Marie

       El coche llegó a la granja de los Fontaine cuando ya hacía varias horas que había anochecido. Lo escucharon acercarse, con el sonido del motor cada vez más fuerte. Regine cerró los ojos y sus labios se movieron en una rápida oración, que se cortó cuando el ruido paró abruptamente en el patio delantero. Luego oyeron cómo se abrían y cerraban las portezuelas del automóvil y, finalmente, varios golpes en la puerta. Pierre tragó saliva y se dirigió a la entrada. Una nueva lluvia de golpes, ésta más rápida. Pierre abrió la puerta.

     Los alemanes entraron en la habitación. Eran tres: un oficial, un soldado y un tipo vestido de civil que llevaba una carpeta. Mirándolo mejor, este último no parecía alemán sino francés. El oficial miró por encima a los miembros de la familia y le preguntó al funcionario:

       —¿Están todos? —hablaba en un francés correcto pero con un fuerte acento.

     —Familia Fontaine, cuatro miembros —dijo el civil mientras rebuscaba entre sus papeles. Claramente era francés, y de la región—. Pierre, cuarenta y siete años; Regina, cuarenta y dos; Claire, veinte; Emile, quince.

     —¿Son ustedes? —gruñó el oficial. Pierre asintió—. ¿No hay más familiares? ¿Nadie más en la casa?

       —Había una anciana, la madre de Regina, que murió el año pasado. Además tienen dos hijos mayores, que ahora mismo están enrolados en el ejército —el civil acercó la hoja a la lamparita que proporcionaba luz a la estancia—. Para suplir su falta, trabaja con ellos un mozo, un tal Michel, pero no vive aquí sino en el pueblo, en casa de su madre.

      —Bien. Escúchenme atentamente: hace unas horas, cuando estaba oscureciendo, se ha oído por esta zona el ruido de un avión. Como saben, algunos traidores han estado operando escondidos por aquí, tratando de detener al ejército del Reich. Creemos que el avión les lanzaba suministros o apoyo de algún tipo. ¿Han visto ustedes algo?

       —No… no, en absoluto. Hemos estado toda la tarde en la casa —dijo Pierre.

       —Yo creo que oí el avión, herr oficial —dijo Regina, solícita—. Fue hacia las nueve de la noche, ¿verdad? Pero pasó muy rápido y no oí nada más.

       El oficial les escrutó a todos con cara inquisitiva, pero no parecía con ganas de realizar un interrogatorio formal. Estaba claro que quería estar en cualquier lugar salvo allí, haciendo una investigación entre paletos franceses. Volvió a hablar:

       —Muy bien. Si durante los próximos días ven u oyen algo sospechoso, informen de ello a la mayor brevedad. Les comunico que la pena por ayudar a los traidores es la muerte. Buenas noches.

       Y, tan rápido como había venido, el coche se alejó rumbo a la siguiente granja. Los Fontaine volvieron a sentarse, en silencio. Tres de ellos estaban muy preocupados: aquello no podía traer más que problemas. Pierre y Regina se miraban con miedo. De sus cinco hijos, el mayor había muerto a principios de la guerra, en el desastre del río Mosa. Pobre Pierre, con lo gallardo que estaba con su uniforme de artillero. No querían perder a los demás. Claire, por su parte, había escuchado demasiadas cosas acerca de lo que habían hecho los nazis en tal o cual pueblo lejano.

       Emile, por el contrario, estaba exultante. Porque pocas horas atrás, cuando había ido a echarle una ojeada a las vacas porque los cencerros habían repicado con una fuerza extraña (un incidente tan banal que nadie de su familia lo había recordado durante el interrogatorio) se había encontrado con un ángel. El ángel se llamaba Marie, había venido en el avión y le había encomendado una misión divina: que nadie supiera que estaba en aquel lugar.

       Y de momento la estaba cumpliendo con toda fidelidad.

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Los que se quedaron

       Un hombre baja de un barco. No es un anciano, pero camina como si lo fuera. Encorvado, triste, vencido. Baja al puerto sintiendo que la vida le ha derrotado y que ya nada tiene que esperar de ella. Dentro de dos años estará muerto. Por supuesto, eso él no puede saberlo, pero aunque lo supiera no le importaría. Ha fracasado por completo en todo lo que le encargaron, lo cual quiere decir que todos los sacrificios que ha tenido que hacer no han servido de nada. Se siente como si le hubieran segado la hierba debajo de los pies.

       La multitud que desciende detrás de su capitán está dividida en dos grupos. La tripulación, compuesta íntegramente por japoneses, está feliz. ¡Siete años fuera! Siete años alejados de sus familias y de su patria, navegando por mares extraños y residiendo en tierras de bárbaros. Es demasiado tiempo para cualquiera.

       Los señores, por el contrario, no muestran signos de alegría. Entre ellos hay japoneses y europeos, y todos tienen en común ser católicos. Los europeos son sacerdotes y misioneros; los japoneses, conversos que han tenido que ingresar en la Iglesia para poder tratar con el papa y con el rey castellano. Pero ahora todos han vuelto a suelo japonés, y allí su religión no es bienvenida.

