Charla nocturna

En el bar más mugriento de Madrid, Pepe Robledo se emborracha con orujo. Es un ritual que repite todas las noches, desde que sale de su trabajo como vigilante en el Parque del Retiro hasta que Santos, el camarero, lo lleva a su casa y le acuesta. La única diferencia en el ritual aparece los días en que Pepe Robledo libra, y consiste en que, en vez de llegar al bar de Santos a las diez de la noche, se planta allí después de comer.

¿Por qué no iba a hacerlo? Desarraigado, decepcionado con el magro agradecimiento de un régimen al que apoyó desde los primeros momentos y morador de una ciudad que no entiende, Pepe Robledo es un hombre acabado. Si sigue vivo es por rutina. Santos, que le conoce bien, sabe que lo que le va a matar no es su afición por el alcohol ni su mala alimentación, sino el fin de la inercia. Cualquier día se le acabará la cuerda y le encontrarán tumbado en un rincón de su mugriento piso.

O eso parecía hasta aquella noche.


El desconocido entra en el bar de Santos. Pepe Robledo le dirige una mirada fugaz y luego vuelve la vista hacia su copa; no quiere tener que hablar con él. Ni siquiera le entra un ramalazo de morriña al escuchar que el recién llegado pide su bebida con un acento gallego aún más marcado que el suyo propio. El hombre es de su tierra, sí, ¿y? Afortunado él, que tiene pinta de viajero: resolverá el asunto que le trae a Madrid y se largará. Pepe Robledo no tiene ninguna gana de que se lo cuente.

Durante un rato ambos beben en silencio ante la mirada impasible de Santos. Luego, el camarero se retira a limpiar la cocina y los dos clientes se quedan solos.

—Oye, ¿me puedes decir qué hora es? —le pregunta el otro.

Con fastidio, Pepe Robledo agita la muñeca para que la esfera del reloj quede hacia arriba.

—Las once y veinte—contesta.

—Vaya reloj, ¿no? ¿Es de oro?

La luz tenue del local ha sido suficiente para arrancarle brillos dorados  a la esfera. Pepe Robledo no tiene miedo del desconocido, pero no le apetece contarle su vida. Sin embargo, el otro se ha girado hacia él y aguarda respuesta.

—Sí, es de oro.

—Coño, ¿puedo verlo?

Pepe Robledo bebe y le alarga la mano al otro. Lo que sea para que vuelva a su bebida y se calle. Pero no hay manera.

—Es magnífico. ¿Sabes? Es la segunda vez en mi vida que veo un reloj de oro. ¿De dónde lo sacaste?

—Fue una herencia.

—Vaya. Debes venir de familia de pelas, ¿eh?

Esta vez Pepe Robledo no contesta. El desconocido es joven y activo, y le agota. Además, no le gusta hablar del reloj. Mira con impaciencia a ver si Santos regresa, pero la cocina debe estar particularmente sucia. Les ha dejado la botella de orujo, por lo que no tiene ninguna necesidad de volver a rellenar los vasos.

—La primera vez que vi un reloj de oro fue durante la guerra —dice, locuaz, el joven—. Yo era un niño, claro. ¿Tú dónde la hiciste?

—No la hice —responde Pepe Robledo; quizás si se lo cuenta con frases cortas, el otro lo pille—. Era camisa vieja. Me quedé en la retaguardia.

—Entiendo. ¿Cómo te llamas, amigo? Yo soy Agustín Barreira.

—Encantado. Pepe Robledo.

El joven se le queda mirando, inquisitivo, como si tratara de recordar algo.

—¿Pepe Robledo? El nombre me suena. Creo que alguna vez oí hablar de un Joselillo de Robledo, pero no sé dónde. ¿No serás tú?

Pepe Robledo empieza a sudar. ¿Dónde coño se ha metido Santos?

—No, no soy yo.

—¿Sabes? —el joven se ha levantado del taburete y se acerca a él—. Es curioso, porque acabo de recordar dónde oí ese nombre, y tiene que ver con relojes de oro. Fue hace quince años, en el treinta y siete. Una noche se presentaron en la cantina de mi padre unos señores. Militares, del bando rojo. Pidieron asilo para pasar la noche. Y yo me fijé en que uno de ellos, el jefe, tenía un reloj de oro enorme, como el tuyo.

La frente de Pepe Robledo está ya perlada de sudor. Agarra su vaso con los dedos crispados.

—Al jefe le llamaban comandante Moreno. ¿Te suena? ¿No? Pues la cuestión es que esa misma noche les mataron a todos. Se avisó al cuartel de la Guardia Civil que había en Fonsagrada, y ellos se presentaron junto con unos pocos falangistas. A varios de los militares los ejecutaron allí mismo. Moreno intentó escapar, y aún le retuvieron varios días antes de matarle. No salió ninguno vivo.

—¿Y qué carallo tengo yo que ver en eso? —croa Pepe Robledo, aunque lo sabe perfectamente.

Agustín Barreira se pone detrás de él. Casi le susurra al oído.

—Verás; los guardias civiles ordenaron que viniera al monte uno de cada casa. No nos dieron ni palas, ¿sabes? Nos mandaron cavar tres fosas y metieron allí a los cadáveres. Pero en ese momento ya estaban desnudos. Al comandante Moreno, por ejemplo, le faltaban su zamarra, su cazadora y su reloj de oro. Y días después varios señores de Fonsagrada tenían ropa nueva. Así que empezó a cantarse una copla; quizá la conozcas: “¿Dónde está el reló de oro / del comandante Moreno? / Seguramente lo tiene / Joselillo de Robledo…” Y parece que de eso me suena tu nombre, amigo.

El joven le planta una manaza en el hombro izquierdo.

