El mayor anhelo

La boda fue un éxito. ¡No todos los días se casa un rey! Y, sobre todo, ¡no todos los días se casa enamorado! ¡Qué historia de amor, qué historia! Desde el más poderoso duque de la Corte hasta la última modistilla de Lavapiés lo comentaban: seis años habían estado prometidos don Alfonso y su prima. Luego, cuando don Alfonso se había convertido en Alfonso XII, la cuestión del matrimonio se había vuelto primordial. Le habían intentado convencer de que dejara a Merceditas y se casara con alguien más conveniente, con alguna princesa europea. Pero él se había mantenido firme y al final… ¡hala! Casorio real.

Sí, todo Madrid estaba contento. Y el que más, el padre de la novia.

—Bien está lo que bien acaba —Antonio de Orleans, duque de Montpensier y flamante suegro real, se sirvió una copa de jerez.

Su contertulio le imitó; se trataba de Antoine de Latour, su secretario personal, antiguo preceptor y amigo desde la infancia. Estaban los dos en una sala aislada del Palacio Real de Madrid. Habían pasado ya unas cuantas semanas de la boda, pero debido a un viaje de Latour aún no habían podido celebrarlo como se merecía.

—Por fin lo has conseguido. Miembro de la Familia Real española… y, si todo va como tiene que ir, abuelo de reyes. Enhorabuena.

Quedaron en silencio por un rato largo. El duque de Montpensier tomó un sorbo del vino. El otro dio una calada de un habano que había encendido hacía un rato.

—La verdad es que ha sido un camino largo, ¿eh? —el duque parecía sumido en sus pensamientos.

—Y que lo digas —sonrió Latour—. ¿Recuerdas lo primero que me dijiste cuando nos presentaron, Antonio?

—Cómo olvidarlo —sonrió a su vez el duque—. “¡Soy el príncipe Antonio de Orleans y cuando sea mayor seré rey, como mi papá!” Me pasé desde los seis a los diez años diciéndoselo a todo el mundo… ¡y daba igual la de veces que me dijeran que tenía hermanos mayores!

—Y buen berrinche te cogiste cuando por fin te lo hice comprender —rio el antiguo preceptor.

—Creo, mi buen amigo, que nunca he acabado de entenderlo del todo —respondió Montpensier, con aire melancólico—. Es difícil, ¿no crees?, conocer cuál es el mayor anhelo de un hombre. Crecemos y nos imponen expectativas: compórtate así en lo público, actúa asá en lo privado; ten estas opiniones, no tengas estas otras; ve a misa lo justo, ni mucho ni poco… y así se construye toda una capa de mentiras y superficialidad.

El anciano sonrió con benevolencia y le dio otra calada a su cigarro.

—Pero luego, miras debajo de todos esos embustes, y solo quedan anhelos primarios —el duque se levantó y se dirigió al ventanal. Se quedó pensativo, mirando la noche madrileña—. Querer ser rey, mandar sobre otros seres humanos, conseguir el poder, hacer la propia voluntad. ¿Qué hombre no lo desea? Y luego, si eso no es posible para uno, al menos que lo sea para los propios hijos o nietos. Sí, amigo Latour: yo he colmado el anhelo de todo hombre.

Latour bebió otro sorbo. Empezaba a notar como el vino le sumía en una somnolencia agradable.

—Estás filósofo esta noche, ¿eh?

—¿Cómo no estarlo? —el duque se volvió hacia Latour—. ¡Tres veces, tres he intentado llegar hasta aquí! Y solo la última lo he conseguido.

—¿Tres? —dudó el anciano.

Con parsimonia, Montpensier volvió a los sillones.

—Sí, tres. Es cierto que ha sido toda una vida de conjuras, pero creo que se puede resumir en tres intentos serios. El primero casi me da risa. Fue en el año 46, cuando intentaron casarme con Isabel II. Al final me casé con su hermana… y creo, amigo Latour, que casi es mejor que aquella intentona no saliera, ¿eh?

Los dos amigos rieron. La enemistad que había surgido entre Montpensier y su cuñada, que había pasado de simples desencuentros a un odio frío y visceral, era conocida por toda España. De hecho, Isabel II había dejado claro que no apoyaba que su primogénito se casara con una hija de Montpensier, y su ausencia había sido de lo más comentado durante la boda.

