Recuerdos de guerra

La casa del abuelo siempre estaba llena de trastos. Jerry recordaba, por ejemplo, la época en que descubrió la comida italiana: todas las noches llamaba a que le trajeran una margarita a domicilio. Llegó un momento en que la torre de cajas de pizza vacías llegaba casi hasta el techo; en una visita había estado a punto de caerse encima de Jerry, que por aquel entonces tenía ocho años. Su madre había gritado, había abroncado al anciano y luego había convocado a varias de sus amigas para, entre todas, volver a poner en planta la casa. Era un ritual que se cumplía cada seis meses con la precisión de las estaciones, ya que invariablemente el abuelo dejaba degradar su entorno sin hacer nada para evitarlo.

Debían estar al final del ciclo, porque el jardín estaba hecho un desastre. Jerry vadeó la hierba que ya le llegaba hasta la pantorrilla, esquivó un cortacésped oxidado y, por fin, llamó a la puerta. Nada. Una segunda llamada tuvo como resultado el sonido de alguien rebullendo en el interior. Y finalmente se abrió la puerta y el abuelo Zachary apareció en el umbral. Miró de arriba abajo a Jerry y gruñó:

—Podrías haber entrado por la puerta de la cocina. Nunca uso la principal.

La casa olía a cerrado y estaba oscura. El abuelo siempre había vivido solo, que Jerry recordara. La abuela había muerto cuando él tenía cuatro años, y él no se acordaba de su cara: ni siquiera había fotos recientes en la casa. Luego había pasado mucho tiempo, pero el abuelo no se había vuelto a casar ni se le conocían novias. Tampoco amistades o aficiones que le sacaran de casa. Cojeaba un poco y se negaba a usar bastón, por lo que caminar para él era un suplicio.

El suelo de la cocina estaba pegajoso. En la vieja cocina de gas hervía un cazo con agua; el anciano rescató dos tazas de la precaria torre de platos y sartenes que había en el fregadero, les dio un agua y empezó a preparar el té. Jerry dudó sobre si debía ayudarle, pero su abuelo le echaba la bronca a cualquiera que osara insinuar que no era perfectamente autónomo. Así que se limitó a sentarse en una de las desvencijadas sillas.

Cuando el té estuvo listo, el anciano sirvió las dos tazas y se sentó en la otra silla.

—No tengo pastas y se me ha acabado el azúcar.

—Así está bien, abuelo —Jerry removió su taza con la cucharilla, nervioso.

—Muy bien. Pues tú dirás para qué querías verme.

Zachary nunca había sido afectuoso. Mientras que los abuelos paternos le habían colmado de regalos y caprichos (“los padres están para educar y los abuelos para maleducar”, decía siempre su abuela con una sonrisa de oreja a oreja), el materno no era más que un señor que vivía al otro extremo de Londres. Jamás se había ofrecido a quedarse con su nieto, ni le había sacado al parque, ni le había llevado de excursión ni le había ido a recoger al colegio. De hecho, cuando era pequeño a Jerry le daba miedo su casa.

—Pues verás… tengo una buena noticia. Abuelo, ¡me han admitido en el ejército!

El viejo se limitó a sorber su té. El líquido hizo un ruido extraño al pasar por su boca sin dientes.

—Dentro de unas semanas entraré en la Academia, directamente para oficial. ¡Ya hemos comprado el uniforme y todo! ¿No es genial?

Hubo un segundo de silencio.

—Felicidades. ¿Por eso has venido a verme?

—Pues… sí, de hecho sí. Eres mi única conexión familiar con el ejército. ¡Luchaste en la Segunda Guerra Mundial, por Dios! Pero no sé nada de esa época de tu vida. No sé cómo es el ejército, no sé cómo fue tu experiencia allí… y bueno, quería hacerte algunas preguntas. Para hacerme una idea —terminó con una sonrisa.

Su abuelo volvió a mirarle de aquella manera inexpresiva que tan bien se le daba.

—O sea, que has venido a que te cuente batallitas de la guerra. Historias con muchas explosiones, y valor, y nazis muertos, ¿no?

—Pues… sí, se podrá decir que sí —titubeó Jerry.

De nuevo silencio. El abuelo miró fijamente el poso de su taza, y de repente puso una sonrisa torcida.

—Muy bien. Pues pregunta.

—¿En serio? —la sonrisa del joven se ensanchó—. ¡Ah, de verdad, muchas gracias! Prometo que no te molestaré mucho rato, pero ¡es que quiero saber tantas cosas! ¿En qué unidad estuviste, para empezar?

—En los comandos —contestó lacónicamente el viejo—. Si tenía nombre oficial, se me ha olvidado.

—Santo cielo, ¿en serio? ¡Pero si ésa es la unidad más arriesgada de todas! Tienes que contármelo todo, abuelo. ¿En cuántas misiones participaste?

—En una.

Jerry iba a protestar. ¿Solo en una? ¿Cómo era aquello posible? ¡Si precisamente los comandos se caracterizaban por ir de misión en misión! Pero el viejo no le dio la oportunidad. Se levantó, volvió a dejar las tazas de té en su primitivo emplazamiento dentro del fregadero y se internó en la casa, renqueando. Tras un momento de duda, su nieto le siguió.

