Lo que salió del sótano

El miércoles 12 de mayo de 1886 un espectacular tornado devastó Madrid. El fenómeno, que comenzó en los Carabancheles, pasó por la ciudad en una diagonal que comenzaba en la pradera de San Isidro y terminaba en Ventas. Murieron cuarenta y siete personas solo en el término municipal de la capital. Todos los médicos de la Universidad Central, estudiantes incluidos, fuimos movilizados para atender a los heridos. Fueron treinta y seis horas de locura, en la cuales curé miembros rotos, calmé ataques de pánico y llamé hasta cinco veces a un cura para pedir una extremaunción.

Se comprende entonces que la mañana del viernes 14 me hallara yo derrengado. No había tenido tiempo para ir a casa, y dormitaba en el sillón de mi despacho universitario. Las clases se habían suspendido, así que no tenía obligaciones y contaba con dormir un buen rato. ¡Iluso de mí! Ya mi cuerpo se rendía a los efectos de Morfeo cuando un golpeteo desagradable me devolvió a la realidad. Alguien se atrevía a llamar a mi puerta.

Esperé, pasivo. Quizá así quien se atrevía a molestarme dedujera que yo no estaba en mi despacho y se marchara a buscarme en cualquier otro lado. Pero aquello no sucedió. Un segundo repiqueteo y un “¿se puede?” nervioso me convencieron de que quien estaba al otro lado de la puerta necesitaba mi ayuda. Así que suspiré y me dispuse a pasar otro par de horas sin dormir.

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El mayor anhelo

La boda fue un éxito. ¡No todos los días se casa un rey! Y, sobre todo, ¡no todos los días se casa enamorado! ¡Qué historia de amor, qué historia! Desde el más poderoso duque de la Corte hasta la última modistilla de Lavapiés lo comentaban: seis años habían estado prometidos don Alfonso y su prima. Luego, cuando don Alfonso se había convertido en Alfonso XII, la cuestión del matrimonio se había vuelto primordial. Le habían intentado convencer de que dejara a Merceditas y se casara con alguien más conveniente, con alguna princesa europea. Pero él se había mantenido firme y al final… ¡hala! Casorio real.

Sí, todo Madrid estaba contento. Y el que más, el padre de la novia.

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Tragedia de un galdosiano

La mañana en que asesinaron a José Canalejas –prohombre regeneracionista, católico anticlerical, gafotas insigne y, en aquel momento, presidente del Gobierno español– don Luciano Benavides estaba en la librería San Martín. Este dato puede que no parezca demasiado importante. ¿A quién le importa dónde esté un hombre corriente en el momento en el que matan a la gran esperanza del país? Sin embargo, es relevante. Y lo es porque José Canalejas fue asesinado justo delante de aquella misma librería.

En realidad, don Luciano Benavides no vio mucho del homicidio. Estaba, como veremos enseguida, a otras cosas. De hecho, si le hubieran llamado como testigo en el juicio –lo cual no hizo falta porque, al estar muertos tanto el asesino como su víctima, el caso se cerró sin apenas darle gusto a la burocracia–, no habría sabido responder a ninguna de las preguntas de los abogados. Se habría limitado a mirar al frente y a decir “¿eh?” hasta que alguien hubiera pensado que él mismo formaba parte de la conspiración asesina y le hubieran metido cuarenta años en la cárcel.

Pero hablábamos de Canalejas. El prócer, como presidente que era, tenía asignada una escolta policial. Sin embargo, gustaba de darle esquinazo e irse a triscar en libertad por las calles de Madrid. De hecho, hay una anécdota que dice que un arriero castellano metió la rueda de su carro en un socavón de los muchos que por aquel entonces poblaban la Cuesta de la Vega, con tan mala fortuna que una rueda se partió. Pasaba por allí un jinete embozado, con tricornio y capa, que le ayudó a reparar el entuerto. Y cuando el arriero ya estaba agradeciéndole su auxilio al desinteresado jinete, éste se levantó el tricornio y… ¿a que nunca adivinaríais quién era? Esta historia se ha repetido después, protagonizada por otros personajes y sustituyendo todos los elementos según avanzaba la técnica, pero la original es tal y como la cuento.

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Punto de inflexión

Elías no llevaba mucho tiempo haciendo el servicio militar obligatorio, pero ya sabía una cosa: siempre hay una puerta trasera. No hay cuartel del que no puedas escaquearte si eres un poco listo. En Jaén había sido muy fácil, puesto que los propios encargados de la guardia nocturna tenían más interés en la partida que se jugaba en la cocina que en mantener vigiladas las puertas. En Barcelona, y pese a que en teoría estaban acuartelados y en alerta máxima, la cosa no era muy distinta. Bendito ejército español.

