La batalla de la calle Cable

David trataba de aguantarse las lágrimas, pero no podía. Las palabras de Eileen le habían herido como látigos. Ella, que normalmente era una persona muy dulce, sabía cómo hacer daño cuando se enfadaba. Y la bronca había sido apoteósica.

—No tienes sangre en las venas. ¿No hay nada que te interese o qué? Los chicos de nuestra edad, tus propios compañeros de clase, tienen aficiones, intereses, una ideología política, ¡algo! Tú no. Te limitas a estar ahí, estudiando para conseguir una plaza en alguna escuela de ingeniería… ¡en la cual seguirás estudiando sin levantar la vista del papel! ¿Es esa la vida que me espera si me caso contigo? Pues me niego, ¿lo entiendes? ¡Me niego! —y luego había rebajado el tono y, con dolor y con cariño, había dicho lo peor de todo—. Te quiero mucho, Dave, y eres un chico genial. Sé que serías un buen marido, pero… contigo me aburro, y no me imagino una vida a tu lado. Lo mejor será que dejemos de vernos. Adiós.

¿Qué se dice contra eso? ¿Qué se argumenta cuando la chica a la que amas te dice que le aburres? Alguien con más ímpetu, se decía David, la habría estrechado entre sus brazos, la habría besado en la boca como en los galanes de las películas y se la habría llevado en su barco a recorrer mundo. Pero él no tenía un barco. Ni siquiera era mayor de edad; sólo un chico tímido que no tenía todavía edad suficiente para enrolarse en el ejército, labrar su fortuna o realizar ninguna heroicidad.

Así que se había quedado ahí plantado, en el parque, mientras ella se le escapaba. Y luego había empezado a caminar por Londres, cada vez más rápido y lleno de furia hacia sí mismo. Si tan sólo pudiera ser tan valiente como lo eran su hermano o alguno de sus amigos… pero a él le asustaban hasta las peleas callejeras. Nunca se había metido en ninguna; siempre huía. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a obrar de otro modo? ¿Qué sentido tenía jugarse así la piel?

Estaba a punto de echar a correr cuando una mano le agarró del brazo y le arrastró hacia el interior de un local. Era un pub de obreros, lleno de humo.

—¡Tú no te me escapas, chaval! —dijo una voz ronca que conocía muy bien. Era John, uno de sus amigos, un chico algo más mayor que él que siempre estaba de taberna en taberna y de mitin en mitin. Normalmente le gustaba su compañía, pero hoy…

—Escucha, John, ahora no me apetece. Mejor nos vemos otro día, ¿eh? —dijo, intentando zafarse. Pero su amigo le arrastraba hacia la barra con mano de hierro. El local estaba lleno, pero John se abría paso con los codos.

—¡Matt, ponme otra, y una más para mi amigo! —el camarero, un ser gigantesco que respondía al estereotipo de escocés borracho, asintió y sirvió dos pintas de cerveza mala. Se las dejó en la barra con un golpe.

—John, escucha, gracias por la cerveza, pero… —ésa era otra. Contra personalidades tan fuertes como la de John, David siempre sentía que se hacía más pequeño. Su amigo era simpático, pero siempre acababa pasándole por encima.

—¡Bebe, bebe, lo vamos a necesitar! Te he visto venir y he decidido cogerte por el brazo. Con nosotros estarás seguro. ¿Verdad, compañeros?

La última frase la dijo gritando, y los clientes del bar rugieron, aunque no podían haber escuchado el resto del diálogo.

—Pero ¿qué sucede? ¿Qué pasa hoy?

John le miró como se miraría a una nueva especie.

—Pero hombre, ¿no lo recuerdas? Si Londres está lleno de carteles, al menos los que no hemos podido arrancar —dijo con una sonrisa salvaje—. ¡Hoy es la marcha de los fascistas! O lo será si no se lo impedimos. ¡No pasarán!

Nuevo rugido.