En el segundo piso solo había un baño y la habitación de su abuelo. Jerry no había entrado allí más que una vez, pero se acordaba del viejo armario de tres cuerpos que presidía una de las paredes. Su abuelo revolvió en él durante varios minutos y finalmente sacó un viejo álbum de fotografías. Le sopló el polvo, se sentó en la cama y lo abrió.

—Las primeras fotos no te interesarán. Son de antes de la guerra —dijo, con sorna.

Por lo demás, no había demasiadas. Una en la que salía un bebé muy emperifollado, otra en la que aparecía un niño con cara de querer estar en cualquier otra parte salvo allí, un retrato de familia y una foto donde se veía a Zachary del brazo de una chica de su edad, en un parque. El joven tenía cara de querer comerse el mundo, y miraba con arrobo a su compañera.

—Vaya, ¿ya conocías a la abuela entonces? —dijo Jerry, con admiración.

—Esta foto se tomó el día antes de mi alistamiento, en 1941. Los nazis ya habían dejado de bombardearnos, pero intentaban aislarnos con sus submarinos y unos cuantos buques pesados. Era deber patriótico entrar en el ejército y yo lo único que quería era impresionarla… —acarició por un momento la fotografía y se quedó mirándola.

Jerry tosió y su abuelo dio un respingo. Parecía despertar de un sueño en blanco y negro. Pasó la página. En la siguiente estaba él, vestido de marino, junto con otra docena de jóvenes.

—Así que me alisté. Mi idea era la Marina, pero cuando apenas llevaba un par de semanas de entrenamiento llegó un reclutador y dijo que yo era perfecto para los comandos. Y allí que me fui. A la mayoría de los de esta foto no les volví a ver, por cierto.

Parecía que los recuerdos le soltaban la lengua a su abuelo. Pasó rápidamente otra serie de fotos, donde aparecía con sus nuevos compañeros de entrenamiento.

—El problema era el dique seco de St. Nazaire, en Francia. Allí repostaban los submarinos alemanes, y era también el único sitio donde podían reparar los barcos grandes. Si reventábamos el dique, los alemanes perderían toda su potencia naval en el Canal. Y allá que fuimos.

—¿Fuisteis… a destruir un dique? ¿En paracaídas, con explosivos y todo eso?

Jerry no recordaba haber escuchado a su abuelo reír nunca. La suya era una risa cascada, como la de una puerta vieja, que ascendía a trompicones desde lo más profundo del pecho del anciano.

—La esclusa del dique seco de St. Nazaire tenía varias yardas de grosor. No se podía destruir con cuatro bombas. Teníamos que llevar un destructor hasta el puerto, empotrarlo contra la esclusa y dejarlo medio hundido. Luego debíamos saltar de ahí, volar las principales instalaciones y salir en lancha motora. Entonces, el destructor, que iba cargado de dinamita, explotaría y convertiría el dique seco en una instalación inútil.

—Joder… —se le escapó a Jerry.

—Y bien jodidos, sí.

—¿Y salió bien?

Por toda respuesta, el anciano cojeó hasta una estantería que había al lado de la ventana, seleccionó un libro y lo abrió por una página determinada. Se lo pasó a Jerry. Una de las páginas contenía una fotografía de un barco incrustado en una pared. El pie de foto decía “El Campbelltown, minutos antes de explotar y destruir el dique seco”.

—¡Entonces lo conseguisteis! ¡Le disteis bien a los nazis!

La boca de su abuelo se contrajo en una mueca de furia. Cerró el libro de un golpe seco.

—¡Sí, joder, sí, lo conseguimos! Pero la única gente a la que yo vi en ese puerto fue a chavales de pueblo alemanes tan acojonados como yo y a trabajadores del puerto. ¡El tipo al que le reventé la tripa con mi Thompson no era nazi, te lo puedo asegurar!

Ahora el abuelo miraba por la ventana.

—Fue allí donde te hicieron la herida de la pierna, ¿verdad? —preguntó Jerry, desesperado por romper el silencio—. La de la cojera. Por eso no participaste en más misiones. Volviste y te casaste con la abuela, ¿no?

Nueva risa, pero esta vez de un sarcasmo que dolía.

—Cuando volamos las instalaciones del puerto, intentamos retirarnos. No hubo manera. Los alemanes se habían recuperado de la sorpresa, y controlaban la desembocadura. Las lanchas que debían recogernos ya habían ardido, o reventado, o se habían puesto a salvo. Nos dispersamos por la ciudad con la intención de huir y contactar con la Resistencia o lo que fuera. Pero nos cazaron como ratas.

El anciano aferró el hombro de Jerry con una mano firme como una garra, y le obligó a mirarle a los ojos.

—Oh, sí, lo conseguimos. Pero eso no me valió de nada a mí, que me pasé el resto de la guerra en un campo de prisioneros. Ahí me hicieron lo de la pierna.

Volvió a pasar las páginas del álbum, pero esta vez hacia atrás, a la foto del día anterior a su alistamiento. La mano no soltaba el hombro de su nieto, y sus ojos brillaban de una forma que Jerry nunca había visto. De repente, su abuelo le dio miedo.

