El mayor anhelo

La boda fue un éxito. ¡No todos los días se casa un rey! Y, sobre todo, ¡no todos los días se casa enamorado! ¡Qué historia de amor, qué historia! Desde el más poderoso duque de la Corte hasta la última modistilla de Lavapiés lo comentaban: seis años habían estado prometidos don Alfonso y su prima. Luego, cuando don Alfonso se había convertido en Alfonso XII, la cuestión del matrimonio se había vuelto primordial. Le habían intentado convencer de que dejara a Merceditas y se casara con alguien más conveniente, con alguna princesa europea. Pero él se había mantenido firme y al final… ¡hala! Casorio real.

Sí, todo Madrid estaba contento. Y el que más, el padre de la novia.

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Tres escudos

Al principio no había parecido para tanto. Estaban cercados en una isla entre dos ríos, pero el enemigo tampoco tenía tantas tropas: solo diez barcos, aunque eso sí, erizados de cañones. No iban a rendirse por aquella bagatela, por mucho que los holandeses tuvieran la superioridad táctica. No podían hacerlo. Eran el Tercio Viejo de Zamora: cinco mil hombres que habían causado el terror entre las filas protestantes en un sinfín de ocasiones. ¿Cómo iban a hincar la rodilla delante de diez barcos mugrosos? ¿Cómo volverían entonces a casa con la cabeza alta?

Así lo había dicho don Francisco Arias de Bobadilla, maestre de campo del Tercio. El general enemigo le había propuesto una rendición honrosa, y él se había limitado a mirarle con sus ojos gélidos y a espetarle aquello tan bonito de “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra”. Y luego, para rematar: “Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. Cuando la noticia se había extendido por el campamento, los hombres habían dado vivas a su general y la esperanza había reverdecido.

Y luego los holandeses habían abierto los diques y las aguas del río Mosa se habían llevado por delante el campamento español.

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Tragedia de un galdosiano

La mañana en que asesinaron a José Canalejas –prohombre regeneracionista, católico anticlerical, gafotas insigne y, en aquel momento, presidente del Gobierno español– don Luciano Benavides estaba en la librería San Martín. Este dato puede que no parezca demasiado importante. ¿A quién le importa dónde esté un hombre corriente en el momento en el que matan a la gran esperanza del país? Sin embargo, es relevante. Y lo es porque José Canalejas fue asesinado justo delante de aquella misma librería.

En realidad, don Luciano Benavides no vio mucho del homicidio. Estaba, como veremos enseguida, a otras cosas. De hecho, si le hubieran llamado como testigo en el juicio –lo cual no hizo falta porque, al estar muertos tanto el asesino como su víctima, el caso se cerró sin apenas darle gusto a la burocracia–, no habría sabido responder a ninguna de las preguntas de los abogados. Se habría limitado a mirar al frente y a decir “¿eh?” hasta que alguien hubiera pensado que él mismo formaba parte de la conspiración asesina y le hubieran metido cuarenta años en la cárcel.

Pero hablábamos de Canalejas. El prócer, como presidente que era, tenía asignada una escolta policial. Sin embargo, gustaba de darle esquinazo e irse a triscar en libertad por las calles de Madrid. De hecho, hay una anécdota que dice que un arriero castellano metió la rueda de su carro en un socavón de los muchos que por aquel entonces poblaban la Cuesta de la Vega, con tan mala fortuna que una rueda se partió. Pasaba por allí un jinete embozado, con tricornio y capa, que le ayudó a reparar el entuerto. Y cuando el arriero ya estaba agradeciéndole su auxilio al desinteresado jinete, éste se levantó el tricornio y… ¿a que nunca adivinaríais quién era? Esta historia se ha repetido después, protagonizada por otros personajes y sustituyendo todos los elementos según avanzaba la técnica, pero la original es tal y como la cuento.

