La noche del fin del mundo

Las tropas de su católica majestad arrasaban Roma. La ciudad eterna ardía y la sangre se derramaba por las escaleras del Vaticano. El papa había huido, los cardenales pagaban para evitar el saqueo y ni siquiera las iglesias estaban a salvo de los invasores.

Era el fin del mundo.


Pio Caroni, párroco de la iglesia de Santa Águeda, corría por las calles de Roma. Los bárbaros habían entrado en la parroquia mientras estaba celebrando una misa de salvación por la ciudad y habían comenzado a saquearla. Caroni, desde el altar, había visto cómo uno de los fieles era asesinado por negarse a entregar sus anillos, y eso había sido suficiente para él. Había cogido el relicario con el clavo de la Santa Cruz y se había escabullido por una puerta lateral mientras sus fieles se rendían o morían.

Caroni era un hombre joven, pero no estaba acostumbrado a correr. La sotana se le enredaba en los pies, el crucifijo de plata que le pendía del cuello latigueaba contra su pecho y el relicario se le hacía cada vez más pesado en las manos. El entorno no ayudaba. Los invasores ya habían prendido fuego a varios edificios, y el humo se le metía por la nariz. El olor era lo peor de todo. Y los gritos, santo Dios, ¡los gritos! A su derecha, en el primer piso de una casa, lloraba un niño. Caroni siguió corriendo.

Se cruzó con varios soldados españoles y, como reacción casi instintiva, se metió en una callejuela antes de que le vieran; la oscuridad creciente de la noche le envolvió y los imperiales pasaron de largo. Había envuelto el relicario en una manta, pero no se hacía ilusiones: un hombre que corre con un objeto envuelto en una manta llama la atención casi tanto como si lo llevara al descubierto. En cuanto al relicario en sí, era una bella urna de oro, cristal y pedrería. Si era verdad que los saqueadores estaban completamente amotinados, no respetarían su carácter sagrado.

Por suerte, Caroni era originario de Roma. Su familia llevaba allí cuatro generaciones, sirviendo siempre a uno u otro cardenal. Él se había criado en las callejas de la ciudad, por lo que no le costó demasiado pensar en una ruta alternativa para su objetivo: el palacio del cardenal Pellegrino. Mauro Pellegrino era la persona que había patrocinado la entrada de Caroni en el seminario y quien, años después, le había conseguido la parroquia de Santa Águeda.

Si alguien podía proteger a Caroni y a la reliquia era Pellegrino. Más aún teniendo en cuenta que el cardenal pertenecía al bando imperial, por lo que era un teórico aliado de la chusma que saqueaba Roma. O al menos de sus líderes, si es que en aquel momento los soldados reconocían señor alguno. Caroni había oído que la fiereza de las tropas se debía a que su general había muerto en el primer asalto, y eso había hecho que los hombres perdieran todo freno que pudieran tener. Esperaba, sin embargo, que entre ellos hubiera algunos con cabeza, que respetaran a sus favorecedores. No era una buena base para sentar su esperanza, pero era la única que tenía.

En un momento dado, sus pasos le condujeron a una plaza. Al otro lado del espacio abierto, una iglesia ardía por los cuatro costados. Y delante, iluminada por el fuego, una escena que parecía sacada de la Divina Comedia. Un hombre, vestido con los colores vivos que se asociaba con los lansquenetes alemanes, apaleaba salvajemente a un anciano vestido de sacristán. Otro de ellos se servía vino en un copón que obviamente había robado en la misma iglesia. Y un tercero salía justo de la casa contigua, llevando en los brazos un cofrecillo de oro. Los tres estaban obviamente borrachos.

De repente, el primer soldado lanzó una violenta patada al sacristán, quien cayó desmadejado un poco más allá.

—¿Dónde está el oro, perro? ¡Queremos más! —gritó el alemán en un mal italiano, mientras levantaba el palo de madera con el que había estado torturando al otro.

Desde la posición de Caroni no pudo escuchar la respuesta del sacristán, pero sí le vio alzar la cabeza hacia él. Y, aterrado, se dio cuenta de que el pobre anciano intentaba tenderle una mano. El lansquenete del palo siguió la dirección de la mirada de su víctima… y vio a Caroni.

Con un grito, el sacerdote salió de su inmovilidad y corrió calle arriba. Oyó al soldado gritarle y pasos detrás de él, pero no cometió el error de volver la cabeza. Más allá de la plaza, las calles estaban oscuras; confió en eso, sabiendo que él conocía la zona y su perseguidor no. Torció a la derecha, en una calle que parecía volver a la plaza, pero que en realidad daba una vuelta y se disgregaba en callejones. Los pasos se quedaban atrás. Se metió en un portal, cruzó dos patios y salió a la calle paralela.