Joder, la marcha de los fascistas, no se acordaba. Y eso que en la radio lo habían recordado esa misma mañana y que sus amigos no dejaban de hablar de ello. “Es una demostración de fuerza”, decían los más radicales, John entre ellos. “Quieren hacer lo que Mussolini hizo en el 22: intimidarnos, tomar el poder y proclamar la dictadura”. La posición de David, junto con la de la mayoría de sus amigos, era mucho más conciliadora.

—Pero John, ¿se la vais a impedir? ¿Por la fuerza? ¡Si el Gobierno la ha permitido!

—¿Y a nosotros qué nos importa el Gobierno? —John escupió en el suelo de la taberna—. Conservadores, liberales, son todos la misma mierda. ¡Pues claro que autorizan la marcha de los fascistas! Y le darán una escolta policial para impedir que la frenemos. No les va a valer de nada. ¡Mira!

En el bar seguía entrando gente. Había obreros que parecían haber venido de toda Gran Bretaña: se podían oír todos los acentos del país. Justo en ese momento llegaron tres mineros galeses, que inmediatamente se incorporaron a una mesa repleta de lo que parecían obreros de construcción. Al lado de John y David se sentaba un ruidoso grupo de marinos con acento de Cornualles. Cada nueva incorporación era saludada con voces de camaradería, aunque era obvio que los recién llegados no conocían a nadie.

—¡Y esto es sólo en este pub! —dijo John, satisfecho, mientras apuraba su cerveza—. ¿Sabes cómo están las iglesias católicas, llenas de obreros irlandeses cada vez más cabreados? ¿Y las sinagogas? La marcha va a pasar por el East End, al fin y al cabo. Es una provocación en toda regla.

—Pero ¿vais a caer en ella? —logró meter baza David. Cada vez era más difícil hacerse entender por encima del ruido del local—. ¡Es una locura! Vale, no apoyáis al Gobierno, pero ¿sabéis que os vais a enfrentar contra la Policía? ¡Podéis acabar detenidos, o heridos! ¡O muertos!

 Nueva mirada de incomprensión por parte de su amigo.

—¿Y qué más da? David, ¿no lo entiendes? ¡Esta gentuza gobierna en Italia, en Alemania y en Portugal! Tienen gobiernos amigos en Hungría y en Austria, y mira lo que están intentando hacer en España. ¡Se están quedando con Europa! Sabes cómo es aquello, has leído los reportajes. ¿Quieres algo así en nuestro país?

—Bueno… evidentemente no, pero eso no puede pasar aquí.

—Ah, ¿no? ¿Y por qué? —preguntó John.

—¡Sería ridículo! En Inglaterra nunca ha habido monarcas absolutos ni dictadores. ¡Tenemos demasiado arraigada la costumbre de cuestionar al gobierno!

—¿Y qué te crees que estamos haciendo nosotros? —dijo John, con una sonrisa un poco lobuna—. Cuestionamos la decisión del Gobierno de permitir que esta gentuza se manifieste, la encontramos equivocada… ¡y la revocamos con el poder popular! Ni más ni menos.

David le miró con escepticismo, y John siguió hablando, casi a gritos.

—Si en este país nunca hemos sufrido una tiranía durante mucho tiempo no es porque estemos libres de ello por mandato divino, Dave, sino porque nos lo ganamos. Porque nos organizamos y, cuando es necesario, salimos a la calle. Desengáñate. El fascismo puede llegar aquí salvo que se lo impidamos. Y eso es lo que vamos a hacer.

De repente, un rumor se extendió por el pub. “Ya empieza, ya vienen, la marcha ha comenzado”. Gritos exigiendo la cuenta, peniques cayendo sobre la barra, pies caminando hacia la puerta. David trató de escabullirse mientras su amigo pagaba, pero John volvió a agarrarle. Ya en la calle, hizo un último intento de huir.

—Oye, John, todo lo que me has contado está muy bien, pero yo me voy a ir a mi casa, ¿vale? Eileen me ha dejado y, con sinceridad…

—¿Te ha dejado? —su amigo le miraba con asombro—. ¡Pero si erais tal para cual, el uno para el otro! ¡Si todo el mundo decía que os veía casándoos y teniendo doce hijos, uno detrás de otro!

