Marie

       El coche llegó a la granja de los Fontaine cuando ya hacía varias horas que había anochecido. Lo escucharon acercarse, con el sonido del motor cada vez más fuerte. Regine cerró los ojos y sus labios se movieron en una rápida oración, que se cortó cuando el ruido paró abruptamente en el patio delantero. Luego oyeron cómo se abrían y cerraban las portezuelas del automóvil y, finalmente, varios golpes en la puerta. Pierre tragó saliva y se dirigió a la entrada. Una nueva lluvia de golpes, ésta más rápida. Pierre abrió la puerta.

     Los alemanes entraron en la habitación. Eran tres: un oficial, un soldado y un tipo vestido de civil que llevaba una carpeta. Mirándolo mejor, este último no parecía alemán sino francés. El oficial miró por encima a los miembros de la familia y le preguntó al funcionario:

       —¿Están todos? —hablaba en un francés correcto pero con un fuerte acento.

     —Familia Fontaine, cuatro miembros —dijo el civil mientras rebuscaba entre sus papeles. Claramente era francés, y de la región—. Pierre, cuarenta y siete años; Regina, cuarenta y dos; Claire, veinte; Emile, quince.

     —¿Son ustedes? —gruñó el oficial. Pierre asintió—. ¿No hay más familiares? ¿Nadie más en la casa?

       —Había una anciana, la madre de Regina, que murió el año pasado. Además tienen dos hijos mayores, que ahora mismo están enrolados en el ejército —el civil acercó la hoja a la lamparita que proporcionaba luz a la estancia—. Para suplir su falta, trabaja con ellos un mozo, un tal Michel, pero no vive aquí sino en el pueblo, en casa de su madre.

      —Bien. Escúchenme atentamente: hace unas horas, cuando estaba oscureciendo, se ha oído por esta zona el ruido de un avión. Como saben, algunos traidores han estado operando escondidos por aquí, tratando de detener al ejército del Reich. Creemos que el avión les lanzaba suministros o apoyo de algún tipo. ¿Han visto ustedes algo?

       —No… no, en absoluto. Hemos estado toda la tarde en la casa —dijo Pierre.

       —Yo creo que oí el avión, herr oficial —dijo Regina, solícita—. Fue hacia las nueve de la noche, ¿verdad? Pero pasó muy rápido y no oí nada más.

       El oficial les escrutó a todos con cara inquisitiva, pero no parecía con ganas de realizar un interrogatorio formal. Estaba claro que quería estar en cualquier lugar salvo allí, haciendo una investigación entre paletos franceses. Volvió a hablar:

       —Muy bien. Si durante los próximos días ven u oyen algo sospechoso, informen de ello a la mayor brevedad. Les comunico que la pena por ayudar a los traidores es la muerte. Buenas noches.

       Y, tan rápido como había venido, el coche se alejó rumbo a la siguiente granja. Los Fontaine volvieron a sentarse, en silencio. Tres de ellos estaban muy preocupados: aquello no podía traer más que problemas. Pierre y Regina se miraban con miedo. De sus cinco hijos, el mayor había muerto a principios de la guerra, en el desastre del río Mosa. Pobre Pierre, con lo gallardo que estaba con su uniforme de artillero. No querían perder a los demás. Claire, por su parte, había escuchado demasiadas cosas acerca de lo que habían hecho los nazis en tal o cual pueblo lejano.

       Emile, por el contrario, estaba exultante. Porque pocas horas atrás, cuando había ido a echarle una ojeada a las vacas porque los cencerros habían repicado con una fuerza extraña (un incidente tan banal que nadie de su familia lo había recordado durante el interrogatorio) se había encontrado con un ángel. El ángel se llamaba Marie, había venido en el avión y le había encomendado una misión divina: que nadie supiera que estaba en aquel lugar.

       Y de momento la estaba cumpliendo con toda fidelidad.

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       Marie había escuchado con miedo el acercamiento del coche alemán. Tenía una pistola, sí, pero en el coche habría al menos cuatro hombres. Si el crío la delataba estaba perdida. El corazón le había latido con furia, como si quisiera salírsele del pecho. Y luego, de nuevo el ruido del motor, ahora perdiéndose en la lejanía. Había vuelto a respirar a ritmo normal.