Las calles de Barcelona estaban oscuras. Nada sorprendente, si se tiene en cuenta que la huelga había alcanzado a todas las eléctricas. El día anterior había sido el peor: habían tenido que iluminarse con viejos quinqués de gas que apenas funcionaban. Luego los ingenieros habían conseguido restablecer parte del fluido: esa noche las luces del cuartel habían contrastado con la oscuridad de las vías adyacentes.

En el cuartel había poco que hacer: ellos estaban solo como refuerzo, por si la huelga se descontrolaba y se producían motines callejeros. Mientras eso no sucediera —y no parecía que fuera a hacerlo—, a nadie le importaba demasiado lo que hicieran en su tiempo libre. Incluso podían recibir llamadas. Gracias a eso se había podido comunicar con Rafael y concertar aquella cita nocturna.

Elías apretó el paso. Al principio de su caminata se había perdido y ahora llegaba un poco tarde. Sabía que a su hermano le importaría poco, pero a él le daba apuro hacer esperar a la gente. Rafael siempre se había reído de aquella característica suya. Claro que, ¿de qué no se reía Rafael? Si algo diferenciaba a los dos hermanos era precisamente aquello: mientras que el mayor consideraba que el mundo era un infinito campo de juegos y despreocupación, el menor se tomaba muy a pecho todo lo que implicara responsabilidad. O, en palabras de Rafael, “qué sieso que eres, jomío”.

Por fin llegó a la esquina donde habían quedado. Los faroles estaban apagados, claro: solo las calles principales tenían fluido, y ninguna de las dos lo era. Pero daba igual: la noche era clara y se veía bastante bien. El invierno había sido suave; aunque todavía estaban en febrero, el frío ya estaba en franca retirada. Elías se había puesto un abrigo encima de su uniforme, y empezaba a sentir que le sobraba. Sin embargo, no se lo quitó: sería mejor que nadie viera que era un recluta, sobre todo en aquel barrio. Por lo que pudiera pasar.

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Muerte de un obrero

Matías era socialista. ¿Cómo no serlo? Era impresor, y los impresores  siempre han sido gente de ideas avanzadas. También era obrero, con lo que dichas ideas calaban en su mente con más facilidad que si tuviera el pan asegurado. Él tenía que ganarse el jornal día tras día y depender de lo que el jefe de la imprenta tuviera a bien pagarle. Los ideales revolucionarios fructificaban allí que daba gusto.

Le gustaba definirse como un hombre formado. Leía y escribía de corrido, y había tenido acceso a las principales obras del socialismo científico, del anarquismo y de lo que desdeñosamente se conocía como socialismo utópico. Había aprendido de los mejores. Cuando Paul Lafargue (¡el mismísimo yerno de Karl Marx!) había estado en España, Matías le había alojado durante varias noches. Incluso había estado en aquella reunión semiclandestina donde habían acordado fundar un nuevo partido para representar a todo el movimiento obrero.

No todo habían sido triunfos. De hecho, ahora que tenía tiempo para pensar (estaba atado en una silla, sin nada que hacer para evadir el hambre), llegaba a la desalentadora conclusión de que no había habido un solo triunfo. Había viajado a la Comuna de París, había estado en el cantón de Cartagena, había fundado periódicos y escrito artículos bajo pseudónimo, había movilizado huelgas. Y ¿qué había conseguido? La bala de un policía francés alojada de forma permanente en su costado y una serie de estancias en la cárcel que, sumadas, superaban los tres años.

La puntilla había sido lo del perro. El maldito perro Paco.

—¡Es que es inaudito! —decía Matías a partir del tercer vino—. Un perro entra en un café para mendigar la cena, le cae en gracia a un noble y de repente tiene acceso franco a todos los sitios elegantes de Madrid y a la plaza de toros. Le dan gratis de comer y nunca le falta un lugar caliente y cómodo para dormir. ¡Gracias a que un noble le acaricia la cabeza, ese perro tiene más derechos que nueve décimas partes de la población española! ¡Si faltará nada más que le hagan salir diputado!

Matías solía pronunciar sus discursos en la sede de El obrero, el periódico semiclandestino que dirigía. Allí recibía los elogios de una pequeña multitud formada por sus compañeros de trabajo, sus correligionarios y sus amigos. Todos ellos alababan el pico de oro que tenía Matías y lo acertadas que eran sus ideas. Todos salvo uno.

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