Muerte de un obrero

Matías era socialista. ¿Cómo no serlo? Era impresor, y los impresores  siempre han sido gente de ideas avanzadas. También era obrero, con lo que dichas ideas calaban en su mente con más facilidad que si tuviera el pan asegurado. Él tenía que ganarse el jornal día tras día y depender de lo que el jefe de la imprenta tuviera a bien pagarle. Los ideales revolucionarios fructificaban allí que daba gusto.

Le gustaba definirse como un hombre formado. Leía y escribía de corrido, y había tenido acceso a las principales obras del socialismo científico, del anarquismo y de lo que desdeñosamente se conocía como socialismo utópico. Había aprendido de los mejores. Cuando Paul Lafargue (¡el mismísimo yerno de Karl Marx!) había estado en España, Matías le había alojado durante varias noches. Incluso había estado en aquella reunión semiclandestina donde habían acordado fundar un nuevo partido para representar a todo el movimiento obrero.

No todo habían sido triunfos. De hecho, ahora que tenía tiempo para pensar (estaba atado en una silla, sin nada que hacer para evadir el hambre), llegaba a la desalentadora conclusión de que no había habido un solo triunfo. Había viajado a la Comuna de París, había estado en el cantón de Cartagena, había fundado periódicos y escrito artículos bajo pseudónimo, había movilizado huelgas. Y ¿qué había conseguido? La bala de un policía francés alojada de forma permanente en su costado y una serie de estancias en la cárcel que, sumadas, superaban los tres años.

La puntilla había sido lo del perro. El maldito perro Paco.

—¡Es que es inaudito! —decía Matías a partir del tercer vino—. Un perro entra en un café para mendigar la cena, le cae en gracia a un noble y de repente tiene acceso franco a todos los sitios elegantes de Madrid y a la plaza de toros. Le dan gratis de comer y nunca le falta un lugar caliente y cómodo para dormir. ¡Gracias a que un noble le acaricia la cabeza, ese perro tiene más derechos que nueve décimas partes de la población española! ¡Si faltará nada más que le hagan salir diputado!

Matías solía pronunciar sus discursos en la sede de El obrero, el periódico semiclandestino que dirigía. Allí recibía los elogios de una pequeña multitud formada por sus compañeros de trabajo, sus correligionarios y sus amigos. Todos ellos alababan el pico de oro que tenía Matías y lo acertadas que eran sus ideas. Todos salvo uno.

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Germán no era socialista. Había nacido en la misma calle que Matías, pero su familia había ascendido en la vida. Gracias a una herencia de un tío de América, su padre había podido poner una tienda de telas que servía a los barrios ricos de Madrid. El negocio era próspero y, aunque no se ganaban millonadas, Germán vivía bien. Era el heredero, así que su trabajo consistía sobre todo en atender a las clientas.

La amistad entre Germán y Matías no era de las más íntimas. Como Germán siempre decía, “puedo prestarle dinero pero nunca sería su padrino en un duelo”. Lo primero lo hacía con frecuencia, cada vez que multaban a El obrero por sus contenidos. Lo segundo era imposible, porque Matías se preciaba de no ser un caballero. Si alguna de las personas ofendidas por sus artículos le retaba formalmente, se limitaría a reírse de él.

Dentro de la redacción de El obrero, Germán era un bicho raro. Entre tanto periodista de baja estofa y tanto trabajador con las manos manchadas de tinta y los brazos llenos de heridas de las máquinas, él aparecía siempre vestido de forma impecable, como si viniera de una fiesta de gala. Sabía que Matías toleraba su presencia allí no tanto por amistad como por la cuenta que le traía estar a bien con él.

