Tres escudos

Al principio no había parecido para tanto. Estaban cercados en una isla entre dos ríos, pero el enemigo tampoco tenía tantas tropas: solo diez barcos, aunque eso sí, erizados de cañones. No iban a rendirse por aquella bagatela, por mucho que los holandeses tuvieran la superioridad táctica. No podían hacerlo. Eran el Tercio Viejo de Zamora: cinco mil hombres que habían causado el terror entre las filas protestantes en un sinfín de ocasiones. ¿Cómo iban a hincar la rodilla delante de diez barcos mugrosos? ¿Cómo volverían entonces a casa con la cabeza alta?

Así lo había dicho don Francisco Arias de Bobadilla, maestre de campo del Tercio. El general enemigo le había propuesto una rendición honrosa, y él se había limitado a mirarle con sus ojos gélidos y a espetarle aquello tan bonito de “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra”. Y luego, para rematar: “Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. Cuando la noticia se había extendido por el campamento, los hombres habían dado vivas a su general y la esperanza había reverdecido.

Y luego los holandeses habían abierto los diques y las aguas del río Mosa se habían llevado por delante el campamento español.


Cinco mil soldados, empapados y ateridos, se apiñaban en torno a una iglesia en el montículo de Empel. A su alrededor, las aguas profundas del Mosa convertían aquel lugar en una trampa. No tenían leña ni sitio donde encender fuego. Casi mejor: las baterías holandesas disparaban sobre ellos cada pocos minutos, y solo habría faltado señalizarles los objetivos con hogueras. La noche ya caía, y eso les iba a dar un respiro de los disparos enemigos. Por desgracia, hacía cada vez más frío, y en la mente de los soldados empezaba a aparecer una cruel disyuntiva: o lograban encender una fogata y les mataba una bala protestante, o no lo conseguían y morían de hipotermia.

En este contexto, lo único que podían hacer Alberto Padilla y Giacomo Fari era apostar. El español y el italiano estaban refugiados bajo una lona de tienda que habían conseguido rescatar antes de que se empapara del todo. La habían aguantado con un par de palos y varias piedras y, ya que no podían reconstruir la tienda, al menos la utilizaban de cortavientos. A su lado otros hombres, de diversas compañías –ya se había perdido todo orden y toda disciplina– intentaban también usar aquella exigua protección.

—Tres escudos a que mañana no nos masacran —dijo Giacomo.

—Qué apuesta tan alta, ¿no? —rio Alberto. Tres escudos era el salario mensual que les correspondía a ambos, como infantes rasos.

—Soy hijo de comerciantes. Si pierdo la apuesta, tú y yo estaremos muertos mañana, por lo que no tendré que pagar. Pero si gano yo…

—Si ganas tú dará igual, porque llevamos cinco meses sin cobrar, y lo que seguiremos. ¿Tú sabes hace cuánto que no veo tres escudos juntos? —resopló Alberto—. Además, me parece mal apostar dinero a mi propia muerte. Al fin y al cabo, es un tema que está en manos de Dios.

Alberto se santiguó. Había sido fraile, hasta que un asunto de faldas le llevó a alistarse en los Tercios, y todo el mundo sabe que la escuela te marca.

—Ya. Pero el hecho es que yo también creo que mañana nos van a masacrar a todos —respondió el italiano, sombrío—. No puedo, en conciencia, apostar por algo de lo que estoy seguro.

Ambos miraron hacia el infinito. La conversación les desagradaba; la habían iniciado para distraerse, pero ahora estaban más deprimidos que al empezar. Al fondo, las siluetas apenas perfiladas de los barcos holandeses lanzaron una última descarga y luego enmudecieron.

—¡A cavar trincheras! —gritó una voz cerca de ellos—. ¡Vamos, vamos, hay que protegerse, que mañana seguirán cayendo bombas!