       Desde el momento en que se había puesto el paracaídas las cosas no dejaban de salirle al revés. Primero una mala caída al aterrizar, algo que nunca le había pasado durante los entrenamientos. Se había torcido un tobillo; no era grave pero le dolía. El plan original incluía que caminara durante toda la noche y cogiera a la mañana siguiente un tren a Burdeos, donde se cambiaría y empezaría a representar su papel. Pero estando así no le quedaba más remedio que reposar durante unas horas.

       Así las cosas, meterse en un establo le había parecido la opción menos mala. Podía esconderse y vigilar la entrada, algo que no pasaría en pleno bosque. Es cierto que también era una ratonera, pero con el pie así cualquier cosa lo era. Y además amenazaba lluvia. Las nubes eran una de las razones por las cuales el lanzamiento no se había efectuado de madrugada. Se trataba de hacerle aterrizar cuanto antes, para que dispusiera de toda la noche para moverse. Pero ahora, la combinación de lluvia y viento otoñal se le antojaba peligrosa. Sólo faltaría que una neumonía echara al traste con una misión preparada durante meses.

       Por ello había desplegado el plano de la zona, había buscado una granja y se había dirigido a ella. Había tenido la inmensa suerte de que el establo estuviera abierto. ¡Alabadas sean las costumbres pueblerinas! Dentro, tres vacas y dos terneros la habían visto pasar con indiferencia, apenas iluminada por el foco que emitía su linterna militar. El establo tenía un segundo piso, que probablemente se usaría como trastero. Se accedía por una escalera de mano, y hacia ella se había dirigido Marie.

       Ése había sido el segundo problema de la noche. Cuando llevaba tres escalones, el pie malo le falló y cayó al suelo. No hizo mucho ruido, pero las vacas se agitaron y el sonido de sus cencerros llenó la noche. Marie maldijo por lo bajo, se levantó e hizo el esfuerzo sobrehumano de subir al segundo piso. Era una buhardilla con apenas unas pocas cajas y bultos en una esquina. Había un ventanuco que se abría a la fachada del edificio.

       Sus deseos de que nadie hubiera oído la caída no se cumplieron. Al poco rato, una persona entró en el edificio. Aplicó el ojo a un agujero que había entre dos de las tablas del suelo: era un chico joven, casi un crío. Le oyó caminar por entre los establos, calmando a las vacas. Marie contuvo la respiración. El chaval llegó al final del establo y había dado la vuelta ya, cuando de repente se detuvo. Marie volvió a mirar por el agujero. El adolescente estaba agachado, mirando algo en el suelo.

       Marie empezó a sentir pánico. Se palpó los bolsillos. ¿Se le habría caído algo? De repente lo notó. El collar con la cruz de plata que le había regalado su madre, católica ferviente, cuando había cumplido los quince años. Ya no estaba. Quizás se había soltado durante el accidente, y como era tan liviano no se había dado cuenta. A veces se le aflojaba el enganche…

       Empezó a oír pasos en la escalera, y la luz temblorosa de una vela comenzó a iluminar la estancia. ¿Esconderse o quedarse quieta? Daría igual: no podía moverse con sigilo en aquellas condiciones, y además aquello estaba casi vacío. Decidió moverse y afrontar lo que viniera. Con disimulo, sacó la pistola y la dejó detrás de una viga, al alcance de la mano.

       El chaval terminó de subir. Sostenía en su mano la cadenita con la cruz. Efectivamente, tenía unos catorce o quince años, y una cara un tanto peculiar. ¿Sería retrasado? Si fuera así quizás consiguiera engañarle. Empezó a urdir a toda velocidad una historia. A lo mejor no necesitaba usar el arma y podía conseguir que le dejara descansar. “Venga, Marie, piensa”, se dijo mientras el chico abría mucho la boca y los ojos. Pero no tuvo que hablar. El chico lo hizo primero.

       —¿Eres un ángel? —preguntó con sorpresa.

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       El ángel era un ser maravilloso: una preciosa mujer que hablaba con voz suave. Emile nunca había visto a alguien así; por supuesto, le había devuelto su cruz en cuanto se la había reclamado. Ella, con voz queda, le había pedido que no dijera nada de su presencia allí. Tenía una misión que cumplir, y se frustraría si era atrapada. Y había cumplido: cuando el general nazi se había presentado en su puerta había temido que les hicieran daño: cuando veía a los soldados siempre tenía ese miedo. Pero no había sido así, y había pasado la prueba con nota.

