La chica del tranvía

El teléfono sonó. Marcos torció el gesto. Desde que había llenado Murcia de carteles con su número, no dejaba de recibir llamadas de graciosos o de gente que le insultaba. Y eso que él solo había pretendido ser romántico. No era tan raro, ¿no? ¡En las películas funciona! Chico se sube al tranvía, chico ve a una chica preciosa y triste, chico no se atreve a abordarla, chico hace un gran gesto de amor absurdo… ¡y ya está! Y sin embargo, la chica no había llamado y se estaba hartando de bloquear en WhatsApp a todos los imbéciles que le abrían conversación.

Por un momento pensó en pasar. “Han pasado varios días, seguro que ya no me llama”. Pero al final descolgó.

—¿Sí?

Silencio. Al otro lado de la línea se oía una respiración entrecortada.

—¿Sí? —insistió Marcos.

—Hola —dijo simplemente la otra persona.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquella voz, tan suave… la había escuchado por última vez en el tranvía, cuando la chica triste se despedía de sus amigas.

—¿Eres… eres tú? La chica del tranvía, ¿no?

—Me llamo Cristina.

Cristina… hasta el nombre era bonito. Marcos lo paladeó lentamente.

—Yo… ahora no sé qué decir —dijo Marcos, con un amago de risa—. Había planeado esta conversación, pero ahora no se me ocurre nada. ¿Te gustaron los carteles?

—No pasa nada. Sí, me gustaron mucho —Marcos intuyó que ella había sonreído—. ¿Cómo te llamas tú?

—Yo Marcos —y luego, con el corazón desbocándosele de la emoción—: oye, ¿te gustaría que nos viéramos?

—Claro que me gustaría. Por eso te he llamado, Marcos. ¿Sabes? Me gusta tu nombre… y me parece muy romántico lo que has hecho.

Ahora le tocó a él sonreír.


Cuando Marcos llegó, la chica ya estaba en la terraza. Estaba despampanante, con un vestido corto de verano que le sentaba de miedo y unas gafas de sol. Leía un libro con aspecto concentrado, lo cual acentuaba aún más su aire triste. A su lado, una cerveza a medio tomar sufría los efectos del calor murciano.

—Hola —dijo Marcos, con voz insegura.

Cristina levantó la cabeza como si hubiera oído un disparo, pero su cuerpo se destensó cuando vio que era él. Se quitó las gafas de sol, cerró el libro y lo metió en una mochila que tenía en el suelo, trabada con la pata de la silla para evitar ladrones. Luego se levantó y le dio dos besos. Olía bien, a recién duchada y a alguna colonia suave. Se había maquillado un poco, pero no lo suficiente como para ocultar del todo unas importantes ojeras.

—¿Llevas mucho esperando?

—No, acabo de llegar.

—Ah, ¿qué leías?

Las doce horas de la noche, de Ashbless. Poesía. ¿Lo conoces? —preguntó ella.

—No, no tengo ni idea. ¿Es bueno?

—A mí me gusta mucho.

El camarero se acercó y Marcos le pidió una cerveza. De repente se dio cuenta de que el hombre había venido en el peor momento: cuando la conversación sobre el libro se había agotado sola, justo a tiempo para cortar una transición natural a otro tema. El silencio se apoderó de la mesa. Por suerte, Cristina rompió el impasse.

—¿Sabes? Aluciné cuando vi los carteles. Fíjate que no suelo mirar estas cosas, pero no sé por qué, el tuyo me llamó la atención. ¡Qué forma más curiosa de intentar encontrar a una chica de la que te enamoraste en el tranvía! Y de repente me encuentro con que soy yo…

—Puse todos los datos que recordaba de ti y de tus amigas. Qué suerte que los vieras —sonrió Marcos.

—Ah… no eran mis amigas —dijo ella—. Simplemente son unas chicas con las que coincidí de fiesta. Salí sola, me puse a hablar con una de ellas en un baño y al final me acoplé con ellas.

—¿Saliste sola?

—Sí —la sonrisa triste se acentuó—. Necesitaba desconectar.

—Pues por tu cara en el tranvía, no parece que lo consiguieras.

Ella suspiró. Por un momento pareció mirar al infinito.

—No. Me temo que no lo conseguí.

—¿Qué te pasaba? —se lanzó Marcos—. Escucha, sé que nos acabamos de conocer y todo eso, pero puedes confiar en mí. Cuéntame: ¿por qué estabas tan triste?

Marcos siempre había sido buen observador. Los ojos de ella se perlaron. Antes de que se echara a llorar, le cogió la mano. Ella le miró, sorprendida.