El sargento Bartolomeo Doral era, casi con seguridad, el único hombre en aquel montículo rodeado de agua que conservaba la esperanza. Patriota, optimista e inteligente (una rara combinación de virtudes), su tendencia a pensar que todo iba a salir bien resultaba insoportable. Por suerte pertenecía a una compañía distinta, y Alberto y Giacomo no tenían que aguantarle… en condiciones normales.

—¡Venga, chicos! ¡Dejad ese toldo! —se dirigió ahora a ellos—. ¡Tomad vuestras palas y cavad, cavad para la victoria!

Giacomo hizo un movimiento de cabeza, como para indicar que sí, que ahora mismo iban. Bartolomeo siguió caminando hacia el otro lado del montículo y pronto los dos amigos le habían perdido de vista. Alberto se pegó un poco más a la lona; el viento era cada vez más cortante.

—La verdad es que es alucinante que éste siga animado, ¿eh? —dijo Giacomo. Alberto se limitó a hacer un gesto—. Oye, ya que no quieres apostar sobre tu muerte, ¡vamos a apostar sobre nuestra vida! O, en otras palabras, sobre la maravillosa victoria que va a haber mañana.

Alberto miró a su amigo.

—Creo que el frío te está afectando las meninges. ¿Es que no entiendes que esa apuesta es justo la misma que has propuesto antes? Si no nos masacran, ganamos.

—¡Ah! —la picaresca relucía en los ojos de Giacomo—. Pero es que yo no quiero apostar si ganamos o si perdemos, sino que quiero aceptar que mañana le damos una paliza a esos perros protestantes… y apostar sobre el cómo.

Alberto le miró.

—Tienes mi atención.

—Tres escudos a que somos nosotros los que logramos la victoria. Yo gano si nuestro triunfo de mañana se debe a nuestra inteligencia y a nuestro valor. Y tú ganas si es Dios el que interviene y nos sirve la batalla en bandeja con un milagro.

El español se quedó boquiabierto. ¿Apostar sobre las intenciones de Dios? Pero qué clase de hereje…

—¡Venga! —insistió Giacomo—. Sabes que te apetece. Piensa además que en este caso, si acabamos los dos muertos será porque ambos hemos perdido la apuesta, y no será necesario que nuestras familias se demanden por tres escudos. ¿Trato?

—Qué caray —dijo Alberto—. Venga, trato.

Total, qué más daba. Una blasfemia más o menos no les iba a condenar ya.


“¡Una tabla, una tabla! ¡Han encontrado una tabla!” El rumor corrió por el campamento. Al principio Alberto y Giacomo no le hicieron ni caso. ¿Qué más daba? ¿Es que estaba seca y se podía usar para encender fuego? Pero pronto vino la aclaración: era una tabla con una bella imagen flamenca de la Inmaculada Concepción. Además, estaba intacta, y eso era mucho decir para haberla encontrado un soldado mientras cavaba en el barro. Ni la pala ni la tierra parecían haberla afectado.

Se formó una procesión. El soldado que la había encontrado al principio quiso defenderla como si fuera suya, pero pronto el maestre de campo consiguió disuadirle. La tabla era un milagro, una señal. Se reunió a la plana mayor del Tercio y, en medio de un silencio reverencial, marcharon hacia la iglesia. El padre Santisteban tomó el mando: la tabla sería colocada dentro del templo, junto a las banderas, y todos los soldados deberían rezar una salve a su intención. Alberto fue de los que más alto rezó.

Salieron ambos de la iglesia. Alberto tenía una sonrisa pintada en la cara. Giacomo, por el contrario, estaba ceñudo.

—¿Te arrepientes ahora de haber hecho la apuesta? —le preguntó Alberto.

—¡Ni por ciento! —respondió el italiano—. ¿Qué es hallar una tabla? ¡Aún queda mucha batalla!

