Punto de inflexión

Elías no llevaba mucho tiempo haciendo el servicio militar obligatorio, pero ya sabía una cosa: siempre hay una puerta trasera. No hay cuartel del que no puedas escaquearte si eres un poco listo. En Jaén había sido muy fácil, puesto que los propios encargados de la guardia nocturna tenían más interés en la partida que se jugaba en la cocina que en mantener vigiladas las puertas. En Barcelona, y pese a que en teoría estaban acuartelados y en alerta máxima, la cosa no era muy distinta. Bendito ejército español.

Las calles de Barcelona estaban oscuras. Nada sorprendente, si se tiene en cuenta que la huelga había alcanzado a todas las eléctricas. El día anterior había sido el peor: habían tenido que iluminarse con viejos quinqués de gas que apenas funcionaban. Luego los ingenieros habían conseguido restablecer parte del fluido: esa noche las luces del cuartel habían contrastado con la oscuridad de las vías adyacentes.

En el cuartel había poco que hacer: ellos estaban solo como refuerzo, por si la huelga se descontrolaba y se producían motines callejeros. Mientras eso no sucediera —y no parecía que fuera a hacerlo—, a nadie le importaba demasiado lo que hicieran en su tiempo libre. Incluso podían recibir llamadas. Gracias a eso se había podido comunicar con Rafael y concertar aquella cita nocturna.

Elías apretó el paso. Al principio de su caminata se había perdido y ahora llegaba un poco tarde. Sabía que a su hermano le importaría poco, pero a él le daba apuro hacer esperar a la gente. Rafael siempre se había reído de aquella característica suya. Claro que, ¿de qué no se reía Rafael? Si algo diferenciaba a los dos hermanos era precisamente aquello: mientras que el mayor consideraba que el mundo era un infinito campo de juegos y despreocupación, el menor se tomaba muy a pecho todo lo que implicara responsabilidad. O, en palabras de Rafael, “qué sieso que eres, jomío”.

Por fin llegó a la esquina donde habían quedado. Los faroles estaban apagados, claro: solo las calles principales tenían fluido, y ninguna de las dos lo era. Pero daba igual: la noche era clara y se veía bastante bien. El invierno había sido suave; aunque todavía estaban en febrero, el frío ya estaba en franca retirada. Elías se había puesto un abrigo encima de su uniforme, y empezaba a sentir que le sobraba. Sin embargo, no se lo quitó: sería mejor que nadie viera que era un recluta, sobre todo en aquel barrio. Por lo que pudiera pasar.

—¿Qué? ¿Esperando el tranvía? —preguntó con guasa una voz conocida, detrás de él. Al mismo tiempo, una manaza se abatió sobre su hombro.

—¡Rafael! —Elías se volvió y abrazó a su hermano—. ¿Qué tal? ¿Cómo te trata la vida? ¡Chico, has adelgazado!

—¡La vida de la ciudad! ¡No paro! Ven, ¿quieres unos chatos?

—Hombre, ¡a eso nunca se le dice que no! Pero a la siguiente invito yo!

Rafael guio a Elias por el interior del barrio. Las casas eran altas y feas, y en alguna de ellas había pancartas pidiendo la jornada de ocho horas. Finalmente se detuvieron en la entrada de un callejón, en una tabernucha cuyo dueño había sacado varias mesas a la calle. Elías intentó ver el nombre del local, pero el rótulo estaba parcialmente tapado por pendones rojos y negros. Además, en aquella calle tampoco había electricidad, por lo que el farol que debería haber iluminado la puerta de la taberna sólo servía para que se apoyara un hombre con un vaso de vino.

Varias de las mesas estaban ocupadas, y era obvio que la clientela conocía a Rafael. Un coro de acentos procedentes de toda Andalucía les recibió. Su hermano se paseó entre los clientes, estrechando manos y palmeando espaldas, mientras Elías le miraba con incomodidad. Aunque el servicio militar estaba acabando con su timidez (a la fuerza ahorcan), no acababa de sentirse cómodo al lado de tantos desconocidos, aunque fueran de su tierra. Por suerte, cuando su hermano acabó la ronda de saludos se lo llevó a una mesa aparte.

Del establecimiento emergió un tipo gordo vestido con un mandil lleno de lamparones. Renqueó hacia su mesa, la ensució aún más con una bayeta llena de roña, y le dijo a su hermano:

—Hombre, Rafael, ¿traes un afiliado nuevo? Dime, ¿qué tomáis? —el gigante tenía un fuerte acento sevillano.