       El hombre deprimido se acerca a las dos únicas personas que esperan su barco en la dársena. Dos samuráis. Les conoce, son hombres del shogun. Son jóvenes; cuando él partió ninguno de los dos era todavía un guerrero ni se habría atrevido a levantarle la voz. Ahora ambos le miran con descaro.

       —Hasekura-san —dice uno de ellos. El hombre abatido asiente.

       —Tiene usted que venir con nosotros —dice el otro—. Por supuesto, siempre que su nueva fe no le obligue a hacer ningún rito que le retenga en el puerto…

       Hasekura cierra los ojos. La primera puya. Habrá más, lo sabe. Pero estaba en un callejón sin salida: o se convertía al catolicismo o los grandes gobernantes a los que le habían mandado visitar ni siquiera le recibirían. Había sacrificado todo lo que era él para conseguir aquel tratado comercial… sólo para enterarse a la mitad del viaje de que el shogun había empezado a perseguir a los cristianos. Después de aquello, el acuerdo con el rey castellano fue imposible.

       Y ahora aquí está él, con su nombre a la española y su bautismo indeleble. Y nadie va a entenderlo. Nadie va a entender el sacrificio que ha hecho. En fin, será mejor terminar cuanto antes.

       —Vamos —dice, y comienza a andar. Los samuráis le escoltan. No hacen algo tan burdo como llevarle prisionero. Tanto él como ellos saben que no se va a escapar.

       Se esperaba algo así. Todos sabían lo que iba a pasar cuando se embarcaron en el viaje de vuelta. Por eso algunos no lo habían hecho. Unos cuantos de los expedicionarios (comerciantes, servidores e incluso algún samurái) se habían quedado en Castilla, en aquel pueblecito llamado Coria del Río donde tanto tiempo habían vivido. Pero él no había podido. Su honor le obligaba a regresar a Japón.

       Ojalá hubiera podido unirse a ellos. Ojalá hubiera podido escapar de la persecución religiosa.

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Muerte de un obrero

Matías era socialista. ¿Cómo no serlo? Era impresor, y los impresores  siempre han sido gente de ideas avanzadas. También era obrero, con lo que dichas ideas calaban en su mente con más facilidad que si tuviera el pan asegurado. Él tenía que ganarse el jornal día tras día y depender de lo que el jefe de la imprenta tuviera a bien pagarle. Los ideales revolucionarios fructificaban allí que daba gusto.

Le gustaba definirse como un hombre formado. Leía y escribía de corrido, y había tenido acceso a las principales obras del socialismo científico, del anarquismo y de lo que desdeñosamente se conocía como socialismo utópico. Había aprendido de los mejores. Cuando Paul Lafargue (¡el mismísimo yerno de Karl Marx!) había estado en España, Matías le había alojado durante varias noches. Incluso había estado en aquella reunión semiclandestina donde habían acordado fundar un nuevo partido para representar a todo el movimiento obrero.

No todo habían sido triunfos. De hecho, ahora que tenía tiempo para pensar (estaba atado en una silla, sin nada que hacer para evadir el hambre), llegaba a la desalentadora conclusión de que no había habido un solo triunfo. Había viajado a la Comuna de París, había estado en el cantón de Cartagena, había fundado periódicos y escrito artículos bajo pseudónimo, había movilizado huelgas. Y ¿qué había conseguido? La bala de un policía francés alojada de forma permanente en su costado y una serie de estancias en la cárcel que, sumadas, superaban los tres años.

La puntilla había sido lo del perro. El maldito perro Paco.

—¡Es que es inaudito! —decía Matías a partir del tercer vino—. Un perro entra en un café para mendigar la cena, le cae en gracia a un noble y de repente tiene acceso franco a todos los sitios elegantes de Madrid y a la plaza de toros. Le dan gratis de comer y nunca le falta un lugar caliente y cómodo para dormir. ¡Gracias a que un noble le acaricia la cabeza, ese perro tiene más derechos que nueve décimas partes de la población española! ¡Si faltará nada más que le hagan salir diputado!

Matías solía pronunciar sus discursos en la sede de El obrero, el periódico semiclandestino que dirigía. Allí recibía los elogios de una pequeña multitud formada por sus compañeros de trabajo, sus correligionarios y sus amigos. Todos ellos alababan el pico de oro que tenía Matías y lo acertadas que eran sus ideas. Todos salvo uno.