       Después de que sus padres y su hermana se fueran a dormir, Emile bajó a la despensa. Seguro que el ángel querría comer algo. Tomó media hogaza de pan, algo de queso, dos peras y uno de los cuatro muslos de pollo en salsa que había en la olla grande, lo puso todo en un plato y lo llevó al establo. Las vacas no se agitaron; ya le conocían. Subió muy lentamente la escalera. Lo hacía siempre todo así, de forma concienzuda: al fin y al cabo, y como no dejaban de repetirle sus padres, dentro de nada sería un hombre. No podía dejar que le cayera nada de comida.

       Una vez en el trastero caminó rápidamente hacia al ángel, dejó el plato a sus pies y se retiró, con reverencia. Marie le miró con agradecimiento y empezó a comer. Se terminó rápidamente el muslo de pollo, mojó el pan en la salsa y terminó con el queso y la fruta. Luego le devolvió el plato. Toda la escena transcurrió en silencio: el ángel no hablaba y Emile tenía demasiado miedo como para hacerlo.

       Sólo al final, cuando ya tenía el plato en la mano, se atrevió a preguntar.

       —¿Habéis venido a salvar Francia?

       El ángel dio un respingo y Emile tragó saliva.

       —¿Por qué lo preguntas?

       —Es lo que dice mi madre. Que Francia ha sido invadida por salvajes, pero que si rezamos a Dios con fe, enviará a un ángel para salvarnos. Y yo tengo mucha fe.

       El ángel le miró con compasión.

       —Sí, mi niño, a eso vengo. A salvar Francia. Pero para eso necesito que seas discreto. Es importante que no digas nada.

       Emile hizo un gesto de impaciencia.

       —¡Si no ha dicho nada! Ni mis padres, ni mi hermana, ni los alemanes han sabido nada. Y te he traído comida…

       —Muchas gracias, mi niño —sonrió el ángel—. Pero no hacía falta. Escucha, ahora tienes que mantener el silencio. Mañana por la noche me habré marchado, pero…

       —¿Me llevarás contigo? —preguntó Emile a bocajarro. El ángel puso una cara extraña, y Emile continuó—. ¡Mi mayor deseo es irme fuera de aquí y ver el mundo, como mis hermanos! Ver París, y las demás ciudades… y verlos a ellos, que se han tenido que ir a luchar con los nazis.

       —Escucha, chico… eso es imposible. Viajo en solitario y…

       Emile sintió que le empezaba a temblar el labio inferior y que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Su padre decía que los hombres no lloraban, pero en ese momento él no se sentía un hombre. Se sentía un crío rechazado. Él había ocultado al ángel, le había traído comida, y ahora… ahora… Una lágrima le cayó por la mejilla.

       —Oye, espera, chico. ¿Quieres viajar conmigo? —se apresuró a decir el ángel.

       —Sí… por favor…

       —Mañana, a esta hora, ven aquí. Nos iremos juntos.

       Cuando Emile se acostó estaba pletórico.

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       Al final no había llovido. Después de amenazar durante horas, las nubes se habían dispersado hacia la una y media de la madrugada. Ahora por el ventanuco del trastero entraba la luz mortecina de la luna menguante. Marie, parapetada detrás de unas cajas que había colocado para que le defendieran de la luz, intentaba dormir. Pero le era imposible. No podía dejar de pensar.

       No estaba segura de si Emile era tonto o si simplemente era un chaval de pueblo, ingenuo y algo inmaduro para su edad. ¿Creería de verdad que ella era un ángel, o sería una forma de expresar otra cosa? Marie había leído, por supuesto, a Freud. ¿Sería la primera vez que aquel chico veía a una mujer que no fuera su madre, su hermana o las catetas del pueblo? A veces se le olvidaba que no todo era París o Londres.

       Lo que estaba claro es que no se le daban bien los niños. ¿Cómo se le había ocurrido aceptar que viniera con él? Por supuesto la promesa era falsa, pero ¿qué pasaría si el chaval le exigía su cumplimiento? Tendría que evitarlo de alguna forma. Y sí, aquello había sido un error, pero ¿qué otra cosa le podría haber dicho? Su vida dependía de la buena voluntad de aquel adolescente. Tenía que seguirle el juego, al menos durante el día siguiente. Una llamada a los puestos nazis de la zona y era mujer muerta.

