El anillo de sangre

27 de abril de 2017

—Y esto —dijo el empresario— es la joya de mi colección.

La periodista se acercó a la vitrina. Estaban en una habitación sin ventanas, situada al fondo de la casa. Las medidas de seguridad del pequeño museo eran ya de por sí grandes, pero las de aquel cuarto resultaban impresionantes: puerta acorazada que tenía a la vez llave y contraseña, tres cámaras que impedían cualquier ángulo muerto, vitrinas con cristal blindado y el logo de una empresa de seguridad bien visible.

Y sin embargo, lo que había dentro no parecía justificar tanta protección. Se trataba de un simple anillo de oro. Bien es cierto que era grande, recargado y con una bonita esmeralda en el centro, pero no dejaba de ser una gema como otra cualquiera. “Demasiado pesada”, pensó la periodista.

La decepción debió traslucirse en su rostro, porque su anfitrión le señaló uno de los cuadros que había en la estancia. Mostraba a un noble de cara redondeada vestido con ropa que, sin llegar a los excesos recargados que posteriormente pondría de moda el barroco, los preconizaba. Llevaba un traje de satén verde, una gorguera, cintas de diversos colores, espada y, sí, el mismo anillo que estaba en la vidriera. Lo llevaba en la mano izquierda, que a su vez tenía recogida sobre la tripa, por lo que la gema era el centro del cuadro.

—¿Es…? —preguntó la periodista.

—Es. El mismo anillo, que ha pasado de generación en generación desde que el bueno de Jacques se lo hizo a medida hasta que yo lo heredé de mi madre. Más de cuatrocientos años. ¡Ah, evidentemente no quiero decir que la línea sea directa! En esos cuatro siglos ha habido de todo: ha llegado a sobrinos y primos lejanos, ha sido robado por familiares descontentos, se ha quedado metido en cajas de caudales durante décadas… pero siempre se le ha podido seguir el rastro.

—¡Qué historia! —dijo la periodista, sorprendida a su pesar.

—Es muy curiosa, sí. Escuche, si ya ha terminado de hacer las fotos que necesita, salgamos de aquí. Vamos al salón y me termina de entrevistar.

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La chica del tranvía

El teléfono sonó. Marcos torció el gesto. Desde que había llenado Murcia de carteles con su número, no dejaba de recibir llamadas de graciosos o de gente que le insultaba. Y eso que él solo había pretendido ser romántico. No era tan raro, ¿no? ¡En las películas funciona! Chico se sube al tranvía, chico ve a una chica preciosa y triste, chico no se atreve a abordarla, chico hace un gran gesto de amor absurdo… ¡y ya está! Y sin embargo, la chica no había llamado y se estaba hartando de bloquear en WhatsApp a todos los imbéciles que le abrían conversación.

Por un momento pensó en pasar. “Han pasado varios días, seguro que ya no me llama”. Pero al final descolgó.

—¿Sí?

Silencio. Al otro lado de la línea se oía una respiración entrecortada.

—¿Sí? —insistió Marcos.

—Hola —dijo simplemente la otra persona.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquella voz, tan suave… la había escuchado por última vez en el tranvía, cuando la chica triste se despedía de sus amigas.

—¿Eres… eres tú? La chica del tranvía, ¿no?

—Me llamo Cristina.

Cristina… hasta el nombre era bonito. Marcos lo paladeó lentamente.

—Yo… ahora no sé qué decir —dijo Marcos, con un amago de risa—. Había planeado esta conversación, pero ahora no se me ocurre nada. ¿Te gustaron los carteles?

—No pasa nada. Sí, me gustaron mucho —Marcos intuyó que ella había sonreído—. ¿Cómo te llamas tú?

—Yo Marcos —y luego, con el corazón desbocándosele de la emoción—: oye, ¿te gustaría que nos viéramos?

—Claro que me gustaría. Por eso te he llamado, Marcos. ¿Sabes? Me gusta tu nombre… y me parece muy romántico lo que has hecho.

Ahora le tocó a él sonreír.