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Deseo de volar

       El primer recuerdo de Anne Gallagher eran los aviones. Sus padres le habían llevado a verlos, cuando ella apenas levantaba medio palmo del suelo. Se trataba de un desfile para celebrar la victoria de las tropas británicas contra los ejércitos del Kaiser en el centro de Europa. A veces, cuando cerraba los ojos, Anne podía sentir aún las impresiones de aquel día: los aviones volando por encima de ella, los colores de la bandera, el sonido discordante del God save the King mezclado con el bramar de la multitud y con el traqueteo de los motores…

       Cada vez que ella sacaba el tema, Sean le decía que no podía acordarse de aquello, que ni siquiera tenía tres años en el momento del desfile, que él apenas lo recordaba y eso que por aquel entonces había tenido diez. Pero Sean siempre estaba diciendo esta clase de cosas, para chincharla, así que no había que darle importancia. En algunas ocasiones pensaba que podía haberse inventado el recuerdo a partir de todas las veces que su madre le había hablado del día de los aviones… pero luego cerraba los ojos y volvía a escuchar los motores.

       Luego había venido la guerra. Leo Gallagher, el padre de Anne, era irlandés hasta la médula y católico como el que más, pero se había quedado en el lado británico. Aunque tenía pastizales de ganado vacuno a ambos lados de la frontera, su casa siempre había sido el Ulster. Además, era un hombre inteligente, y previó lo que se avecinaba después de la paz. Por desgracia, acertó. Anne recordaba –y éste sí que podía jurar sobre la Biblia que era un recuerdo real– a Neil entrar en el comedor con la cara demudada y anunciar que en Irlanda acababa de estallar la guerra civil.

       Mientras duró la guerra civil, los Gallagher adoptaron un ritual. Cada noche, toda la familia se reunía alrededor de la radio a escuchar los noticieros cinematográficos. Después, el padre leía todas las noticias referentes a Irlanda que hubiera en los periódicos del día. Cada poco tiempo Neil bajaba a Derry para enterarse en las tabernas de lo que no salía en la prensa. Fue así como supieron de la muerte de Arthur, el hermano de Leo, que pertenecía a la facción gubernamental.

       La guerra no fue buena época para los Gallagher. Aparte de la muerte de Arthur, Leo perdió un rebaño de vacas, requisado por los rebeldes y que nunca se recuperó. Tuvieron que apretarse el cinturón. Sin embargo, Anne recordaba aquel periodo con cariño. Una escuadra de aviones se asentó en Derry, dispuesta a intervenir en Irlanda si la cosa se ponía fea. Todas las tardes hacía maniobras, y Anne podía verlas. Se tumbaba en una loma y veía a los gigantescos aparatos ascender, evolucionar en el cielo y descender. Podía quedarse ahí horas, observando con la boca abierta aquella maravilla. Fue entonces cuando decidió que quería ser piloto.

       Un día Sean la llevó a Derry. Su hermano mayor se había hecho amigo de algunos de los pilotos y, después de que ella insistiera durante una semana, accedió a acercarse con ella al aeródromo. Se pasó la visita con la boca abierta. Le dejaron acercarse a los aviones. De cerca eran enormes. Pero lo que más le impresionó fueron los pilotos. Sus cazadoras, sus gafas, sus cuidados bigotes, su gallardía. Se paseaban entre los aparatos como si fueran los dueños de todo aquello. ¿Cómo no iban a pensarlo? Les habían visto a todos desde el cielo, como si fueran hormiguitas.

       Casi se le paró el corazón cuando Sean se paró a hablar con dos pilotos que estaban en la puerta de un hangar. Ni siquiera se enteró de lo que hablaban. Pero de repente uno de ellos se arrodilló a su lado y preguntó:

       —¿Y esta pequeña quién es?

       —Es mi hermana, Anne —intervino Sean antes de que ella pudiera abrir la boca.

       —Qué bonita es. Dime, pequeña Anne, ¿Con quién te quieres casar cuando seas mayor? ¿Será con un granjero como tu papá o con un piloto de guerra como yo?

       —¡Yo no quiero casarme! —dijo Anne, con toda la seguridad de sus nueve años—. ¡Yo quiero pilotar aviones!

       Las risotadas de los tres hombres le acompañaron todo el trayecto hasta su casa. Ni siquiera el dolor de cabeza que le entró después de varias horas llorando logró que se fueran.

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Dios en el Sinaí

1.

       Jacinta Aguirre era toda una señora. Si había una mujer en Madrid de la que pudiera decirse algo así, era ella. Mujer dignísima, de pura raza vasca, todo en ella resultaba apropiado. Era devota en su justa medida, sociable sin llegar a la locuacidad ni al chisme y caritativa sin desconocer los principios de economía doméstica. Gobernaba su casa como los grandes líderes dirigían las naciones: con mano de hierro en guante de seda. Sus hijos estaban bien educados, y su hija pronto estaría casada con un joven de buena familia que la cortejaba de forma honesta. Sí, estaba orgullosa. Su marido podía dedicarse a sus actividades políticas con la tranquilidad que da saber que tu casa está bien dirigida.

       El marido de Jacinta, Tomás Gorriti, era carlista. Ella lo era también, pero más por ósmosis que otra cosa. Si aquel día de abril de 1869 hubiéramos abordado a la pareja por la calle y le hubiéramos preguntado a ella qué era eso del carlismo, no habría sabido darnos una respuesta clara. Habríamos escuchado una retahíla sobre Dios, los derechos dinásticos y lo malo que es el progreso, dicha con notable ingenio pero sin profundidad.

