La mujer del César

Un hombre yace a un lado de la calzada. Su toga aún le cubre, pero está deshecha: no le quedan ganas de sostenerla en posición, y tampoco tiene ya fuerza en los brazos. El viento hace que la pieza de tela se doble en pliegues caprichosos. Hace frío. La sangre empapa la hierba y el empedrado, y la vida se le escapa por media docena de puñaladas. Publio Clodio, el gran agitador de Roma, el hombre que hizo temblar los asientos de los senadores, que expulsó a Cicerón y que exaltó a los plebeyos, se muere y lo sabe.

—Adiós, Clodio —le ha dicho el jefe de los asesinos, antes de hundir su cuchillo por última vez en el cuerpo de su víctima.

“Clodio…”, piensa. “Suena tan vulgar…” Pero es lo que quería, ¿no? Que pareciera vulgar. Él, que pertenecía a una de las mayores familias de la república, había renegado de su legado para hacerse adoptar por un plebeyo. Todo por la política, para conseguir el puesto de tribuno e implantar las reformas que le permitieran vengarse. En aquel momento había parecido una buena idea. Soltó una risa que no era más que un estertor. Toda su vida había sido así. Se había movido a impulsos, y así había acabado, moribundo en plena Vía Apia.

Qué poderoso había sido. Durante un glorioso año había gobernado Roma sin oposición. Apoyado por el poder brutal de la plebe y por su cuadrilla de matones, no había habido quien se le resistiera. Los viejos siempre insistían en que la mayor virtud del político era la prudencia. Se había reído: ¿para qué quería él ser prudente? ¡Tenía el poder, y la capacidad para ejercerlo! Pero el poder siempre genera enemigos, y eso lo sabía ahora mejor que nadie.

       ¿Cuándo había empezado la pendiente resbaladiza que le había llevado hasta ese punto? ¿Cuál había sido el punto de inflexión? Los años pasados se amontonaban en la cabeza de Clodio, confundiendo causas y efectos. Sí… el enemigo que le había matado provenía de su última etapa. Milón, ese servil y rastrero amigo de nobles. Cómo lo había odiado. Pero durante un tiempo se había impuesto a él vez por vez, oh, sí. La última, hacía pocos meses, cuando había conseguido paralizar las elecciones. ¡Muerte en las calles, que los patricios y senadores conocieran la ira del pueblo!

La boca de Clodio se curvó en una sonrisa. Aún recordaba la cara de Milón cuando le había denunciado por violencia pública, cuatro años atrás. La broma era deliciosa, porque Milón sólo estaba protegiendo su propia casa de los amigos de Clodio, que al final consiguieron quemarla. De la boca de Clodio escapó un estertor de risa. Aún recordaba la arenga que había echado a sus partidarios, donde había llamado sacrílego a Milón. ¡Y lo era! ¿No había mandado acaso destruir el Templo de la Libertad? ¡Que ese templo estuviera construido en la parcela donde antes se alzaba la casa de Cicerón era secundario, claro!

Visto en perspectiva, la destrucción del Templo de la Libertad, la vuelta de Cicerón de su destierro y la reedificación de su casa habían sido señales suficientes como para detenerse. Pero Clodio no las había sabido interpretar. ¡Se había enfrentado al Senado y a los cónsules, y casi había tenido éxito! El “casi” era amargo. Al final Pompeyo le había hecho parar y la casa de Cicerón se había vuelto a alzar orgullosa. Su primer gran fracaso.

Todos sus amigos le habían aconsejado dejarlo ahí, dejar la violencia, volver a acatar las leyes. Pero él había seguido adelante, siempre adelante, impulsado por su necesidad de venganza. ¿Era acaso ése el punto de inflexión? ¿El punto donde todo se había torcido? No. Ahí había empezado el declive, pero en aquel momento no lo había parecido. ¡Ni se le había pasado por la cabeza parar! ¿Cómo podía hacerlo? Sólo dos años antes era casi el gobernante supremo de Roma.

La cabeza se le iba, pero recordó el año en que fue tribuno de la plebe. Su gran año. La expulsión de Cicerón, el reparto de trigo, el restablecimiento de los colegios de artesanos… a cada medida que hacía aprobar, la chusma rugía en su honor. Y los triunviros le protegían, porque querían contrarrestar el poder de los conservadores. Veía las caras de horror de los viejos, de los ricos y de los senadores cuando paseaba por Roma con su corte de gladiadores y mercenarios. Él antes había sido uno de ellos, un patricio como tantos otros, destinado a ser un segundón, a hacer quizás la carrera política sin pena ni gloria. ¡Y ahora…! ¡Su nombre se escribiría en la historia de la Urbe! ¡Desterrar a Cicerón, ni más ni menos!