—No es afiliado, al menos no todavía. Es mi hermanito, que está aquí de quinto. Pero es buena gente, ¿eh? Simplemente le ha tocado. ¡Ponnos unos chatillos, anda!

—¡Marchando! —dijo el camarero, y volvió a meterse en la taberna.

—Es buen hombre el Dieguito, ¿eh? Todo el mundo le llama así, aunque podría cascarnos la cabeza a cualquiera. ¿Has visto qué manazas? Trabajó en la construcción hasta que se cayó de un andamio y se jodió una pierna.

—¿Qué es este sitio? —preguntó Elías tras unos segundos de silencio—. Parece que te conoce todo el mundo.

—¡Hombre, para no! Me paso aquí desde que salgo del trabajo hasta que me voy a dormir.

Justo en ese momento llegó Dieguito con los vasos de vino. Elías levantó el suyo y brindó con su hermano.

—¿Tanto tiempo? ¡No me digas que te has vuelto un borracho! —amagó una broma.

Pero Rafael no se rio. Aquello desconcertó a Elías más que todo lo anterior. La caminata nocturna, el bar inusualmente lleno, los pendones y pancartas… y ahora aquello. Que su hermano desaprovechara un pie para hacer una broma era inusitado. El Rafael que él conocía habría usado la frase de su hermano para reírse de los borrachos del pueblo y embarcarse en la solvente imitación de alguno de ellos.

En aquel momento, su hermano se limitó a beberse su vino.

—No, hombre, no, cómo me voy a haber vuelto un borracho. La taberna sólo sirve para perjudicar a la clase trabajadora, para embrutecerla con el alcohol. ¡Yo bebo con moderación! —dijo con acritud.

—¿Y entonces…?

—Hostia, Elisito, que no te enteras de una mierda, ¿eh? ¿No ves que el Dieguito es compañero? ¡Dieguito, hombre, ponte otros dos! Ahí donde le ves, tiene cincuenta años y lleva desde los quince que se vino de Almería hasta los cuarenta que se cayó del andamio organizando huelgas.

—Aquí tenéis, jóvenes —Dieguito sirvió dos chatos nuevos y se llevó los vacíos.

—Dieguito, cuéntale a mi hermanito por qué en la obra te llamaban “el cascanueces”, anda.

—¡Porque con cada una de estas —cerró la manaza derecha— le he cascado la nuez a más de un esquirol!

Su hermano acogió con una risotada esa afirmación. Elías se limitó a sonreír, inseguro. El dueño del bar, al ver que no se requería nada más de él, se marchó a atender otras mesas.

—Este sitio es mi casa, Elisito, mucho más que la habitación donde vivo. Aquí es donde hablo con los compañeros y donde nos organizamos. ¡El sindicato ha crecido mucho, y no tiene locales para atender a tanta gente!

—¿El sindicato?

—¡La CNT, hombre! ¿Es que estás dormido? ¿Es que no has visto las banderas y las pancartas? ¿Para qué te crees que te han traído a Barcelona?

—Hombre, Rafaelito, no me tomes por tonto —cortó Elías—. Ya sé que han desplazado tropas aquí debido a la huelga que ha montado la CNT. Lo que no sabía es que tú formabas parte de la CNT ni que en este bar os reunís los sediciosos.

—¿Sediciosos? ¡Ja! Mira al pollo éste. ¡Cualquiera dirá que eres hijo de jornaleros, Elisito! Qué rápido te has aprendido la jerga de los que mandan. Sediciosos… —se arrellanó en la silla y le hizo un gesto a Dieguito para pedir más vino.

—¡Pues mira, sí, sediciosos y rebeldes! —dijo Elías. La nueva seriedad de su hermano le molestaba, y el vino le soltaba la lengua—. Que mucho discursito sobre los jornaleros, pero bien que te escaqueaste de hacer la mili cuando te tocaba.

 —¿Y a mí qué más me da la mili, esbirro de los cojones? ¡Pues claro que me largué en el año del reclutamiento! Yo le debo lealtad a mi clase, no al Estado éste burgués asqueroso. ¡Gracias, Dieguito, hombre!

