Tres días en Auschwitz

Primer día

El presente

Los soldados se marcharon entre ruido y furia. Con ellos iban miles de prisioneros, todos aquellos que podían andar y que no habían sido lo bastante inteligentes como para esconderse. Leah lo había comprendido desde que empezó la evacuación y, como siempre habían dicho de ella que era muy astuta, cogió a Alina y se escondió con ella en el baño. Se metieron en un cubículo y dejaron que los últimos SS registraran el pabellón psiquiátrico.

—No debes llorar —le dijo a Alina—. Es muy importante. Tenemos que esperar aquí. Tu padre prometió que volvería a buscarnos.

La niña asintió, llorosa, y Leah sintió que a ella misma se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Había sido un bebé tan bonito! Y ahora, cualquiera que no fuera su madre apartaría la vista con asco. Sus mofletes habían desaparecido, consumidos por la mala alimentación. El pelo rubio, que había hecho en su momento que el oficial de las SS dudara en enviarla al campo, era ahora quebradizo y frágil. La actitud, antes vivaracha y ahora pasiva. Y la suciedad, por todas partes…

Leah y Alina pasaron horas sentadas en aquel retrete, con los pies levantados para que nadie pudiera descubrirlas con una ojeada casual al suelo. Después de las últimas inspecciones nadie se había acercado a los sanitarios, pero toda precaución era poca. Progresivamente los ruidos se fueron apagando. Sin embargo, aún tardaron varias horas en salir, presas del miedo: no sería la primera vez que los psiquiatras del centro preparaban un engaño para ver cómo reaccionaba Leah. Sólo cuando vieron que anochecía, Leah se dio cuenta de que llevaban sin comer desde el desayuno. El campo estaba más silencioso que nunca.

Leah abrió la puerta del cubículo y salió del baño, con su hija de la mano. El pabellón psiquiátrico era una enorme sala con veinte camas puestas en dos filas, en torno a un pasillo central. Estaba, como siempre, casi vacío. Solo había una cama ocupada: la paciente, una vieja húngara a la que todo el mundo llamaba Gritos, estaba dormida. Era normal que no se la hubieran llevado: apenas podía caminar, y cuando estaba despierta no dejaba de dar alaridos, por lo que la mantenían sedada la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, había diferencias con un día de diario. La luz estaba apagada, la portezuela de malla que separaba la zona de las enfermeras estaba abierta y la mesa de guardia estaba vacía. Leah parpadeó. No recordaba haber visto aquella mesa vacía desde que le habían trasladado al pabellón, cinco meses atrás. Su miedo a que todo fuera una trampa empezó a diluirse. Cojeando (se había herido en un pie una semana antes) se dirigió hacia la malla y pasó a la zona de las enfermeras.

No tardó en encontrar la cocina. Para su desesperación, estaba vacía: los armarios abiertos parecían burlarse de ella. ¡No! No podían habérselo llevado todo. Sentó a Alina en una de las sillas de la gran mesa central y se puso a registrar concienzudamente la estancia. Era enorme: ¡seguro que no la habían vaciado por completo! Frenética, abrió todos los cajones que encontró y tanteó el fondo de los armarios. En un momento dado le pareció notar un abultamiento en el linóleo y clavó las uñas buscando el doble fondo. Sólo cuando éstas se le rompieron admitió que era un simple defecto de instalación.

Al final lo encontró. En una despensa en forma de L, se habían olvidado de registrar bien la parte que quedaba fuera de la vista. Había media barra de pan duro y cinco latas de conserva sin etiqueta. Leah cogió las latas con avaricia, deshaciendo el pan con la mano y llevándose un currusco a la boca. Estaba demasiado seco y costaba tragarlo, pero le sentó de maravilla. Luego levantó su tesoro, lo puso sobre la mesa y empezó a preparar la cena.

