El héroe de Cascorro

Miles de insurrectos rodeaban el pueblo de Cascorro.

“Aquí termina”, pensaban los soldados. La aritmética no daba. “Ellos son miles, y nosotros cientos”, se susurraban los hombres. Ni siquiera cientos, en plural, porque ni a doscientos llegaban. Incluso contando con que muchos de los cubanos eran ex esclavos y no llevaban armas de fuego, era difícil que la fe, el orden y el entrenamiento de los españoles (“que tampoco son para tirar cohetes”, se decía por las noches entre los camastros cuando los sargentos ya no oían) prevalecieran contra semejante superioridad numérica.

Don Germán, el capellán castrense, que había estudiado en la academia de Salamanca y todo, se paseaba entre ellos. Había conseguido una fusta y cruzaba la cara a cualquier soldado que pareciera no levantar el ánimo adecuadamente.

—¡Venceremos, muchachos! —decía—. Por Dios y por la Virgen del Pilar que venceremos. ¿No lo creen? ¡Vamos! —gritazo enfurecido—. ¿Quién no lo cree?

Y el infortunado recluta que pareciera no creer en las palabras del cura, caía a golpes.

De repente uno de los soldados, un extremeño muy echao p’alante, se atrevió a responder al cura.

—Pero… ¡mi capitán —gritó el extremeño—. ¡Son miles!

—¡Nos protege la fe! —don Germán sostuvo en alto su gigantesca cruz de madera repujada de oro, para que todos la vieran—. ¡Y nos protegen las armas! ¡No temáis!

—¡Capitán… las armas no les hacen nada a menos que les aciertes en la cabeza! ¡Todos lo sabemos!

—¡Sí, y darles en la cabeza es muy difícil! —empezaron a gritar los soldados.

—¡No se puede!

—¡Atacan de noche!

Eloy no se unió al coro. ¿Para qué, para decir lo que ya sabían todos? Sin embargo, tuvo la satisfacción de ver cómo, por un momento, don Germán perdía la expresión de calma cruel que le tranquilizaba. No duró mucho. El cura dio un paso adelante, agarró de la pechera al extremeño y lo tiró al suelo.

—¡Son ustedes soldados del ejército español, no nenazas ni modistillas! ¡Infantería! ¡Herederos de los tercios! Compórtense como tal —bajó tono y medio y siguió hablando—. Es cierto que los zombis dan miedo, pero su magia diabólica no puede nada contra el poder de la fe. ¡Tráiganlo!

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El problema del genio

El genio se estaba muriendo.

Se había pasado toda una noche escribiendo anotaciones a sus últimos descubrimientos matemáticos. Cuando levantó la vista, ya era de madrugada. Casi llorando –solo tenía veinte años– cogió su juego de pistolas y fue a que un contrincante más diestro y experimentado que él le metiera una bala en la tripa.

El resultado del duelo fue el esperable. El capitán de dragones que era su rival disparó primero, y no hizo falta más. El genio cayó. Al principio pensaron que estaba muerto; luego, resultó que respiraba. Dio tiempo a llevarle a un hospital y todo, pero el médico se limitó a mirarle y a negar con la cabeza. Aquel joven no viviría mucho más de veinticuatro horas. Y así se había llegado al momento presente, en que el matemático Evariste Galois aguardaba la muerte entre dolores.

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