Lupercalia

Querido Marco:

¡Casi mes y medio sin escribirte! Espero que perdonarás a tu querida hermana esta impuntualidad. Como sabes, estoy en los últimos estadios del embarazo, y hacer cualquier actividad me cuesta horrores. Si hoy me decido a tomar la pluma y ponerte unas letras es porque me he dado cuenta de que ya estamos a mediados de marzo y todavía no te he contado cómo me fueron las lupercalia. Imagino que padre ya te habrá contado lo que pasó, pero me apetece explicarte lo que yo vi.

Ya sabes que nunca me han gustado las lupercalia. Hay demasiada gente, y a veces se desata la promiscuidad. Pero este año mi estado aconsejaba que fuera; éste es mi primer embarazo y necesito todas las bendiciones posibles para que el parto vaya bien. Además, quería ver a Cayo. No sabéis lo orgullosa que estoy de vosotros, hermano. Tú, tribuno militar en Hispania; Cayo, designado como luperco y preparándose la campaña para cuestor. Nadie duda de que llegará a cónsul si quiere. ¡Quién me iba a decir a mí, cuando os cuidaba de pequeños, que ibais a llegar tan alto!

El día de las lupercalia amaneció caluroso, sobre todo para tratarse de febrero. Por suerte mi marido es un hombre previsor. Ordenó a los esclavos que erigieran un pequeño entoldado en la Vía Sacra y que nos guardaran el sitio allí. Cuando llegamos, toda la zona estaba llena de una multitud enardecida (ah, ¡cuánto vino corre el día de las lupercalia!), pero nosotros disponíamos de nuestro pequeño rincón al margen de todo. Qué bien me supo el vino fresquito, hermano.

Otras familias patricias o ecuestres habían tenido la misma idea que nosotros, y desde donde yo estaba podía ver hasta una docena de entoldados. Uno de ellos estaba justo a nuestro lado. Cuando nosotros llegamos estaba vacío y siguió así todavía un buen rato; de repente, un par de esclavos desplegaron unas sillas de tijera y llegaron los dueños del toldo. Nunca imaginarías quiénes eran: Marco Junio Bruto y su esposa Porcia.

Mi marido torció el gesto. Sabes que es un ferviente admirador de Julio César, y no es un secreto que Bruto murmura contra éste. Si me preguntas a mí, me parece una desvergüenza. Bruto era pompeyano, y cuando los pompeyanos perdieron no tardó ni un día en arrastrarse delante de César. Bajo César ha vivido y ha prosperado (¡le eligieron pretor el año pasado!) y aun así rezonga por las esquinas. En fin, el problema es que les teníamos al lado, y la cortesía es sagrada.

—Buenos días, ciudadano —dijo mi marido.

Bruto, que no nos había visto, se volvió hacia nosotros.

—¡Ah, Lucio Sicinio! Buenos días a ti también. Parece que tendremos buenas lupercalia, ¿no crees?

Y se inició así un diálogo insustancial, en el que mi marido y yo intercambiamos banalidades con Bruto y Porcia. Creo que agradecerás que te lo ahorre y pase directamente a lo jugoso: Lucio y Bruto casi se pelean. Todo empezó con una pregunta de lo más inocente que hizo Porcia. “¿Dónde vais a ir después del desfile?”, nos dijo. Yo respondí la verdad; que íbamos a tratar de llegar al Foro para escuchar el discurso de Julio César. Y entonces Bruto dijo:

—Sí, nosotros haremos lo mismo. ¡A ver qué se cuenta el viejo tirano!

Decir eso Bruto y levantarse Lucio fue todo uno. Yo le puse la mano en el hombro para intentar que se sentara de nuevo, pero Bruto siguió pinchándole, entre risas:

—¡No te ofendas, ciudadano! Cuando llamo tirano a César no hago más que describir la realidad.

—No te permito que insultes al cónsul en mi presencia, ciudadano —le espetó Lucio, todavía incorporado.

Hasta entonces, Bruto había mantenido una actitud más bien burlesca, pero su cara cambió cuando oyó a mi marido. Se puso serio.

—Llamar “cónsul” a César es una burla a la constitución de la república. Lleva cinco años ocupando ese cargo de forma ilegal o cediéndoselo a sus amiguitos. Se acaba de hacer nombrar dictador perpetuo. ¿Qué le falta para coronarse rey de Roma, ciudadano? ¿La corona?

—¡César no quiere ser rey! —gritó Lucio—. Pero la república necesitaba de una mano firme que la enderezara, y no voy a permitir que una… babosa pompeyana diga mentiras sobre quien mantiene la paz.

Ahora fue Bruto el que se incorporó, rápido como el rayo. Los esclavos de ambos acudieron a la llamada de sus amos. Porcia y yo, también de pie, tratábamos de calmar a nuestros maridos. Sin éxito; Lucio no me veía y Bruto se sacudió a su esposa de un gesto. Ambos estaban ya a menos de un paso de distancia, y pude ver cómo la mano de Lucio se cerraba en un puño.

