citas sería más fácil. No lo pensó mucho: simplemente lo hizo.

Lo que sucedió después era público, pero nunca había contado a nadie la vergüenza que sintió cuando aquella criada se había puesto a gritar al reconocerle una voz masculina. Las mujeres habían acudido, le habían expulsado de casa y César se había divorciado de aquella mujer. “Mi mujer no sólo tiene que ser honesta, sino parecerlo”, había dicho el muy estirado. A Claudio le habían juzgado y sólo el dinero de su padre había evitado la condena. Pero los testigos que hablaron en su contra… Cicerón, maldito Cicerón. Lo recordaba erguido en el tribunal, llamándole de todo, enterrando su amistad entre capas y capas de insultos.

Sí, fue ahí donde todo se torció. Después se fue como cuestor a Sicilia, y volvió usando ya el nombre de Clodio y dispuesto a joderle la vida a todos los que habían testificado en su contra. Si Cicerón había usado toda su oratoria contra él, él respondería. Ahí habían venido los discursos, las expropiaciones y el destierro de su enemigo. Aquellas leyes absurdas en las que no creía pero mantenían de su lado a los plebeyos. Y luego, la vuelta de Cicerón, la aparición de Milón, el declive y los cuchillos en la Vía Apia.

Oh, sí, se había vengado. Con creces. Pero desde aquel momento inicial su vida había sido presa del destino. La diosa Fortuna había puesto a aquella criada en el camino, y ya no había podido elegir. Desde los acontecimientos de la Bona Dea hasta la cuneta en la Vía Apia lo único que había era causa y efecto. No había podido apartarse. ¡La venganza estaba en su naturaleza!

Si Pompeya Sila no le hubiera provocado no estaría a punto de morir, pensó con rabia. Ella había tenido la culpa de todo. Le había impelido a asaltar su casa y luego lo había negado. Qué guapa era. Había sido su perdición. Él había sido engañado. Todo había sido un complot, urdido por ella y por sus amigas para reírse de él. Pero qué belleza… Pompeya, oh, Pompeya…

Publio Clodio murió teniendo en su cabeza la imagen de la mujer de César. Un repentino golpe de viento deshizo la toga y levantó la túnica, dejándole desnudo de cintura para abajo. Cuando unas pocas horas después una campesina encontró el cadáver, enrojeció hasta las orejas al ver aquello y se apresuró a seguir su camino. Nunca se lo dijo a nadie. Dado el estado del cuerpo, era evidente que habría rumores, y no quería que su honestidad se viera comprometida.

Publio Clodio es un personaje curioso. Patricio y amigo de Cicerón, en diciembre del año 62 a.C. entró en la casa de Julio César durante los misterios de la Bona Dea (que eran sólo para mujeres), presuntamente para seducir a la anfitriona. Aquello le provocó un apartamiento de sus amigos, especialmente de Cicerón. Acabó cambiándose de nombre y convirtiéndose en el líder de los plebeyos: cuatro años después del escándalo de la Bona Dea, en 58 a.C., fue tribuno de la plebe. La historia del destierro de Cicerón y del Templo de la Libertad es totalmente cierta.

Imagino a Clodio como un personaje primario, poco reflexivo, y muy dado a echar sobre los demás sus propias culpas. Un imbécil, vamos. Así que este relato no es más que la historia de cómo un capullo se autojustifica y se exculpa de todas las barbaridades que ha hecho. Dada la información que tenemos sobre la vida de Clodio, no creo que ni siquiera cuando los puñales de sus asesinos se clavaban en su cuerpo lamentara nada.

No se sabe quién asesinó a Clodio, pero en general se acepta que fue Milón. Milón era su homólogo: si Clodio dirigía a los grupos armados de los populares, Milón lo hacía con los de los optimates. Eran, por ello, enemigos. Se supone que un encuentro fortuito en la Vía Apia dio lugar a una pelea que acabó con Clodio muerto. Cicerón fue el encargado de defender a Milón en los tribunales, pero no ejecutó un papel muy brillante y el acusado acabó condenado y exiliado en Massilia.

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Un buen ciudadano

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 16:30.

Emilio Rabadán era buen ciudadano, buen esposo y buen hijo, al menos según su propio criterio. Burgués de buena posición (era comerciante al por mayor de productos agrícolas), cuarentón orondo y madrileño de nacimiento, se había permitido la vanidad de afiliarse al Partido Radical unos años antes de que viniera la república. Por muy poco no había salido diputado, pero aun así seguía la política con gran interés y si le preguntaban sobre cualquier asunto daba una opinión clara y rotunda que coincidía punto por punto con el criterio oficial del partido.

No era extraño, entonces, que en público y en privado Emilio Rabadán se negara a que sus mujeres votaran. “Sus mujeres” en aquel momento eran su esposa y a su madre, ya que Rabadán no tenía hijas y todas sus hermanas estaban casadas. Ante todos sus conocidos afirmaba la autoridad que él tenía sobre ellas. Precisamente así fue como empezó todo.

―¡Que no, hombre, que no! ¿Cómo iba yo a permitir que Isabel, o peor aún, que mi madre votara? Isabel todavía, que gracias a mí tiene algunas ideas progresivas, pero mi madre tiene la cabeza comida por los curas. ¡Nunca le haría eso a la república!

―¿Y no te parece más perjudicial impedirles a tus mujeres que ejerzan un derecho constitucional? ―respondió Rodolfo García. García era un joven zumbón y tocanarices, que estaba abiertamente a favor del sufragio femenino.

―Entiéndeme, ¡yo no estoy en contra de que las mujeres voten! Pero quizás dentro de unos años, cuando se hayan formado más, cuando hayan entendido los beneficios de la república…

―Estás eludiendo mi pregunta ―dijo García, con sorna―. Eso que dices estaba muy bien en el debate de la Constitución, pero ahora la Constitución ya está aprobada y tu mujer y tu madre pueden votar. ¿No es mayor falta de respeto a la república impedírselo? Al fin y al cabo…

―No, no, no, no ―respondió Rabadán―. No confundamos. La autoridad doméstica es la autoridad doméstica. La ley podrá decir misa, pero el derecho del padre es el que es. ¡Y yo sé muy bien cómo mandar en mi casa!

―Siendo como un algodón / nos jura que es como un hueso / y quiere probarnos eso / con que es su cuello almidón… ―dijo una tercera voz desde lo profundo de un sillón de orejas.

Eleuterio Nuño era uno de los miembros más ancianos de aquel grupo de amigos. Había sido poeta en su juventud y aún le quedaban algunas ínfulas de ello: si no podía citar versos propios, como en este caso, los citaba ajenos. Rabadán y García no habían contado con él en la conversación porque estaba haciendo algo que le era muy habitual: dormir. Pero parecía que acababa de despertarse.

Al oír los versos, García soltó una risotada sarcástica y Rabadán enrojeció.

―¡Déjame a Góngora en paz, anda! ¿Qué querías decir con eso?

―Pues que me parece a mí, Emilito, que tú no tienes ninguna autoridad doméstica. No te ofendas, ¿eh? ―dijo el anciano con una sonrisa―, pero creo que el día de las elecciones tu mujer y tu madre van a hacer lo que les salga de las narices. ¡Buenas son ellas!

―¡Pues resulta que no! ¡Aquí mismo os juro que ninguna de mis dos mujeres votará el domingo!

―Querrás decir ninguna de tus tres mujeres ―siguió picando García. Eleuterio sonrió.

―¿Eh?

―Vamos, vamos, Emilio. Aquí todos somos hombres de mundo, ¿no? Y somos tus amigos. No tienes por qué negar la existencia de Paula. ¿Quién no tiene una Paulita por ahí?

―Es cierto, es cierto. ¿Ella va a votar o también se lo vas a impedir? ―dijo Eleuterio.

Rabadán se levantó, rojo de furia y vergüenza.

―¡Dejadme en paz, hombre! Ninguna de las tres votará… ¡como que me llamo Emilio! ―Rabadán apuró su copa, dejó el dinero de la misma en la mesa y salió del café a toda prisa.

Cuando terminaron de reírse, García y Eleuterio se miraron. El joven estaba un poco preocupado.

―Oye, ¿no irá éste a hacer una locura?

―Qué va, hombre. Simplemente se le ha calentado la boca. ¡Qué va a impedir él nada! La Isabel es demasiado para él, siempre lo he dicho.

Y siguieron hablando de otras cosas.

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 17:00.

Rabadán estaba furioso. ¡Cómo se atrevían! ¡Cómo se atrevían! Decirle a él que era blando como un algodón. ¡Que no sabía…! Pero bueno, se iban a enterar. Ya lo creía que se iban a enterar. Ninguna de sus tres mujeres votaría. ¡Vamos! ¡Ya lo creía! ¡Como que se llamaba Emilio! Todavía agitado, se metió en un café, pidió un orujo y se lo bebió de un trago. Sí, joder, ya se sentía mejor.

La cuestión era que tenía que afrontarlo de manera distinta. Su madre era una señora de misa diaria, y seguro que votaría a cualquier antirepublicano que le dijera el cura; con ella tenía que usar el conocimiento y la manipulación. Con Isabel bastaría con su autoridad: siempre hacía lo que él le decía, aunque a veces le costara una bronca. ¡Tenía un genio…! Pero al final él ganaba siempre.

Y luego estaba el tema de Paula, su dulce niña de pueblo. Era criada en casa de los condes de Villafranca, que eran amigos suyos, y él se había enamorado de ella en cuanto la había visto. Le sacaba casi veinte años, pero… qué más daba. Conquistarla había sido sencillo, incluso para alguien tan poco habituado a esas cosas como era él. Ella le amaba con locura. Ahora se veían una o dos veces a la semana, cuando ella libraba o tenía un hueco, y eran los ratos donde más libre se sentía Rabadán. Sí, Paula no ofrecería problema.

Mientras cavilaba se había pedido una segunda copa. Ésta se la bebió más calmado, de tal forma que al terminársela se permitió una media sonrisa. Menudos cabrones tenía por amigos. pero ya verían, ya.

Miércoles 15 de noviembre de 1933. 21:30.

―¡No tengo la menor intención de abstenerme, querido! Yo te quiero y te respeto mucho, pero es un límite in-fran-que-a-ble.

Y aquello era todo. Tres horas de discusión para aquel resultado. Rabadán estaba furioso. ¡La época, eso era! Él se consideraba progresista, pero aquello era demasiado. Cuando había conocido a Isabel, le había impresionado su curiosidad y la pasión que le ponía a todo. Incluso le había permitido que estudiara Derecho por correspondencia, previa promesa de que nunca iba a ejercer. Isabel iba a conferencias, tenía amigas en la Residencia de Señoritas y se carteaba con sus amigas. ¡Y él no intentaba evitar nada de eso! Pero cuando intentaba imponer una norma racional, se ponía histérica.

―¡Quiero votar y votaré! ―le había dicho en cuanto él había sacado el tema. Y de ahí no había habido manera de bajarla.

―Pero Isabel, ¡piensa en el daño que me haces! Yo, un republicano radical opuesto al sufragio femenino, permitiendo que mi mujer vote. ¡O mi madre, o… o cualquier otra mujer que pudiera estar sujeta a mi autoridad! Dentro de algunos años, cuando el partido esté a favor del voto de las mujeres, no tendré oportunidad, pero…

―¡Por eso no te preocupes, querido, si voy a votar a alguna opción de las izquierdas! ―le había dicho con una guasa que le recordaba a la de García.

―No es eso, dulce, no es eso. Es que… piensa en mi reputación. Yo tengo mis amigos y claro, ellos esperan que…

Eso había desatado la tormenta, claro.

―¡O sea, que es todo un tema de tus amigotes del café! Habrás hablado más de la cuenta, como siempre, y ahora… ¡me quieres impedir un derecho legal sólo para quedar bien ante esa cuadrilla de vagos! Pues me niego, hombre. ¡Faltaría más!

Y luego otras tres horas de discusión hasta el portazo final. Ella se había metido en su cuarto (hacía seis años que dormían en habitaciones separadas) y cuando hacía eso no había nada que hacer, al menos durante el mismo día. Rabadán lo salía, y aun así se fue al salón y se sirvió un buen vaso del brandy que le mandaba cada año uno de sus clientes. Encendió un puro y trató de calmarse.

Ya sabía lo que iba a hacer. Con calma, se levantó y abrió la puerta de la habitación de su mujer. Ella, que parecía estar escribiendo una carta, le miró sorprendida: era verdaderamente raro que cualquiera de los cónyuges entrara en el cuarto del otro. Rabadán la miró con frialdad.

―Si no quieres hacerme ese pequeño favor, tendré que tomar medidas. Y sabe Dios que me duele, pero no puedo permitir que votes.

―¿Y qué medidas vas a tomar? ―dijo Isabel, glacial.

―Si no hay más remedio, me quedaré aquí contigo para asegurarme de que no sales a votar. Sacrificaré mi propio derecho al voto por ese fin.

Se hizo el silencio.

―Si haces eso, después de las elecciones tendrás en los tribunales una demanda de divorcio.

―¿Ah, sí? ¿Y en qué te vas a basar? ―respondió Rabadán, con chulería.

―Algo se me ocurrirá. Te recuerdo que la que ha estudiado Derecho soy yo. Ahora, por favor, si sales de mi habitación…

Rabadán volvió al salón. Estaba bastante seguro de haber ganado, pero al final su mujer le había echado una mirada extraña. Siempre se las había dado de conocer bien a la gente, pero aquella mirada en concreto no la había sabido interpretar. Le había producido una impresión… extraña.

Se sirvió otro brandy. Al rato había olvidado la mirada de su mujer.

Jueves 16 de noviembre de 1933. 13:15.

Rabadán abordó a su madre a la salida de misa de doce. Se llevó una mirada de reproche de todas las ancianas que formaban el corrillo de su madre (si estaba en la puerta de la iglesia a las 13:15 es porque no había ido a misa, de lo cual tomaron buena nota), pero al final la apartó. Dado que era un buen hijo, siempre trataba a su madre de usted, pero como concesión a la modernidad adoptaba con ella un tono entre condescendiente y jovial.

―¿Qué tal, madre? ¿Cómo ha ido la misa? ―su madre tosió de forma notoria―. Huy, ¿y esa tos? ¿Está usted bien?

―Nada, hijo, los achaques. Ya sabes.

Rabadán frunció el ceño. Amalia Martínez, viuda de Rabadán, no era una mujer a la que uno imaginara teniendo achaques. Siempre fue vigorosa y de armas tomar: no en vano había parido y criado a ocho chiquillos con un sueldo de funcionario. Emilio, que era el menor, era sin duda su hijo favorito, y aun así podía contar una extensa retahíla de castigos y reprimendas que su madre le había impuesto con mano de hierro.

―¿Seguro que está usted bien? Si necesita que llame a un médico… ―su madre le hizo un gesto de negación.

―Quita, quita, ésos hacen más daño que bien. Ya se me pasará. Bueno, te quedarás a comer con tu madre, ¿no?

Rabadán aceptó la invitación. La mayoría de hijos de doña Amalia habían hecho fortuna (había dos comerciantes, tres mujeres bien casadas y un gobernador civil) y mantenían para su madre una bonita casa en el barrio de Salamanca, a cinco minutos andando de la de Emilio. Uno de los sirvientes de su madre, un tipo gigantesco llamado Silvestre, le cogió la levita, y al cabo de pocos minutos madre e hijo daban cuenta de una excelente sopa de cocido.

―Y qué, madre, ¿está el cura muy pesado con lo de las elecciones? ―dijo Rabadán cuando llegaron los garbanzos.

Su madre le censuró con la mirada, pero respondió.

―Pues la verdad es que sí, hijo. Que si la república es un caos, que si hay que votar a las derechas… yo no le hago caso.

―¿Es que no estás de acuerdo?

―Huy, hijo, yo no sé de eso. Yo no he notado que vengan los bolcheviques a Madrid, ¿eh? ―su risa se vio cortada por un nuevo ataque de tos, más grave que el que le había dado al salir de la iglesia―. No es nada, no es nada. Será un catarro.

―Entonces, ¿va a votar?

―No sé qué hacer. Mis amigas, que ya sabes que son todas militaras, van a votar a Gil-Robles. A mí la verdad es que me da igual.

―Hombre, pues para eso mejor no vote, ¿no? Si no sabe de eso y no vas a ir convencida… ―dijo con voz meliflua.

―Pues también es verdad ―nueva tos―. ¿Y no vas a tratar de convencerme de que vote a los radicales?

―¡Dios me libre de hacer eso! ―Rabadán se persignó, con una sonrisa―. Sé que usted no está de acuerdo con nosotros en muchas cosas. No, si no va a votar en conciencia lo mejor es que no lo haga. ¡El derecho al voto es demasiado importante como para andar vendiéndolo!

―Creo que tienes razón ―respondió doña Amalia―. Lo mejor será que no vote.

Rabadán salió de casa de su madre silbando una tonadilla. Dos de tres, no estaba mal. Su madre no votaría y su esposa no podría hacerlo. A Isabel no la había visto desde la noche anterior, aunque sí había oído el portazo que había dado al salir de la casa mientras él desayunaba. En fin, se le acabaría pasando. Siempre se le pasaba.

Jueves 16 de noviembre de 1933. 17:30.

Para Rabadán los jueves eran en general días buenos. Como todas las tardes, tomaba el café y una copa con sus amigos. Pero luego, en vez de dirigirse a su negocio o a su casa, recogía a Paula en un callejón discreto cerca de la casa de los condes de Villafranca y se iban los dos a un pisito discreto que pertenecía a su empresa. Allí consumaban su amor (como lo llamaba ella), y luego rápidamente se volvían cada uno a sus vidas.