Al límite de sus fuerzas, Caroni se detuvo. Se forzó a dejar de jadear y escuchó la noche romana: ya no se oía a nadie. Estaba en una barriada pobre, poco interesante para los saqueadores, y con toda probabilidad sus perseguidores habían vuelto a la plaza. Un ramalazo de culpa pasó por su cabeza al recordar al sacristán. Pobre hombre. Sin embargo, nada habría ganado si se hubiera enfrentado a los tres soldados, y él mismo podría haber muerto. Su reliquia le convertía en una presa muy apetecible.

Debido a la carrera estaba ya cerca del palacio Pellegrino. Sonrió. La luna había salido por completo e iluminaba su camino. No se veían fuegos ni se escuchaban gritos. Parecía que lo peor había pasado. Se tomó un momento para terminar de serenarse y, cuando la respiración se le estabilizó, comenzó a andar a buen paso por callejones secundarios. A los pocos minutos tenía ya a la vista su objetivo, que estaba al final de una explanada.

Fue casi en la puerta cuando le salieron al paso. Eran tres. Dos de ellos eran italianos: Caroni reconoció los colores de los Gonzaga. Rápidamente se dio la vuelta, pero entonces le cerró el paso el tercero, un gigantón con aspecto de español que llevaba la espada desenfundada. Uno de los italianos llevaba una antorcha y, a su luz, Caroni pudo ver que en la espada había restos de sangre.

—¡Vaya, vaya, qué tenemos aquí! —dijo el de la antorcha—. ¿Veis como era buena idea vigilar el palacio del cardenal? ¡Poco a poco van cayendo sus amigos!

—La verdad es que tenías razón, Guido —dijo el otro italiano con voz pastosa. Con parsimonia, sacó un cuchillo y apuntó con él al sacerdote—. Bueno, padre, vos elegís: ¿nos dejáis ver lo que hay en ese lío de mantas por las buenas o por las malas?

—¡No! —gritó Caroni, una octava más alta de lo que le hubiera gustado.

—¿No? —gruñó el español, detrás de él.

Caroni sintió que las piernas le fallaban. Pero aun así, y sacando fuerzas de no supo dónde, se dio la vuelta.

—No puedo, no… ¡es un clavo de la Verdadera Cruz! Una reliquia auténtica. No puedo cederla. ¡Mirad! —y tiró la manta al suelo.

Si había esperado que la visión de la santa reliquia moviera a aquellos salvajes a la compasión, se vio defraudado. Cuando el oro refulgió a la luz de la antorcha, el italiano del cuchillo se relamió y el español alargó la mano para coger el relicario. Caroni se lo hurtó y abrazó el objeto, protegiéndolo con su cuerpo. El español, frustrado, levantó la espada.

El de la antorcha se interpuso. Dijo algo en castellano y luego se volvió hacia el sacerdote.

—Por favor, disculpad a mi compañero; ha bebido demasiado. Escuchad, no tenemos por qué discutir. Solo somos pobres soldados que llevan meses sin cobrar —sonrió—. ¡Respetamos a la Iglesia como el que más! Queréis conservar la reliquia y entrar en el palacio del cardenal a poneros a salvo, ¿verdad? Bueno, nosotros no nos oponemos a eso. ¡Solo queremos el relicario! No vivimos del aire, señoría: ¡tenemos que pagar nuestra comida, nuestra cama, nuestra pólvora y nuestras balas!

La brutal hipocresía del mercenario desconcertó por un momento a Caroni. ¿Respeto a la Iglesia? ¡Que se lo dijeran a sus fieles, o a los del templo que ardía en la plaza! Pero quizás, si obedecía sus órdenes, podía salvar el clavo. El de la antorcha seguía sonriendo.

Con manos temblorosas, Caroni manipuló el relicario. No estaba pensado para que ser abierto con frecuencia, así que no tenía bisagras ni pasadores. Miró a los soldados, impotente. El español, de un zarpazo brutal, se lo quitó y lo arrojó al suelo. Caroni gritó, pero no pudo impedir que los vidrios se hicieran añicos contra el empedrado.

Los dos italianos y el sacerdote se tiraron al suelo, los primeros buscando las piedras preciosas y los remates de oro que se habían desprendido y el último tratando de encontrar el clavo de Cristo. Un dolor punzante le subió por la mano: se había cortado con uno de los trozos de cristal. Pero daba igual porque el clavo era suyo. Lo aferró en su mano crispada.