Recordó que en uno de los cajones había visto un abrelatas. También escogió dos platos, porque por muy hambrientas que estuvieran no iban a comer como animales. Cortó tres rodajas de pan y puso dos en el plato de Alina. Abrió también la primera lata, que resultó estar llena de una carne indefinible, y la volcó en el plato de su hija. Finalmente, devoró su pan mojado en los restos de salsa que quedaban en la lata.

—¿No comes? —dijo cuando terminó. El plato de Alina estaba lleno.

—No… no tengo hambre… —Alina se encogió de hombros.

—Vamos, mi niña, tienes que comer —dijo Leah.

Al final, sentó a su hija en sus rodillas y le dio de comer con paciencia. Valoró la posibilidad de abrir una de las cuatro latas restantes, pero la descartó. Era cierto que si los nazis habían abandonado el campo era porque los soviéticos estaban a las puertas, pero no sabía si tardarían uno, cinco o diez días en llegar. No tendría sentido morir de hambre cuando habían llegado hasta allí.

—Tu padre está a punto de venir a por nosotros —le acarició la cabeza a Alina—. Nos lo prometió, y él siempre cumple sus promesas.

Alina sonrió. Se estaba quedando dormida. Sacando fuerzas de donde no las había, Leah la cogió en brazos y la llevó hasta su cama. Allí, como todas las noches, se durmió abrazada a ella.


El pasado

Schmuel siempre cumplía sus promesas. En los buenos tiempos, cuando vivían en la tranquilidad de su casa en Budapest, Leah siempre decía que había dos características que le encantaban de su marido: su fidelidad a la palabra dada y su carácter, alegre y enérgico. “Le brillan los ojos cada vez que se apasiona por algo, y eso le ocurre con frecuencia”, le había escrito Leah a su madre en 1940.

Luego vino la guerra, pero ni aun así se había apagado la energía que movía a Schmuel. Podía venir cansado o harto, pero sus ojos seguían brillando. Y luego, cuando los habían capturado y les habían amontonado en aquel tren, como a ganado, los ojos de su marido habían llameado una última vez.

—Aguantad, Leah. ¡Aguantad lo que haga falta! Os liberaré. Os lo prometo.

Para él aquello era sagrado. Así que ella lo había dado por hecho.

—————-

La promesa le había mantenido viva durante los primeros meses. Les separaron nada más bajar, Leah y Alina por un lado y Schmuel por otro. Los ojos de su marido habían brillado una última vez mientras sus filas se alejaban. Y luego ducha (las niñas y las ancianas en una sala, las mujeres en otra), desinfección y rapado. Cómo había llorado al ver los rizos morenos, de los que tan orgullosa estaba, caer ante ella. Si hubiera sabido lo que venía después, habría ahorrado llantos.

Aquellos primeros meses fueron para Leah un recuerdo borroso. Durante el día, trabajaban en una fundición aneja al campo. Por la noche, volvían a los barracones, de donde no se había movido Alina. La niña se pasaba el día en la cama que compartía con su madre, recibiendo el cariño de las demás internas. La comida era en ollas comunes que traían las guardias: Leah siempre procuraba obtener doble ración, pero incluso así costaba alimentar a la niña. Sí recordaba que a veces Alina cantaba, y eso hacía sonreír al resto de prisioneras.

Y luego, un día de verano, había visto a Schmuel.

Había estado inquieta toda la tarde, no sabía muy bien por qué: sentía que tenía que estar junto a la ventana que tenía su barracón en la parte posterior. No era la zona donde estaba su cama, pero aun así se había sentado allí. Y de repente, un par de toques y la cara de su marido, sonriente, al otro lado del cristal.

—¡Rápido, ayudadme a abrir! —dijo. Las demás internas le miraron con cara extraña.

—¿Qué pasa? —preguntó Helga, una presa política húngara.

—¡Es mi marido! ¿No lo ves? ¡Está ahí, al otro lado!

Otra presa se acercó, pero Helga la detuvo levantando la mano.

—¿Tu… marido? —preguntó.

—¡Ayudadme! ¡Dejaos de bromas y ayudadme! —gritó Leah.