Germán, por su parte, tenía dos razones para ir por la redacción con frecuencia: la primera, que le gustaba el contacto con el pueblo. Nada le deleitaba más que salirse del rígido convencionalismo burgués de su familia y palpar la espontaneidad popular. Si había en Madrid un corrillo callejero donde se debatiera cualquier asunto (política, toros, lo caro que estaba todo), Germán estaba en medio. Disfrutaba de aquel español mal hablado y de aquellas opiniones ingenuas pero sinceras. Y en la redacción de El obrero había todo eso y más.

La segunda razón era menos confesable. Germán era miembro del Partido Liberal Fusionista, que en aquella época gobernaba España. Tenía un encargo: pulsar el estado de opinión de los socialistas madrileños y contárselo luego a sus jefes del partido. Gracias a eso podían prevenirse huelgas y atajarse levantamientos. Por eso se hallaba allí el 10 de mayo de 1882, y por eso acabó complicándose en el asunto de la huelga de hambre de Matias.

Empezó, como empezaban todas las cosas en las que estaba envuelvo Matías, con un discurso. Al director de El obrero le gustaba demasiado hablar en público.

—¡Amigos míos! —gritó, subido a una mesa—. ¡Esto no puede consentirse más! El Gobierno liberal dice que estemos tranquilos, que nos traerá las leyes laborales, la jornada de ocho horas y el sufragio universal. ¿Y nosotros seremos tan idiotas de creérnoslo? —murmullos de asentimiento—. ¡Es todo mentira! Simplemente se dedican a administrar el orden para la burguesía. ¡Así lo hace Sagasta, así lo hizo Cánovas y así lo han hecho todos desde el principio de los tiempos!

Germán, en una esquina, miraba con ironía a la pequeña multitud de obreros que aplaudía. Matías tenía una voz rasposa que no parecía la más apropiada para dar discursos pero que de alguna manera funcionaba. El auditorio estaba enardecido.

—¡Tenemos que hacer la revolución! —gritos desaforados—. Pero ello es imposible ahora mismo. No tenemos fuerza. ¡La clase trabajadora está alienada! ¡La nobleza, el clero y los terratenientes impiden cualquier progreso! ¿Sabéis cuál es el problema? ¿Lo sabéis? ¡Que nos controlan como quieren! ¡Los toros, la política parlamentaria, los cotilleos sobre líos de faldas! ¡Y ahora, como guinda, la historia del perro! Repetid conmigo, amigos: ¡el perro Paco es alienación!

La asamblea repitió las palabras del líder. Germán no pudo evitar una sonrisilla de suficiencia ante lo absurdo del lema.

—Qué ridículo. ¡Las clases obreras de todo Madrid siguiendo las andanzas de un perro! Que si come en Fornos, que si duerme en las cocheras de Fuencarral, que si va a los toros… ¡y mientras tanto, miles de madrileños pasando hambre! ¡Aguantado la miseria, el paro, al casero, al patrón, al policía! ¿Es o no es para volverse loco?

Más asentimientos y más murmullos.

—¡Pero eso ya se ha terminado! ¿Me oís? ¡Si no nos levantamos harán con nosotros lo que quieran! Pero ahora no podemos levantarnos porque no estamos organizados. ¡La mayoría ni siquiera saben que están oprimidos! —señaló a la puerta del local, como si quisiera abarcar todo Madrid—. Pero eso va a cambiar. ¡Cuando salga de aquí, iré a mi casa y me declararé en huelga de hambre! No comeré nada, sólo beberé, hasta que la clase trabajadora de Madrid reaccione. ¡Llegaré hasta el final!

Murmullos de asombro. Germán miró a su amigo como si estuviera loco. Pero Matías atacaba ya el final del discurso.

—¡Desfalleceré si hace falta! Que El obrero lo anuncie todos los días. ¡No comeré hasta que no se garantice a todo Madrid las mismas condiciones de vida que tiene el perro Paco: comida, techo y seguridad! La clase obrera tiene que levantarse. Mi huelga sacudirá la falsa conciencia y mostrará a los trabajadores de esta ciudad lo absurdo de su comportamiento. ¡No puede ser que un perro, un animal servil, tenga las mismas condiciones que un ser humano! Bueno, que un rico, porque ¡muchos obreros viven como perros!