Aquella tarde fue un poco diferente. Después del sexo se quedaron un rato en la cama, hablando.

―Me preocupa algo, pequeña. ¿Vas a ir a votar este domingo?

―No sé… mi día libre es el lunes. ¿Crees que la señora me deje?

―Se dice “¿crees que la señora me dejará?”, cariño ―le encantaba corregir su habla vulgar. A veces se sentía como un orfebre que tallaba un rubí hasta darle la forma perfecta―. Y no sé. ¿Se lo vas a pedir?

―No sé. ¿Crees que deba?

Rabadán dejó pasar este segundo error.

―¿Tú tienes interés en la política? Creo que no, ¿no?

―¡Huy, ninguno! Manden los que manden yo voy a seguir sirviendo a la señora, ¿no? La señora dice que tiene miedo de que ganen los socialistas o como se diga, pero el señor le responde que eso no podrá ser. Y el otro día don Manuel Aturmendi vino de visita y dijo que él va a llevar a todos sus criados a que voten a las derechas, pero el señor le respondió que él no haría eso porque sería peor el remedio que la enfermedad o algo así. Así que supongo que no votaré.

Rabadán sonrió ante aquella inocencia que tan dulce encontraba.

―Creo que tu señor tiene razón. Es mejor que no votes. Sabes que yo me opongo a que voten las mujeres hasta que no estén educadas, y tú no lo estás. ¡Si pudieras ir a la escuela y dejar que tu pensamiento se elevara…! Pero no es posible.

Cada vez que se entregaba a esos arrebatos de lirismo o de oratoria se veía recompensado por una mirada arrobada de Paula. Aquella vez no fue la excepción. Pero luego su amante frunció el ceño.

―Entonces, tu mujer… ¿votará? Ella sí está educada, ¿no?

Isabel no era un tema del cual quisiera hablar con Paula, pero la pregunta había sido directa y no podía eludirla.

―No, no votará. ¡Pues estaría bueno que le dejara! Mira, pequeña, las cosas en los matrimonios no son tan simples como la relación entre tú y yo. No calientes tu cabeza, que de eso no sabes nada…

―Me encantaría saberlo… ―ella le miró como un cachorrito, implorante.

―Mi amor, sabes que es imposible ―la acarició―. Estoy casado con Isabel, no puedo casarme contigo.

―¡Pero desde el año pasado existe el divorcio! ―alegó Paula―. Isabel y tú no os lleváis bien; siempre me hablas de todo lo que discutes con ella. ¿Por qué no le pides el divorcio?

―Escucha, cariño… eso es imposible. ¡Isabel nunca accedería a divorciarse de mí! Y, si no es de mutuo acuerdo, el trámite es mucho más complicado.

Dos lágrimas asomaron a los ojos de su amante.

―Pero… yo te quiero, y me he entregado a ti.

―Ya, pequeña. Yo también te quiero, pero ¿no ves que es imposible? Al menos de momento. Si las circunstancias cambian, sabes que seré el primero en proponerle a Isabel que nos divorciemos, y a los dos días nos estamos casando tú y yo. Lo sabes, ¿verdad? ―le cogió la barbilla y le hizo mirarle a los ojos.

―Eso me dices siempre, pero… pero el tiempo pasa y las circunstancias nunca cambian. ¡Y la señora dice que debería pensar en casarme, que se me pasa el arroz, y…! ―Paula rompió a llorar.

Era necesaria una acción rápida. Rabadán cogió de las manos a Paula y le dijo:

―Escucha… tienes razón. Déjame un mes, sólo un mes para pensarlo y para tantear las cosas. Quizás pueda hablar con uno de mis amigos, que es abogado, y que me cuente. ¿Eso te parecería bien?

 Paula dejó de llorar.

―¿Lo… lo harás? ¿Lo harás por mí?

―Lo haré por nosotros.

Se besaron.

Media hora después, un agotado Emilio Rabadán se separaba de su amante en la callejuela donde solía recogerla y emprendía el regreso a su casa. Pobre Paula, tan ingenua. Por eso la quería, pero a veces le daba pena. No tenía la más mínima intención de pedirle o concederle el divorcio a Isabel. ¡Dejar a su esposa y casarse con una chiquilla, que además trabajaba de criada! No, hombre, no, ¿qué escándalo sería ése? Todos los cotillas de Madrid hablarían de él a sus espaldas, las esposas de sus clientes les advertirían en su contra, perdería la opción de ser diputado… nada, nada de divorcio.

Eso le enfrentaba a otra cuestión: no tardaría mucho en tener que terminar con ella. Pasado el mes, hasta Paula se daría cuenta de que no pensaba divorciarse. Por supuesto, a él le daba pena, pero… era el ciclo natural de los idilios. Nacimiento, pasión, final. Y al menos esta vez no había un hijo de por medio, como le había pasado a más de uno de sus amigos. Sí, antes de marzo tendría que haber cortado con Paula. Le daría algo de dinero para que no se fuera de la lengua y se olvidaría de ella.

“Incluso le he hecho un favor”, pensaba. La chica era tan inocente que cualquiera podría haberse aprovechado de ella. Sin embargo, él la había tratado bien. Si a costa de esa pequeña decepción la chica crecía, asumía cómo eran las cosas y no caía en manos de un mal marido, hasta tendría que agradecérselo. Y el hecho de que ella se hubiera “entregado” a él, como lo llamaba, era irrelevante. ¡No estábamos en la época de Narváez, por favor! Ningún chico aspiraba ya a que su esposa fuera virgen al casarse, y menos entre las clases bajas.

Rabadán volvió a su casa feliz. Durante el café se había ufanado ante sus amigos de lo que había hecho con su mujer y con su madre, y el tema de Paula acababa de quedar atado. Por desgracia él mismo iba a quedarse sin votar, salvo que pudiera escabullirse a la hora de la siesta, pero bueno. Habría otras elecciones.

Domingo, 19 de noviembre de 1933. 12:00.

Rabadán despertó el día de las elecciones con un considerable dolor de cabeza. Después de un viernes tranquilo y un sábado que se había pasado en el café con sus amigos, la noche con Isabel había sido una discusión constante. Ella había vuelto a la carga con lo de votar y él con lo de impedírselo. Habían acabado gritándose y al final se habían separado, después de estar a punto de llegar a las manos, a las tres de la madrugada. No había podido dormir bien, pero aun así un criado le había despertado a las siete. Había sido orden suya. Dado que Isabel no atendía a razones, no le quedaba otra opción que hacer guardia todo el día, y mejor sería que empezara temprano.

Puso un sillón en la puerta principal y se hizo servir allí el desayuno. Cuando Isabel despertó, se lo encontró en aquel rincón tan malo, tratando de leer el periódico a la escasa luz que entraba desde la escalera. Dio una risotada cruel al verle, pero la cuestión era que con él allí no podía salir. La puerta de servicio estaba bloqueada (Rabadán ya se había asegurado de requisar todas las llaves antes de poner el sillón en la principal) y estaban en un quinto.

―¿Te vas a pasar ahí todo el día? ―preguntó ella con desprecio cuando hubo desayunado. Él se limitó a asentir―. Eres despreciable.

La última frase se la dijo con una voz tan cargada de veneno que Rabadán se sobresaltó. ¿Él, despreciable? ¡Si ella atendiera a razones…! Estuvo a punto de levantarse para seguir discutiendo, pero respiró profundamente tres veces y lo dejó por imposible. ¿Quería odiarle? Que le odiara. Pero ella no votaría.

Iba a ser un día duro. Por debajo de la puerta se colaba el frío de fuera y empezaba a estar aterido. Mandó que los criados le sirvieran café y coñac, y que le trajeran una manta. Una vez le obedecieron, se retrepó en el asiento y trató de leer el periódico de la mañana. No iba a poder hacer otra cosa en todo el día, así que más le valía repasárselo de cabo a rabo.

La escalera era de madera, así que oyó los pasos que subían precipitadamente, pero el sonido del timbre en su oreja le sobresaltó de todas formas. Soltó el periódico, apartó el sillón y abrió la puerta. Al otro lado estaba Silvestre, el criado de su madre. Le daba vueltas en las manos a su gorra y parecía demasiado agitado como para sorprenderse de que le abriera la puerta el señor de la casa.

―¡Don Emilio, qué suerte que le encuentro! Pensé que estaría usted…

―Pasa, hombre, pasa ―Rabadán le franqueó la puerta―. ¿Qué es lo que sucede?

―¡Es su madre, señor!

―¿Mi madre? ¿Qué le ocurre? ¡Y baja la voz! ―al otro lado del pasillito que arrancaba desde la puerta ya había empezado a aparecer gente. Vio a su mujer y al criado que le había despertado.

―¡Está muy enferma, no puede moverse de la cama! La tos se agravó estos días y…

―Dime, ¿se ha mandado llamar a un médico?

―Sí, sí, cuando me he ido ya estaba allí el doctor, pero… ¡por favor, señor, su madre quiere que esté usted con ella! Me lo ha pedido… señor, me lo ha pedido llorando ―terminó con un susurro.

Nunca, que Rabadán recordara, había visto llorar a su madre. En un segundo calibró sus posibilidades. Miró a su mujer y supo que sería completamente imposible convencerla de deponer las armas y de que la acompañara a ver a su madre. Es más, fue consciente de que en cuanto él saliera por la puerta ella se iba a ir a votar. Pero ¡maldición! No podía dejar sola a su madre. ¿Y si se moría y…?

Tomó una decisión.

―Escucha, Silvestre. Voy a ir ahora mismo a ver a mi madre. Mientras tanto, te tengo que pedir un favor. ¿Ves este sillón? Cuando yo me vaya, siéntate en él y no te levantes hasta que yo me mueva. Mi mujer tiene… tiene una pequeña afección nerviosa ―le susurró al oído al criado― y a veces le da por salir a la calle. Nos da miedo lo que podría pasar, y necesitamos que alguien fuerte le cierre el paso. ¿Sabrás oponerte si ella quiere salir? ―el criado asintió―. Muy bien. Te dejo esa responsabilidad. Volveré en cuanto pueda.

Y se lanzó hacia el interior de la casa exigiendo su ropa. A los pocos minutos, caminaba con rapidez hacia la casa de su madre. Había tomado la mejor decisión. No creía que ninguno de los criados de la casa obedeciera su orden: él era su señor pero Isabel era su señora, y tenían mucho más trato con ella que con él. Pero escoger a alguien externo, y además a un criado de su madre… era una buena decisión. Su mujer no se arriesgaría al escándalo que supondría una pelea, aunque fuera entre criados.

La casa de su madre estaba revuelta. Las vecinas espiaban en el descansillo, y en la propia habitación de su madre estaban tres de sus amigas. Pero cuando él entró en el dormitorio les pidió que se fueran. Rabadán se sentó al lado del cabecero y cogió la mano de su madre, que se la apretó con fuerza.

―Me muero, hijo. Me… muero.

―Ande, madre, no sea usted melodramática ―dijo Rabadán, con alegría fingida―. ¡Si nos enterrará a todos!

―No… no… ―un ataque de tos le hizo medio incorporarse en la cama. Cuando remitió, volvió a tumbarse, jadeando.

―¿Qué le ha dicho el médico?

―Yo qué sé… se me va la cabeza y nunca he entendido nada de su jerga… que me tome estas píldoras ―y señaló con una mano temblona un frasquito que había en la mesilla de noche.

―¿Le apetece que llame a los hermanos? ―Rabadán tragó saliva. No quería pasar por aquello él solo.

―No… tú has sido siempre mi preferido, hijo. En quien puse mayores esperanzas. Quiero despedirme de ti. Por favor, no te vayas. No…

―No me iré, madre. Pero no diga esas cosas. No se va usted a morir…

Estuvieron unos minutos en silencio. De repente, la mano de su madre redujo la presión sobre la suya. Rabadán tragó saliva: ¿y si era verdad que se moría? Pero de repente escuchó un suave ronquido. La anciana, en la semipenumbra del cuarto, simplemente se había quedado dormida. Su respiración se regularizó. Rabadán se fue tranquilizando.

Durante unos minutos que le parecieron horas, Rabadán sostuvo la mano de su madre. Pero de repente un coche dio un frenazo en la calle y doña Amalia abrió los ojos.

―¿Eh? ¿Qué sucede? ¡Hijo…!

―Tranquila, madre. Estoy aquí.

―Creo… creo que he montado un escándalo para nada. No sé qué tengo, pero el médico ha dicho que no es grave y que no me preocupe. Pero me ha empezado a entrar la aprensión, y… ―le salió un sollozo, apenas audible en la oscuridad del cuarto.

―No llore, madre, ande. Sí, me ha dado un susto, pero ya pasó todo…

Parecía que doña Amalia iba a decir algo más, pero de repente sonó el timbre de la puerta del servicio. A Rabadán le importaba muy poco los timbres que sonaran, pero a su madre no. Oyó pasos y pronto la figura de una criada de mediana edad se recortó en la puerta.

―Señora, disculpe las molestias, pero es una criada del conde de Villafranca.

―¿Del conde de…? Creo que nunca he tenido relación con ese señor ―dijo doña Amalia.

―Pide hablar con el señor Emilio ―dijo, con el tono justo de censura en su voz―. Dice que ha estado en su casa y que le han remitido aquí, ¿sabe? Al parecer es urgente. Al menos la cría tiene mucha prisa.

Su madre le concedió la venia con un gesto y Rabadán siguió a la criada hacia una salita donde esperaba Paula, visiblemente nerviosa. Él la miró con incomprensión. Ella le guiñó un ojo de una forma tan evidente que la criada había tenido que verlo. Rabadán tragó saliva.

―Soy Emilio Rabadán. ¿Me… me buscabas? ―logró recomponerse.

―Sí, señor Rabadán. Me manda mi señor con un recado. Un recado que tengo que darle en privado ―y señaló con un gesto de la cabeza a la criada, que hasta entonces no había hecho ademán de salir de la habitación.

―Salga, por favor ―le pidió Rabadán. La mujer, tras mirar una última vez con desprecio a la criadita, salió de la habitación―. ¿Qué pretendes? ¿Buscarme una ruina? ¿Cómo vienes a buscarme así, y encima diciendo que vienes de parte de tu señor? ¡Como se entere…!

―Disculpa ―susurró su amante, de repente avergonzada―. Pero tenías que saberlo. Yo… verás, estaba limpiando los cristales de mi casa cuando de repente he visto pasar a tu mujer.

―¿A mi mujer?

―¡Sí! Iba muy rápido, en dirección al colegio electoral, o como se diga. He ido a tu casa, pero…

¡El colegio electoral! ¡Allí estaban García y Eleuterio, como interventores designados por el Partido Radical! Como vieran a su mujer votando, adiós a su reputación. ¡Eleuterio le iba a encasquetar los versos de Góngora hasta que le salieran canas en el bigote!

Volvió al cuarto de su madre, ante la cual balbuceó una excusa, y salió de la casa. Bajó a toda prisa las escaleras y cuando llegó a la calle empezó a correr. El colegio electoral estaba en la otra dirección: tenía que pasar por la puerta de su casa, cruzar un parquecito y ya estaría. Durante los primeros minutos corrió a toda la velocidad que pudo, pero muy pronto el sudor, la falta de hábito y la sensación de estar haciendo el ridículo le hicieron parar. Cuando pasó por delante de la puerta de su casa ya estaba jadeando, y al llegar al parquecillo tuvo que pararse.

Se sentó en un banco y consultó su reloj. ¿Cuánto tiempo había tardado Paula en encontrar una excusa para escaquearse de sus labores, en ir a su casa, en ir luego a la de su madre…? ¿No le había dado tiempo de sobra a Isabel para llegar al colegio electoral y emitir su voto? Con horror, se dio cuenta de que sí. Daba igual lo mucho que corriera: probablemente su mujer ya había votado o estaba a punto de hacerlo. Y lo que no podía hacer era presentarse como un energúmeno ante la mesa y sacarla de allí a rastras.

Había fracasado. Había fracasado y todo el mundo lo iba a saber. La conciencia de ese hecho tan simple le golpeó. Hundió la cabeza entre las manos. Cielo santo, cielo santo… se iban a estar burlando de él durante años.

Oyó pasos detrás de él y, sin mirar, supo que se trataba de Paula. Su amante se sentó en el banco, a su lado, y le tendió la mano. Rabadán se la apretó sin pensar demasiado. El tacto de la joven piel le reconfortó. Y muy pronto se encontró estrechándola en sus brazos, dándole un beso desesperado. Se abrazaron con fuerza, con pasión, con desesperación, mientras se comían mutuamente.

El grito ahogado de su mujer le devolvió a la realidad.

Giró la cabeza. Allí estaba Isabel, mirándole con una expresión que, de nuevo, no supo reconocer. Y, lo que era peor, iba flanqueada de García y de Eleuterio. Sus amigos le miraban, el mayor con sorpresa y el segundo con ironía. Otros transeúntes se paraban también a mirar. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que Isabel se acercó a él y le dijo, con un tono de voz audible para todo el mundo:

―Adulterio en público y ante testigos. Cuando dije que ya se me ocurriría algo para que me dejaran divorciarme de ti no pensaba que me lo fueras a poner tan fácil. ¡Enhorabuena! ―se dirigía ahora a Paula―. Te quedas con un ejemplar excelente. Disfruta de él mientras te dure.

Y se marchó, flanqueada de nuevo por sus amigos. La incipiente multitud que se había formado previendo una bronca se disgregó rápidamente. Y muy pronto en el parque sólo quedaron Emilio Rabadán, con su vida y su reputación completamente destruidas, y su amante Paula, cuya sonrisa de felicidad le quemaba como si estuviera hecha de fuego.