—¡Pues que al no estar tú, sortearon a otro! El Matías aún te la tiene jurada, ¿sabes? Tanta clase y tanta clase…

—El Matías lo que es es un traidor. ¡Siempre dispuesto a hacer el trabajo del amo al precio del amo! Si le ha tocado ir a la mili, pues que se joda. No habrá para él un buen barranco del Lobo, no… —y se quedó silencioso, mirando su vaso.

Elías se levantó, enfadado. Se tambaleó entre las mesas para entrar en el local. Dentro, un quinqué de petróleo alumbraba la taberna. Al fondo se distinguía la puerta del baño, y hacia allí se dirigió. Ese Rafael… ¿quién se creía que era? ¡Dos años en Barcelona, escribiendo a casa solo de Pascuas a Ramos, y resultaba que se había convertido en un… sindicalista! Eso no lo decía en las cartas, ¿eh?

Tras una meadita y un lavado de cara (que le costó algo más de lo habitual, pues en las depuradoras también había huelga y el chorro tardó un poco en salir del grifo), Elías se encontró algo más sereno. Se sentó en el retrete y se masajeó las sienes. Le molestaba tanto discursito sobre la clase trabajadora. Pero en fin, Rafael era su hermano y tampoco era cuestión de acabar a insultos con él, y menos por una cosa de política.

Volvió a la mesa. Su hermano seguía trasegando: ya le llevaba dos chatos de ventaja. Durante un rato bebieron en silencio; en un momento dado fue Elías quien empezó a pedir la bebida. La nueva ronda sirvió para romper de nuevo el hielo.

—Oye, Rafael, siento haberte llamado rebelde. Se me ha calentado la boca.

—No pasa nada, hombre, es normal. No sabías que me he vuelto anarquista. A madre le da un pasmo si se entera de que me he metido en la CNT.

—¿Y cómo ha sido eso? En casa siempre te reías del sindicato.

Rafael miraba al infinito, con el vaso a medio terminar en la mano.

—¿Qué cómo ha sido? Pues porque sí, Elías, porque sí. Porque en el campo, quieras que no, te sostienes. Aquí todo es carísimo, todo va muy deprisa, al patrón no le importas una mierda. Entiéndeme: en el pueblo tampoco le importabas nada al amo, pero la cosa era distinta. Más humana, menos… racional —escupió la palabra.

—¿Racional?

—Racional. Tratar a los hombres como piezas y buscar su máximo rendimiento. Eso en el campo no se da. Desde que llegué he trabajado en tres fábricas, y no sé cuál era peor, cuál era más inhumana. He visto a hombres caerse de andamios porque llevaban diez horas haciendo el mismo trabajo repetitivo. Una vez, uno de mis compañeros hizo un movimiento en falso y de repente una de las máquinas le había aplastado la mano. Se quedó manco, le despidieron y a las pocas semanas estaba pidiendo en la puerta de una iglesia.

—Joder…

—Tú ves eso y ¿qué haces? Al principio vas al bar, te lo tomas con humor, te juntas con otros emigrados, pegas cuatro gritos contra el patrón. Pero un día algo se te rompe y empiezas a tomártelo en serio.

—¿Y tú? ¿Qué fue lo que…?

Por primera vez Rafael le miró a los ojos.

—Déjalo. Prefiero no contártelo. La cuestión es que llegas al punto de inflexión y un día te acercas a ese compañero que tiene contactos en el sindicato. Y te lleva a una asamblea, y a lo mejor te da lecturas y empiezas a formarte. Y ves que todo es parte de la misma mierda de maquinaria. ¡Diego, cojones, que por aquí estamos secos!

Nuevo silencio mientras el dueño del bar sustituía los vasos vacíos por otros llenos. La terraza estaba ya casi vacía; solo otra mesa aparte de la suya seguía ocupada. Sin embargo, Diego no hizo amago de echarles.

—Por ejemplo, el ejército. Vienen y hacen los sorteos y reclutan a jóvenes de clase trabajadora. ¿Para qué? Para lavarles el cerebro y para tener un arma con la que defender al capital.

—Hombre, tampoco es eso. Los moros…

—Los moros son gente cuya tierra hemos invadido y que se defiende. Además, ¿a ti te han mandado a luchar contra los marroquíes? No: te han traído a Barcelona para que dispares a obreros. A compañeros de tu misma clase. Por España. ¡Ja! ¿Qué es España, dime? —vació el vaso—. ¡España son ellos, joder, los ricos! Los poderosos. Tú y yo no somos… no somos España. Tú eres una herramienta. Yo, un enemigo.