—¡Ya vienen! ¡Ya vienen los lupercos! —gritó Porcia, desesperada.

Te juro que no sé qué habría pasado si no llega a decirlo, hermano mío. La multitud, que momentos antes miraba a ver si dos patricios le daban un buen espectáculo, dirigió ahora su atención a la Vía Sacra. Los silbidos y los gritos llenaron mis oídos, y tuve que sentarme; Lucio, de repente preocupado por mi salud, se sentó a mi lado. Bruto se volvió a su toldo.

Estábamos en uno de los puntos más bajos de la Vía Sacra, por lo que teníamos una visión estupenda de los lupercos que bajaban hacia nosotros. ¡Qué espectáculo! Sé que tú eres habitual de las fiestas, hermano, pero para mí era la primera vez. A esas alturas ya habían roto cualquier clase de formación, y muchos ni siquiera corrían. El primero que llegó a nuestra altura llevaba el falo al aire; lo tenía erecto, lo cual probablemente fuera un milagro, dado lo borracho que estaba. En fin, yo también estaba contenta, por el vino y porque no hubiera habido pelea, y lo que en condiciones normales me habría escandalizado me provocó una risita. Vino a azotarme con el látigo, pero yo me negué: quería que fuera Cayo el que me bendijera.

Y hablando de… ¡ahí bajaba! Él sí que se había confeccionado una vestidura que le tapaba las partes, y estaba algo menos borracho que los demás. Cuando me vio se acercó directo a mí: yo reí y me levanté la estola. En cuanto le tuve cerca me di la vuelta. El látigo restalló en mi espalda; apenas fue una caricia, pero grité de pura excitación y felicidad. Incluso la sangre de cabra en la espalda me pareció divertida.

—¡Ahora tendrás un buen parto, hermana! —me gritó Cayo antes de seguir su carrera.

Después de aquello, nos dirigimos hacia el Foro. No éramos los únicos; mi condición de mujer embarazada me garantizaba cierto respeto, pero aun así los esclavos tuvieron que usar los palos para abrirnos camino. No nos despedimos de Bruto ni de Porcia; ellos seguían allí cuando nosotros ya nos íbamos, y pensé que era mejor no decirles nada. Además, me apetecía pasármelo bien con tranquilidad.

¡Tiene gracia, hermano, que a mi edad haya descubierto que puedo disfrutar de estar en una multitud! Pero así es. Los gritos de alegría de la gente, los vendedores que intentan colocarte cualquier porquería con una sonrisa en la cara, la música, el vino, las risotadas… todo eso se me contagió. Cuando llegamos al Foro, estaba segura de que mi parto iba a ser sencillo y corto y de que iba a parir a un poderoso varón que llegaría a cónsul y alcanzaría grandes éxitos militares. Casi ni me di cuenta de que Cayo, que había llegado ya al Foro y había sido liberado de sus obligaciones como luperco, se unía a nosotros.

Y allí estaba. César, el dictador perpetuo de la república. Estaba subido en la rostra, sentado en una silla de oro y vestido con toda la dignidad que su cargo requería. En ese momento comprendí a Bruto, de alguna manera. Julio César estaba regio, y parecía que solo le faltaba la corona. Se suponía que iba a hablar, pero yo no pretendía escuchar el discurso: a pesar de que estábamos cerca, el bullicio era extremado. Ni siquiera podía entender bien lo que decía mi marido, como para escuchar al dictador.

De repente, el jolgorio se convirtió en griterío. Mi hermano me agarró del brazo y señaló a la rostra.

—¡Mira, mira! —me dijo.

Marco Antonio subía con lentitud por la escalera que conducía a la tribuna de los oradores. Él también iba vestido con la toga pretexta, y en su cara se veía un rictus de seriedad. Pero lo importante es lo que llevaba en las manos: una corona hecha de oro y coronada de piedras preciosas. Miré a Lucio; la sonrisa se le había congelado en la cara. A mi alrededor, todo el mundo cuchicheaba.

—Pero ¿qué va a hacer? —preguntó Cayo—. No irá a…

Sí, a eso iba. Marco Antonio llegó hasta la silla donde aguardaba su colega y le colocó la corona en la cabeza. Silencio, murmullos, gritos, unos pocos aplausos aislados. Pero la corona no duró mucho sobre la cabeza de nuestro dictador: César se levantó, se la quitó y se la devolvió a Marco Antonio. Pude escuchar cómo mi marido dejaba escapar el aire que había retenido, en un resoplido de alivio.

Sin embargo, la representación no había terminado. Marco Antonio gritó:

—¡Oh, César! El pueblo de Roma te ofrece esta corona a través de mí —y se la volvió a tender.