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Miércoles 15 de noviembre de 1933. 22:15.

―Algo se me ocurrirá. Te recuerdo que la que ha estudiado Derecho soy yo. Ahora, por favor, si sales de mi habitación…

Su marido había salido del cuarto, dubitativo, e Isabel por fin se había quedado sola. Cómo odiaba aquellas broncas. Y, sin embargo, eran cada vez más frecuentes. Cada semana tenían una fuerte, que se desbrozaba en otra pequeña cantidad de desacuerdos menores, los cuales constituían a su vez la materia prima de la que se nutría el siguiente chaparrón. Era un ciclo del que no sabían salir… e Isabel no estaba muy segura de que él quisiera hacerlo. Al fin y al cabo, después de cada pelea, ella acababa obedeciendo. Sin doblegarse, pero obedeciendo.

Sin embargo, lo del voto había sido demasiado. Ella se había casado enamorada, con un hombre moderadamente progresista, que se suponía que apoyaba sus ansias de libertad intelectual… y en esto había quedado. En apostarse con sus amigos del café si le iba a dejar votar o no. Porque estaba segura de que había sido algo así: “¡pues mi mujer no vota!”, y ahora se empeñaba en que no votara. Qué lástima de hombre, qué degradación. Con lo que él había sido.

En fin. Tal y como ella lo veía, tenía dos problemas: a corto plazo, conseguir votar; a largo plazo, lograr el divorcio. Se dio cuenta, con cierta sorpresa, de que acababa de tomar esa decisión. La idea de disolver el matrimonio con Emilio llevaba ya cierto tiempo rondándole por la cabeza, pero no acababa de decidirse. Pero en algún momento durante las últimas tres horas algo había hecho “clic” dentro de ella. Toda la miseria moral de su marido había quedado al descubierto. Ya no quería seguir casada con él.

Se tumbó en la cama y empezó a pensar. Al rato, con un plan ya esbozado en su cabeza, se quedó dormida.

Jueves 16 de noviembre de 1933. 10:00.

Isabel se despertó pronto. Durante la noche su plan había madurado en su cabeza y estaba más que decidido a llevarlo a cabo. Desayunó rápido y salió de casa cuando su esposo estaba todavía en la mesa. Con paso rápido se dirigió a casa de doña Amalia Martínez.

Al contrario de lo que mandaban las coplas, Isabel y doña Amalia siempre se habían llevado bien. En su suegra Isabel había encontrado una sorprendente aliada para hablar de la frustración de su matrimonio. Doña Amalia recordaba demasiado bien su propia vida con el funcionario Rabadán, que había sido tan insoportable como su hijo menor, como para no compadecer a su nuera.

Doña Amalia siempre le decía a Emilio que él, al ser su hijo pequeño, era su preferido y en quien había puesto las mayores esperanzas. Pero sólo con Isabel hablaba de la segunda parte de la frase: de cómo había defraudado todas aquellas expectativas para convertirse en un tiranuelo doméstico, enfatuado y corto de miras.

Así que cuando Isabel fue a su casa aquella mañana, sabía que iba a encontrar apoyo. Doña Amalia recibió la noticia del inminente divorcio con indiferencia.

―Sabes que no te culpo, hija mía. Si en mis tiempos hubiera habido divorcio, de otra forma me habrían ido las cosas. Pero, tengo que preguntarte ―la mujer tosió―, ¿qué es lo que te ha hecho tomar la decisión?

E Isabel se lo contó todo: la pelea de la noche anterior, la apuesta o promesa que ella creía que su marido había hecho, su decisión de votar…

―Y no le sorprenda, doña Amalia, que entre hoy y mañana venga aquí a tratar de convencerla de que no vote. Ayer se le escapó algo referente a su madre.

Su suegra suspiró.

―La verdad es que no iba a votar, pero ahora…

―Hágalo, señora. Hágalo.

―Sí, ahora me parece que aplicaré la técnica que usé siempre con mi marido: decirle a todo que sí y luego hacer lo que me cuadre. El domingo a primera hora iré al colegio electoral ―nuevo acceso de tos―. Aunque no sé a quién, si son todos iguales.

―Su hijo se acabará enterando…

―Ya lo sé ―la anciana le miró, imperturbable―. Pero no has venido aquí sólo para eso, ¿verdad?

―No, la verdad es que no. Doña Amalia ―se apasionó Isabel―, yo quiero votar. ¡Lo he deseado durante años y ésta va a ser mi primera oportunidad! No me gustaría perderla. Necesitaría que entre usted y yo pensáramos en algún medio para sacar a Emilio de casa y que yo pudiera salir un momento…

La anciana pensó un segundo. Volvió a carraspear.

―Qué tos más molesta. Pierde cuidado, hija mía. Me parece a mí que, tal y como está el tiempo, el domingo se me habrá agravado y no podré salir de la cama. Haré llamar al médico y mandaré a que Silvestre avise a mi hijo. No creo que mi hijo sea tan tonto como para encerraros bajo llave mientras viene a verme, y ninguno de los criados de tu casa se atreverá a impedirte la salida en nombre de tu marido, ¿verdad?

―No, claro que no.

―Muy bien. Aun así, mandaré a Silvestre que te obedezca en todo. ¿Estamos arregladas con eso?

―Lo estamos. Gracias, doña Amalia.

Las dos mujeres se miraron con complicidad.

Viernes 17 de noviembre de 1933. 18:00.

Una de las distracciones que tenía Isabel, aparte de las cartas y las conferencias, eran las visitas. Así que no resultó raro que el viernes por la tarde se pasara a tomar un refrigerio con la condesa de Villafranca, que era amiga suya desde hacía años. Sonrió ligeramente cuando la criadita joven abrió la puerta y se sobresaltó al verla.

Paula, así se llamaba. No podía decir que su marido le hubiera roto el corazón acostándose con ella. De alguna manera le hacía gracia, y le parecía hasta tierno que él intentara ocultárselo. ¡Como si no supiera perfectamente que la mayoría de los lunes y una buena parte de los jueves por la tarde no aparecía por su despacho! ¡Como si no fuera evidente que esos días volvía a casa mucho más contento! Una vez confirmada la traición, averiguar la persona había sido trivial.

Lo cierto es que la chica era guapa. Una mujer más vengativa habría hablado con la condesa para que la dejara en la calle, pero de alguna manera Isabel compadecía a la amante de su marido. Parecía lo suficientemente inocente como para haberse enamorado del miserable de Emilio… y bastante mal lo pasaría cuando él la desechara como para además quedarse sin trabajo. El idilio duraba ya varios meses y, en su fuero interno, Isabel no le daba más de unas pocas semanas de duración.

La visita fue agradable, como siempre. Con la condesa siempre tenía temas de conversación, aunque era un poco limitada intelectualmente. Charlaron de labores, de política y de cotilleos, que era un tema inagotable. Y, finalmente, cuando hubieron agotado el té, las pastas y las noticias sobre escándalos, Isabel se levantó para irse. Y, al momento, volvió a sentarse, como si le hubieran fallado las piernas.

―¿Estás bien? ―le preguntó su amiga, alarmada.

―Sí, sí. Es sólo que he tenido un pequeño mareo.

―Quédate un rato más hasta que se te pase, anda ―le ofreció la condesa.

―No es necesario, Virginia ―le respondió Isabel―. He de ir a mi casa; se supone que debería haber estado allí a las nueve y son ya y cuarto. Lo único, tengo miedo de que esto se repita. ¿Podrías pedirle a una de tus criadas que me acompañe? Esa chiquita joven, ¿Paula se llama?, sería ideal.

―¡Claro! ―dijo su amiga con una sonrisa radiante―. ¡Paula, ven aquí! ¡La señora Domínguez te necesita!

A los pocos minutos, Isabel y la criada llegaban a la casa de los Rabadán. El camino había transcurrido en silencio; Isabel se debatía entre el regocijo culpable por la evidente incomodidad de la otra y las dudas a la hora de abordar el tema que quería tratar con Paula. Ya tenía asegurada la posibilidad de votar: ¿no sería muy cruel lo otro? Pero luego frunció el ceño. ¡No, no lo era! Tenía que divorciarse y no había otra manera.

Así que, cuando la criada ya se estaba despidiendo, Isabel le preguntó a bocajarro:

―Dime, ¿mi marido te ha prometido casarse contigo?

La cara de Paula pasó de la sorpresa al miedo, para luego componer una expresión de negación nada convincente.

―No… no sé de lo que me habla, señora.

―Vamos, no te hagas la tonta conmigo. Lo sé todo, y si te digo la verdad, no me importa.

―¿No le importa? ―la chica parecía aliviada.

―No. No sé qué te habrá contado, pero aborrezco a mi marido. ¿Tú le amas? ―ella asintió―. En fin. Responde: ¿te ha prometido que se casará contigo en cuanto se libre de mí? Es común en esa clase de hombres.

―Sí… lo ha hecho. La última vez fue ayer. Me dijo que usted no quería ―terminó con un murmullo.

―Comprendo. Has de saber que te ha mentido. Yo ardo en deseos de librarme de él, y fui yo la que el otro día le planteé un divorcio. Pero no quiere concedérmelo, te diga lo que te diga.

La chica había empezado a llorar.

―¿Y no hay ninguna manera… de que se pueda divorciar usted de él sin que él tenga que aceptarlo?

―Se me ha ocurrido una, y precisamente por eso quiero hablar contigo. Imagínate que yo le sorprendiera, en público, besándose contigo. En ese caso podría alegar adulterio y tendría testigos a mi favor. El juez me lo concedería. ¿Estarías dispuesta a jugar ese papel?

―¿Y así se casaría conmigo?

La chiquilla le miró con esperanza. Isabel tragó saliva. La conversación iba bien, justo como ella había planeado. Era el momento en el que tenía que contar la mentira suprema. Pero descubrió que no podía hacerlo. Puso cara de circunstancias.

―Mira, tengo que desengañarte. Mi marido nunca se casará contigo. Si se divorcia de mí, permanecerá soltero o se casará con otra mujer de su clase social…

―…pero nunca con una criada ―terminó Paula―. Comprendo. Y sin embargo…

―Tienes esperanza, ¿no? De que puedas atraparle si se divorcia. La verdad es que no entiendo qué le ves, pero esa esperanza no tiene fundamento. Lo siento.

Se dio la vuelta, dispuesta a subir por la escalera, pero de repente Paula le llamó.

―Señora, por favor. Me gustaría intentarlo.

―¿Perdona? ―se volvió Isabel.

―Aunque sepa que probablemente no se case conmigo, quiero intentarlo. Pero es imposible. Nunca me besa en público…

―Si todo sale como he planeado, lo hará. Pero no tiene que saber nunca que yo estoy detrás de ello, ¿comprendido?

―Comprendido.

Y aún se quedaron media hora más, ultimando los detalles del plan. Isabel se lo contó todo, desde la prohibición de votar hasta el momento presente. Sólo al final le preguntó Paula:

―Entonces, señora, ¿todo esto lo está haciendo porque Emilio no le deja votar?

―Bueno, ha sido el desencadenante, pero sí. ¿Por?

―Creo… que él tampoco quiere que vote. Me habló de ello el otro día y me convenció de que no lo hiciera.

Isabel sintió crecer la indignación. ¡O sea, que en la apuesta también había metido a aquella pobre niña!

―Y tú, ¿qué quieres hacer?

―Ahora no lo sé… pero en realidad creo que podría sacar un hueco. ¡Quizás, si voto a los radicales, Emilio me quiera más! ―y sonrió con ingenuidad.

Isabel ahogó un suspiro. Bueno, por algún sitio se empezaba.

Domingo, 19 de noviembre de 1933. 15:00.

Isabel volvió a casa sola: los amigos de su marido le habían servido de testigos, pero se libró de ellos en cuanto le fue posible. Los había reclutado cuando se dejó invitar a comer, pero en cuanto hubieron visto lo que tenían que ver, se fue a su casa con la excusa de que necesitaba reflexionar. Ninguno de los dos le caía particularmente bien.

Todo había salido según lo previsto, pero su victoria era agridulce. Había votado y pronto se libraría de su marido, pero no podía evitar la sensación de que se había aprovechado de la inocencia de Paula y que, en menor medida, había engañado a doña Amalia. Al fin y al cabo, ella no sabía nada de los amoríos de su hijo, que ahora eran la comidilla de todo Madrid. Por Emilio, por el contrario, no sufría. Había aguantado ya demasiado por él.

En fin, era el momento de pensar en las cosas buenas. El viernes, antes de hacer la visita a la casa de la condesa, se había entrevistado con el señor Zarrapamundi. Se trataba de un abogado bilbaíno, progresista a machamartillo y republicano a ultranza, con el cual ya había mantenido algún debate sobre temas jurídicos. Pero la entrevista del viernes había sido de un tenor muy distinto: le había pedido trabajo. Al fin y al cabo, si iba a divorciarse, de algo tendría que vivir.

Zarrapamundi había aceptado. Más aún, se había entusiasmado con la idea. De momento sería pasante, pero quedaba abierta la posibilidad de ascender a abogada en un futuro no demasiado lejano. Le hacía mucha ilusión. Pero bueno, recrearse en el futuro quedaba para luego. Ahora tenía que trabajar en el primer encargo que le había mandado su futuro jefe.

Isabel desplegó ante sí papel, recado de escribir y un texto legal que ya tenía anotado y subrayado. Con una sonrisa calmada, comenzó a redactar el borrador de su propia demanda de divorcio.

El 19 de noviembre de 1933 se celebraron las primeras elecciones generales de la naciente república española. Eran las primeras en las que podían votar las mujeres, y volvieron a salir a la palestra los mismos argumentos que se habían cruzado durante el debate constitucional: que la mayoría de las féminas no estaban educadas y votarían según el criterio del cura y del marido, por lo que el voto sería mayormente antirepublicano.

 La victoria de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), con 115 escaños de 473, y el desplome de las opciones de izquierda (el PSOE perdió 56 diputados, el PRRS 60 y AR 21) pareció dar un apoyo parcial a ese argumento. Eso no explica, claro, por qué tres años después la izquierda arrasó en las elecciones. La realidad es que el sistema electoral republicano era muy peculiar, porque magnificaba los cambios en el electorado: cambios muy pequeños en la distribución del voto llevaban a cambios enormes en la composición de las Cortes. Se fomentaban las grandes coaliciones, pero a la vez había mucha atomización. En fin, el hecho es que  la derecha ganaba cuando se presentaba unida y la izquierda no (como en 1936) y perdía si se daba la situación inversa (como en 1936).

El Partido Republicano Radical, al que pertenece en la ficción Emilio Rabadán, es un ejemplo curioso de cómo el nombre permanece aunque cambie la cosa. En época de la república, no era más que un partido de centro moderado. Tras las elecciones de 1933, fue el segundo con más escaños. Su líder, Alejandro Lerroux asumió el gobierno con el apoyo de la CEDA, de entre cuyas filas reclutó ministros al año siguiente. En 1936 el partido se hundió (pasó de 102 a 5 escaños) y Lerroux se quedó fuera del Parlamento. Tras el estallido de la Guerra Civil, Lerroux acabaría apoyando a Franco.

Curiosamente, y pese a que el PRR votó en contra del sufragio femenino en 1931, su principal defensora, Clara Campoamor, militaba en sus filas.

Por cierto, los versos de Góngora citados (“Siendo como un algodón / nos jura que es como un hueso”) le causan tanta vergüenza a Rabadán porque parece que se refieren a un tipo con impotencia sexual que, para esconderla, se almidona hasta el bigote.

 

La batalla de la calle Cable

David trataba de aguantarse las lágrimas, pero no podía. Las palabras de Eileen le habían herido como látigos. Ella, que normalmente era una persona muy dulce, sabía cómo hacer daño cuando se enfadaba. Y la bronca había sido apoteósica.

—No tienes sangre en las venas. ¿No hay nada que te interese o qué? Los chicos de nuestra edad, tus propios compañeros de clase, tienen aficiones, intereses, una ideología política, ¡algo! Tú no. Te limitas a estar ahí, estudiando para conseguir una plaza en alguna escuela de ingeniería… ¡en la cual seguirás estudiando sin levantar la vista del papel! ¿Es esa la vida que me espera si me caso contigo? Pues me niego, ¿lo entiendes? ¡Me niego! —y luego había rebajado el tono y, con dolor y con cariño, había dicho lo peor de todo—. Te quiero mucho, Dave, y eres un chico genial. Sé que serías un buen marido, pero… contigo me aburro, y no me imagino una vida a tu lado. Lo mejor será que dejemos de vernos. Adiós.

¿Qué se dice contra eso? ¿Qué se argumenta cuando la chica a la que amas te dice que le aburres? Alguien con más ímpetu, se decía David, la habría estrechado entre sus brazos, la habría besado en la boca como en los galanes de las películas y se la habría llevado en su barco a recorrer mundo. Pero él no tenía un barco. Ni siquiera era mayor de edad; sólo un chico tímido que no tenía todavía edad suficiente para enrolarse en el ejército, labrar su fortuna o realizar ninguna heroicidad.

Así que se había quedado ahí plantado, en el parque, mientras ella se le escapaba. Y luego había empezado a caminar por Londres, cada vez más rápido y lleno de furia hacia sí mismo. Si tan sólo pudiera ser tan valiente como lo eran su hermano o alguno de sus amigos… pero a él le asustaban hasta las peleas callejeras. Nunca se había metido en ninguna; siempre huía. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a obrar de otro modo? ¿Qué sentido tenía jugarse así la piel?

Estaba a punto de echar a correr cuando una mano le agarró del brazo y le arrastró hacia el interior de un local. Era un pub de obreros, lleno de humo.

