Símbolo de la revolución

En el pueblo nunca había habido tocadiscos. ¿Quién habría podido permitirse algo así? Incluso Perico, el de la taberna, se había resistido a semejante gasto: con la radio le valía, afirmaba siempre. Por eso había sido toda una sorpresa que fuera el cura quien trajera semejante innovación. Lo había instalado en un salón que había junto a la iglesia y que se usaba para reuniones y ferias, y lo ponía todos los sábados.

El nuevo cura, don Armando, era muy diferente al anterior. Era un chico joven, que usaba expresiones de Managua y que hablaba con desconcertante frecuencia sobre la pobreza de los habitantes del pueblo. Era también un hombre muy activo: daba clases para enseñar a leer a los adultos analfabetos, encabezó un movimiento para llevar agua potable a las casas, participaba en la organización de fiestas populares e incluso aconsejaba a algunos jornaleros formas de mejorar su condición laboral.

Las noches de los sábados eran una prueba más de este frenesí culturizador. El curita solo tenía cinco discos, todos ellos de nueva canción, pero los ponía siempre en el mismo orden, en una liturgia que parecía tomarse casi tan en serio como la misa. Al principio aquellas sesiones no tenían mucha concurrencia: los viejos murmuraban acerca de las letras y los jóvenes se quejaban de que con aquella música no se podía bailar. Pero el buen hombre perseveró, y poco a poco la sala de la parroquia se convirtió en un centro de reunión comparable a la taberna.

Eso permitió a todo el pueblo oír aquel sexto disco.


—Me lo trajeron de Managua hoy. ¿Quieren oírlo? —preguntó don Armando.

La sesión había terminado, pero el salón seguía lleno. El sacerdote quitó la “Cantata de Santa María de Iquique” del reproductor y colocó el nuevo disco. Se llamaba “Pancasán”, del grupo homónimo. El cura movió la aguja hasta un punto hacia la mitad del disco.

—Me gustaría que escucharan una canción en especial. Es un poema de una excelente joven llamada Arlen Siu. Se titula “María rural” y habla de las madres campesinas.

Del aparato salía la voz de la cantante.

Por los senderos del campo

llevas cargando tu pena,

tu pena de amor y de llanto,

en tu vientre de arcilla y tierra

 

El curita observó las reacciones. Aburridas, interesadas, conmovidas… un poco de todo. Las mujeres se sentían más identificadas, como por otra parte era obvio. La vieja Manuela Ondoy, que había dado a luz a once hijos de los que sobrevivían cinco, estaba a punto de llorar. También Anita Flores parecía afectada: ella estaba embarazada de su primero.

La canción llegó a su fin.

 

Hoy quiero cantarte, María Rural,

¡oh, madre del campo!

Madre sin igual.

Hoy quiero cantar

tus vástagos pobres,

tus despojos tristes,

dolor maternal.

 

Don Armando apagó el tocadiscos. La asamblea se quedó en silencio. La Anita Flores empezó a llorar de forma evidente mientras se palpaba el vientre; su marido la abrazó. Varios vecinos murmuraron. Otros, a los que la canción había interesado menos, se dirigían ya para la salida. El cura mantuvo su expresión plácida mientras se revolvía por dentro. Eran tantos años de opresión que muchas veces los mensajes no calaban, pese a todo lo que se esforzaba él en crear conciencia. No es que esperara que todo el pueblo se uniera a los sandinistas después de una de sus sesiones de música, claro, pero sí le habría gustado alguna reacción.

Alguna reacción que no fuera la de Manuel Anzábal, claro. Con su rechazo siempre se podía contar. Era capataz en la finca La Milagrosa y, pese a que era tan pobre como los demás, se daba ínfulas de no se sabía qué. Justo en ese momento abría la boca.

—Vaya porquería de canción, ¿no creen?

—Ya cállate, Manuel —dijo Diego Pérez, que no le soportaba—. A mí me gustó.

—Sí, cierra la boca —dijo doña Manuela.

—¡No pienso cerrarla! Vamos a ver, ¿quién es esta chica? ¿Es que no se dan cuenta de que viene de una familia de riales? ¿No han visto cómo canta?

—Canta a las madres campesinas… —dijo el marido de Anita. Su mujer seguía llorando.

—Calma, calma, compadres —dijo el párroco—. No hay que discutir. Si a don Manuel no le gustan las canciones que yo pongo, nadie le obliga a venir, ¿verdad?

Anzábal se volvió hacia él.

—No es que no me gusten, padrecito, es que son subversivas. No me parece bien que un cura ponga esas cosas —varios los vecinos asintieron—. Además, esta Arlen Siu, ¿quién es? Yo no la conozco. ¿Alguna vez la vieron por el pueblo?