Los rostros de sus adversarios se desvanecían en su memoria. ¿Por qué le tenía tanto odio a Cicerón? No lo entendía, salvo que… ¡ahí estaba! El punto de inflexión. Aún era Publio Claudio, aún tenía el nombre patricio de su padre. Había sido aquella ramera de Pompeya Sila. Era la esposa de César, pero a él le ponía ojitos. Luego diría que no, que ella nunca le había incitado, pero él sabía… sabía que sí.

Era la ocasión perfecta. Las fiestas de la Bona Dea. Un montón de mujeres solas, celebrando aquel rito misterioso. Ni padres, ni hermanos, ni maridos. Sólo tenía que vestirse con las ropas de su hermana y entrar en casa de César. Unas pocas palabras bonitas susurradas cerca de su bello rostro y ella sería suya. Luego concertar otras citas sería más fácil. No lo pensó mucho: simplemente lo hizo.

Lo que sucedió después era público, pero nunca había contado a nadie la vergüenza que sintió cuando aquella criada se había puesto a gritar al reconocerle una voz masculina. Las mujeres habían acudido, le habían expulsado de casa y César se había divorciado de aquella mujer. “Mi mujer no sólo tiene que ser honesta, sino parecerlo”, había dicho el muy estirado. A Claudio le habían juzgado y sólo el dinero de su padre había evitado la condena. Pero los testigos que hablaron en su contra… Cicerón, maldito Cicerón. Lo recordaba erguido en el tribunal, llamándole de todo, enterrando su amistad entre capas y capas de insultos.

Sí, fue ahí donde todo se torció. Después se fue como cuestor a Sicilia, y volvió usando ya el nombre de Clodio y dispuesto a joderle la vida a todos los que habían testificado en su contra. Si Cicerón había usado toda su oratoria contra él, él respondería. Ahí habían venido los discursos, las expropiaciones y el destierro de su enemigo. Aquellas leyes absurdas en las que no creía pero mantenían de su lado a los plebeyos. Y luego, la vuelta de Cicerón, la aparición de Milón, el declive y los cuchillos en la Vía Apia.

Oh, sí, se había vengado. Con creces. Pero desde aquel momento inicial su vida había sido presa del destino. La diosa Fortuna había puesto a aquella criada en el camino, y ya no había podido elegir. Desde los acontecimientos de la Bona Dea hasta la cuneta en la Vía Apia lo único que había era causa y efecto. No había podido apartarse. ¡La venganza estaba en su naturaleza!

Si Pompeya Sila no le hubiera provocado no estaría a punto de morir, pensó con rabia. Ella había tenido la culpa de todo. Le había impelido a asaltar su casa y luego lo había negado. Qué guapa era. Había sido su perdición. Él había sido engañado. Todo había sido un complot, urdido por ella y por sus amigas para reírse de él. Pero qué belleza… Pompeya, oh, Pompeya…

Publio Clodio murió teniendo en su cabeza la imagen de la mujer de César. Un repentino golpe de viento deshizo la toga y levantó la túnica, dejándole desnudo de cintura para abajo. Cuando unas pocas horas después una campesina encontró el cadáver, enrojeció hasta las orejas al ver aquello y se apresuró a seguir su camino. Nunca se lo dijo a nadie. Dado el estado del cuerpo, era evidente que habría rumores, y no quería que su honestidad se viera comprometida.

Publio Clodio es un personaje curioso. Patricio y amigo de Cicerón, en diciembre del año 62 a.C. entró en la casa de Julio César durante los misterios de la Bona Dea (que eran sólo para mujeres), presuntamente para seducir a la anfitriona. Aquello le provocó un apartamiento de sus amigos, especialmente de Cicerón. Acabó cambiándose de nombre y convirtiéndose en el líder de los plebeyos: cuatro años después del escándalo de la Bona Dea, en 58 a.C., fue tribuno de la plebe. La historia del destierro de Cicerón y del Templo de la Libertad es totalmente cierta.

Imagino a Clodio como un personaje primario, poco reflexivo, y muy dado a echar sobre los demás sus propias culpas. Un imbécil, vamos. Así que este relato no es más que la historia de cómo un capullo se autojustifica y se exculpa de todas las barbaridades que ha hecho. Dada la información que tenemos sobre la vida de Clodio, no creo que ni siquiera cuando los puñales de sus asesinos se clavaban en su cuerpo lamentara nada.

No se sabe quién asesinó a Clodio, pero en general se acepta que fue Milón. Milón era su homólogo: si Clodio dirigía a los grupos armados de los populares, Milón lo hacía con los de los optimates. Eran, por ello, enemigos. Se supone que un encuentro fortuito en la Vía Apia dio lugar a una pelea que acabó con Clodio muerto. Cicerón fue el encargado de defender a Milón en los tribunales, pero no ejecutó un papel muy brillante y el acusado acabó condenado y exiliado en Massilia.

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