Un recado urgente

Domingo corre por las calles de Madrid. Sus botas resbalan en ese puré de barro y mierda que, pese a los esfuerzos del monarca, sigue siendo el pavimaento más habitual de la ciudad. Se está poniendo el calzado perdido. Pero a Domingo eso no le importa. ¡Que se ensucien las botas si quieren, pero su misión debe cumplirse a toda costa! Sabe que su maestro recompensa a quien hace las cosas a su gusto, y el recado que le lleva Domingo le va a complacer en extremo.

El primer signo de que algo anda mal se lo da un gigantón que le sale al paso. Domingo tropieza y cae de culo en el barro, mientras tres majos delgados rodean al enorme tipo que le ha interceptado. Si hubiera vivido tres siglos después, a Domingo la escena le habría recordado la pantalla final de cualquier videojuego, con un malo gigante y tres secuaces más pequeños. Pero estamos en el siglo XVIII, y Domingo solo tiene miedo de que le roben.

Uno de los secuaces se acerca a él y desenvaina un cuchillo que a Domingo le parece más bien un sable de caballería. Ya está a punto de desabrocharse los calzones (como buen chico previsor, lleva el dinero bien escondido) cuando el gigante habla.

—¡El sombrero!

—¿Perdón? —dice Domingo, a quien su madre ha enseñado a ser educado con todo el mundo.

—¡Que te lo desapuntes! —grita el gigantón.

Entre la barba y la borrachera, no se le entiende muy bien, pero cuando Domingo logra comprender la exigencia su boca se abre en una “o” perfecta. Como aprendiz de sastre, sabe que “desapuntar” es “quitar las puntadas”, en este caso las que convierten su chambergo en un sombrero de tres picos precioso, a la moda. ¿Por qué querrán aquellos bergantes que haga aquella tontería? Es preciso convencerles de lo contrario.

—Disculpe, caballero, pero no puedo hacer eso. ¡Va contra la ley llevar ropas que cubran la cara! Y, aparte de que no tengo los seis ducados de la multa, yo soy un hombre honrado.

Pero los argumentos jurídico-económicos no convencen al gigante.

—¡Nosotros nos pasamos la ley de Esquilache por las pelotas! ¡Mateo!

El flaco que sostiene el sable de caballería, que debe ser el tal Mateo, le arrebata su sombrero de un gesto. Domingo, que sigue sentado en el barro, intenta levantarse para impedírselo, pero de repente tiene tres cuchillos apuntando hacia su gaznate.

—¡Quieto, pollo! —dice el gigante—. Te estamos arreglando el sombrero, y da gracias de que no te cobramos la reparación.

La afirmación de que no le van a robar tranquiliza a Domingo. El gigante se convierte en un hombre grande y gordo, y el sable de caballería que porta Mateo se redimensiona en un cuchillo de buen tamaño. Mateo debe pertenecer al mismo gremio que Domingo, porque desapunta el sombrero con una pericia envidiable; corta las puntadas sin dañar el tejido. Cuando acaba con la última, casi se puede oír el “boing” de la prenda al recuperar su forma. Mateo se lo encasqueta en la cabeza con más rudeza de la necesaria.

—¡Con Dios, pollo! —dicen los bandidos mientras desaparecen.

—¡Pero oiga! —grita Domingo—. ¿Y si aparece un guardia?

Solo le responden cuatro risotadas, que se pierden en los callejones.

Domingo se levanta. ¡Qué desastre! La levita está llena de barro, los calzones están llenos de barro, hasta la golilla la tiene llena de barro. Y su sombrero ahora es ilegal. Pero, ahora que lo piensa, es cierto que no parece haber guardias. De hecho, un silencio pesado reina sobre Madrid, lo cual es extraño.

En fin, no es momento de lamentarse. Al menos el ratito sentado en el barro le ha servido para descansar. Emprende de nuevo la carrera hacia el taller de su maestro. “Si me para un guardia”, piensa, “le diré que me permita entregar el mensaje, y con la recompensa pagaré la multa y lo que haga falta”. Porque sí, las recompensas de su maestro suelen ser buenas. Sonríe como un idiota. Si su maestro es generoso (y razones tiene para serlo) podrá comprarle a Carmencita el collar que vio dos semanas antes en el Rastro.

Poco a poco, sus pasos le llevan a una zona más habitada. Demasiado, incluso. Delante de él se oye un griterío importante, pero el sol está ya cayendo y no se ve bien a qué obedece. En un momento dado, un hombre se cruza con él y están a punto de tropezar.

—¡Cuidado, mastuerzo! —grita el otro, que lleva lo que parece un jamón entre los brazos.