Cuando Marcos llegó, la chica ya estaba en la terraza. Estaba despampanante, con un vestido corto de verano que le sentaba de miedo y unas gafas de sol. Leía un libro con aspecto concentrado, lo cual acentuaba aún más su aire triste. A su lado, una cerveza a medio tomar sufría los efectos del calor murciano.

—Hola —dijo Marcos, con voz insegura.

Cristina levantó la cabeza como si hubiera oído un disparo, pero su cuerpo se destensó cuando vio que era él. Se quitó las gafas de sol, cerró el libro y lo metió en una mochila que tenía en el suelo, trabada con la pata de la silla para evitar ladrones. Luego se levantó y le dio dos besos. Olía bien, a recién duchada y a alguna colonia suave. Se había maquillado un poco, pero no lo suficiente como para ocultar del todo unas importantes ojeras.

—¿Llevas mucho esperando?

—No, acabo de llegar.

—Ah, ¿qué leías?

Las doce horas de la noche, de Ashbless. Poesía. ¿Lo conoces? —preguntó ella.

—No, no tengo ni idea. ¿Es bueno?

—A mí me gusta mucho.

El camarero se acercó y Marcos le pidió una cerveza. De repente se dio cuenta de que el hombre había venido en el peor momento: cuando la conversación sobre el libro se había agotado sola, justo a tiempo para cortar una transición natural a otro tema. El silencio se apoderó de la mesa. Por suerte, Cristina rompió el impasse.

—¿Sabes? Aluciné cuando vi los carteles. Fíjate que no suelo mirar estas cosas, pero no sé por qué, el tuyo me llamó la atención. ¡Qué forma más curiosa de intentar encontrar a una chica de la que te enamoraste en el tranvía! Y de repente me encuentro con que soy yo…

—Puse todos los datos que recordaba de ti y de tus amigas. Qué suerte que los vieras —sonrió Marcos.

—Ah… no eran mis amigas —dijo ella—. Simplemente son unas chicas con las que coincidí de fiesta. Salí sola, me puse a hablar con una de ellas en un baño y al final me acoplé con ellas.

—¿Saliste sola?

—Sí —la sonrisa triste se acentuó—. Necesitaba desconectar.

—Pues por tu cara en el tranvía, no parece que lo consiguieras.

Ella suspiró. Por un momento pareció mirar al infinito.

—No. Me temo que no lo conseguí.

—¿Qué te pasaba? —se lanzó Marcos—. Escucha, sé que nos acabamos de conocer y todo eso, pero puedes confiar en mí. Cuéntame: ¿por qué estabas tan triste?

Marcos siempre había sido buen observador. Los ojos de ella se perlaron. Antes de que se echara a llorar, le cogió la mano. Ella le miró, sorprendida.

—Eh… confía en mí, chica triste —puso su mejor sonrisa—. Se nota que llevas días sin dormir bien. Cuéntamelo y te sentirás mejor.

Ella pareció derrumbarse. Se encogió en la silla y empezó a hablar mientras jugueteaba con uno de sus mechones.

—Acabo de cortar con un chico. Yo… llevaba saliendo con él más de dos años. He estado muy enamorada de él, Marcos, tienes que entenderlo —ahora ella le devolvió el apretón de manos y le miró a los ojos—. Por eso he hecho todas las tonterías que he hecho. Los últimos seis meses han sido un infierno. Me gritaba y me hacía sentir mal hasta que no podía más. Entonces yo cortaba, pero luego él me llamaba y volvíamos, y vuelta a empezar. Yo… siento que no puedo enfrentare a él, Marcos.

—¿Y por qué tienes que enfrentarte a él? —preguntó el joven, mientras le cogía fuerte la mano—. ¡Has salido ya! Borra su número, bloquéale de las redes sociales… y sigue adelante.

Ella resopló de forma irónica.

—No es tan fácil. Ojalá lo fuese, pero no es tan fácil. El otro día, cuando me viste en el tranvía, estaba preocupado porque tengo que volver a verle al menos una vez… ¡y estoy acojonada, Marcos, acojonada!

Ahora ella ya lloraba de forma abierta. Marcos movió su silla para estar a su lado y la abrazó. Cristina se dejó acoger en el abrazo, y tampoco protestó cuando él empezó a darle suaves besos en la cabeza. Al final, ella se calmó.