       A don Tomás, por supuesto, la incultura política de su mujer le daba lo mismo. Era él quien debía conocer bien el carlismo, para poder defenderlo mejor de sus enemigos. Pertenecía a una generación intermedia. No había podido participar en la primera guerra porque era demasiado pequeño: justo cuando, a los quince años, pensaba en agarrar una escopeta y echarse al monte, se había acabado el conflicto. Años después, cuando heredó los viñedos de la familia, se dedicó a apoyar económicamente a la causa. Era su deber y su trabajo.

       Ahora don Tomás era un cuarentón totalmente ajeno al mundo militar y que vivía en Madrid ocho meses de cada doce. Su puesto no estaba entre las tropas que más pronto que tarde se amotinarían a favor de Carlos VII, sino en la capital ganando voluntades. Su palabra y su dinero tenían que trabajar a favor de la causa. Y eso es lo que explica por qué su mujer y él estaban, aquel día de abril de 1869, dirigiéndose al Congreso.

       El Congreso era la diversión de moda. Si en tiempos de Isabel II las sesiones habían decaído (las decisiones importantes se tomaban en otra parte), ahora remontaban. Una nueva hornada de grandes oradores de todos los signos políticos, desde carlistas hasta republicanos, discutían para tratar de hacer una Constitución a gusto de la mayoría. Iban aprobando ya algunos puntos. Se sabía, por ejemplo, que España iba a ser una monarquía, aunque no bajo qué rey, y eso era lo que daba esperanza a los carlistas. Algunos artículos pasaban sin mayor discusión, mientras que otros sólo se aprobaban después de largas discusiones y componendas.

       El artículo que se debatía aquel día de abril era de esta clase. Trataba sobre la libertad de cultos. Don Tomás llevaba más de un mes hablando, con cualquiera que quisiera escucharle, del profundo error que iban a cometer los constituyentes.

       ―¡Nunca nadie se atrevió a tanto! ―peroraba don Tomás en los pasillos de su casa, en un discurso que era mitad desahogo mitad planificación de sus encuentros futuros con próceres del país―. ¡Ni la infame María Cristina, ni esa niñita mimada de Isabel II, ni siquiera ese maldito Narváez, así se lo lleven los demonios!

       ―Sí, querido ―Jacinta asentía y bordaba, conocedora de sus deberes pero sin entender la furia de su marido.

       ―¿Sabes lo que significa libertad de cultos, Jacinta querida? ¡La impiedad, eso significa! Quiere decir que los mahometanos o los protestantes… protestantes como los ingleses, fíjate bien lo que te digo, como los ingleses ―y elevaba la voz para que su mujer se hiciera cargo de la magnitud de la ofensa―, ¡podrían abrir aquí, en Madrid, sus templos paganos! ¡Aquí! ¡En Madrid!

       ―Eso no estaría bien, Tomás ―Jacinta seguía bordando. Las réplicas le salían ya de forma automática. Aunque hubiera querido decir otra cosa, su marido jamás la habría escuchado.

       ―¡Y dicen que el nuevo régimen no ataca al catolicismo, que no ataca a España, que no ataca a los profundos y sencillos cimientos de la fe de los españoles! ―don Tomás se sentía muy orgulloso de esa frase y la procuraba sacar siempre que hablaba del tema.

       ―Qué barbaridad, Tomás ―Jacinta había llegado a apreciar aquellos momentos. No entendía una palabra de las divagaciones de su marido, pero le gustaba estar con él.

       ―Pero no lo vamos a permitir, ¿me oyes, Jacinta? ¡No lo permitiremos! Pues buenos estaríamos nosotros si dejáramos que la Constitución pusiera por escrito esas cosas tan feas.

       ―Claro que no, querido.

       Por primera vez en toda la conversación, don Tomás miró a Jacinta.

       ―Mira, estos días se está debatiendo en el Congreso ese artículo impío. El encargado de defender nuestra causa es Manterola, un canónigo dignísimo y que habla muy bien. ¿Te gustaría venir conmigo al Congreso y escuchar su discurso?

       Jacinta no era una ingenua. No entendía una palabra de las doctrinas carlistas, pero sabía a qué se dedicaba su marido. Uno de sus trabajos era llenar la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados con personas afines a su cuerda ideológica, para apoyar a los oradores en puntos complicados. Siempre que lo conseguía volvía a casa ufano y muy orgulloso de sí mismo. Cuando los agentes progresistas se le adelantaban, sin embargo, regresaba echando chispas. Aquella vez lo había logrado. Y no sólo eso, sino que por la importancia del tema a tratar, no estaba invitando a los ganapanes habituales sino a señores de mucho peso y dignidad.

