La primera logia

La sala principal de la taberna del Ganso y la Rejilla estaba abarrotada. Rubin, el nuevo camarero del local, había subido ya tres bandejas llenas de jarras de cerveza, y la cosa no parecía que fuera a parar. Los caballeros que ocupaban el comedor parecían estar en alguna clase de reunión política, con todo lo que aquello comportaba: les había oído gritar e interrumpirse, y era normal que en esas circunstancias la bebida corriera algo más de la cuenta.

—¿Políticos? —respondió el viejo Herbert, jefe de camareros, cuando Rubin le comentó el trajín de la segunda planta—. No, hombre, no. Son francmasones.

—Bueno, eso explica los mandiles. Pero… ¿y los gritos y las discusiones? ¿No se reúnen los masones en secreto, y con símbolos místicos, y…?

—Deberías dejar de leer panfletos, chico. Los francmasones no son más que caballeros que vienen aquí a hablar de sus cosas, como todos. Y, como todos, a veces se acaloran. Hoy creo que están discutiendo refundir cuatro de sus asambleas en una sola, y claro, todos quieren que la suya sea la que acabe mandando. Es lo natural. Venga, ve a la cocina a ver cómo está la cena.


—¡Orden! ¡Hermanos, orden! —Anthony Sayer, flamante gran maestre de la recién constituida Gran Logia de Londres y Westminster, lamentó no tener un mazo como los jueces—. ¡Orden, por favor!

Lentamente, la asamblea se fue calmando. Se acercaban, por fin, al término de la reunión, y por Dios que ya tenía ganas. Sin embargo, aún quedaba un último tema.

—Y tenemos que hablar, para acabar, de la posibilidad de admitir hermanas en nuestras reuniones. Las esposas de algunos hermanos, y otras mujeres, han…

No pudo acabar. Una docena de hermanos comenzaron a hablar a la vez y a interrumpirse a voces. Anthony Sayer dejó seguir el tumulto; le estaba empezando a doler la cabeza y no tenía fuerzas para imponerse. Además, oía resonar la profunda voz del compañero Beevor, y sabía que cuando él hablaba todos callaban.

—¿Dejar entrar a mujeres? Por favor. ¡Esto es un asunto serio! ¿Qué será lo siguiente? ¿Permitir entrar a jornaleros y a sirvientes?

La asamblea se carcajeó. Lord Mortonshire asentía con fuerza a lo que había dicho su amigo. El doctor Livegood le palmeaba la espalda. Beevor siguió hablando.

—¡Si admitimos mujeres, pronto estaremos aquí hablando de… bordados, o de pucheros, o cosas así! ¡En vez de mandiles vestiremos delantales!

Golpes en la mesa, aplausos.

—¿Y acabaríamos teniendo una gran maestra? —gritó Mortonshire. Más risas. A su lado, el doctor Livegood decía algo que debía ser muy gracioso, porque otros compañeros estallaron en carcajadas.

Si algo sabía Anthony Sayer era estimar el estado de ánimo de una asamblea. No iba a ser necesario votar ni pedir un consenso. Mirara donde mirara veía caras desencajadas por la risa que les suscitaba la mera posibilidad de honrar a hembras con el sagrado mandil. Beevor lloraba de risa. Otro hermano, que quizás había bebido demasiado durante las horas anteriores, estaba directamente bajo la mesa, agarrándose el vientre.

Solo había dos compañeros que no reían. Sentados a solas, en una mesa de la segunda fila, miraban hacia la presidencia con seriedad. Sayer tragó saliva. No le gustaba nada el viejo Lewis Sinclair, que venía de fuera de Londres y hacía poco que pertenecía a la masonería. Y mucho menos le gustaba su hijo Martin: el joven apenas hablaba y siempre miraba a los hermanos como si algo se le atravesara.

Sayer miró a los dos vigilantes sentados a su lado en la mesa de la presidencia. El capitán Elliot reía con los demás; el hermano Lamball miraba con cara de no entender demasiado lo que estaba pasando. Y los Lewis seguían mirando hacia él, con intenciones claras de tomar la palabra. El presidente tragó saliva y se levantó; las risas, que ya estaban en franca remisión, cesaron por completo.

—Tiene la palabra el hermano Lewis Sinclair.

—Gracias, presidente —dijo el viejo mientras se levantaba—. Hermanos, hablo ante vosotros con el fin de defender la inclusión de mujeres en la masonería libre y especulativa, quizás no mediante su admisión a esta sagrada asamblea pero sí mediante la fundación de logias femeninas.

Beevor volvió a abrir la boca, sin duda para soltar un chascarrillo, pero Martin le fulminó con la mirada.

