El perfeccionista

Gary llegó a España en enero de 1937, con la intención de luchar contra el fascismo apoyado por sus compatriotas. Dice mucho de su voluntad política el hecho de que siguiera en filas en julio de 1938, cuando todos sus amigos habían muerto y el batallón Abraham Lincoln se había llenado de españoles. Es cierto que le habían hecho sargento, pero también lo es que a Gary, que siempre había tirado hacia la vida civil, un grado del ejército español no le valía para nada.

Y allí estaba. La noche antes de pasar el Ebro para volver a unificar el territorio controlado por el Gobierno legítimo. El plan era sencillo: avanzar hacia el río, cruzarlo por sorpresa y conquistar los centros de comunicaciones rebeldes. Sin embargo, Gary miraba a sus hombres y no le parecía que encontraran sencillo ni siquiera atarse los cordones. La mayoría eran reclutas muy jóvenes, casi niños, que ni siquiera tenían la mayoría de edad.

No se hacía ilusiones sobre su capacidad de mando. Sabía que le habían nombrado sargento porque era de los pocos veteranos que hablaba español. Pero le habían dicho que les arengara y les iba a arengar.

—Mañana se va a luchar —dijo, circunspecto—. La mayoría estáis aquí obligados; ésta es vuestra mili y os ha tocado en guerra. Sé que preferiríais no estar aquí. Os comprendo. Yo crucé el mar voluntariamente, pero a estas alturas querría haber vuelto ya a California.

Por primera vez tenía la atención de su auditorio.

—¡Pero, pese a eso, debéis pelear! Debéis luchar con valor porque sois soldados de la república y, lo que es más importante, porque enfrente está el fascismo. Dicen que Franco traerá paz y pan. Todos lo habéis oído, ¿no? —asentimientos—. Pero no es lo único que traerá. También traerá represión, y traerá muerte. Si gana, toda España será un campamento militar.

“Sé que no todos aquí sois republicanos, ni anarquistas, ni comunistas. Pero sí sois trabajadores, y Franco representa a los patronos que os joden la vida. Sois jóvenes, y Franco trae detrás a los curas que tienen envidia de vuestra vitalidad y tratarán de reprimirla. La mayoría sois catalanes, y no hace falta deciros qué opina Franco de vuestro idioma y de vuestro autogobierno. Cualquiera de estas tres cosas debería bastaros para pelear contra el fascismo.

“La república os ha arrancado de vuestras casas y os ha mandado al frente. Conforme. ¡Pero lo que tenemos delante, ese general apoyado por moros, alemanes e italianos, es peor! Europa está a las puertas de una guerra mundial. De lo que pase mañana depende la posición de España en esa guerra. De nosotros depende vencer… o ser vencidos

Aplausos moderados, algunos de ellos irónicos. Le había salido demasiado fúnebre. Y sin embargo… allí había algo. Los chicos estaban algo más animados, charlaban ahora entre ellos, varios incluso sonreían. La tensión se había roto.

Salió del barracón. Estaban a pocos kilómetros del Ebro y, pese a ser julio, se notaba algo de frío húmedo. Encendió un cigarrillo.

—Buen discurso, sargento.

Gary se volvió. Detrás de él había salido uno de los chicos, un joven que tenía pinta de ser particularmente delicado. Mariano se llamaba. Alto, delgadillo y tímido. Le sorprendía que le hubiera hablado por propia iniciativa, la verdad.

—¡Gracias! ¿Te ha gustado?

—La verdad es que no. Pero a los chicos sí, y eso es lo que cuenta, supongo.

Vaya con el tímido.

—¿Y por qué no te ha gustado? —se picó Gary. Siempre había sido un perfeccionista.

—Oh, sargento, no se ofenda. Ha pintado un cuadro fascinante, con todo eso de los horrores del fascismo. Se le da muy bien contar historias emotivas. Ya que es usted de California, debería dedicarse a hacer guiones de cine.

—¿Pero…?

—Pero a mí me da igual. No me meto en política. Soy el único hijo de mis padres, que me van a dejar una tiendecita lo bastante pequeña como para que nadie se haya metido con ella. Mi única intención es sobrevivir a la guerra para volver a mi vida.