—¿Cómo es que tienes que verle? ¿Es que trabajas con él, sois vecinos o algo así?

—No, no, no es eso. Es que sigo teniendo cosas de él en mi casa. Tonterías, nada más: un libro, un par de juegos de la Play, cosas así. Esta mochila también es de él, así que lo he metido todo aquí y he quedado luego con él, para darle todo. Y no quiero ir.

—¿No tienes a nadie que pueda acompañarte, o que pueda ir por ti? —Marcos siempre se había considerado un chico práctico, y aquella solución acudió rauda a su mente.

Cristina meneó la cabeza.

—No. Mis antiguas amigas ya no me hablan y todos los amigos que hice mientras estaba con este chico eran de su círculo, así que no les puedo pedir el favor. Y bueno, a mi familia no le quiero contar nada de eso. Por lo que ellos saben, corté con él hace dos meses.

—¿Y si te acompaño yo?

El terror se pintó en la cara de la chica.

—¡No, no! ¡Eso sería lo peor! Mi ex es muy celoso. Si me ve con otro chico podría volverse loco. Y no te ofendas, Marcos, pero él es bastante más fuerte que tú. No quiero que te pase nada —y le acarició levemente la cara con aquella mano suave.

Quedaron un momento en silencio, pensando. Y al fin él dijo:

—¿Y si voy yo?

—¿Qué?

—¡Puedo ir yo solo! Puedo decirle cualquier cosa, incluso que me has pagado veinte euros por ir en tu lugar. Le doy la mochila y listo, te libras del problema.

—¡No, ni pensarlo! Nos acabamos de conocer, Marcos. Nunca te pediría algo así.

—¿Por qué no? ¡No hay ningún peligro! Puede volverse loco de celos, o sospechar, o lo que sea, pero no tiene ningún motivo para hacerme daño. Además… si se pone violento prefiero recibir yo las hostias a que te pase algo malo a ti —dijo con su mejor mirada.

—No lo sé, no lo sé. ¿Te importa que demos una vuelta mientras lo pienso?

—Claro que no.

Pagaron y se fueron. Empezó así un paseo de media hora en el que apenas hablaron. La chica triste miraba al infinito y Marcos la miraba a ella. Cuando ya atardecía, entraron en un parque que había al lado de la estación de autobuses y se sentaron en un banco. Y al final ella habló.

—¿De verdad no te importa?

—¡Claro que no! —dijo él, excitado—. No me va a pasar nada. Me dices dónde has quedado con él, me das la mochila y arreando. Si quieres te mando un WhatsApp cuando termine, para que sepas que todo ha ido bien. Y mañana nos vemos.

De repente, ella le besó. No fue un beso apasionado, sino tierno. Él correspondió, despacito y suave. Era evidente que ella no quería ir más allá por el momento.

—Gracias, Marcos —le dijo con voz entrecortada—. Gracias por este favor. Lo de los carteles fue precioso, y esto… en fin, no me lo esperaba. Creo que ahora mismo necesito algo así. Algo tranquilo y sencillo, con un chico bueno.

Y por primera vez en toda la tarde, su sonrisa no era triste.

Apuntó en el móvil el lugar y la hora de la cita mientras ella rebuscaba en la mochila para sacar su libro de poemas. Luego, ella le tendió la bolsa y le dio otro beso.

—Creo que tenemos que separarnos ya. Vas a llegar tarde. Muchas gracias, de verdad —dijo Cristina.

—No es nada, en serio —repitió Marcos—. Alegra esa cara, chica triste. Lo voy a arreglar todo. Mañana ya no tendrás razones para estar así.

Un nuevo beso, algo más profundo que los dos anteriores. Y luego Marcos se dio la vuelta y, con un último “nos vemos”, empezó a caminar. Cuando se giró, ella todavía no se había ido, sino que le miraba con agradecimiento. En realidad tenía que reconocerse que algo asustado sí que estaba, pero lo más probable era que Cristina estuviera exagerando. Se encontraría con el ex, le daría la mochila, le pondría cualquier excusa chorra y se volvería a su casa a mandarse mensajitos con la chica de su vida.