La ventana era de madera, y estaba medio atrancada. Finalmente, y sin ayuda de nadie, Leah la abrió. Sentía los ojos de las internas clavados en la nuca.

—Leah… —dijo Schmuel. Estaba más delgado, pero todavía le brillaban los ojos.

—Cariño… —Leah empezó a llorar. Sacó una mano por el ventanuco para acariciar la mejilla de su marido. La barba le raspó.

—Escucha, he podido escaparme durante unos minutos, pero pronto tendré que irme. ¿Estás… bien? Al menos todo lo bien que se puede estar aquí. ¿Y Alina?

—Alina duerme ahora, y no quiero despertarla. Come muy poco, Schmuel, pero yo la fuerzo. Está muy desanimada.

—Es normal —su marido también lloraba—. ¿Y tú, amor?

—Aguanto —Leah sonrió—. Ahora mismo estoy mejor. Ya ves, tenía el presentimiento de que vendrías y así ha sido.

Schmuel miró hacia atrás.

—Tengo que irme. Sólo he venido para daros fuerza. El plan va viento en popa —susurró—. Pronto volveré a por vosotras. Lo prometo.

Leah se había quedado en la ventana, viéndole marchar. Luego, otra de las presas le había apartado de la ventana con violencia y la había cerrado. Lentamente, había cruzado el barracón. Tenía la sensación de que Helga y alguna de sus amigas le miraban con lástima, pero le daba igual. ¡Ninguna de ellas había recibido la visita de su marido! Estaban celosas, eso era.

Desde aquel día, Schmuel iba a verla una vez cada diez días. Una vez incluso había llevado a Alina a la ventana, y había disfrutado de ver cómo su hija jugaba con su padre a uno de esos tontos juegos infantiles que consisten en juntar las manitas. Después de aquello, las miradas de envidia de Helga se incrementaron. Una tarde, Leah vio a la presa política hablando con una de las guardias de las SS.

Y a la mañana siguiente se la llevaron, a ella y a Alina, al pabellón psiquiátrico.

Segundo día

El presente

Le despertaron los lloriqueos de Alina. Inmediatamente se puso en pie: era una reacción instintiva. Cuando Alina lloraba, aparecía una enfermera de las SS chapurreando en húngaro órdenes para que se callara. Una vez había cogido a su niña del brazo mientras blandía una jeringuilla. Leah había prometido que la haría callar, mientras suplicaba que no se la llevaran. Al final, le había dado un golpe a la enfermera y la jeringuilla se la habían pinchado a ella. Al despertar, por suerte, Alina seguía a su lado.

Pero aquello era entonces y esto era ahora. Ya no había ninguna enfermera que le clavara jeringuillas. Todas se habían ido. Podía dedicarse a acunar a su pequeña hasta que se calmara. Y madre mía si lo necesitaba. La pobrecita berreaba y se había vuelto a hacer pis encima. Era impropio de una criatura de su edad, pero ¿qué esperaban? Si las enfermeras le daban miedo y no podía ir al baño sin permiso de una de ellas…

Por lo menos Gritos seguía dormida. Leah se acercó a ella; por un instante se le pasó con la cabeza la posibilidad de que estuviera muerta, pero no: el pecho de la pobre mujer subía y bajaba con regularidad. ¿Cuánto tiempo llevaría sin comer? Estaba en los huesos. Leah se estremeció: si aquella mujer moría, ella tendría que buscar otro alojamiento. No iba a quedarse a dormir con un cadáver. “En fin”, se consoló, “camas no son lo que falta por aquí”.

Después de desayunar (media lata y otras tres rebanadas de pan entre las dos), salieron a dar una vuelta. Leah se estremeció, y agarró la mano de Alina: el frío invernal pegaba fuerte. De repente se dio cuenta de que ni su hija ni ella llevaban zapatos: cogió a la pobre niña (qué poco pesaba) y caminó sin rumbo fijo. Necesitaba por lo menos dar un breve paseo, comprobar que de verdad el campo estaba desierto.