—¡Tú no te me escapas, chaval! —dijo una voz ronca que conocía muy bien. Era John, uno de sus amigos, un chico algo más mayor que él que siempre estaba de taberna en taberna y de mitin en mitin. Normalmente le gustaba su compañía, pero hoy…

—Escucha, John, ahora no me apetece. Mejor nos vemos otro día, ¿eh? —dijo, intentando zafarse. Pero su amigo le arrastraba hacia la barra con mano de hierro. El local estaba lleno, pero John se abría paso con los codos.

—¡Matt, ponme otra, y una más para mi amigo! —el camarero, un ser gigantesco que respondía al estereotipo de escocés borracho, asintió y sirvió dos pintas de cerveza mala. Se las dejó en la barra con un golpe.

—John, escucha, gracias por la cerveza, pero… —ésa era otra. Contra personalidades tan fuertes como la de John, David siempre sentía que se hacía más pequeño. Su amigo era simpático, pero siempre acababa pasándole por encima.

—¡Bebe, bebe, lo vamos a necesitar! Te he visto venir y he decidido cogerte por el brazo. Con nosotros estarás seguro. ¿Verdad, compañeros?

La última frase la dijo gritando, y los clientes del bar rugieron, aunque no podían haber escuchado el resto del diálogo.

—Pero ¿qué sucede? ¿Qué pasa hoy?

John le miró como se miraría a una nueva especie.

—Pero hombre, ¿no lo recuerdas? Si Londres está lleno de carteles, al menos los que no hemos podido arrancar —dijo con una sonrisa salvaje—. ¡Hoy es la marcha de los fascistas! O lo será si no se lo impedimos. ¡No pasarán!

Nuevo rugido.

Joder, la marcha de los fascistas, no se acordaba. Y eso que en la radio lo habían recordado esa misma mañana y que sus amigos no dejaban de hablar de ello. “Es una demostración de fuerza”, decían los más radicales, John entre ellos. “Quieren hacer lo que Mussolini hizo en el 22: intimidarnos, tomar el poder y proclamar la dictadura”. La posición de David, junto con la de la mayoría de sus amigos, era mucho más conciliadora.

—Pero John, ¿se la vais a impedir? ¿Por la fuerza? ¡Si el Gobierno la ha permitido!

—¿Y a nosotros qué nos importa el Gobierno? —John escupió en el suelo de la taberna—. Conservadores, liberales, son todos la misma mierda. ¡Pues claro que autorizan la marcha de los fascistas! Y le darán una escolta policial para impedir que la frenemos. No les va a valer de nada. ¡Mira!

En el bar seguía entrando gente. Había obreros que parecían haber venido de toda Gran Bretaña: se podían oír todos los acentos del país. Justo en ese momento llegaron tres mineros galeses, que inmediatamente se incorporaron a una mesa repleta de lo que parecían obreros de construcción. Al lado de John y David se sentaba un ruidoso grupo de marinos con acento de Cornualles. Cada nueva incorporación era saludada con voces de camaradería, aunque era obvio que los recién llegados no conocían a nadie.

—¡Y esto es sólo en este pub! —dijo John, satisfecho, mientras apuraba su cerveza—. ¿Sabes cómo están las iglesias católicas, llenas de obreros irlandeses cada vez más cabreados? ¿Y las sinagogas? La marcha va a pasar por el East End, al fin y al cabo. Es una provocación en toda regla.

—Pero ¿vais a caer en ella? —logró meter baza David. Cada vez era más difícil hacerse entender por encima del ruido del local—. ¡Es una locura! Vale, no apoyáis al Gobierno, pero ¿sabéis que os vais a enfrentar contra la Policía? ¡Podéis acabar detenidos, o heridos! ¡O muertos!

 Nueva mirada de incomprensión por parte de su amigo.

—¿Y qué más da? David, ¿no lo entiendes? ¡Esta gentuza gobierna en Italia, en Alemania y en Portugal! Tienen gobiernos amigos en Hungría y en Austria, y mira lo que están intentando hacer en España. ¡Se están quedando con Europa! Sabes cómo es aquello, has leído los reportajes. ¿Quieres algo así en nuestro país?

—Bueno… evidentemente no, pero eso no puede pasar aquí.

—Ah, ¿no? ¿Y por qué? —preguntó John.

—¡Sería ridículo! En Inglaterra nunca ha habido monarcas absolutos ni dictadores. ¡Tenemos demasiado arraigada la costumbre de cuestionar al gobierno!

—¿Y qué te crees que estamos haciendo nosotros? —dijo John, con una sonrisa un poco lobuna—. Cuestionamos la decisión del Gobierno de permitir que esta gentuza se manifieste, la encontramos equivocada… ¡y la revocamos con el poder popular! Ni más ni menos.

David le miró con escepticismo, y John siguió hablando, casi a gritos.

—Si en este país nunca hemos sufrido una tiranía durante mucho tiempo no es porque estemos libres de ello por mandato divino, Dave, sino porque nos lo ganamos. Porque nos organizamos y, cuando es necesario, salimos a la calle. Desengáñate. El fascismo puede llegar aquí salvo que se lo impidamos. Y eso es lo que vamos a hacer.

De repente, un rumor se extendió por el pub. “Ya empieza, ya vienen, la marcha ha comenzado”. Gritos exigiendo la cuenta, peniques cayendo sobre la barra, pies caminando hacia la puerta. David trató de escabullirse mientras su amigo pagaba, pero John volvió a agarrarle. Ya en la calle, hizo un último intento de huir.

—Oye, John, todo lo que me has contado está muy bien, pero yo me voy a ir a mi casa, ¿vale? Eileen me ha dejado y, con sinceridad…

—¿Te ha dejado? —su amigo le miraba con asombro—. ¡Pero si erais tal para cual, el uno para el otro! ¡Si todo el mundo decía que os veía casándoos y teniendo doce hijos, uno detrás de otro!

—Anda, John, menos bromas. Dice que soy aburrido, que no me comprometo con nada…

—Bueno, no es para tanto. Es cierto que siempre estás con la cabeza en un libro y que sólo sabes hablar de ingeniería… pero de ahí a llamarte aburrido va un trecho, ¿eh?

—Eres único animando a la gente —respondió David, sombrío.

—Mira, te diré lo que vamos a hacer. Te vienes ahora a la manifestación y luego, cuando les hayamos demostrado a esas ratas de qué pasta estamos hechos los ingleses de verdad, nos corremos una juerga. ¿De acuerdo? —y, sin esperar respuesta, le arrastró entre la multitud.

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Los fascistas avanzaban por la calle Cable. John y David, que ya no tenía voluntad para oponerse a su amigo, se habían logrado subir al tejado de una casa abandonada para ver la manifestación. Era como un desfile. Miles y miles de fascistas vestidos de negro marchaban en formación, coreando consignas e himnos. Muchos llevaban banderas rojas con rayos. Cada pocas líneas caminaba un hombre con pinta de organizador, que vigilaba que los manifestantes no se salieran de la fila.

Había casi más policías que fascistas. Formaban un delgado cordón entre la marcha y los miles de curiosos que la observaban. La mayoría iban a pie, pero en puntos concretos esperaban retenes de jinetes. La tensión podía cortarse con un cuchillo.

—Míralos… basura. ¡Mira, ahí va Mosley! Nuestro Führercito local… —dijo John con desprecio. Oswald Mosley, el jefe de la Unión Británica de Fascistas, caminaba cerca de la mitad de la manifestación, con toda su plana mayor—. ¡Eh, Mosley, muérete!

—Cállate, hombre —dijo David, escandalizado.

—Déjame en paz. Ese tío es asqueroso. ¡Mosley, rata, ve a lamerle las botas a Hitler!

—¡Te van a oír!

—¡Que me oigan! ¿Es que hay alguna ley que prohíba llamar rata a una rata? ¡Venga, vamos, van a llegar a la barricada y hay que estar allí!

Se bajaron de la casa abandonada, salieron por el jardincito trasero y corrieron por las calles laterales. La manifestación no iba a salir de la calle Cable. En la esquina con Christian se había levantado una barricada, y detrás había antifascistas por lo menos hasta Dock. Simplemente no había espacio para que los manifestantes siguieran adelante, incluso aunque las personas que ocupaban la calle no hubieran sido la cabreada mezcolanza de obreros, anarquistas y judíos que eran. Si la Policía intentaba disolver aquella concentración, iba a haber violencia. Y se dirigían de cabeza a ella.

David fue consciente de ese hecho justo cuando su amigo empezaba a decelerar, constreñido por la presión de la masa cada vez mayor de gente. Le llamó la atención.

—Escucha, yo me voy a casa. No quiero llevarme un palo.

—¡Pero hombre, si ahora es justo cuando hay que estar aquí! ¡Tenemos que actuar todos! ¿No quieres ser uno de los hombres que derrotó el fascismo?

—¡No quiero que una piedra perdida me alcance, muchas gracias!

—¿En serio? ¿Tienes miedo a un golpe? ¿Y si ellos ganan qué te vas a llevar? No va a ser sólo una contusión, ¿sabes? —su amigo estaba agitado, más incluso que cuando soltaba soflamas en la taberna.

—¡Me da igual, John, joder! Yo sólo quiero estudiar, hacerme ingeniero y hacer el trabajo de cada día sin meterme en política. ¿Qué más me da a mí que manden conservadores o fascistas?

Un par de obreros irlandeses le miraron con odio. David se sobresaltó y volvió la mirada hacia su amigo, esperando comprensión. No la halló. John le observaba con desprecio.

—Muy bien, pues —dijo—. Lárgate. Espero que te rinda la tarde de estudio y que saques muy buenas notas en el próximo examen —y luego, una mirada de arriba abajo y un último dardo—. Qué bien ha hecho Eileen en mandarte a la mierda. Cobarde.

—¡Espera! —dijo David, pero John ya se perdía entre la multitud. Seguirle habría implicado meterse más en el follón, y no quería.

Se alejó de la muchedumbre. Ese John, ¿quién se creía que era, juzgándole así? Que él disfrutara poniéndose en peligro para alterar el orden no quería decir nada. Menudo discurso tan estúpido le había soltado. Que la gente salía a la calle cuando quería conservar su libertad… ¡sí, seguro! Se fiaba más del primer ministro, de la Policía y de la buena cabeza de los votantes. En Reino Unido no habría nunca un Estado fascista.

Sin darse cuenta había hecho un círculo. No conocía bien las calles de aquel sector de Londres, y debía haber torcido por donde no era, porque estaba en la parte de arriba de una cuesta y más abajo volvía a divisar la calle Cable. Era la zona de los fascistas; los camisas negras estaban parados. Por allí no había apenas obreros ni curiosos.

Se dio la vuelta para tratar de buscar el camino a su casa, cuando de repente en la calle se oyó una algarabía de gritos y consignas. Volvió a mirar la manifestación. Los fascistas ya no estaban quietos. Se habían disgregado y lanzaban piedras. El cordón policial parecía haberse roto, y unos cuantos camisas negras subían por la cuesta hacia donde estaba él.

David corrió, sin saber hacia dónde. En un momento dado le pareció haber retrocedido. Un grupo de obreros, uno de ellos con una bandera roja, le adelantó. Dos de ellos llevaban porras y uno cojeaba de manera más que ostensible. Al final, todos ellos se detuvieron en un soportal.

—¿Qué… qué ha pasado? —preguntó David, sin resuello.

—¡Ha sido glorioso! —dijo el de la bandera, riendo—. ¿Tú dónde estabas, camarada?

—Yo… en una de las calles del lateral. No he visto nada.

—¡Te lo has perdido, entonces! La marcha ha llegado a la barricada. Nosotros estábamos detrás, con piedras escondidas en los bolsillos. El capitán de la Policía se nos ha acercado. “Quitad esto, por orden de Su Majestad”, ha dicho. La gente se ha reído. “¿Quién es vuestro jefe? Que ordene que lo quiten”, ha vuelto a decir.

—Y entonces —dijo el que estaba cojo—. ¡Le han escupido en la cara! Una chica se ha adelantado, le ha escupido y ha salido corriendo.

Todos rieron, y el de la bandera continuó con el relato.

—Tengo que decir que se ha limpiado con mucha dignidad, ¿eh, camaradas? —nueva risotada—. Y luego ha ordenado a sus agentes que desmontaran la barricada. Y ahí ya no podíamos permitirlo, claro.

—¡Cómo volaban las piedras! —volvió a meter baza el herido—. Yo creo que he descalabrado a alguno de ellos. A mí me han dado en la pierna, pero ha merecido la pena.

—Y nada, después de eso ya han empezado los palos. Los policías han sacado las porras y han asaltado la barricada. Hemos empujado y les hemos echado hacia atrás, policías y fascistas unidos… ¡son la misma mierda! —terminó por gritar el de la bandera.

—¡Yo me he emocionado! —dijo un tercero—. Judíos con barba, obreros irlandeses católicos, comunistas ingleses… todos juntos para detener el fascismo. ¡Es bonito, joder!

—Pero entonces… ¿por qué corréis? —preguntó David.

—¡Porque los policías han vuelto a cargar, y aquello se ha vuelto un infierno! Los chicos estaban presionando por las calles laterales, y nos hemos vuelto a ver si podíamos ayudar. Pero no conocemos Londres y creo que nos hemos perdido un poco… ¿nos podrías orientar, chaval?

—No soy de este barrio, lo siento. Además, yo…

Justo en ese momento llegó un chico joven, casi de la misma edad que David, que enarbolaba un palo.

—¡Victoria, compañeros! ¡Victoria! ¡La Policía se retira!

—¿Qué? —gritaron los obreros.

—¡Lo he visto! ¡Les caen palos por todas partes, y han dado la orden de retirarse! ¡Salen por las calles laterales!

—¡Bien, joder, bien! —dijo el de la bandera—. ¿Y los fascistas?

—¡Se dispersan, están yendo hacia Hyde Park!

—¡Vamos! —gritó el herido—. ¡A por ellos! ¡Que no quede ni uno en Londres!

—Pero… esperad. ¿A dónde vais? —dijo David, mientras los obreros y el chaval se ponían en marcha—. Habéis… hemos ganado, quiero decir. Ya no se celebra la marcha. ¿Por qué les perseguís?

—¡Ni un fascista vivo, amigo, o por lo menos ni un fascista sano! Su derrota tiene que ser completa. ¡Que se les quiten las ganas de volver a Londres! ¡Que se vuelvan a sus covachuelas locales a lamerse las heridas!—gritó el cojo. Para entonces, todos sus compañeros habían desaparecido, salvo el de la bandera.

El cojo intentó seguirles, pero la pierna le falló. Su amigo corrió en su ayuda.

—Anda, Tadd, vámonos a tomar algo. Tú no estás para perseguir fascistas.

—Déjame. O mejor dicho, ayúdame. Que esto no es nada. Venga, tenemos que ir todos.

—Anda, compañero, échanos una mano. Lleva tú esto, ¿eh? —dijo el obrero que no era Tadd, mientras le tendía a David la bandera—. Soy Will, por cierto.

David se presentó. ¿Cómo se las apañaba para acabar siempre metido en aquellos fregados? Ahora que le habían dado la bandera, no tenía ánimos para soltarla e irse de allí. Era estúpido. Aquellos dos hombres eran desconocidos. Nunca volvería a verlos, ni siquiera eran de la ciudad. ¿Qué le impedía salir corriendo y largarse a su casa? Nada. Pero no quería que le volvieran a llamar cobarde. Y el tal Tadd sería el primero en hacerlo.

Paradójicamente, Tadd era el más rápido de los tres. Su cojera no era grave, simplemente algo de dolor en el punto donde le había impactado la pierna, y blandía un palo que había encontrado en el suelo. A veces le fallaba levemente el andar, y entonces Will, que caminaba a su lado, le sostenía durante un momento. David iba detrás de ellos, como el abanderado de un desfile incoherente.

Y de repente, lo vieron. Fue al torcer una calle. Justo en la esquina, dos camisas negras apaleaban a un anciano con pinta de judío. Llevaban porras, y David pudo ver que una de ellas parecía manchada de sangre. El pobre hombre estaba en el suelo, protegiéndose la cabeza de las patadas y los palos que le caían encima.

Tadd lo vio y, con un gruñido inarticulado, se lanzó contra los fascistas. Uno de los camisas negras le recibió con un porrazo en la rodilla, que le derribó. Will, mientras tanto, se lanzó encima del otro y le propinó un directo en la mandíbula. Los cuatro hombres empezaron a pelearse. Tadd, desde el suelo, mordió salvajemente la pantorrilla de su agresor y se llevó un bestial pisotón que le volvió a tirar al suelo.

Los obreros iban perdiendo. Después del golpe inicial, el camisa negra que se había llevado el puñetazo de Will se había repuesto y trataba de acertarle con la porra. El obrero le esquivaba, pero tenía a su vez al otro fascista a la espalda. Sólo la intervención de Tadd, que atacaba desde el suelo con rabia animal, había impedido que le diera un porrazo en la nuca. Pero en algún momento Tadd caería y entonces Will también lo haría.

David estaba paralizado. Todos sus instintos le gritaban que huyera, que se largara de allí antes de que los fascistas derrotaran del todo a sus nuevos amigos y se fijaran en él. Pero algo le mantenía clavado al suelo. “Cobarde”, gritaba John. “No tienes sangre en las venas”, decía Eileen. Ambos le despreciaban, y le despreciarían aún más si no se lanzaba a la pelea.

Y, sin embargo, su instinto de conservación era más fuerte. Lo sentía mucho, pero no se había metido nunca en una pelea y no iba a empezar ahora. No quería acabar herido.