—Hombre de poca fe… —le reprendió el otro, risueño—. ¿Es que no ves que si la Virgen María nos manda esta señal es para interceder por nosotros? ¡Creo que ha escuchado nuestra apuesta y que yo le caigo mejor que tú, amigo!

En aquellas conversaciones habían llegado de nuevo a su lona. El campamento estaba tenso. No había habido una cena formal, el viento y el frío eran cada vez peores y, por último, el maestre de campo estaba discutiendo con los oficiales. Habían desalojado la iglesia y debatían su futuro militar debajo de la imagen de la Inmaculada Concepción. Giacomo se sacó del bolsillo un chusco de pan duro, le dio un bocado y le pasó la mitad a su amigo.

—Buena cena —dijo el español, con una sonrisa.

—Mejor no la tomó Jesús en su última noche —gruñó su amigo.

—Venga, venga, ¿qué insinúas? No querrás disolver nuestra apuesta, ¿no?

—Pues mira, me lo estoy pen… —respondió el italiano.

No pudo terminar la frase. “¡Ya salen!”, dijo un soldado. Así era. El maestre de campo Bobadilla estaba a las puertas de la iglesia. Los cinco mil hombres del tercio se arremolinaron a su alrededor, para ver qué tenía que decir. Su líder habló con aquella voz vibrante que usaba para arengar a los soldados:

—¡Soldados! ¡El hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos! Daremos la última batalla. ¿Queréis que quememos nuestras banderas, que inutilicemos nuestra artillería y que aprovechemos la noche para abordar las galeras enemigas?

—¡Caiga quien caiga! —gritaron cinco mil voces.

Los preparativos fueron frenéticos. Destruir las banderas y la artillería quería decir que ya no había vuelta atrás: el Tercio asumía que aquella iba a ser su última batalla. Y no era para menos. Apenas tenían tres o cuatro gabarras: en cuanto los holandeses les vieran moverse a la luz de la luna, les hundirían y adiós al Tercio Viejo de Zamora. Todos lo sabían y aun así todos reclamaban el honor de ir en las barcas.

—Ha sido un placer conocerte, amigo —le dijo Giacomo a Alberto.

Se estrecharon la mano.

—Un gusto cruzar apuestas contigo, camarada —le respondió el español, con un suspiro—. Me da pena que la última se vaya a quedar sin saldar.

—Así es la vida —se encogió el otro de hombros—. Al final, ni Dios ni nuestra inteligencia han venido a ayudarnos.

Los últimos movimientos se realizaron en silencio. Las compañías destinadas a ir en las barcas (entre las que estaba la de Giacomo y Alberto) estaban ya en formación. Con rapidez, una docena de hombres se acercaron a las gabarras, con el objetivo de atraerlas a tierra. A la luz de las antorchas, Alberto y Giacomo vieron la operación: los soldados usaban pértigas y cuerdas, pero las barcas apenas se movían. Por fin, uno de ellos miró hacia el agua. Volvió a la compañía y le susurró cinco palabras al capitán: “el río se está helando”.

El río se está helando. Tan simple. De repente, la cinta de agua que les separaba de los barcos enemigos se había convertido en una pasarela por la que podían cruzar a pie. Alberto sonrió a Giacomo y se relajó: pronto llegarían las órdenes para la batalla en tierra.


La victoria del Tercio fue tan inesperada y tan completa que se dice que el almirante enemigo llegó a declarar que “Dios es español”. En la madrugada del 8 de diciembre, los diez barcos flamencos ardían como teas en medio de los hielos que les aprisionaban. Al día siguiente, el fuerte holandés situado a la orilla del Mosa caía ante la furia de los infantes españoles. Muy pocos miembros del Tercio Viejo de Zamora fallecieron en la acción, y entre ellos no estaban ni Alberto ni Giacomo.

Con la posición ya asegurada, el Tercio se retiró a Bolduque a descansar y a curarse. Y todo el mundo sabe que, entre soldados, ese proceso va unido a cogerse una buena borrachera. Cuando en plena efusión etílica llegó la noticia de que iban a pagar los sueldos atrasados, casi sacan a hombros a Bobadilla de la taberna donde estaba.