Lo estaba. Las garitas de vigilancia estaban vacías; los barracones también. No había alemanes ni prisioneros. No se veía ni un alma. No, definitivamente aquello no podía ser una trampa.

—¡Somos libres! —gritó—. ¿Lo oyes, Alina? ¡Somos libres! ¡Hemos salido de ésta! Ahora sólo falta que tu padre venga a buscarnos y volveremos a casa, a Bucarest… ¡libres!

Por primera vez en los casi nueve meses que llevaban allí, Alina gorjeó como antes.

Entraron en uno de los alojamientos de las SS, y se vieron recompensados por un par de mantas mucho más gruesas que las que había en el pabellón psiquiátrico y por otras tres latas, una de las cuales consumieron en el momento. Resultó estar llena de piña en almíbar, y la niña se manchó todas las comisuras con el dulce jugo.

Luego, abrigadas con las mantas, siguieron paseando. Y en un momento dado llegaron a una explanada en la que obviamente había habido edificios. Aún quedaban varias paredes en pie, y de hecho un trozo de cañería parecía mirar hacia Leah. La mujer se acercó lentamente. ¿Y esas ruinas? Llevaban allí unos meses, era evidente. ¿Bombardeos enemigos? No, los aliados nunca habían bombardeado Auschwitz. ¿Entonces?

De repente lo recordó. Había sido uno o dos meses atrás. Había oído varias explosiones. Alina había llorado y Gritos se había puesto, cómo no, a aullar. Pero las enfermeras habían actuado con plena profesionalidad, como si ya se lo esperaran. Probablemente así era: se trataría de una voladura ordenada por los oficiales del campo, a saber por qué razón. No como la explosión de octubre. Ahí sí que habían gritado todas: internas y enfermeras. Menos Leah, que había sonreído. Y más lo había hecho cuando trajeron a Helga.


El pasado

Le costó reconocer a Helga. El ser desnutrido que ataron a la cama de al lado se parecía más bien poco a la mujer mandona que ella había conocido durante su estancia en el barracón comunal. Ella también había necesitado un par de intentos para reconocer a Leah, y sólo lo había conseguido cuando Alina se había metido entre las dos camas.

Por aquel entonces, Leah llevaba ya dos meses largos en el pabellón psiquiátrico. Las evaluaciones de los doctores eran muy duras, con pruebas que no entendía y un montón de preguntas sobre sus presuntas alucinaciones, pero era más descansado que cargar trozos de metal en la fundición y le permitían llevarse a Alina. Por esa razón, se sentía inclinada a perdonar a Helga. Sí, es cierto que allí no podía entrar Schmuel, pero ¿qué más daba? Recordaba sus ojos y su sonrisa, apretaba la mano de Alina y seguía adelante.

—¿Cómo has acabado aquí, Helga? —le preguntó Alina.

Por toda respuesta, la mujer abrió la boca. Leah sintió que la escasa comida que había tomado una hora antes le volvía a la garganta. A Helga le habían arrancado todos los dientes. Por el aspecto de alguna de las heridas, el último había caído esa misma mañana.

—¡Helga! Pero ¿qué te han hecho? —dijo Leah, tapando los ojos de Alina.

Pero a la mujer le dolía demasiado como para contestar.

—Me cogieron después de la rebelión de la semana pasada —dijo, días después, cuando por fin pudo articular palabra—. ¿Lo oíste?

Pues claro que lo había oído. Recordaba los gritos, los tableteos de las ametralladoras, y ver el fuego por la ventana. Parecía que el incendio iba a consumir el campo entero. Y claro, la explosión. Oyó a una de las enfermeras hablar de presos evadidos, y eso le había hecho sonreír. Schmuel se había liberado y pronto vendría a por ella. ¡Serían libres!

—Lo oí, pero no supe qué pasaba.

