Magia constitucional

Eran siete. Publio había insistido mucho en eso: escoger solo a siete hermanos, puesto que el siete es uno de los números más sagrados que hay. “Además”, había razonado, con indudable sentido práctico, “si somos muchos más vamos a llamar la atención”. Cornelio no había podido por menos de darle la razón. Al fin y al cabo, siete podían colarse con cierto sigilo en San Felipe Neri, mientras que con los treinta y tres que había propuesto Numerio aquel plan sería inviable.

Se reunieron en la plaza del Remolar, que a esas horas de la noche estaba vacía y silenciosa. La mole poderosa del Oratorio tapaba la luna creciente y las escasas estrellas, por lo que Cornelio apenas podía ver a sus compañeros hasta que no los tenía encima. Al final, era la lumbre de los cigarros la que permitía que los recién llegados identificaran al grupo desde lejos.

La última en llegar fue Liberio. La idea de admitir a una mujer en la logia había suscitado un debate violentísimo, pues las Constituciones de Anderson lo prohibían de forma tajante. Sin embargo, en una situación como aquella (aislados por un ejército francés, con el rey secuestrado, el país invadido y siendo ellos mismos agentes de cambio de toda clase de leyes y costumbres), ¿no se podía hacer la vista gorda? Al fin y al cabo no se trataba de iniciar a mujeres, sino a una mujer concreta.

Además, aquella mujer traía cartas de recomendación de grandes maestros de Praga y del mismo Londres, y se decía que su saber en materia de conocimiento oculto era grande. Y el Gran Arquitecto sabía que iban a necesitar toda la ayuda posible en esa materia. Por eso, al final habían tomado lo que Valerio denominó “decisión Hatshepsut”: la iniciamos, sí, pero que adopte un nombre simbólico de varón y latino, como todos los demás. Y ahí estaba la buena señora, haciéndose llamar Liberio.

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