Fue el grito del viejo judío el que le impidió huir. Le vio caer de nuevo, por un golpe mal dirigido de uno de los fascistas fascista. El hombre pedía ayuda en algún idioma que no era inglés. David no lo entendía, pero sí era capaz de comprender sus lágrimas y su mano tendida hacia él. Calibró sus opciones. La pelea entre Will y su oponente se había desplazado media yarda a la derecha, y Tadd estaba medio en pie, con lo que absorbía toda la atención del otro. Era el momento.

Sosteniendo aún la bandera, David se lanzó hacia el grupo de hombres, se arrodilló y aferró la mano del judío. El viejo le apresó como si fuera un rapaz. Y entonces pasaron demasiadas cosas muy rápido. Vio cómo una porra bajaba en su dirección y, en un movimiento reflejo, se tapó la cara con el brazo que sostenía la bandera. Un dolor lacerante recorrió su brazo, pero parecía que la bandera había parado lo peor. Su enemigo levantó la porra, apuntando esta vez hacia la cabeza. David valoró sus opciones: no podía huir, y si rodaba le atraparían igual.

Se puso de pie y tiró la bandera contra el fascista. El camisa negra, sorprendido, reculó medio paso y trastabilló. Tadd, que tenía la cara llena de sangre, aprovechó para levantarse y, con el impulso, empujó a su oponente. El fascista cayó al suelo y Tadd le pisó en los testículos. El hombre chilló como un cerdo.

La calle se estaba empezando a llenar de gente, y algunos tenían aspecto de obreros. El fascista de Tadd lo notó, se levantó y salió corriendo, primero a cuatro patas y luego, cuando pudo incorporarse, a dos. El de Will le lanzó un último puñetazo fallido y se unió a él. Will escupió en su dirección, dio dos pasos y luego se derrumbó contra la pared. Un par de vecinos corrían ya en su dirección.

Le dolía el brazo, pero aquello no era nada. Tadd estaba cubierto de sangre, y el pobre anciano judío no dejaba de llorar. David se sentó a su lado, tratando de consolarlo.

—Venga, abuelo, que ya han llamado a los médicos, que esto no es nada. Se va a poner usted bien —el otro seguía llorando. David ni siquiera sabía si entendía el inglés.

El ruido de una ambulancia. Dos fornidos enfermeros se llevaron a Tadd, y otros dos al viejo judío. Consideraron que Will y David no estaban tan mal, dadas las circunstancias, y se fueron. Varias personas de la multitud, entre ellos unos cuantos judíos, se acercaron a los dos jóvenes. De repente David se hallaba estrechando manos y recibiendo abrazos.

Y en un momento dado, una mano cuyo tacto conocía bien le aferró el brazo derecho, al tiempo que alguien le daba un beso suave en la mejilla. Se volvió sólo para ver la cara de Eileen, que le miraba con los ojos brillantes.

—He llegado justo cuando le tirabas la bandera. Has estado magnífico.

Y un segundo beso, esta vez en los labios.

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Pasaron dos días. Londres se recuperaba de los efectos de la batalla. Los camisas negras habían vuelto a sus guaridas y ya no volverían a sacar la cabeza, ni siquiera de forma puntual. Aunque entonces no podía saberse, el riesgo de una dictadura fascista había desaparecido por completo en el Reino Unido. Las organizaciones obreras y los jóvenes judíos se apuntaban una victoria más que merecida.

David, sin embargo, estaba preocupado por un problema más inmediato. Tenía su primera cita con Eileen. El día de la batalla en la calle Cable apenas habían podido hablar: era demasiado urgente ir al hospital. Ella le había acompañado hasta la sala de espera, pero se había tenido que quedar fuera mientras le enyesaban el brazo y a la salida no estaba. Al parecer, su familia sólo le había permitido ir a la manifestación si volvía a casa a una cierta hora, y la había superado más que de sobra.

Habían quedado para dar una vuelta junto al Támesis, paradójicamente en el mismo parque donde ella había cortado con él dos días antes. David entendía, por la forma en que se estaba comportando Eileen con él, que en realidad no habían cortado. Él, desde luego, estaba feliz con la situación. Pero era necesario hablar de su relación… y para eso habían quedado.

La primera parte del paseo fue silenciosa. Eileen caminaba a su derecha, al contrario de lo que era común en ella, porque así podía cogerle del brazo. Efectivamente, la escayola no le permitía otro movimiento.

—Entonces, ¿me viste? —preguntó David.

—Sí, te vi. Estaba tan equivocada… Imagínate, yo estaba enfadadísima porque a veces parece que nada te importa, y de repente te enfrentas a dos fascistas tú solo para defender a dos obreros y a un viejo al que no conoces. ¡Fue increíble! —le brillaban los ojos.

Sería tan fácil, pensó David. Tan fácil. Will y Tadd no eran de la ciudad y no volvería a verles. Tampoco sabía cómo se llamaba el anciano judío. Con sólo mantenerse en silencio, podía dejar que Eileen siguiera creyendo que él había hecho algo más aparte de dejarse llevar. Podía mantener aquel brillo en sus ojos. Y la pasividad se le daba bien, Dios lo sabía. Él no era más que un crío de barrio con problemas para tomar decisiones.

Quizás iba siendo hora de convertirse en un héroe.

—No, Eileen, escucha —se detuvo y le miró a los ojos—. Mira, sé que esto te va a decepcionar, pero… yo no hice nada. Estaba tratando de huir de la manifestación, y me encontré a aquellos dos obreros. Uno me endosó la bandera y les seguí. Se metieron con los fascistas y yo… yo quise huir, pero al final traté de ayudar al viejo. Lo único que quería era sacarle de allí, y lo único que hice fue tirarle una bandera al fascista como acto reflejo. No he hecho nada digno de mención. Soy el de siempre. Lo… lo siento.

Había ido bajando la mirada, para no ver cómo a Eileen se le apagaba el brillo de los ojos. Pero ella le cogió de la barbilla y le hizo alzar la cabeza. Estaba seria.

—¿Tú crees que el David de siempre se habría metido entre un fascista y su víctima? Yo no. Y tú lo hiciste.

—Pero ¡si no lo hubiera hecho, le habría matado! Y no sabes la cara de desesperación que tenía. De verdad, yo no hice más que lo mínimo.

Llegaron a un banco y se sentaron. Estuvieron en silencio unos minutos. Y luego, Eileen habló.

—Escucha, Dave. Creo que el otro día me expresé mal. Cuando te eché en cara tu apatía, no era porque esperara que de un día para otro te transformaras en un temerario, en un aviador de elite o en uno de ésos que se van a intentar escalar el Everest. No quiero que mi futuro marido sea alguien así. Simplemente quiero a un chico con el que pueda hablar de más cosas aparte de sus estudios de ingeniería. Que tenga aficiones y valore las mías, que le importe lo que pasa en el mundo. Que haga cosas. No quiero a alguien pasivo, que se limite a verlas venir.

“Cuando corté contigo, hace dos días, no pensaba que tú pudieras ser esa clase de hombre. Ahora… creo que puedes serlo. Pienso que puedes romper esa especie de cascarón en el que te empeñas en meterte. Que puedes tomar las riendas de tu propia vida. Aunque no seas ningún… héroe mitológico —sonrió—. ¿Estás de acuerdo?

—No lo sé. Creo que puedo intentarlo —y le alargó la mano.

Ella se la cogió.

—De momento me vale.

Atardecía.

La batalla de la calle Cable fue el último acto público del fascismo británico. Como se narra en el relato, una coalición de distintas secciones de la clase obrera –comunistas, anarquistas, judíos, etc. – detuvo de forma violenta lo que pretendía ser una demostración de fuerza. Después de aquello, la Unión de Fascistas Británicos se volvió irrelevante.

Como sabréis si sois pratchettianos, en el Mundodisco existe una calle Cable (en Ankh-Morpork, claro) y en ella ocurren buena parte de los acontecimientos de Ronda de noche, una de las novelas favoritas de los aficionados. El hecho de que los protagonistas de este relato se llamen igual que los padres de Terry Pratchett es, por supuesto, pura coincidencia.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

Marie

       El coche llegó a la granja de los Fontaine cuando ya hacía varias horas que había anochecido. Lo escucharon acercarse, con el sonido del motor cada vez más fuerte. Regine cerró los ojos y sus labios se movieron en una rápida oración, que se cortó cuando el ruido paró abruptamente en el patio delantero. Luego oyeron cómo se abrían y cerraban las portezuelas del automóvil y, finalmente, varios golpes en la puerta. Pierre tragó saliva y se dirigió a la entrada. Una nueva lluvia de golpes, ésta más rápida. Pierre abrió la puerta.

     Los alemanes entraron en la habitación. Eran tres: un oficial, un soldado y un tipo vestido de civil que llevaba una carpeta. Mirándolo mejor, este último no parecía alemán sino francés. El oficial miró por encima a los miembros de la familia y le preguntó al funcionario:

       —¿Están todos? —hablaba en un francés correcto pero con un fuerte acento.

     —Familia Fontaine, cuatro miembros —dijo el civil mientras rebuscaba entre sus papeles. Claramente era francés, y de la región—. Pierre, cuarenta y siete años; Regina, cuarenta y dos; Claire, veinte; Emile, quince.

     —¿Son ustedes? —gruñó el oficial. Pierre asintió—. ¿No hay más familiares? ¿Nadie más en la casa?

       —Había una anciana, la madre de Regina, que murió el año pasado. Además tienen dos hijos mayores, que ahora mismo están enrolados en el ejército —el civil acercó la hoja a la lamparita que proporcionaba luz a la estancia—. Para suplir su falta, trabaja con ellos un mozo, un tal Michel, pero no vive aquí sino en el pueblo, en casa de su madre.

      —Bien. Escúchenme atentamente: hace unas horas, cuando estaba oscureciendo, se ha oído por esta zona el ruido de un avión. Como saben, algunos traidores han estado operando escondidos por aquí, tratando de detener al ejército del Reich. Creemos que el avión les lanzaba suministros o apoyo de algún tipo. ¿Han visto ustedes algo?

       —No… no, en absoluto. Hemos estado toda la tarde en la casa —dijo Pierre.

       —Yo creo que oí el avión, herr oficial —dijo Regina, solícita—. Fue hacia las nueve de la noche, ¿verdad? Pero pasó muy rápido y no oí nada más.

       El oficial les escrutó a todos con cara inquisitiva, pero no parecía con ganas de realizar un interrogatorio formal. Estaba claro que quería estar en cualquier lugar salvo allí, haciendo una investigación entre paletos franceses. Volvió a hablar:

       —Muy bien. Si durante los próximos días ven u oyen algo sospechoso, informen de ello a la mayor brevedad. Les comunico que la pena por ayudar a los traidores es la muerte. Buenas noches.

       Y, tan rápido como había venido, el coche se alejó rumbo a la siguiente granja. Los Fontaine volvieron a sentarse, en silencio. Tres de ellos estaban muy preocupados: aquello no podía traer más que problemas. Pierre y Regina se miraban con miedo. De sus cinco hijos, el mayor había muerto a principios de la guerra, en el desastre del río Mosa. Pobre Pierre, con lo gallardo que estaba con su uniforme de artillero. No querían perder a los demás. Claire, por su parte, había escuchado demasiadas cosas acerca de lo que habían hecho los nazis en tal o cual pueblo lejano.

       Emile, por el contrario, estaba exultante. Porque pocas horas atrás, cuando había ido a echarle una ojeada a las vacas porque los cencerros habían repicado con una fuerza extraña (un incidente tan banal que nadie de su familia lo había recordado durante el interrogatorio) se había encontrado con un ángel. El ángel se llamaba Marie, había venido en el avión y le había encomendado una misión divina: que nadie supiera que estaba en aquel lugar.

       Y de momento la estaba cumpliendo con toda fidelidad.

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       Marie había escuchado con miedo el acercamiento del coche alemán. Tenía una pistola, sí, pero en el coche habría al menos cuatro hombres. Si el crío la delataba estaba perdida. El corazón le había latido con furia, como si quisiera salírsele del pecho. Y luego, de nuevo el ruido del motor, ahora perdiéndose en la lejanía. Había vuelto a respirar a ritmo normal.

       Desde el momento en que se había puesto el paracaídas las cosas no dejaban de salirle al revés. Primero una mala caída al aterrizar, algo que nunca le había pasado durante los entrenamientos. Se había torcido un tobillo; no era grave pero le dolía. El plan original incluía que caminara durante toda la noche y cogiera a la mañana siguiente un tren a Burdeos, donde se cambiaría y empezaría a representar su papel. Pero estando así no le quedaba más remedio que reposar durante unas horas.

       Así las cosas, meterse en un establo le había parecido la opción menos mala. Podía esconderse y vigilar la entrada, algo que no pasaría en pleno bosque. Es cierto que también era una ratonera, pero con el pie así cualquier cosa lo era. Y además amenazaba lluvia. Las nubes eran una de las razones por las cuales el lanzamiento no se había efectuado de madrugada. Se trataba de hacerle aterrizar cuanto antes, para que dispusiera de toda la noche para moverse. Pero ahora, la combinación de lluvia y viento otoñal se le antojaba peligrosa. Sólo faltaría que una neumonía echara al traste con una misión preparada durante meses.

       Por ello había desplegado el plano de la zona, había buscado una granja y se había dirigido a ella. Había tenido la inmensa suerte de que el establo estuviera abierto. ¡Alabadas sean las costumbres pueblerinas! Dentro, tres vacas y dos terneros la habían visto pasar con indiferencia, apenas iluminada por el foco que emitía su linterna militar. El establo tenía un segundo piso, que probablemente se usaría como trastero. Se accedía por una escalera de mano, y hacia ella se había dirigido Marie.

       Ése había sido el segundo problema de la noche. Cuando llevaba tres escalones, el pie malo le falló y cayó al suelo. No hizo mucho ruido, pero las vacas se agitaron y el sonido de sus cencerros llenó la noche. Marie maldijo por lo bajo, se levantó e hizo el esfuerzo sobrehumano de subir al segundo piso. Era una buhardilla con apenas unas pocas cajas y bultos en una esquina. Había un ventanuco que se abría a la fachada del edificio.

       Sus deseos de que nadie hubiera oído la caída no se cumplieron. Al poco rato, una persona entró en el edificio. Aplicó el ojo a un agujero que había entre dos de las tablas del suelo: era un chico joven, casi un crío. Le oyó caminar por entre los establos, calmando a las vacas. Marie contuvo la respiración. El chaval llegó al final del establo y había dado la vuelta ya, cuando de repente se detuvo. Marie volvió a mirar por el agujero. El adolescente estaba agachado, mirando algo en el suelo.

       Marie empezó a sentir pánico. Se palpó los bolsillos. ¿Se le habría caído algo? De repente lo notó. El collar con la cruz de plata que le había regalado su madre, católica ferviente, cuando había cumplido los quince años. Ya no estaba. Quizás se había soltado durante el accidente, y como era tan liviano no se había dado cuenta. A veces se le aflojaba el enganche…

       Empezó a oír pasos en la escalera, y la luz temblorosa de una vela comenzó a iluminar la estancia. ¿Esconderse o quedarse quieta? Daría igual: no podía moverse con sigilo en aquellas condiciones, y además aquello estaba casi vacío. Decidió moverse y afrontar lo que viniera. Con disimulo, sacó la pistola y la dejó detrás de una viga, al alcance de la mano.

       El chaval terminó de subir. Sostenía en su mano la cadenita con la cruz. Efectivamente, tenía unos catorce o quince años, y una cara un tanto peculiar. ¿Sería retrasado? Si fuera así quizás consiguiera engañarle. Empezó a urdir a toda velocidad una historia. A lo mejor no necesitaba usar el arma y podía conseguir que le dejara descansar. “Venga, Marie, piensa”, se dijo mientras el chico abría mucho la boca y los ojos. Pero no tuvo que hablar. El chico lo hizo primero.

       —¿Eres un ángel? —preguntó con sorpresa.

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       El ángel era un ser maravilloso: una preciosa mujer que hablaba con voz suave. Emile nunca había visto a alguien así; por supuesto, le había devuelto su cruz en cuanto se la había reclamado. Ella, con voz queda, le había pedido que no dijera nada de su presencia allí. Tenía una misión que cumplir, y se frustraría si era atrapada. Y había cumplido: cuando el general nazi se había presentado en su puerta había temido que les hicieran daño: cuando veía a los soldados siempre tenía ese miedo. Pero no había sido así, y había pasado la prueba con nota.

       Después de que sus padres y su hermana se fueran a dormir, Emile bajó a la despensa. Seguro que el ángel querría comer algo. Tomó media hogaza de pan, algo de queso, dos peras y uno de los cuatro muslos de pollo en salsa que había en la olla grande, lo puso todo en un plato y lo llevó al establo. Las vacas no se agitaron; ya le conocían. Subió muy lentamente la escalera. Lo hacía siempre todo así, de forma concienzuda: al fin y al cabo, y como no dejaban de repetirle sus padres, dentro de nada sería un hombre. No podía dejar que le cayera nada de comida.

       Una vez en el trastero caminó rápidamente hacia al ángel, dejó el plato a sus pies y se retiró, con reverencia. Marie le miró con agradecimiento y empezó a comer. Se terminó rápidamente el muslo de pollo, mojó el pan en la salsa y terminó con el queso y la fruta. Luego le devolvió el plato. Toda la escena transcurrió en silencio: el ángel no hablaba y Emile tenía demasiado miedo como para hacerlo.

       Sólo al final, cuando ya tenía el plato en la mano, se atrevió a preguntar.

       —¿Habéis venido a salvar Francia?

       El ángel dio un respingo y Emile tragó saliva.

       —¿Por qué lo preguntas?

