Barón

“Son como hormigas”, piensa el aviador. “Hormigas que se arrastran por la tierra sin parar. La rompen, la cierran… ¿seré yo el primer en darme cuenta de cuánto se parecen las trincheras y los hormigueros?”

Morro arriba. El aparato sube y el resto de la escuadrilla le sigue. El aviador mira en todas las direcciones, y gruñe de insatisfacción. Nada. Ni una sola presa que derribar. Abajo, el hormiguero que es el frente del Somme parece estar más o menos tranquilo. Las hormigas alzan la vista hacia ellos y (el aviador no lo sabe, pero le gusta imaginárselo) saludan a sus héroes voladores. En especial, claro, a él. Ya se aseguró de pintar su aparato de rojo para que nadie tuviera dudas de quién es el que va a los mandos.

Él fue una hormiga, en tiempos. No era su destino. Desde que era niño supo que estaba hecho para ser un héroe. Su padre trató de quitárselo de la cabeza. “Manfred, hijo, hoy en día la guerra no se parece a las estampas de los libros. Es un matadero científico. Allí ya no hay héroes, solo asesinos”. Pero a él le dio igual. Se entrenó en la equitación y en la caza, y en cuanto fue mayor de edad, se alistó en la caballería. El día en que los aliados le declararon la guerra a Alemania, Manfred gritó de felicidad.

Sin embargo, durante un tiempo estuvo a punto de convencerse de que su padre tenía razón. La guerra moderna no tenía espacio para gloriosas cargas de caballería, y cuando pasó a infantería se encontró con que le dieron una pala y le mandaron cavar. ¡Cavar! ¡A él! Hasta que un día, con las botas sucias de mierda y cubierto de barro hasta las orejas, levantó la vista y vio un avión sobrevolar el frente. En ese momento dejó de ser una hormiga.

Durante sus años a los mandos de un monoplaza, Manfred ha aprendido a desconectar su mente y sus sentidos. Puede divagar sin que por ello se resienta su capacidad de observación. Así, todo su cuerpo se tensa cuando ve en el horizonte el pequeño puntito que indica la presencia de aviones enemigos. Sus recuerdos pasan a un segundo plano. Ya solo piensa en el futuro: aquel en el que sus bajas confirmadas no serán ochenta sino ochenta y una. Acelera.

El avión enemigo (es un aparato de reconocimiento, con la bandera de Australia pintada en sus alerones) no ve a los alemanes hasta que los tiene encima. Manfred dispara y dos de sus hombres le imitan. Contiene una imprecación cuando ve que el enemigo esquiva las tres ráfagas y vira en redondo con intención de huir; Manfred aprieta los dientes y se lanza en su persecución. No comprueba si los demás le siguen o no. Su mundo se ha reducido: solo están el aviador australiano y él, y está bastante claro quién es el cazador y quién es la presa.

Un escuadrón de cazas ingleses cae sobre ellos. El aviador ve por el rabillo del ojo que uno de sus hombres cae. Ríe. Sí, ríe. Cuando vuelva a la base ya habrá momento de llorar a los muertos; ahora todo lo que existe son aviones. Su record diario está en cuatro derribos, y mientras gana altura Manfred sabe que hoy lo superará. A su alrededor, británicos y germanos combaten a cara de perro. Un inglés le dispara desde arriba, y él lo esquiva sin mayor problema.

“Eres un hombre de habilidad, Manfred”, piensa con vanidad. Equilibra su Fokker y se lanza a por el británico, que se zafa haciendo un trompo. Pero para entonces ya le da igual, porque acaba de ver algo de lo más preocupante: su primo Wolf, que vuela hoy por primera vez y al que ha ordenado que se mantenga lejos de cualquier situación de peligro, se dirige hacia el grueso del combate. Detrás, un avión británico le tiene en el punto de mira.

El aviador ruge. ¡Nadie tocará a su familia! Zigzaguea y se pone en la cola del inglés; casi puede imaginar al piloto mirando hacia atrás y empalideciendo al ver que le persigue el gran as de la aviación alemana. ¡Pero él se lo ha buscado! Cuando su primo se alistó en su escuadra, Manfred hizo juramento de protegerlo de todo daño. Además, el chaval le cae bien. Fue a él a quien se le ocurrió la que ahora es la broma preferida de Manfred, que cuenta siempre en reuniones de militares: “Si los curas dicen que todos los hombres son hermanos, ¡mi escuadra y yo somos hijos de Caín!” Ríe al recordarlo.

Un avión inglés se sitúa a su cola y Manfred esquiva su ráfaga casi con movimientos de rutina. A la vez, dispara al que ha atacado a Wolf, sin resultado. Pero está tranquilo. Es esa tranquilidad, esa frialdad en combate la que le ha conseguido su fama, y no va a renunciar a ella. Los tres aviones evolucionan en el aire durante un rato. Se esquivan y se acometen con la energía de un tifón; un aquelarre de metal y pólvora. Poco a poco se van alejando del resto del combate.