—Anda, John, menos bromas. Dice que soy aburrido, que no me comprometo con nada…

—Bueno, no es para tanto. Es cierto que siempre estás con la cabeza en un libro y que sólo sabes hablar de ingeniería… pero de ahí a llamarte aburrido va un trecho, ¿eh?

—Eres único animando a la gente —respondió David, sombrío.

—Mira, te diré lo que vamos a hacer. Te vienes ahora a la manifestación y luego, cuando les hayamos demostrado a esas ratas de qué pasta estamos hechos los ingleses de verdad, nos corremos una juerga. ¿De acuerdo? —y, sin esperar respuesta, le arrastró entre la multitud.

++++++++++++++++

Los fascistas avanzaban por la calle Cable. John y David, que ya no tenía voluntad para oponerse a su amigo, se habían logrado subir al tejado de una casa abandonada para ver la manifestación. Era como un desfile. Miles y miles de fascistas vestidos de negro marchaban en formación, coreando consignas e himnos. Muchos llevaban banderas rojas con rayos. Cada pocas líneas caminaba un hombre con pinta de organizador, que vigilaba que los manifestantes no se salieran de la fila.

Había casi más policías que fascistas. Formaban un delgado cordón entre la marcha y los miles de curiosos que la observaban. La mayoría iban a pie, pero en puntos concretos esperaban retenes de jinetes. La tensión podía cortarse con un cuchillo.

—Míralos… basura. ¡Mira, ahí va Mosley! Nuestro Führercito local… —dijo John con desprecio. Oswald Mosley, el jefe de la Unión Británica de Fascistas, caminaba cerca de la mitad de la manifestación, con toda su plana mayor—. ¡Eh, Mosley, muérete!

—Cállate, hombre —dijo David, escandalizado.

—Déjame en paz. Ese tío es asqueroso. ¡Mosley, rata, ve a lamerle las botas a Hitler!

—¡Te van a oír!

—¡Que me oigan! ¿Es que hay alguna ley que prohíba llamar rata a una rata? ¡Venga, vamos, van a llegar a la barricada y hay que estar allí!

Se bajaron de la casa abandonada, salieron por el jardincito trasero y corrieron por las calles laterales. La manifestación no iba a salir de la calle Cable. En la esquina con Christian se había levantado una barricada, y detrás había antifascistas por lo menos hasta Dock. Simplemente no había espacio para que los manifestantes siguieran adelante, incluso aunque las personas que ocupaban la calle no hubieran sido la cabreada mezcolanza de obreros, anarquistas y judíos que eran. Si la Policía intentaba disolver aquella concentración, iba a haber violencia. Y se dirigían de cabeza a ella.

David fue consciente de ese hecho justo cuando su amigo empezaba a decelerar, constreñido por la presión de la masa cada vez mayor de gente. Le llamó la atención.

—Escucha, yo me voy a casa. No quiero llevarme un palo.

—¡Pero hombre, si ahora es justo cuando hay que estar aquí! ¡Tenemos que actuar todos! ¿No quieres ser uno de los hombres que derrotó el fascismo?

—¡No quiero que una piedra perdida me alcance, muchas gracias!

—¿En serio? ¿Tienes miedo a un golpe? ¿Y si ellos ganan qué te vas a llevar? No va a ser sólo una contusión, ¿sabes? —su amigo estaba agitado, más incluso que cuando soltaba soflamas en la taberna.

—¡Me da igual, John, joder! Yo sólo quiero estudiar, hacerme ingeniero y hacer el trabajo de cada día sin meterme en política. ¿Qué más me da a mí que manden conservadores o fascistas?

Un par de obreros irlandeses le miraron con odio. David se sobresaltó y volvió la mirada hacia su amigo, esperando comprensión. No la halló. John le observaba con desprecio.

—Muy bien, pues —dijo—. Lárgate. Espero que te rinda la tarde de estudio y que saques muy buenas notas en el próximo examen —y luego, una mirada de arriba abajo y un último dardo—. Qué bien ha hecho Eileen en mandarte a la mierda. Cobarde.