—Esta mujer que ves aquí no es tu abuela. Se llama Elizabeth Tilly y ha sido el amor de mi vida. Cuando salí del campo y volví a Inglaterra, lo primero que hice fue ponerme en contacto con ella. Durante la guerra se había puesto a trabajar en una fábrica de municiones, se había enamorado del contable y se había casado. Su marido era un tipo enclenque, con gafas, medio calvo y completamente inútil para el servicio militar. Viven en Surrey. Ella y yo todavía nos escribimos por Navidad.

Cerró el álbum con furia.

—El resto ya lo sabes. Volví a la vida civil, busqué un trabajo, me casé y le amargué la vida a tu abuela y a tu madre hasta que una se murió y la otra se largó. ¿Qué? —preguntó con un rictus cruel—. ¿Te ha gustado mi historia de la guerra?

Jerry asintió, pálido y completamente superado por la situación. Tragó saliva e intentó zafarse de la presa del anciano. Y de repente, su abuelo pareció empequeñecerse. Le soltó el brazo y le habló con lo que quería ser una voz suave y cercana.

—Perdóname, Jerry. Perdóname. Son viejas heridas, y a veces… en fin. Es la primera vez que lo cuento todo.

—Yo… gracias por contármelo, abuelo —logró componer Jerry—. ¿Necesitas algo o…?

—Ahora mismo preferiría que te marcharas, si no es mucha molestia —era la primera vez en su vida que oía a su abuelo emplear una fórmula de cortesía—. Tengo que pensar en todo esto.

Jerry abandonó la casa de su abuelo a paso vivo, casi como si le persiguiera un fantasma. En cierto sentido, así era. Una vez en el Metro, fue incapaz de concentrarse en el libro que había traído para el trayecto; ni siquiera llegó a abrirlo. Cuando por fin entró en su casa, su madre le salió al encuentro desde la cocina.

—¿Qué tal con el abue…? Huy, qué cara traes. No me digas que habéis discutido.

—No, no, ha ido bien. Es solo que… ¿aún estamos a tiempo de anular la matrícula en la Academia?

—Claro que sí —dijo su madre, sorprendida—. Solo he pagado la reserva de plaza, y el uniforme se puede devolver. Pero ¿qué te pasa, cielo? ¿Qué te ha dicho el abuelo?

—Lo que yo quería. Me ha contado su paso por el ejército.

—Curioso —dijo su madre—. Ya has conseguido más que la abuela en cincuenta años.

Mientras hablaban habían subido hasta el cuarto de Jerry. Los folletos de las universidades estaban en una pila, descartados. El joven los volvió a poner en la mesa y dejó aparte los de las carreras que le habían interesado antes de decidirse por el ejército.

—Entonces, ¿está decidido? ¿Nada de fuerzas armadas?

—Nada de fuerzas armadas —sonrió Jerry, repentinamente seguro.

Su madre cerró la puerta y bajó por las escaleras. Algo más tranquilo, Jerry revisó de nuevo los folletos, hasta encontrar las dos carreras que más le interesaban. Apartó los demás y se tumbó en la cama, con idea de echar una cabezada antes de la cena. Al día siguiente tendría tiempo de sobra para elegir su futuro.

Katie se decepcionaría, claro. Cómo le habían brillado los ojos cuando le había visto con el uniforme… y qué morreo le había metido después. Se le puso una sonrisilla boba. Estaba muy enamorado de ella, pero en realidad solo estaban empezando. Ni dos meses llevaban. Si la relación tenía que salir adelante, que fuera porque ella le quería a él, a Jerry, no a un tipo vestido de militar que fingía una valentía impostada.

“El mundo ya está lo bastante lleno de héroes como para que venga yo a inventarme otro”, pensó justo antes de quedarse dormido.

 





 

 

La operación Chariot (marzo de 1942) fue una de las más arriesgadas de la Segunda Guerra Mundial. 611 hombres, entre miembros de la Marina y comandos, que incrustaron un destructor lleno de explosivos en el dique seco de St. Nazaire y luego se disgregaron por la ciudad para volar objetivos secundarios. De todos estos soldados, murieron 169 y fueron capturados 215, lo cual quiere decir que volvieron a Gran Bretaña aproximadamente un tercio de los que habían salido. La misión, eso sí, fue un éxito y permitió que los aliados recuperaran la supremacía naval en el Canal de la Mancha y el Mar del Norte.

Aquí hay un artículo muy interesante, que explica la cronología de la batalla. Aquí, otro más resumido pero con mejores fotos. Quiero también agradecer a @SMedraut que me hablara de este hecho histórico.

Este mes empieza un especie de “autoreto” en el que me marco el objetivo de ir reduciendo el tamaño de mis relatos mensuales. Algunos de los anteriores han sido verdaderamente largos, y creo que tengo que trabajar mi capacidad de síntesis. De momento, éste tiene menos de 2.500 palabras: todavía lejos del tope de 1.500 que me había marcado como máximo, pero vamos #EnLaBuenaDirección.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

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