Grandes aplausos.

 

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Fue Germán el culpable de que la huelga de hambre de Matías se convirtiera en un entretenimiento burgués. Dos días después de su inicio, volvió a pasar por la redacción de El obrero. Allí Federico, el redactor jefe, acababa de componer la pieza de portada:

 

Sigue la huelga de hambre del director de El obrero

 

Matías Requena, nuestro director y amigo, sigue sin comer. Prometió que no lo haría hasta que la clase obrera no eleve su conciencia. Nos declara: “Quiero que mi ejemplo sea un golpe. ¿Qué sentido tiene que la clase obrera se preocupe por la suerte de un perro mientras la pisotean por todas partes? ¡Para eso bien podríamos dejarnos morir de hambre!” Lo que nuestro amigo intenta con su heroica acción es, precisamente, mostrar esa contradicción.

       Quien quiera pasar a mostrar su apoyo, encontrará a Matías en su casa, en el número 3 de la calle Postas.

 

El periódico no era, en realidad, más que una hoja doblada en dos. Cuando estuvo compuesto, Germán se echó un ejemplar bajo el brazo y se fue al club. Le gustaba mucho menos aquel ambiente burgués y decadente que la espontaneidad del periódico, pero las obligaciones eran las que eran. Allí le dio cuenta a sus amigos del Partido Liberal de todo lo que se cocía en el socialismo madrileño y les entregó el periódico como prueba. Luego, se olvidó del asunto.

Tres días después, cuando encontró un hueco para visitar a Matías, se lo encontró echando chispas, como un león enjaulado.

—¡Todos los señoritos y damas de Madrid se han pasado por aquí para verme! Como si esto fuera la Casa de Fieras, Germán. Vienen aquí, y me preguntan por las razones de mi huelga. Y cuando se las explico, prometen dar caridad. Entonces yo les digo que la caridad perpetúa la miseria… ¡y se ríen! ¡Les hago gracia! ¡Es para volverse loco!

—¿Y obreros?

—Obreros… obreros ninguno, salvo mis amigos —rezongó Matías.

—Creo, amigo mío, que es momento de que lo dejes —Germán se dejó caer en una silla—. Ya ha quedado clara tu postura. No te gusta el perro Paco ni te gusta el capitalismo. Tengo una mala noticia: van a seguir existiendo.

—¡Infiernos, Germán! Ríete si quieres, pero esto es muy grave. ¿Es que no recuerdas cuando éramos niños? Yo sí: veo a mis compañeros de clase fascinados por un perro y me hierve la sangre. ¿Ya te has olvidado de la miseria? ¡No todos hemos recibido una herencia de América!

—¡Bueno, Matías, ya está bien! —dijo Germán—. Vengo aquí como amigo, a darte consejos, y no recibo más que insultos. ¡Si mis padres viven como viven no es por ninguna herencia! Sí, la recibieron, pero no les habría valido de nada si no hubieran trabajado, cada día de su vida desde hace quince años, para mantenerla abierta y en planta.

—¡Oh, sí, mucho han trabajado! Ir a los salones de los nobles, negociar con proveedores… ¡menudo trabajo! Las costureras que tenéis contratadas por cuatro duros, ésas son las que sostienen vuestro negocio. ¡Explotador!

—¡Resentido! Que tú no hayas logrado salir del arroyo no te autoriza a hablarme así. Entérate: ¡la gente hace lo que quiere! Y si quieren reírle las gracias a un perro listo que ha tenido suerte en la vida, que lo hagan. ¿A ti qué más te da?

—¡Largo de mi casa, sicario! ¿Qué vienes, a burlarte de mí? ¡Mantendré esta huelga de hambre hasta que la clase obrera se rebele contra la burguesía!

Germán bajó las escaleras echando chispas.