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       Emile se despertó con el alba. Tenía que ir a los campos, con su padre y con Michel, el mozo de granja. Les esperaba un día duro: había que sacar las patatas de una de las parcelas y, si quedaba tiempo, sembrar de trigo otra de ellas. Los dos hombres y el adolescente trabajaban a destajo y en silencio, como hacían siempre. Pero durante una de las pausas Michel se puso a hablar.

       —Siento estar rindiendo tan poco hoy, patrón. Apenas he dormido.

       —¿Y eso?

       El mozo miró a izquierda y derecha, en un gesto mecánico para comprobar que nadie más podía escucharle. No hacía falta; sólo estaban ellos tres en el campo. Pero tres años de ocupación alemana habían hecho que incluso las personas más francas y abiertas se volvieran precavidas. Michel bajó la voz.

       —Los nazis estuvieron interrogando a un tipo que se aloja en casa. Un comerciante que llegó la semana pasada. Al parecer ayer por la tarde un avión dejó caer no sé qué objeto para la Resistencia, y los alemanes estaban como locos por encontrarlo. Sospecharon de ese hombre y tuvieron alborotada la pensión durante toda la noche.

       —¿Le hicieron daño? —preguntó Pierre, alarmado.

       —No, pero fueron muy insistentes. También nos interrogaron a todos los de la casa, varias veces. Que qué sabíamos de aquel hombre, que si acostumbraba a caminar por el campo, que si le habíamos visto aquel día… una pesadilla. Y al final para nada, porque se fueron sin llevárselo detenido.

       —A casa también vinieron —gruñó Pierre—. Pero fue un interrogatorio muy breve. Tuvimos suerte.

       Hubo una pausa.

       —Estoy harto de alemanes —dijo por fin Michel—. Le juro que si supiera cómo contactar con la resistencia…

       —Calla —ahora fue Pierre el que giró la cabeza a un lado y al otro.

       —¿Por qué? Aquí nadie puede oírnos. Salvo su hijo, y no creo que Emile vaya a traicionarme. ¿Verdad que no, chaval? —y le revolvió el pelo, un gesto que odiaba.

       ¿Cómo iba a él a delatar a Michel? ¡Si él sólo quería que los bárbaros se fueran   ! Se imaginó a sí mismo entrando en París de la mano del ángel y viendo todos aquellos monumentos de los que le hablaba Octave en sus cartas. La torre Eiffel, los campos Elíseos, el maravilloso Sena… Caminarían hacia el cuartel en el que estaban atrapados sus hermanos, donde ya no habría oficiales porque habrían huido. Octave y Louis, que ya se habrían despojado de los uniformes del ejército invasor, le abrazarían y se lo llevarían de vuelta a casa. Y allí los tres abrazarían a Claire, y madre dejaría de sobresaltarse cada vez que oía un ruido fuerte y padre ya no estallaría en cólera a la mínima.

       Tuvo que contener las lágrimas mientras volvía al trabajo. Los hombres no lloran.

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       El chico no le trajo desayuno ni comida. Por suerte, Marie tenía raciones de emergencia. Se suponía que tenía que usarlas como cena el día del lanzamiento y como desayuno el siguiente, pero los intendentes militares habían insistido en que cogiera un par de paquetes extra, y eso era lo que estaba comiendo. De nada le serviría empezar la caminata esa noche si estaba desfallecida.

       Su pie ya estaba bien. Se había despertado con los primeros rayos del sol y había podido comprobar que ya no le dolía. Tampoco estaba hinchado, oscurecido ni nada similar. Incluso había probado a dar un paseo por su refugio, pero la entrada de dos mujeres en el establo (que se tiraron un buen rato ordeñando las vacas) le hizo detenerse. Después de eso no se había atrevido a nuevas excursiones. Se había sentado en la misma escalera donde había dormido y había estado arreglando el collar de la cruz.

       Atardecía cuando el chico volvió a subir por las escaleras. Se le había quedado mirando y le había preguntado a bocajarro:

       —¿Me llevarás a París?

       —¿Perdón?

       —¡Mis hermanos están allí! ¿Me llevarás?

       Joder, que no se echara a llorar otra vez. Marie intentó formar una frase coherente.

