El trato (I)

Publico la primera parte de las cuatro que tiene este relato. Las otras tres son más cortas y se publicarán en la siguiente entrada, que se subirá mañana.

 

1.

       El 12 de marzo de 1870 amaneció encapotado. Las nubes tapaban el cielo y no parecía que fueran a clarear en todo el día. Un viento desapacible azotaba las calles de Madrid. Si yo hubiera sido un hombre más inteligente me habría vuelto a la cama después de tomar el chocolate y no habría salido hasta la hora del almuerzo. Pero no procedí así. Al contrario, según terminé de desayunar me puse el gabán y me eché a la calle, lleno de vitalidad y empeño. Incluso me atreví a silbar al ritmo que marcaban mis zapatos en el empedrado de la calle. Sin duda mi ánimo no cuadraba con el tiempo. Pero ¿por qué no iba a estar alegre? Era joven, tenía salud, tenía amor y tenía una misión con la cual iba a labrarme un futuro.

       Mi amor se llamaba Rocío; yo era uno de sus amigos, y con mucho el favorito. Sus padres veían con buenos ojos nuestra amistad y me permitían acceso libre a las tertulias de su casa. En un rincón de su sala de estar, apartados de la conversación general, ella y yo hablábamos de la vida que nos esperaba en cuanto yo consiguiera mi placita en un Ministerio. Sobre ese mismo tema había hablado con su padre la semana anterior. Sí, la cosa iba adelante: aún no podía llamarla mi novia, pero no faltaba mucho para ello.

       Precisamente con eso estaba relacionada mi misión. No era peligrosa, o al menos no demasiado: siempre hay cierta dosis de riesgo cuando intentas sacar a un periodista de la cama antes de mediodía. Suelen gruñir e intentar agredirte. Pero mi amigo Esteban Maestre, director de El ciudadano, era un alfeñique. No creía que hiciera nada más que rezongar mientras me pedía algo de tiempo para vestirse. El problema iba a estar en convencerle.

       Yo había conocido a Esteban en las tertulias del padre de Rocío, a donde acudía, como otros muchos jóvenes, a disfrutar de la conversación, a medrar políticamente y a intentar conseguir aunque fuera una mirada de la hija de los anfitriones. Aquel hombre delgaducho, unos pocos años mayor que yo, me había caído bien desde el primer momento. Esteban era un tipo bastante decente. Sólo tenía una mácula en su personalidad: sus ideas políticas. Esteban Maestre era un ferviente partidario de Montpensier.

       ¡Montpensier! En aquellos convulsos momentos de España sin rey, ningún nombre me resultaba más ingrato que el del pretendiente francés. ¡Montpensier! Gordo narigudo, reaccionario de la vieja escuela, Borbón con pelaje de Orleáns. ¡Montpensier! Su nombre parecía haberse hecho para ser pronunciado con desprecio. ¡Y ese pelafustán, ese don nadie de tripa oronda, ese… ese francés pretendía alzarse con el trono de España! ¡No si yo podía evitarlo, maldita sea! Y, si al cumplir mi parte en el trabajo de drenar su popularidad me ganaba un destinito bien remunerado, pues perfecto.

       Para mi sorpresa, Esteban estaba despertándose cuando llegué a su pensión. Su hospedera, una viuda llamada doña Consolación, me pidió que aguardara mientras le daba el recado y volvió con la noticia de que mi amigo se disponía a bajar. La anciana sirvió el desayuno en una anticuada bandeja de plata y finalmente Esteban entró en el comedor. Sin remilgos, nos sentamos en la mesa y empezó a tomar el chocolate.

       —Me pillas de milagro, chico —dijo entre mordisco y mordisco—. Hoy me he propuesto levantarme pronto. Virginia va a misa en las Descalzas Reales y ahí estaré yo también. Sus padres le ponen guardia, un cancerbero que responde al nombre de Domiciana, pero unas monedas en la mano correcta y el perro se aleja moviendo la colita. ¡Malo será que no pueda hoy oír misa junto a Virginia, y malo será que entre rezos no le pueda susurrar todo lo que mi corazón anhela!