 

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Las discusiones entre los dos amigos eran frecuentes, y nunca dejaban demasiada huella. Diez días después, Germán volvió a casa de Matías. Federico, en representación de los trabajadores del periódico, se lo había pedido. La huelga era un fracaso y todo el mundo lo veía salvo el implicado, que seguía empeñado en crear una conciencia imposible. “A ver si tú le convences”, le había dicho el redactor jefe.

Subió por las escaleras justo cuando bajaban Jacinto Socobio y su esposa, dos conocidos suyos a los que saludó cortésmente. Parecía que la concurrencia de burgueses curiosos no se había atenuado, pero su amigo estaba menos furioso. No le quedaba mucha energía para estarlo. Sentado en la silla, bebía agua con frecuencia. Nunca había sido gordo, pero estaba enflaqueciendo a ojos vista. Los pómulos se le marcaban y se le veía débil.

—Matías, oye, siento lo del otro día… Termina con esta tontería, por favor. Estamos preocupados —Matías no contestó—. Mira, ¿quieres crear conciencia? ¡Adelante! ¡Hazlo desde la redacción! Tus artículos son necesarios. Esto no. Esto es un sacrificio inútil.

—Ningún sacrificio es inútil… si ayuda a la causa —dijo Matías mientras cerraba los ojos. Parecía como si le costara trabajo mantenerlos abiertos a la vez que hablaba.

—Pero es que no estás ayudando a tu causa. Nadie te hace caso, Matías. Asúmelo. Has fracasado.

—Si muero… crearé conciencia. Todos sabrán que me mató el capital…

Germán contuvo la elección de rabia. ¡Aquel inconsciente le echaba la culpa de sus elecciones a…! Pero aquello no iba a ayudar a su amigo. Respiró hondo y sacó un paquete que llevaba.

—Mira, he pasado por una panadería. Te he traído unos bollos de carne. Toma —Matías no hizo gesto de cogerlos—. Mira, te los voy a dejar aquí en la mesa y me iré. Nadie te dirá nada si te los comes y mañana vas a la redacción a trabajar. De verdad.

Salió del edificio justo a tiempo para ver cómo los bollos describían una parábola y se estrellaban al otro lado de la calle.

 

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Junio entró pisando fuerte, y el calor no ayudó a Matías. Germán ahora le visitaba a diario. Su casa era un horno insoportable, y el socialista lo acusaba. Un día Germán se lo encontró tirado en el suelo y tuvo que salir corriendo a por un médico. El dictamen del galeno fue inapelable:

—Este hombre tiene que comer. Si no lo hace, morirá. ¿Ha visto usted morir a alguien de hambre, don Germán?

—No… no, nunca.

—Es cada vez peor. Empiezan a sentir debilidad y a desmayarse. Les duele todo, les falla la vista e incluso se les caen los dientes o el pelo —le echó a Matías una mirada significativa—. Y cuente con que su amigo, ya de base, no tenía muy buena salud. Un día no se despierta de un desmayo: queda en coma. De ahí ya no despierta, pero tampoco se entera de nada. Y a las pocas horas…

—Intentaré que coma.

—Por su bien, consígalo.

 

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La posición de enfermero improvisado molestaba a Germán. Matías y él nunca habían sido tan amigos, realmente. Pero era el único que tenía tiempo para ello: el socialista no estaba casado ni tenía en su vida a ninguna mujer, y sus compañeros estaban muy ocupados ganándose el sustento. Así que Germán, impelido por la presión social, trataba de alimentar a su amigo con caldos que le hacía una de sus criadas.

Fracasó miserablemente. Un día, llegó a la casa de la calle Postas y se encontró con que Matías se había atado a una silla. Deliraba. Murmuraba “fracasos, todo fracasos. Derrotado por un perro… ¡un perro!” Germán quiso aprovechar ese momento y le ordenó a su criada que le diera el puré frío que traían, pero no hubo manera. Cuando la cuchara se acercó a su boca, su amigo movió de repente la única mano que tenía libre y la sopera de plata acabó por el suelo. Matías les miraba con los ojos vidriosos.