       —Es lo que dice mi madre. Que Francia ha sido invadida por salvajes, pero que si rezamos a Dios con fe, enviará a un ángel para salvarnos. Y yo tengo mucha fe.

       El ángel le miró con compasión.

       —Sí, mi niño, a eso vengo. A salvar Francia. Pero para eso necesito que seas discreto. Es importante que no digas nada.

       Emile hizo un gesto de impaciencia.

       —¡Si no ha dicho nada! Ni mis padres, ni mi hermana, ni los alemanes han sabido nada. Y te he traído comida…

       —Muchas gracias, mi niño —sonrió el ángel—. Pero no hacía falta. Escucha, ahora tienes que mantener el silencio. Mañana por la noche me habré marchado, pero…

       —¿Me llevarás contigo? —preguntó Emile a bocajarro. El ángel puso una cara extraña, y Emile continuó—. ¡Mi mayor deseo es irme fuera de aquí y ver el mundo, como mis hermanos! Ver París, y las demás ciudades… y verlos a ellos, que se han tenido que ir a luchar con los nazis.

       —Escucha, chico… eso es imposible. Viajo en solitario y…

       Emile sintió que le empezaba a temblar el labio inferior y que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Su padre decía que los hombres no lloraban, pero en ese momento él no se sentía un hombre. Se sentía un crío rechazado. Él había ocultado al ángel, le había traído comida, y ahora… ahora… Una lágrima le cayó por la mejilla.

       —Oye, espera, chico. ¿Quieres viajar conmigo? —se apresuró a decir el ángel.

       —Sí… por favor…

       —Mañana, a esta hora, ven aquí. Nos iremos juntos.

       Cuando Emile se acostó estaba pletórico.

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       Al final no había llovido. Después de amenazar durante horas, las nubes se habían dispersado hacia la una y media de la madrugada. Ahora por el ventanuco del trastero entraba la luz mortecina de la luna menguante. Marie, parapetada detrás de unas cajas que había colocado para que le defendieran de la luz, intentaba dormir. Pero le era imposible. No podía dejar de pensar.

       No estaba segura de si Emile era tonto o si simplemente era un chaval de pueblo, ingenuo y algo inmaduro para su edad. ¿Creería de verdad que ella era un ángel, o sería una forma de expresar otra cosa? Marie había leído, por supuesto, a Freud. ¿Sería la primera vez que aquel chico veía a una mujer que no fuera su madre, su hermana o las catetas del pueblo? A veces se le olvidaba que no todo era París o Londres.

       Lo que estaba claro es que no se le daban bien los niños. ¿Cómo se le había ocurrido aceptar que viniera con él? Por supuesto la promesa era falsa, pero ¿qué pasaría si el chaval le exigía su cumplimiento? Tendría que evitarlo de alguna forma. Y sí, aquello había sido un error, pero ¿qué otra cosa le podría haber dicho? Su vida dependía de la buena voluntad de aquel adolescente. Tenía que seguirle el juego, al menos durante el día siguiente. Una llamada a los puestos nazis de la zona y era mujer muerta.

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       Emile se despertó con el alba. Tenía que ir a los campos, con su padre y con Michel, el mozo de granja. Les esperaba un día duro: había que sacar las patatas de una de las parcelas y, si quedaba tiempo, sembrar de trigo otra de ellas. Los dos hombres y el adolescente trabajaban a destajo y en silencio, como hacían siempre. Pero durante una de las pausas Michel se puso a hablar.

       —Siento estar rindiendo tan poco hoy, patrón. Apenas he dormido.

       —¿Y eso?

       El mozo miró a izquierda y derecha, en un gesto mecánico para comprobar que nadie más podía escucharle. No hacía falta; sólo estaban ellos tres en el campo. Pero tres años de ocupación alemana habían hecho que incluso las personas más francas y abiertas se volvieran precavidas. Michel bajó la voz.

       —Los nazis estuvieron interrogando a un tipo que se aloja en casa. Un comerciante que llegó la semana pasada. Al parecer ayer por la tarde un avión dejó caer no sé qué objeto para la Resistencia, y los alemanes estaban como locos por encontrarlo. Sospecharon de ese hombre y tuvieron alborotada la pensión durante toda la noche.

       —¿Le hicieron daño? —preguntó Pierre, alarmado.

       —No, pero fueron muy insistentes. También nos interrogaron a todos los de la casa, varias veces. Que qué sabíamos de aquel hombre, que si acostumbraba a caminar por el campo, que si le habíamos visto aquel día… una pesadilla. Y al final para nada, porque se fueron sin llevárselo detenido.

       —A casa también vinieron —gruñó Pierre—. Pero fue un interrogatorio muy breve. Tuvimos suerte.

       Hubo una pausa.

       —Estoy harto de alemanes —dijo por fin Michel—. Le juro que si supiera cómo contactar con la resistencia…

       —Calla —ahora fue Pierre el que giró la cabeza a un lado y al otro.

       —¿Por qué? Aquí nadie puede oírnos. Salvo su hijo, y no creo que Emile vaya a traicionarme. ¿Verdad que no, chaval? —y le revolvió el pelo, un gesto que odiaba.

       ¿Cómo iba a él a delatar a Michel? ¡Si él sólo quería que los bárbaros se fueran   ! Se imaginó a sí mismo entrando en París de la mano del ángel y viendo todos aquellos monumentos de los que le hablaba Octave en sus cartas. La torre Eiffel, los campos Elíseos, el maravilloso Sena… Caminarían hacia el cuartel en el que estaban atrapados sus hermanos, donde ya no habría oficiales porque habrían huido. Octave y Louis, que ya se habrían despojado de los uniformes del ejército invasor, le abrazarían y se lo llevarían de vuelta a casa. Y allí los tres abrazarían a Claire, y madre dejaría de sobresaltarse cada vez que oía un ruido fuerte y padre ya no estallaría en cólera a la mínima.

       Tuvo que contener las lágrimas mientras volvía al trabajo. Los hombres no lloran.

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       El chico no le trajo desayuno ni comida. Por suerte, Marie tenía raciones de emergencia. Se suponía que tenía que usarlas como cena el día del lanzamiento y como desayuno el siguiente, pero los intendentes militares habían insistido en que cogiera un par de paquetes extra, y eso era lo que estaba comiendo. De nada le serviría empezar la caminata esa noche si estaba desfallecida.

       Su pie ya estaba bien. Se había despertado con los primeros rayos del sol y había podido comprobar que ya no le dolía. Tampoco estaba hinchado, oscurecido ni nada similar. Incluso había probado a dar un paseo por su refugio, pero la entrada de dos mujeres en el establo (que se tiraron un buen rato ordeñando las vacas) le hizo detenerse. Después de eso no se había atrevido a nuevas excursiones. Se había sentado en la misma escalera donde había dormido y había estado arreglando el collar de la cruz.

       Atardecía cuando el chico volvió a subir por las escaleras. Se le había quedado mirando y le había preguntado a bocajarro:

       —¿Me llevarás a París?

       —¿Perdón?

       —¡Mis hermanos están allí! ¿Me llevarás?

       Joder, que no se echara a llorar otra vez. Marie intentó formar una frase coherente.

       —Mira, yo… lo he pensado mejor, ¿entiendes? No puedo llevarte conmigo. Es una misión peligrosa y… —no pudo terminar. El crío empezó a llorar y le dio un puñetazo a las tablas que formaban el techo. Toda la estructura retumbó.

       —¡Eso mismo decía Pierre, que no podía llevarme conmigo porque era muy peligroso! ¡Y Louis y Octave también lo dijeron! Que yo era un niño, que no podían llevarme a la guerra. ¡Pero ya soy un hombre, y me llevarás contigo!

       La vehemencia del chaval le sorprendió. Le daba un poco de risa, y también lástima. Pero tenía que ser pragmática. Su vida dependía de ese chico. Si no era por las buenas sería por las malas: le diría a todo que bueno, renovaría su cita con él y se largaría en cuanto anocheciera. Él no sabía hacia dónde tenía que ir ella, y no creía que los padres se arriesgaran a contarle a los alemanes que habían escondido a una espía en su establo durante 24 horas. Una lástima, pero…

       —Escucha, escucha, no te pongas así —le tocó en el hombro. El chico se estremeció—. Vale, me has convencido. Te llevaré conmigo. Iremos a París.

       —¿Seguro? —el adolescente seguía haciendo pucheros.

       —Seguro. Esta noche, a la misma hora que anoche. ¿Hay reloj en tu casa? —el chico asintió—. A la una de la madrugada. ¿Podrás recordarlo?

       El joven asintió. Pero de repente la miró con desconfianza.

       —Louis también me prometió que me llevaría con él. La noche antes de su partida me lo juró… y por la mañana ya no estaba. ¿Cómo sé que no me vas a hacer tú lo mismo?

       Mierda. ¿Qué se contestaba a eso?

       —Pero… pero yo soy un ángel —trató de sonreír—. Y los ángeles no mentimos.

       Respuesta equivocada. El chaval volvió a enfurecerse.

       —¡Louis también me dijo eso! “¿Te mentiría yo acaso, camarada?”, me dijo. ¡Y a la mañana siguiente se había largado! No, quiero una garantía.

       —Está bien. ¿Qué quieres?

       —¡Eso! —chilló el joven mientras señalaba el crucifijo de plata.

       Marie tragó saliva.

       —Escucha, chico, eso… eso no puede ser. Es un regalo muy querido. No puedo desprenderme de él.

       —¡Pues por eso! —y luego volvió a rebajar el tono—. Lo cuidaré bien, lo prometo. No le pasará nada. A la una estaré aquí con el crucifijo. Te lo juro.

       No parecía haber otra opción. Sintiéndose una basura, se quitó el collar y se lo dio. El joven se lo metió en el bolsillo mientras esbozaba una gran sonrisa de satisfacción. Luego se dio la vuelta y, tras lanzarle un “gracias” apresurado, salió corriendo.

       La tristeza de Marie, al contrario que la del chico, era seca. Se derrumbó al lado de una viga. Sentía la boca amarga. Le había fallado por completo a su madre. Ahora mismo ella creía que su hija estaba en Sudáfrica: recibiría todos los meses un cheque con su sueldo y una carta falsa donde le contaban las maravillas de aquel país. Algún agente de Operaciones Especiales experto en falsificar letras se cartearía con ella hasta que la guerra terminara o algún alemán le pegara un tiro a su hija. Sólo entonces descubriría que Marie le había mentido y había roto la segunda promesa solemne que le había hecho en su vida: no volver a Francia mientras hubiera un nazi en ella.

       La primera promesa había sido la de no desprenderse jamás del crucifijo de plata, y acababa de destrozarla también. Podía hacer que su transgresión fuera menos dolorosa si recuperaba el collar: al menos no lo habría perdido para siempre. Pero para eso tenía que esperar al chaval y comprometer así el éxito de la misión. Siempre le quedaba el recurso de irse con él, recobrar la joya y luego abandonarle a las primeras de cambio… pero el chico podría ser muy persistente. ¿Y si le seguía? ¿Y si iba a un punto habitado y empezaba a preguntar por ella?

       Había demasiadas variables en juego. No podía decidir.

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       Las cosas empezaron a torcerse en cuanto regresó a casa. Madre le miró con una expresión extraña cuando le vio entrar por la puerta. Luego se fue con su padre a la cocina y les escuchó susurrar. No sabía qué pasaba, pero ya sabía que después de los ruidos venían siempre los gritos y, últimamente, los golpes. No quería quedarse allí para verlo.

       Salió al patio trasero, donde, cinco años antes, Pierre había construido un columpio. Se sentó allí y empezó a balancearse lentamente. Miró el cielo, que ya empezaba a estar completamente oscuros. ¿Cómo serían las estrellas en París?

       —¡A cenar! —gritó madre por la ventana. Su voz parecía normal.

       Se levantó del columpio y entró en la casa. Se dirigió al comedor, pero se detuvo cuando entró en la habitación. Encima de la mesa estaba la olla grande. La de los cuatro muslos de pollo. Y justo entonces la mano de su padre le cayó sobre el hombro como una pesa de mil kilos.

       —¡Hombre, contigo quería yo hablar!

       Emile miró a derecha y a izquierda. No había salida. Dentro de la habitación madre le miraba preocupada. Claire parecía no comprender lo que pasaba.

       —Dice tu madre que en la olla de la cena había cuatro muslos de pollo y ahora sólo quedan tres —continuó su padre, obligándole a mirarle a los ojos—. Cuando se ha dado cuenta, ha mirado en la despensa y ha visto que faltaba media hogaza de pan de ayer que pensaba utilizar para hacer sopa, y parece también que alguien le ha dado un buen tiento al queso. ¿Sabes algo de todo eso?

       —No, no sé de qué hablas —dijo, mientras trataba de apartar la mirada. Padre le cogió la barbilla y le forzó a volver la vista al frente—. Habrá sido Michel.

       —Nos hemos encontrado con Michel esta mañana en el campo, y no ha venido a casa hoy. Anoche estaba todo lo que ahora falta. Ha sido alguien de esta casa, entre que nos fuimos a acostar y anoche.

       Desesperado, Emile miró a Claire. De repente, una bofetada impactó en tu cara.

       —¡No te atrevas a intentar acusar a tu hermana! Sabes muy bien que su puerta está enfrente de la nuestra; anoche estuve desvelado y la habría oído salir si hubiera sido ella. ¡Fuiste tú! ¿Por qué lo hiciste? ¿Es que en esta casa te falta comida? ¡Afronta las consecuencias, como un hombre!

       —Escucha, Pierre… —madre se acercó a padre, pero éste se la sacudió de encima.

       —¡No, Regine, no! El pollo y el pan me dan lo mismo, pero este crío aprenderá a comportarse con rectitud como que me llamo… ¡no, joder, no llores! ¡NO LLORES!

       Nuevo bofetón, esta vez más fuerte. El enjuto cuerpo de Emile salió disparado hacia atrás, tropezó con una de las sillas del comedor y cayó al suelo. Claire gritó. Regine también. Pierre se adelantó, con los puños cerrados, y le propinó a su hijo una brutal patada. El chaval se encogió sobre sí mismo.

       —¿Qué es eso que tienes ahí? —gritó su padre, fuera de sí.

       Demasiado lento, Emile se volvió. Sólo pudo ver cómo la mano de su padre le pasaba por delante de la cara y se apoderaba de algo que había en el suelo. El crucifijo de plata se le debía haber caído del bolsillo durante la paliza. Su padre miró al objeto y luego a su hijo, con ojos incrédulos. Luego agarró la camisa de Emile y empujó a su hijo contra la pared.

       —¿Eres un ladrón? Dime, ¿eres un ladrón? —le gritó casi a la cara—. ¿Dónde has cogido esto? ¡¿De dónde lo has sacado?!

       Y Emile se derrumbó. Lo contó todo, desde su visita a las vacas la noche previa hasta aquel mismo momento. La cara de su padre, hasta aquel momento roja de rabia, empalideció.

       —¿Has dado cobijo y comida a una espía? Nunca creí que serías capaz de… —le apretó el brazo con fuerza.

       —Padre, por favor, suélteme. ¡Me hace daño!

       —No te lo estarás inventando, ¿no? —de nuevo la sospecha en sus ojos—. ¿No será uno de tus truquitos para eludir el castigo?

       —No, yo…

       —Vamos al establo. Y como tu espía no aparezca…

       Salieron los cuatro de la casa. Pierre tironeaba de su hijo por el brazo; las dos mujeres iban detrás, con miedo. Emile sentía que ya no le quedaban lágrimas. No podía llorar. ¿Sería aquello lo que su padre llamaba hacerse un hombre? No lo sabía, y le estaba empezando a doler la cabeza. Lo que sí sabía es que Marie le esperaba en el establo, confiada en que vendría solo. Él mismo se había asegurado de ello.

       Su padre abrió la puerta del establo de una patada. Las vacas se sobresaltaron y mugieron, pero a él no le importó. Soltó a su hijo y empezó a subir la escalera. Llegó al piso de arriba. Y se detuvo.

       —Subid —dijo, secamente.

       Hijo, esposa e hija subieron por ese orden. La luz de la luna entraba por el ventanuco, iluminando toda la estancia. Allí no había ninguna espía. Pero sí señales indudables de que había estado hacía poco: las cajas y baúles estaban cambiadas de sitio, había latas de conservas vacías y envoltorios de chocolate apilados en una esquina y de otra partía un más que evidente olor a orines. Se había ido. Se había largado sin esperarle. Pese al crucifijo.

       Emile vivió la media hora siguiente como un sueño. Su padre ordenó a Regine y a Claire que volvieran a poner los bultos del trastero tal y como estaban y que limpiaran la esquina donde había orín. Mientras, él mismo metió la basura en una bolsa de papel y se dirigió a la casa, donde tomó una pala. Abrió un agujero en una zona de la finca donde sólo había matojos, tiró allí el paquete y, antes de enterrarlo, arrojó también el crucifijo de plata.

       —De esto no puede quedar ni rastro —dijo al final Pierre—. Ni huella. Si los alemanes se enteran de esto seremos fusilados los cuatro. No se habla de este incidente a nadie, por muy de confianza que sea. ¿Entendido?

       Claire y Regine asintieron. Emile también, con más lentitud. Su padre le miró por un segundo, pero luego emprendió el regreso a la casa. Su esposa y su hija le siguieron. Emile vio cómo entraban en la casa.

       Así que ya estaba. Igual que Louis y que Octave. Le prometió que le esperaría y no lo había hecho. Una espía de los ingleses, lanzada en paracaídas la noche anterior y que a saber por qué se había escondido en su establo. Probablemente ni siquiera se llamase así. Y él, con su tontería de los ángeles, la había puesto en un enorme aprieto.