—Eh… confía en mí, chica triste —puso su mejor sonrisa—. Se nota que llevas días sin dormir bien. Cuéntamelo y te sentirás mejor.

Ella pareció derrumbarse. Se encogió en la silla y empezó a hablar mientras jugueteaba con uno de sus mechones.

—Acabo de cortar con un chico. Yo… llevaba saliendo con él más de dos años. He estado muy enamorada de él, Marcos, tienes que entenderlo —ahora ella le devolvió el apretón de manos y le miró a los ojos—. Por eso he hecho todas las tonterías que he hecho. Los últimos seis meses han sido un infierno. Me gritaba y me hacía sentir mal hasta que no podía más. Entonces yo cortaba, pero luego él me llamaba y volvíamos, y vuelta a empezar. Yo… siento que no puedo enfrentare a él, Marcos.

—¿Y por qué tienes que enfrentarte a él? —preguntó el joven, mientras le cogía fuerte la mano—. ¡Has salido ya! Borra su número, bloquéale de las redes sociales… y sigue adelante.

Ella resopló de forma irónica.

—No es tan fácil. Ojalá lo fuese, pero no es tan fácil. El otro día, cuando me viste en el tranvía, estaba preocupado porque tengo que volver a verle al menos una vez… ¡y estoy acojonada, Marcos, acojonada!

Ahora ella ya lloraba de forma abierta. Marcos movió su silla para estar a su lado y la abrazó. Cristina se dejó acoger en el abrazo, y tampoco protestó cuando él empezó a darle suaves besos en la cabeza. Al final, ella se calmó.

—¿Cómo es que tienes que verle? ¿Es que trabajas con él, sois vecinos o algo así?

—No, no, no es eso. Es que sigo teniendo cosas de él en mi casa. Tonterías, nada más: un libro, un par de juegos de la Play, cosas así. Esta mochila también es de él, así que lo he metido todo aquí y he quedado luego con él, para darle todo. Y no quiero ir.

—¿No tienes a nadie que pueda acompañarte, o que pueda ir por ti? —Marcos siempre se había considerado un chico práctico, y aquella solución acudió rauda a su mente.

Cristina meneó la cabeza.

—No. Mis antiguas amigas ya no me hablan y todos los amigos que hice mientras estaba con este chico eran de su círculo, así que no les puedo pedir el favor. Y bueno, a mi familia no le quiero contar nada de eso. Por lo que ellos saben, corté con él hace dos meses.

—¿Y si te acompaño yo?

El terror se pintó en la cara de la chica.

—¡No, no! ¡Eso sería lo peor! Mi ex es muy celoso. Si me ve con otro chico podría volverse loco. Y no te ofendas, Marcos, pero él es bastante más fuerte que tú. No quiero que te pase nada —y le acarició levemente la cara con aquella mano suave.

Quedaron un momento en silencio, pensando. Y al fin él dijo:

—¿Y si voy yo?

—¿Qué?

—¡Puedo ir yo solo! Puedo decirle cualquier cosa, incluso que me has pagado veinte euros por ir en tu lugar. Le doy la mochila y listo, te libras del problema.

—¡No, ni pensarlo! Nos acabamos de conocer, Marcos. Nunca te pediría algo así.

—¿Por qué no? ¡No hay ningún peligro! Puede volverse loco de celos, o sospechar, o lo que sea, pero no tiene ningún motivo para hacerme daño. Además… si se pone violento prefiero recibir yo las hostias a que te pase algo malo a ti —dijo con su mejor mirada.

—No lo sé, no lo sé. ¿Te importa que demos una vuelta mientras lo pienso?

—Claro que no.

Pagaron y se fueron. Empezó así un paseo de media hora en el que apenas hablaron. La chica triste miraba al infinito y Marcos la miraba a ella. Cuando ya atardecía, entraron en un parque que había al lado de la estación de autobuses y se sentaron en un banco. Y al final ella habló.

—¿De verdad no te importa?

—¡Claro que no! —dijo él, excitado—. No me va a pasar nada. Me dices dónde has quedado con él, me das la mochila y arreando. Si quieres te mando un WhatsApp cuando termine, para que sepas que todo ha ido bien. Y mañana nos vemos.

De repente, ella le besó. No fue un beso apasionado, sino tierno. Él correspondió, despacito y suave. Era evidente que ella no quería ir más allá por el momento.

—Gracias, Marcos —le dijo con voz entrecortada—. Gracias por este favor. Lo de los carteles fue precioso, y esto… en fin, no me lo esperaba. Creo que ahora mismo necesito algo así. Algo tranquilo y sencillo, con un chico bueno.