—¡Espera! —dijo David, pero John ya se perdía entre la multitud. Seguirle habría implicado meterse más en el follón, y no quería.

Se alejó de la muchedumbre. Ese John, ¿quién se creía que era, juzgándole así? Que él disfrutara poniéndose en peligro para alterar el orden no quería decir nada. Menudo discurso tan estúpido le había soltado. Que la gente salía a la calle cuando quería conservar su libertad… ¡sí, seguro! Se fiaba más del primer ministro, de la Policía y de la buena cabeza de los votantes. En Reino Unido no habría nunca un Estado fascista.

Sin darse cuenta había hecho un círculo. No conocía bien las calles de aquel sector de Londres, y debía haber torcido por donde no era, porque estaba en la parte de arriba de una cuesta y más abajo volvía a divisar la calle Cable. Era la zona de los fascistas; los camisas negras estaban parados. Por allí no había apenas obreros ni curiosos.

Se dio la vuelta para tratar de buscar el camino a su casa, cuando de repente en la calle se oyó una algarabía de gritos y consignas. Volvió a mirar la manifestación. Los fascistas ya no estaban quietos. Se habían disgregado y lanzaban piedras. El cordón policial parecía haberse roto, y unos cuantos camisas negras subían por la cuesta hacia donde estaba él.

David corrió, sin saber hacia dónde. En un momento dado le pareció haber retrocedido. Un grupo de obreros, uno de ellos con una bandera roja, le adelantó. Dos de ellos llevaban porras y uno cojeaba de manera más que ostensible. Al final, todos ellos se detuvieron en un soportal.

—¿Qué… qué ha pasado? —preguntó David, sin resuello.

—¡Ha sido glorioso! —dijo el de la bandera, riendo—. ¿Tú dónde estabas, camarada?

—Yo… en una de las calles del lateral. No he visto nada.

—¡Te lo has perdido, entonces! La marcha ha llegado a la barricada. Nosotros estábamos detrás, con piedras escondidas en los bolsillos. El capitán de la Policía se nos ha acercado. “Quitad esto, por orden de Su Majestad”, ha dicho. La gente se ha reído. “¿Quién es vuestro jefe? Que ordene que lo quiten”, ha vuelto a decir.

—Y entonces —dijo el que estaba cojo—. ¡Le han escupido en la cara! Una chica se ha adelantado, le ha escupido y ha salido corriendo.

Todos rieron, y el de la bandera continuó con el relato.

—Tengo que decir que se ha limpiado con mucha dignidad, ¿eh, camaradas? —nueva risotada—. Y luego ha ordenado a sus agentes que desmontaran la barricada. Y ahí ya no podíamos permitirlo, claro.

—¡Cómo volaban las piedras! —volvió a meter baza el herido—. Yo creo que he descalabrado a alguno de ellos. A mí me han dado en la pierna, pero ha merecido la pena.

—Y nada, después de eso ya han empezado los palos. Los policías han sacado las porras y han asaltado la barricada. Hemos empujado y les hemos echado hacia atrás, policías y fascistas unidos… ¡son la misma mierda! —terminó por gritar el de la bandera.

—¡Yo me he emocionado! —dijo un tercero—. Judíos con barba, obreros irlandeses católicos, comunistas ingleses… todos juntos para detener el fascismo. ¡Es bonito, joder!

—Pero entonces… ¿por qué corréis? —preguntó David.

—¡Porque los policías han vuelto a cargar, y aquello se ha vuelto un infierno! Los chicos estaban presionando por las calles laterales, y nos hemos vuelto a ver si podíamos ayudar. Pero no conocemos Londres y creo que nos hemos perdido un poco… ¿nos podrías orientar, chaval?

—No soy de este barrio, lo siento. Además, yo…

Justo en ese momento llegó un chico joven, casi de la misma edad que David, que enarbolaba un palo.

—¡Victoria, compañeros! ¡Victoria! ¡La Policía se retira!

—¿Qué? —gritaron los obreros.

—¡Lo he visto! ¡Les caen palos por todas partes, y han dado la orden de retirarse! ¡Salen por las calles laterales!