       Empezaba a comprender lo estúpido que había sido. Se había comportado como un crío en un mundo de adultos, y había recibido a cambio el trato que los adultos dispensan a los críos: mentiras, golpes y decepción. Todo el dolor de la noche (el abandono de Marie, los golpes y gritos de su padre, el hecho de que le hubiera llamado ladrón) le vino de golpe. Y sin embargo, ya no podía llorar. Antes habría sollozado un poco y después se habría calmado, pero ahora ni siquiera le salían las lágrimas.

       Si aquello era ser un hombre, dolía como el infierno.

       Cecile Pearl Witherington Cornioley (nombres en clave Marie y Pauline) fue una de las agentes británicas más eficaces que jamás hubo en territorio francés. Se había criado en París, así que dominaba el idioma a la perfección. Quedó atrapada en la Francia nazi, pero logró evadirse. En septiembre de 1943, y contra la promesa hecha a su madre, volvió al país galo, ahora entrenada por Operaciones Especiales.

       Uno de sus principales trabajos en Francia es, aprovechando que gracias a su perfecto dominio del idioma puede pasar por una francesa rica, contactar con industriales poderosos. A ellos les propone un trato: o empiezan a sabotear su propia producción o la RAF les reduce las fábricas a escombros. Pero aparte de eso también encuentra tiempo para sabotear las comunicaciones alemanas: una de sus acciones más famosas es el corte de la línea de tren entre París y Burdeos.

       El día D, Cornioley también jugó un papel importante, como líder de una fuerza de distracción que impidiera a los alemanes centrarse en Normandía. Lo consigue. La culminación de su hoja de servicios es presidir la entrega de 18.000 prisioneros alemanes.

       Marie murió en 2008, con 93 años de edad. Fue nombrada miembro tanto de la Orden del Imperio Británico como de la Legión de Honor, pero en su momento se le denegaron las condecoraciones militares a las que tenía derecho debido a su sexo. Sólo en 2006, dos años antes de morir, recibió la condecoración de la RAF.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

Los que se quedaron

       Un hombre baja de un barco. No es un anciano, pero camina como si lo fuera. Encorvado, triste, vencido. Baja al puerto sintiendo que la vida le ha derrotado y que ya nada tiene que esperar de ella. Dentro de dos años estará muerto. Por supuesto, eso él no puede saberlo, pero aunque lo supiera no le importaría. Ha fracasado por completo en todo lo que le encargaron, lo cual quiere decir que todos los sacrificios que ha tenido que hacer no han servido de nada. Se siente como si le hubieran segado la hierba debajo de los pies.

       La multitud que desciende detrás de su capitán está dividida en dos grupos. La tripulación, compuesta íntegramente por japoneses, está feliz. ¡Siete años fuera! Siete años alejados de sus familias y de su patria, navegando por mares extraños y residiendo en tierras de bárbaros. Es demasiado tiempo para cualquiera.

       Los señores, por el contrario, no muestran signos de alegría. Entre ellos hay japoneses y europeos, y todos tienen en común ser católicos. Los europeos son sacerdotes y misioneros; los japoneses, conversos que han tenido que ingresar en la Iglesia para poder tratar con el papa y con el rey castellano. Pero ahora todos han vuelto a suelo japonés, y allí su religión no es bienvenida.

       El hombre deprimido se acerca a las dos únicas personas que esperan su barco en la dársena. Dos samuráis. Les conoce, son hombres del shogun. Son jóvenes; cuando él partió ninguno de los dos era todavía un guerrero ni se habría atrevido a levantarle la voz. Ahora ambos le miran con descaro.

       —Hasekura-san —dice uno de ellos. El hombre abatido asiente.

       —Tiene usted que venir con nosotros —dice el otro—. Por supuesto, siempre que su nueva fe no le obligue a hacer ningún rito que le retenga en el puerto…

       Hasekura cierra los ojos. La primera puya. Habrá más, lo sabe. Pero estaba en un callejón sin salida: o se convertía al catolicismo o los grandes gobernantes a los que le habían mandado visitar ni siquiera le recibirían. Había sacrificado todo lo que era él para conseguir aquel tratado comercial… sólo para enterarse a la mitad del viaje de que el shogun había empezado a perseguir a los cristianos. Después de aquello, el acuerdo con el rey castellano fue imposible.

       Y ahora aquí está él, con su nombre a la española y su bautismo indeleble. Y nadie va a entenderlo. Nadie va a entender el sacrificio que ha hecho. En fin, será mejor terminar cuanto antes.

       —Vamos —dice, y comienza a andar. Los samuráis le escoltan. No hacen algo tan burdo como llevarle prisionero. Tanto él como ellos saben que no se va a escapar.

       Se esperaba algo así. Todos sabían lo que iba a pasar cuando se embarcaron en el viaje de vuelta. Por eso algunos no lo habían hecho. Unos cuantos de los expedicionarios (comerciantes, servidores e incluso algún samurái) se habían quedado en Castilla, en aquel pueblecito llamado Coria del Río donde tanto tiempo habían vivido. Pero él no había podido. Su honor le obligaba a regresar a Japón.

       Ojalá hubiera podido unirse a ellos. Ojalá hubiera podido escapar de la persecución religiosa.

++++++++++++++++++++++++++++++

       El inquisidor llegó a Coria del Río por la tarde. Se instaló en un edificio anejo a la iglesia y salió junto con sus criados y un secretario a reconocer el pueblo. A su paso todo parecía inusualmente tranquilo, como si la hora de la siesta se hubiera prolongado más de lo habitual. Nadie se cruzó con él ni le dirigió una sola palabra de bienvenida. Federico observó extrañado ese comportamiento.

       Federico no se llamaba Federico. Bueno, sí, ése era su nombre desde que se había convertido al catolicismo, cinco años atrás. Pero no era el que le habían puesto al nacer, ni el que ostentaba cuando había iniciado el camino del guerrero al servicio de Date Masamune, ni del que se sentía orgulloso en el momento de embarcar para los territorios castellanos. Ese otro nombre, que se forzaba en olvidar, era el resto de un pasado que cada vez quedaba más lejano. Su presente era su vida como hidalgo, su práctica católica… y Alina.

       Alina era miembro de la comitiva de nobles sevillanos que había recibido a los emisarios japoneses en el puerto. Viuda, con su padre fallecido y sin hijos, estaba en disposición de administrar por sí misma su dote, su herencia y parte del patrimonio de su difunto marido. Era, por tanto, una mujer rica. Pero no había sido eso lo que había convencido a Federico de cortejarla, sino su forma de ser: su paciencia al enseñarle el castellano y al instruirle en los preceptos de la religión, su sentido práctico, su valentía… Sí, Alina le complementaba. Y le había hecho muy feliz al casarse con él.

       Uno de los principales entretenimientos de Federico era observar. Se sentaba en su balcón o en su puerta y veía a los campesinos y a los habitantes de Coria. Comparaba la vida que siempre había llevado en Japón con aquella cultura diferente, cada vez más familiar pero que aún le deparaba sorpresas. Por ejemplo, los campesinos. Todos le hablaban con respeto, fueran o no feudatarios suyos, pero ese respeto era mucho más cercano y menos formulario que el que le habría tributado en su país natal el más desenvuelto de sus súbditos. Esta clase de diferencias le fascinaban.

       Coria del Río no recuperó la vitalidad hasta que el inquisidor no volvió a cenar a su casa. Durante la cena, Federico le preguntó a su mujer por la razón de aquel comportamiento.

       —El hombre que viste era un procurador del tribunal del Santo Oficio de Sevilla. Su función es investigar los delitos contra la fe. La gente le tiene miedo.

       —¿Por qué?

       —Porque cuando alguien te denuncia al Santo Oficio… hay muy pocas formas de que puedas salir con bien —Alina estaba visiblemente incómoda—. No sabes quién te acusa, ni de qué, y casi nunca se dictan absoluciones. Si te detienen estás perdido.

       Federico se persignó.

       —¿Pero es que condenan a muerte a las personas? Yo pensaba que en nuestra religión era el sacerdote el que absolvía los pecados.

       —No, es raro que condenen a muerte, pero los procesos son muy largos y, sobre todo, conllevan la confiscación de todos los bienes del acusado. Salvo que éste sea absuelto, no se le devuelven. Cuando terminas de cumplir la pena estás en la pobreza.

       —Por suerte a nosotros no nos acusarán. No hemos hecho nada malo…

       Alina le miró con conmiseración. Echó una ojeada para asegurarse de que no había ningún criado en la estancia y bajó la voz.

       —No lo entiendes, ¿verdad? No tienes que haber hecho nada malo para que el Santo Oficio se fije en ti. Las denuncias son anónimas, y se les da credibilidad con facilidad, sobre todo si hay patrimonio que confiscar. He visto a los alguaciles detener a gente sólo con simples rumores. Y suelen ir a por los conversos… y a por sus familias.

       Ahora era miedo lo que se leía en sus ojos. Siguió hablando.

  —Cualquiera podría denunciarnos. A ti o a mí, por simple desconocimiento o por envidia. Incluso para protegerse de que le denuncien a él. Lo he visto otras veces. Hay familias que salen por una puerta de la ciudad cuando el inquisidor entra por otra… —se le quebró la voz.

       —Tranquila, Alina. No nos pasará nada —dijo Federico.

       Pero en realidad no estaba nada seguro.

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       El inquisidor se llamaba Isidoro de Hurtado y era fraile dominico. Era un tipo orondo y de piel pálida. Federico pudo observarlo bien durante la misa: el fraile estaba sentado al lado del púlpito, mirando a la concurrencia con ojillos escrutadores. Y al final, cuando la parroquia había acabado de rezar el credo, se levantó, alzó un crucifijo y se dirigió a la comunidad.

       —¡Voy a leer un edicto con las prácticas más comunes de los herejes! Vecinos, os pido colaboración. ¡Poneos en pie! ¡Levantad la mano derecha! ¿Juráis ayudar al Santo Oficio en su función de reprimir la herejía, y denunciar a cualquiera del que sospechéis que realice estas prácticas?

       —¡Sí, juro! —dijeron todos los miembros de la comunidad, Federico y Alina incluidos. Se miraron. Alina tragó saliva.

      Y luego, fray Isidoro empezó a leer una larga lista de comportamientos. Al principio, a Federico no le dieron miedo. ¿Cómo le iban a acusar a él de ser judaizante, o de pertenecer a las sectas de Mahoma o Lutero? ¡Si nunca había tenido nada que ver con ellos! Pero luego pensó: ¿podía él afirmar que no había comido carne ningún viernes, que nunca se le había ocurrido que el culto a los santos era un tanto absurdo, que jamás había blasfemado? No estaba tan seguro. Era fiel a la religión que había adoptado, pero aquellos supuestos delitos eran conductas tan nimias, tan comunes…

       Salieron de la iglesia nerviosos. No eran los únicos. Había un clima de intranquilidad. Los vecinos se miraban de reojo; Federico leyó la sospecha y el miedo en varias caras. Al contrario de lo que era habitual, no hubo tertulia después de la misa. Los fieles se dispersaron con rapidez, y cada cual se fue a su casa. Alina le miró y le susurró:

       —¿Ves? Ya empieza.

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       Aquella tarde, Federico se reunió con los japoneses que se habían quedado en Coria del Río. Eran nueve, entre samuráis y comerciantes, aunque por supuesto se habían quedado con ellos algunos de sus criados. A veces se reunían para hablar en japonés y evocar los buenos recuerdos que tenían de Japón, cosa que no podían hacer en sus casas. Casi todos estaban casados con mujeres españolas, y todos habían adoptado el catolicismo como religión. La mayoría eran buenos cristianos, pero había uno que no lo era en absoluto: Esteban.

       Esteban era un borracho. Lo había sido en Japón y lo era en España. Federico sabía que él mismo no era el perfecto samurái (nunca había sido particularmente valeroso, por ejemplo), pero Esteban era la negación del camino del guerrero. Aprovechado, mentiroso, carente de todo honor, débil… ni siquiera iba a la iglesia con regularidad debida.

       —He convocado esta reunión —dijo Federico— para hablar del peligro en el que estamos.

       —¿Qué peligros? —preguntó un comerciante que había adoptado el cristiano nombre de Mateo—. ¿Te refieres al hombre del Santo Oficio?

       —Sí. Es un hombre peligroso.

      —¡Pero hombre, no es para tanto! —intervino Esteban con voz rasposa—. No creo que venga por nosotros, ¿no? En este pueblo hay judíos conversos. Seguro que son ellos en los que se fija.

       —No es eso lo que me ha dicho mi suegro —dijo otro samurái al que Federico no conocía bien, un tal Gerardo, que también había hecho un buen matrimonio—. Los cristianos que antes eran judíos son muy fieles, y se esfuerzan especialmente en demostrarlo… por la cuenta que les trae.

     —En realidad no podemos saberlo —dijo Mateo—. Los procedimientos del Santo Oficio son secretos.

      —El tío de uno de mis socios es jurista en Sevilla, y conoce bien a la Inquisición —intervino de nuevo Esteban—. La Inquisición se creó para perseguir a grupos concretos: conversos judíos, moriscos, luteranos… ¡no para seguidores de Buda!

       —Pero ya no somos seguidores de Buda, amigo mío —dijo Federico con voz suave—. ¿No escuchas nuestros nombres? ¿No has ido a la iglesia hoy? Ahora somos cristianos.

     —Quería decir… quería decir antiguos seguidores de Buda, por supuesto —Esteban estaba confundido.

       —Tiene razón Esteban —habló Mateo—. No tenemos nada que temer.

       —¿Seguro, Sasaki-san… digo Mateo? —preguntó Gerardo, y luego sonrió—. Ya ves, pese a que llevamos años aquí, me he confundido y te he llamado según la costumbre de nuestra tierra de nacimiento. ¿Tú crees que si un inquisidor quiere acusarnos de judaizantes alguien se va a tomar la molestia de creer que jamás hemos tenido nada que ver con los judíos? Toda nuestra vida hemos practicado otra religión, y eso se nota en todo lo que hacemos.

       Federico volvió a tomar la palabra. Aquél era un argumento que no se le había ocurrido, pero pensaba utilizarlo.

      —¡Por eso precisamente he pedido que nos reunamos! No todos tenemos la conciencia limpia. La lista de delitos contra la fe que ha leído fray Isidoro es amplísima. ¿Podemos asegurar que no hemos cometido ninguno? —se forzó a sí mismo a no mirar a Esteban—. Todos hemos cometido errores. No sé de nadie de aquí que no haya mantenido algunas de las costumbres de nuestros antepasados. ¡Ahora mismo estamos hablando en japonés! Y no creo que haya nada malo en ello, pero ¿estamos seguros de que ningún inquisidor las tomaría jamás por hábitos de judíos o de moros?

    —No… no podemos estar seguros —dijo Mateo—. Tienes razón, Federico. Pero ¿qué podemos hacer?

       —¡Cuidarnos! —dijo Federico—. Tenemos que prometer que ninguno de nosotros cederá al miedo. No hemos hecho nada malo, y si lo hemos hecho ha sido por desconocimiento. Hay que tenerlo claro y no dejarse apabullar. No nos denunciaremos entre nosotros; ninguno testificará contra los que están en esta habitación ni contra sus familias o criados. ¿Lo prometéis?

       Todos lo prometieron.

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       Dos días después se produjo la primera detención. Los alguaciles de la Inquisición rompieron la puerta de una casa de judíos conversos y sacaron al hombre por la fuerza. Le metieron en un carruaje y se fueron en dirección Sevilla. Fray Isidoro observó toda la maniobra desde la calle, con cara de satisfacción piadosa. Mientras, un secretario levantaba acta: todo debía hacerse de acuerdo con la ley.

       Pasó una semana. Varias familias se marcharon del pueblo. Alina le dijo que todas eran conversas o tenían antepasados judíos: fuera como fuera, huían de la noche a la mañana. Se extendió el rumor de que estaban investigando a todos los que no fueran cristianos viejos. Un día, Federico vio salir del pueblo a Mateo, montado a caballo. Detrás de él, dos servidores (un japonés y un castellano) llevaban una carreta cerrada.

       —¿Dónde vas?

       —A Toledo… tengo negocios allí —en su cara se leía el miedo.

       —¿Cuándo volverás?

       —En unos cuantos meses. He dejado la casa cerrada. Creo que mis negocios me retendrán allí por lo menos hasta final de año.

       —¿Tanto? Es agosto…

       —Lo sé. Escucha, ahora tengo que irme, ¿vale?

       —Vale, amigo. Ten buen viaje.

       Y el comerciante se alejó de Coria del Río.

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       Federico caminaba por la calle. Venía de hablar con uno de los agricultores que trabajaban las fincas de su propiedad. Federico había comprado aquellas tierras por consejo de su mujer, y era ella la que le había instruido acerca de la forma en que los nobles castellanos trataban a sus campesinos. Se suponía que había que ser firme pero cercano: la campechanía era más efectiva que la distancia señorial.

       Pero lo que nadie le había explicado es lo que había que hacer frente a las faltas de respeto. El campesino, un tal Manuel Atienza, presumía de cristiano viejo y de devoción religiosa. Ante Federico, Atienza siempre se había mostrado servil hasta la náusea, lo que no le había impedido retrasarse en los pagos con frecuencia. La entrevista que acababa de tener con él había tratado sobre ese tema.

       Sin embargo, algo había cambiado. Aquella vez Atienza no había estado servil, sino descarado. Con medias palabras le había dado a entender que no pensaba pagarle. Y la despedida había sido el remache: “nos vemos en la iglesia… señor”. Había escupido la última palabra, soltando con veneno todo el desprecio que debía llevar acumulando años. Era preocupante. No era el primer campesino que empezaba a tratarle así. Era como si la presencia del inquisidor estimulara a todo el mundo a sacar la hostilidad que tenía retenida.