—Eran prisioneros. Los llaman “comandos especiales”, y nadie sabe a qué se dedican. En octubre se rebelaron. Le prendieron fuego a uno de los… de los edificios, y se enfrentaron a las SS. Murieron todos.

—¿Y tú qué tienes que ver con eso? —preguntó Leah, pero sonreía. Helga, qué tonta… Schmuel no había muerto.

—Como soy política, pensaron que yo tenía algo que ver. Me llevaron y me… ¿quieres dejar de sonreír? ¿Qué pasa, te hace gracia esto? —y señaló sus encías.

—No, Helga, pero es que no lo entiendes. ¡Schmuel estaba entre ellos, lo sé! Seguro que lo organizó todo. Ahora estará libre y buscando la forma de entrar a por nosotras.

—Por los… ¡Leah, vuelve a la realidad! —dijo Helga—. ¡Schmuel no va a volver a por ti! ¡No había nadie detrás de esa ventana en el barracón, y no hay nadie rescatándote ahí fuera! Si Schmuel no estaba en los comandos especiales, está tan prisionero como nosotros o le habrán matado ya. Y si, por un azar, estuviera en los comandos… Leah, ¡murieron todos! No escapó ninguno.

Leah negó con la cabeza. Aquella mujer… qué tonta podía ser.

—Eso no puede ser, Helga —le explicó con voz suave—. ¿Es que no lo entiendes? ¡Prometió venir a por nosotras, y él siempre cumple con sus promesas! Siempre.

Helga hundió la cabeza en la almohada., resoplando. Poco después se la llevaron y Leah no la volvió a ver.

Tercer día

El presente

Habían dormido en los alojamientos de las SS, después de compartir de nuevo un par de latas. El día amaneció algo más cálido que el anterior, y salieron a dar un paseo. En un momento dado oyeron pasos; Leah volvió a coger a Alina y corrieron a ocultarse en un barracón vacío. Pero su miedo desapareció enseguida: no era más que otro preso, que caminaba hacia las puertas del campo. El hombre las vio, les gritó algo en polaco y siguió su camino.

Pronto se hizo evidente que no eran las únicas que se habían quedado en el campo. Siguieron al polaco hasta una enfermería donde había seis o siete personas en condiciones similares a las de Gritos: demasiado débiles para moverse. Vieron también a hombres y mujeres más o menos sanos, que evidentemente se habían ocultado. Leah no se mezcló con ellos. Secretamente, se alegró de haber escondido la comida que les quedaba: aquellas personas parecían hambrientas, y seguro que no respetarían a su hijita.

Y de repente, un rugido. Uno de los hombres, un soviético, gritó algo.

—¡Ya vienen! —gritó una mujer en húngaro.

Ciertamente, venían. Fueran quienes fueran, venían: al primer rugido se sumó otro, y luego un tercero, hasta formar un coro de motores que convergían en la entrada del campo. Leah, con Alina siempre en brazos, se dirigió hacia el portón.

Los soviéticos entraron en el campo entre vítores. Primero los blindados y los coches; luego cientos de soldados, que ocuparon los edificios importantes. Los presos lloraban y se abrazaban a sus libertadores. Finalmente, llegaron camiones del ejército que empezaron a repartir comida, medicinas y ropa digna. Durante un momento, Auschwitz fue una fiesta.

Pero Leah no participó. Apartó de un manotazo al soldado que intentó conducirla al grupo de liberados; se quedó allí, apenas apartada, mirando la puerta.

—Schmuel, Schmuel, ¿dónde estás? —lloró—. ¡Schmuel! ¡Lo prometiste!

La riada de soldados ya se reducía. El último camión entró en el campo, y dos hombres saltaron de él para asegurar el portón. ¿Cómo era que no estaba allí? ¿Cómo no se había sentado en la cabina de un camión para recoger a su esposa? De repente, la realidad inundó a Leah. Schmuel estaba muerto, o en una de las marchas de prisioneros que se habían ido con los nazis. Schmuel no vendría.

—Lo… lo prometiste, Schmuel —cayó de rodillas.