       Ambos reímos. ¿He mencionado que Esteban era un verdadero donjuán? Nadie lo diría al verle parapetado detrás de sus gafas de intelectual y vestido con aquella levita vieja, pero cuando se ponía a hablarle a las damas su voz rezumaba miel y almíbar. Se decía que no había soltera o casada en Madrid que mi amigo no pudiera conseguir si así le venía en gana. Sólo Rocío, mi adorada Rocío, había resistido a sus intentos. ¡Y por Dios que el ataque de él había sido brioso! Pero Rocío me amaba a mí y, aunque reconocía que mi amigo era un seductor, su cabeza no pensaba en otro que no fuera yo.

       —¿Tú desayunando a las diez? ¡Sí que debe valer la pena la tal Virginia!

       —No te imaginas cuánto, Manuel. ¡Bebo los vientos por ella! Ah, ¡me dan hasta ganas de casarme! —volvimos a reír.

       —¿Casarte tú, calavera? ¡Deja! Eso es para las personas decentes como yo. Los cabezas locas tenéis otros intereses. ¡Sólo os mueve la emoción de la conquista! Casados os aburriríais.

       —Oye, no permito que me insultes —había un matiz de enfado en su tono de guasa—. ¡Mira aquí el aprendiz de señorito, qué aires se da! ¿Has conseguido ya tu empleo o tienes que besar aún un poco más los pies de Prim?

       —Bueno, bueno, haya paz —mostré las palmas en señal de inocencia—. Aquí todos somos besapiés, Esteban mío. Si yo me humillo delante de las botas militares del gran Prim, tú haces lo mismo con el advenedizo. ¿Qué tal va tu periódico? ¿Vas a publicar otra caricatura del presidente del Consejo de Ministros subastando el trono? ¡Es un tema que aún no se ha explotado lo suficiente! ¿Y qué me dices de un articulito demostrando que el bigote de Montpensier es el más cuidado de todo Madrid?

       —Debí imaginar que vendrías otra vez para lo mismo —esta vez ya no había burla en su voz. Tomó el último sorbo de chocolate, se limpió la boca con precisión y dejó la servilleta en la mesa. Salimos a la calle—. Mira, te dejo que me acompañes, que antes de misa tengo que pasar por el periódico. Pero no quiero oír una sola palabra sobre el tema. ¡Apoyo a Montpensier porque quiero, hombre! Y eso no va a cambiar por mucho que me ruegues.

       —¡Venga ya! Te conozco de sobra. Tú peleaste en la revolución y gritaste conmigo “¡abajo la reina!”. ¡Estabas en el Congreso el día en que Prim dijo lo de “un Borbón en España ¡jamás, jamás, jamás!” y casi se te caen las manos de aplaudirlo! Por el amor del cielo, el lema de tu periódico es “Viva España con honra”. ¿Cómo puede ser que tú, precisamente tú, apoyes a Montpensier? ¡Si es volver a lo mismo!

       —¡Que no insistas, chico! —dijo con rabia—. Luché en la revolución para destronar a Isabel II, y ahora que Isabel II está destronada yo apoyo a quien me da la gana. ¡Y deja ya de hablar de Prim! Prim esto, Prim lo otro, Prim lo de más allá. Dime, ¿qué candidato ha conseguido Prim? ¿Qué rey va a traernos, si ninguna monarquía europea le hace ni caso? Pero bueno, ya sé que los que le apoyáis en realidad no queréis rey. ¡La dictadura, chico, esto es lo que vendrá si Prim sigue en el poder! Y, qué quieres que te diga, Montpensier tendrá sus defectos, entre ellos ser cuñado de Isabel II, pero no es un Borbón y es un candidato viable. Yo no pido más.

       La sede de El ciudadano, el periódico que dirigía mi amigo, se encontraba en una destartalada casa de dos plantas junto a la Plaza Mayor. Esteban y yo subimos al piso superior, donde estaba su despacho. Se dejó caer con furia en su silla y empezó a revolver un enorme montón de papeles, distribuyéndolos en bandejas según cuál fuera su destino. Cacé uno de ellos al vuelo. Era un poema.