—¡Bien, joder, bien! —dijo el de la bandera—. ¿Y los fascistas?

—¡Se dispersan, están yendo hacia Hyde Park!

—¡Vamos! —gritó el herido—. ¡A por ellos! ¡Que no quede ni uno en Londres!

—Pero… esperad. ¿A dónde vais? —dijo David, mientras los obreros y el chaval se ponían en marcha—. Habéis… hemos ganado, quiero decir. Ya no se celebra la marcha. ¿Por qué les perseguís?

—¡Ni un fascista vivo, amigo, o por lo menos ni un fascista sano! Su derrota tiene que ser completa. ¡Que se les quiten las ganas de volver a Londres! ¡Que se vuelvan a sus covachuelas locales a lamerse las heridas!—gritó el cojo. Para entonces, todos sus compañeros habían desaparecido, salvo el de la bandera.

El cojo intentó seguirles, pero la pierna le falló. Su amigo corrió en su ayuda.

—Anda, Tadd, vámonos a tomar algo. Tú no estás para perseguir fascistas.

—Déjame. O mejor dicho, ayúdame. Que esto no es nada. Venga, tenemos que ir todos.

—Anda, compañero, échanos una mano. Lleva tú esto, ¿eh? —dijo el obrero que no era Tadd, mientras le tendía a David la bandera—. Soy Will, por cierto.

David se presentó. ¿Cómo se las apañaba para acabar siempre metido en aquellos fregados? Ahora que le habían dado la bandera, no tenía ánimos para soltarla e irse de allí. Era estúpido. Aquellos dos hombres eran desconocidos. Nunca volvería a verlos, ni siquiera eran de la ciudad. ¿Qué le impedía salir corriendo y largarse a su casa? Nada. Pero no quería que le volvieran a llamar cobarde. Y el tal Tadd sería el primero en hacerlo.

Paradójicamente, Tadd era el más rápido de los tres. Su cojera no era grave, simplemente algo de dolor en el punto donde le había impactado la pierna, y blandía un palo que había encontrado en el suelo. A veces le fallaba levemente el andar, y entonces Will, que caminaba a su lado, le sostenía durante un momento. David iba detrás de ellos, como el abanderado de un desfile incoherente.

Y de repente, lo vieron. Fue al torcer una calle. Justo en la esquina, dos camisas negras apaleaban a un anciano con pinta de judío. Llevaban porras, y David pudo ver que una de ellas parecía manchada de sangre. El pobre hombre estaba en el suelo, protegiéndose la cabeza de las patadas y los palos que le caían encima.

Tadd lo vio y, con un gruñido inarticulado, se lanzó contra los fascistas. Uno de los camisas negras le recibió con un porrazo en la rodilla, que le derribó. Will, mientras tanto, se lanzó encima del otro y le propinó un directo en la mandíbula. Los cuatro hombres empezaron a pelearse. Tadd, desde el suelo, mordió salvajemente la pantorrilla de su agresor y se llevó un bestial pisotón que le volvió a tirar al suelo.

Los obreros iban perdiendo. Después del golpe inicial, el camisa negra que se había llevado el puñetazo de Will se había repuesto y trataba de acertarle con la porra. El obrero le esquivaba, pero tenía a su vez al otro fascista a la espalda. Sólo la intervención de Tadd, que atacaba desde el suelo con rabia animal, había impedido que le diera un porrazo en la nuca. Pero en algún momento Tadd caería y entonces Will también lo haría.

David estaba paralizado. Todos sus instintos le gritaban que huyera, que se largara de allí antes de que los fascistas derrotaran del todo a sus nuevos amigos y se fijaran en él. Pero algo le mantenía clavado al suelo. “Cobarde”, gritaba John. “No tienes sangre en las venas”, decía Eileen. Ambos le despreciaban, y le despreciarían aún más si no se lanzaba a la pelea.

Y, sin embargo, su instinto de conservación era más fuerte. Lo sentía mucho, pero no se había metido nunca en una pelea y no iba a empezar ahora. No quería acabar herido.