       A Jacinta no le apetecía ir al Congreso. Al contrario que algunas de sus amigas, que eran habituales y comentaban siempre lo último que habían visto, lo bien que hablaba Fulano y lo mal que vestía Mengano, ella sabía que aquél no era sitio para una señora. La política no le interesaba ni poco ni mucho. Eso era cosa de su marido. Pero como esposa su deber era obedecerle. Además, sería un cambio agradable que ella la llevara alguna vez de paseo, aunque fuera como parte de sus obligaciones. Últimamente sentía que el tedio la consumía, que no tenía nada que hacer por las mañanas ni por las tardes, y que sus amistades le resultaban insulsas.

       Por esa última razón, cuando abrió la boca para aceptar la oferta de su marido su sonrisa era sincera.

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El juzgalibros: “Un encargo fácil”, de Rocío Vega

Kerr no suele tomar buenas decisiones. Bebe demasiado, es impulsiva y se acuesta con miembros de su propia tripulación. También es justo reconocer que está sometida a mucha presión: es una mercenaria eficiente, sí, pero fue su padre el que le transmitió su nave y su equipo. No es lo mismo enfrentarte a las misiones si sabes que si fracasas simplemente vas a perder dinero que hacerlo sabiendo que además tu padre te va a mirar mal.

Hoy reseño Un encargo fácil; el primer número de Horizonte Rojo, una saga de novelettes eróticas de ciencia ficción que está escribiendo Rocío Vega. Sí, he dicho novela erótica de ciencia ficción. Sí, hay alienígenas. No, todavía ninguno tiene tentáculos. Dadle tiempo.

Antes de empezar esta reseña, que ya aviso que va a ser bastante positiva, tengo que mencionar que la autora es amiga mía. Lo digo como buena práctica, para declarar las posibles fuentes de conflictos de interés que existan.

Un encargo fácil es una novelette de introducción, y eso se nota. En ella se presenta a la protagonista de la saga, a los miembros de su tripulación, al imbécil que claramente va a dar problemas unas pocas páginas después y el universo en el que se mueven todos ellos. El argumento es simplemente una excusa para realizar esta presentación. La novelette arranca casi in medias res, con un tiroteo, y lo que sucede a partir de ahí no tiene demasiado interés. Sin embargo, esto no importa mucho: aparte de que el libro termina casi antes de que te des cuenta, lo que te mantiene pegado a él no es su trama.

¿Y qué es entonces? En primer lugar, la protagonista. Rea Kerr es deliciosamente humana, lo cual quiere decir que es un dechado de defectos: corta de miras, impulsiva, alcohólica, cínica (bueno, no sé si eso es un defecto), insegura e irrespetuosa. Ah, y su trabajo es pegarle tiros a la gente por dinero. Siempre apetece leer a personajes bien construidos y creíbles, y es agradable que dichos personajes no sean lo que llamaríamos “buenos”. Al contrario, Kerr y sus mercenarios son gentuza, nada romantizada y con obvios problemas para relacionarse con otros seres humanos. Y eso mola.

En segundo lugar, el mundo. Escribir ciencia ficción en el siglo XXI es difícil, porque puede resultar que lo que tú presentas como un avance tecnológico de la hostia, propio del futuro lejano, se invente tres años después de que publiques tu obra y quede desfasado en otros diez. La autora solventa este problema recurriendo a los tópicos del cyberpunk: implantes corporales, cosas holográficas con las que puedes interactuar, armaduras de combate, spray cauterizador y demás. La mezcla, a la cual se le añaden drones como concesión a la época actual, queda notablemente coherente.

Además, en el universo de Horizonte Rojo hay alienígenas. De momento se puede decir poco de ellos, salvo que me hizo mucha gracia que una de las razas fuera la de los arrianos, pero da para una reflexión interesante sobre las orientaciones sexuales. Evidentemente tener contacto con criaturas alienígenas puede propiciar que aparezca una nueva orientación sexual, que la autora denomina “omnisexualidad”. Y, correlativamente, aparecen las personas que consideran que los omnisexuales son aberrantes y que su sexualidad es asquerosa. Una de ellas es la protagonista. Os dije que era un dechado de defectos, ¿no?

Lo tercero que engancha es el sexo. Tratándose de una obra erótica, tendría un problema si no fuera así. Las escenas sexuales están bastante bien: hay dos (una heterosexual y otra lésbica), están bien contadas y son excitantes. Se agradece que la autora huya de refinamientos y de rodeos a la hora de describir el sexo. También es agradable que los personajes no se conviertan en marionetas que dan y reciben placer durante estos momentos. Mientras folla, Kerr tiene tiempo para pensar en el asco que la da el hecho de que su pareja esté drogada o en lo difícil que le va a ser correrse estando borracha. Estos detalles acercan el relato a la realidad.

En definitiva, Un encargo fácil cumple con su objetivo de abrir la puerta a una serie y dejarte con ganas de más. Confío en que, según la saga crezca, las tramas vayan mejorando. Yo de momento ya me he comprado la segunda parte.