—¡Dejadme en paz! ¡Dejadme ir hasta el final!

—Pero oye, Matías…

—¡Largaos! ¡Fuera!

Salieron. No pudo decir que lo lamentara. Fuera hacía un sol maravilloso y le apetecía agregarse a algún corrillo para disfrutar de las habladurías del pueblo sin tener que implicarse en sus vidas.

 

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Matías empeoraba a ojos vista. Como había predicho el médico, un día se despertó medio ciego. Cuando Germán entraba en su casa, podía oír su patética voz preguntando “¿Germán? ¿Eres tú?” No se había desatado de la silla desde el día del puré, por lo que todo aquel rincón de la casa apestaba a heces y a bilis. Germán no se acercaba. No quería oler aquello, y sabía que no iba a lograr darle de comer. Sus visitas eran cada vez más cortas y más incómodas. El socialista se limitaba a delirar y a repetir conceptos de Marx.

Una tarde, Germán entró y su amigo no estaba en su silla. Por un momento se alarmó, pero le oyó gemir en la otra habitación. Se había desatado y de alguna forma había logrado llegar a su cama. Estaba semidesnudo. El ambiente olía a cerrado pero era soportable. Germán se acercó. Su amigo le miraba con los ojos vidriosos.

—Esto ya está, Germán. Me muero…

—Anda, Matías, no digas esas cosas que me da aprensión.

—Cállate de una vez y escucha. Escuché el otro día al médico y sé que estoy a punto de perder la conciencia. No sobreviviré mucho. Esta huelga ha fracasado. Lo he comprendido. Toda mi vida ha sido un fracaso. Pero hay una oportunidad…

—Matías…

—Que te calles. Mi muerte puede servir para lo que no sirvió mi vida. Cuando pierda la conciencia no te preocupes por mí. No hagas la tontería de buscar a un médico, ni mucho menos un cura. No quiero a esas… a esas cucarachas cerca de mí. Vete corriendo a la redacción y que echen el resto. Que saquen un número especial. Que lo vendan por todo Madrid.

—Pero ¿qué quieres conseguir con eso?

—¡Todo Madrid debe enterarse! Esos burgueses sabrán… sabrán de lo que es capaz un animalito de la Casa de Fieras como yo. Y mis compañeros… mis compañeros alienados… entenderán la grandeza de una idea. Una idea debe ser muy grande si ampara estos comportamientos… ¿no es cierto? ¿No es verdad, Germán, que el heroísmo sólo tiene sentido si sirve a una idea verdadera?

—Sí… sí, claro que sí, Matías.

—Mi muerte encenderá una antorcha. “Mirad su sacrificio”, dirán. Apartarán la vista de su vida cotidiana, del perro Paco… y verán… verán… la grandeza. La masa obrera. La revolución. La… revolución…

Parecía haber agotado sus fuerzas. Su mano, que durante los últimos minutos había aferrado como una garra el brazo de Germán, se soltó y cayó, exangüe, al lado de su cuerpo. Cerró los ojos. Con miedo, Germán escuchó. Matías respiraba. Seguía vivo, pero…

—Matías. Oye, Matías… —y le dio un par de suaves bofetadas.

Pero su amigo ya no despertaría. Lo comprendió de fondo. Miró su cuerpo flaco, sus mejillas hundidas, las calvas que habían aparecido en su cabeza durante las últimas semanas. Tenía aspecto de cadáver. Sólo le faltaba dejar de respirar.