Al final lo de los carteles había salido bien.


En cuanto Marcos se perdió de vista, la chica se dio la vuelta y empezó a caminar rápido. La estación de autobuses no estaba muy llena, pero sí había el suficiente número de personas como para que ella pasara desapercibida. Miró el teleindicador: diez minutos para el autobús de Madrid. Iba con tiempo de sobra.

Sacó de su bolsillo una llave y se dirigió a consigna. Era la taquilla número 18; la abrió y sacó una mochila exactamente igual que la que le había dado a Marcos. Con ella colgada de un hombro, se dirigió a la dársena. A los pocos minutos, estaba montada en un autobús medio vacío que devoraba kilómetros en dirección a Madrid. Dejó pasar todavía un rato, leyendo el libro de poesía que llevaba, y cuando estaba seguro de que todo el mundo a su alrededor se había dormido, sacó el teléfono e hizo una llamada.

—Ya está hecho —susurró cuando se lo cogieron—. Sí, llevo yo la mochila original, lo he comprobado. ¿La falsa? Eso ha sido lo mejor de todo. Se lo he endosado a un imbécil con complejo de caballero salvador. Va a ser él quien la lleve por mí al punto de encuentro.

Su interlocutor dijo algo.

—Hombre, no sé, no creo que le pase mucho más aparte de que le den una paliza. El ruso será muchas cosas, pero no es un asesino, y es tan obvio que el gilipollas al que he mandado con la mochila falsa no tiene ni idea de nada… espera un momento, estamos parando.

Estaban en un área de servicio. La voz ronca del conductor avisó por megafonía de que se iba a hacer una parada de diez minutos. La chica bajó del autobús, todavía hablando por teléfono.

—¿Lo del caballerito salvador? Ah, ha sido muy divertido. Salí de fiesta el otro día y cuando volvía al hotel se me debió notar que estaba acojonada por la entrega de hoy, así que este chico se montó una película estúpida sobre la chica triste del tranvía y empapeló Murcia con carteles con mi descripción. Cuando lo vi, flipé. Hemos quedado hoy, le he contado lo que quería oír y ahí que se ha ido al punto de encuentro.

Torció el gesto. Era evidente que al otro lado del teléfono le estaban echando la bronca.

—En serio, tú te debes pensar que yo soy idiota, ¿no? Le di un nombre falso. El imbécil recuerda a una chica más joven, con más tetas y con muchas más ojeras que las que yo suelo tener. En cuanto llegue a Madrid me destiño el pelo y listo… Aparte, solo puede contactar conmigo por medio de este móvil, y lo pagué en efectivo hace meses en una tienda de Sevilla.

Nueva parrafada del interlocutor.

—Está bien, sí. Nos vemos cuando llegue a Madrid. Oye, te dejo, que el autobús se va. Venga, sí, adiós.

La chica colgó el teléfono. Se acercó al borde de la zona iluminada por las luces del área de servicio, un lugar que estaba fuera de la vista de cualquiera que estuviera en el aparcamiento. Allí empezaba un barranco escarpado que acababa, cien metros más abajo, en una arboleda poco profunda. Le sacó la batería al móvil, echó la mano para atrás y lanzó al teléfono con todas sus fuerzas barranco abajo.

El autobús le esperaba. La chica se subió a él por la parte de atrás y se arrellanó en su asiento. Tenía un largo camino hasta Madrid y quería dormir un poco.

 

 

 

 

 

El juzgalibros: “La brigada de Anne Capestan”, de Sophie Henaff

Durante mi adolescencia, uno de los libros que más disfruté (hasta el punto de leerlo varias veces) fue Los hijos del Trueno, de Fernando Lalana y José María Almárcegui. Esta novela arranca cuando se produce en España la reforma educativa definitiva, según la cual en las aulas debe haber en todo momento veintidós alumnos, ni uno más ni uno menos. Claro, esto genera un cierto número de alumnos sobrantes. Así que se crean los “institutos remanentes”, donde van a parar los inadaptados con la finalidad de entrenarse para ser la escoria del mañana. Por suerte, los alumnos de uno de estos institutos no están dispuestos a aceptar su papel. Pese a este planteamiento, la novela es cómica y tiene algunos momentos realmente desternillantes.

