El juzgalibros: “La brigada de Anne Capestan”, de Sophie Henaff

Durante mi adolescencia, uno de los libros que más disfruté (hasta el punto de leerlo varias veces) fue Los hijos del Trueno, de Fernando Lalana y José María Almárcegui. Esta novela arranca cuando se produce en España la reforma educativa definitiva, según la cual en las aulas debe haber en todo momento veintidós alumnos, ni uno más ni uno menos. Claro, esto genera un cierto número de alumnos sobrantes. Así que se crean los “institutos remanentes”, donde van a parar los inadaptados con la finalidad de entrenarse para ser la escoria del mañana. Por suerte, los alumnos de uno de estos institutos no están dispuestos a aceptar su papel. Pese a este planteamiento, la novela es cómica y tiene algunos momentos realmente desternillantes.

Posteriormente, me aficioné mucho a Caso abierto, hasta el punto de que es, junto con Malcolm in the Middle, la única serie de televisión que he visto entera. Para quien no lo sepa, Caso abierto trata de una unidad de policías que se dedica a desenterrar casos de homicidio que no llegaron a resolverse y tratarlos a la luz de nuevas pistas, nuevos métodos o nuevos enfoques. La serie me agradaba porque huía de los tropos habituales (psicópatas y demás) y porque tenía un cierto componente de denuncia social.

Así que, cuando en las primeras páginas de La brigada de Anne Capestan quedó claro que aquello era una especie de mezcla de Los hijos del Trueno con Caso abierto, la novela me tuvo ganado desde el principio.

Anne Capestan es una comisaria que ha disparado una bala de más. Por los pelos no ha sido expulsada, pero su castigo es otro: va a dirigir una especie de “brigada aparcadero”, con lo peor de cada casa, a la que van a endosar todos los casos no resueltos que tiene la Policía de París con el fin de mejorar las estadísticas del resto de unidades. Entre sus compañeros hay un gafe, la guionista de una serie de televisión que todo el cuerpo odia, un borracho, una jugadora empedernida, un soplón, un homosexual que se atrevió a quejarse de discriminación dentro del cuerpo, etc. Gente a la que todo el mundo se quiere quitar de encima. Y en cuanto a los casos, solo hay dos que merezcan la pena: un marino asesinado en 1993 y una viejecita a la que un ladrón mató en 2005.

A partir de ese planteamiento, la novela avanza imparable. Su primera virtud es que es divertida: la autora es humorista profesional y se nota. Eso sí, es más de sonrisa que de carcajada: va planteando un mundo con cierto tono surrealista, donde curtidos policías huyen de un presunto gafe, un escenario del crimen permanece sin tocar durante ocho años, un seguimiento se disfraza de huelga y todo el equipo de una comisaría vota por el papel pintado que se va a poner en las paredes. Ya digo: tiene pocos momentos de risotada, pero se lee sin perder la sonrisa.

Sin embargo, el hilo no se pierde en describir momentos surrealistas: la novela tiene un argumento muy bien marcado y lo sigue sin darte tregua. No funciona a golpe de cliffhanger, lo que es de agradecer, sino que más bien no se detiene nunca: cada párrafo desemboca en el siguiente, cada página aporta algo nuevo. Quizás el final es un poco abrupto (sentí que, ya que la autora usa el recurso del flashback, podría haber dado más información en ellos), pero no resulta nada forzado.

La intriga, justo es decirlo, no es nada del otro jueves. Tira de tópicos del género y se nota. [SPOILER] Se ve venir, por ejemplo, que va a resultar que ambos casos están relacionados, que van a matar a una testigo clave antes de que pueda hablar o que el asesino es alguien que ya ha aparecido en la novela.[/SPOILER] También abusa un poco del recurso de “el detective ve a tal persona haciendo algo inocente y eso hace clic en su cabeza y llega a una deducción importante”. Por otra parte, si los tópicos han llegado a ser tópicos es porque funcionan, así que el defecto no es tan grande como parece.

Porque además, si algo sustenta la novela son sus personajes. Muchos están construidos con un par de pinceladas, pero funcionan y resultan ser más profundos de lo que aparentan. Como el gafe a quien todo el mundo rechaza, que sin embargo es el único que tiene una vida familiar feliz. O el tipo frío y lejano, que en realidad es extremadamente cuidadoso incluso con las vidas de los insectos. O el borracho inútil y pagado de sí mismo pero que está atento a todos los cotilleos del mundo policial y resulta un señuelo excelente. O la pija insoportable que en un momento dado tira de billetera para equipar de forma altruista la sede de la brigada.

Todos ellos forman un equipo extraño, de gente que en principio no se lleva bien o incluso se desprecia mutuamente, pero que al final acaba limando diferencias. A la fuerza ahorcan: son desechos, les han metido ahí porque no pueden echarles del cuerpo y tienen que elegir entre aceptarlo o rebelarse. Y es ahí donde el orgullo humano tira para delante y empieza a trabajar con lo que tiene. La brigada de Anne Capestan tendrá que decidir si se cohesiona y trata de superar las trabas que le ponen desde arriba… o si acepta su fama de refugio de perdedores y se limita a vegetar.

En fin: que si buscáis una novela entretenida, ligera, con personajes interesantes y una intriga que no os haga romperos demasiado la cabeza, éste es vuestro libro. Yo, por mi parte, cuando lo terminé le rendí el mejor homenaje que creo que se le puede hacer a una novela: mirar si hay una segunda parte. Por suerte para mí, la respuesta es positiva. Anne Capestan y sus absurdos compañeros protagonizan ya otra novela… y que sean muchas más.

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