—¿Leah? —dijo una voz. Una voz que conocía bien.

Alzó la mirada. Allí estaba, vestido de soldado soviético. Schmuel. Leah gritó, y corrió a abrazar a su marido. Le estrechó entre sus brazos y él correspondió, pero algo iba mal. Algo iba muy mal. No había calidez allí. Titubeante, se separó de su marido y le miró a la cara. Sus ojos no brillaban. Estaban apagados, como si hubiera visto demasiado horror.

La vista de su hija le alegraría. Sí, cuando se abrazaran los tres todo iría bien. Levantó en brazos a Alina y se la ofreció a su padre.

—¡Mira! ¡Estamos juntos, por fin! ¿No abrazas a Alina?

Y no comprendió, de verdad que no comprendió, la mueca de terror que se pintó en el rostro de su marido mientras abrazaba a aquel pingajo, aquel atado de mantas y cuerdas sucio de comida y tierra que Leah creía que era su hija.


El pasado

El brillo en los ojos de Schmuel se apagó un día concreto: el dieciséis de mayo de 1944, aquel martes fatídico en que había llegado al campo junto con miles de deportados, entre judíos, gitanos y presos políticos. No se apagó cuando le hizo aquella promesa absurda a Leah, ni cuando la vio desaparecer con Alina en dirección a los barracones de las mujeres, ni siquiera cuando aquel alemán gordo y con galones les soltó un discurso del que entendió menos de la mitad. Fue después.

El alemán les dijo que todos estaban allí por sus errores políticos o por sus deficiencias genéticas, pero que se les iba a permitir enmendarse, trabajando a mayor gloria del Reich. Y luego añadió que había dos clases de trabajo: la dura tarea física y una labor mucho más ligera, en los llamados “comandos especiales”. Quien quisiera formar parte de estos comandos sólo tenía que levantar la mano.

Schmuel se enteró de esto gracias a Gyula, un joven gitano que estaba a su lado y que hablaba el alemán perfectamente. Tanto Gyula como él levantaron la mano rápidamente. Cerca de un tercio de los hombres hizo lo mismo; el resto, quizás por no entender o por desconfianza, no hicieron nada. El alemán volvió a hablar y los nuevos miembros de los comandos especiales pasaron a una sala aparte. Les explicaron que estarían aislados, que trabajarían en “los crematorios”, fuera lo que fuera aquello. Y que su primer día de trabajo empezaría en aquel momento.

Parecían duchas. Eso es lo que siempre recordaría Schmuel: que parecían duchas. Pero no lo eran, porque en su suelo había decenas de personas, desnudas y muertas. Uno de los flamantes comandos especiales comenzó a vomitar. El alemán ladró unas instrucciones incomprensibles.

—¿Qué ha dicho, Gyula? —preguntó Schmuel.

—Dice que… —el gitano tragó saliva—, dice que debemos registrar todos los cadáveres. Que hay que quitarles los anillos, los pendientes, los collares… cualquier cosa de valor que lleven. Que tenemos que abrirles la boca para sacarles los dientes de oro, si los tienen. Y que tenemos que… que registrarles las cavidades corporales por si han escondido joyas.

—Pero cómo vamos a hacer esa barbaridad… —Schmuel empalideció.

—Nos hemos prestado voluntarios… —seguía traduciendo el gitano—. Y como no hagamos lo que se nos dice, iremos nosotros mismos a parar a los hornos crematorios.

Y entonces, y esto es otra cosa que Schmuel recordaría toda su vida, se había establecido una especie de cadena de funciones: algunos hacían la primera inspección, otros registraban los orificios corporales y un tercer grupo llevaba a los cadáveres a los hornos. Schmuel, que quedó en el segundo grupo, había tratado de aislarse de la barbarie que le rodeaba. Pensó en sus tiempos en el matadero de su familia y trató de imaginar que los cuerpos femeninos que manipulaba pues estaban en una cámara de gas de mujeres– no eran más que reses sacrificadas según los ritos kosher.