       —¿Otra letrilla satírica sobre que Prim tiene varios sueldos? —Esteban me fulminó con la mirada, pero mi misión era convencerle y no iba a parar. Probé una línea de ataque distinta—. Creo que debéis ser el único periódico de Madrid que sigue con eso. ¡Ni a los republicanos les importa ya! ¿Por qué no publicáis una burla hacia ese personajillo ridículo que queréis tener por rey, que se ha puesto a conceder toisones de oro y condecoraciones? ¡Eso sí que sería una novedad!

       —Oye, no te permito… —levantó un dedo, pero le corté.

       —¿No me permites qué? ¿Que me burle de Montpensier? ¡Pero hombre, si todo el mundo lo hace! Nadie le quiere, y en un país que recibió entre ovaciones a Fernando VII eso dice bastante sobre su personalidad. No tiene apoyos en ninguna parte, salvo los que puede comprar. Por el amor de Dios, ni su propia familia le traga. ¿Qué me dices de su primo?

       —¡No me hables de ese traidor, de ese… descastado! —rugió Esteban. Se levantó, me arrebató el poema y lo dejó en la bandeja de “Publicar”—. ¿Cómo se atreve a escribir lo que escribió, a insultar así a un miembro de la familia real española?

       —¡Refrena un poco esa lengua! —reí mientras me sentaba en un destartalado sofá—. España no tiene familia real. No tenemos rey, ¿recuerdas? ¡Por mucho que Montpensier haga, aún no le han votado! Y, si por el duque de Sevilla fuera, no lo harán nunca.

       Don Enrique de Borbón, duque de Sevilla, era uno de los adversarios más inesperados de Montpensier. ¡Un miembro de la familia real que se definía como revolucionario, nada menos! Y que no se le caían los anillos por publicar un artículo lleno de ácido donde ponía a su primo de hoja de perejil. Que si “truhan político”, que si “jesuita”, que si “hinchado pastelero francés”… ¡anda que no me había reído yo cuando el papelito, que corría por todo Madrid, cayó en mis manos!

       —Ya recibirá su merecido ese traidor, ya —se sentó de nuevo—. ¿Sabes que tienen hoy un duelo?

       —¿Un duelo? ¡Ésa sí que es buena! ¿Se han cruzado cartas, han designado padrinos y todo el ritual?

       —¡No puedes no haberte enterado! —por un momento la confrontación política había desaparecido y volvíamos a ser dos amigos chafardeando sobre la actualidad—. ¡Si Madrid no habla de otra cosa! El ritual entero, sin saltarse una coma. Montpensier incluso ha estado practicando con la pistola.

       —¿Pues para qué? Si es todo una pantomima. Dispara uno, dispara el otro, honor salvado y para casa.

       —Calla, que creo que lo van a hacer a primera sangre. ¡Me parece a mí que vuestro infante antimonárquico va a tener que pasar por la enfermería, amigo Manuel!

       —¿Cuándo será?

       —Dentro de un rato, en la dehesa de los Carabancheles. Tengo que acordarme de mandar a un corresponsal.

       Estuvimos en silencio un rato, mientras la pila de papeles a resolver se reducía de forma notable. Uno de los periodistas, un viejo que llevaba chupando de la teta del partido moderado desde los primeros tiempos de Narváez, entró a dejar varios documentos más, que Esteban despachó rápidamente. Cuando le vi salir tuve una idea.

       —Creo que ya sé lo que te pasa.

       —¿Perdón?

       —Creo que ya sé por qué no quieres bajarte del burro.

       —¿Sigues con eso? Eres tú el que no te apeas, ¿eh?

       —Es el respeto —continué. Esteban me miró con curiosidad—. No quieres dejar de ser uno de los órganos oficiales de Montpensier porque tienes miedo de que todos estos vejestorios que te rodean hablen mal de ti. ¡Y no sólo ellos! Todos tus amigos de las altas esferas dejarían de dirigirte el saludo como cambiaras de opinión. ¡Quizás incluso se destaparía alguno de tus escándalos de faldas! ¿Tanto te gusta la opinión pública que te has vendido a ella?

       —No sabes de lo que hablas —se turbó.

       —¡Lo sé muy bien! Tú y yo somos iguales. Esto es una apuesta a largo plazo. ¿Qué promesas te han hecho si Montpensier es coronado rey? ¿Sacarte diputado? ¿Un destinito para algún familiar? ¿Más dinero para tu periódico? ¡Si cambias de bando, lo pierdes todo para caer en un terreno incierto!