       El hilo de sus pensamientos se cortó. Estaba en una esquina y vio un movimiento extraño a su derecha. Se giró a mirar y vio algo sorprendente: fray Isidoro, seguido de uno de sus criados, salía de casa de Esteban. Su compatriota, rojo como un tomate, le hacía una reverencia. Federico frunció el ceño. En cuanto el inquisidor desapareció de su vista, se dirigió a la casa de Esteban. Tocó la puerta con fuerza.

       —¡Voy! —dijeron desde dentro. Esteban abrió la puerta con una evidente expresión de pánico, que se transformó en cuanto reconoció a su visitante—. Ah, eres tú.

       —¿Puedo pasar?

       —Claro, adelante —y se retiró hacia dentro, dejando la puerta libre. Se tambaleó un poco.

       Esteban no se había casado. Vivía solo con una vieja criada, y se sostenía de las exiguas rentas de un par de terrenos que le habían regalado algunos nobles sevillanos de los que se había hecho amigo. Federico no había estado nunca en su casa: olía a vino barato.

       —¿Estás solo? —preguntó Federico. Habían llegado a un saloncito, en una de cuyas sillas se derrumbó Esteban.

       —¡Completamente! —su compatriota se sirvió vino de una jarra de latón y echó un trago. Federico vio que había un segundo vaso en la estancia, a medio llenar.

       —Bien, entonces te puedo preguntar: ¿qué hacía ese hombre aquí, Esteban? El inquisidor.

       —¿El inquisidor? —dijo el otro, trabucándose con las palabras—. Aquí no ha estado.

       —Ah, ¿no? ¿Y este vaso? —dijo Federico. Esteban abrió la boca con una expresión estúpida—. ¡Venga, hombre, que le he visto salir de aquí! Pues claro que has estado con él. ¿Qué quería?

       Para su sorpresa, Esteban se echó a llorar.

       —¡Por favor, Kishaba-san, ayúdame! —Federico frunció el ceño ante el empleo de su apellido—. Me ha interrogado, ha dicho que me han visto blasfemar, y decir cosas de la Virgen María, y no guardar los días santos, y descansar en sábado… ¡y una y mil cosas que jamás he hecho!

       —¿Te van a detener? —preguntó Federico, con la voz una octava más alta de lo que le habría gustado.

       —Sí… no… ¡no sé! Dijo que no me pasaría nada si ayudaba a la Inquisición… ¡que todo podía perdonarse! —se sirvió otro vaso de vino y fue a beber un trago. Federico le apartó el vaso de un manotazo.

       —¡No bebas más, mierda! Dime, ¿qué le has respondido?

       —Que… que no. He recordado nuestra promesa. Pero me ha insistido y… ¡tiene un modo de interrogar, de hacer preguntas capciosas, de…! Al final le he prometido que me lo pensaría.

       —¡Escucha! Te ayudaremos. Nadie de los nuestros te va a delatar, y eso lo sabes. Pero necesitamos reciprocidad. Tienes que mantenerte fuerte, amigo mío. No hables. Si quieres, escribiré una carta a Mateo, para que te acoja en tu casa de Toledo. Saldrás de aquí y ese fraile no te volverá a molestar. Pero tienes que aguantar, ¿de acuerdo?

       Esteban le miró con esperanza.

       —De acuerdo. Aguantaré. Gracias, de verdad. Muchas gracias.

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       Pero Esteban no aguantó. A los pocos días se encontraron en el puerto y su compatriota le hurtó la mirada. Cuando Federico se acercó a decirle que ya había mandado la carta a Mateo, el otro se escabulló entre un grupo de gente y fue imposible hallarle. Federico miró a Alina. Era obvio lo que había pasado. Casi corriendo, volvieron a casa.

       Por la tarde se presentó el inquisidor. Venía solo, sin alguaciles ni criados.

       —Buenas tardes, don Federico, doña Alina. Gracias por recibirme en su casa. En estos tiempos de caos ya no se encuentran buenos cristianos —se lamentó el fraile con voz engolada.

       —Buena tarde a usted, fray Isidoro —dijo Alina—. ¿Qué le trae por nuestra humilde morada?

       —Ay, doña Alina, una triste obligación —el inquisidor puso cara compungida—. Es obvio que ésta es una casa verdaderamente cristiana, pero han llegado a mis oídos algunas noticias que no me gustan. Probablemente no sean más que tonterías, habladurías fruto de la envidia. Sn embargo, ¡ay!, mi obligación como procurador del Santo Oficio es investigarlas.

       —Comprendo. ¿Qué acusaciones son esas, fray Isidoro? —preguntó Federico.

       —Oh, no puedo hablar de eso, don Federico. ¡No sin que se haga una acusación formal!

       —¿Quiere eso decir que venís a detenerme? —Federico se envaró en la silla.

       —Ah, amigo mío, ¿por qué presuponéis que la acusación es contra vos? —los ojillos del inquisidor, perdidos en su cara fofa, observaron atentamente las reacciones de Federico. El samurái se forzó a mantenerse impasible.

       —¿Es que alguien está mintiendo sobre mí, fray Isidoro? —intervino Alina con voz cortante—. ¿Debo hacer una lista con todos los testigos que podrían querer difamarme?

       —¡Pero por favor, amigos míos, no sean ustedes tan susceptibles! Entiendan que yo tengo mis obligaciones y mi cargo me impone deberes y límites. Sé que es molesto escuchar esto, pero piensen que la herejía se extiende, y hay que erradicarla de raíz. Mi labor…

       —Se acabó —Federico se levantó de la silla—. Fray Isidoro, habéis venido a mi casa a hacer acusaciones muy graves hacia mí y hacia mi mujer, con el objetivo de que delate herejías inexistentes cometidas por mis amigos.

       —Pero…

    —No. Me vais a dejar hablar. En este pueblo todos somos buenos cristianos. No hay herejes, falsos conversos o brujas. ¡Nadie del pueblo ha oído hablar jamás de la mitad de delitos que leísteis en la iglesia! No soy el cristiano perfecto, pero no soy un hereje ni un cismático, y tampoco lo es mi mujer o lo son mis amigos. Y vos lo sabéis.

       —¡Escuchadme…!

       —He cruzado medio mundo, me he convertido a vuestra religión porque estoy convencido de que es la única y verdadera, he renegado de toda mi educación y me he asentado en vuestro país. No lo he hecho para que se me venga con insinuaciones. No os echaré por la fuerza, pero ya no sois bienvenido en mi casa. Salid de aquí.

       Federico se había levantado. De repente, fray Isidoro se dio cuenta de que aquel hombre que lo miraba ceñudo era un guerrero que se había batido a espadazos en una docena de batallas. Se levantó y reculó, visiblemente nervioso. Murmuró una disculpa y en menos de un minuto había salido de la casa. Federico se dio la vuelta, triunfante…

       …sólo para encontrarse con Alina mirándole con ojos de furia.

      —¡De todas las estupideces que podías hacer ésta ha sido la mayor! Tratar así a un inquisidor… ¿pero cómo se te ocurre?

       —Estaba insultando mi honor —dijo Federico con frialdad—. Di mi palabra de que sería fiel a la religión cristiana, y la palabra de un guerrero es sagrada. Yo no tenía por qué sufrir esos insultos, y menos en mi propia casa. No echarle hubiera sido deshonroso para mí.

       Alina soltó una carcajada carente de humor.

      —¿Honor? ¿Honor dices? Mi primer marido también hablaba mucho de honor, ¿sabes? “¡Un castellano no tolera agravios!”, decía. Un día, en una conversación que subió de tono, uno de sus amigos insultó su honor y él le retó a un duelo. A primera sangre, nada peligroso. Y lo siguiente que supe es que era viuda —su voz se había teñido de amargura—. Parece que su honor no incluía el mantenerse vivo ni el no dejarme sola.

       —No… no lo sabía. No se me ocurrió…

       —No, no se te ocurrió. A Francisco tampoco se le ocurrió. Nunca se os ocurre.

       Durante la discusión habían caminado hacia el dormitorio conyugal. Federico se sentó en la cama, con la cabeza entre las manos, sintiendo cómo las palabras de su mujer se le clavaban como dardos. De repente, tomó una resolución. Se dirigió a un viejo cofre que había en un rincón, lo abrió y sacó dos armas enfundadas en sus respectivas vainas. Alina las conocía, puesto que eran las que llevaba cuando le conoció: sabía que en japonés se llamaban katana y tantō. La primera era una espada larga y la segunda apenas una daga.

       —¿Qué vas a hacer con eso? —le espetó a su marido—. ¿Enfrentarte a los alguaciles cuando vengan a detenerte? Porque después de lo que acabas de hacer sabes que no puedes librarte de ser detenido y condenado por todo lo que puedan echarte encima. Tratar así a un inquisidor…

       —Si es necesario, lo haré —desenvainó unas pocas pulgadas de la katana y probó el filo. Estaba afiladísimo.

       —¡No! —gritó Alina—. No lo harás, ¿me oyes? Si asesinas a un alguacil, sí, he dicho asesinas —recalcó ante la protesta que había iniciado Federico— pasarás a la jurisdicción ordinaria y el verdugo te cortará la cabeza.

       —Entonces, ¿tengo que dejarme caer en sus manos? ¿Debo soportar esa humillación y esa condena injusta? —preguntó él con toda la seriedad de la que fue capaz.

       —¡Debiste pensar en eso antes de haberle hablado así a fray Isidoro! ¿No entiendes que era esto lo que estaba buscando?

       —Hay otra salida —desenvainó el tantō y lo apuntó hacia su propio esternón. Alina se lo arrebató y lo lanzó al suelo.

       —Ni se te ocurra, ¿me oyes? ¡Ni se te ocurra! No sólo me dejarías sola, sino que tendría que sufrir la vergüenza de que me prohibieran enterrarte en suelo consagrado. ¿Tampoco contempla eso tu honor?

       —Pero entonces, ¿qué puedo hacer? —se levantó, dejando la katana en la cama—. Dime, Alina: ¿qué opción honorable me queda?

       —¿Honorable? —su esposa volvió a reír—. Honorable ninguna. Sólo te queda suplicar, adular y sobornar… y rezar a la Virgen porque eso funcione.

       —No puedo… no puedo hacerlo —bajó la mirada.

       —Claro que no puedes —le miró ella, con más pena que desprecio—. Tu honor te lo impide, ¿no? Por suerte yo no tengo.

++++++++++++++++++++++++++++++

       Alina salió de casa hecha una furia. ¡Cómo podía! ¡Cómo se atrevía! El honor, el honor, siempre con el honor en la boca. Y luego, una vez el honor había sido salvado, ¿qué quedaba? Quedaba ella tratando de arreglar los platos rotos, como siempre. Tenía que darse prisa. Con un poco de suerte el inquisidor aún no se habría decidido a enviar a los alguaciles a por Federico.

       Conocía a fray Isidoro. No personalmente, pero había tratado con suficientes inquisidores como para saber cómo pensaban. Pese a lo que se creía, no eran particularmente fanáticos o cerriles. Simplemente hacían lo que se les mandaba. Sí, ella había conocido a unos cuantos miembros del Santo Oficio y sabía que eran hombres como los demás: venales, corruptibles y susceptibles al halago. Su última oportunidad era que fray Isidoro fuera como todos ellos.

       Ella sabía que no era tan difícil comprar a un inquisidor, y menos a uno de rango medio como era aquél. Era cierto que, cuando detenían a un sospechoso, confiscaban todas sus propiedades. Pero eso quería decir que aquellos bienes iban a parar a la institución: era el Consejo de la Suprema, en Madrid, quien los administraba. El inquisidor que había realizado la detención no se llevaba nada. Sin embargo, si se negaba a investigar una denuncia a cambio de un regalo o de la entrega de unas tierras, su patrimonio se acrecentaba.

      Llegaba ya a la plaza de la ciudad. Se detuvo y se forzó a tranquilizarse. Fray Isidoro le daría con la puerta en las narices si llegaba así de enfadada: respiró varias veces y trató de componer una expresión de desconsuelo. Tampoco le costó mucho. Federico se enfrentaba a un riesgo real. No quería perderle. A él también no.

       Caminó hasta la casa del inquisidor y pidió a los criados que le dejaran pasar. El dominico le recibió con una mirada ceñuda, pero entonces ella se derrumbó.

       —¡Por favor, padre, perdone a mi marido! Es un hombre muy temperamental, que enseguida se enfada. Yo le prometo que no quería causarle ningún mal, pero no siempre sabe controlarse. Viene de una tierra de bárbaros y… —empezó a llorar.

       El fraile ablandó el gesto y le abrió la puerta de su despacho.

     —Vamos, vamos, mi buena señora. Entre usted y seguro que podremos arreglar algo…

       El secretario que había venido con el inquisidor entró en la habitación tras ellos. Alina se enjugó una lágrima. La negociación empezaba.

++++++++++++++++++++++++++++++

       El inquisidor se fue de Coria del Río dos días después. En sus cofres llevaba un informe donde dejaba claro que las denuncias que el tribunal había recibido eran infundadas, así como varios títulos de propiedad de tierras que antes habían pertenecido a Federico Kishaba y trescientos ducados de plata.

       Aquellos no eran los únicos objetos que habían cambiado de manos. Cuando Alina volvió a casa, anunciando que había conseguido un acuerdo con el inquisidor, Federico se arrodilló ante ella y le tendió su espada y su daga.

       —¿Estás seguro de esto? —le había preguntado, ablandado por su triunfo y por el repentino gesto de él—. Tú me dijiste que esas dos armas habían estado en tu familia desde hace siglos.

       —Las armas sólo son dignas de quien las gana. En Japón yo era un seguidor fiel del camino del guerrero, y me merecía tenerlas. Aquí ese camino no tiene sentido. Lucháis de otra manera, que yo no comprendo. Lo que en mi tierra era honorable, aquí es deshonroso. Lo que allí hubiéramos condenado, aquí es normal. Tú me has salvado, Alina. Mereces las armas más que yo.

       Ella había aceptado, claro. Era evidente que él lo quería así, y le había complacido. Porque ¿qué iba a hacer ella con dos espadas? Sin embargo, en su fuero interno le gustaba recibir aquel reconocimiento. Sí, había logrado una victoria, y esperaba que permanente.

       Los dos juntos observaron la salida del inquisidor. Siguieron su carruaje con la mirada, hasta que la última nube de polvo se perdió en el horizonte. Luego se dieron la vuelta y, sin ninguna prisa, caminaron hacia su casa. Estaban vivos, libres y juntos, y ahora eso era todo lo que importaba.

       A su alrededor, Coria del Río despertaba de la pesadilla.

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       La historia de la embajada de Hasekura Tsunenaga me fascina desde que me la contaron. Como se narra en el relato, Hasekura fue un samurái enviado a Europa en 1613 para firmar un acuerdo comercial con la Monarquía Hispánica y un tratado acerca del envío de misioneros con el Papado. No le enviaba el shogun de Japón, sino el señor feudal de la ciudad de Sendai, de quien se dice que era cristiano en secreto. Por lo que parece, lo que quería era abrir rutas comerciales y acrecentar su poder.

       Hasekura llegó a España en 1614, seguido de cerca por las noticias de que el shogun de Japón había empezado a perseguir a los cristianos. Eso dificultó el primer contacto con el rey Felipe III, que no firmó el tratado. Después, Hasekura viajó a Roma, donde sí consiguió un acuerdo con el papa para el envío de misioneros. De vuelta a Madrid, trató otra vez de lograr un acuerdo con el rey hispánico, pero la expulsión de los misioneros cristianos y la persecución de la fe católica en su país de origen era ya un hecho.

       Así que Hasekura volvió a Japón, completamente derrotado, en un lento viaje que duró cuatro años (por comparar, la ida había tardado algo más de uno). La tardanza se explica porque, para facilitar las negociaciones, se había convertido al catolicismo. Supongo que no esperaría ser bien recibido en Japón y efectivamente no lo fue. Desembarcó en Nagasaki en agosto de 1620. No se sabe demasiado de sus últimos años: murió en 1622 y sus hijos fueron perseguidos por su fe.

       Pero no todos los miembros de la embajada volvieron a Japón. Algunos (se habla de al menos cinco) se quedaron en Coria del Río, pueblo andaluz que en aquella época funcionaba como antepuerto: los barcos paraban allí antes de dirigirse al Puerto de Indias, que era Sevilla. Se habían convertido al cristianismo y progresivamente perdieron sus costumbres japonesas, pero dejaron huella: el apellido Japón es muy frecuente en Coria.

       En cuanto a la Inquisición, he intentado retratarla de manera realista. Era quizás una institución más política que religiosa: el único instrumento que tenía el rey hispánico que abarcaba a todos sus dominios. En la realidad, sus cárceles eran más cómodas que las ordinarias, se torturaba mucho menos de lo que se piensa (los inquisidores eran juristas, que sabían que una confesión hecha bajo tormento carece de valor) y las condenas a muerte eran escasas.

       El problema de la Inquisición era otro: el procedimiento. Se basaba en la presunción de culpabilidad y en el secretismo: un acusado tenía muy difícil saber de qué se le acusaba exactamente, porque se quería proteger la identidad de los delatores. Como el Santo Oficio no podía equivocarse en una detención, las absoluciones eran raras: el acusado podía dar una lista de personas que quisieran perjudicarle y confiar en que su denunciante estuviera en ella, presentar testimonios a favor de su moralidad o pedir la benevolencia del tribunal alegando circunstancias como juventud o embriaguez. Unos medios de defensa más bien escasos, como se ve.

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