Domingo no responde; ya ve de qué va el tumulto de delante, y por un momento se queda parado. Una masa de personas ocupa la plaza del Rey y asalta el edificio que preside la misma, que se llama casa de las nosecuantas chimeneas. Domingo solo lleva dos años viviendo en Madrid y no se conoce todavía los nombres.

En todo caso, le da igual cómo se llame el palacio. Tumultos o no tumultos, tiene que llegar al taller de su maestro y dar el recado. Pero la masa de gente ha seguido creciendo y él tiene que cruzar al otro lado. Rodearla parece imposible. Respira, se arma de valor y entra en la multitud. Hombres y mujeres gritan, con los ojos desencajados, pero incluso cuando una pescadera le vocifera al oído algo sobre el rey, no entiende los motivos de la protesta.

—Perdón… permiso… —dice, e intenta apartar a la gente—. Por favor, llevo prisa, dejadme paso…

La gente no se mueve. Entre protestatarios y mirones, no queda un resquicio. Todo el mundo grita y trata de avanzar, con el objetivo de convertirse en uno de los afortunados que logran entrar en el palacio y saquear cualquier cosa. Domingo empuja y da codazos, pero no hay manera. Ha avanzado un tercio de su camino y ya no puede continuar.

—¡Abajo Esquilache! —grita una mujer a su lado—. ¡Queremos pan!

Domingo no sabe quién es Esquilache ni qué tiene que ver con el pan. Él compra el pan en el mercado y no se preocupa más que de hacer bien su trabajo. No comenta en corrillos, no va de tabernas, no se para en mentideros. Solo alterna con Carmencita, y ni siquiera mucho. ¡Que a un chico tan bueno como él –ya lo decía siempre su madre– le tenga que tocar esta odisea! Porque la muchedumbre parece que se ha vuelto sólida. Y el encargo quemándole en el bolsillo.

De repente, el signo de la masa parece cambiar. La gente deja de vociferar por un momento y los rumores se extienden. “Aquí no hay nadie”, “se ha largado”, “ah, cobarde”, “yo sé dónde vive Grimaldi”. Pronto se vuelven a escuchar gritos, pero ahora ya no mencionan a Esquilache sino que piden que todo el tumulto se traslade a otro sitio. Domingo se ve arrastrado en una dirección que no le interesa; intenta detenerse (“éstos se mueven, así que si me quedo quieto podré salir de aquí”, razona) pero no hay forma. Los rebeldes caminan hacia delante con fuerza ciega, y algunos blanden sables e incluso mosquetes.

Una farola es la salvación de Domingo. Se agarra a ella como un náufrago a un pecio, y no se suelta por muchos empujones, pisotones y golpes que recibe.

—¡Vamos, amigo, vamos a la casa de Grimaldi! —un chulapo joven le tironea de la levita—. ¡Venga, hombre! ¡Que nos están atropellando!

—¡A mí sí que me estáis atropellando! —grita Domingo. De un tirón arrebata su levita de manos del otro.

—¡Pero será posible! —responde el otro.

Domingo no ve venir el puñetazo, pero es tan fuerte que la cabeza se le balancea hacia atrás y choca contra el farol. Por suerte, parece que al manolo le basta con un golpe, porque se aleja echando pestes. A Domingo la boca le sabe a sangre; tantea con la lengua y, efectivamente, tiene un diente partido. Además, le va a salir un buen chichón. Empieza a llorar. ¡Él solo quería entregar un recado! ¡Quedar bien a ojos de su maestro y conseguir un dinero extra! ¿Por qué le tiene que pasar todo a él? Escupe un trozo de diente y mira a su alrededor.

Está solo en la plaza. El farol al que se ha agarrado está, ahora que se fija, roto. Alguien le ha dado un cantazo y los cristales se han desparramado por la zona. Se aparta con cuidado; ya solo le faltaría herirse en un pie. Pero ¿qué le pasa a la gente? Para consolarse un poco piensa en el collar que le va a regalar a Carmencita. ¡Y que no va a lucir bonita con él puesto! Pero para eso debe cumplir el encargo; sin la recompensa, no podrá comprarlo hasta dentro de varios meses, y eso si sigue allí.

Así que Domingo vuelve a echar a correr. El taller de su maestro no está ya lejos; aprieta el paso. Una mujer se aparta corriendo cuando le ve a la luz de lo que ya es la luna. No es para menos: lleno de barro hasta la cintura y con sangre reseca en la comisura del labio, parece un monstruo salido de cualquier infantil. Lo que pasa es que los monstruos no suelen tropezar con un adoquín y caerse al suelo.