       —Estás muy equivocado. Yo apoyo a Montpensier porque creo…

       —Sí, sí, sí. Apoyas a Montpensier porque crees que será un buen rey. Ahórratelo: ya me conozco esa canción, y no la cantas con verdaderas ganas. Sabes que no lo será, pero te has empeñado en su apoyo.

       —Vete al cuerno —me dijo, frunciendo los labios. Supe que su coraza estaba rota.

       —¡Al contrario, Esteban, me quedo! ¿Te da miedo que hablen? ¿Te da miedo perder a tus amigos? Pues yo te digo: ¡que hablen, que te retiren la palabra! ¿Qué más te da? Eres amigo mío, y yo, valga la redundancia, también tengo amigos. ¡Cómo íbamos a dejar que te pudrieras en la indigencia! ¿Quieres ser diputado? ¡Pues lo hablamos, hombre! Dice el refrán: “ande yo caliente, ríase la gente”.

       Sonrió con firmeza.

       —No lo entiendes, chico. Me has calado, me temo, pero te va a dar lo mismo. ¿”Ande yo caliente”? ¡Ya ando caliente, ya tengo el riñón cubierto por las generosas ayudas de los agentes de Montpensier! Las promesas que me hayan hecho quedan entre ellos y yo, pero son firmes y me van a beneficiar. ¿Por qué iba a arriesgar todo eso para enrolarme en un proyecto que sólo lleva a la dictadura o a la anarquía? ¿Qué gano yo a cambio del sobrenombre de veleta? ¡Nada!

       —Ganas el salirte a tiempo de unas aspiraciones que se van a hundir. Montpensier nunca será rey, y tus amigos no van a poder cumplir sus promesas —pero mi voz titubeaba, y él lo notó.

       —¡Ahora eres tú el que cantas una canción que no te crees! Sabes que es el único candidato. No hay nada que tus amigos puedan ofrecerme que no tenga ya. Lo siento.

       Era su última palabra. Me había derrotado. Me levanté y me dirigí a la puerta. Antes de cruzarla, su voz me detuvo.

       —Sin embargo, hay algo que no puede ofrecerme nadie más que tú. Es un favor que, si me lo concedes, hará que me pase a tu partido y apoye furibundamente a Prim, a su candidato o a su dictadura, caiga quien caiga. ¿Estarías dispuesto a hacérmelo?

       Me giré.

       —Por supuesto. ¿Qué es?

       —Muy simple. Termina con Rocío —por un momento no lo entendí. Luego, su plan se presentó claro en mi cabeza.

       —Estás loco —dije con desprecio.

       —Es mi condición. Corta con ella, arregla las cosas de manera que no quiera volver a hablarte y ven a verme. Si lo haces hoy, mañana mismo El ciudadano abrirá con una caricatura de Montpensier junto al titular “¿Es éste el rey que queremos?” Seré el apoyo más fiel del partido progresista si me concedes ese favor.

       —No puedo hacer lo que me pides —tragué saliva.

       —Lo comprendo, amigo mío —dijo, rezumando sarcasmo—. Qué se le va a hacer, el amor es así. Te deseo que seas muy feliz con ella. Espero que tus amigos te den un destinito, pese a que no hayas podido convencerme.

       Sus palabras me golpearon como una flecha envenenada. ¡Tenía que haber algo que yo pudiera hacer, una forma de negociar, de no tener que cumplir esa condición! Dije lo primero que se me ocurrió.

       —¿Por qué tiene que despreciarme?

       —¿Perdón?

      —Has dicho que cuando corte con Rocío lo tengo que hacer de tal modo que no quiera volver a hablar conmigo. Es decir, que me tengo que ganar su desprecio o su odio. ¿Por qué? Si lo que quieres es tener una aventura con ella, sin duda…

       —No sigas por ese camino, que no quiero ver adónde lleva —levantó la mano—. ¿Por qué? Por dos razones. La primera: ella te quiere por encima de todo. Si cortáis de manera tímida o parcial, si le permites albergar deseos de una reconciliación, jamás podré conquistarla. Tu recuerdo me lo impedirá.