—Escucha, si vas a volver a… —Elías levantó un dedo temblón.

—¡No, no, tranquilo! No te voy a volver a llamar esbirro —Rafael relajó el tono—. No quiero insultarte, hermanito. No estás en ese servicio porque quieras. Pero tienes que entender que eres una herramienta. El servicio militar es un impuesto que pagamos los pobres: trabajar para el Estado reprimiendo a camaradas.

—En la mili también hay ricos —dijo Elías, cada vez menos convencido—. ¿Recuerdas a Lucas, el hijo menor del duque de…?

—Ya, sí. ¿Sabes desde cuándo hay ricos haciendo la mili? ¡Desde que hace diez años esta misma ciudad se rebeló contra las redenciones en metálico! Hubo que arrancárselo al Estado por la fuerza. Y aun así, si pagan pueden elegir destino y cumplir mucho menos tiempo.

—Tienes razón. Pero dime, ¿qué podía hacer? ¿Qué podía hacer, eh? Me tocó en el sorteo y ya está. ¿O es que tú crees que me gustó dejar a padre, a madre y a las hermanas?

—No, está claro… no puedes hacer nada. Jo, hermanito, te quiero un montón.

Se levantaron. Rafael lloraba. Pronto estaban fundidos en un abrazo.

—El ejército es una mierda, Rafael. ¡Una mierda! —Elías había empezado a llorar también—. La comida es asquerosa, la disciplina es horrible y cualquier gilipollas con galones, o simplemente que lleva allí más tiempo que tú, se aprovecha de ti.

Dicen que los niños y los borrachos son las únicas personas que dicen la verdad. Elías debía estar muy borracho, porque era la primera vez que admitía aquello. En el momento en que la confesión salía de su boca, sintió como un peso enorme le desaparecía del pecho. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Su hermano le apretó fuerte.

Se sentaron y bebieron. Ya eran los únicos clientes de Diego, que en ese momento ya estaba recogiendo las mesas.

—Escucha, tengo una idea. ¿Por qué no desertas? —dijo Rafael.

—¿Qué? ¡No, eso… eso no puedo hacerlo!

       —¡Te esconderemos! En esta ciudad nadie te conoce, serás un obrero más. Ya buscaremos a un mensajero de confianza que le lleve las noticias a padre y a madre. ¡Lárgate!

       —No… tengo que pensarlo.

       —¿Qué hay que pensar, Elías? ¡Échale cojones! —golpe en la mesa—. Mañana por la noche ven aquí. Tendrás un sitio donde dormir y algo de ropa, y no te va a faltar comida. Te buscarán, no te encontrarán y a las pocas semanas te haremos pasar por el primo de cualquiera de los compañeros y conseguirás trabajo. ¡No es perfecto, pero es mejor que el ejército! Y piensa que la huelga va a triunfar. No vas a tener que trabajar más de ocho horas al día —nuevo trago.

—¿Sabes qué? —gritó Elías—. ¡Que lo voy a hacer! Cojones, lo voy a hacer. Mañana a esta hora, aquí estaré.

—¡Así se habla, hermanito! Mañana a esta hora: aquí te esperaré.


A la mañana siguiente, cuando la trompeta le despertó para hacer la instrucción, Elías era incapaz de recordar nada más allá de aquella promesa. Creía que había habido algo más de vino, que Dieguito les había acabado echando y que habían vuelto al cuartel cantando canciones anarquistas… pero no eran más que imágenes fugaces en su memoria. Ni siquiera sabía cómo había llegado a su cama.

El día fue, evidentemente, un infierno. La cabeza le dolía como si todos los ejércitos españoles hubieran desfilado por ella. Tenía la lengua hinchada, le dolía todo el cuerpo y apenas podía aguantar las nauseas. Poco a poco los síntomas fueron remitiendo. A la hora de la comida ya estaba casi normal, y pudo aprovechar el tiempo posterior para hacer un petate con lo más indispensable.

Las deserciones no eran tan raras como podía imaginarse. En Jaén, que él supiera, tres compañeros se habían ido sin intención de volver. A los tres les habían atrapado, claro: uno de ellos estaba escondido en casa de sus padres, debajo de su cama. Pobre iluso. Pero Barcelona era una ciudad enorme, y Rafael tenía muchos amigos. Además, en plena huelga era poco probable que la policía se atreviera a meterse en casa de cenetistas. Ya estaban las cosas bastante tensas.