Mareado, Germán se levantó. Bajó las escaleras hasta la calle. Aire, quería aire. El aroma de la calle no era muy limpio, pero después del olor a cerrado y desechos del piso de Matías, le pareció brisa de montaña. Dio una bocanada y trató de serenarse. ¿Hacer caso a su amigo o no? Desde luego, lo de ir a buscar un médico parecía absurdo. Ya no había nada que hacer. Y lo de traer a un sacerdote no era mejor idea. Lo había dicho el doctor la vez anterior: en el coma ya no se entera de nada. La extremaunción no tenía sentido.

Echó a caminar hacia la sede del periódico. Sí, tenía que hacer caso a la última voluntad de su amigo. Aunque última voluntad… más bien era último desvarío. ¿Pensar que su muerte desataría la revolución socialista? Por favor, qué tontería. Locuras de un enajenado. El pobre, en los últimos minutos, debió incluso ver visiones.

—¡Don Germán! ¡Oiga, don Germán! —en la esquina con la Puerta del Sol se había formado un corrillo. El que le hablaba era Gerineldo, un obrero al que conocía desde hacía años.

—¿Sí? Dime…

—Venga a oír lo que dice la Eulogia. ¡Viene ahora mismo de la plaza de toros!

—Lo siento, amigo, ahora no puedo. Tengo un encargo importante…

—Pero ¿no se ha enterado? ¡Han matado al perro Paco!

—¿Cómo? —Germán, a su pesar, se acercó al corrillo. La tal Eulogia estaba contando algo que parecía haber presenciado con sus ojos.

—¡Había que verlo, amigos! Una corrida más mala… ¡y cuando el toro murió, el perrillo se echó a la plaza! ¡Cómo ladraba! Y daba cabriolas, como para indicar que el novillero no sabía nada. Como para burlarse. Total, que el hombre levantó la espada y… ¡zas! Atravesó el cuerpo del Paquito.

—¡No! —gritaron los del corrillo, Germán entre ellos.

—¡Sí! —dijo la mujer—. Y entonces la multitud saltó a la plaza y empezó a vapulear al torero. ¡Si no hubiera sido por Ducalzal, le matan ahí mismo!

—¿Y qué sucedió entonces, seña Eulogia? —preguntó un chiquillo. La mujer siguió hablando. Sin darse cuenta, Germán se incorporó a la conversación.

 

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Germán se quedó ahí toda la tarde. Durante un momento recordó la promesa hecha a su amigo y vaciló. Tenía que ir a la sede del periódico. Pero pronto desistió. Ya iría la semana siguiente, cuando no estuviera tan enfrascado. Los cotilleos eran jugosísimos, y la petición de Matías era una tontería. En vida (porque a aquellas alturas debía haber muerto) no fueron tan amigos. Recordó lo que siempre decía: le prestaba dinero, sí, pero nunca habría sido su padrino en un duelo… ni se dedicaría a ejecutar sus locuras. ¡Bastante había hecho atendiéndole durante su huelga!

Además, ¿qué ganaría la causa socialista con aquella tarde la muerte del director de El obrero? Nadie le iba a hacer ni caso. El pueblo de Madrid estaría semanas agitado con la muerte del can en la plaza de toros. Y total, obreros mueren todos los días. Sin embargo, perros tan famosos como Paco sólo hay uno.

 

 

Por sorprendente que parezca, lo histórico de este relato es la vida, andanzas y muerte del perro Paco. Se trata de una figura histórica: un perrazo negro que un día entró a un café buscando algo de comer y le cayó en gracia a un noble. Pronto, el animal estuvo de moda. Madrid vivió una verdadera “perropaquitis”: el animal podía pasar donde quisiera, e iba con frecuencia a los toros. Su muerte, a manos de un torero frustrado, también es real.

       No sé cuánta verosimilitud tiene el tema de las huelgas de hambre. Tengo la sensación de que es un método más propio del siglo XX que del XIX, y que cualquier obrero fabril al que hubieras propuesto semejante sistema de protesta te habría mirado como si estuvieras loco. Sin embargo, necesitaba el anacronismo para crear el relato, y creo que funciona.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

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