       —Mira, yo… lo he pensado mejor, ¿entiendes? No puedo llevarte conmigo. Es una misión peligrosa y… —no pudo terminar. El crío empezó a llorar y le dio un puñetazo a las tablas que formaban el techo. Toda la estructura retumbó.

       —¡Eso mismo decía Pierre, que no podía llevarme conmigo porque era muy peligroso! ¡Y Louis y Octave también lo dijeron! Que yo era un niño, que no podían llevarme a la guerra. ¡Pero ya soy un hombre, y me llevarás contigo!

       La vehemencia del chaval le sorprendió. Le daba un poco de risa, y también lástima. Pero tenía que ser pragmática. Su vida dependía de ese chico. Si no era por las buenas sería por las malas: le diría a todo que bueno, renovaría su cita con él y se largaría en cuanto anocheciera. Él no sabía hacia dónde tenía que ir ella, y no creía que los padres se arriesgaran a contarle a los alemanes que habían escondido a una espía en su establo durante 24 horas. Una lástima, pero…

       —Escucha, escucha, no te pongas así —le tocó en el hombro. El chico se estremeció—. Vale, me has convencido. Te llevaré conmigo. Iremos a París.

       —¿Seguro? —el adolescente seguía haciendo pucheros.

       —Seguro. Esta noche, a la misma hora que anoche. ¿Hay reloj en tu casa? —el chico asintió—. A la una de la madrugada. ¿Podrás recordarlo?

       El joven asintió. Pero de repente la miró con desconfianza.

       —Louis también me prometió que me llevaría con él. La noche antes de su partida me lo juró… y por la mañana ya no estaba. ¿Cómo sé que no me vas a hacer tú lo mismo?

       Mierda. ¿Qué se contestaba a eso?

       —Pero… pero yo soy un ángel —trató de sonreír—. Y los ángeles no mentimos.

       Respuesta equivocada. El chaval volvió a enfurecerse.

       —¡Louis también me dijo eso! “¿Te mentiría yo acaso, camarada?”, me dijo. ¡Y a la mañana siguiente se había largado! No, quiero una garantía.

       —Está bien. ¿Qué quieres?

       —¡Eso! —chilló el joven mientras señalaba el crucifijo de plata.

       Marie tragó saliva.

       —Escucha, chico, eso… eso no puede ser. Es un regalo muy querido. No puedo desprenderme de él.

       —¡Pues por eso! —y luego volvió a rebajar el tono—. Lo cuidaré bien, lo prometo. No le pasará nada. A la una estaré aquí con el crucifijo. Te lo juro.

       No parecía haber otra opción. Sintiéndose una basura, se quitó el collar y se lo dio. El joven se lo metió en el bolsillo mientras esbozaba una gran sonrisa de satisfacción. Luego se dio la vuelta y, tras lanzarle un “gracias” apresurado, salió corriendo.

       La tristeza de Marie, al contrario que la del chico, era seca. Se derrumbó al lado de una viga. Sentía la boca amarga. Le había fallado por completo a su madre. Ahora mismo ella creía que su hija estaba en Sudáfrica: recibiría todos los meses un cheque con su sueldo y una carta falsa donde le contaban las maravillas de aquel país. Algún agente de Operaciones Especiales experto en falsificar letras se cartearía con ella hasta que la guerra terminara o algún alemán le pegara un tiro a su hija. Sólo entonces descubriría que Marie le había mentido y había roto la segunda promesa solemne que le había hecho en su vida: no volver a Francia mientras hubiera un nazi en ella.

       La primera promesa había sido la de no desprenderse jamás del crucifijo de plata, y acababa de destrozarla también. Podía hacer que su transgresión fuera menos dolorosa si recuperaba el collar: al menos no lo habría perdido para siempre. Pero para eso tenía que esperar al chaval y comprometer así el éxito de la misión. Siempre le quedaba el recurso de irse con él, recobrar la joya y luego abandonarle a las primeras de cambio… pero el chico podría ser muy persistente. ¿Y si le seguía? ¿Y si iba a un punto habitado y empezaba a preguntar por ella?

       Había demasiadas variables en juego. No podía decidir.

+++++++++++++++++++++++++++++++

       Las cosas empezaron a torcerse en cuanto regresó a casa. Madre le miró con una expresión extraña cuando le vio entrar por la puerta. Luego se fue con su padre a la cocina y les escuchó susurrar. No sabía qué pasaba, pero ya sabía que después de los ruidos venían siempre los gritos y, últimamente, los golpes. No quería quedarse allí para verlo.