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Charla nocturna

En el bar más mugriento de Madrid, Pepe Robledo se emborracha con orujo. Es un ritual que repite todas las noches, desde que sale de su trabajo como vigilante en el Parque del Retiro hasta que Santos, el camarero, lo lleva a su casa y le acuesta. La única diferencia en el ritual aparece los días en que Pepe Robledo libra, y consiste en que, en vez de llegar al bar de Santos a las diez de la noche, se planta allí después de comer.

¿Por qué no iba a hacerlo? Desarraigado, decepcionado con el magro agradecimiento de un régimen al que apoyó desde los primeros momentos y morador de una ciudad que no entiende, Pepe Robledo es un hombre acabado. Si sigue vivo es por rutina. Santos, que le conoce bien, sabe que lo que le va a matar no es su afición por el alcohol ni su mala alimentación, sino el fin de la inercia. Cualquier día se le acabará la cuerda y le encontrarán tumbado en un rincón de su mugriento piso.

O eso parecía hasta aquella noche.

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Símbolo de la revolución

En el pueblo nunca había habido tocadiscos. ¿Quién habría podido permitirse algo así? Incluso Perico, el de la taberna, se había resistido a semejante gasto: con la radio le valía, afirmaba siempre. Por eso había sido toda una sorpresa que fuera el cura quien trajera semejante innovación. Lo había instalado en un salón que había junto a la iglesia y que se usaba para reuniones y ferias, y lo ponía todos los sábados.

El nuevo cura, don Armando, era muy diferente al anterior. Era un chico joven, que usaba expresiones de Managua y que hablaba con desconcertante frecuencia sobre la pobreza de los habitantes del pueblo. Era también un hombre muy activo: daba clases para enseñar a leer a los adultos analfabetos, encabezó un movimiento para llevar agua potable a las casas, participaba en la organización de fiestas populares e incluso aconsejaba a algunos jornaleros formas de mejorar su condición laboral.

Las noches de los sábados eran una prueba más de este frenesí culturizador. El curita solo tenía cinco discos, todos ellos de nueva canción, pero los ponía siempre en el mismo orden, en una liturgia que parecía tomarse casi tan en serio como la misa. Al principio aquellas sesiones no tenían mucha concurrencia: los viejos murmuraban acerca de las letras y los jóvenes se quejaban de que con aquella música no se podía bailar. Pero el buen hombre perseveró, y poco a poco la sala de la parroquia se convirtió en un centro de reunión comparable a la taberna.

Eso permitió a todo el pueblo oír aquel sexto disco.

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El perfeccionista

Gary llegó a España en enero de 1937, con la intención de luchar contra el fascismo apoyado por sus compatriotas. Dice mucho de su voluntad política el hecho de que siguiera en filas en julio de 1938, cuando todos sus amigos habían muerto y el batallón Abraham Lincoln se había llenado de españoles. Es cierto que le habían hecho sargento, pero también lo es que a Gary, que siempre había tirado hacia la vida civil, un grado del ejército español no le valía para nada.

Y allí estaba. La noche antes de pasar el Ebro para volver a unificar el territorio controlado por el Gobierno legítimo. El plan era sencillo: avanzar hacia el río, cruzarlo por sorpresa y conquistar los centros de comunicaciones rebeldes. Sin embargo, Gary miraba a sus hombres y no le parecía que encontraran sencillo ni siquiera atarse los cordones. La mayoría eran reclutas muy jóvenes, casi niños, que ni siquiera tenían la mayoría de edad.

No se hacía ilusiones sobre su capacidad de mando. Sabía que le habían nombrado sargento porque era de los pocos veteranos que hablaba español. Pero le habían dicho que les arengara y les iba a arengar.

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La primera logia

La sala principal de la taberna del Ganso y la Rejilla estaba abarrotada. Rubin, el nuevo camarero del local, había subido ya tres bandejas llenas de jarras de cerveza, y la cosa no parecía que fuera a parar. Los caballeros que ocupaban el comedor parecían estar en alguna clase de reunión política, con todo lo que aquello comportaba: les había oído gritar e interrumpirse, y era normal que en esas circunstancias la bebida corriera algo más de la cuenta.

—¿Políticos? —respondió el viejo Herbert, jefe de camareros, cuando Rubin le comentó el trajín de la segunda planta—. No, hombre, no. Son francmasones.