Posteriormente, me aficioné mucho a Caso abierto, hasta el punto de que es, junto con Malcolm in the Middle, la única serie de televisión que he visto entera. Para quien no lo sepa, Caso abierto trata de una unidad de policías que se dedica a desenterrar casos de homicidio que no llegaron a resolverse y tratarlos a la luz de nuevas pistas, nuevos métodos o nuevos enfoques. La serie me agradaba porque huía de los tropos habituales (psicópatas y demás) y porque tenía un cierto componente de denuncia social.

Así que, cuando en las primeras páginas de La brigada de Anne Capestan quedó claro que aquello era una especie de mezcla de Los hijos del Trueno con Caso abierto, la novela me tuvo ganado desde el principio.

Anne Capestan es una comisaria que ha disparado una bala de más. Por los pelos no ha sido expulsada, pero su castigo es otro: va a dirigir una especie de “brigada aparcadero”, con lo peor de cada casa, a la que van a endosar todos los casos no resueltos que tiene la Policía de París con el fin de mejorar las estadísticas del resto de unidades. Entre sus compañeros hay un gafe, la guionista de una serie de televisión que todo el cuerpo odia, un borracho, una jugadora empedernida, un soplón, un homosexual que se atrevió a quejarse de discriminación dentro del cuerpo, etc. Gente a la que todo el mundo se quiere quitar de encima. Y en cuanto a los casos, solo hay dos que merezcan la pena: un marino asesinado en 1993 y una viejecita a la que un ladrón mató en 2005.

A partir de ese planteamiento, la novela avanza imparable. Su primera virtud es que es divertida: la autora es humorista profesional y se nota. Eso sí, es más de sonrisa que de carcajada: va planteando un mundo con cierto tono surrealista, donde curtidos policías huyen de un presunto gafe, un escenario del crimen permanece sin tocar durante ocho años, un seguimiento se disfraza de huelga y todo el equipo de una comisaría vota por el papel pintado que se va a poner en las paredes. Ya digo: tiene pocos momentos de risotada, pero se lee sin perder la sonrisa.

Sin embargo, el hilo no se pierde en describir momentos surrealistas: la novela tiene un argumento muy bien marcado y lo sigue sin darte tregua. No funciona a golpe de cliffhanger, lo que es de agradecer, sino que más bien no se detiene nunca: cada párrafo desemboca en el siguiente, cada página aporta algo nuevo. Quizás el final es un poco abrupto (sentí que, ya que la autora usa el recurso del flashback, podría haber dado más información en ellos), pero no resulta nada forzado.

La intriga, justo es decirlo, no es nada del otro jueves. Tira de tópicos del género y se nota. [SPOILER] Se ve venir, por ejemplo, que va a resultar que ambos casos están relacionados, que van a matar a una testigo clave antes de que pueda hablar o que el asesino es alguien que ya ha aparecido en la novela.[/SPOILER] También abusa un poco del recurso de “el detective ve a tal persona haciendo algo inocente y eso hace clic en su cabeza y llega a una deducción importante”. Por otra parte, si los tópicos han llegado a ser tópicos es porque funcionan, así que el defecto no es tan grande como parece.

Porque además, si algo sustenta la novela son sus personajes. Muchos están construidos con un par de pinceladas, pero funcionan y resultan ser más profundos de lo que aparentan. Como el gafe a quien todo el mundo rechaza, que sin embargo es el único que tiene una vida familiar feliz. O el tipo frío y lejano, que en realidad es extremadamente cuidadoso incluso con las vidas de los insectos. O el borracho inútil y pagado de sí mismo pero que está atento a todos los cotilleos del mundo policial y resulta un señuelo excelente. O la pija insoportable que en un momento dado tira de billetera para equipar de forma altruista la sede de la brigada.

