La mujer del César

Un hombre yace a un lado de la calzada. Su toga aún le cubre, pero está deshecha: no le quedan ganas de sostenerla en posición, y tampoco tiene ya fuerza en los brazos. El viento hace que la pieza de tela se doble en pliegues caprichosos. Hace frío. La sangre empapa la hierba y el empedrado, y la vida se le escapa por media docena de puñaladas. Publio Clodio, el gran agitador de Roma, el hombre que hizo temblar los asientos de los senadores, que expulsó a Cicerón y que exaltó a los plebeyos, se muere y lo sabe.

—Adiós, Clodio —le ha dicho el jefe de los asesinos, antes de hundir su cuchillo por última vez en el cuerpo de su víctima.

“Clodio…”, piensa. “Suena tan vulgar…” Pero es lo que quería, ¿no? Que pareciera vulgar. Él, que pertenecía a una de las mayores familias de la república, había renegado de su legado para hacerse adoptar por un plebeyo. Todo por la política, para conseguir el puesto de tribuno e implantar las reformas que le permitieran vengarse. En aquel momento había parecido una buena idea. Soltó una risa que no era más que un estertor. Toda su vida había sido así. Se había movido a impulsos, y así había acabado, moribundo en plena Vía Apia.

Qué poderoso había sido. Durante un glorioso año había gobernado Roma sin oposición. Apoyado por el poder brutal de la plebe y por su cuadrilla de matones, no había habido quien se le resistiera. Los viejos siempre insistían en que la mayor virtud del político era la prudencia. Se había reído: ¿para qué quería él ser prudente? ¡Tenía el poder, y la capacidad para ejercerlo! Pero el poder siempre genera enemigos, y eso lo sabía ahora mejor que nadie.

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