—A tu vida… y a tu herencia —Gary estaba un poco cabreado. Era miembro del Partido Comunista de Estados Unidos, había cruzado el mar para defender la república y se encontraba con… eso—. ¿Es que no te interesa nada más aparte del dinero?

—¡Claro que sí! —respondió Mariano, con vehemencia—. ¡Mire!

De un bolsillo de su uniforme sacó una foto en blanco y negro, coloreada primorosamente con lápices. Mostraba a una chica joven, de ojos brillantes, que miraba a cámara mientras sonreía.

—Es Elena, mi novia. Lo único que quiero es que esta guerra termine y volver a casa con ella.

Y volvió al barracón, dejando a Gary sumido en sus pensamientos.


El pelotón de Gary entró en acción casi sin esperarlo. Al principio no hubo combates; el cruce del río fue relativamente pacífico para ellos, gracias a que otras unidades se encargaron de desalojar a los rebeldes que defendían el margen derecho. Pero luego llegó la orden: la XV Brigada Internacional, en la que se encuadraba el batallón Lincoln, debía conquistar Gandesa. Los mandos comenzaron a vociferar órdenes y, de repente, estaban en pleno ataque.

Atardecía, pero aún quedaba la luz suficiente como para ver la cara de miedo de los soldados mientras avanzaban hacia el enemigo. Uno de los chavales se dio la vuelta con intención de huir, pero Gary lo retuvo del hombro.

—¿Qué haces? ¡Adelante! ¡Todos adelante!

Desde ese momento, los recuerdos de Gary son fragmentarios. El batallón Lincoln corre hacia la cooperativa agrícola situada a la entrada del pueblo. Delante de ellos, una ametralladora y varios fusiles rasgan la noche. Una explosión a su derecha. Gritos. Otro intento de huida, pero esta vez es uno de los cabos quien abofetea al chaval, le pone de nuevo el fusil en las manos y le empuja hacia delante. La coordinación es vital, porque los distintos pelotones tienen que avanzar de forma escalonada, cubriéndose unos a otros.

Gary no ha intercambiado una sola palabra con Mariano desde la noche anterior, pero ahora le ve. El chaval corre hacia la cooperativa con el fusil en la mano, pálido entre tiros enemigos. El hombre de su derecha cae al suelo. Y de repente, una granada describe una parábola desde uno de los edificios cercanos. Cae junto al grupo de Mariano. Nadie la ha visto, salvo Gary. Cuando abre la boca para gritar ya sabe que no servirá de nada.

La granada explota, y una nube de humo envuelve brevemente a los soldados. Cuando se disipa, todos están en el suelo. Gary corre hacia ellos, con los oídos taponados. Otro de los hombres se ha comido lo peor de la explosión y está obviamente muerto, pero Mariano también ha caído. Gary se arrodilla a su lado. Le sangra la pierna y está más pálido de lo habitual. Se le cierran los ojos.

—Mírame. ¡Mírame, coño! —Gary le zarandea. El chico fija sus ojos en él.

—Me muero, sargento, me muero —dice—. Dígale a Elena que…

—No, ¡joder! No te vas a morir, ¿me oyes?

Gary arranca una tira de su pantalón y empieza a hacer un torniquete en la pierna de Mariano. Cuando termina, ve que el joven aferra con fuerza la foto de su novia. Su respiración comienza a entrecortarse y, pese a todos los esfuerzos de su sargento, los ojos se le cierran.

A su alrededor, la batalla por Gandesa sigue.


Veinte años después.

Gary se sentó en la puerta del cine. La taquillera le miró con curiosidad, pero él la ignoró. Nunca acudía a los estrenos de sus películas, pero el productor sí tenía que hacerlo y le había citado a la salida. La proyección tenía que estar a punto de terminar.

—¡Gary, amigo mío!

Un hombre gigantesco y de tripa prominente se destacaba entre la multitud que salía de la sala. Polybius T. Sneaky, el famoso productor, le dio a Gary un abrazo de oso. Luego le rodeó con un brazo y ambos caminaron calle abajo.

—¡Qué éxito, amigo, qué éxito! Han aplaudido a rabiar. Y los críticos… ¡he visto sus caras! Nos van a llover reseñas positivas.