El trato (y II)

Publico hoy las partes 2, 3 y 4 de mi relato de marzo. La primera parte se puede leer aquí.

2.

       Salí de allí con la sensación de haber hecho un trato con el diablo. Por supuesto no había hecho trato alguno, pero la oferta estaba ahí, aguardándome. Y lo cierto es que la tentación era demasiado fuerte. Mis contactos en el partido progresista lo habían hecho depender todo de que lograra ese encargo. Si lo conseguía, el nombramiento estaría en mi mesa a la semana siguiente. Si no, probablemente nunca lo tendría.

       Pero Rocío y yo habíamos hecho planes. La amaba, o eso creía. Nunca había sentido por nadie algo como lo que sentía por ella. Casarnos, vivir juntos, tener hijos, ser felices… ésa era toda mi aspiración. Yo, un hombre rutinario, enemigo de aventuras, sólo quería una casa en Madrid y una esposa amante. Rocío podía darme todo esto.

       Y sin embargo, algo en mí me impulsaba a aceptar el trato. Me senté en un ventorro y pedí un vino para ayudarme a reflexionar. Mi placita en un Ministerio era todo mi futuro. Había llegado a Madrid procedente de Valencia con el objetivo de medrar en la política. No tenía tierras, no tenía oficio, no tenía empresas. Sólo las promesas de Prim: un destino bien remunerado a cambio de convencer a mi amigo. Ése era el trato, sin vuelta de hoja. Si no lo cumplía, podía olvidarme de los progresistas. Por un momento pensé en arrimarme a la Unión Liberal, a los alfonsinos, a los republicanos o incluso a los carlistas, pero mi alma se sublevaba contra aquella idea. ¡Yo era progresista! Además, y rebajándome a un nivel más práctico, ni aquellas causas tenían demasiadas oportunidades de triunfar ni aceptarían fácilmente a un advenedizo como yo.

       Pedí y pagué otro vaso de vino, y luego un tercero. Los pensamientos se hilvanaban ya con más claridad. Demos un paso adelante: suponiendo que hago lo que debo hacer, que mando a Esteban a freír monas y me quedo sin destino, ¿querrá Rocío casarse conmigo? Creía que ella sí, pero ¿y sus padres? Imposible. Y aunque lograra vencer la resistencia de don Pedro y doña Onésima, ¿qué vida le podría dar a mi amada? Pobreza, miseria, amargura, infelicidad… y al final odio. De entre los vapores del vino surgió una imagen: Rocío, con diez años más, gritándome que debería haberse casado con Esteban, llamándome inútil, abandonándome. ¿Podía acaso culparla?

       No había elección. ¡No la había, maldita sea! O aceptaba la propuesta de Esteban y conseguía mi carguito, o la rechazaba y me quedaba sin nada.

       Terminé mi cuarto vino, lo pagué y, sintiéndome después de todo como escoria, me dirigí a casa de Rocío.

       Ahorro describir la patética escena que vino después. Su cara, primero alegre y sorprendida por verme a una hora tan desusada, mutó hacia la extrañeza al verme borracho y hacia la incredulidad más absoluta cuando le rompí el corazón. “Que no quiera volver a hablarte”, me había dicho Esteban, y yo, desgarrándome por dentro, cumplí. Le dije que todo era un juego, que me había divertido mucho con ella pero que teníamos que romper. Insinué que seducirla no había sido más que una apuesta. Afirmé que jamás la había querido. Y, finalmente, ante sus lágrimas, rematé con estas palabras:

       —¡Rompo, sí, claro que rompo! ¡Nunca me verás más! Mis padres me han arreglado un matrimonio con nada menos que una condesa. ¿Para qué te quiero ya? ¡Ella sí que me hará feliz!

       Sus ojos se aceraron de repente. Se secó las lágrimas y me espetó:

       —¡Así que eso era! Por un momento creí que era verdad que nunca me habías amado. ¡Puedes ahorrarte todas esas tonterías sobre apuestas y diversiones! ¡No me las creo! Tú me amaste, Manuel; yo lo sé, tú lo sabes y cualquiera que te conozca lo sabe. ¡Pero te amas mucho más a ti mismo, amas mucho más tu posición, amas mucho más a eso que los novelistas llaman “la sociedad”!

       “¡Vete a casarte con tu condesa! ¡Venga, asegúrate un puesto en el mundo! Sólo sabes hablar de eso: de destinos, de colocaciones, de alternar con los grandes… ¡y ahora lo vas a conseguir con un matrimonio! Qué estúpida he sido al pensar que yo, que el amor que te tengo o que el amor que tú me tuviste iban a interponerse entre tú y tu ascenso. ¿Eres capaz de pensar en otra cosa? ¿Eres capaz de concebir que las mujeres no somos cartas que jugar en tu carrera hacia ser ministro?