Pude oírlo porque la multitud había quedado en silencio, expectante. Lucio me cogió de la mano con algo más de fuerza de la necesaria. César dejó pasar un momento, y en ese instante todos nos temimos que aceptara, que se coronara rey de Roma y aniquilara la república. Pero César habló, y sus palabras no pudieron ser más tranquilizadoras.

—Si el pueblo de Roma quiere un rey, no puedo complacerle. ¡Júpiter es el único rey de Roma! —gritó y, con un movimiento estudiado, arrojó la corona lejos de sí.

¡No te puedes imaginar, Marco, el estruendo que se desató! Miles de romanos vitorearon a su dictador y dieron vivas a Roma y a la república. César aceptó el homenaje, agradecido. De la corona no sé qué fue, pero parece que Marco Antonio la recuperó y mandó colocarla en el templo de Júpiter. Yo no lo vi porque mi marido, frenético de alegría, me estrechaba en un abrazo de oso. Sí, Marco, yo tampoco me lo creía: Lucio, siempre tan digno, abrazándome en público. Pero sucedió.

Y más o menos ésas fueron mis lupercalia, hermano mío. Estuvimos un rato más en el Foro, disfrutando del desfile y de la emoción que recorría las calles de Roma, y ya nos fuimos a casa. Desde entonces he permanecido aquí encerrada. Mi estado no aconseja que salga, así que mato el tiempo recibiendo a las amigas. Tampoco es que pueda aburrirme mucho; madre se ha venido a vivir con nosotros mientras dure mi embarazo y ya sabes cómo es.

Espero que esta carta te encuentre bien, que me perdones el retraso en escribirla y que me escribas una al menos de la misma longitud. ¡No sabes lo que gozo de tus descripciones de Hispania, Marco!

Tu hermana que te quiere,

Iulia

 

Post scriptum: se me olvidaba contarte una cosa. ¡El día de las lupercalia volvimos a ver a Bruto! Iba acompañado de su amigo Cayo Casio, que este año es pretor peregrino. Sabrás que Casio también fue pompeyano. Cualquiera diría que el rechazo de la corona por parte de César les habría calmado, pero ¿te puedes creer que no? Cuando nos los cruzamos –ellos no nos vieron, porque iban enfrascados en su charla– escuché que Bruto calificaba de “farsa” a la escena en los rostra y que Casio decía no sé qué tontería relativa a los idus de marzo. Me he acordado ahora, al fechar la carta, porque justo hoy son los idus de marzo.

En fin, no escribo más. Me niego a seguir contándote las murmuraciones resentidas de esos dos necios. Porque no es más que eso: el resquemor de quien no solo ha sido vencido sino que ha tenido que soportar la magnanimidad del vencedor. Que sigan expandiendo chismes y patrañas: César está por encima de todo eso y nada pueden hacerle. Estoy segura de que dirigirá la república durante muchos años y nos garantizará la paz y la libertad que tanta falta nos van haciendo.




Las lupercalia eran una fiesta de purificación y fertilidad que se celebraba en Roma el 15 de febrero. El ritual, que se ha descrito por encima en este relato, era bastante complejo: incluía a un grupo de sacerdotes elegidos únicamente por ese día, sacrificios de cabras, carcajadas rituales, azotes a los miembros de la multitud (en especial a las embarazadas) y vestiduras hechas en el momento con la piel de cabras recién sacrificadas. El objetivo era honrar al dios Fauno, que, convertido en la loba Luperca, habría amamantado a los fundadores de Roma.

En el año 44 a.C., las lupercalia tuvieron la culminación que se cuenta en el relato. Yo lo he simplificado a efectos dramáticos, pero en realidad fue más complejo: los dos intentos de Marco Antonio son en realidad el final de una cadena de ofrecimientos, puestas de la corona a los pies y en las rodillas de César, intervenciones de varias personas y demás. Escribir eso alargaba el relato y quedaba incluso absurdo, así que lo he cortado por lo sano.

       Por cierto, un romano nunca se hubiera coronado con oro y pedrería: ese anacronismo también lo he metido por razones dramáticas. Lo más probable es que lo que le ofrecieron a César fuera una corona de laurel entrelazada con una diadema real. También son bastante dudosos los tratamientos que se dedican los personajes entre sí: no sé hasta qué punto una esposa romana se referiría a su marido por el praenomen, por ejemplo.

Podéis encontrar aquí un vídeo donde explican las lupercalia de forma humorística (y desmontan la falsa historia de que fueron sustituidas como “fieta del amor” por San Valentín) y aquí un hilo de Twitter escrito desde la perspectiva de un participante ficticio en esta fiesta.

Éste es el primero de mis relatos históricos que tiene género epistolar. Debería hacerlo más a menudo, porque es un género que resulta muy bien y que me gusta mucho. Sigo en mis empeños de escribir un relato menor de 1.500 palabras, pero no acaba de cuajar. Éste tiene 2.061.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

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