Así, cuando le llegó el turno de manipular el cuerpo de Alina, no se volvió loco de dolor. Hizo su trabajo como se lo exigían y cargó el cadáver en la carretilla del porteador como si se tratara de una oveja muerta. Gyula no se enteró de que aquel cuerpo era distinto. Schmuel no dejó ni siquiera escapar una maldita lágrima.

Ese fue el momento en que sus ojos dejaron de brillar.

—————-

El trabajo en los comandos especiales no era duro físicamente, y pronto Schmuel perfeccionó su coraza hasta el punto de que dejó de afectarle lo que hacía. Con indiferencia recibía a los convoyes de prisioneros, presenciaba las selecciones, acompañaba a los descartados (ancianos, niños, a veces remesas enteras de judíos o gitanos de todas las edades) a las falsas duchas, les instaba a desnudarse y se retiraba después. Con no menos frialdad ejecutaba el trabajo posterior. Qué más daba.

En los barracones de los comandos especiales la vida era, se decía, algo mejor que en el resto del campo. La comida era relativamente buena, y a veces se permitía que los hombres bebieran alcohol o visitaran el campo burdel, como formas de descargar tensión. Schmuel no participaba de ninguna de esas diversiones: se quedaba en su cama, mirando al infinito, sin pensar en nada de particular.

Ni siquiera pensó nunca en acabar con su vida. Habría sido fácil: una carrera hacia la alambrada, una decena de balas de ametralladora en su espalda y ya estaba. Algunos lo hacían, como forma de suicidio o como tentativa seria de liberación, pero no Schmuel. Aquello habría significado hacer un esfuerzo y ¿para qué? El camino de menor resistencia era seguir vivo, y por ése optó.

Hasta que un día se le acercó Gyula.

—Escucha, algunos chicos y yo hemos descubierto algo —le dijo el gitano, que a estas alturas era el único que aún hablaba con él.

—¿El qué? —dijo Schmuel con voz ronca. ¿Hacía cuánto que no hablaba?

—Mira, ven.

A desgana, Schmuel siguió a Gyula hasta su zona del barracón. El gitano le mostró una inscripción que alguien había hecho en uno de los listones de su cama. Había dos fechas: 9/1/1944 y 9/5/1944. Entre ellas, una inscripción que no entendió.

—Es polaco. “Cuatro meses y sigo vivo. Espero salir pronto de aquí”: eso es lo que pone. Y cinco días más tarde estábamos nosotros ocupando este barracón. Nosotros. ¿Lo entiendes? —le miró fijamente—. Matan a los comandos especiales cada pocos meses. Los renuevan por completo. Y últimamente cada vez traen a menos deportados. No nos queda mucho, amigo mío.

—¿Y qué quieres que yo le haga? —de repente, la perspectiva de morir así, sin más, ejecutado, le parecía hasta agradable.

—¡Sobrevivir! No puedo decirte nada más, pero hay un plan en marcha. En una semana huiremos de aquí. ¿Te apuntas?

Schmuel miró a los ojos a su amigo.

—Me da igual. De verdad.

—¿Es que no tienes sangre en las venas? ¿Qué te pasa? ¿No tienes a nadie por quien luchar?

Fugazmente, Schmuel pensó en Leah. Leah, que nunca había sido demasiado fuerte. Sabía que en el campo las mujeres trabajaban igual de duro que los hombres. Algo rajó su coraza de apatía durante un momento, pero no duró demasiado. Leah estaba muerta, como lo estaba Alina y como lo estarían ellos, triunfara o no el plan.

—No —respondió—. A nadie.

—————-

Apenas se acordaba del día de la bomba. Vio fuego y humo, y escuchó cómo los organizadores del atentado les gritaban para que corrieran. Tenía la impresión fugaz de varios oficiales de las SS cayendo bajo la masa. Luego, los tiros. Vio a Gyula muerto, abatido por una ametralladora alemana. Tampoco le importó. Se limitó a cambiar de dirección. Y de repente estaba libre. Un grupillo de diez personas corría hacia no sabia dónde. Los nazis venían detrás. Varios cayeron, otros se dispersaron y por fin se quedó solo.