Pero mientras avanzaba la tarde, su ímpetu comenzó a debilitarse. ¿Y si le atrapaban? ¿Cuántos años de cárcel le caerían por deserción? No lo sabía, pero no debían ser pocos. Además, padre y madre no tenían más hijos varones aparte de Rafael y de él mismo, y las mujeres cobraban una mierda en las faenas del campo. Sintió que toda su vida se tambaleaba: su plan hasta el momento era cumplir fiel y puntualmente con el servicio militar (un deber asqueroso pero necesario), que le licenciaran y volver a casa a ganarse el jornal.

No le había gustado la descripción de Barcelona que había hecho su hermano. Él parecía estar fascinado por la ciudad, pese a lo horrible que era, pero Elías no. En eso también se diferenciaban: Rafael siempre había querido descolgarse del arado y ver mundo, mientras que su hermano nunca había tenido esa aspiración. Trabajar en el campo, casarse con una chica bonita y tener muchos hijos que le sostuvieran durante su vejez: eso era lo que había querido. Y en Barcelona no había nada de eso.

Salió al patio del cuartel. La cabeza no dejaba de darle vueltas. Porque la gente cambia, ¿no? El Rafael de la noche pasada no era el chico despreocupado que había conocido. Aquella seriedad, aquellos discursos… algo le había pasado. Entre brumas alcohólicas, recordó que no se lo había querido contar. “Punto de inflexión”, lo había llamado. Quizás éste fuera el de Elías.

Al fin y al cabo, trabajar en el campo no era ningún chollo. Rafael había hablado de aquel hombre manco por culpa de una máquina, pero todos conocían a Alejandro, que se había quedado tonto después de una coz mal recibida. Su propio padre tenía la espalda destrozada después de años de doblarla. Y lo de tener muchos hijos era una trampa mortal, porque si bien aseguraba la vejez, también significaba hambre para todos mientras fueran chicos.

Hecho un mar de dudas, Elías acudió a cenar. No participó en las bromas habituales, ni se quejó de la escasa calidad del rancho. Cuando terminaron, se metió directamente en la cama. Se apagaron las luces y pronto todo el cuartel estuvo en silencio. Elías, que dormía en la litera de abajo, se levantó, cogió el macuto y salió al pasillo.

A partir de ahí el camino era simple. Salir del edificio por el ventanuco de uno de los baños, cruzar hasta las cocinas aprovechando la sombra que daba la tapia del cuartel, esperar a que el guardia se quedara roque y salir por la puerta de proveedores. Nada difícil y nada que no hubiera hecho ya. Sin embargo, notó que sus pasos se ralentizaban. En el momento de cruzar hacia las cocinas, un ruido le hizo retroceder. No era más que una patrulla en el otro lado del cuartel, algo a lo que normalmente habría prestado poca atención, pero estuvo a punto de desistir y darse la vuelta.

Cuando finalmente ganó la puerta ya sabía que no iba a cruzarla. La noche barcelonesa se extendía ante él, oscura. Visualizó claramente la captura, el consejo de guerra, la cárcel, las caras de decepción de todos los del pueblo, todos sus planes truncados. Tragó saliva. Pensó por última vez en su hermano y, en silencio, se volvió a la cama.


Elías no apareció en la taberna de Dieguito aquella noche, ni la siguiente, ni ninguna otra de aquella semana. Rafael no se preocupó. En realidad, no pensaba que aquella noche de melopea fuera a mover a Elías a la acción. Su hermano era más miedoso, más conservador de lo que nunca había sido él. Pero daba igual. Todo el mundo se rompía en algún momento, por desgracia. Solo tenía que esperar. Antes o después todos los desposeídos de la Tierra alcanzarían su punto de inflexión.

Y entonces todo ardería.




La huelga de La Canadiense fue un largo paro laboral (duró 44 días) que logró paralizar Barcelona y buena parte del resto de Cataluña. Empezó en una empresa eléctrica y pronto se extendió a los sectores del agua, el gas y el textil. El éxito de los huelguistas fue total e impactó en toda España, porque se logró la jornada de ocho horas.

Me apetecía hacer un relato que no hablara directamente de un acontecimiento histórico, sino que se limitara a tenerlo como telón de fondo. Espero haberlo conseguido y que haya salido una historia interesante.