—Bueno, eso explica los mandiles. Pero… ¿y los gritos y las discusiones? ¿No se reúnen los masones en secreto, y con símbolos místicos, y…?

—Deberías dejar de leer panfletos, chico. Los francmasones no son más que caballeros que vienen aquí a hablar de sus cosas, como todos. Y, como todos, a veces se acaloran. Hoy creo que están discutiendo refundir cuatro de sus asambleas en una sola, y claro, todos quieren que la suya sea la que acabe mandando. Es lo natural. Venga, ve a la cocina a ver cómo está la cena.

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El juzgalibros: “Historia lógico-natural”, de J.J. Merelo

Me gustan las ucronías. La especulación acerca de qué habría pasado sí me chifla, especialmente cuando está bien hecha y es coherente. Además, uno de mis periodos históricos favoritos es la España del siglo XIX, precisamente porque es una época de posibilidades truncadas. ¿Y si alguna de ellas hubiera salido bien? Es entonces cuando se cruza en mi camino, a raíz de una conversación en Twitter, Historia lógico-natural, de J.J. Merelo.

Como galdosiano, el título me atrajo inmediatamente. En dos de los “Episodios nacionales”, Prim y La de los tristes destinos, aparece un personaje, Juan Santiuste, a quien las aventuras sufridas en novelas previas han hecho perder la razón. Santiuste tiene la tesis de que España sigue una línea histórica equivocada, que lo lógico y lo natural habría sido que los revolucionarios de Riego fusilaran a Fernando VII por traidor y felón, y que desde entonces el país hubiera tenido un buen gobierno. Santiuste, a quien sus amigos llaman Confusio porque es un filósofo pero también tiene la cabeza a pájaros, plasma sus conclusiones en un libro que se llama, precisamente, Historia lógico—natural.

Merelo recoge este testigo para contar, en su ucronía, una España mejor, que a principios del siglo XX ha recuperado su estatus de potencia mundial y acaba de ganar la guerra de Cuba. En la novela aparecen tanto Santiuste como Galdós, como secundarios de lujo, e incluso se habla de que Galdós está escribiendo una “Historia lógico-natural” para probar que el renacimiento tecnológico y científico que vive la España de la novela no es lógico. Estos juegos a mí me privan.

Para rizar el rizo, el punto Jonbar de la novela de Merelo es distinto del que planteaba Galdós. Empieza en 1866, con la sublevación del cuartel de San Gil, que en la vida real fracasó pero que en la novela triunfa. Tras esto, entra a gobernar en España el general Prim, que en el mundo novelesco no sufre el atentado de la calle del Turco y, por ello, se convierte en el mandamás de España durante años. Un gobierno estable permite subvencionar a inventores que en la vida real se comieron los mocos (Peral, Torres Quevedo), y además concede la independencia de Cuba y Filipinas de manera pacífica, un poco a la británica.

Eso quiere decir que cuando en 1906 EE.UU. decide atacar Cuba, invade una nación soberana, que inmediatamente le pide ayuda a la madre patria. El ejército español, armado con la tecnología más moderna de la época, barre al estadounidense. La novela empieza así, y las consecuencias de este hecho se exploran a través de las siguientes páginas. Como vemos, toda la estructura es una especie de juego de espejos similar al que hace Dick en El hombre en el castillo y que da nombre a este blog, así que tenía que reseñar la obra.

Los protagonistas son tres: Ray, un contable yanqui que por una carambola acaba de espía en una España que no entiende; Archie, un carpintero negro negro que ha participado en la fracasada invasión de Cuba y Julián, un soldado español que es entrenado como tripulante de submarinos. Esos tres principales se van entrecruzando con una serie de secundarios, siempre los mismos, lo que le da a la novela un aire muy galdosiano. Casi podríamos definir a este libro como una “ucronía costumbrista”. En ese sentido, las primeras páginas de Ray son las mejores de la novela: es impagable su choque con una España que es a la vez una potencia tecnológica y un país provinciano y medio analfabeto. También acierta cuando trata temas sociales, como el racismo.