       “Yo habría sido feliz contigo aunque no hubiéramos tenido más que pan para comer. Nunca me han gustado los lujos. Además, mi padre siempre te habría amparado. ¡Dicen en las novelas que el amor todo lo puede, que redime, que salva! Yo no lo creo; he visto demasiadas veces cómo fracasa esa doctrina. Pero nunca habría pensado que me iba a pasar a mí. He sido una tonta. ¡Pretendí curarte de tu ambición, de esa ambición que se ve a la legua, mediante el cariño y el amor! ¡Ilusa de mí!

       “Y ahora vete, ambicioso. ¡Vete, cobarde, que has necesitado vino para venir a cortar conmigo! ¡Márchate de mi casa, ve con tu condesita, ve a tus fiestas en palacio y a tus entrevistas con los ministros! No quieres otra cosa, ¿no? Ya se ve, no te importa dejar a tu paso un reguero de cadáveres, de muchachas tontas muertas de amor por ti. ¡Pues que te aproveche!

       Sus palabras me hacían enrojecer de vergüenza como si fueran bofetones. Quise hablar, decirle que tenía razón, que todo había sido una sarta de mentiras, que no había condesa. Contarle la verdad. Echarme a sus pies y suplicarle, renunciar a todos mis sueños, implorarle perdón por haber jugado con ella, incluso pedirle que se casara conmigo. Pero la boca no me respondía, las piernas me temblaban y sus ojos rebosaban odio. ¿Perdón? ¿Cómo iba a perdonarme? Lo había hecho bien, lo había hecho maravillosamente bien. Rocío me despreciaba con toda su alma.

       Salí de aquella casa escoltado por uno de los criados, un hombre gigantesco que siempre me había tratado con respeto pero que aquella vez estuvo a punto de empujarme escaleras abajo. Cuando estuve al aire libre mis ideas se aclararon. Ya estaba: la traición se había consumado. Era el momento de acudir a El ciudadano a recoger mi pago.

       Caminé por Madrid centrado en mis pensamientos, en mi dolor y en mi futuro. Quizás por ello no noté que los corrillos que se reunían para comentar las últimas noticias eran más grandes de lo habitual.

3.

       Mi plan era llegar a la sede de El ciudadano y esperar, sentado en el despacho del director, a que mi amigo volviera de seducir a la tal Virginia. Pero no hizo falta. Un tumulto de periodistas, vendedores, policías de paisano y cotillas de todo pelaje se amontonaban en la planta baja. En el piso de arriba, Esteban daba órdenes con voz de capitán general. Apenas me vio, bajó la escalera con un trotecillo y me llevó a su despacho.

       —¡Chico, qué mala cara traes, ven conmigo! Te has enterado, ¿no? ¡Todo Madrid está conmocionado! Ven, bebamos algo… —yo era incapaz de entender su parloteo.

       —Está hecho…

       —¿Qué?

       —¡Está hecho, Esteban, está hecho! —grité con una furia que sólo sentía hacia mí mismo—. He cortado con Rocío. He tomado la peor decisión de mi vida, pero he cumplido: ella me odia. Ya puedes sacar un número especial apartándote de Montpensier.

       —Ah, eso… —su cara, que al principio había mostrado desconcierto, tenía ahora una mueca de preocupación—. Eso iba a hacerlo de todas maneras. No tendrías que haber ido… —dejó la frase sin terminar.

       —¡¿Cómo?! —vociferé, mientras le agarraba de las solapas de la levita—. ¿Cómo que ibas a hacerlo de todas maneras? ¡Explícame eso o te juro por Dios que…!

       —No te has enterado, ¿verdad? —se soltó y empezó a dar vueltas por la habitación—. No, claro que no, si sales ahora mismo de casa de… Dios mío, Dios mío. ¡Tendrías que haberte esperado a que se resolviera el duelo!

       —¡Habla claro, Esteban, habla claro! ¿Qué tiene que ver el duelo de Montpensier con este asunto?

       —Dios santo, me parece inverosímil que…

       —¡¿Qué?!

       —Ya ha sido el duelo. Las primeras noticias llegaron hace media hora. Era a primera sangre, y con pistolas de alma lisa. Apenas tienen precisión. Primero disparó Montpensier y no pasó nada. Luego el duque, y tampoco. Pero al tercer tiro, cuando le tocó a Montpensier de nuevo… amigo mío, Montpensier ha matado al duque de Sevilla. Están trayendo ahora el cadáver a Madrid.

       En ese momento mi mente y mi cuerpo desconectaron. La borrachera y todas las emociones que había vivido en las últimas tres horas hicieron que las piernas me fallaran definitivamente. Caí en el sofá. Empecé a llorar como un niño. Apenas oía ya las palabras de mi amigo explicando que con ese disparo Montpensier había derramado sangre borbónica, que nadie en su sano juicio le apoyaría ya, que había dinamitado todas sus posibilidades de reinar. La cabeza me latía. Quería decirle que se callara pero las palabras no me salían. El griterío de la planta baja retumbaba en mi cabeza. Finalmente, no aguanté más. Me desmayé.

4.