Se incorporó, pero el español aún le miraba ceñudo. En una mano sostenía el abollado relicario, pero en la otra seguía teniendo la espada con la punta hacia Caroni. De repente, el sacerdote se dio cuenta de que el pesado crucifijo de plata se le había salido de la sotana mientras estaba buscando la reliquia. La espada del español se deslizó por su cuello y levantó el cordón del colgante apenas una pulgada.

—Esto también —dijo el español.

—No. No, esto no, por favor.

—Lo siento, señoría, pero lo necesitamos para cobrar nuestro salario —dijo, detrás de él, el de la antorcha. Caroni podía sentir su sonrisa.

Y entonces las cosas sucedieron muy rápido. El sacerdote gritó, se revolvió y pasó por el medio de sus captores. Por un fugaz momento creyó que iba a huir. Pero el español, sin inmutarse, descargó un sablazo. Caroni sintió un fuerte golpe en la zona derecha del cuello, y luego notó cómo la sangre le empapaba la sotana. Antes de que pudiera dar otro paso, el italiano del cuchillo se interpuso en su camino y le clavó su daga en la tripa.

El sacerdote cayó al suelo. La mano se le abrió y el clavo tintineó contra el empedrado. Alguien se arrodilló a su lado y cortó limpiamente el cordón del crucifijo. Y luego oyó una voz triste:

—Lo siento, señoría. Esto no tendría por qué haber acabado así.

Podía ver el clavo. Podía sentir que se moría. Con un último esfuerzo, señaló la reliquia y luego la dirección en la que creía que estaba el palacio.

—Por… favor… por favor…

—¿Queréis que llevemos esto al palacio del cardenal? —dijo el italiano.

—Sí…

—¿De verdad nos creéis tan tontos? Por favor, señoría. ¡Nos haría apresar y ejecutar! No, mejor haremos esto.

El clavo recibió una patada y desapareció fuera de su vista. Tampoco es que pudiera ver mucho. Los ojos se le nublaban.

—Bueno, señoría, nosotros nos vamos. Créame que lo siento, pero usted no tendría que haber intentado escapar.

Y, como buenos amigos, los tres soldados se internaron en la noche romana.

 





 

 

El saqueo de Roma (al que a veces se llama “saco de Roma”, por castellanización del término italiano) es uno de esos episodios que no se explican en la clase de Historia. Se enmarca en la secular tradición de confrontación entre la “espada seglar” de la cristiandad (el Sacro Imperio Romano Germánico) y la “espada religiosa” (el Papado). Concretamente, en la guerra que enfrentó entre 1526 y 1530 al papa Clemente VII, al rey de Francia y a varias ciudades-Estado italianas contra ese famoso emperador que fue Carlos I de España y V de Alemania, fundador de la dinastía de los Austrias.

En abril de 1527, el ejército imperial había ganado unas cuantas batallas en Italia, pero la paga no llegaba. El ejército era una mezcla de mercenarios españoles, alemanes e italianos, y no se tomó a bien el retraso: se dirigió a Roma arrasando con todo lo que tenía en su camino y puso sitio a la ciudad santa.

El asedio empezó el 6 de mayo. Las tropas imperiales doblaban en número a las papales, pero éstas estaban atrincheradas y tenían buena artillería. Las cosas podrían haber sido de otra manera, pero la cuestión es que un balazo mató a Carlos de Borbón, general del ejército atacante. Eso hizo que los soldados imperiales perdieran toda disciplina, asaltaran la muralla como una turba y pasaran a cuchillo a todo el que encontraron.

El saqueo duró cerca de un mes. Al final, el papa (que había huido al Castillo Sant’Angelo) se rindió por completo, pagó un rescate y perdió todo papel relevante en la guerra. Se dice que el emperador, al enterarse de lo sucedido, se entristeció de verdad, y hasta presentó disculpas al papa. Éste, sin embargo, no volvió a enfrentarse a las tropas imperiales.

Como curiosidad, la iglesia de Santa Águeda existe de verdad y Pio Caroni es una persona real, aunque no es cura: se trata de un historiador del derecho italiano.

Creí que con este relato conseguía el reto de las 1500 palabras, pero no: 1879. Aun así, no está mal.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

 

 

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2 comentarios en “La noche del fin del mundo”

  1. Para una vez que un Borbón hace algo que no sea calentar asiento con su regio trasero y van y lo matan. Menuda dinastía de patanes.
    Buen relato. El escenario es inmejorable. El Vaticano en llamas, sangre por la escalinata de San Pedro. Quieres imaginártelo con un cielo rojo como si aquello fuera una especie de purgatorio y con los soldados comportándose como bestias primigenias.

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