—¿Quién coño eres? —Pepe Robledo extiende el cuello para mirar en dirección a la cocina.

—Ya te lo he dicho, me llamo Agustín Barreira. Y por Santos no te preocupes, que le he dicho que se vaya a su casa, que ya te acuesto yo, borracho de los cojones.

La voz del joven se endurece en las cuatro últimas palabras. Le pasa el brazo izquierdo por delante del cuello, como si quisiera estrangularle.

—¿Qué quieres de mí?

—Verte nada más, ladrón. Y ha costado encontrarte. Os dispersasteis tras la guerra, ¿sabéis? ¿Qué pasa, que os dio vergüenza?

Pepe Robledo se da cuenta de repente de que el chico es veinte años más joven que él, está mucho mejor alimentado, no está borracho y además tiene los pies en el suelo, mientras que él está subido al taburete. Cualquier intento de revolverse acabaría con él en el suelo. Así que recurre a lo único que le queda:

—Muérete.

—Eso lo vas a hacer tú —susurra el joven.

Pepe Robledo nota cómo el cañón de una pistola se le clava en el costado derecho. Y entonces la ira le crece en el pecho. Como aquella noche en Fonsagrada, cuando el hijo de puta de Moreno se les intentó escapar.

—¡Hicimos lo que había que hacer! —gruñe—. Rojos de mierda, que habían huido de Galicia con el rabo entre las piernas. ¿De qué coño iban? ¡Estaban llevando España a la ruina…!

—Sí, no como ahora, que está cojonuda. Déjalo, Joselillo, de verdad. Voy a matarte. Voy a matarte porque eres un mierdas que decidió salir de noche, matar a tiros a gente desarmada, torturar a los que sobrevivieron y saquear sus cadáveres. ¡Y si al menos hubieras hecho algo digno desde entonces…! Pero no eres más que una ruina humana.

Pepe Robledo se revuelve dentro del abrazo de su captor. Siente revivir su antigua fuerza, ese ardor con el que pidió ser enviado al frente, esas ganas de luchar, de vencer o de morir, de hacer algo heroico por su patria. Recuerda su frustración cuando le descartaron por cegato. Las risas de los camaradas a su costa. La conversión de su fiereza en ira y amargura. La satisfacción que sintió mientras reventaba la cara de Moreno a patadas.

—¿Yo una ruina? ¿Y qué te importa lo que yo sea? —logra articular.

—Me importa, porque aquella noche de mierda fui yo el que provocó esas quince muertes.

—¿Qué?

—¿No te dije que Moreno y los suyos se pararon en la cantina de mi padre? Le recordarás, era falangista y participó en la masacre. Fue él quien les delató, y fui yo quien llevó el mensaje hasta Fonsagrada. Tenía diez años.

De repente, Pepe Robledo siente ganas de reír. Lo hace, con una tos espasmódica.

—Cristo bendito, ¿y llevas desde entonces buscando alguien a quien echar la culpa? ¡Tú lo provocaste, y eso no se puede cambiar por mucha amenaza que eches! Y te atreves a decir que yo soy un mierdas… Anda, baja esa pistola antes de que te hagas daño.

Pero su bravata no tiene efecto, y Pepe Robledo es por fin consciente de que le van a matar. Se retuerce, de tal manera que no oye la respuesta del joven.

—No. La culpa ya sé que es mía. Llevo desde entonces intentando quitármela de encima. Me prometí no descansar hasta que no estuvierais todos muertos. Eres el tercero… y cada vez me siento mejor.

El tiro suena ahogado por las capas de ropa y carne. Le siguen otros dos, que penetran la carne de Pepe Robledo en direcciones distintas. Ninguno alcanza el corazón (desde ese ángulo es difícil), pero le destrozan el pulmón derecho y el estómago. Va a morir, lo sabe, lo grita. Agustín Barreira, rápido, le mete en la boca una bola hecha de trapos. El berrido de auxilio no llega a salir de la garganta del moribundo.

Cuando es evidente que Pepe Robledo no va a gritar más, el joven (que no se llama Agustín Barreira) le suelta. Su propia gabardina ha quedado empapada de sangre, pero la lleva para eso; se la quita y la tira sobre el cuerpo. El reloj allí se queda: al contrario que el muerto, el joven no es un ladrón. Luego apaga las luces del local –se lo ha prometido a Santos, y él siempre cumple las promesas–, echa el cierre metálico y se pierde en la noche madrileña.





El 29 de octubre de 1937, 15 milicianos españoles, dirigidos por el comandante anarquista José Moreno, fueron asesinados por un grupo de falangistas y guardias civiles. Huían de la caída del frente de Asturias y trataban de pasar a Galicia; pese a que este territorio estaba en manos rebeldes desde el principio de la guerra, en él estaba muy activa una red del sindicato CNT que se dedicaba a sacar a la gente por mar, y pretendían recurrir a ella.

José Moreno Torres era una especie de ídolo del anarquismo local (llevaba casi quince años militando), por lo que su muerte y el saqueo de su cuerpo causó bastante revuelo. A los pocos días apareció una copla en la que se apuntaba de dónde eran o cómo se llamaban algunos de los ladrones. He modificado esa copla para que cuadre mejor con la historia: el tal Joselillo de Robledo aparece en ella como ladrón de la cazadora, no del reloj, y además probablemente “de Robledo” sea el lugar de procedencia del tipo y no su apellido.

Los restos de José Moreno y sus compañeros se exhumaron entre 2007 y 2008. En este enlace podéis leer la versión más completa de la historia que he conseguido encontrar.

Este relato tiene 1667 palabras, justo las que hay que escribir al día para sacar adelante el NaNoWriMo. Me salió de carambola en la primera versión, pero en la corrección he toqueteado lo necesario para mantener el número.

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