       Esa misma tarde salió una edición especial de El ciudadano. Tal y como me había prometido mi amigo, el titular era “¿Es éste el rey que queremos?” En primera plana, a cuatro columnas, se informaba del duelo y de su fatal desenlace. En la siguiente página, mi amigo firmaba un artículo disculpándose con sus lectores por haber apoyado a un candidato que ahora se revelaba tan inadecuado. Aquel día El ciudadano era indistinguible de los demás periódicos de Madrid: todos, incluso los más fervientes montpensieristas, criticaban al candidato.

       Al día siguiente fui a hablar con mis amigos del partido progresista. Obviamente no me creyeron cuando les conté la historia. Incluso cuando se supo que efectivamente había cortado con Rocío, la opinión general era que lo había hecho inducido por mi borrachera. Había quienes invertían el orden de los acontecimientos y murmuraban que, cuando supe que la muerte del duque de Sevilla anulaba en la práctica el acuerdo que tenía con los progresistas, fui a beber vino a la taberna hasta que ya no fui consciente de mis actos. De esto me enteré después y por comentarios de terceros. A la cara, todos mis amigos me felicitaron por conseguir que Esteban cambiara de opinión. Sin embargo, cada vez que yo trataba de hablar de mi destino me daban largas o cambiaban de tema.

       Han pasado los años. Al final conseguí una placita modesta, de chupatintas de último nivel, en un despacho del Ministerio de Gobernación. Nunca he ascendido de ahí. Soy tan insignificante que ni siquiera se molestan en echarme cuando cambia el gobierno y todos mis compañeros quedan cesantes. Supongo que no puedo quejarme: pese a que duplico en edad a mis jefes y compañeros, el salario es fijo y me da para vivir.

       A veces he pensado qué habría sucedido si aquella mañana no hubiera ido a casa de Rocío. He revivido muchas veces su discurso. Creo que era mentira, que las ayudas de su padre no habrían llegado jamás y que ella al final se habría cansado de la miseria. Con mi sueldo de chupatintas no habría podido mantener a una familia. Sí, cada vez que pienso en esto llego a la conclusión de que tomé la decisión correcta.

       Pero Madrid, al final, es un lugar pequeño. A veces me cruzo con Rocío y con Esteban, que van del brazo a alguna parte. Ella me gira la cara; él me mira con conmiseración y se las arregla siempre para prestarme algo de dinero, pese a que tampoco nada en la abundancia. No sé cuál de los dos me hace sentir peor. En esos momentos toda mi capacidad de autoengaño se desmorona, vuelvo a sentir la misma vergüenza que aquella mañana de marzo y entiendo que, sin lugar a dudas, aquel trato con mi amigo Esteban fue mi perdición.

       La historia del duelo de los Carabancheles me gusta porque es un buen ejemplo de cómo la vida privada puede llegar a cambiar la vida pública de un país. Dos hombres, cuñados ambos de la reina destronada, que se enfrentan por unos insultos personales en un lance que acaba con uno de ellos muerto y el otro perdiendo todas sus posibilidades de reinar.

       Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, estuvo tres veces a punto de ser rey de España o de que su descendencia lo fuera. La primera se dio cuando fue uno de los candidatos a casarse con Isabel II: aquello no prosperó y él se terminó casado con la hermana de la reina. La segunda, cuando trató de hacerse elegir rey por las Cortes de la revolución, que es el intento cuyo final se narra en el relato. Y la tercera cuando, una vez restaurada la dinastía borbónica, logró hacer casar a su hija con Alfonso XII. La joven reina María de las Mercedes (17 años en el momento de la boda) murió de tifus cinco meses después.

       En cuanto a Enrique de Borbón, duque de Sevilla, es otro personaje peculiar: también fue candidato a casarse con Isabel II (al final fue su hermano el que lo hizo), contrajo matrimonio contra la voluntad de ésta, solicitó afiliarse a la Primera Internacional y le despojaron varias veces de sus títulos por sus opiniones políticas. Las causas que le impulsaron a escribir aquel artículo injuriante no están claras: se especula con su izquierdismo, con un encargo personal de la destronada Isabel II (que aborrecía a Montpensier) o incluso con su rivalidad personal con su adversario, al cual conocía desde su juventud.

       El duelo en sí, fue tal y como se ha narrado: a primera sangre (algo poco habitual en la época) y con pistolas poco precisas. La muerte del duque de Sevilla demolió completamente la causa de Montpensier, que recibió sólo 27 votos de las Cortes cuando éstas decidieron quién sería rey de España, ocho meses después del duelo. Como sabemos, fue elegido rey Amadeo de Saboya, duque de Aosta, con 191 votos a favor. Evidentemente no tenemos ni idea de si Montpensier habría sido elegido rey si no se hubiera producido el duelo, pero lo cierto es que en aquel momento era el único con una candidatura sólida: Prim, el hombre fuerte de la revolución de 1868, era incapaz de encontrar un monarca de su gusto ideológico.

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