       Salió al patio trasero, donde, cinco años antes, Pierre había construido un columpio. Se sentó allí y empezó a balancearse lentamente. Miró el cielo, que ya empezaba a estar completamente oscuros. ¿Cómo serían las estrellas en París?

       —¡A cenar! —gritó madre por la ventana. Su voz parecía normal.

       Se levantó del columpio y entró en la casa. Se dirigió al comedor, pero se detuvo cuando entró en la habitación. Encima de la mesa estaba la olla grande. La de los cuatro muslos de pollo. Y justo entonces la mano de su padre le cayó sobre el hombro como una pesa de mil kilos.

       —¡Hombre, contigo quería yo hablar!

       Emile miró a derecha y a izquierda. No había salida. Dentro de la habitación madre le miraba preocupada. Claire parecía no comprender lo que pasaba.

       —Dice tu madre que en la olla de la cena había cuatro muslos de pollo y ahora sólo quedan tres —continuó su padre, obligándole a mirarle a los ojos—. Cuando se ha dado cuenta, ha mirado en la despensa y ha visto que faltaba media hogaza de pan de ayer que pensaba utilizar para hacer sopa, y parece también que alguien le ha dado un buen tiento al queso. ¿Sabes algo de todo eso?

       —No, no sé de qué hablas —dijo, mientras trataba de apartar la mirada. Padre le cogió la barbilla y le forzó a volver la vista al frente—. Habrá sido Michel.

       —Nos hemos encontrado con Michel esta mañana en el campo, y no ha venido a casa hoy. Anoche estaba todo lo que ahora falta. Ha sido alguien de esta casa, entre que nos fuimos a acostar y anoche.

       Desesperado, Emile miró a Claire. De repente, una bofetada impactó en tu cara.

       —¡No te atrevas a intentar acusar a tu hermana! Sabes muy bien que su puerta está enfrente de la nuestra; anoche estuve desvelado y la habría oído salir si hubiera sido ella. ¡Fuiste tú! ¿Por qué lo hiciste? ¿Es que en esta casa te falta comida? ¡Afronta las consecuencias, como un hombre!

       —Escucha, Pierre… —madre se acercó a padre, pero éste se la sacudió de encima.

       —¡No, Regine, no! El pollo y el pan me dan lo mismo, pero este crío aprenderá a comportarse con rectitud como que me llamo… ¡no, joder, no llores! ¡NO LLORES!

       Nuevo bofetón, esta vez más fuerte. El enjuto cuerpo de Emile salió disparado hacia atrás, tropezó con una de las sillas del comedor y cayó al suelo. Claire gritó. Regine también. Pierre se adelantó, con los puños cerrados, y le propinó a su hijo una brutal patada. El chaval se encogió sobre sí mismo.

       —¿Qué es eso que tienes ahí? —gritó su padre, fuera de sí.

       Demasiado lento, Emile se volvió. Sólo pudo ver cómo la mano de su padre le pasaba por delante de la cara y se apoderaba de algo que había en el suelo. El crucifijo de plata se le debía haber caído del bolsillo durante la paliza. Su padre miró al objeto y luego a su hijo, con ojos incrédulos. Luego agarró la camisa de Emile y empujó a su hijo contra la pared.

       —¿Eres un ladrón? Dime, ¿eres un ladrón? —le gritó casi a la cara—. ¿Dónde has cogido esto? ¡¿De dónde lo has sacado?!

       Y Emile se derrumbó. Lo contó todo, desde su visita a las vacas la noche previa hasta aquel mismo momento. La cara de su padre, hasta aquel momento roja de rabia, empalideció.

       —¿Has dado cobijo y comida a una espía? Nunca creí que serías capaz de… —le apretó el brazo con fuerza.

       —Padre, por favor, suélteme. ¡Me hace daño!

       —No te lo estarás inventando, ¿no? —de nuevo la sospecha en sus ojos—. ¿No será uno de tus truquitos para eludir el castigo?