Y por primera vez en toda la tarde, su sonrisa no era triste.

Apuntó en el móvil el lugar y la hora de la cita mientras ella rebuscaba en la mochila para sacar su libro de poemas. Luego, ella le tendió la bolsa y le dio otro beso.

—Creo que tenemos que separarnos ya. Vas a llegar tarde. Muchas gracias, de verdad —dijo Cristina.

—No es nada, en serio —repitió Marcos—. Alegra esa cara, chica triste. Lo voy a arreglar todo. Mañana ya no tendrás razones para estar así.

Un nuevo beso, algo más profundo que los dos anteriores. Y luego Marcos se dio la vuelta y, con un último “nos vemos”, empezó a caminar. Cuando se giró, ella todavía no se había ido, sino que le miraba con agradecimiento. En realidad tenía que reconocerse que algo asustado sí que estaba, pero lo más probable era que Cristina estuviera exagerando. Se encontraría con el ex, le daría la mochila, le pondría cualquier excusa chorra y se volvería a su casa a mandarse mensajitos con la chica de su vida.

Al final lo de los carteles había salido bien.


En cuanto Marcos se perdió de vista, la chica se dio la vuelta y empezó a caminar rápido. La estación de autobuses no estaba muy llena, pero sí había el suficiente número de personas como para que ella pasara desapercibida. Miró el teleindicador: diez minutos para el autobús de Madrid. Iba con tiempo de sobra.

Sacó de su bolsillo una llave y se dirigió a consigna. Era la taquilla número 18; la abrió y sacó una mochila exactamente igual que la que le había dado a Marcos. Con ella colgada de un hombro, se dirigió a la dársena. A los pocos minutos, estaba montada en un autobús medio vacío que devoraba kilómetros en dirección a Madrid. Dejó pasar todavía un rato, leyendo el libro de poesía que llevaba, y cuando estaba seguro de que todo el mundo a su alrededor se había dormido, sacó el teléfono e hizo una llamada.

—Ya está hecho —susurró cuando se lo cogieron—. Sí, llevo yo la mochila original, lo he comprobado. ¿La falsa? Eso ha sido lo mejor de todo. Se lo he endosado a un imbécil con complejo de caballero salvador. Va a ser él quien la lleve por mí al punto de encuentro.

Su interlocutor dijo algo.

—Hombre, no sé, no creo que le pase mucho más aparte de que le den una paliza. El ruso será muchas cosas, pero no es un asesino, y es tan obvio que el gilipollas al que he mandado con la mochila falsa no tiene ni idea de nada… espera un momento, estamos parando.

Estaban en un área de servicio. La voz ronca del conductor avisó por megafonía de que se iba a hacer una parada de diez minutos. La chica bajó del autobús, todavía hablando por teléfono.

—¿Lo del caballerito salvador? Ah, ha sido muy divertido. Salí de fiesta el otro día y cuando volvía al hotel se me debió notar que estaba acojonada por la entrega de hoy, así que este chico se montó una película estúpida sobre la chica triste del tranvía y empapeló Murcia con carteles con mi descripción. Cuando lo vi, flipé. Hemos quedado hoy, le he contado lo que quería oír y ahí que se ha ido al punto de encuentro.

Torció el gesto. Era evidente que al otro lado del teléfono le estaban echando la bronca.

—En serio, tú te debes pensar que yo soy idiota, ¿no? Le di un nombre falso. El imbécil recuerda a una chica más joven, con más tetas y con muchas más ojeras que las que yo suelo tener. En cuanto llegue a Madrid me destiño el pelo y listo… Aparte, solo puede contactar conmigo por medio de este móvil, y lo pagué en efectivo hace meses en una tienda de Sevilla.

Nueva parrafada del interlocutor.

—Está bien, sí. Nos vemos cuando llegue a Madrid. Oye, te dejo, que el autobús se va. Venga, sí, adiós.

La chica colgó el teléfono. Se acercó al borde de la zona iluminada por las luces del área de servicio, un lugar que estaba fuera de la vista de cualquiera que estuviera en el aparcamiento. Allí empezaba un barranco escarpado que acababa, cien metros más abajo, en una arboleda poco profunda. Le sacó la batería al móvil, echó la mano para atrás y lanzó al teléfono con todas sus fuerzas barranco abajo.

El autobús le esperaba. La chica se subió a él por la parte de atrás y se arrellanó en su asiento. Tenía un largo camino hasta Madrid y quería dormir un poco.

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s