Fue el grito del viejo judío el que le impidió huir. Le vio caer de nuevo, por un golpe mal dirigido de uno de los fascistas fascista. El hombre pedía ayuda en algún idioma que no era inglés. David no lo entendía, pero sí era capaz de comprender sus lágrimas y su mano tendida hacia él. Calibró sus opciones. La pelea entre Will y su oponente se había desplazado media yarda a la derecha, y Tadd estaba medio en pie, con lo que absorbía toda la atención del otro. Era el momento.

Sosteniendo aún la bandera, David se lanzó hacia el grupo de hombres, se arrodilló y aferró la mano del judío. El viejo le apresó como si fuera un rapaz. Y entonces pasaron demasiadas cosas muy rápido. Vio cómo una porra bajaba en su dirección y, en un movimiento reflejo, se tapó la cara con el brazo que sostenía la bandera. Un dolor lacerante recorrió su brazo, pero parecía que la bandera había parado lo peor. Su enemigo levantó la porra, apuntando esta vez hacia la cabeza. David valoró sus opciones: no podía huir, y si rodaba le atraparían igual.

Se puso de pie y tiró la bandera contra el fascista. El camisa negra, sorprendido, reculó medio paso y trastabilló. Tadd, que tenía la cara llena de sangre, aprovechó para levantarse y, con el impulso, empujó a su oponente. El fascista cayó al suelo y Tadd le pisó en los testículos. El hombre chilló como un cerdo.

La calle se estaba empezando a llenar de gente, y algunos tenían aspecto de obreros. El fascista de Tadd lo notó, se levantó y salió corriendo, primero a cuatro patas y luego, cuando pudo incorporarse, a dos. El de Will le lanzó un último puñetazo fallido y se unió a él. Will escupió en su dirección, dio dos pasos y luego se derrumbó contra la pared. Un par de vecinos corrían ya en su dirección.

Le dolía el brazo, pero aquello no era nada. Tadd estaba cubierto de sangre, y el pobre anciano judío no dejaba de llorar. David se sentó a su lado, tratando de consolarlo.

—Venga, abuelo, que ya han llamado a los médicos, que esto no es nada. Se va a poner usted bien —el otro seguía llorando. David ni siquiera sabía si entendía el inglés.

El ruido de una ambulancia. Dos fornidos enfermeros se llevaron a Tadd, y otros dos al viejo judío. Consideraron que Will y David no estaban tan mal, dadas las circunstancias, y se fueron. Varias personas de la multitud, entre ellos unos cuantos judíos, se acercaron a los dos jóvenes. De repente David se hallaba estrechando manos y recibiendo abrazos.

Y en un momento dado, una mano cuyo tacto conocía bien le aferró el brazo derecho, al tiempo que alguien le daba un beso suave en la mejilla. Se volvió sólo para ver la cara de Eileen, que le miraba con los ojos brillantes.

—He llegado justo cuando le tirabas la bandera. Has estado magnífico.

Y un segundo beso, esta vez en los labios.

++++++++++++++++

Pasaron dos días. Londres se recuperaba de los efectos de la batalla. Los camisas negras habían vuelto a sus guaridas y ya no volverían a sacar la cabeza, ni siquiera de forma puntual. Aunque entonces no podía saberse, el riesgo de una dictadura fascista había desaparecido por completo en el Reino Unido. Las organizaciones obreras y los jóvenes judíos se apuntaban una victoria más que merecida.

David, sin embargo, estaba preocupado por un problema más inmediato. Tenía su primera cita con Eileen. El día de la batalla en la calle Cable apenas habían podido hablar: era demasiado urgente ir al hospital. Ella le había acompañado hasta la sala de espera, pero se había tenido que quedar fuera mientras le enyesaban el brazo y a la salida no estaba. Al parecer, su familia sólo le había permitido ir a la manifestación si volvía a casa a una cierta hora, y la había superado más que de sobra.

Habían quedado para dar una vuelta junto al Támesis, paradójicamente en el mismo parque donde ella había cortado con él dos días antes. David entendía, por la forma en que se estaba comportando Eileen con él, que en realidad no habían cortado. Él, desde luego, estaba feliz con la situación. Pero era necesario hablar de su relación… y para eso habían quedado.