—Aun así, después de aquella boda se podría haber dicho que habías cumplido tu anhelo, ¿no?

—¡Cierto! Mi esposa era la heredera del trono, por lo que si la maldita Isabel hubiera muerto… —Montpensier comenzó a encenderse un cigarro—. Ése era el plan de mi padre por lo demás. ¡Un rey Orleans en España! Anda que habría sido gracioso que le destronaran a él en Francia y me quedara yo como rey en España.

—¿Cuánto tiempo estuvo Isabel sin tener hijos?

—Cinco años como cinco soles, que los conté. Todo prematuros y abortos. Con ese marido, a quién le extraña, ¿no? —se rio Montpensier—. Pero ya en el 51 se puso en plan coneja y no hubo quien la parara. Después de la tercera criatura ya perdí la cuenta.

—Además, estabas muy ocupado conspirando —apuntó Latour.

—Además eso. Toda mi vida, amigo mío. ¡Toda mi vida metido en conjuras, tratando de socavar a mi querida cuñada! ¿Sabes la de duros que me dejé en pagar pronunciamientos y revoluciones?

—Un dineral, imagino.

—Llamarlo dineral es poco —gesticuló Montpensier—. Pero en fin, valió la pena. Habría dado el doble por haber estado allí cuando se largó al destierro. La cara que debió de poner…

—Entiendo que ahí empieza tu segunda intentona, ¿no? Después de la revolución.

Su amigo no contestó. Latour prefirió no insistir; sabía que aquel era un tema delicado. Tras la revolución del año ’68, España era una monarquía sin rey y el mejor candidato, de largo, era Montpensier. Pero todo se había ido al garete. El duque de Sevilla, un esperpento que se definía como revolucionario a pesar de ser él también cuñado de Isabel II, había publicado varios panfletos en los que atacaba a Montpensier. Pese a los consejos de Latour, el duque había retado a duelo a su injuriador… con tan maldita mala suerte que le había acabado matando. Aquel escándalo le apartó de un trono que tenía casi asegurado.

—¿Sabes? —retomó Montpensier, con voz más grave—. Después de aquello pensé que estaba maldito.

Latour abrió un poco los ojos. Eso sí que era una sorpresa. Montpensier era conservador, sí, pero nada dado a supersticiones ni a beateríos. De hecho, le repugnaban los estigmas, las visiones, los curanderos y el resto de la parafernalia milagrera que había adornado la corte de Isabel II.

—¿Maldito?

—¿Cómo no pensarlo, viejo amigo? Tenía cuarenta y cuatro años y acababa de destruir a tiros mi última oportunidad de ser rey. Muchos pensaron que era un estúpido, pero yo… preferí creerme maldito —terminó, con un hilo de voz.

—Pero ya no lo piensas, ¿no? —preguntó el anciano con cautela.

Montpensier, que durante los últimos minutos había estado sumido en sus pensamientos, pareció centrarse. Agitó una mano, como si con ella pudiera espantar algo más que el humo del tabaco.

—¿Eh? ¡No, hombre, no! ¡Aquello fue una alucinación, una tontería! Me duró hasta que Merceditas empezó a cartearse con Alonso. ¡Y ya ves, fue a la tercera! Yo no he sido rey, pero mis nietos lo serán —y soltó una carcajada.

Latour sonrió, inseguro ante el cambio de humor de su amigo.

—¡Ah, esto es absurdo! —dijo Montpensier—. ¡Nos hemos reunido para celebrar y hemos acabado hablando de cosas viejas y de tonterías! ¿Qué, amigo Latour? ¿Te apuntas a una escapada de este palacio? ¡Algún sitio en Madrid tiene que haber donde dos buenos amigos puedan encontrar vino y compañía!

Los dos amigos se levantaron y se dirigieron a la salida, pero la puerta se abrió antes de que pudieran llegar a ella. Era Pablo, uno de los criados de Palacio. Montpensier le pagaba unas pesetas para que le mantuviera informado de todo lo que sucedía en la corte. Traía una expresión indefinible, como si una emoción violenta turbara su hieratismo profesional.

—Ah, Pablo, ¿querías verme? —dijo Montpensier, sonriendo aún bajo el bigote de morsa—. Toma, toma un vasito de jerez, anda. ¡Hoy invito yo!