       —No, yo…

       —Vamos al establo. Y como tu espía no aparezca…

       Salieron los cuatro de la casa. Pierre tironeaba de su hijo por el brazo; las dos mujeres iban detrás, con miedo. Emile sentía que ya no le quedaban lágrimas. No podía llorar. ¿Sería aquello lo que su padre llamaba hacerse un hombre? No lo sabía, y le estaba empezando a doler la cabeza. Lo que sí sabía es que Marie le esperaba en el establo, confiada en que vendría solo. Él mismo se había asegurado de ello.

       Su padre abrió la puerta del establo de una patada. Las vacas se sobresaltaron y mugieron, pero a él no le importó. Soltó a su hijo y empezó a subir la escalera. Llegó al piso de arriba. Y se detuvo.

       —Subid —dijo, secamente.

       Hijo, esposa e hija subieron por ese orden. La luz de la luna entraba por el ventanuco, iluminando toda la estancia. Allí no había ninguna espía. Pero sí señales indudables de que había estado hacía poco: las cajas y baúles estaban cambiadas de sitio, había latas de conservas vacías y envoltorios de chocolate apilados en una esquina y de otra partía un más que evidente olor a orines. Se había ido. Se había largado sin esperarle. Pese al crucifijo.

       Emile vivió la media hora siguiente como un sueño. Su padre ordenó a Regine y a Claire que volvieran a poner los bultos del trastero tal y como estaban y que limpiaran la esquina donde había orín. Mientras, él mismo metió la basura en una bolsa de papel y se dirigió a la casa, donde tomó una pala. Abrió un agujero en una zona de la finca donde sólo había matojos, tiró allí el paquete y, antes de enterrarlo, arrojó también el crucifijo de plata.

       —De esto no puede quedar ni rastro —dijo al final Pierre—. Ni huella. Si los alemanes se enteran de esto seremos fusilados los cuatro. No se habla de este incidente a nadie, por muy de confianza que sea. ¿Entendido?

       Claire y Regine asintieron. Emile también, con más lentitud. Su padre le miró por un segundo, pero luego emprendió el regreso a la casa. Su esposa y su hija le siguieron. Emile vio cómo entraban en la casa.

       Así que ya estaba. Igual que Louis y que Octave. Le prometió que le esperaría y no lo había hecho. Una espía de los ingleses, lanzada en paracaídas la noche anterior y que a saber por qué se había escondido en su establo. Probablemente ni siquiera se llamase así. Y él, con su tontería de los ángeles, la había puesto en un enorme aprieto.

       Empezaba a comprender lo estúpido que había sido. Se había comportado como un crío en un mundo de adultos, y había recibido a cambio el trato que los adultos dispensan a los críos: mentiras, golpes y decepción. Todo el dolor de la noche (el abandono de Marie, los golpes y gritos de su padre, el hecho de que le hubiera llamado ladrón) le vino de golpe. Y sin embargo, ya no podía llorar. Antes habría sollozado un poco y después se habría calmado, pero ahora ni siquiera le salían las lágrimas.

       Si aquello era ser un hombre, dolía como el infierno.

       Cecile Pearl Witherington Cornioley (nombres en clave Marie y Pauline) fue una de las agentes británicas más eficaces que jamás hubo en territorio francés. Se había criado en París, así que dominaba el idioma a la perfección. Quedó atrapada en la Francia nazi, pero logró evadirse. En septiembre de 1943, y contra la promesa hecha a su madre, volvió al país galo, ahora entrenada por Operaciones Especiales.

       Uno de sus principales trabajos en Francia es, aprovechando que gracias a su perfecto dominio del idioma puede pasar por una francesa rica, contactar con industriales poderosos. A ellos les propone un trato: o empiezan a sabotear su propia producción o la RAF les reduce las fábricas a escombros. Pero aparte de eso también encuentra tiempo para sabotear las comunicaciones alemanas: una de sus acciones más famosas es el corte de la línea de tren entre París y Burdeos.

       El día D, Cornioley también jugó un papel importante, como líder de una fuerza de distracción que impidiera a los alemanes centrarse en Normandía. Lo consigue. La culminación de su hoja de servicios es presidir la entrega de 18.000 prisioneros alemanes.

       Marie murió en 2008, con 93 años de edad. Fue nombrada miembro tanto de la Orden del Imperio Británico como de la Legión de Honor, pero en su momento se le denegaron las condecoraciones militares a las que tenía derecho debido a su sexo. Sólo en 2006, dos años antes de morir, recibió la condecoración de la RAF.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

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