Todos ellos forman un equipo extraño, de gente que en principio no se lleva bien o incluso se desprecia mutuamente, pero que al final acaba limando diferencias. A la fuerza ahorcan: son desechos, les han metido ahí porque no pueden echarles del cuerpo y tienen que elegir entre aceptarlo o rebelarse. Y es ahí donde el orgullo humano tira para delante y empieza a trabajar con lo que tiene. La brigada de Anne Capestan tendrá que decidir si se cohesiona y trata de superar las trabas que le ponen desde arriba… o si acepta su fama de refugio de perdedores y se limita a vegetar.

En fin: que si buscáis una novela entretenida, ligera, con personajes interesantes y una intriga que no os haga romperos demasiado la cabeza, éste es vuestro libro. Yo, por mi parte, cuando lo terminé le rendí el mejor homenaje que creo que se le puede hacer a una novela: mirar si hay una segunda parte. Por suerte para mí, la respuesta es positiva. Anne Capestan y sus absurdos compañeros protagonizan ya otra novela… y que sean muchas más.

Recuerdos de guerra

La casa del abuelo siempre estaba llena de trastos. Jerry recordaba, por ejemplo, la época en que descubrió la comida italiana: todas las noches llamaba a que le trajeran una margarita a domicilio. Llegó un momento en que la torre de cajas de pizza vacías llegaba casi hasta el techo; en una visita había estado a punto de caerse encima de Jerry, que por aquel entonces tenía ocho años. Su madre había gritado, había abroncado al anciano y luego había convocado a varias de sus amigas para, entre todas, volver a poner en planta la casa. Era un ritual que se cumplía cada seis meses con la precisión de las estaciones, ya que invariablemente el abuelo dejaba degradar su entorno sin hacer nada para evitarlo.

Debían estar al final del ciclo, porque el jardín estaba hecho un desastre. Jerry vadeó la hierba que ya le llegaba hasta la pantorrilla, esquivó un cortacésped oxidado y, por fin, llamó a la puerta. Nada. Una segunda llamada tuvo como resultado el sonido de alguien rebullendo en el interior. Y finalmente se abrió la puerta y el abuelo Zachary apareció en el umbral. Miró de arriba abajo a Jerry y gruñó:

—Podrías haber entrado por la puerta de la cocina. Nunca uso la principal.

La casa olía a cerrado y estaba oscura. El abuelo siempre había vivido solo, que Jerry recordara. La abuela había muerto cuando él tenía cuatro años, y él no se acordaba de su cara: ni siquiera había fotos recientes en la casa. Luego había pasado mucho tiempo, pero el abuelo no se había vuelto a casar ni se le conocían novias. Tampoco amistades o aficiones que le sacaran de casa. Cojeaba un poco y se negaba a usar bastón, por lo que caminar para él era un suplicio.

El suelo de la cocina estaba pegajoso. En la vieja cocina de gas hervía un cazo con agua; el anciano rescató dos tazas de la precaria torre de platos y sartenes que había en el fregadero, les dio un agua y empezó a preparar el té. Jerry dudó sobre si debía ayudarle, pero su abuelo le echaba la bronca a cualquiera que osara insinuar que no era perfectamente autónomo. Así que se limitó a sentarse en una de las desvencijadas sillas.

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Punto de inflexión

Elías no llevaba mucho tiempo haciendo el servicio militar obligatorio, pero ya sabía una cosa: siempre hay una puerta trasera. No hay cuartel del que no puedas escaquearte si eres un poco listo. En Jaén había sido muy fácil, puesto que los propios encargados de la guardia nocturna tenían más interés en la partida que se jugaba en la cocina que en mantener vigiladas las puertas. En Barcelona, y pese a que en teoría estaban acuartelados y en alerta máxima, la cosa no era muy distinta. Bendito ejército español.

Las calles de Barcelona estaban oscuras. Nada sorprendente, si se tiene en cuenta que la huelga había alcanzado a todas las eléctricas. El día anterior había sido el peor: habían tenido que iluminarse con viejos quinqués de gas que apenas funcionaban. Luego los ingenieros habían conseguido restablecer parte del fluido: esa noche las luces del cuartel habían contrastado con la oscuridad de las vías adyacentes.