—No, no, excelencia —el criado levantó las manos—. Me he podido escapar un momento para comunicarle la noticia, pero enseguida me echarán de menos.

—¿La noticia? Bueno, hombre, ¡desembucha!

—Veréis, excelencia, esta tarde su hija ha sufrido un desvanecimiento al volver del paseo. Los médicos la han examinado, y… mañana se anunciará a la nación que está embarazada.

—¡Pero eso es magnífico! —gritó Montpensier—. ¡Ahora sí que te tomas un vino conmigo, Pablo! Este Alfonso… ¡cómo se nota que es un Borbón, joder! En cuanto se pone a… ¿pero qué pasa?

La expresión de Pablo cada vez era más angustiosa. Cada una de las frases de alegría del duque rompía un poco más la serenidad de piedra de aquella cara. Y lo que había debajo no era felicidad.

—Yo… excelencia… no he venido a decirle eso. Eso lo habríais sabido mañana, pero la cuestión es… que he oído a su majestad hablando con el médico.

—¿Y? —preguntó el duque, ansioso.

—Lo del embarazo es mentira. Se anunciará para tranquilizar a la nación, puesto que mañana todo Madrid sabrá lo del desvanecimiento. Excelencia, vuestra hija tiene tifus.

Ahora le llegó el turno a Montpensier de convertirse en una máscara. La copa que sostenía se hizo añicos contra el suelo, pero él ni se dio cuenta. Latour, siempre atento, sacó unas pesetas de su bolsa y se las tendió al criado, que desapareció sin decir ni mu.

El duque volvió a caminar hacia el ventanal. Andaba a pasitos cortos, arrastrando los pies, como si en los últimos cinco minutos hubiera envejecido cien años. Apoyó una mano en la jamba del ventanal y se quedó mirando las luces de Madrid. Latour se le acercó por detrás.

—Antonio, los médicos… ya se sabe, nunca aciertan una… y aun así, si la enfermedad acaba de empezar…

El duque no le miró al responder.

—No, amigo Latour, no hay esperanza. El tifus es mortal y contagioso; tú lo sabes, yo lo sé y su majestad lo sabe. Mercedes nunca tendrá un hijo y mis nietos no llevarán la corona de España. Estoy maldito.

Y Antonio de Orleans, duque de Montpensier, empezó a llorar.






En enero de 1878, Alfonso XII se casó por amor con su prima María de las Mercedes. Como se anuncia en el relato, la reina no duró mucho: en junio murió de tifus. No queda claro si los médicos se engañaron sobre el origen de la enfermedad (así pensaba, al parecer, el padre de Jacinto Benavente, que fue el primer pediatra que hubo en España y al que no se le permitió tratar a la reina) o si sabían perfectamente que era tifus pero dijeron lo del embarazo para que no cundiera el pánico, ya que era una enfermedad contagiosa. Yo he optado por la segunda versión.

Dentro del apartado “pringados de la Historia”, el duque de Montpensier tiene un lugar de honor. Obsesionado durante toda su vida con la corona de España, será incapaz de alcanzarla ni para sí ni para sus descendientes. Para mí oscila entre el desprecio y la lástima. Al fin y al cabo, fue un hombre ambicioso, al que me imagino perfectamente llorando no por la muerte de una hija sino por la pérdida de un trono. Pero también da penita ver a alguien fracasar tanto. Por cierto, Antoine Latour también es un personaje histórico.

He estado muy perdido con este relato. Inicialmente se me ocurrió que hubiera una profecía sobre Antonio de Orleans. Tenía hasta un texto: “Tres veces intentarás / alzarte al trono español. / Tres veces fracasarás: / cartas, tifus, pistolón”. Luego ya recuperé el sentido. Que cómo se me pudo ocurrir la idea de meter profecías verídicas en un relato realista, pues no lo sé.

El relato, eso sí, está lleno de anacronismos. Para empezar, la enfermedad de María de las Mercedes empieza a manifestarse a finales de marzo de 1878, lo cual excede un tanto ese plazo de “unas cuantas semanas después de la boda” que menciono en el relato. Además, en el momento en que su hija empezó a agostarse, Montpensier no estaba en Madrid sino en Bayona, donde residía. Sin embargo, he preferido situar la acción en Madrid para reducir los tiempos de espera.

Este relato tiene 1.715 palabras.

 Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

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