La expulsión de los moriscos

I

Eran los tiempos de prosperidad. Eran los tiempos de becas y de estudiantes universitarios, de presencia en la prensa, de premios y de comparecencias parlamentarias. Era la época anterior a la crisis y a la dictadura, cuando el cronomóvil era un aparato novedoso, las ocho plantas del Instituto estaban a rebosar de empleados, el tiempo de uso por persona era limitado y la financiación parecía no serlo.

Eran los tiempos de las peticiones absurdas de los políticos.

Sigue leyendo

Anuncios

Un recado urgente

Domingo corre por las calles de Madrid. Sus botas resbalan en ese puré de barro y mierda que, pese a los esfuerzos del monarca, sigue siendo el pavimaento más habitual de la ciudad. Se está poniendo el calzado perdido. Pero a Domingo eso no le importa. ¡Que se ensucien las botas si quieren, pero su misión debe cumplirse a toda costa! Sabe que su maestro recompensa a quien hace las cosas a su gusto, y el recado que le lleva Domingo le va a complacer en extremo.

El primer signo de que algo anda mal se lo da un gigantón que le sale al paso. Domingo tropieza y cae de culo en el barro, mientras tres majos delgados rodean al enorme tipo que le ha interceptado. Si hubiera vivido tres siglos después, a Domingo la escena le habría recordado la pantalla final de cualquier videojuego, con un malo gigante y tres secuaces más pequeños. Pero estamos en el siglo XVIII, y Domingo solo tiene miedo de que le roben.

Uno de los secuaces se acerca a él y desenvaina un cuchillo que a Domingo le parece más bien un sable de caballería. Ya está a punto de desabrocharse los calzones (como buen chico previsor, lleva el dinero bien escondido) cuando el gigante habla.

Sigue leyendo

La primera logia

La sala principal de la taberna del Ganso y la Rejilla estaba abarrotada. Rubin, el nuevo camarero del local, había subido ya tres bandejas llenas de jarras de cerveza, y la cosa no parecía que fuera a parar. Los caballeros que ocupaban el comedor parecían estar en alguna clase de reunión política, con todo lo que aquello comportaba: les había oído gritar e interrumpirse, y era normal que en esas circunstancias la bebida corriera algo más de la cuenta.

—¿Políticos? —respondió el viejo Herbert, jefe de camareros, cuando Rubin le comentó el trajín de la segunda planta—. No, hombre, no. Son francmasones.

—Bueno, eso explica los mandiles. Pero… ¿y los gritos y las discusiones? ¿No se reúnen los masones en secreto, y con símbolos místicos, y…?

—Deberías dejar de leer panfletos, chico. Los francmasones no son más que caballeros que vienen aquí a hablar de sus cosas, como todos. Y, como todos, a veces se acaloran. Hoy creo que están discutiendo refundir cuatro de sus asambleas en una sola, y claro, todos quieren que la suya sea la que acabe mandando. Es lo natural. Venga, ve a la cocina a ver cómo está la cena.

Sigue leyendo