En el cuartel había poco que hacer: ellos estaban solo como refuerzo, por si la huelga se descontrolaba y se producían motines callejeros. Mientras eso no sucediera —y no parecía que fuera a hacerlo—, a nadie le importaba demasiado lo que hicieran en su tiempo libre. Incluso podían recibir llamadas. Gracias a eso se había podido comunicar con Rafael y concertar aquella cita nocturna.

Elías apretó el paso. Al principio de su caminata se había perdido y ahora llegaba un poco tarde. Sabía que a su hermano le importaría poco, pero a él le daba apuro hacer esperar a la gente. Rafael siempre se había reído de aquella característica suya. Claro que, ¿de qué no se reía Rafael? Si algo diferenciaba a los dos hermanos era precisamente aquello: mientras que el mayor consideraba que el mundo era un infinito campo de juegos y despreocupación, el menor se tomaba muy a pecho todo lo que implicara responsabilidad. O, en palabras de Rafael, “qué sieso que eres, jomío”.

Por fin llegó a la esquina donde habían quedado. Los faroles estaban apagados, claro: solo las calles principales tenían fluido, y ninguna de las dos lo era. Pero daba igual: la noche era clara y se veía bastante bien. El invierno había sido suave; aunque todavía estaban en febrero, el frío ya estaba en franca retirada. Elías se había puesto un abrigo encima de su uniforme, y empezaba a sentir que le sobraba. Sin embargo, no se lo quitó: sería mejor que nadie viera que era un recluta, sobre todo en aquel barrio. Por lo que pudiera pasar.

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Tres días en Auschwitz

Primer día

El presente

Los soldados se marcharon entre ruido y furia. Con ellos iban miles de prisioneros, todos aquellos que podían andar y que no habían sido lo bastante inteligentes como para esconderse. Leah lo había comprendido desde que empezó la evacuación y, como siempre habían dicho de ella que era muy astuta, cogió a Alina y se escondió con ella en el baño. Se metieron en un cubículo y dejaron que los últimos SS registraran el pabellón psiquiátrico.

—No debes llorar —le dijo a Alina—. Es muy importante. Tenemos que esperar aquí. Tu padre prometió que volvería a buscarnos.

La niña asintió, llorosa, y Leah sintió que a ella misma se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Había sido un bebé tan bonito! Y ahora, cualquiera que no fuera su madre apartaría la vista con asco. Sus mofletes habían desaparecido, consumidos por la mala alimentación. El pelo rubio, que había hecho en su momento que el oficial de las SS dudara en enviarla al campo, era ahora quebradizo y frágil. La actitud, antes vivaracha y ahora pasiva. Y la suciedad, por todas partes…

Leah y Alina pasaron horas sentadas en aquel retrete, con los pies levantados para que nadie pudiera descubrirlas con una ojeada casual al suelo. Después de las últimas inspecciones nadie se había acercado a los sanitarios, pero toda precaución era poca. Progresivamente los ruidos se fueron apagando. Sin embargo, aún tardaron varias horas en salir, presas del miedo: no sería la primera vez que los psiquiatras del centro preparaban un engaño para ver cómo reaccionaba Leah. Sólo cuando vieron que anochecía, Leah se dio cuenta de que llevaban sin comer desde el desayuno. El campo estaba más silencioso que nunca.

Leah abrió la puerta del cubículo y salió del baño, con su hija de la mano. El pabellón psiquiátrico era una enorme sala con veinte camas puestas en dos filas, en torno a un pasillo central. Estaba, como siempre, casi vacío. Solo había una cama ocupada: la paciente, una vieja húngara a la que todo el mundo llamaba Gritos, estaba dormida. Era normal que no se la hubieran llevado: apenas podía caminar, y cuando estaba despierta no dejaba de dar alaridos, por lo que la mantenían sedada la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, había diferencias con un día de diario. La luz estaba apagada, la portezuela de malla que separaba la zona de las enfermeras estaba abierta y la mesa de guardia estaba vacía. Leah parpadeó. No recordaba haber visto aquella mesa vacía desde que le habían trasladado al pabellón, cinco meses atrás. Su miedo a que todo fuera una trampa empezó a diluirse. Cojeando (se había herido en un pie una semana antes) se dirigió hacia la malla y pasó a la zona de las enfermeras.