Un latigazo de dolor le recorre el cuerpo desde el pie. Rueda; parece que se ha torcido el pie izquierdo. Además, ha caído en una de las calles que ya están adoquinadas y, al parar el golpe con las manos, se las ha llenado de raspones. Para rematar la jugada, ha caído en un charco. Se levanta; los chorretones de agua fecal se confunden con sus lágrimas. Pero ahí está, ya lo ve: a pocos metros, la Sastrería Ruano, el taller de su maestro. Se acerca dando saltitos (sí, se ha torcido el tobillo) y golpea la puerta como un poseso.

       Ruano le abre, vestido ya en camisón.

       —Pero, chiquillo, ¿qué te ha pasado? —dice al ver la facha de Domingo—. ¿Es que te ha atropellado un carruaje?

—Da igual eso, maestro; ¡traigo un encargo! —explica el joven mientras pasa al interior del establecimiento.

—¿Un encargo? —el otro arquea una queja.

—¡Sí, maestro! —Domingo necesita soltarlo—. Veréis, quizá sepáis que mi prima está aquí, en la capital, sirviendo a los marqueses de Santiponce, ¿no?

—Algo… algo me has dicho alguna vez, sí.

—Pues hoy he ido a visitarla, porque al parecer tiene noticias de mi madre, ¡y en esto que me llama el marqués en persona! Que si de verdad soy el aprendiz del sastre Ruano, me pregunta. Yo, claro, le digo que sí y entonces él… —Domingo gesticula, como si así pudiera hablar más rápido.

—¡Vale, vale, ya lo entiendo! —le corta el maestro con una sonrisa—. Que los marqueses me han hecho un encargo a través de ti. Muy bien, hombre. ¿De qué se trata? Ya sabes que si es bueno, te recompensaré.

Domingo se relame. ¡La recompensa! Sonríe y empieza a relatar.

—Maestro, quieren vestirse ellos y sus criados de acuerdo a la nueva ley. ¡Han pedido que arregle sesenta capas para hacerlas cortas, y que confeccione otras veinte nuevas, y pretenden comprar al menos veinte sombreros de tres picos y…! ¿Qué pasa?

Su maestro se ríe. Se ríe como una bestia, con unas carcajadas que le salen de lo más profundo. En un momento dado se sienta y se agarra la tripa, como para mitigar el dolor. Domingo le mira sin entender una palabra. En cierto momento la tempestad de risas amaina, pero entonces Ruano vuelve a mirar la cara de su aprendiz y estalla de nuevo.

Al fin, y ya con lágrimas en los ojos, dice:

—Ay… ¿pero no te has enterado? ¡Madrid ha estallado en una revuelta contra Esquilache!

—Contra… ¿quién?

—¡Contra el ministro que hizo aprobar la ley sobre vestimentas, hombre! Su majestad le ha hecho caso al pueblo. Esquilache va a largarse de España, y el bando que obliga a llevar capa corta y sombrero de tres picos está anulado. Tu encargo no existe ya, me temo —y otra carcajada—. Ay… Es que… ¡si vieras la cara que tienes, Dominguín! ¡Menudo paseo te has pegado para nada!

—Pero… pero yo…

—¡Si es que estás en la inopia, chico! —su maestro se levanta y le palmea el hombro—. Esto se veía venir desde hace lo menos quince días. Si te juntaras con los otros aprendices y cotillearas más, lo sabrías.

Ruano se dirige hacia su cuarto.

—Pero… ¿y mi recompensa? —grita Domingo, con un hilo de voz.

Esta vez la carcajada casi hace retemblar la casa. Definitivamente, tendrá que esperarse unos meses más para comprarle el collar a Carmencita.





En la Semana Santa de 1766 los ciudadanos de Madrid se amotinaron. Las causas profundas fueron el encarecimiento del pan, a causa de las medidas liberalizadoras de Carlos III. Sin embargo, el estallido concreto fue un bando del marqués de Esquilache, a la sazón ministro real, por el cual prohibía ciertas prendas del atuendo típico madrileño (como la capa larga y el sombrero chambergo) con el argumento de que aseguraban la impunidad de los malhechores.

El motín de Esquilache empieza, por tanto, como el típico motín de subsistencias del Antiguo Régimen. Sin embargo, existen dudas sobre si fue un movimiento espontáneo o, por el contrario, si estuvo dirigido desde alguna de las facciones contrarias a Esquilache. En todo caso, logró su objetivo: Esquilache se exilió, el pan volvió a tener precios fijos y se conservó el uso de capa larga y sombrero redondo.

Que yo sepa, el marquesado de Santiponce y la sastrería Ruano no existen. La plaza del Rey en Madrid sí; ahí está, efectivamente, la Casa de las Siete Chimeneas, que fue residencia de Esquilache y que la multitud saqueó durante el motin.

Este relato tiene 2.125 palabras. Es mi segundo intento de escribir algo más o menos cómico; espero que os guste.

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