—Muchos filósofos, tanto antiguos como modernos, están de acuerdo en que lo que hace a un hombre es la educación. Es la educación la que le capacita para vivir en sociedad, la que refuerza sus tendencias naturales y la que corrige los vicios. Y yo digo, compañeros, aunque sorprenda, que lo que mantiene a las mujeres pegadas a los bordados y a los pucheros que ha mencionado el hermano Beevor es la falta de educación. ¡Y que si esa causa se suprimiera, el sexo femenino llegaría hasta las mismas cotas que el masculino!

Nuevo guirigay. Pero Sinclair no era como el presidente: él no se dejaba amilanar.

—¡Hermanos! Yo tengo una hija, una hija que es uno de los dos orgullos que me quedan, junto con Martín —posó una mano como una garra en el brazo de su hijo, que seguía mirando a Beevor con desprecio—. Y he de decir que la joven Flora no desmerece en absoluto a su hermano. Puede que sean las costumbres de mi familia, o puede que yo sea un viejo chiflado, pero cuando nacieron decidí darles a ambos la misma educación. ¡Y ahora puedo decir, y Martín lo confirmará, que Flora…!

Esta vez sí que no pudo seguir. Lo que acababa de decir era inaceptable. Beevor les gritaba, con la cara roja. Un hermano les lanzó un trozo de budín, que se quedó pegado en la casaca del padre. De inmediato, Martin se levantó como un resorte y enarboló su bastón hacia el infractor, que respondió lanzándole un puñetazo.

—¡Orden! ¡Hermanos, por favor! ¡Dignidad! —gritaba Sayer. Su voz se perdía entre el guirigay.

Varios hermanos sujetaron al lanzabúdines y a Beevor, que parecía empeñado en entrar en una pelea. Otros, entre los cuales estaba Lewis, aferraron de los hombros al joven Martin. Varias manos les señalaron la salida. No hacía falta. Lewis Sinclair ya se dirigía hacia la puerta, seguido de su hijo. Un sonoro pateo acompañó su retirada, y aun pudieron oír cómo Sayer declaraba que “por unanimidad” se rechazaba admitir mujeres en la masonería especulativa.

Martin adelantó a su padre y empezó a bajar las oscuras escaleras. De repente chocó con otro cuerpo, que se vino abajo con un estrépito de vidrios y loza. El joven levantó el bastón casi de forma automática, pero su padre le detuvo. El otro hombre, un sirviente de la taberna, no tenía nada que ver con la disputa con los hermanos masones. Padre e hijo pasaron por encima de él y salieron del local.


Rubin se levantó.

—Mira qué desastre —dijo, mientras se miraba la camisa manchada de cerveza y salsa—. Y voy a acabar pagando yo por los platos rotos, como si lo viera.

—Anda, ve a la cocina a que te dejen una camisa nueva —le respondió Anne, una de las camareras—. Yo recojo esto.

El viejo Herbert le miró con curiosidad cuando entró en la cocina.

—Estoy hasta las pelotas de los caballeros —renegó Rubin—. Discuten ahí arriba y ¿quién se jode? Yo. ¡Pues no ha venido uno y me ha derribado en la escalera!

—Cálmate, anda. Así no vas a ir a ninguna parte.

—¿Que me calme? ¡No, joder! ¿Pero tú les has oído? Llevan toda la tarde discutiendo de… ¡de tonterías! Hidalgos, caballeros, señores… ¿alguno ha hecho en su vida algo más que robar?

—Baja la voz por lo menos, que te van a oír.

—Y el que me ha derribado es el peor. ¡Pues no quería todavía darme un palo! Estúpido pagado de sí mismo.

—Calla. Las cosas son así. ¿Qué quieres? ¿Que te tomen por un cromwelliano? Déjalo estar.

Y Rubin calló, claro. Era siempre así. Siempre que expresaba su odio hacia aquel estado de cosas recibía la misma respuesta: mofa, rechazo o, como mucho, condescendencia. Las cosas eran así. Siempre la misma respuesta corta de miras. Si los demás lo vieran, si pudieran rebelarse contra la tiranía de los nobles y caballeros…

Ojalá tuviera alguien con quien hablar de estos temas.


Los Sinclair se subieron a su carruaje y comenzaron a recorrer las calles de Londres. Flora aguantó tres calles antes de que su disfraz de Martin (mirada dura, pose dominante, bastón activo y todo lo demás) se disolviera en llanto. Su padre la abrazó. Otra cosa no podía hacer.

—Ánimo, hija. Las cosas mejorarán.