Parte de su apatía se quedó en el campo. Cuando se vio en soledad, la necesidad le espoleó. Caminó hacia el este, robando lo que necesitaba de granjas semiabandonadas. Aquella zona estaba a punto de hundirse como frente de guerra, y se notaba. Y por fin, un día, una columna soviética de blindados le acogió en su seno. Le vistieron como uno de ellos, e incluso le dieron un rifle. Y le llevaron de nuevo hasta Auschwitz.

El presente

Schmuel abrazó con horror aquella cosa, aquel sustituto de hija que se había fabricado Leah. Estaba frío y olía mal. Pero su mujer le miraba con amor, y Schmuel aumentó la fuerza de su abrazo. Ante la evidencia de la muerte de su hija, ambos habían tomado caminos separados: ella, la completa fantasía; él, el más sucio pesimismo.

—Sabía que vendrías. Lo prometiste…

Aquella estúpida promesa, ahora la recordaba. La culpa le inundó. Ella había mantenido la esperanza, basándose en una imagen de él que ya no existía, y él la había dado por muerta… Tragó saliva. Sintió cómo la coraza empezaba a agrietarse, y cómo las emociones que llevaba meses conteniendo pugnaban por salir. Era casi un dolor físico, que le hizo sentarse.

De repente, sintió que quería recuperarse. Quería volver a ser el que era. La conciencia de este hecho atravesó las capas de cinismo y apatía en que se había envuelto. Pero no podía hacerlo solo. Necesitaba a Leah… y Leah le necesitaba a él. En algún momento la burbuja de ella estallaría, y entonces él tendría que estar allí para acompañarla en su dolor. Por fin, puso en palabras el pensamiento que llevaba meses esquivando: si querían recuperar un asomo de normalidad, si no querían perderlo todo, tendrían que aceptar que habían perdido una hija.

Se sentó en un banco y abrazó con una fuerza inesperada a su esposa. A su lado, el muñeco cayó al suelo. Si la burbuja tenía que estallar, que estallara. Sí, no era buen momento, pero ¿cuándo lo sería? ¿Cómo se allana el camino para convencer a tu esposa de que ha estado nueve meses viviendo en una fantasía? No existe manera posible.

—Escucha, Leah, he de contarte algo. No va a ser bonito, pero quiero que sepas que pase lo que pase voy a estar a tu lado siempre. No me voy a separar de ti, y voy a ayudarte a asimilarlo, ¿entiendes?

Ella asintió, pero la voz le temblaba cuando respondió:

—¿Me lo prometes?

Y él respondió:

—Te lo prometo.

Y por Dios que ésta la iba a cumplir.


El 27 de enero de 1945 era liberado Auschwitz, el campo de concentración más famoso de todos los creados por el régimen nazi. Dividido en tres campos (dos de trabajo y uno de exterminio), se calcula que albergó a 1,3 millones de internos, de los cuales murieron 1,1 millones. El grupo étnico más numeroso fue el de los judíos húngaros, al que pertenecen los protagonistas. Miles de húngaros fueron deportados a Auschwitz en 1944, cuando Alemania invadió su país: en principio Hungría era miembro del Eje, pero estaba en conversaciones de paz con la URSS.

Aunque cuando se habla de los asesinatos masivos de los nazis solemos pensar en los judíos, no me he querido olvidar de los gitanos y de los presos políticos, con quien también se practicó el exterminio. De ahí vienen los personajes de Gyula y Helga, respectivamente.

Los comandos especiales existieron realmente, y también es cierto que un grupo de ellos intentó rebelarse en octubre de 1944, con escaso éxito. Un mes después, las propias SS destruyeron las cámaras de gas: era evidente que la guerra estaba perdida, y quisieron borrar las huellas más evidentes del exterminio masivo.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

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