La primera parte del paseo fue silenciosa. Eileen caminaba a su derecha, al contrario de lo que era común en ella, porque así podía cogerle del brazo. Efectivamente, la escayola no le permitía otro movimiento.

—Entonces, ¿me viste? —preguntó David.

—Sí, te vi. Estaba tan equivocada… Imagínate, yo estaba enfadadísima porque a veces parece que nada te importa, y de repente te enfrentas a dos fascistas tú solo para defender a dos obreros y a un viejo al que no conoces. ¡Fue increíble! —le brillaban los ojos.

Sería tan fácil, pensó David. Tan fácil. Will y Tadd no eran de la ciudad y no volvería a verles. Tampoco sabía cómo se llamaba el anciano judío. Con sólo mantenerse en silencio, podía dejar que Eileen siguiera creyendo que él había hecho algo más aparte de dejarse llevar. Podía mantener aquel brillo en sus ojos. Y la pasividad se le daba bien, Dios lo sabía. Él no era más que un crío de barrio con problemas para tomar decisiones.

Quizás iba siendo hora de convertirse en un héroe.

—No, Eileen, escucha —se detuvo y le miró a los ojos—. Mira, sé que esto te va a decepcionar, pero… yo no hice nada. Estaba tratando de huir de la manifestación, y me encontré a aquellos dos obreros. Uno me endosó la bandera y les seguí. Se metieron con los fascistas y yo… yo quise huir, pero al final traté de ayudar al viejo. Lo único que quería era sacarle de allí, y lo único que hice fue tirarle una bandera al fascista como acto reflejo. No he hecho nada digno de mención. Soy el de siempre. Lo… lo siento.

Había ido bajando la mirada, para no ver cómo a Eileen se le apagaba el brillo de los ojos. Pero ella le cogió de la barbilla y le hizo alzar la cabeza. Estaba seria.

—¿Tú crees que el David de siempre se habría metido entre un fascista y su víctima? Yo no. Y tú lo hiciste.

—Pero ¡si no lo hubiera hecho, le habría matado! Y no sabes la cara de desesperación que tenía. De verdad, yo no hice más que lo mínimo.

Llegaron a un banco y se sentaron. Estuvieron en silencio unos minutos. Y luego, Eileen habló.

—Escucha, Dave. Creo que el otro día me expresé mal. Cuando te eché en cara tu apatía, no era porque esperara que de un día para otro te transformaras en un temerario, en un aviador de elite o en uno de ésos que se van a intentar escalar el Everest. No quiero que mi futuro marido sea alguien así. Simplemente quiero a un chico con el que pueda hablar de más cosas aparte de sus estudios de ingeniería. Que tenga aficiones y valore las mías, que le importe lo que pasa en el mundo. Que haga cosas. No quiero a alguien pasivo, que se limite a verlas venir.

“Cuando corté contigo, hace dos días, no pensaba que tú pudieras ser esa clase de hombre. Ahora… creo que puedes serlo. Pienso que puedes romper esa especie de cascarón en el que te empeñas en meterte. Que puedes tomar las riendas de tu propia vida. Aunque no seas ningún… héroe mitológico —sonrió—. ¿Estás de acuerdo?

—No lo sé. Creo que puedo intentarlo —y le alargó la mano.

Ella se la cogió.

—De momento me vale.

Atardecía.

La batalla de la calle Cable fue el último acto público del fascismo británico. Como se narra en el relato, una coalición de distintas secciones de la clase obrera –comunistas, anarquistas, judíos, etc. – detuvo de forma violenta lo que pretendía ser una demostración de fuerza. Después de aquello, la Unión de Fascistas Británicos se volvió irrelevante.

Como sabréis si sois pratchettianos, en el Mundodisco existe una calle Cable (en Ankh-Morpork, claro) y en ella ocurren buena parte de los acontecimientos de Ronda de noche, una de las novelas favoritas de los aficionados. El hecho de que los protagonistas de este relato se llamen igual que los padres de Terry Pratchett es, por supuesto, pura coincidencia.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.