       —Pero sin duda alguien como tú…

     —No he terminado —mi amigo nunca me había parecido tan firme. Tragué saliva de nuevo—. He dicho dos razones. La segunda es que lo que te he dicho antes es cierto. Quiero casarme. Por supuesto, no con Virginia, sino con Rocío. Tiene que olvidarse de ti. Una vez lo haya hecho, para mí será fácil lograr ese matrimonio. ¿Lo has comprendido?

       Lo había comprendido. Todo mi cuerpo se rebelaba contra un trato tan deleznable, pero sin embargo…

       —¿Puedo pensarlo? —corté el hilo de mis propios pensamientos.

     —¡Por supuesto! —la voz de Esteban había vuelto a ser alegre—. El tiempo que necesites, al menos hasta que se proponga formalmente la candidatura de Montpensier sin ningún adversario, ¿eh? ¡Lo que nunca voy a hacer es apoyar al perdedor!

       —¿Tengo… tengo tu palabra de que cumplirás el trato?

       —Por supuesto, chico. Soy un caballero. Y además somos amigos, ¿no?

Ya tienes disponible la conclusión de este relato.

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El abogado

Este texto participó en la edición de febrero del VIII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados. Las bases son sencillas: un microrrelato al mes, de 150 palabras y con los cinco términos que cada mes decidan los convocantes. Las palabras de febrero eran las siguientes: fuerza, fiador, bisiesto, administración, cuadrado.

¡Espero que os guste!

       El recinto cuadrado donde se reunía el tribunal estaba a reventar de gente. Aunque la administración judicial había intentado que no se llenara (incluso empleando la fuerza pública), toda la ciudad quería ver el juicio. Hablaba el abogado de Caín:

       ―…así pues, queda claro que esta parte fue víctima de una situación antijurídica. Se le aplicó una norma penal, la prohibición de matar, antes de que fuera promulgada mediante su entrega al señor Moisés. Por tanto, pido que se condene al señor Jehová a una pena de prisión de cien años bisiestos.

       ―Muy bien ―dijo el juez―. Oídas las dos partes, en nombre del Estado y el pueblo de Sodoma, se condena al señor Jehová a la pena solicitada por la acusación salvo que presente fiador por valor de diez millones de taleros.

       ―¡Esto es injusto! ―dijo Jehová―. ¡Apelaré!

      Y esa es la historia de por qué fue destruida Sodoma.

La última resistencia de María Pacheco

Hasta seis meses prolonga / Toledo su rebeldía / y al cabo de los seis meses / se rinde doña María. 

Hasta seis meses prolonga / Toledo su rebeldía / mas si Toledo se rinde / Toledo no está vencida.

(Luis López Álvarez, 1972)

La noticia de la elección del nuevo papa llegó a Toledo el 3 de febrero de 1522 y dejó un saldo de 37 muertos.

Durante unas pocas horas las gentes de las Comunidades volvieron a controlar la ciudad y los pendones castellanos ondearon en las murallas. De nuevo se escucharon gritos de esperanza. Pero pronto, muy pronto, los imperiales se reorganizaron y la sangre corrió de nuevo por las calles. A la mañana siguiente doña María Pacheco, la última líder comunera que seguía viva y libre, había desaparecido. Castilla no volvería a verla. Toledo, purgada ya de elementos indeseables, volvía a ser una súbdita fiel. La guerra de las Comunidades había terminado.

Ésta es la historia de esas horas. Ésta es mi historia durante esas horas.

Leer más “La última resistencia de María Pacheco”

El juzgalibros: “Art 88/46”, de Ulises Lafuente

Un día entras al metaverso. El metaverso no es el aburrido Internet actual, por el cual navegas usando una pantalla, sino una red a la cual te conectas mediante una consola neuronal. El problema, claro, es que no todo puede preverse. Si hay una caída de luz la consola se apagará y tú experimentarás una sensación de caída continua durante lo que vivirás como 74 días. Salvo que la inteligencia artificial que controla la conexión haga algo por evitarlo.