Manfred aprieta los dientes. El aparato vibra a un volumen brutal, y una ráfaga del avión que le persigue le pasa rozando; una bala impacta en la chapa de su avión. Ha estado cerca. El aviador que le persigue va a por él, no a por su Fokker: los ingleses han comprendido bien pronto que la parte más débil de un monoplaza es su tripulante, y aplican la doctrina con tanta precisión como Manfred. Y lo peor es que se halla en una encrucijada: mientras no se libre de su perseguidor no podrá centrar su atención en abatir al que ha atacado a Wolf, pero si se da la vuelta para combatir el otro escapará.

Una nueva ráfaga le da la idea. Ésta ha pasado tan cerca que podría haberle alcanzado. Se necesita mucha pericia para fingir que te han derribado sin perder de verdad el control del avión, pero Manfred la tiene. Entra en barrena. Delante ya no tiene el horizonte ni el cielo, sino un campo francés mal cultivado, y se precipita hacia él a toda velocidad. Las imágenes de su único derribo, sucedido un año antes, bombardean ahora su mente. Un prolongado descenso al reino de la oscuridad. Los médicos dijeron que era un milagro que hubiera salido vivo después de haber recibido una bala en la cabeza. No tienen ni idea. No salió vivo: renació.

Antes de que le derribaran era un imbécil, un joven arrogante que soñaba con destacar y con ser un héroe. Tras su renacimiento sabe que la verdad es mucho más amarga. Las potencias occidentales dicen estar regidas por la diosa razón, pero a la mínima se saltan a la garganta como perros rabiosos. Sí, no hay honor en ser una hormiga, pero tampoco lo hay en subirse a un avión. Solo hay negación, miedo, ambición y muerte. Manfred tuvo que morir y renacer para comprender la situación: solo la muerte es real. Y él amaba la realidad.

Después de su renacimiento, su padre no quería que se reincorporara a filas, pero Manfred estaba ansioso por volver a su puesto. Derribar aviones aliados no era ya un placer ni un deber sino una necesidad. El anciano le habló de su familia y de su madre que tanto le quería. Él se limitó a escupir. ¿Qué le importaban sus parientes? Si tenía que escoger entre ellos y su Fokker, elegiría su perdición… y la del mayor número posible de ingleses. Sabía que al final tendría razón.

Con una sonrisa de lobo, Manfred endereza su avión. La carcajada se impone sobre el ruido de los motores. Su perseguidor se ha largado, manifestando un claro desdén hacia el que debe considerar un enemigo abatido. Pero su objetivo, el avión que ha atacado a Wolf, sigue en su campo visual. El Fokker de Manfred es más potente, y se dirige hacia él como una flecha. Poco a poco le va ganando terreno. Nada en el mundo le puede parar: está maldito. Es el ángel de la muerte. Centra las ametralladoras y dispara una última ráfaga sobre el avión inglés.

La sacudida le incrusta en el asiento y hace que su cabeza se agite con violencia. Sabe qué ha pasado incluso antes de ver el agujero que hay en el fuselaje y el que tiene en su torso. Una ojeada a tierra le confirma que está sobre una batería antiaérea. Tiene la suficiente experiencia para saber que no puede hacer nada. Morirá en cuestión de segundos, mucho antes de regresar a sus propias filas. Nunca habrá baja número ochenta y uno. En ese momento, Manfred se derrumba.

Se quita las gafas de aviador e intenta, a la desesperada, estabilizar el aparato. Ya no queda nada del ángel de la muerte ni del héroe militar: en el Fokker solo hay un chico de veinticinco años que trata de alargar su vida unos segundos más. No es posible. Las fuerzas le fallan y los dedos se le deslizan hasta que sueltan la palanca de dirección. Pierde de forma definitiva el control del avión. Entra, ahora de verdad, en barrena.

Durante sus últimos segundos de vida el Barón Rojo solo puede llorar.






Manfred von Richtofen, el Barón Rojo, es uno de los aviadores más conocidos de la Primera Guerra Mundial. Joven y hábil, le rodea una leyenda caballeresca que parece ser más propaganda que otra cosa: al parecer, era un aviador sin compasión, que tomaba trofeos de sus enemigos derribados y que equiparaba su tarea a la caza. Le encantaba el riesgo y hablaba de la guerra como algo frívolo, un simple deporte. En 1917 fue derribado y le dieron un balazo en la cabeza; a partir de esta experiencia, parece madurar bastante. En abril de 1918 murió en territorio francés después de perseguir durante más tiempo del prudente a un aviador enemigo.

La idea del relato me ha venido esta tarde. “A que no escribes un relato sobre el Barón Rojo trufado de citas de canciones de Barón Rojo”. Dicho y hecho. 1.556 palabras (el más corto de mis relatos mensuales hasta la fecha, por cierto) entre las cuales hay siete u ocho referencias al grupo de heavy español. Encontrarlas todas no da premio, pero sí una intensa satisfacción personal.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

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