No tardó en encontrar la cocina. Para su desesperación, estaba vacía: los armarios abiertos parecían burlarse de ella. ¡No! No podían habérselo llevado todo. Sentó a Alina en una de las sillas de la gran mesa central y se puso a registrar concienzudamente la estancia. Era enorme: ¡seguro que no la habían vaciado por completo! Frenética, abrió todos los cajones que encontró y tanteó el fondo de los armarios. En un momento dado le pareció notar un abultamiento en el linóleo y clavó las uñas buscando el doble fondo. Sólo cuando éstas se le rompieron admitió que era un simple defecto de instalación.

Al final lo encontró. En una despensa en forma de L, se habían olvidado de registrar bien la parte que quedaba fuera de la vista. Había media barra de pan duro y cinco latas de conserva sin etiqueta. Leah cogió las latas con avaricia, deshaciendo el pan con la mano y llevándose un currusco a la boca. Estaba demasiado seco y costaba tragarlo, pero le sentó de maravilla. Luego levantó su tesoro, lo puso sobre la mesa y empezó a preparar la cena.

Recordó que en uno de los cajones había visto un abrelatas. También escogió dos platos, porque por muy hambrientas que estuvieran no iban a comer como animales. Cortó tres rodajas de pan y puso dos en el plato de Alina. Abrió también la primera lata, que resultó estar llena de una carne indefinible, y la volcó en el plato de su hija. Finalmente, devoró su pan mojado en los restos de salsa que quedaban en la lata.

—¿No comes? —dijo cuando terminó. El plato de Alina estaba lleno.

—No… no tengo hambre… —Alina se encogió de hombros.

—Vamos, mi niña, tienes que comer —dijo Leah.

Al final, sentó a su hija en sus rodillas y le dio de comer con paciencia. Valoró la posibilidad de abrir una de las cuatro latas restantes, pero la descartó. Era cierto que si los nazis habían abandonado el campo era porque los soviéticos estaban a las puertas, pero no sabía si tardarían uno, cinco o diez días en llegar. No tendría sentido morir de hambre cuando habían llegado hasta allí.

—Tu padre está a punto de venir a por nosotros —le acarició la cabeza a Alina—. Nos lo prometió, y él siempre cumple sus promesas.

Alina sonrió. Se estaba quedando dormida. Sacando fuerzas de donde no las había, Leah la cogió en brazos y la llevó hasta su cama. Allí, como todas las noches, se durmió abrazada a ella.

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La mujer del César

Un hombre yace a un lado de la calzada. Su toga aún le cubre, pero está deshecha: no le quedan ganas de sostenerla en posición, y tampoco tiene ya fuerza en los brazos. El viento hace que la pieza de tela se doble en pliegues caprichosos. Hace frío. La sangre empapa la hierba y el empedrado, y la vida se le escapa por media docena de puñaladas. Publio Clodio, el gran agitador de Roma, el hombre que hizo temblar los asientos de los senadores, que expulsó a Cicerón y que exaltó a los plebeyos, se muere y lo sabe.

—Adiós, Clodio —le ha dicho el jefe de los asesinos, antes de hundir su cuchillo por última vez en el cuerpo de su víctima.

“Clodio…”, piensa. “Suena tan vulgar…” Pero es lo que quería, ¿no? Que pareciera vulgar. Él, que pertenecía a una de las mayores familias de la república, había renegado de su legado para hacerse adoptar por un plebeyo. Todo por la política, para conseguir el puesto de tribuno e implantar las reformas que le permitieran vengarse. En aquel momento había parecido una buena idea. Soltó una risa que no era más que un estertor. Toda su vida había sido así. Se había movido a impulsos, y así había acabado, moribundo en plena Vía Apia.

Qué poderoso había sido. Durante un glorioso año había gobernado Roma sin oposición. Apoyado por el poder brutal de la plebe y por su cuadrilla de matones, no había habido quien se le resistiera. Los viejos siempre insistían en que la mayor virtud del político era la prudencia. Se había reído: ¿para qué quería él ser prudente? ¡Tenía el poder, y la capacidad para ejercerlo! Pero el poder siempre genera enemigos, y eso lo sabía ahora mejor que nadie.

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