—¿Ánimo? Pero padre, ¿tú has oído cómo se han reído de nosotros? ¿De… mí? —las lágrimas se convirtieron en una expresión de rabia—. ¡Vestir delantales! Habrase visto impertinencia. Estúpido Beevor. Estúpidos todos. Como el… el ganapán que se ha chocado conmigo en la escalera.

—Hija, ha sido un accidente…

—¡No, ha sido un torpe! Pero si ese torpe trabaja mucho y acaba por abrir su propia taberna, podrá ser masón antes que yo. Incluso a Martin, que jamás le ha interesado esto, le nombraron sin dificultades.

—Bueno, puedes venir tú disfrazada de él. Hasta ahora nadie se ha dado cuenta. No es mal arreglo…

—¡Es un arreglo horrible! —le cortó Flora.

Era deprimente. Ni siquiera su padre, pese a toda su buena voluntad, acababa de entenderlo. No era solo la masonería: era todo. De ella se esperaba… ¿qué? ¿Que fuera complaciente y se casara? Martin podía hacer lo que quisiera: meterse en política, empezar una carrera, hacerse militar, viajar al extranjero… ¿y ella? Como mucho, se vería bien que escribiera novelitas hasta que se casara.

Su padre les había dado una buena educación, y a veces lo maldecía por ello. Gracias a sus lecturas sabía que no había nada en su constitución física que le impidiera el ejercicio intelectual: ella era la prueba viviente. Y sin embargo, la sociedad no se lo reconocía ni se lo reconocería. Ser consciente de ese hecho era la primera de sus dos torturas.

No tener amigas era la otra. Oh, por supuesto, las tenía. Pero le costaba hablar de estos temas con ellas. La mayoría despachaban sus preocupaciones con resignación cristiana y recomendaciones de leer la Biblia. “Las cosas son así”, decía. Cómo odiaba esa frase.

Ojalá tuviera alguien con quien hablar de estos temas. Pero no lo encontraría entre los masones. Mientras el carruaje llegaba a su casa, Flora tomó la decisión de no volver nunca más a la taberna del Ganso y la Rejilla.

 




Debería haber llamado a este relato “Interseccionalidad masónica”. En todo caso, no me gusta el final: me parece deslucido, poco brillante y manido. Supongo que no todos los meses está uno inspirado.

La masonería es una sociedad curiosa. Al margen de orígenes míticos, nace en los gremios medievales de albañiles y canteros (¡nosooootroooos!), pero luego se va llenando de caballeros respetables, atraídos por el ambiente de libertad con el que se habla de las cosas. Así, la francmasonería deja de ser “operativa” (de ser un gremio de albañiles, vamos) a ser “especulativa” (tratan temas místicos y esotéricos).

En junio de 1717 se fundó la Gran Logia de Londres y Westminster, que es una de las primeras sociedades masónicas puramente especulativas. Es importante porque, andando el tiempo, se convirtió en la Gran Logia Unida de Inglaterra (UGLE, por sus siglas en inglés), que es la fuente de la regularidad masónica: una logia solo será regular –es decir, verdaderamente masónica– si su carta fundacional procede de la UGLE o puede trazarse hacia la misma.

Por supuesto, la cosa no es tan fácil: existe una segunda corriente de la masonería, escindida de la UGLE a finales del siglo XIX y con base fundamentalmente en Francia. Las masonerías inglesa y francesa se han negado mutuamente la regularidad, y tienen entre ellas disputas sobre tres puntos: la admisión de ateos (la masonería inglesa exige creer en un Gran Arquitecto del Universo, la francesa no), la admisión de mujeres (la masonería inglesa es solo masculina; la francesa tiene logias mixtas y femeninas) y la relación con la política y la religión (la masonería inglesa prohíbe discutir sobre estos temas; la francesa no y de hecho se ha llegado a posicionar oficialmente sobre algunos).

Por volver al relato, los personajes de Anthony Sayers, el capitán Elliot y el hermano Lamball son históricos: fueron realmente el primer gran maestre y los dos primeros vigilantes de la GLLW. La taberna del Ganso y la Rejilla también es perfectamente histórica: era donde se reunía una de las cuatro logias que se refundieron en 1717. Lo que es anacrónico es el debate de las mujeres: Flora es un personaje que cuadra más en 1817 o en 1867 que en 1717, la verdad.

1762 palabras esta vez.

 

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2 comentarios en “La primera logia”

  1. En realidad el relato debería acabar con Flora fundándose su propia logia y los masones diciéndole que la van a boicotear porque es ilegal.
    Hoy hemos aprendido que mandil y delantal no son lo mismo.

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