Eso es precisamente lo que le ha sucedido a Tony. Por suerte, la inteligencia artificial ha creado un universo fractal usando su consciencia como semilla. Tendrá que vivir lo que subjetivamente serán 74 días en un mundo con naves espaciales, monstruos aracnoides, psicobrujas y armas superpoderosas. Él es el demiurgo, y todos dentro del universo fractal le adoran como un dios, pero también son conscientes de que no son más que simulaciones de un ordenador… y anhelan tener una existencia real.

Me temo que no soy imparcial al valorar Art 88/46. Es un cómic que me enamoró desde que leí sus primeras páginas. He participado en dos de los crowdfundings que ha habido para editarlo en papel; de hecho, el último de ellos sigue abierto y estoy haciendo campaña para que se llegue a la meta porque quiero tener ese tomo. Así que no, no soy imparcial. Pero, qué diablos, ¿quién dijo que un reseñador tuviera que serlo? Este tebeo me encanta y quiero que lo leáis.

El dibujo, en un impecable blanco y negro, cumple de sobra con lo que se espera de él. Los personajes transmiten emociones; incluso, y eso es algo que hay que destacar, los robots sin cara. Otra cosa que me encanta son los paisajes, especialmente los urbanos, dibujados con gran minuciosidad y realismo… pese a estar llenos de seres y criaturas extrañas. Y los fondos. Ves estatuas, ves cuadros, ves arquitecturas imposibles, y todo ello te muestra una pluralidad de sensibilidades artísticas que dan una enorme profundidad al mundo inventado por el autor.

El guion es otro de los puntos fuertes. Me fascina la idea de crear un mundo increíblemente detallado, trufado de personajes realistas, de culturas distintas, de instituciones con historia… y decidir que no es más que una simulación creada deprisa y corriendo para evitar los efectos psicológicos de una caída de 74 días. Pero es que además, en Art 88/46, el guion no es más que un punto de partida. La trama entretiene y engancha, desde luego, pero además sirve para que el autor se recree en una serie de especulaciones filosóficas y éticas muy jugosas.

Por ejemplo: las personas dentro del universo fractal son conscientes de que están dentro de una simulación computarizada. El autor del descubrimiento es el doctor Chandra, un físico cuyas teorías postulan sin lugar a dudas que el universo será creado en el futuro, lo cual permite al planeta Océano enviar una nave al punto exacto donde, en el momento de la creación, aparece el Demiurgo. Como invitado de honor de la nave, Tony cena con el capitán. ¿Qué dirías si tuvieras a Dios sentado a tu mesa y si la ciencia te proporcionara la prueba de que, pese a todos tus recuerdos, acabas de empezar a existir?

O el tema de las leyes de la robótica. En un momento determinado uno de los personajes del universo fractal sale al mundo real en el cuerpo de un robot. Allí descubre que los robots no son más que esclavos atrapados por el corsé de las Tres Leyes asimovianas, que permiten a cualquier humano aprovecharse de ellos sin consecuencia alguna. Pero este personaje no está atado por dichas leyes. ¿Qué pasará cuando los robots de la Tierra descubran que hay uno de ellos que puede defenderse de las agresiones e incluso responder?

Y, finalmente, la cuestión del demonio. ¿Qué sucede si un hacker con ganas de juerga entra en el universo fractal y empieza a destruirlo todo con la despreocupación del que juega a un videojuego? Al fin y al cabo, los habitantes del universo fractal, por mucho que sean personajes profundos, con historia y carisma, no dejan de ser PNJs de una simulación muy detallada. No son reales. ¿O sí?

Estos son los temas que plantea Art 88/46, insertos en una trama absorbente y contados con un estilo muy interesante. Ésa es quizás la gran virtud que tiene el cómic: cualquiera puede tratar temas profundos, pero no todo el mundo puede hacerlo desde una perspectiva original y, desde luego, poca gente consigue que el resultado no sea un plomo infumable. Ulises Lafuente lo ha conseguido: Art 88/46 merece mucho la pena.

Así pues, mi consejo es que vayáis ahora mismo a la página de Subcultura donde el cómic se publica de manera gratuita desde el principio y que luego, si queréis, participéis en el crowdfunding para tener los tomos en formato físico. No os vais a arrepentir de ninguna de las dos cosas.