—Entonces… ¿les ha gustado? —la personalidad arrolladora de Sneaky siempre hacía que Gary se sintiera un poco inseguro.

—¿Que si les ha gustado? Con la parte del soldado les has robado el corazón. Sabes cuál digo, ¿no? La de la foto de la novia. ¡Creo que ninguno se pensaba que el chico fuera a morir en la siguiente escena! Has hecho historia del cine, amigo: todos los guionistas bélicos te van a copiar ese recurso. ¿Cómo se te ocurren estas cosas?

—Bueno, esto en concreto se basa en algo que me pasó durante la guerra de España.

La cara de Sneaky se ensombreció. Todo el mundo sabía que Gary había pertenecido al Partido Comunista y que había luchado por la república en España. Pese a que la caza de brujas estaba ya en pleno declive, seguía siendo un dato incómodo. Sin embargo, el productor se recuperó rápido.

—Bueno, lo que sea. ¡Vamos, te invito a comer!

La verdad es que la reacción del público le reconfortaba. Cada vez que guionizaba una película bélica tiraba de sus recuerdos. Así lo había hecho esta vez, pero la escena no acababa de cuajar. Estaba bien, pero no estaba perfecta. Entonces bajó a la calle para tratar de romper el bloqueo creativo y en su buzón encontró una carta de Mariano. Su amigo le enviaba una foto de Elena y de él con su hijo recién nacido en brazos, y le contaba el montón de anécdotas insustanciales que constituían habitualmente su correspondencia.

Y entonces algo hizo “clic” en su cabeza. “El arte no imita a la vida: el arte mejora la vida”, pensó. Volvió corriendo a su casa y cambió el final de la escena: el personaje trasunto de Mariano ya no se recuperaría del disparo, sino que moriría justo después de enseñarle a sus compañeros la foto de su novia y de expresar las ganas que tenía de volver a verla. A Mariano el cambio le había hecho gracia. Reconocía que el hecho de haber salido vivo de la batalla de Gandesa era algo bueno para él, pero que resultaba dramáticamente inadecuado. Y Gary, como guionista, no podía permitirse una escena así.

Al fin y al cabo, era un perfeccionista.




La batalla del Ebro (julio a noviembre de 1938) fue el último intento del Gobierno de la República por mantener el tipo frente a Franco. Oficialmente buscaba volver a unir Cataluña con la zona centro (Madrid-Castilla-Valencia), zonas que habían quedado separadas en febrero. En la práctica, sus objetivos eran más modestos: disminuir la presión del ejército franquista sobre Valencia y tratar de alargar la guerra con el fin de enlazarla con el segundo conflicto mundial, que estaba a punto de estallar.

Al final la batalla no fue exitosa. Es cierto que los republicanos pillaron a los rebeldes con el pie cambiado, pero también lo es que éstos reaccionaron rápidamente. Esta respuesta del bando sublevado, junto con los propios problemas organizativos de la república, determinó que la batalla se perdiera. Las tropas legítimas no fueron capaces de tomar Gandesa, centro de comunicaciones franquista, y mucho menos de avanzar hacia Valencia. El frente se estancó en pocos días y, eso sí, los republicanos defendieron con bravura los kilómetros cuadrados conquistados al inicio de la operación.

En cuanto a las Brigadas Internacionales, fueron colectivos de soldados voluntarios que luchaban por la república. Dentro de la XV Brigada Internacional (encuadrada a su vez en la 35ª División) estaba una de las unidades más famosas: el batallón Abraham Lincoln, formado por estadounidenses, irlandeses y cubanos. La verdad es que en las BB.II. había más voluntad que entrenamiento, pero para julio de 1938 ya eran unidades veteranas. La batalla del Ebro fue la última en la que participaron, puesto que después el Gobierno las disolvió.

En el relato se reflejan también otros dos hechos históricos: la “Quinta del biberón” (la recluta forzosa de menores de edad durante 1938) y la caza de brujas a los comunistas estadounidenses. También, por supuesto, he querido jugar con el manido tropo del soldado que mira la foto de su novia antes de salir hacia la muerte.

1728 palabras.

 

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