—Deja de decir tonterías, Manuel —le cortó Gabriela Rufo, que era su cuñada—. ¿Qué más da que no la vieran? Yo parí a seis hijos, y sé exactamente lo que es.

—Vos lo sabes, pero ¿qué sabe ella? ¡Vamos! ¿Qué edad debe tener? ¿Veinte años? ¿A cuántos hijos ha parido ella? ¿Es que no lo oyeron? “Desnutrición y pobreza / es lo que a vos te rodea”. ¡A vos, no a ella! “Tus manos son de cedro”. ¡Tus manos, no las suyas! Y así siempre. ¿Qué sabe de partos?

—¡Oye, no te permito…! —saltó Anita Flores.

—¡Tú sí que no pariste a ninguno! —bufó doña Manuela mientras se sentaba.

—¡Bueno, las madrecitas! —rio Anzábal—. Tranquilas, comadres, que no les deseo ningún mal. Pero esta Arlen Siu no es más que una universitaria que ha escogido a los campesinos para hacer folklore. Se los digo: ustedes no le importan un carajo. O si no, díganme, ¿qué ha hecho Arlen Siu para las madres rurales? ¿Cuál ha sido su aportación a que ustedes salgan de la miseria?

—La mataron ayer —dijo el cura con un hilo de voz.

Todos los vecinos se volvieron hacia él.

—Fue en El Sauce. Ella pertenecía a la guerrilla: ésa era su aportación, Manuel. Anteanoche la Guardia Nacional atacó la escuela de entrenamiento donde estaban, y ella se quedó a cubrir la retirada de los demás. Cuando la labor estuvo hecha, ella y dos compañeros huyeron. A la madrugada de ayer, la Guardia les alcanzó y les mataron a tiros a los tres. Tenía, efectivamente, veinte años.

Se hizo el silencio. Manuel Anzábal abrió la boca para intervenir, pero una mirada furiosa de doña Manuela le hizo cerrarla. Salió de la estancia mientras rezongaba. Nadie más dijo nada; el relato de don Armando, expresado con voz quebrada, les había dejado mudos. En vez de eso, siguieron el ejemplo de Anzábal. Pronto la sala estuvo vacía.

Pero algo había cambiado. Don Armando lo había podido ver en el silencio tenso que había sucedido a su discurso, muy diferente al ambiente que había pocos segundos antes. En las miradas de todos, llenas de hartazgo hacia un régimen que llevaba a una niña a meterse en la guerrilla. En las lágrimas de Anita Flores y en el fruncimiento de labios de su marido. En cómo Diego Pérez se llevaba la mano al cuchillo. En la forma en que Gabriela Rufo apretaba el puño. Incluso en la anciana Manuela Ondoy, que salía de la sala sosteniendo el bastón con más fuerza de la habitual.

Don Armando no podía aprobar los métodos de la guerrilla, pero sí sabía que era necesario hacer algo. La dictadura de los Somoza duraba ya más de cuarenta años. La gente necesitaba símbolos tras los que unirse, y Arlen Siu era uno poderoso. Lo que no había conseguido él en más de un año de labor pastoral y educativa lo había logrado la imagen mental de una joven a la que ninguno de sus feligreses conocía.

Cuando don Armando apagó la luz para irse a su casa estaba extrañamente optimista. Si aquel pueblo empobrecido y oprimido había tomado conciencia de su situación, no habría lugar donde las cosas no pudieran salir adelante. Arlen Siu estaba ya muerta; nada podía hacerse por ella salvo rezar. Pero si su muerte tenía ese potencial, ¿quién sabía hasta dónde podían llegar las personas que invocaran su nombre?

 






Arlen Siu Bermúdez fue una cantante y revolucionaria nicaragüense. Era hija de una nicaragüense y de un comunista chino que había emigrado a Nicaragua. Al parecer siempre tuvo gran conciencia social, que primero instrumentalizó en grupos de acción social católica y que posteriormente derivo hacia la guerrilla sandinista. Su muerte la convirtió en un símbolo de la revolución: hoy en día hay bastantes lugares en Nicaragua que se llaman Arlen Siu.

En el relato he querido hablar también de la Teología de la Liberación, ese enfoque católico centrado en Latinoamérica y en su situación endémica de dependencia. Don Armando simpatiza obviamente con dicha corriente.

Todo el relato se basa en un anacronismo: el disco Pancasán, en el cual efectivamente se incluye la versión musicalizada del poema María Rural, no fue producido hasta 1978, tres años después de que mataran a Arlen Siu en la selva de Nicaragua.

Tenéis aquí una biografía bastante completa de Arlen Siu y aquí la canción María Rural. Y ya como anécdota, Manuel Anzábal es un personaje de Les Luthiers.

Con este relato consigo por fin mi objetivo de estar por debajo de las 1500 palabras: tiene 1342.

 

 

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