Suerte, karma y piedras preciosas

—Señoras y señores, les presento… ¡el diamante Hope!

El director del Museo Nacional de Historia Natural retiró la tela que cubría la vitrina. Se oyeron oehs y aehs entre la muchedumbre que abarrotaba la sala. No era para menos; el diamante era un pedrusco facetado grande como el puño de un niño (pesaba 9,1 gramos, según el folleto que le habían dado a Lucky al entrar), de un soberbio tono azul marino y que además estaba engastado entre otros brillantes e incorporado a un collar. El flash de las cámaras de algunos reporteros le arrancó brillos irisados.

Satisfecho con la reacción del público, el director del Museo siguió hablando.

—La historia del diamante Hope es fabulosa, aunque más que historia tiene leyenda. Se cree que procede de una pieza aún más grande, el French Blue, que le fue vendido a Luis XIV en el siglo XVII —hizo una pequeña pausa para que el público expresara la veneración adecuada—. El French se perdió en la revolución francesa, y unos años después apareció el diamante Hope, del cual se dice que estuvo unos años en posesión del rey Jorge IV de Inglaterra. Así que la pieza que ahora tenemos el honor de presentarles en el Smithsonian ha estado en posesión de dos familias reales. Luego pasó a una serie de dueños particulares… y hasta ahora.

—¿Cuánto de cierto hay en la idea de que está maldito? —preguntó un reportero situado en primera fila.

 —Bueno, yo creo que nada en absoluto, pero siempre es buena publicidad, ¿no creen ustedes? —respondió el director. La multitud, obediente, rio el chiste—. Ya hablando en serio, es cierto que los poseedores primero del French Blue y luego del Hope han tendido a encontrar toda clase de muertes horribles, empezando por el propio Luis XVI, pero yo confío en que esta racha cese aquí, en el Smithsonian. ¡El contribuyente americano nunca nos perdonaría que malgastáramos su dinero en maldiciones!

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