Aun así, se nota que es una de las primeras obras del autor, si no la primera. La novela tiene defectos. Para empezar, los tiene de forma: hay momentos, muchos, donde la trama pedía un diálogo y el autor (quizás por miedo a no saber escribir conversaciones creíbles) ha salvado la escena con narración. Estas intervenciones del estilo indirecto me chirriaron durante toda la novela.

Por otra parte, los protagonistas no están demasiado definidos, lo que es un problema cuando hay tantos y todo se basa en ellos. No tienen una personalidad clara, y de la mayoría no sabes muy bien lo que quieren. Sus movimientos no son orgánicos; muchas veces se ve el hilo del autor tirando de ellos hacia donde tienen que estar. Esto es disculpable en el caso de Julián, sometido a disciplina militar durante casi toda la trama, pero con Ray y sobre todo con Archie el asunto queda muy, muy forzado.

Pero el problema principal es otro. La novela avanza muy bien pese a sus fallos hasta aproximadamente dos tercios de la misma, momento en el cual pierde el hilo por completo. Cuando ya las tramas parecen estar cerrándose, se abren otra vez y el autor te cuenta una historia extraña, sin relación con nada de lo demás, que rompe por completo con la suspensión de la incredulidad que había conseguido una ucronía tan bien fundada. Esta última trama, que además no es común a todos los personajes, parece una idea de última hora. Tiene pinta de que decidió acabar con un colofón, y no le ha salido bien. Ese pegote hace que, al final del libro, no sepas muy bien qué historia te están intentando contar.

En conclusión, una buena idea que podría haberse mejorado definiendo más a los personajes y, sobre todo, suprimiendo el pegote del final. Aun así, lo tenéis a 0,99 en Amazon y su autor ha seguido ampliando el mundo en otras obras. Si te gusta la premisa, échale un tiento.

El anillo de sangre

27 de abril de 2017

—Y esto —dijo el empresario— es la joya de mi colección.

La periodista se acercó a la vitrina. Estaban en una habitación sin ventanas, situada al fondo de la casa. Las medidas de seguridad del pequeño museo eran ya de por sí grandes, pero las de aquel cuarto resultaban impresionantes: puerta acorazada que tenía a la vez llave y contraseña, tres cámaras que impedían cualquier ángulo muerto, vitrinas con cristal blindado y el logo de una empresa de seguridad bien visible.

Y sin embargo, lo que había dentro no parecía justificar tanta protección. Se trataba de un simple anillo de oro. Bien es cierto que era grande, recargado y con una bonita esmeralda en el centro, pero no dejaba de ser una gema como otra cualquiera. “Demasiado pesada”, pensó la periodista.

La decepción debió traslucirse en su rostro, porque su anfitrión le señaló uno de los cuadros que había en la estancia. Mostraba a un noble de cara redondeada vestido con ropa que, sin llegar a los excesos recargados que posteriormente pondría de moda el barroco, los preconizaba. Llevaba un traje de satén verde, una gorguera, cintas de diversos colores, espada y, sí, el mismo anillo que estaba en la vidriera. Lo llevaba en la mano izquierda, que a su vez tenía recogida sobre la tripa, por lo que la gema era el centro del cuadro.

—¿Es…? —preguntó la periodista.

—Es. El mismo anillo, que ha pasado de generación en generación desde que el bueno de Jacques se lo hizo a medida hasta que yo lo heredé de mi madre. Más de cuatrocientos años. ¡Ah, evidentemente no quiero decir que la línea sea directa! En esos cuatro siglos ha habido de todo: ha llegado a sobrinos y primos lejanos, ha sido robado por familiares descontentos, se ha quedado metido en cajas de caudales durante décadas… pero siempre se le ha podido seguir el rastro.

—¡Qué historia! —dijo la periodista, sorprendida a su pesar.

—Es muy curiosa, sí. Escuche, si ya ha terminado de hacer las fotos que necesita, salgamos de aquí. Vamos al salón y me termina de entrevistar.

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