—¡La mejor paga es la paga doble! —dijo Alberto.

Borracho como un piojo, extendió su mano derecha. Giacomo, también alcoholizado, comenzó a contar reales hasta componer tres escudos. Ya le alargaba las monedas cuando acertó a pasar el sargento Bartolomeo Doral. Por desgracia, ninguna bala holandesa se lo había llevado por delante, y seguía esparciendo aquella alegría tan desagradable. Se acercó a ellos, tambaleándose.

—¡Vosotros dos siempre apostando! —dijo—. ¿Qué era esta vez?

—Apostamos sobre la batalla —respondió Giacomo—. Yo dije que ganábamos gracias a nuestras capacidades y a nuestro valor, y Alberto afirmó que solo podíamos triunfar gracias a un milagro. Así que…

Pero tuvo que detenerse. Bartolomeo se reía como un maníaco.

—¿Qué pasa? —preguntó Alberto.

Bartolomeo intentaba hablar, pero sus propias lágrimas se lo impedían. Cada vez que trataba de formar una frase, un chorro de risa salía en su lugar. Al final, cuando Alberto y Giacomo ya estaban por irse, el sargento logró articular:

—¡…enterré la tabla!

—¿Qué? —exclamaron los dos amigos.

—Que la tabla era mía —respondió el otro, con una nueva explosión—. ¡La compré en Amberes, por cuatro chavos, a un rico arruinado!

Alberto torció el gesto. Giacomo sonrió mientras volvía a cerrar el puño sobre las monedas.

—Pero ¿cómo acabó enterrada en el barro? —preguntó Alberto.

—¡La enterré yo, claro! —y, ante las bocas abiertas de los otros dos, siguió—. ¡Era necesario un golpe de efecto, algo que levantara la moral de las tropas!

—Pero… ¡hubo un milagro! —gritó Alberto—. ¡Rezamos a la Inmaculada Concepción, y el río se heló! ¡Todo el mundo coincide en que es muy raro que el Mosa se congele!

Bartolomeo le miró. Detrás de las brumas alcohólicas apareció un brillo sagaz.

—Vamos, Alberto. Hacía un viento helado desde mucho antes de que apareciera la tabla. Y todo el mundo dice también que este otoño está siendo mucho más frío que el de los años anteriores. ¡Verás qué inviernito nos espera!

Los infantes no respondieron. Bartolomeo le dio otro trago a la frasca de vino que llevaba y se alejó haciendo eses.

Giacomo metió la mano en la faltriquera y se oyó cómo las monedas tintineaban al caer en ella. Luego la sacó y se la extendió a Alberto, con la palma hacia arriba. Con un suspiro, el español abrió su propia bolsa y empezó a contar tres escudos.







El 8 de diciembre de 1585 se produjo el “milagro de Empel”, que fue tal y como se ha descrito en el relato. Una repentina congelación del río permitió que un Tercio que ya estaba derrotado le diera la vuelta a la batalla. Como se había descubierto una imagen de la Inmaculada Concepción, se declaró a ésta patrona de los Tercios. Andando el tiempo, cuando el papado admitió la Inmaculada Concepción como dogma, el reino de España la proclamó formalmente patrona del arma de Infantería. Y si alguien me aclara cómo se puede considerar que un acto (no una persona, no, un acto: la concepción de la Virgen María sin que la manchara el pecado original) puede ser patrón de cualquier cosa, le estaré muy agradecido.

Creo que a éste relato le habría quedado mejor una longitud un poco mayor. Aun así, sigo con mi idea de resumir: éste me ha ocupado 2.320 palabras. No me convence el final (creo que es demasiado racionalista para ser creíble entre soldados del siglo XVI), pero no me gusta dejar espacios abiertos a dioses y a milagros.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s